Molière (Jean-Raptiste Poquelin)

Nació en París el 15 de enero de 1622 y murió en la misma capital el 17 de febrero de 1673. Pertenecía a una familia de la pe­queña burguesía que, gracias al esfuerzo del padre, había alcanzado una cierta hol­gura económica al mismo tiempo que la honorabilidad: unos años después del naci­miento del futuro comediógrafo, el padre pudo comprar el cargo de «tapicero titu­lar» del rey. Creció el pequeño en un am­biente de clase media, de gente seria y tra­bajadora; de María Cressé, su madre, de la que pronto quedó huérfano, heredó Molière, al parecer, una sensibilidad taciturna, amar­ga en ocasiones, en tanto que de su padre, hombre práctico y de buen gusto, heredó aquella concepción realista y libre de pre­juicios de las cosas y de los hombres que marca su carácter de un modo indeleble. Entró en el Colegio de Clermont, hoy de Louis-le-Grand, dirigido por jesuitas; hizo estudios regulares de Retórica y de latín; llegó a tal perfección en el conocimiento de esta lengua, que podía leer en el ori­ginal a Plauto y a Terencio y comenzar, como parece seguro hoy, una traducción en verso de Lucrecio. Estudió también De­recho civil en Orleáns.

Conoció y frecuentó el ambiente de los «libertinos», es decir, defensores y seguidores de aquella corrien­te escéptica o epicúrea que alcanzó nota­ble auge en la primera mitad del siglo. Conocimientos y simpatías que no han de ser considerados en el terreno ideológico, ya que la mente de Molière fue siempre extra­ña a cualquier forma de dogmatismo. Lle­gado el momento de decidir sobre el por­venir del joven Poquelin, su padre, pre­ocupado por su espíritu de independencia, decidió encaminarlo a su propia profesión. Pero muy otra había de ser la carrera del hijo del honrado tapicero del rey. Con uno de esos rasgos de audacia que dan fe de una vocación auténtica, el joven tomó una decisión inapelable sin atender a ruegos ni protestas : renunciaba a las comodidades bur­guesas y a la herencia del cargo paterno para escuchar la irresistible llamada del teatro. Se ha hablado de audacia y de vo­cación. Una y otra eran necesarias en el siglo XVII a quien decidía escoger el mun­do de la escena y ponerse así al margen de la sociedad, muy severa entonces con los comediantes.

Aquel día, a los veintiún años, el futuro Molière arrostraba en efecto el desprecio de la opinión pública y el anatema que recaía automáticamente sobre todo có­mico al aparecer en escena; se asociaba con los Béjart, Madeleine, Geneviève y Joseph, actores ambulantes, y fundaba «L’Illustre Théâtre». Nombre altisonante que escondía una realidad modesta y posibilidades eco­nómicas muy reducidas, a las que servían de contrapeso las esperanzas de Poquelin, el cual, mientras tanto, para salvaguardar la honorabilidad de la familia había adop­tado como nombre artístico el de Molière. Tras un debut bastante feliz en Ruán, la com­pañía encontró en París las primeras dificul­tades, peregrinando de un salón a otro, en todos los cuales las candilejas iluminaban bancos vacíos. Dos años o poco más pasaron así, entre diversas tentativas, fracasos y deudas. Molière, convertido ahora en jefe de la compañía, tenía que pagar personalmente y recurrir a su padre, ya reconciliado con él, para acallar a los acreedores. Pero la ruina no quebrantó su ardor; por el con­trario, la lucha ratificaba sus esperanzas y no desvanecía el sueño secreto, ambicioso, de poder competir un día con los grandes teatros de París, el «Hôtel de Bourgogne» y el teatro del Marais.

Había dado un paso demasiado grande: no se conquistaba la ca­pital así como así, había que sufrir un duro aprendizaje en provincias. Molière se resignó (finales de 1645) a aquella existencia erra­bunda con alegrías y penas en el balance, en un peregrinaje a través de Francia, del que regresará con rica experiencia huma­na, con el ánimo templado y el espíritu dis­puesto a extraer, de sus peripecias y vici­situdes y de las ajenas, enseñanzas de vida y motivos de arte. Le había quedado de la juventud la necesidad de prodigarse en alma y cuerpo por él y por sus colaboradores y una regular intemperancia que se había acrecentado con la libertad del ambiente. Se había entregado al «oficio» al que amó apasionadamente en sus muchos y variados aspectos. Dirigía con habilidad y sabía ins­pirar confianza y afecto. Como actor no parece que fuera muy brillante. Poco apto para los papeles trágicos a causa de su voz sorda y algo sofocada en la declamación, destacaba algo más en los cómicos, gracias a una mímica expresiva, a la que no fue­ron ajenas ciertamente las enseñanzas de los actores italianos de la «commedia dell’ arte», que actuaron en Lyon y se estable­cieron definitivamente en París después de la Fronda y con los que Molière mantuvo exce­lentes relaciones. El autor tardó más en manifestarse.

Omitimos por falta de datos seguros las improvisaciones compuestas ciertamente por Molière a partir de 1650. En sus primeras comedias, El atolondrado (v.), re­presentada en Lyon (1655) y El desdén amoroso (1656, v.), aparecen muy sensibles las influencias del arte italiano. Con la ex­periencia y el nombre había crecido la am­bición, y el momento pareció propicio para intentar o volver a intentar la gran aven­tura parisiense, a pesar de los riesgos que ello entrañaba. Obtenida la protección ofi­cial del hermano del rey, nuestro hombre recitó Nicomedes (v.), de Comeille, en pre­sencia del soberano en una sala del Louvre (24 de octubre de 1658) y compensó el es­caso éxito de la tragedia corneliana aña­diendo al programa, a modo de alegre y desenfadado fin de fiesta, un «divertimento» suyo. El joven monarca se rió mucho. La partida estaba ganada. Desde aquel mo­mento, la excepcional actividad de Molière asu­mirá claramente dos aspectos: mientras al director de la compañía, experto conoce­dor de todas «las triquiñuelas del oficio» corresponde el mérito de haber creado en cierto sentido el teatro cómico francés, al autor se le ha de atribuir el honor de ha­ber dotado dicho teatro de algunas de sus más bellas e inmortales obras. En la sala del «Petit-Bourbon» triunfaron, el 18 de noviembre de 1659, las Preciosas ridículas (v.), su primera comedia de costumbres. Triunfo profético, si es cierto que desde el público alguien gritó: «¡Valor, Molière, eso es una buena comedia!».

