Francisco de Quevedo y Villegas

Nació en Madrid en 1580 y murió en Villanueva de los Infantes el 18 de septiembre de 1645. El 26 de septiembre de 1580, en la parroquia madrileña de San Ginés, era bautizado Francisco Gómez de Quevedo y Villegas — éste es exactamente su nombre —. Los Quevedo se contaban entre la primera no­bleza del valle de Toranzo (Santander) y Pedro Gómez de Quevedo, padre de Fran­cisco, cansado de la vida campesina, ahora ejercía la plaza de secretario de Ana de Aus­tria, cuando casó con doña María de Santibáñez, de familia, también montañesa e igualmente al servicio de la casa real. Tuvo Quevedo cuatro hermanas y un hermano. Pedro Gómez de Quevedo murió pronto, pero doña María, admitida en la servidum­bre de la hija del rey prudente, Isabel Clara Eugenia, pudo holgadamente atender a la educación de su hijo, que realiza sus pri­meros estudios en el Colegio Imperial de la Compañía en Madrid; de esta primera edu­cación había de tomar la sutil técnica del silogismo y de la neoescolástica de Suárez. En el Colegio Imperial permanece hasta 1596 en que se traslada a la Universidadde Alcalá de Henares, donde cursa Humani­dades, Filosofía y lenguas —clásicas, italia­na y francesa — con extraordinario apro­vechamiento.

Pero el estudiante no era sólo un intelectual de excepción; su espíritu de profundos contrastes —constantemente esta divergencia animaría su obra y su vida — comienza a manifestarse de forma inequí­voca: el excelente universitario era ya des­de entonces turbulento hombre de mundo, violento y justiciero. Y aquí, en Alcalá, comienza la comedia y la tragedia — en juego constante la vida, el prestigio, la liber­tad — de su existencia. Y con ella la in­mensa crecida de sombrío dolor que haría de Quevedo un espíritu humano fundamentalmente decepcionado. Consecuencia de esta tremen­da desilusión, que acrecienta al par de su vida, será la desmesurada manifestación que en los sentidos más varios alcanzaría su arte, atrevidamente festivo, grandiosamente afec­tivo, satírico hasta la crueldad, intenso en el concepto, rotundo en el lenguage. Ahora en Alcalá, el duque de Medinaceli le libra con su intervención de un grave proceso a causa de una pendencia con don Diego de Carrillo, compañero a quien Quevedo hiere casi de muerte. En 1600, con el traslado a Valladolid, Quevedo sigue a la Corte, y en esta ciudad estudia Teología y a los Santos Pa­dres, completando con ello su enorme eru­dición, extensa incluso a las ciencias mate­máticas y astronómicas.

Basta recordar el juicio de Juan Lipsio, con quien Quevedo man­tenía correspondencia desde los 23 años, sobre éste — «el mayor y más alto honor de los españoles» — para darnos idea del enor­me prestigio que le asistía. Ya en 1603, en las Flores de Poetas Ilustres, Pedro de Espinosa había publicado algunas composiciones de Quevedo. De nuevo en Madrid en 1606, le vemos con libre acceso a la Corte y en la mejor relación social. En contacto con Mariana durante estos años, profundiza en las causas de la decadencia política española, esa gran desilusión que no le abandonaría durante toda la vida: estamos en el creciente pre­sagio que antecede a Westfalia. Quevedo había de morir poco antes y su profecía suena clara: «y es más fácil, oh España, en muchos modos / que lo que a todos les quitaste sola / te puedan a ti sola, quitar todos». Esta pasión política había de dejar profunda huella en su obra. Admirador del héroe, implacable enemigo del tirano — «Tú ya, oh ministro, afirma tu cuidado / en no in­juriar al mísero y al fuerte»—y Q- es ade­más creyente del pueblo. Pero sólo la de­cepción es siempre creciente: y sombrío y festivo, transcendental y sarcástico, se revuelve en los Sueños (v.) en una de las más violentas y trascendentes sátiras de toda la literatura universal.

