Johann Paul Friedrich Richter

(Jean Paul). Nació el 21 de marzo de 1763 en Wunsiedel (Fichtelgebirge), en la familia de un maestro de escuela, posteriormente pastor, y murió en Bayreuth el 14 de noviembre de 1825. Tras la prematura muerte de su padre fue creciendo, como él mismo narra en sus recuerdos de infancia, en un ambiente mi­serable. Realizó estudios secundarios en Hof, y luego, de 1781 a 1784, cursó Teología en la Universidad de Leipzig, donde se le des­pertó una intensa afición a todas las disci­plinas racionalistas. Resultaba ya entonces un personaje original, con una avidez inagotable de lecturas, una imaginación me­lancólica y una inteligencia irónica. Siem­pre en desacuerdo con la sociedad, incluso en cuestiones de tocado e indumentaria, hubo de huir de Leipzig, en parte a causa de sus deudas. Después de 1784 conoció años materialmente infelices y espiritualmente atormentados, y hubo de ganarse la vida como preceptor y maestro rural.

Sin em­bargo, logró encontrar amigos que supieron comprenderle y arrancarle de su soledad; el fallecimiento de los dos más apreciados, en 1786 y 1790, influyó decisivamente en su orientación moral e intelectual. La concien­cia del yo y de la muerte, experiencias pri­mordiales de nuestro autor, libróle de las escorias de un artificioso intelectualismo literario. Los contactos que mantuvo en Schwarzenbach, en 1790, con un círculo de mujeres jóvenes y asimismo sus sucesivas amistades espirituales con Charlotte von Kalb (quien también se relacionó con Schi­ller y Hölderlin), Julie von Krüdener (ami­ga de Heinrich Jung-Stilling y del zar Ale­jandro I de Rusia), Caroline von Feuchters­ieben y otras, acentuaron en Richter la soñadora idealización propia de su visión de la vida y del mundo. Por tal motivo fueron las mu­jeres sus lectores más entusiastas. Tras una producción juvenil de textos satíricos en prosa, entre los cuales figura Procesos groen­landeses [Grönländische Prozesse, 17831, las novelas La logia invisible (1793, v.) y Hespero (1795, v.) le valieron una fama cada vez mayor, y, con ella, la soñada indepen­dencia y una vida más libre.

En el año 1796 marchó a Weimar, donde entró en relación con Herder y los jóvenes románticos Goe­the y Schiller. Si bien respecto de estos últimos llegó a una franca oposición, con Herder, en cambio, mantuvo siempre una amistad profunda y sincera, basada en la orientación irracional y la aversión al cla­sicismo e idealismo filosófico común a ambos. En 1801 contrajo matrimonio con Ca­roline Mayer. A partir de 1804 vivió en Bayreuth gracias a un estipendio del príncipe primado de Dalberg y, luego, del rey de Baviera; sin embargo, su inquietud le indujo, a partir de 1816, a realizar nume­rosos viajes a Heidelberg, Francfort, Stutt­gart y Munich, ciudades que le acogieron con entusiasmo. Una vejez prematura, las perturbaciones de su vista y la muerte del hijo adorado amargaron los últimos años de su existencia.

La importancia de Richter en la historia de la literatura alemana reside en haber elevado la novela en prosa a la categoría poética, en parte debido a los influjos literarios anglofranceses (Rousseau, Sterne, Fielding, Richardson y otros), y, singular­mente, a los análisis psicológicos de carac­teres nobles y elevados, problemáticos y demoníacos, a la agudeza de su sátira social, en el perfeccionamiento de la forma narra­tiva del idilio realista, a la creación de un lenguaje personal y original lleno de huma­nidad y, al mismo tiempo, de «humor» metafísico, y de una prosa lírica que se distingue por su melodía y su insólita abun­dancia de imágenes. Con frecuencia, em­pero, la ingeniosidad excesiva dificulta la comprensión de sus expresiones, y la narra­ción aparece gravada por una gran cantidad de asociaciones, ornamentos lingüísticos y episodios, un empleo emotivo y fantástico de las metáforas, y por frecuentes digre­siones doctas, filosóficas y humorísticas.

