Lao Tzü

(O, en transcripción distinta, Lao-tze). Vivió en el siglo V a. C. Pensador chino, que ejerció una gran influencia y mereció la mayor consideración con una obra que sólo contiene 5.000 palabras: Tao Tê Ching (v.). Nada se sabe respecto de él, a excepción de lo que pudo transmitir en forma de leyenda Ssû-ma Ch’ien, el gran historiador que, cuatro siglos después de su muerte, viajó para identificar los lugares donde el autor en cuestión viviera. Son palabras dignas de crédito y tan breves que podemos incluso reproducirlas: «Lao Tzû nació en K’ushien, en una familia origi­naria de Ch’u. Su nombre familiar fue Li, el propio Êrh, el sobrenombre Poyang, y la denominación póstuma Tan. Dirigió los archivos reales de Chu». Cuando Confucio estuvo en la capital de este país para obte­ner de Lao Tzü noticias sobre los ritos anti­guos, el sabio le habló así: «Toda la gente a la cual te refieres se ha convertido en polvo y sólo queda el recuerdo de su palabra. El hombre superior viaja en silla de manos cuando las circunstancias son favo­rables; en otro caso se deja llevar a merced del viento como una hoja muerta.

He oído decir que el buen mercader oculta sus bie­nes como si en realidad no poseyera nin­guno, y que el hombre superior disimula su talento bajo una apariencia de necedad. Re­nuncia, pues, a tu orgullo, a tus ambicio­nes, a esos excesivos deseos y a tu aire de suficiencia. Nada de ello te traerá ningún provecho. Esto es cuanto puedo decirte». Confucio partió, y explicó a sus discípulos: «Sé que los pájaros vuelan, los peces nadan y las bestias corren por doquier. Éstas pue­den cogerse con una trampa, los peces con una red y las aves con el arco. Pero no hay nada para atrapar a un dragón que vuela entre las nubes; y Lao Tzü me parece un dragón». Lao Tzü estudió las enseñanzas del «tao» y del «teh», y vivió retirado en la esperanza de pasar inadvertido. Perma­neció en la capital de Chu durante un largo período, y cuando empezó a percibir la decadencia de la casa real se fue. Mien­tras estaba atravesando el puerto Han-ku- kuan en dirección a Occidente, el guardián del puerto le dijo: «He sabido que te mar­chas.

Antes debes escribir un libro para mí». Entonces Lao Tzü escribió cinco mil pa­labras en dos textos referentes a las ideas generales del «tao» y del «teh» (las leyes del universo y su poder). Luego desapareció por completo. Algunos afirman que el autor del libro fue cierto Lao Lai Tzû, también originario de Ch’u, el cual redactó quince libros acerca de las funciones de la escuela taoísta durante el mismo período en que vivió Confucio. Se cree que Lao Tzü debió de alcanzar los ciento sesenta años; algunos, empero, aduciendo como razón de su longe­vidad el conocimiento del «tao», piensan que superó los doscientos. Ciento veintinueve (o quizá ciento diecinueve) años después de la muerte de Confucio, un direc­tor de los archivos de Chu, llamado Tan, dijo al duque Hsien de Ts’in: «Originaria­mente Ts’in estaba separado de Chu, y al cabo de quinientos años fue unido a este país. A setenta años de distancia de esta época iniciaría el ejercicio de sus funciones un administrador que luego habría de llegar a rey». Algunos creen que este Tan pudo ser Lao Tzü; otros lo niegan. En realidad, na­die sabe nada concreto.

Lao Tzü era un gen­tilhombre que vivía retirado. Su hijo, lla­mado Tsung, fue, con el tiempo, general de Wei, y recibió en feudo la ciudad de Tuankan. Tsung engendró a Chu, y éste a Kung, cuyo descendiente Chia sirvió bajo el emperador Hanwen de la dinastía Han; un hijo suyo, Chieh, fue tutor del príncipe de Chiaoshi, por lo que la familia se tras­ladó a Ts’i (Shantung). Los seguidores de Lao Tzü menosprecian a los de Confucio, y éstos, a su vez, consideran con desprecio a Lao Tzü. Ello constituye, posiblemente, la demostración práctica de la máxima según la cual quienes no creen en lo mismo no pueden obrar juntos. Li Êrh admitía la doctrina del «,Wei Wu Wei» (practicar el no hacer), y dejaba que la naturaleza si­guiera su propio curso, para lo cual captaba la verdad de las cosas con una vida tran­quila y exenta de deseos. Algunos eruditos llegan a poner en duda la existencia del autor que nos ocupa.

Respecto de ello cabe recordar que la manera más prudente de obtener la notoriedad consiste, tanto en Oriente como en Occidente, en la presen­tación de una teoría particular. En los últimos dos o trescientos años se ha puesto de moda aducir dudas sobre cualquier ma­teria en nombre de la filología crítica, de suerte que un estudioso llegó a obtener una gran fama al decir que Confucio no era sino un embaucador. Quienes de tal forma pro­ceden revelan un espíritu nada científico y unos métodos a menudo arbitrarios, por cuanto actúan como jueces que condenan a un hombre por homicidio sólo por una palabra irreflexiva de éste. En el caso en cuestión la mejor actitud consiste en la admisión del criterio de Ssû-ma Ch’ien, quien creía en la tradición, pero no la em­pleaba para la creación de dogmas. En la actualidad el libro Tao Tê Ching comprende ochenta y un «capítulos», en realidad parágrafos, redactados todos ellos en forma epigramática. Tao representa la fuerza mis­teriosa que hace la naturaleza cual es, y su manifestación, poder o causa. Lao Tzü predicó la calma, el amor y la humildad; el Tao Tê Ching ofrece un ejemplo orien­tal del «sermón de la montaña» cristiano, al que puede compararse por su espíritu.

L. Yutang