Como ensayo de éstos — quince años tardaría en completar­los — en 1606 escribe la Casa de los-> locos de amor, y el primero de ellos, El sueño del Juicio final (v. Sueños) «para juzgar todas las clases de estado» y dedicado al conde de Lemos. Inspirado en la obra de Luciano de Samosata, y en parte en Cervantes, con los Sueños crea Quevedo un género original,-muy de acuerdo con la época, de carácter fan­tástico satírico, lleno de contrastes, y for­midable invectiva social. En 1607 escribe El alguacil endemoniado (v. Sueños), y en el siguiente año El sueño del infierno (v. Sueños), terminado en Fresno de Torote, a donde había marchado convaleciente de una enfermedad, y en donde además escribe el famoso soneto satírico «Érase un hombre a una nariz pegado» (v. Parnaso español) prototipo de su hiperbólica fuerza carica­turesca. En este mismo año de 1608 marcha a Torre de Juan Abad, en los campos de Montiel y sobre la que Quevedo gozó de censo y jurisdicción y más tarde señorío (1622); de regreso a Madrid, accidentalmente de paso en Argamásilla de Alba escribe el romance «El testamento de Don Quijote»; ya en Madrid (1608) acaece su violenta disputa con Luis Pacheco, a quien ridiculiza en El buscón (La Historia de lá vida del Buscón liama0: Pablos—. Redactada proba­blemente por /vez. primera en 1603 y publi­cada en Zaragoza en 1626 modificada por la censura, tenernos én ella una de las crea­ciones fundamental es de la picaresca. En 1609 conoce al duque de Osuna, a quien dedica el Anacreón Castellano.

En el mismo año escribe la Premática de las cotorreras (v. Premáticas) llena de desenfado y atre­vimiento, y España defendida y los tiempos de ahora (v.), dedicada a Felipe III, donde el patriotismo de Quevedo admira por su modernidad, haciéndonos pensar en la generación del 98; permaneció inédito hasta 1916. En 1611 tuvo lugar el conocido suceso de la iglesia de San Martín, en el que la muerte de su rival le obligaría a huir a Italia. Lo cierto es que estos hechos no están proba­dos y que en 1612 se encuentra en Torre de Juan Abad, dedicando en el mismo año al duque de Osuna el sueño El mundo por dentro (v. Sueños), escrito en el año 1610, y al cronista Tomás Tamayo el discurso sobre el Nombre, origen, sustento, recomen­dación y descendencia de la doctrina es­toica. La fama de Quevedo es tal que cunde la noticia de su estancia en Torre y por ami­gos y curiosos se copian las cartas de El caballero de la Tenaza (v.) escrita hacia el año 1600, y que de esta forma se divul­garon hasta su impresión en 1627; en ellas se daban «consejos para guardar la mosca y gastar la prosa».

También desde Torre dedica al cardenal Bernardo de Sandóval las Lágrimas de Jeremías castellanas, ordenando y declarando la letra hebraica con paráfra­sis y comentario, y a una tía suya, «afligida por su conducta», las poesías de inspi­ración religiosa, Poesías morales y lágri­mas de un penitente (v. Parnaso español). Interesado su amigo el duque de Osuna en su traslado a Italia, sabemos que en 1613 se encuentra en Niza, de donde marcha a Sicilia. Quevedo, que siempre estuvo interesado en la política, interviene desde ahora direc­tamente al lado de su gran amigo, desta­cando por su efectividad y desinterés. En 1615, tras un viaje lleno de incidentes, du­rante el cual fue detenido varias veces, llega a Madrid como embajador especial del duque de Osuna, para el que Quevedo consi­gue el nombramiento de virrey de Nápoles. Ya en su nuevo cargo, el duque de Osuna solicita de nuevo a Quevedo, que se encarga ahora con extraordinaria habilidad de la hacienda. Nuevamente en misión concreta para Madrid, de paso por Roma se entre­vista con Paulo V, llegando a la capital en 1617, donde en audiencia privada confe­rencia sobre las cuestiones de Italia con Felipe III.

