Memorias, Jeanne-Marie Philipon Roland

[Mémoires]. Entre los documentos fundamentales de la Revolución francesa muy pronto fue­ron famosas las Memorias de Jeanne-Marie Philipon Roland (1754-1793), publicadas al principio como Apelación a la posteridad imparcial [Appel a l’impartiale postérité] en el año III (1795) y, después de varias ediciones, de una manera más completa en 1864. La vida espiritual de una ardiente girondina, víctima del Terror, está encerrada en las confesiones de sus tres detenciones por motivos políticos en la Abadía, en San­ta Pelagia y en la Conciergerie.

Hija de un grabador, Madame Roland aprendió a se­guir la vida y el arte con pasión; rica en sentimientos, se aficionó a los héroes de sus excitantes lecturas, y en Plutarco, a quien leía con mayor ímpetu del que pu­siera en las meditadas lecturas de la Filotea y de San Agustín, aprendió a amar la libertad. Alimentada en las fuentes del enciclopedismo, soñó con una plenitud de vida en la que el placer y el deber se manifestasen con exuberancia sencilla y factible. Casada con Jean-Marie Roland de la Platiére (1734-1793), se convirtió en ar­diente defensora de las libertades constitucionales y moderadas (y, como ninfa Egeria de la Gironda, fue la inspiradora de su marido, ministro, y del partido) contra Robespierre, por su fanatismo de revolucio­nario, así como contra la ambigua situación de Danton.

La parte relativa a los giron­dinos y al primer y segundo ministerios de Roland es también bastante interesante por el vivo testimonio de la integérrima he­roína. En la obra, su peroración última a la virtud, a la suprema realidad de Dios, a la libertad, explica su impertérrita muer­te el 10 brumario (8 de noviembre) y su histórica frase: «¡Oh libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!» La trá­gica y a pesar de todo sonriente figura ‘de” esta mujer que va a morir vestida de blan­co, con los cabellos sobre los hombros, queda retratada en la excepcional eleva­ción de tono de lo que queda de sus Me­morias, y explica que su marido, que ya había huido a Normandía, al enterarse de su muerte se quitase la vida precisamente cuando habría podido, después de las últi­mas angustias políticas, reanudar en cierto modo su obra de espíritu moderado e ilus­trado.

Literariamente, estas Memorias están escritas con una sencillez donde el idilio de los recuerdos juveniles y la fogosidad oratoria de la revolucionaria se combinan en una singular figura, digna de pasar a la historia, como siempre soñó y quiso ser.

C. Cordié