Agatón, Christoph Martin Wieland

[Agathon]. Novela histórico- filosófica alemana de Christoph Martin Wieland (1733-1813), aparecida en primera edi­ción en 1766, a la que siguió una segunda en 1773, con la añadidura del libro XII y muchas correcciones, y finalmente la de­finitiva en 1794, con el diálogo entre Agatón (v.) y Arquita que resume «la actitud moral de la obra», con algunas innovacio­nes destinadas a llenar «las lagunas que hasta ahora interrumpían la historia del alma de Agatón». Historia del alma llama, pues, el autor, en el prefacio, a esta novela que nos transporta a la época del pleno flo­recimiento de la civilización griega, en un ambiente culto y refinado. Pero en realidad Agatón es el propio autor, envuelto en ro­paje clásico, transportado a un coloreado paisaje exótico de un tiempo lejano. El libro empieza con una escena de bacanal en un bosque donde se ha perdido el héroe Aga­tón, que, después de haber prestado gran­des servicios a Atenas, es desterrado por instigación de sus enemigos. Había nacido en Corinto, de un padre acaudalado y una madre hermosísima, de condición modesta. El padre, que había de ocultar su boda, le consagró, desde los cinco años, al templo de Delfos, para que tuviese una educación adecuada a su estado. Iniciado en los mis­terios órficos, había atravesado un período de exaltación mística que corresponde, en la vida de Wieland, al período pietista. Pero su mente, llegada la madurez, busca claridad.

Pasa, de la escuela pitagórica a la platónica. La aventura y la filosofía. La sacerdotisa Pizia ha seducido al joven Agatón, mientras éste sentíase atraído, en cam­bio, por amor purísimo, hacia Psiquis (sin duda la figura^ de Sofía Gutermann, que más tarde casó con De La Roche), una muchacha que al igual que él, no cono­cía a sus padres y vivía en el templo. Pero la celosa Pizia aleja entonces a Psi­quis, y Agatón huye en su busca. Encon­trando en cambio a su padre, llega a saber por él que tiene una hermana confiada a una nodriza en un lejano país. Aquí termi­nan los antecedentes. Hélo, pues, en el bosquecillo, cuando llegan unos piratas que se apoderan de él y de las bacantes. Tras un breve y patético encuentro con Psiquis en la nave pirata, Agatón, vendido en el mer­cado de Esmirna, acaba esclavo de Hipias, el célebre sofista, quien quiere poner a prueba el idealismo moral platónico del joven. Por ello lo pone al servicio de la hermosísima Dánae, pupila de la célebre Aspasia (v.) que se enamora de él y lo li­berta de la esclavitud. Agatón, aún no aguerrido en experiencias de este tipo, desmintiendo sus preceptos, en un momento de embriaguez más poética que sensual, se deja seducir. Esta corrupción, causada más por la fantasía que por los sentidos, corres­ponde en la vida de Wieland al período de Bodmer y al inmediato siguiente. Pero el mismo sarcasmo de Hipias, y el remor­dimiento en relación con Psiquis, inducen a Agatón a reconquistar su dominio.

Cuan­do Hipias le revela los libertinajes de Dá­nae, que, entre otros, había tenido por amantes a Alcibíades y a Ciro, la repudia horrorizado. Se embarca hacia Siracusa es­perando encontrar allí a Platón, pero éste ha abandonado ya la corte de Dionisio, de quien Agatón se hace ministro para tratar de ofrecer la felicidad al pueblo y al ti­rano; pero advierte que ni uno ni otro es­taban maduros para una vida más elevada. Caído en desgracia por vulgares intrigas de corte, es aprisionado. Libertado por la in­tervención de amigos, marcha hacia Taren- to donde encuentra de nuevo, gracias al filósofo Arquitas, su equilibrio. Allí encuen­tra también a Psiquis y descubre que es su hermana. Vuelve también a ver a Dánae, especie de Magdalena retirada a la vida pura, y ahora quisiera casarse con ella; ésta se opone a ello, y se juran eterno amor platónico. Arquitas le enseñará cómo permanecer fiel a los propios principios; no hay que ignorar la naturaleza animal del hombre, sino protegerla mediante el espí­ritu y la razón. No hay que cerrar, los ojos a la naturaleza, sino ver en ella al espíritu superior que la gobiernan con sus leyes. Ar­quitas es, en resumen, el perfecto iluminista alemán, que eleva la diosa Razón al altar, es el moralista que quiere educar al pueblo, al filántropo que no busca el bien­estar. Arquitas es el Wieland de la madu­rez, en quien la razón tiene su predominio y encauzará todo exceso místico, poético y sensual. Agatón es la primera novela mo­ral y filosófica que plantea el problema de la lucha entre el ideal y la realidad de la vida vivida, precursora con ello de la no­vela psicológica autobiográfica. Es además la primera novela que en alemania am­bienta la acción en una atmósfera histórica y arqueológicamente reconstruida, y que tendrá muchas imitaciones, entre las cuales Ardinghello, bastante inferior a ella, sin embargo.