Este mismo año se le concede la Orden ele Santiago, que le impone el duque de Uceda, acontecimiento, por lo demás, que no desaprovecharon para sus sátiras sus «muchos» enemigos. Vuelto a Ná­poles en 1618, su intervención en la conju­ración de Venecia termina con su mila­grosa huida vestido de mendigo, consiguien­do al fin llegar a Nápoles. En Venecia se imprime contra Quevedo el «Castigo essemplare de calumniatori», dirigido al duque de Saboya, y públicamente se le quema en efigie. De nuevo vuelve Quevedo a España para desautorizar las difamaciones divulgadas contra el duque de Osuna, pero las intrigas consiguen indisponerle con su gran amigo, y aunque bien recibido al término de su últi­mo viaje a Nápoles, decide volver a Es­paña. Caído Osuna, a su vuelta a España se muestra tan agradecido al poeta que éste ingresa en prisión (1620), sin que se le den explicaciones. Probablemente fue decisiva la intervención de don Femando de Ace­bedo, presidente del Consejo de Castilla, al que Quevedo había conocido de criado en Al­calá, satirizando más tarde sus pretensiones de nobleza. Pasa a Uclés y de allí otra vez a Torre de Juan Abad; en este amargo pe­ríodo compone Mundo caduco y desvarios de la edad en los años desde 1613 a 1620, Los grandes anales de quince días, historia de muchos siglos que pasaron en un mes, sobre el mundo corrompido de los favori­tos, y las más satíricas de sus poesías.

Aca­ba la Política de Dios, gobierno de Cristo y tiranía de Satanás (v.), dentro de la con­cepción cristiana de la política y opuesta a la de Maquiavelo. Allí redactó también el último de los sueños, el Sueño de la muerte (v. Sueños), con tan famosos per­sonajes como Pero Grullo, Perico el de los palotes, etc. Los sueños se publicaron pos­teriormente en 1627 en Zaragoza, con los títulos modificados por la censura. «Todo lo pongo debajo de la corrección de la Santa Iglesia Católica», dice Quevedo. Además de los cinco sueños se publicaron con ellos otras obras, de las que sólo El discurso de todos los diablos o el Infierno enmendado, tam­bién llamado El entrometido, la dueña y el soplón y La hora de todos y La fortuna con seso (v.), se parecen por su técnica a los Sueños (v.). Las esperanzas de salir de la prisión aumentan debido a la inter­vención de doña María Enríquez, dama de Isabel de Borbón. Pronto, en efecto, se le permite salir dé la Torre, aunque se le pro­híbe acercarse a la Corte en diezi leguas a la redonda, traba que desaparece en 1623. Emprendida por Olivares, favorito de Feli­pe IV, la reforma de los trajes y la represión del lujo. Quevedo compone la Epístola satírica y censoria contra las costumbres presen­tes de los castellanos (v. Parnaso espa­ñol), espléndidos tercetos de tono sobria­mente grandioso.

De nuevo reintegrado a la vida de palacio acompaña al rey en su viaje a Andalucía (1624). Poco después mo­ría el duque de Osuna y Quevedo lo lloró senti­damente en cuatro memorables sonetos lle­nos de indignación y cariño: «Faltar pudo a su patria el grande Osuna» (v. Parnaso español). Quevedo, sonetista consumado, descarga toda su brutal afectividad en los sonetos dedicados a la muerte de los personajes que conoció; pero marca una diferencia entre personajes y personajes. Compárense, en efecto, los dedicados al duque de Osuna, a Enrique IV y a otras personalidades de la Antigüedad, verdaderas obras maestras, con la frialdad de los dedicados a Felipe III, a la duquesa de Lerma, etc. En 1626, acom­pañando a Felipe IV en su viaje a Aragón, aprovecha la mayor libertad de este reino para imprimir los Sueños, la Política de Dios y el Buscón. En Monzón acaba el Cuento de Cuentos (v.), contra «las vulga­ridades rústicas que aún andan en nuestra habla», publicado en 1628 y 29 y prohibido en 1630 por la Inquisición. La fama de Quevedo es asombrosa: «honra de aquel siglo, mila­gro y asombro de los pasados», le saluda el cabildo de Santiago.

