Muşliḥ al Din ‘Abd Allāh Sa’dī

Nació en 1184 (?) en Shīrāz (Farz) y murió en 1292 (?). Existen dudas acerca del nombre de este literato persa: ‘Abdu-’llāh, según ciertos autores (en algunas fuentes, en cambio, pa­rece ser el del padre), y de su apelativo honorífico, Muşliḥ al-Dīn, o Sharaf al-Dīn, o bien Musharrif al- Dīn.  El seudónimo lite­rario Sadi fue adoptado por el autor en homenaje a su protector Sa‘d b. Zanghī, «atabek» salgarida de Fars (1197-1226); en ciertas fuentes, empero, se atribuye, por el contrario, al padre, quien estuvo al ser­vicio del mencionado príncipe. Los biógra­fos distinguen en su biografía tres fases tradicionales, cada una de las cuales com­prende aproximadamente unos treinta años: las épocas de la juventud y los estudios, de la madurez y los viajes, y de la ancia­nidad y el retiro. Todavía joven perdió a su padre. Gracias al auxilio del mencionado protector pudo trasladarse a estudiar a Bag­dad, sede del califa y corazón del mundo islámico. Allí frecuentó la Nizāmiyya, el mayor y más célebre colegio universitario, situado a orillas del Tigris y titulado según el nombre del fundador, el famoso polí­tico seléucida Nizam-al-mulk (v.).

En tal centro había enseñado el gran teólogo Ghazzali (murió 1111) y daba entonces lecciones el maestro de la mística Shihāb ad-dīn Suhrawardī  (1155-1234), quien seguramente in­fundió en el espíritu de Sa’dī la religiosidad que llena sus textos. Los treinta años del período de estudios pasado en Bagdad (1196- 1226) aparecen interrumpidos por varias permanencias en otros lugares: en La Meca, posiblemente más de una vez; Kashgar, el lejano Turquestán oriental, la Persia occi­dental y Siria, donde cayó prisionero de los francos, y hubo de trabajar en las forti­ficaciones de Trípoli hasta que fue resca­tado por un amigo de su padre. Contrajo matrimonio en Alepo con la hija de aquél, a la cual, según parece, repudió poco des­pués. La asistencia a las clases de la Nizāmiyya hizo de Sa’dī no un erudito profesional (en sus obras no hay ostentación de cono­cimientos procedentes de los textos), sino un mero hombre religioso, inclinado al mis­ticismo, amante de la poesía y apóstol vaga­bundo entregado al servicio del prójimo como predicador; así, por lo menos, se pre­senta en una anécdota autobiográfica (nada concreto dicen las fuentes).

Sus largos via­jes constituían para él una especie de novi­ciado de derviche; tal se consideraba, en efecto, Sa’dī, aun cuando nada permita supo­ner su pertenencia a una orden precisa. Probablemente debió también de inducirle a vagar lejos de la patria el temor a los mongoles, quienes cayeron sobre Shīrāz pre­cisamente cuando nuestro autor iniciaba sus peregrinaciones. Las noticias difundidas en las obras o transmitidas por los biógrafos no parecen confirmar la estancia del lite­rato en todos los lugares indicados; por otra parte, cabe recordar su misma observación según la cual mucho puede mentir quien mucho ha viajado, consideración que debe tenerse presente incluso respecto de lo que cuenta acerca de los viajes anteriormente mencionados. En el curso de otros treinta años (1226-1255) debió de visitar la India, el Yemen, Abisinia, Egipto, el Magreb, Pales­tina, Siria, el Asia Menor, el Cáucaso y Azerbaïdjan. Sa’dī dice haber sido en la India héroe de una aventura en el templo de Sumnata, donde, tras desenmascarar los trucos de un brahmán, habría dado luego muerte a éste, por temor a su venganza. En el Yemen contrajo un segundo matri­monio y conoció el dolor de la pérdida de un hijo de corta edad.

En Konia (Anatolia), según un biógrafo, parece haber encontrado al famoso místico G’ialál ad-din Rūmi (v.). En 1255, cansado de las peregrinaciones y lleno de la nostalgia de su tierra natal, reti­róse a Shīrāz: «He pasado la vida en lar­gos viajes, he vivido entre las gentes más diversas. De todas partes he sacado algún provecho, de cualesquiera mi eses me he llevado algunas gavillas. Sin embargo, en ningún lugar he hallado corazones puros y sinceros como en Shīrāz». La situación po­lítica era allí tranquila; el soberano reinante, el salgarida Abū Bakr (1226-1260), había comprado la amistad de los mongoles, de quienes, a causa de ello, era entonces alia­do. El año siguiente al de su llegada Sa’dī des­tilaba el jugo de su propia experiencia en los versos del Bustàn (v.), y más tarde en la prosa, mezclada con versos, del Jar­dín de las rosas (v.). Genuino represen­tante del espíritu agudo y moral de Persia, aparece en tales obras intérprete de los ideales ético-religiosos del mundo musul­mán contemporáneo, y modera los ímpetus místicos mediante el saber de la vida coti­diana, alcanzado con la lectura del gran libro del mundo.

En su patria disfrutó del prestigio ganado con el don de la poesía y el profundo conocimiento de las costumbres y los corazones de los hombres; sin em­bargo, vivió aislado en un eremitorio, fuera de la ciudad, y dedicado a leer, orar, escri­bir y recibir visitas, fiel a su criterio que fundamenta en el retiro la felicidad de la existencia. Con todo, su musa no desdeñó el elogio cortesano de los poderosos. Nues­tro autor guardó respecto a la autoridad constituida, y careció de altos ideales cívi­cos y políticos, circunstancia por lo demás general en ambientes donde las conciencias se hallaban adormecidas por la predicación súfica. Y así, no vaciló en definir el tri­buto pagado por Abū Bakr a los infieles mongoles «muralla de oro», semejante a la de hierro establecida por Alejandro como freno de los pueblos de Gog y Magog; en persa y árabe lamentó, en cambio, la caída de Bagdad (1258), acontecimiento que seña­laba el final del califato y al cual contri­buyera su mismo protector con un contin­gente de hombres armados. El reinado de Abū Bakr, príncipe amante de las letras, fue una época próspera y feliz.

Durante los años sucesivos Fars presenció algunas con­vulsiones dinásticas bajo la superior sobe­ranía mongólica, transformada finalmente en dominio directo. Sa’dī elogió, además, a ciertos compatriotas y mongoles. Manifestó una veneración singular hacia los herma­nos ‘Alā’ ad-dīn y Shams ad-dín Giuvaynī, ministros del «ilkhan» mogol de Persia, Abaqa Khan; según cierta fuente, parece haberles visitado en la capital, Tebriz. Al primero de ellos, autor – de una importante obra histórica, dedicó un tratado ético-polí­tico en verso (v. Shams ad-dīn name). De­bido a la ausencia de elegías de Sa’dī dedi­cadas a la muerte de ‘Alá’ ad-dín, ocurrida luego de un ataque en 1283, o a la de Shams ad-din, quien pereció trágicamente el año siguiente, ajusticiado junto a cuatro hijos suyos, H. Massé cree que el poeta debió de acabar sus días antes que cual­quiera de ambos, y da, de esta suerte, la fecha de 1282, indicada por algunas fuen­tes. Aún hoy se conserva en Shīrāz la tum­ba de Sa’dī, considerado por los persas una de sus grandes figuras literarias.

A. Bombaci