Jacques Rivière

Nació en Burdeos el 15 de julio de 1886 y murió en París el 14 de febrero de 1925. Hijo de una familia cató­lica, estudió con los jesuítas en su ciudad natal, y posteriormente en el Liceo Lakanal parisiense, donde encontró en 1903 a Alain- Foumier (v. Foumier), con quien trabó una profunda amistad. Para el conocimiento de los años de su formación intelectual, en cuyo transcurso, todavía muy joven, dedi­cóse a la enseñanza y a la crítica literaria, resulta muy importante su Correspondance (1905-14) con el mencionado compañero, a cuya hermana Isabel unióse en 1909 en matrimonio. Este mismo año ingresó en la Nouvelle Revue Française, de la cual llegó a secretario.

Una agudeza y una lucidez extremadas, y una inagotable inclinación hacia nuevos conocimientos y simpatías de carácter intelectual, que sentía como forma personal y concreta de adhesión a la vida y necesidad absoluta de comprensión de sí mismo y del prójimo, hicieron de Rivière, ya antes de los treinta años, un crítico magis­tral y sutil del arte contemporáneo, que, según escribió Gide, aproximábase a cualesquier artistas (Baudelaire, Cézanne, Debus­sy, Gide o Claude), como para acariciarse a sí mismo, en una extraordinaria búsqueda de afinidades. En 1912 reunió en el volumen Estudios (v.) los ensayos que había publi­cado en la N. R. F. Alistado como sargento de infantería al principio de la guerra, cayó prisionero el 24 de agosto de 1914 durante una acción bélica y fue enviado sucesiva­mente a los campos de Kónigsbrück y Hülsberg.

En un intento de evasión fue descu­bierto y apresado a pocos kilómetros de la frontera. Enfermo, después de un año de internamiento en Suiza, donde viose ro­deado de amistades y cuidados, fue repatriado en 1918. Durante el cautiverio trabajó en una primera versión de la novela Aimée, que publicó luego en 1922; también su libro póstumo Á la trace de Dieu (1926) nació entonces tras una serie de discusiones man­tenidas con los prisioneros de Kónigsbrück. L’Allemand (1918), obra de gran importan­cia como estudio psicológico del carácter alemán, es el fruto principal de su expe­riencia de cautivo en su forzada relación con la mentalidad germánica. Siguieron en­tonces numerosos artículos políticos, infor­mados por un gran escrúpulo de objetividad en cuanto al problema alemán. En 1919 reapareció la N. R. F. que Rivière dirigió por espacio de seis años, hasta su muerte.

Para comprender la trascendencia de la misión que entonces se impuso basta repasar los números correspondientes de la revista, así como el fascículo de Hommage (abril de 1925) que los intelectuales franceses y ex­tranjeros le dedicaron con motivo de su prematura muerte, a raíz de la cual Claudel publicó su correspondencia con Rivière de los años 1907-14, que culminó en la vuelta de este último al catolicismo. La producción póstuma de nuestro autor está marcada por las huellas de una crisis religiosa. No obs­tante, la singularidad de su figura intelec­tual y moral reside sobre todo en la inquie­tante labor espiritual que le animaba y consumía y llevábale al aborrecimiento de las soluciones definitivas, en materia tanto de arte como de fe. Aclaran este aspecto sus mudables amistades y predilecciones literarias — la última de las cuales, y una de las principales, fue la de Proust —, que hacen de Rivière un incurable espíritu de inte­lectual más bien que un alma fervorosa de católico.

L. Herling Croce