Poco después esta­llaba la estrepitosa refriega sobre el patro­nato de España, en la que tan decisivamente intervino Quevedo a favor de Santiago contra los devotos de Santa Teresa. Puso fin al pleito el Papa a favor del Apóstol. La inmensa popularidad de Quevedo y las intrigas de sus im­placables enemigos motivó un nuevo con­finamiento, cumplido también en Torre de Juan Abad y que duró hasta fines del año 1628. En esta época escribe Lince de Italia (v.), sagaz estudio político, dirigido a Fe­lipe IV. Olivares consigue atraerse la vo­luntad de Quevedo, que en respuesta escribe El chitón de las taravillas, obra del licenciado Todo se sabe; el rey le dio el título honora­rio de secretario, ofreciéndole infructuosa­mente importantes cargos públicos. También en honor de los soberanos escribe la come­dia hoy perdida, Quien más miente más medra, llena de sagacidades contra el matri­monio, con el consiguiente escándalo, ati­zado por el hecho de que el autor fuese soltero. Poco después, acompañando al rey en un viaje a Cataluña, conoció a doña Es­peranza de Aragón, con quien se casa, con­viviendo tres meses y separándose a los dos años; ocho años después, estando preso en San Marcos, recibía la noticia de la muerte de su esposa.

La larga experiencia y la situación política amargaban progresiva­mente la vida del escritor y su sátira se agudiza: escribe la Aguja de navegar cultos con la receta para hacer soledades en un solo día, la culta latiniparla, publicada en 1631 (v.) y Burla de todo estilo afectado, también del mismo año, y dirigidos en espe­cial contra los culteranos — Góngora y Quevedo fueron irreconciliables enemigos; contra Pérez de Montalbán escribió La Peri­nola (v.) en contestación al «Para todos» que en 1632 éste le había dirigido. Entre sus irreconciliables enemigos están también Ruiz de Alarcón y los componentes —entre ellos Montalbán y Luis Pacheco— del Tribunal de justa venganza en la que se le llamaba «doctor en desvergüenzas», «bachiller en su­ciedades», etc. Quevedo responde: «Reparadle el chirlo de la oreja izquierda al reverendísi­mo Niseño; preguntadle qué vieja le besó en ella…». En el estreno del entremés de Quevedo «Cara aquí me voy, cara aquí me iré», una muchedumbre de escritores acude a silbarle, divulgando sátiras contra él de Lope, Góngora… Se conspira contra él en palacio, en la Inquisición, que a pesar de ello siem­pre le tuvo en gran estima; se le atribuyen todos los libelos satíricos, numerosos, que circulan.

Frente a esta creciente hostilidad, Quevedo, bajo el nombre de Séneca, mantiene su firmeza en los Remedios de cualquier for­tuna. Al mismo tiempo retocó el Marco Bru­to (v.) escrita en 1631 y publicado en 1644 en Madrid, su última obra y la que más estimaba, en la que expone su concepto es­toico de la política. No quiso Quevedo unir su suerte a la del conde-duque de Olivares y contra él dirige censuras terribles que insis­tentemente llegaban a manos del valido. A él se atribuían «La isla de los Monopan- tos» y «El Pater Noster». En 1639 llegaba en la servilleta del conde-duque el famoso «Memorial», mordaz sátira sobre el estado público, con petición de remedios. Sea por este motivo, o debido quizá a un entendi­miento con Richelieu — adviértase en todo caso que de existir éste no cabe duda que Quevedo juzgaba provechoso para España— ingresó preso, primero en el convento de San Mar­cos y posteriormente en su Torre de Juan Abad; se confió su hacienda a uno de sus amigos, se prohibieron algunas de sus obras por el inquisidor general en el expurgato­rio de 1640 y las numerosas intervenciones a su favor fueron inútiles. Se le privó ade­más de su jurisdicción sobre Torre de Juan Abad.

