Gabriel – Honoré Riqueti, Conde de Mirabeau

Nació en Bignon, el 9 de marzo de 1749, murió en París el 2 de abril de 1791. Hijo del marqués Víctor (v.) economista y «ami­go de los hombres», a los dieciocho años fue enviado a un regimiento de caballería de guarnición en Córcega, donde, apenas llegado, sostuvo un impetuoso altercado con el coronel, y conoció por primera vez la prisión por orden de su padre. Puesto en libertad, vuelve a la casa paterna y co­mienzan algunos años de estudios desorde­nados: propone nuevas formas de cultivo en las tierras de su padre, proyecta planes contra las inundaciones y escribe un opúscu­lo acerca del régimen despótico con que Génova había gobernado Córcega, que su padre no le deja publicar. Son los prime­ros síntomas de una creciente oposición entre padre e hijo y que acabará sepa­rándoles. El primero, en efecto, partiendo de las doctrinas fisiocráticas, era partida­rio de los déspotas ilustrados, en tanto que el segundo se declaraba rebelde contra toda autoridad: chocaban dos generaciones, y la segunda anunciaba la Revolución.

En 1722 se casa Mirabeau con la hija del marqués de Marignane; pero poco después es encarcelado por deudas. De nuevo en libertad, se bate en duelo por el honor de su hermana y es encarcelado otra vez en el castillo de If, donde conquista la benevolencia, y la mu­jer del gobernador. Trasladado a la forta­leza de Faux, se hace también pronto dueño de la situación: entra, sale, escribe memorias y publica su Ensayo sobre el des­potismo (v.) que ha sido considerado como uno de los primeros manifiestos de la Re­volución. Para publicar el ensayo se en­deuda de nuevo y huye al fin a Amsterdam con la dama del gobernador, Sophie de Monnier. En Amsterdam vive de traduc­ciones, trabajando desde el amanecer hasta la noche (había aprendido por sí solo el inglés y otras lenguas) y encuentra tiempo, sin embargo, para escribir un ensayo sobre la música. Perseguido por su padre y por el marido de su amante, es detenido y encarcelado en el castillo de Vincennes, donde permanece en una estrecha celda desde 1777 a 1780, escribiendo las famosas Cartas a Sofía (v.) y Cartas políticas (v.), memoriales en defensa propia, relatos pornográficos, gramáticas, diálogos, tragedias, traducciones de Tácito, Tibulo y Boccaccio, y un estudio: Des lettres de cachet et des prisons d’Etat, en el que propone la re­forma de las instituciones.

Puesto en liber­tad en 1780, ha de sufrir dos procesos, uno promovido por el marido de Sophie y otro por su propio suegro. Estos procesos, que revelaron su notable temple de orador y de abogado y su audacia revolucionaria, le valieron, en Provenza, una gran popu­laridad, que le fue muy útil en el momento de las elecciones a los Estados Generales. Salió triunfante de estos procesos escan­dalosos, pero más pobre que antes, y se ve obligado a empeñar sus vestidos para vi­vir. Pero poco después, un préstamo de su madre (30.000 libras) le permitió llevar una vida adecuada a su fama: tiene carroza y amantes, y viaja. En 1784 pasa una breve temporada en Inglaterra, donde prepara el material para las Considérations sur l’ordre de Cincinnatus, en las que denuncia el ger­men de una aristocracia nobiliaria en Amé­rica, recientemente libertada. Las institu­ciones inglesas le dejaron indiferente: era natural, si se tiene en cuenta que era hijo de la tradición política francesa tan distinta de la insular. En París publica, poco des­pués, la Denónciation de l’agiotage au roi, en donde denuncia las maniobras que lle­van a los Estados a la bancarrota y ataca monopolios y privilegios.

Por este trabajo fue expedido contra él un mandamiento de prisión; pero pudo salvarse refugiándose en Berlín, donde esperaba encontrar, en aque­llos momentos en que estaba a punto de morir el gran Federico (1786), abundante material para sus observaciones políticas. En efecto, cuando subió al trono Guiller­mo II, le dirigió una carta en la que le aconsejaba conceder a su pueblo toda una serie de libertades, incluso la de imprenta, y en la que le decía al final que sería digno de él «ne pas trop gouverner». Durante esta estancia suya en Berlín mantuvo con el abate de Périgord (es decir, Talleyrand) una correspondencia cifrada que fue pu­blicada con el título de Histoire secrete de la Cour de Berlin. En 1788 apareció la Mo­narchic prussienne, obra que estaba diri­gida, como él mismo dijo, a sus conciuda­danos sobre todo, ya que es evidente que son las costumbres y la vida de Francia y no las de Prusia las que pretende des­cribir en su tratado. La Revolución ya no se haría esperar y muchos síntomas la anun­ciaban: en este breve período escribe M. otras obras que revelan cómo iba preparán­dose para los nuevos acontecimientos. Re­anuda el problema del agio (Dénonciation de l’agiotage, Siute de la dénonciation de l’agiotage); dirige una Adresse aux Bataves que constituye una vigorosa reivindi­cación de la soberanía del pueblo; publica la Histoire secrete de la Cour de Berlin, que ofendió vivamente a todos los sobera­nos y que Luis XVI mandó quemar. En las elecciones para los Estados Generales fue rechazado por la nobleza provenzal y se hizo elegir entonces por el Tercer Estado de Aix y de Marsella.

Escogió la represen­tación de la primera de estas ciudades; fundó en París el Journal des États Généraux, que fue suprimido muy pronto por Necker, pero que reapareció inmediata­mente con el título de Courrier de Provence. El 23 de jimio de 1789, ante la orden del rey de disolverse, fue el portavoz del vacilante y confuso deseo del Tercer Es­tado de resistir; pero, al mismo tiempo, trató de evitar que la Revolución chocara contra el poder real como contra un enemigo irreductible (Jaurés); y esto quizá no tanto porque era «profundamente monár­quico» como porque quería privar a las clases privilegiadas de la ayuda del mo­narca. Se muestra partidario de una monar­quía templada, constitucional, en la que veía la derrota de la nobleza y del clero y la posibilidad de que el Tercer Estado asu­miera el papel de nueva clase dirigente. Pero no comprendía que la monarquía nun­ca podría transformarse en monarquía bur­guesa, ni veía que la causa de ésta estaba estrechamente ligada a la de las clases feudales. Por ello, la difícil y oscura ma­niobra que trató de llevar a cabo para acercar el soberano a las ideas de la Revo­lución estaba condenada al fracaso. Fra­casaba su tentativa de fundir la monarquía con la democracia y la Revolución seguía caminos distintos de los que él hubiera de­seado. Su muerte, ocurrida al año siguiente a consecuencia de una inflamación del dia­fragma, consternó y conmovió a todos los franceses, que habían visto en su vehemente elocuencia (v. Discursos) una de las más sólidas defensas del espíritu revolucionario.

F. Catalano