Miserere, Gregorio Allegri

Composición co­ral sobre texto latino extraído del «Salmo», escrita por Gregorio Allegri (1582-1652) pa­ra la Capilla Sixtina, de la que fue «can­tor» desde 1629 y director «pro tempore» desde 1650. Junto con sus Lamentaciones, el Miserere fue interpretado en los oficios de Semana Santa durante más de doscien­tos años; no obstante, permaneció inédito durante más de un siglo, porque la Santa Sede impidió su difusión y su copia. Es conocida la tradición según la cual Mozart, en 1770, lo transcribió de memoria después de dos únicas audiciones. El Miserere fue impreso por vez primera en 1771 por Burney, que había conseguido procurarse una copia; y desde entonces fue reproducido en varias ediciones. El conjunto vocal de la pieza es a nueve voces, repartidas en dos coros, uno a cinco y otro a cuatro voces que se alternan continuamente cantando cada uno un breve versículo dividido en dos miembros de frases, con períodos regu­lares de compases (ejemplo: primer coro: «Miserere mei, Deus, / secundum magnam misericordiam tuam»; segundo coro: «Amplius lava me ab iniquitate mea / et a peccato meo munda me», etc.).

Se tienen así seis pares de versículos en los cuales la música permanece sustancialmente idéntica salvo alguna leve diferencia en la dura­ción de las notas y de las pausas, debida a la disposición de las palabras. Sólo en el último par, después del primer versículo, los dos coros se unen en una breve, gran­diosa y libre conclusión. El comienzo de cada frase musical es homófono, esto es, a voces simultáneas; después las voces se desenlazan en libres giros contrapuntísticos. En el primer par, las notas están puestas en correspondencia por las sílabas con va­lores rítmicos regulares; después, variando la longitud de los nuevos versículos apli­cados a la misma melodía, debajo de una sola nota (señalada con valor de breve) es puesto un número variable de sílabas, sin rigor de tiempo (naturalmente, se en­tiende que las dos voces deben cantar jun­tas) en aquella especie de recitativo poli­fónico que fue llamado «fabordón» (que no debe confundirse con el antiguo falso bordón en ‘ «terceras» y «sextas» de origen inglés). A pesar de la repetición un poco uniforme de una frase de pocos compases, el conjunto del Miserere produce una im­presión de sencillez solemne y severa, im­presión relacionada en cierto modo con las formalidades del rito (como en los Im­properios de Palestrina, v.), pero que en parte subsiste también en la mera audi­ción. La pureza vocal y la inspiración de esta obra recuerdan todavía el áureo estilo del siglo XVI; pero el sentido tonal y ar­mónico, especialmente en las cadencias, per­tenece ya a una época musical más mo­derna.

F. Fano

Miscelánea, Luis Zapata de Chaves

Silva de curiosos casos. Libro formado por breves relatos de suce­sos y anécdotas del caballero don Luis Zapata de Chaves, natural de Llerena (naci­do en el primer cuarto del siglo XVI y muerto hacia el año 1600). Los argumento de sus cortos capítulos están tomados unos de fuentes conocidas y otros son fruto de la experiencia personal del autor o de no­ticias de sus contemporáneos. A través de ellos acredita Zapata una buena formación humanística y sobre todo una inagotable curiosidad. Más interés que las alusiones a la Antigüedad tienen, naturalmente, los episodios atribuidos a personajes de su tiempo y las apreciaciones sobre la vida española de aquella época. No hay orden ni sistema en esta Miscelánea, por lo que no puede hacerse una clasificación de sus temas. Los relatos se refieren a hechos de armas y de caballería, caza con aves de altanería, fiestas de toros. No falta la re­seña de milagros y hechos portentosos junto a la anécdota menuda y de buen humor. Celebra frases ingeniosas y plantea cuestio­nes literarias. Hay un capítulo dedicado a enumerar todas las cosas excelentes de Es­paña. En otro se relacionan muchas joyas de gran valor y precio. Pondera en uno las invenciones de su siglo. Se ocupa con especial interés de la música y los músicos. Y, en fin, sirven a la curiosidad y al gusto todos sus párrafos, escritos en un lenguaje llano, conciso y pulcro. La Miscelánea fue publicada por Gayanços en 1859, precedida de una introducción.