Pero la casi increíble historia con­tinúa, y preguntado por el propio conde- duque, sobre cuáles de las sátiras que circulaban eran suyas, la altiva respuesta irritó al valido de tal modo, que fue encerrado en un frío y húmedo calabozo. Caído el conde-duque al cabo de cuatro años, fue liberado (1643). Todavía pasó año y medio en Madrid, pero su vida estaba consumada; busca a sus amigos y, muertos o ausentes, encuentra a muy pocos; mas sobre todo bus­ca a su protector el duque de Medinaceli, por entonces también ausente de Madrid, y su antiguo mundo social y palaciego, que le cierra las puertas. «Doliéndole el habla y pesándole la sombra» llega a Torre de Juan Abad en 1644. El riguroso invierno de este año agrava su quebrantada salud. Desde el lecho dicta la segunda parte del Marco Bru­to, que nunca llegó a publicarse. En busca de médicos se traslada a Villanueva de los Infantes. El ardoroso estío de 1645 acabó con su vida. Dejaba a la literatura univer­sal una de las obras más vastas, complejas y variadas. Pero sobre todo una obra llena de vitalidad. Quevedo — ¡qué contraste con Cal­derón, encerrado en su mundo ideal, o con la meditación severa, brotada casi del sim­ple y mero hecho de existir de Manrique! — lanzado y sumergido en las formas y mo­dos del decadente siglo XVII español, es además de un pensador, un hombre de ac­ción.

De aquí su lenguaje con efectos ta­jantes, inmediatos, y esta vitalidad de su literatura casi arrancada de los hechos con­cretos; contra la sociedad arroja la violen­cia de sus Sueños y a un hombre de nariz grande su famoso soneto «A una nariz»; a la muerte de su amigo el duque de Osuna sus sentidos versos: «La Mosa, el Rin, el Tajo y el Danubio / murmuran con dolor su desconsuelo» y al odiado conde-duque el famoso «Memorial»: «Católica, sacra, Real Majestad». Habla claro y rotundo: «archi- pobre», «protomiseria», «hambre imperial». Como poeta, al igual que en toda su pro­ducción, Quevedo nos revela su extraordinario genio: es el poeta amoroso — sensu strictu, el mayor poeta amoroso de la literatura castellana —; recuérdese su composición «Torcido, desigual, blanco y sonoro»; bur­lesco hasta la exageración: «Al mosquito de la trompetilla»; satírico y, esto es una nota general de su época, cruel: basta recordar la más sangrienta de las composiciones poé­ticas del Siglo de Oro español, el «Epitafio a don Luis de Góngora»; pero sobre todo es el poeta fúnebre, sombrío, de sentimien­tos incalculables. Dámaso Alonso ha resu­mido un aspecto esencial de la poesía de Quevedo en las expresivas palabras con que titula el estudio de su poesía «El desgarrón afectivo de la poesía de Quevedo» (Poesía espa­ñola).

