Memorias, Armand-Louis Biron

[Mé­moires]. El irresistible seductor del reinado de Luis XVI, Armand-Louis Biron, duque de Lauzun (1747-1793), que destrozó a cen­tenares los corazones femeninos, princesas, camaristas o actrices, se atrevió a aspirar incluso a los favores de María Antonieta; luego, llegó a general jacobino al servicio de la Revolución y, como término de una de las vidas más aventureras que pueda imaginarse, acabó siendo ejecutado por el verdugo Sansón. Dejó estas interesantísimas Memorias que circularon, hasta 1822, ma­nuscritas y clandestinas, y lograron su pri­mera edición pública aquel mismo año. En el libro se agitan, esbozados con mano des­preocupada, todas las intrigas eróticas de la sociedad francesa prerrevolucionaria y la misma figura de aquel gran «artista del amor» — la seducción era un arte en auge en aquellos tiempos frívolos—, que ha sido ciertamente uno de los libertinos más fa­mosos de todos los siglos.

Nacido de fami­lia noble, gracias al prestigio de su padre, el duque de Gontaut, fue recibido en la Corte muy temprano y en aquel licencioso ambiente, donde reinaba Madame de Pompadour, reveló la precocidad de sus instintos enamorándose a los doce años. En las Me­morias se transparenta toda su fiebre de cazador: las mujeres son el botín a cobrar, tierna presa a la que perseguir implacable­mente, hasta que, anhelante y vencida, cai­ga a sus pies pidiendo gracia. Así la ex­quisita polaca Mme. Czartoryska, a quien siguió por media Europa; así las otras cien que poseerá; fuese adonde fuese en misión, precedido por una confirmada fama de con­quistador, las mujeres le caían a los pies: en Polonia, en Berlín, en Dresde, la con­desa Potocka, la Hatzfeld, la princesa elec­tora de Sajorna; incluso en la tempestuosa Córcega, donde una criatura graciosa, Mme. Chardon, se encaprichó por él de tal modo que le acompañó a caballo por los campos de batalla^ bajo los disparos enemigos. Re­sumir las Memorias significaría extender un catálogo de sus amores; incluso cuando, llegado a general jacobino, aunque poco afortunado en las duras guerrillas de la Vendée, lleva aún al campo de batalla a su última amante, una pequeña actriz, dul­ce y devota.

Las Memorias, reeditadas va­rias veces durante el siglo XIX en edicio­nes sobre las cuales, desde Stendhal hasta Sainte-Beuve y los Goncourt, los espíritus más curiosos del siglo se inclinaban golosa­mente, reaparecieron en 1928, a cargo de Edmond Pilón.

L. Fiumi