Los puntos de partida de nuestro autor son el racionalismo europeo y el pietismo cristiano del siglo XVIII, con su descubrimiento del análisis psicológico individual; a ello cabe añadir la aportación del intimismo senti­mental propio de la sensibilidad europea, y la conciencia libertaria y revolucionaria del yo autónomo del «Sturm und Drang», que en la obra principal de Richter, la novela Titán (1800-1803, v.), se aclara y concreta definitivamente en el ideal clásico del des­arrollo y la educación completos del hom­bre en su humanidad. Aun cuando no visi­tara jamás Italia, Richter ofrece en numerosos pasajes de la mencionada novela grandio­sas impresiones del paisaje meridional y de las ruinas romanas. Los temas del Richter novelista, fuertemente influidos por Her­der, son la idea de la preponderancia del sueño y del carácter problemático de la existencia, peculiaridades típicas del roman­ticismo alemán, y el nuevo realismo de la pequeña burguesía que habría de domi­nar en el estilo llamado «Biedermeier». Nuestro autor influyó notablemente en la manera de E. T. A. Hoffmann, de H. Heine, de los escritores de la «Joven Alemania» y aun de los mejores novelistas realistas, como Immermann, Stifter, Gotthelf, Keller, Reuter, Raabe y Vischer. El mismo Richter dividió la sorprendente variedad de sus temas artís­ticos en tres grupos estilísticos:

1) el «idea­lista» de la novela elevada, que denominaba de «escuela italiana» integrado singular­mente por La logia invisible, Hespero; Ti­tán;

2) el estilo costumbrista humorístico aplicado a los asuntos idílicos menores pero no ajeno a los matices trágicos de Vida del alegre maestrito María Wuz en Auenthal (1790, v.) —su obra principal del género idílico—, Vida de Quintus Fixlein (1796, v.) y Viaje del doctor Katzenberger al balneario (1809, v.), y

3) finalmente, el de la escuela alemana como síntesis intermedia, a la cual pertenecen, sobre todo, el texto más impor­tante de su producción tardía, la novela fragmentaria Años de tuna (1804-05, v.) y la titulada El cometa [Der Komet, 1820].

Tales obras son novelas biográfico-pedagógicas cuyo valor reside en la caracterización intrínseca y el debate intelectual y moral más bien que en los desarrollos concretos de la trama. El tema dominante está inte­grado por la complejidad y el conjunto de problemas del hombre vinculados al mundo grande y pequeño, al encuentro con las sublimes potencias de la vida, como la na­turaleza, el destino y el amor, y a la po­lémica con la sociedad. La concepción rea­lista aparece unida a la delirante fuerza de una fantasía visionaria, elevada a un sentido cósmico y animada por una sonrisa que pasa de tonos resueltamente grotescos a la suavidad y a la sugestión afectiva de un humorismo susceptible de hallar entre las lágrimas su propia liberación universal. La producción de Richter es muy variada y amplia, y entre otros temas ofreció motivos origi­nales a la estética romántica — Escuela pre­liminar de estética [Vorschule der Ästhe­tik, 1804] — y a la pedagogía — Levana (1807, v,) —. Junto a los textos religiosos inspirados en un cristianismo no dogmático El valle Campana o De la inmortalidad del alma [Das Kampaner Tal oder über die Unsterblichkeit der Seele, 1797], Palingene­sia [Palingenesien, 1798], Selina, o la in­mortalidad [Selina, oder die Unsterblich­keit, 1827] — cabe situar las obras políticas pertenecientes a los años de las guerras napoleónicas y de la derrota alemana: Pe­queño tratado de la libertad [Freiheitsbüch­lein, 1805], Sermón de paz a Alemania [Friedenspredigt an Deutschland, 1808], Crepúsculos de Alemania [Dämmerungen für Deutschland, 1809], etc.

En éstos y en otros textos menores, el autor se revela como un espíritu genialmente penetrante y antici­pados y un pedagogo sutil y de viva huma­nidad, cuyo único inconveniente es la difi­cultad que supone frecuentemente para la comprensión de su pensamiento un estilo paradójico y superabundante. Richter lleva al más alto nivel la tendencia del espíritu ger­mánico al intimismo y a la fantasía que os­cila entre el demonismo y el idilio, entre un vuelo de estrellas y un humorismo enamo­rado de lo pequeño. Su posición en la his­toria de la literatura se halla vinculada a los movimientos situados entre el barroco y el realismo del siglo XIX, y llega hasta el existencialismo, como puede percibirse en un grandioso pasaje de la obra Siebenkäs (1796, v.) y en la desconcertante prosa de la fantasía nihilista, Discurso de Cristo muerto desde lo alto del edificio dei mundo para anunciar la ausencia de todo Dios [Rede des toten Christus vom Weltgebäude herab, dass kein Gott sei].

F. Martini