Mención aparte merecen sus compo­siciones menores, romances y letrillas líri­cas burlescas: «Rosal, menos presunción», «Poderoso caballero». Sus poesías aparecie­ron publicadas por su amigo J. Antonio González de Salas bajo el título El Parnaso español monte en dos cumbres dividido en 1648 (v. El Parnaso español). Su vasta obra en prosa ha sido dividida en tradicio­nales sectores en cada uno de los cuales ofrecemos las obras que no han sido citadas : Obras satírico – morales : Los Sueños (v.); picarescas: El Buscón (v.); crítico- literarias : Comento contra setenta y tres estancias que don Juan Ruíz de Alarcón ha escrito a las fiestas de los conciertos hechos con el príncipe de Gales y la señora infanta María (1623), Respuesta de Quevedo al pa­dre Juan de Pineda (1620), Su espada por Santiago (1628), Juicios, prólogos a libros ajenos; festivas (v. Preméticas) : Genealo­gía de los modorros (1597?), Capitulaciones matrimoniales (1600?), Vida de corte y ofi­cios entretenidos de allá, Premàtica que este año de 1600 se ordenó por ciertas per­sonas deseosas del bien común, Desposorio entre el casar y la juventud (1624), Origen y definiciones de la necedad con anotacio­nes y algunas de las necedades que se usan (1624), Premáticas y aranceles generales (1604), Premáticas del desengaño contra los poetas güeros (1605), Carta a una monja, Memorial pidiendo plaza en una academia y las indulgencias concedidas a los devotos de monjas que le mandaron escribir Ínterin vacaban mayores cargos (1612), Carta a la rectora del colegio de las vírgenes (?), Car­ta de un cornudo a otro (1622), Pragmática que han de guardar las herramientas de pecar (1609), Alabanza de la Moneda, Con­fesión de los moriscos, Premática del tiem­po (1628), Libro de todas las cosas y otras muchas más (1629), Cosas más corrientes de Madrid y que más se usan por alfabeto; políticas: Carta del rey don Femando el Católico al primer virrey de Nápoles, co­mentadas (1621), Continuación a la historia de quince días y a la historia y la vida de Juan de Espina, Memorial del Patronato de Santiago (1627), Cartas al serenísimo, cristianísimo francés (1635), Visita y ana­tomía de la cabeza del cardenal de Richelieu (1635), Breve i compendio de los servi­cios de don Francisco Gómez de Sandóval, duque de Lerma (1630), Relación en que se declaran las trazas con que Francia ha pretendido inquietar los ánimos de los fidelísimos flamencos a que se rebelasen contra su rey señor natural (1637), La sombra del Mos de Forza (1638), Descí­frese el alevoso manifiesto con que pre­vino el levantamiento del duque de Bragan- za con el reino de Portugal, don Agustín Manuel de Vasconcelos (1641), La rebelión de Barcelona no es por el güero, ni por el fuero (1642 a 1644), Memorial del duque de Medinaceli al rey don Felipe IV (1643), Panegírico a la Majestad del rey nuestro señor don Felipe IV (1643), Suasoria de Marco Anneo Séneca el retórico (1644); filosóficas: Migajas, sentencias (?); ascéti­cas: La primera y más disimulada perse­cución de los judíos contra Cristo Jesús y contra la Iglesia en favor de la sinagoga (1619). Epítome a la vida ejemplar y glo­riosa muerte del bienaventurado fray To­más de Villanueva, religioso de la orden de San Agustín y arzobispo de Valencia (1620), Sobre las palabras que dijo Cristo a su Santísima Madre en las bodas de Caná de Galilea (1626?), Homilía a la San­tísima Trinidad (entre 1610-30), Conside­raciones sobre Testamento Nuevo y vida de Cristo (?), Declamación de Jesucristo, hijo de Dios, a su eterno Padre en el huerto (?), Virtud militante de las cuatro pestes del mundo (1634-35), Afecto fervoroso del alma agonizante con las siete palabras que dijo Cristo en la Cruz (1651), Lo que pretendió el Espíritu Santo con el libro de la Sabi­duría y el método con que lo consigue 163 a 1641), El martirio pretensor del már- zir,único y singular mártir solicitado por £> martirio, el venerable apostólico y nobi­lísimo padre Marcelo Francisco Mastrill, napolitano (1640), La constancia y paciencia del Santo Job en sus pérdidas, enferme­dades y persecuciones (1641), La caída para levantarse, el ciego para dar vista, el monlante de la Iglesia en la vida de San Pablo, 1643); algunas traducciones, epístolas, epi­tafios, etc.

Sin excesiva importancia la obra dramática de Quevedo, se ha perdido en gran parte. Además de la comedia Como ha de ser el privado, nos han quedado los entre­meses El niño, El caballero de la Tenaza, Los refranes del viejo celoso, El zurdo alan- ceador, La ropavejera, La venta, Diego Mo­reno; también nos han quedado los bailes Los nadadores, Boda de pordioseros, Cortes de los bailes y Los galeotes. Éste es Quevedo, una vorágine vital que pasó por el campo de la literatura y en la que sigue rodando: «cojitranco», derribado de hombros y miope; sus acérrimos enemigos exultan — «borra­cho», «protodiablo», «licenciado en bufo­nerías» —, le queman en estatua, le detie­nen, le liberan, escuchan sus fulminantes respuestas, en un interminable cruce de diatribas y de odios. Con las más solemnes palabras le saludan los cabildos y los ilus­tres; la milicia italiana, la propia Inquisi­ción; con los más caudalosos versos llora la muerte de sus amigos. Preso y liberado, reincidente y altivo, insobornable, la inci­dencia de su vida se prolonga hasta la exas­peración; incluso rebosando su propia vida llega y danza sarcásticamente en el habla popular y festiva de nuestros días. «El tri­bunal de la venganza» se prolonga indefi­nidamente: «Bachiller en suciedades». Pero algo hay unificando esta dramática disper­sión, este salirse en todas las direcciones, único resumen y documento válido del gran escritor: un abismado, incomensurable, sombrío sentimiento : «Excelentísimo señor mi llanto / ya no consiente márgenes ni orillas».