Duque de Rivas

(Angel Saavedra y Ra­mírez de Baquedano). Nació en Córdoba el 10 de marzo de 1791 y murió en Madrid el 22 de junio de 1865. Fue hijo de los grandes de España don Juan Martín de Saavedra, duque de Rivas, y doña María Dominga Ramírez de Baquedano, marquesa de Andía y de Villasinda. No poseyó el ducado y los demás títulos de su casa hasta 1834, fecha en que murió su hermano mayor. Estudia primeras letras, francés y elementos de historia y geografía, dirigido por Tostin, ca­nónigo francés que se refugió en España huyendo de la revolución de 1789. Cuando aún era niño, una epidemia de fiebre ama­rilla hizo que la familia entera abandonara Córdoba para instalarse en Madrid. En la capital de España fue otro sacerdote el encargado de continuar su educación y éste le enseñó latín; más tarde continuó sus es­tudios bajo la tutela de otro emigrado francés llamado Bardés.

Huérfano de padre en 1802, ingresa, por voluntad de su madre, en el Seminario de Nobles. A los 16 años de edad, con el grado de alférez de la Guardia de Corps, termina sus estudios en el Semi­nario. Es testigo de la abdicación de Car­los IV y figuró más tarde en la escolta del nuevo soberano (Fernando VII). No se halla­ba en Madrid al acaecer los sucesos del 2 de mayo de 1808. Al amanecer de tan memora­ble día, salió para Guadalajara con un es­cuadrón que enviaba allí la Junta de Go­bierno. Al día siguiente el escuadrón se disuelve y Rivas se une a su hermano mayor. Enterados del alzamiento de Zaragoza, co­rren a unirse a Palafox; participa en las batallas de Tudela, Uclés, Talavera y Ocaña, donde fue alcanzado quedando mal herido en el campo de batalla; llega a Córdoba casi moribundo y cuando se restablece de sus heridas marcha a Cádiz.

Allí conoce a Mar­tínez de la Rosa, a Quintana, a Nicasio Ga­llego, y dirige el periódico del Estado Mayor Militar que se publica semanalmente. Esti­mulado por sus nuevos amigos escribió el poema titulado El paso honroso y más tarde, en 1813, se decide a publicar un tomo de poesías. Al final de la campaña contra los franceses era teniente coronel. Fernando VII a su regreso a España le recompensa con el puesto de coronel efectivo y es destinado a Sevilla, En 1814, ante los reiterados con­sejos de sus amigos, se decide a publicar el drama Ataúlfo, inmediatamente prohibido por la censura. A esta obra siguen, Aliatar, El duque de Aquitania y Malek-Adhel; en estas obras apenas percibimos al futuro ro­mántico; tenuemente se podría adivinar a través del riguroso clasicismo. En 1822 es elegido diputado por Córdoba y esto le da la influencia necesaria para que sea repre­sentada su tragedia Lanuza, obra abiertamente liberal en la que permanece su anti­guo tono clasicista, aunque amenazado ya por un fondo de romanticismo contenido.

Como diputado, en el período de 1820 a 1823, se distinguió en el Congreso al lado de los patriotas más avanzados. Secundó los planes de sus amigos Alcalá Galiano y Ja­vier Istúriz y con ellos votó la suspensión del rey. Las consecuencias de esta actitud no se hicieron esperar; rehabilitado Fernan­do VII en el absolutismo, el Duque de Rivas es condenado a muerte, pero consigue escapar a Inglaterra; allí contrae matrimonio con doña María de la Encamación Cueto. Parte para Italia, donde es mal recibido a su llegada, y decide embarcar para Malta. Esta serie de viajes le pone en contacto con el romanticismo inglés — Byron, Scott —, y el sentimiento del destierro introduce en su clasicismo un nuevo elemento romántico que aflora en su producción de esta época: El sueño de un proscrito, Florinda (v.), La maledicencia, El faro de Malta. Aquí per­manece cinco años y aparte de las ya citadas obras, escribe las tragedias Arias Gonzalo y Tanto vales cuanto tienes (v.).

En este mismo período empieza El moro expósito (v.). El romanticismo afincó en su espíritu y cuando no puede resistir el clima marcha a Francia donde escribe Don Alvaro o la fuerza del sino (v.). Don Femando muere en 1834 y la Reina decreta una amnistía. Este mismo año regresa a España y su vida se rehace. La Real Academia de la Lengua lo admite en su seno. En 1835 muere sin descendencia su hermano mayor y nuestro autor toma posesión de todos los títulos de su casa. El estreno de Don Alvaro conoce un estruendoso éxito que recuerda el que en Francia había obtenido Víctor Hugo con su Hemani. El teatro romántico triunfa con esta obra de anacrónicos sentimientos pero rebosante de fuerza y pasión. Al año si­guiente es nombrado ministro de la Gober­nación, pero las circunstancias son tan difí­ciles que su actividad no puede ser juzgada.

La caída del Ministerio le obliga a una nueva emigración, esta vez muy breve, a Portugal, de donde vuelve al promulgarse la Constitución de 1837. El pronunciamiento de 1840, que expulsa a María Cristina, le induce a retirarse de la política y dedicarse en Sevilla a sus actividades literarias. Este aislamiento es de una fecundidad asombrosa. Solaces de un prisionero, El crisol de la lealtad, El desengaño de un sueño (v.), El parador de Bailen y Las moriscas de Andújar pertenecen a este tiempo. En 1841 pu­blica sus Romances históricos (y.), de am­biente medieval como: Don Alvaro de Luna, Una antigualla en Sevilla. Siguen luego otras situadas en la época de los Austrias: Un castellano leal, Una noche en Madrid, Recuerdos de un gran hombre (v.), El mayor desengaño y El Conde de Viílamediana.

Destaca de esta colección de romances un gusto por lo decorativo y descriptivo, por las sensaciones casi pictóricas en las que se reconocía su afición por este arte, del que llegó a ser un notable maestro. Incorporado de nuevo a la vida política, marcha a Nápoles como ministro plenipotenciario. En la plenitud de su fama transcurren sus años en Italia; escribe algunas de sus Leyendas románticas (v.) al estilo de Zorrilla, pero con menor soltura, como La azucena mila­grosa y el estudio histórico Sublevación de Nápoles capitaneada por Masaniello (v.). Vuelve a Madrid en 1850, a causa de pa­trióticas desavenencias con el rey de Nápo­les. En 1854 acepta la presidencia de un gabinete ministerial que sólo duró 48 horas. En 1863 ocupa la presidencia del consejo y dos años más tarde muere en Madrid ro­deado de gran prestigio y de la admira­ción y simpatía que despertaba su persona­lidad.

Rivas fue un gran cultivador del género épico desde su etapa clásica; en el momento preciso de su transición al romanticismo dejó dos formas características de su evo­lución: la leyenda y el romance. Don Alvaro o la fuerza del sino, visto a la distancia de un siglo, es el ejemplo más hondo del teatro romántico español que rompe los moldes comunes de nuestro teatro clásico, y alcanza un desarrollo tan vasto como el que tiene el drama en manos de Shakespeare o de Schiller. De esta obra sacó Verdi el libreto para su ópera La forza del destino.