L. Monreal

Miscelánea Póstuma, Jules Laforgue

[Mélanges posthumes]. Colección de pensamientos y es­critos críticos del poeta francés, urugua­yo de nacimiento, Jules Laforgue (1860- 1887), publicada en 1903. Es un vigoroso testimonio de la cultura del siglo XIX, fuera del cuadro de la literatura simbolis­ta del que el autor al principio había for­mado parte con sus Lamentaciones (v.) y con Las moralidades legendarias (v.). Ofre­cen por ello un documento fundamental para entender cómo, bajo un aspecto extra­vagante e irregular, el autor captó algunos motivos de la cultura de su época y los fijó con la superficialidad de expresión que le era característica. La posición paradó­jica de un artista que juega con todo, in­cluso con los afectos más íntimos, y conti­nuamente oculta bajo una mueca burlona el dolor de un alma ulcerada, se revela aquí con sencillez en cuestiones culturales, en impresiones de arte y en aforismos sobre la mujer y el amor.

En la naturaleza se capta la verdad y la vida que son certi­dumbre: un parque en noviembre, un paisaje parisiense, un acuario alemán ofre­cen al observador una gama de elementos que no pueden ser completamente engaña­dores («Paisajes e impresiones» [«Paysages et impressions»!). Viajando por Alemania, en contacto con costumbres y pensamientos nuevos, el autor expresa «Sobre la mujer» [«Sur la femme»] un desprecio apenas ate­nuado por el esplendor de las formas y el sentimiento del amor. Importantes son las notas de «Literatura» [«Littérature»] y «Crí­tica de arte» [«Critique d’art»], llenas de relieves agudos sobre la poesía de vanguar­dia, sobre, el impresionismo y sobre el arte moderno en Alemania. Una comedieta: Pie­rrot fumiste (que favoreció la acepción sentimental y refinada de la palabra «fu- misterie») y algunas cartas confirman un carácter versátil de conocedor, que capta en la cultura contemporánea algunas acti­tudes meditativas dignas de resistir al tiempo.

C. Cordié

Miscelanea, Richard Tottel

[Tottel’s Miscellany]. Es el nombre con que habitual­mente se designa una selección de poesías inglesas que el editor Richard Tottel publi­có en 1557 bajo el largo título de Songs and Sonettes, written by the right hono­rable Lord Henry Haward late Earle of Surrey and others. Pero, a pesar de que la colección lleve el nombre de Surrey, quizá en homenaje al título nobiliario de este poeta, está compuesta, sin embargo, en gran parte, noventa y seis de los trescientos poemas, por obras de sir Thomas Wiatt (1503-1542), que familiariza a los lectores ingleses con los sonetos al modo de Pe­trarca.

De treinta sonetos que aparecieron en la Miscelánea, diez son versiones adap­tadas de Petrarca, y los restantes inspira­dos directamente por el poeta italiano; tie­nen por tema común la indulgencia o crueldad de las «bellas». Más personales acentos se encuentran en los epigramas, compuestos sobre cualquier paradoja, con una gran vivacidad. En cuanto a las tres sátiras, reemprenden, a imitación de Ho­racio, la fábula debida a Esopo del ra­tón de aldea y el ratón de ciudad. El autor se esfuerza en señalar el mayor desprecio posible por la vida de la Corte. Los sone­tos de Surrey (aproximadamente entre 1518 y 1547) están igualmente compuestos si­guiendo el modelo de Petrarca. Algunos otros poemas se someten a las reglas de «poulter’s measure» (establecida de modo bastante curioso sobre el hecho de que la docena de huevos varía entre los doce y los catorce). Citemos particularmente entre estos últimos el célebre «Queja por la au­sencia de su bienamado que marchó a la mar» [«Complaint of the Absence of her Lover being upon the Sea»]. De los demás colaboradores de la Miscelánea, sólo cuatro han sido identificados: Nicholas Grimald, lord Thomas Vaux, el dramaturgo John Heywood y Edward Somerset. En cuanto a los restantes autores que no han podido ser identificados, su aportación no consti­tuye ningún éxito para el conjunto de la obra.

