Albrecht Ritschl

Nació en Berlín el 25 de marzo de 1822 y murió en Gotinga el 20 del mismo mes de 1889. Hijo del pastor, teólogo y dignatario luterano Karl Ritschl, e incli­nado asimismo a los estudios teológicos, frecuentó las Universidades de Bonn y Halle, donde predominaba entonces la «Vermittlungstheologie» tendencia situada entre la ortodoxia confesional y el protestantismo liberal (racionalista), y representada por los discípulos de Schleiermacher, como Nitzsch en el primero de los mencionados centros universitarios y Müller y Tholuck en el se­gundo. La lectura de F. Ch. Baur (v.) aproximó al joven estudiante a la teología hegeliana y a su concepción del origen del cristianismo, que pudo conocer mejor en el curso de una permanencia en Tubinga.

Graduado en Bonn, inició su larga y, al principio, lenta actividad universitaria en 1852 y en esta ciudad como profesor auxi­liar; en 1859 lo fue ordinario allí mismo. En 1864 se trasladó a Gotinga, donde residió hasta el final de su labor docente y enseñó disciplinas del Nuevo Testamento, dogmática y ética. Constantemente rechazó los ofrecimientos de traslado a Estrasburgo y Berlín, y negóse también siempre al in­greso en la jerarquía eclesiástica luterana, para, así, dedicarse más completamente a los estudios. La primera obra que le dio a cono­cer es La formación de la Iglesia católica antigua [Die Entstehung der altkatholischen Kirche, 1850], la cual señala su alejamiento de la escuela de Tubinga; a diferencia del criterio dialéctico de ésta, nuestro autor afirma la continuidad de Cristo y de los Apóstoles, de la que se desprende, hasta cierto punto, el cristianismo helenístico, llamado por él «viejo catolicismo».

En la historia de la Reforma Ritschl dejó igualmente una acusada huella con la Historia del pietismo [Geschichte des Pietismus, 1880-86], en la que contrapone al subjetivismo de la mística del pietismo y de la teología román­tica (Schleiermacher) el objetivismo bíblico y eclesiástico del protestantismo clásico y de su concepción de la «justificación fo­rense»: para Lutero, la salvación del hom­bre se concreta en una relación jurídica entre Dios, que da la gracia, y el ser hu­mano, que la recibe con fe, y no supone una experiencia mística. De tales posicio­nes históricas arrancan amplios desarrollos sistemáticos; así, la fe, vinculada al dato de la historia (revelación, Biblia, Iglesia), se aleja tanto de la mística como del pensamiento racional, y adquiere una validez autónoma propia.

Inspirándose en conoci­das actitudes kantianas (Lotze), Ritschl lleva nuevamente la fe a los «juicios de valor», que el hombre formula ante el mundo, opone a la interpretación mecanicista las exigencias de la intimidad propia, y afirma la existencia «de fuerzas espirituales eleva­das, mediante cuyo auxilio el ser humano ve valorada la energía de su espíritu y llega a integrarse en una entidad espiritual susceptible de resistir la presión del mundo de la naturaleza: la Iglesia, el Reino de Dios». Tal concepción aparece ampliamente desarrollada en la mayor obra sistemática del autor, Doctrina cristiana de la justifica­ción y reconciliación (1870-74, v.), a la que siguió en 1881 Teología y metafísica (v.).

Poseedor de un vigoroso temperamento de erudito e imperiosamente seguro de sus posiciones, Ritschl dejó una vasta escuela, que influyó en el protestantismo culto durante el último cuarto del siglo XIX e impulsó principalmente las investigaciones históricas. Por su enérgica concentración sobre los da­tos de la historia (bíblica y eclesiástica) vinculados a la fe, su discípulo Adolfo von Harnack lo ha llamado «el último Padre de la Iglesia».

G. Miegge