El rey le con­cedió el disfrute de la sala del «Palais- Royal» (enero de 1661 ), que no abandonará ya, y a la que corresponderá el privilegio de mantener vivo en la posteridad el culto al arte molieresco. La escuela de los ma­ridos (1661, v.), Los importunos (1661, v.), la verdad profundamente humana y el aná­lisis de caracteres de La escuela de las mujeres (1662, v.) lo consagraron como «excellent poète comique». Mientras tanto, Molière había jugado otra carta, la de la feli­cidad, al casarse (20 de febrero de 1662) con Armande Béjart, joven hermana de Madeleine, su fiel colaboradora, cuyas gra­cias prematuras pero no inexpertas habían envuelto al sagaz y algo indefenso cuaren­tón. Años de plenitud en los que Molière apa­rece en el centro de la vida teatral con los recursos del genio creador y los infini­tos hallazgos de su temperamento polémico, irritable, batallador y tenaz. Su fama se ha consolidado, apuntalada por la altísima e inteligente protección de Luis XIV; pero no le faltan detractores y enemigos, críticas e invectivas. Se alían contra él las presuntas «víctimas», preciosas y marqueses, los riva­les en arte, actores y autores. Se pretende excitar a las gentes buscando en su teatro pruebas de impiedad y de inmoralidad. Molière replica con La crítica de la «Escuela de las mujeres» (1663, v.) e insiste con La improvisación de Versalles (1663, v.), hábil refutación en el terreno estético la pri­mera, y parodia realista y despiadada del Hôtel de Bourgogne, la segunda.

Sus adver­sarios no sólo combaten al artista, sino que tratan además de vilipendiar al hombre acu­sándole claramente de incesto; pero el so­berano le concede el honor de tener en sus brazos ante la pila bautismal al hijo que le ha nacido (1664), y le nombra «chef de la Troupe du roi au Palais-Royal» (1665). No obstante, la lucha se agudiza con el refuerzo de las autoridades eclesiásticas; «la cabale des dévots», impide durante cin­co años la representación del Tartufo (v.). Molière reacciona ante estos ataques con res­puesta pronta y tal vez áspera, consciente de su propio valor, sincero en sus convic­ciones. Los éxitos y los pesares afinarán su sensibilidad, ya de suyo aguda, mientras la experiencia acentúa su inclinación a la melancolía. Solicitado por el rey, que lo consideraba «le fournisseur des divertisse­ments royaux», ardiendo en la doble fiebre de la creación y del trabajo, Molière sufrió la primera manifestación de una grave enfer­medad pulmonar en 1665. La pausa fue de breve duración, porque amaba la gloria, los honores, el lujo y aceptaba la lucha como justo precio de todo ello. Su personalidad se dibuja intensamente viva, fijada por su amigo, el pintor Mignard, con su rostro mo­vible y ancho, de líneas fuertes y carnosas, iluminado por unos ojos graves, profundos y leales.

Molière supo guardar el secreto de sus sufrimientos de marido celoso y enga­ñado, porque el buen sentido le hacía com­prender que se había apartado de lo natu­ral, el gran maestro de su arte, al casarse en edad madura y enfermo con una mujer joven y frívola. Y supo contenerse porque tenía fe en su talento de comediante, por­que tenía confianza en sí mismo, y demos­tró estar en lo cierto con las grandes e inmortales comedias de su último decenio: el inquieto y escéptico Don Juan (1665, v.), el amargo Misántropo (1666, v.), sátira de una sociedad y reflejo de un hombre que no quiere reconciliarse con la vida; Anfitrión (1668 v.), comedia llena de ingenio y de gracia; Jorge Dandin (1668, v.), som­brío triunfo del vicio; El avaro (1668, v.), imperecedera expresión, despreocupada y realista de una de las más miserables im­perfecciones morales; El tartufo (1669), obra de elevado significado y de profunda y dra­mática verdad; luego, tras El médico a pa­los (1666, v.), la risa esta vez plena, jocun­da del endiablado Scapin (v.) y de sus Artimañas (1671, v.), con las que señala una vuelta a la farsa, después de los vir­tuosismos del Burgués gentilhombre (1670, v.) Por último los falsos idealismos de Las mujeres sabihondos (1672, v.) y la vana ciencia atacada en El enfermo imaginario (1673, v.).

Precisamente bajo la facha de Argante (v.)„ su última figura en la galería de maníacos, bajo la hopalanda de Argante, al terminar la cuarta representación, se de­rrumbará Molière para morir pocas horas des­pués, abatido por la enfermedad (17 de febrero de 1673). Hasta la noche del 21 al 22 no se le permitió, contra la prohibición del clero, el reposo en tierra sagrada, den­tro de los muros del cementerio de San José. Ni siquiera la muerte lo había recon­ciliado con las obligaciones, los imperativos, los doctrinalismos, las reglas, convencido como estaba, por ser hombre y artista, de que la vida social se explica libremente como una fuerza mediadora entre la natu­raleza y la razón.

A. Bruzzi