Pencho Slavèikoy

Nació en Trevna el 27 de abril de 1866, y murió en Italia, en Brú­ñate (Como), el 28 de mayo de 1912. De su padre, Petko (v.), heredó una particular sensibilidad artística, y, singularmente, la afición a los cantos populares que le indujo también, como ocurrió con su progenitor, a buscarlos y recogerlos de labios del pue­blo y ejerció una favorable influencia en gran parte de su producción. Nacido sólo unos años antes de la liberación de su patria, gracias al mejoramiento de las condiciones políticas y sociales de Bulgaria pudo adqui­rir pronto una amplia cultura europea, lo cual no era muy corriente por aquel enton­ces entre sus compatriotas; terminó los es­tudios en la Universidad de Leipzig, y llevó a cabo después varios viajes por Rusia, Tur­quía, Grecia, Italia y Suiza.

Por esta razón, su obra de poeta presenta por primera vez, junto al elemento indígena siempre domi­nante, considerables influjos occidentales, alemanes sobre todo (El tranquilizado, por ejemplo, trata de Lenau y de la trágica deformación del genio hacia la locura; Cis molí refiere la tragedia de la sordera de Beethoven); pero, también, a veces, italia­nos (v. Miguel Ángel) e incluso polacos (probables ecos de Pan Tadeusz en Canto ensangrentado, v.); ofrece asimismo — pri­mera y aislada muestra de ello en la lite­ratura búlgara — reminiscencias de la Anti­güedad clásica (Friné). Al regresar de Ale­mania finalizados sus estudios universitarios, estuvo largos años en Bulgaria, y sobre todo en Sofía, como director del Teatro y de la Biblioteca Nacionales y acabó prematura­mente sus días en Italia, a donde se diri­giera inicialmente por mero placer literario, y luego en busca de alivio a la grave dolen­cia que ya desde su juventud iba minándole.

La mayoría de sus cantos — entre los cua­les destaca Canto ensangrentado, composi­ción no terminada y en la cual celebra el autor la épica lucha del resurgimiento búl­garo — giran en torno a una concepción filo­sófica peculiar, vinculada a la pesimista visión del mundo propia de Schopenhauer y, sobre todo, al criterio nietzscheano del superhombre : la elevación del espíritu humano hacia el Bien Supremo, la perfección y Dios (considerado al margen de cualquier reli­gión concreta) mediante un noble gesto del alma («podvig»), que puede consistir en un acto de heroísmo, abnegación, renuncia, virtud, humildad o altruismo, o, asimismo, en una obra de ingenio, arte o belleza.

Este es el punto fundamental y más carac­terístico de toda la producción de Slavèikoy, quien alcanza en él su más alta expresión de pen­sador y poeta (de ahí también la acusación de cerebralismo de que ha sido objeto nues­tro autor por parte de algunos críticos). La figura poética de Slavèikoy se refleja y completa de una manera más definida — y absolutamente original — en su «antología apócrifa» En la isla de los bienaventurados (v.), en la que, en una serie de composiciones atribuidas a diversos poetas pone Slavèikoy de relieve, uno a uno, los aspectos peculiares de su carácter; de este conjunto surge límpido e inequívoco el retrato moral de nuestro autor. A. Cronia