Importa ver sobre todo en la Misce­lánea de Tottel un esfuerzo para responder a las exigencias de la época, al deseo que existía entre el público de ver a la poesía traspasar las fronteras de un estrecho círcu­lo, verla evadirse de la atmósfera de la Corte. Además, es muy interesante seguir los esfuerzos de Wyatt y Surrey, cuya gran­de y única ambición era la de sustituir la confusión de formas y ritmos que reinaba en la época de Chaucer por un orden y una armonía inspirados en los modelos italianos, resultado de la disciplina impuesta por el soneto.

Miscelánea de Pensamientos, Giacomo Leopardi

[Zi baldone di pensieri]. Escritos de Giacomo Leopardi (1798-1837), publicados en siete volúmenes por una comisión gubernativa presidida por Giosue Carducci con el título Pensamientos de filosofía varia y de bella literatura (Florencia, 1898-1900), vueltos a publicar con el título original señalado en el autógrafo y completados con notas e índices por Francesco Flora (Milán, 1937- 1938).

Desde muy joven, en julio de 1817, Leopardi comenzó su diario intelectual al que llamó, siguiendo el uso general, Zibaldone di pensieri, y que continuó, de manera desigual, hasta diciembre de 1832, trabajan­do en él sobre todo durante el primer decenio. Grande y ciclópeo monumento, en el que aparece el mejor Leopardi, el Zibaldone consta de 4.526 páginas. Sorprende la riqueza de los intereses espirituales, la va­riedad enorme de argumentos, esbozos, no­tas de libros, resúmenes. Lo que verdadera­mente es leopardiano, verdaderamente ori­ginal en la historia de las letras italianas, ha pasado del Zibaldone a las obras más maduras del escritor; casi todo el resto no es sino la realización cultural de aquel núcleo inventivo, es la transcripción de una laboriosa y continuada lectura, es, en suma, el trabajo escolar de un hombre de genio que para apropiárselas repite las doctrinas vigentes en su época. Sobre aquel trabajo se eleva la fantasía original y la concepción de Leopardi, que brotarán en los Cantos (v.), en los Opúsculos (v.) y en algunos de sus discursos. Poeta de violenta energía, aun tratando de alcanzar la virtud serena del Olimpo, Leopardi subordinó la erudición y la doctrina al servicio de su propia pasión, de su diálogo rebelde con el impenetrable destino. Su verdadera originalidad, incluso en los Opúsculos, de marcado relieve filo­sófico, no es precisamente de conceptos, sino de sentimientos y de formas.

Toda la filosofía leopardiana es una rebelión del sentimiento contra el mal de vivir; es, por lo tanto, una irreparable contradicción men­tal que se salva en el sentimiento de do­lor y de desconfianza contra el destino; es una apasionadísima acusación contra el mundo, que a veces se revela tanto más vana cuanto más quiere rebelarse contra la vanidad irresponsable del todo (o ‘de la na­da, que es la misma cosa). Pero más allá de estos límites extremos, la filosofía concreta que surge de la mente de Leopardi es sensista, rousseauniana, setecentista. Se po­dría decir, sin que ello fuera una paradoja excesiva, que los temas de su meditación filosófica son fruto, principalmente, de la lectura de unos pocos autores franceses, de algunos de los cuales sólo* conoció pá­ginas escogidas, pero cuyo pensamiento adivinaba gracias a su penetración, a su capacidad deductiva. Muchas ideas le fueron sugeridas por la lectura de revistas («Spettatore», «Ricoglitore», «Biblioteca Italiana» v., «Annali de Scienze e lettere», «Antolo­gía» v.). Añadiendo a esto los clásicos grie­gos y latinos, el estudio de las dos Bibliotecas de Fabricio, el Léxico de Forcellini y el Glosario de Du Cange y algunos otros libros de la misma naturaleza, el cuadro de la cultura leopardiana está virtualmente completo.

