Miguel de Molinos

Asceta español, nació en Muniesa (Teruel) el 29 de junio de 1628, murió en Roma el 28 de diciembre de 1696. Fue educado por los jesuítas y, orde­nado de sacerdote, obtuvo un modesto bene­ficio en la iglesia de San Andrés de Valencia. En 1665 fue delegado del reino de Valen­cia para patrocinar en Roma la beatificación del venerable Francisco Jerónimo Simón, y en Roma se, quedó después de haber lle­vado a cabo su misión. Logró en breve tiempo adquirir una notable influencia en el ambiente romano, en la corte pontificia y sobre el mismo papa Inocencio XI. Su prestigio se acrecentó después de la publi­cación del Breve tratado de la comunión cotidiana (1675), y especialmente de la Guía espiritual (1675, v.), que formulaba los principios fundamentales del «quietismo», mostrando la superioridad de la oración contemplativa sobre la de meditación y pro­pugnando la inactividad espiritual para favorecer la absoluta pertenencia del alma a Dios. Huésped del papa en el Vaticano, Molinos vio elevado a la púrpura a uno de sus pri­meros seguidores, el oratoriano Pier Matteo Petrucci, obispo de Jesi.

No faltaron los ataques, especialmente por parte de los jesuítas; pero la victoria de Molinos pareció ase­gurada cuando dos obras antiquietistas fue­ron incluidas drásticamente en el índice. No obstante, el 18 de julio de 1685, y de un modo inesperado, Molinos era detenido y llevado a las prisiones del Santo Oficio. Parece, en efecto (las cartas del proceso todavía son inaccesibles) que el arresto fuera conse­cuencia de varias cartas y declaraciones del inculpado, de las que se infería que Molinos no sólo enseñaba de un modo privado que en la cima de la vida de quietud los mismos movimientos de la carne se hacen irrespon­sables porque son estériles venganzas del demonio» y que en todo caso «el hombre tentado debe permanecer en su inactividad» sin tratar de oponer resistencia alguna a Satanás, sino que obraba también, desde hacía largo tiempo, de acuerdo con sus cómodas máximas. Además de los jesuítas, solicitó también el arresto Luis XIV, por mediación del cardenal d’Estrées, que había sido amigo de Molinos. El proceso terminó en ve­rano de 1687 con la condena a prisión per­petua y la abjuración pública del reo en la iglesia de Minerva. Molinos murió nueve años más tarde «con todas las apariencias del arrepentimiento».

C. Falconi