Georges Sorel

Nació el 22 de noviembre de 1847 en Cherbourg y murió el 30 de agos­to de 1922 en Boulogne-sur-Seine. Hijo de una familia de la burguesía provincial nor­manda, recibió de ella la afición al trabajo y los sentimientos morales y religiosos, que mantuvo siempre vivos y profundos, aun después de perdida la fe. Realizados los estudios secundarios en la ciudad natal, fue enviado al Colegio Rollin de París; lue­go ingresó en la École Polytechnique. Llegado en 1870 a ingeniero de caminos y puentes, vivió en el territorio provincial durante veinticinco años; finalmente, nom­brado ingeniero jefe, abandonó el cargo sin ni tan sólo pedir el permiso correspondien­te y se entregó con plena libertad a la ac­tividad meramente intelectual. A partir de 1892 no conservó más funciones que las de administrador de la École des Hautes Études Sociales.

En 1895, junto con Bonnet y Deville, fundó Le devenir social, revista que persistió hasta 1897; colaboró en Mouvement Socialiste, de Lagardelle; Ère Nou­velle, Revue de Metaphisique et de Morale y varias publicaciones italianas y alemanas. En 1897 se retiró, con su sobrino y la es­posa de este último, a la pequeña casa de Boulogne-sur-Seine, donde permaneció hasta el fin de sus días. Todavía conservador en 1889, pasó al socialismo democrático en 1893; luego aceptó el marxismo, con todas sus perspectivas revolucionarias, y más tarde, desengañado del proletariado, aproximóse, en 1911, a los nacionalistas de la Action Française; finalmente, la primera Guerra Mundial reanimó su oposición a las demo­cracias, que le indujo a considerar la revo­lución rusa como aurora de una nueva era en Matériaux d’une théorie du prolétariat (1919) y Plaidoyer pour Lénine (1921). El «affaire» Dreyfus ejerció notable influencia en la orientación de su pensamiento.

Parti­dario del célebre militar francés durante la discusión del caso, o sea cuando parecía que el proceso de revisión habría de hacer posible en Francia unas condiciones que permitieran la instauración de una nueva forma de vida y un movimiento de reno­vación, sufrió un gran desengaño al com­probar la degeneración de todos los jefes del socialismo llegados al poder y de cuan­tos políticos de sus mismas ideas tendían únicamente a la explotación de las masas obreras y a la defensa de sus intereses per­sonales; desilusionado por tal experiencia, condenó para siempre cualquier sistema político de carácter reformador, y se inclinó hacia una concepción revolucionaria de la política del proletariado. Hacia los cuarenta años empezó a escribir acerca de problemas sociales. Antes de su notoriedad como afi­cionado al estudio de la Filosofía, debida a su colaboración en la Revue de Metaphi­sique et de Morale y en la Revue Philoso­phique, y de su fama como teórico del sin­dicalismo, era ya, desde 1889, célebre en cuanto historiador, gracias al Procès de Socrate, complejo examen de la sociedad ate­niense y crítica del racionalismo socrático.

Filósofo de la técnica y moralista, afrontó cuestiones y temas de la civilización en Ruine du monde antique (1898) e Illusions du progrès (1908), y estudió el cristianismo en Système historique de Renan (1906), que, bajo la influencia de Vico, juzgó como un principio. Estableció las bases de la nueva economía concreta en Introduction à l’éco­nomie moderne (1903), y estudió, merito­riamente, el aspecto jurídico del sindicato como nueva forma de institución en Refle­xiones sobre la violencia (1906, v.), su obra más célebre, en la que propugna la forma­ción de un sindicalismo obrero fuerte, cons­ciente y preparado para enfrentarse con la 1893 sociedad burguesa, destruirla y crear sobre sus ruinas una nueva sociedad basada en la producción libre de las jerarquías e ins­tituciones del pasado. Gran importancia pre­senta su aplicación de la filosofía de Bergson a los problemas sociales; en 1889 había sido ya uno de los primeros que llamaron la atención respecto del Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia (y.) de este famoso pensador, a quien juzgó «árbol vigoroso elevado en medio de las desoladas estepas de la filosofía contemporánea».

Al filósofo del sindicalismo correspondió el mé­rito de la transposición al terreno social y económico, en oposición al criterio mera­mente evolutivo del socialismo, de la teo­ría bergsoniana del movimiento único a lo largo de una línea ideológica de tendencia antirracionalista. Fue Sorel quien señaló con eficacia, antes del desarrollo de nuevas orientaciones fenomenológicas y existencia- listas, el camino seguido por Bergson: la revalidación de la idea de instinto y mis­terio a la que este filósofo llegara a través de reflexiones sobre los fenómenos bioló­gicos y las inclinaciones naturalistas. En su opinión, es posible deducir variaciones y transformaciones de la sociedad a partir de signos ínfimos y poco visibles, contraria­mente a la afirmación de Darwin según la cual las modificaciones muy pequeñas no pueden asegurar el triunfo de especies nue­vas sobre las antiguas. Notable es también la actitud de Sorel en la valoración de las ac­tividades espirituales más elevadas y libres, como la ciencia y la religión, de las cuales excluye, en franca oposición a Marx, todo carácter pragmático.

Considera el hegelia­nismo transición entre la Era del dogmatis­mo filosófico y la de la filosofía que se pro­pone ofrecer al espíritu una orientación susceptible de facilitar los descubrimientos, y atribuye a Bergson la función de revela­dor de las fuerzas jóvenes. Confirma, ade­más, una de las intuiciones más originales de Hegel al establecer una correspondencia entre misterio – misticismo – ciencia y arte- religión-filosofía, punto culminante del es­píritu; según él, tales formas se renuevan y decaen juntamente. Sorel avanzó algunas du­das sobre varios puntos de las enseñanzas oficiales del marxismo; negligencia de los factores morales, confianza excesiva en la ciencia (que define «pequeña ciencia»), e interpretación insuficiente o errónea de la evolución social y del movimiento obrero. Bajo la influencia de Vico aplicó sus cáno­nes históricos al cristianismo. Con elevada conciencia reivindicó los valores del mis­mo, y llegó, por ello, a ser juzgado fautor de la revolución extrema del espíritu cris­tiano. Considera al cristianismo no desti­nado a perecer, por cuanto ha difundido en el mundo tres grandes principios: la dig­nidad de la pureza, los valores infinitos del hombre y el sacrificio establecido sobre el amor.

Condenó todas las formas de religión social, ya en cuanto faltas de un verda­dero mérito religioso o por su tendencia a la mediocridad, el cálculo y el utilitarismo. Las polémicas y los estudios de Sorel acerca del marxismo fueron reunidos por V. Racca en los Ensayos de crítica del marxismo (1903), que limitan el determinismo económico de las corrientes ortodoxas marxistas y revelan algunos elementos éticos de la filosofía del movimiento obrero. Nuestro autor considera las reformas sociales como una corrupción de la clase trabajadora en Décomposition du marxisme (1908), y de la evolución del sindicalismo obrero en L’avenir socialiste des syndicats (1898), Ense­ñanzas sociales de la economía contem­poránea (texto publicado también por V. Racca, 1907) y en los artículos aparecidos el mismo año en Mouvement socialiste. En­tre las numerosas obras restantes cabe men­cionar Contribútion ä l’étude de la Bible (1889), Essai sur l’Église et l’État (1902), La révolution dreyfusienne (1909), La rivoluzione d’oggi (Lanciano, 1909), Le confessioni (come divenni sindicalista) [Roma, 1910] y De l’utilité du pragmatisme (1921).

G. Santonastaso