Entre este alud de conocimientos, trata él de encontrarse a sí mismo, y hasta cuando silogiza, investiga moral y senti­mentalmente o bien realiza un despechado y cruel torneo entre los sentimientos y las ideas. A Leopardi no hay que pedirle un rígido sistema filosófico; hay que leerle con aspiraciones poéticas, no especulativas. Se encuentran también en el Zibaldone las memorias de su vida, que son las páginas más frescas del diario: recuerdos de la madre, de los hermanos, de los juegos in­fantiles, de los sentimientos de la infancia; su amor por las fábulas, por lo maravilloso que se percibe con el oído y con la lectura; las primeras lecturas y los primeros ensa­yos poéticos, el divino estado de felicidad cuando se halla ocupado en los estudios a los dieciséis o diecisiete años; más tarde los pensamientos y propósitos de suicidio; su período filológico en el que despreciaba a la poesía, porque aun no careciendo de imaginación, de entusiasmo, de fuerza de ánimo y de pasión, no creyó ser poeta sino después de haber leído a muchos poetas griegos; no creyó ser elocuente hasta des­pués de haber leído a Cicerón; no creyó ser filósofo hasta después de haber leído algunas obras de Madame de Staél. Los recuerdos que tanto enaltecen el Zibaldone nos hablan del alternarse de las aspiracio­nes y las ilusiones, de la paciencia heroica en el fastidio, de su alegría custodiando a la melancolía. Nos habla de su modo de consolarse en las aflicciones; la inclinación que un tiempo sintió a comunicar a los demás sus sensaciones, y más tarde la cos­tumbre de huir, no del discurso, sino de la presencia de los demás; su costumbre de comer solo, y también la «felicidad» que experimentaba cuando escribía.

Evoca sus viajes y sus relaciones con gente varia: habla de sus paseos solitarios, de la inquie­tud de los frecuentes cambios de vivienda, de su error al haber querido llevar una vida completamente interior. Hay finalmen­te esbozos y gérmenes poéticos. La impor­tancia fundamental del Zibaldone para la posteridad no radica en este o en aquel pensamiento, en este o en aquel esbozo de poesía, porque los más altos pensamientos de Leopardi, así como su más elevada poe­sía, se hallan en las obras que compuso; su importancia reside en el hecho de ser el diario secreto de un hombre genial, el taller que de tantos otros poetas nos es desconocido, un documento humano sin par y realmente un libro único en una literatura; por eso en él se advierte, sin que el autor haya pensado ni por un mo­mento en esta comunión con el lector, el desarrollo cotidiano de una vida medita­tiva, que de los dolores y las tristezas se salvaba gracias a la palabra: confesión pri­mero y poesía después, como un don úni­co del vivir humano, único tiempo de «fe­licidad» reconocida. [Trad, parcial de Ciro Bayo (Madrid, 1904) bajo el título Prosa y pensamientos].

F. Platone

… él, más que cantor de Consalvo, es a un mismo tiempo el Job y el Lucrecio del pensamiento italiano. (Carducci)

Todo Leopardi constituye un momento de la polémica entre Sócrates y los dicastos, entre Jesús y los fariseos, entre Bruno y Belarmino; la gran batalla entre Lao-Tse y Confucio, esto es, la- gran batalla entre el hombre espontáneo y el funcionario. (M. Bontempelli)