José Eustasio Rivera

Novelista y poeta colombiano nació en Néiva, departamento del Huila en 1889 y murió en Nueva York en 1928. Una de las figuras más singulares de la novela moderna. Maestro en la Escuela Nor­mal Superior de Bogotá, fue destinado como inspector de Enseñanza a Tolima y se doc­toró en Derecho en la Universidad Nacional; su tesis versó acerca de la Liquidación de las herencias (1917). Formó parte de las comisiones enviadas por el gobierno de su país a investigar la situación obrera de la zona petrolera del río Magdalena y a deli­mitar la frontera colombiano-venezolana. Sentóse en el Parlamento y figuró en las delegaciones colombianas que fueron a Mé­xico (1921), a Perú (1924) y a Cuba (1928).

En plena juventud le sorprendió la muerte en Nueva York, víctima de una hemiplejía quizá relacionada con el paludismo y los sufrimientos padecidos durante su larga per­manencia en las selvas del Magdalena, del Orinoco y del Amazonas. Su obra maestra es la novela titulada La Vorágine (v.), verdadero poema neonaturalista y pictórico de caracteres excepcionales. Pero el gran ar­tista era también poeta y como tal se inició, primero, con su Canto a San Mateo, «oda de épica entonación y forma tradicional», se­gún expresión de Carlos García Prada, y después con sus sonetos, cincuenta y cinco de los cuales reunió en el libro Tierra de promisión (1921).

Es realmente un moder­nista de formación parnasiana que se lanza a la selva; primero, sin conocerla, como él mismo confiesa en 1912 cuando habla de su poema en cien sonetos; pero tenía escritos muchos más cuando seleccionó los de su volumen, y si bien es cierto que al escri­birlos no había ido aún al Orinoco ni al Amazonas, también es cierto que conocía de cerca los llanos del Tolima y había estado en la cuenca del Magdalena, de naturaleza similar, aunque menos grandiosa y salvaje. La verdad es que la selva no le cupo en la concepción parnasiana de sus versos y su alma de artista desbordó la estrofa.

Por eso su prosa es poemática y lírica aun en el horror y en la crueldad; por eso el maes­tro de un nuevo naturalismo ahonda psico­lógicamente en los caracteres y maneja los elementos con simbolismo evidente y ma­nifiesto. El lenguaje, frenado en la poesía, acompaña en la prosa a la imaginación des­bordada. Y la monotonía que encontraba Sanín Cano, producida a la larga por la misma fuerza y profusión de las imágenes, no es más que el resultado de la prepon­derancia del poeta sobre el narrador. La calidad esencialmente americana del artista ha motivado quizás el hecho de que los críticos… europeos no hayan entrado aún de lleno en la comprensión del poeta en verso y en prosa.

Sin embargo, mucho se ha avan­zado en tal sentido. Un crítico cubano ha puesto de moda el que se acepten como ex­ponentes de la novela hispanoamericana a los integrantes del grupo Güiraldes-Rivera- Gallegos, pero ello, aun siendo justo, no debe constituir una limitación en el pano­rama literario de Hispanoamérica. En efecto, otros nombres — desde Isaacs hasta Azue­la — tienen derecho a ampliar la lista, pero por restringida que fuera ésta, no podría prescindir de Rivera, intérprete genuino de la grandeza salvaje de América.

J. Sapiña