José Enrique Rodó

Escritor uruguayo nació en Montevideo en 1872 y murió en Palermo, Italia, en 1917. El más preclaro de los en­sayistas hispanoamericanos. Hijo de padre español y madre uruguaya, familia acomo­dada, cursó sus estudios secundarios en la escuela Elbio Fernández, al parecer, la pri­mera de carácter laico que se estableció en el país; pasó luego a la Universidad, pero no terminó sus estudios, a pesar de lo cual es un error afirmar que su formación es autodidáctica, pues nos hallamos en presen­cia de un universitario que explicó Lite­ratura en la Universidad (sección de Secun­daria) ya en 1898. Dirigió luego la Biblioteca Nacional, fue diputado a Cortes por el Par­tido Colorado (1902 y 1907), representó a su país en la conmemoración del Primer Centenario de la Independencia (Santiago de Chile, 1910) y fue enviado a Europa por la revista Caras y Caretas en el año 1916.

Allí fue atacado mortalmente por la fiebre tifoidea en plena juventud, cuando los es­pléndidos frutos de su espíritu indicaban que podían esperarse de él otros mayores. Es de señalar especialmente su muerte pre­matura (a los 45 años) si consideramos que Rodó nunca fue joven, como corrobora con su opinión René Bazin: «Jamás se le ha visto reír… Parece un hombre sin edad: no se le imagina joven, ni se le siente enveje­cer». Es decir, desde sus primeros pasos en la cultura y en la vida, fue un escritor, un ensayista, un pensador, por eso nos pudo legar cuando apenas había entrado en la madurez una gran obra ya lograda; pero lo que en ella falta quizás hubiera podido completarse con los años. En el cuadro que nos traza Ugo Gallo de su personalidad, vigoroso y plástico, resaltan algunos párra­fos: «No tiene una escuela profunda… No es el constructor de un sistema filosófico… Si no consiguió organizar su pensamiento en un sistema de valores universales — y ésta fue su mayor aspiración —, tuvo en cambio una alta capacidad poética de ilu­minación e intuición y con sus ideas ejerció una estable y fecunda acción educativa sobre su continente».

Para completar su semblanza, diremos que el periodismo y la política absorbieron buena parte de sus actividades. No tienen, naturalmente, más que una importancia inicial sus actividades periodísticas infantiles en Los primeros albores (1883), pero ya en sus veinticuatro años fundó con los Martínez Vigil y Pérez Petit una Revista Nacional de Literatura y Ciencia Sociales (1895). En los periódicos El Orden, La Razón, El Telégrafo y Diario del Plata, y en la revista Caras y Caretas, hay muchas muestras de su prosa política, filosófica y literaria; los artículos que pu­blicó en La Razón, con motivo de la polémi­ca entablada acerca de la supresión por el Gobierno de los símbolos religiosos en hos­pitales y asilos, los reunió en el estudio titulado Liberalismo y jacobinismo (1906). No es, en efecto, Rodó un creador de sistema filosófico, más precisamente por ello es un educador de juventudes y de pueblos, y por ello tienen muchos de sus escritos inte­rés literario: ni una ni otra cosa hubieran sido fáciles de lograr en la dedicación trascendente a un intento de creación sistemá­tica.

Es un idealista liberal que no se asusta ante el empirismo y acepta lo que tiene éste de científicamente estimable; es un renovador de raíces clásicas y parnasianas que se entusiasma con la revolución mo­dernista de Rubén Darío y escribe con este título el prólogo a las Prosas Profanas (1899); es el espiritualista hispánico cam­peón de la espiritualidad de Hispanoamé­rica frente al materialismo y la tecnocracia sajonas, pero sin incurrir en el defecto tradicional de desdeñar la importancia de lo técnico y utilitario (v. Ariel, su primera obra maestra). El maestro de pueblos y juventudes, el europeizador de Hispanoamé­rica, publica en 1909 su segunda obra maes­tra con el título Motivos de Proteo (v.), y en 1913, la tercera, titulada El Mirador de Próspero, de temas ya apartados de la preocupación filosófica con ensayos tan in­teresantes como La gesta de la forma, Rum­bos Nuevos, los trabajos sobre Bolívar y Montalvo, etc.

Es ya tradicional la afirma­ción de que Rodó realiza en la prosa la revo­lución innovadora que Rubén Darío hace en la poesía; quizás fuera más significativo hablar de la idea y del sentimiento, aun cuando no se puedan excluir éste de aquélla y viceversa. Otros títulos de Rodó son: El que vendrá, ensayo aparecido en 1896; La novela nueva (1897), y los trabajos póstumos: El camino de Paros (1918), Nuevos motivos de Proteo (1927) y Los últimos motivos de Proteo (1932). Aparte su forma­ción y sus inclinaciones clásicas, en el pen­samiento, el sentimiento y la obra de este prosista riguroso y, por ello, un tanto frío, se advierte la influencia de dos artífices franceses de la idea y el sentimiento: Bergson y Renán; y precisamente en el contacto de estas dos significaciones tan diversas fluye el perfil de esta ilustre personalidad hispanoamericana, más continental y menos universal que Rubén Rarío, pero igualmente trascendente en el desarrollo ulterior del pensamiento y la sensibilidad hispánicos.

J. Sapiña