G. Federici Ajroldi

Advenedizos Viejos y Nuevos, Nicolae Filimon

[Ciocoii vechi si noi]. Novela histórico-social rumana de Nicolae Filimon (1819-1865), publicada en 1863. El joven aldeano Dinu Páturicá (v.) logra entrar al servicio del ministro fanariota Andronache Tuzluc, comprendiendo que en la pequeña corte de su señor podrá recorrer rápidamente su ca­rrera de ciocoii advenedizo. El ministro, rico e intrigante, está en manos de una amante griega, Kera Duduca, con la cual intenta olvidar el dolor y el despecho de haberse visto rechazado por una jovencita hija de un patriota rumano; la muchacha no ha querido casarse con un explotador de su país. El joven Dinu consigue hacerse notar por su celo hipócrita, y su señor, des­pués de haberle hecho instruir, le manda como criado a casa de su amante, con el cometido de vigilar la dudosa fidelidad de esta mujer. Páturicá acaba por ser amante de Duduca y forja con ella un plan para apoderarse de los bienes del señor. El hon­rado mayordomo de la casa intenta abrir los ojos al ministro, pero éste no le cree y le despide. Duduca haciéndose satisfacer caprichos ostentosos y Páturicá vendiendo favores y cargos a nombre de su señor y robando a mansalva, acumulan grandes cau­dales. La fuga imprevista del príncipe fa­nariota Caragea, que quiere poner a salvo las enormes riquezas substraídas a los ru­manos, deja al ministro Andronache com­pletamente arruinado. Casi enloquecido, es recogido por el mayordomo a quien había despedido, y que ha obtenido un cargo de confianza en casa del mismo patriota ru­mano, cuya hija había sido amada por Andronache. Dinu mientras tanto se casa con Duduca y se pone de acuerdo con el fanariota Ipsilanti para hacer traición al jefe de la insurrección rumana contra los opresores extranjeros, Tudor Vladimirescu, el cual es asesinado.

Precio de su traición es un cargo de gobernador de provincia; pero su codicia es tal, que a consecuencia de una rebelión de campesinos, el nuevo príncipe le condena a morir de hambre en el fondo de una mina abandonada, mientras su digna esposa huye con un amante turco y el antiguo mayordomo co­rona su sueño casándose con la hija de su amo. Es una obra que, en términos amplios, podría compararse con las novelas históri­cas italianas del siglo XIX. Filimón, patrio­ta romántico, describe el triste período de los últimos años del dominio de los griegos fanariotas (1814-1821) y crea héroes nacio­nales en un fondo de costumbres y de am­bientes, muy importante para conocer la vida de esa época. No faltan a esta novela los defectos propios del género y de su tiempo; falta de proporciones, digresiones excesivas, personajes convencionales, for­zado triunfo de la virtud sobre el vicio, si­tuaciones extremadamente dramáticas, efec­tismo de contrastes y conclusión precipita­da; pero si los personajes principales no son, a menudo, más que símbolos, los se­cundarios ofrecen una verdad realista, y es muy poderosa la sensación del ambien­te y de la época, que da a la novela valor de documento histórico.

G. Lupi

Adelchi, Alessandro Manzoni

Drama histórico en cinco ac­tos de Alessandro Manzoni (1785-1873), es­crito en 1820-1822 y publicado en 1822. Pone en escena los sucesos que precedieron inmediatamente a la caída del reino longo- bardo en Italia, del 772 al 774; los persona­jes principales son Desiderio rey, su hijo Adelchi [Adalgiso] (v.), Ermengarda (v.), Guntigi y Svarto, entre los longobardos; Carlomagno (v.), el embajador Albino [Alcuino], entre los francos; el legado pon­tificio Pietro y Martino, diácono de Eavena, entre los latinos.

La acción comienza en el castillo real de Pavía en el momento en que el escudero Vermondo entra para anun­ciar la llegada de Ermengarda, hija de De­siderio, repudiada por Carlomagno. Deside­rio, sólo sensible a las voces del orgullo y de la venganza, piensa obligar al papa Adriano a consagrar rey de los francos a los hijos de Carlomán que, obligados a huir por Carlomagno, su tío, se habían refugia­do en su corte junto con su madre Gerberga: Adelchi objeta en vano que es nece­sario en primer lugar ofrecer reparaciones al pontífice por las ofensas inferidas. Ermen­garda pide retirarse a un convento buscan­do paz para su corazón destrozado en la dulzura consoladora de la plegaria. Llega entre tanto Albino embajador de Carlomag­no, intimando a Desiderio a que devuelva al pontífice las ciudades conquistadas vio­lentamente: una parte de los duques longo- bardos son partidarios de la guerra, los otros, dudando, se reúnen en casa de Svarto que ha servido de mal talante pensando hacerse con el reino y se dispone a traicio­nar a su rey. En el segundo acto la escena se transporta al campo de Carlomagno, que espera, inseguro de poder pasar los Alpes, hasta que llega el diácono Martino, envia­do por el arzobispo de Ravena, trayéndole noticias consoladoras sobre la situación de los longobardos y revelándole un paso des­conocido a través de los Alpes; Carlomag­no, reanimado, toma las últimas decisio­nes. En el tercer acto campea Adelchi, ani­mado por el deseo de defender a su padre y el honor del reino, pero íntimamente per­suadido de combatir por una causa conde­nada al fracaso; se yergue aún impávido mientras la batalla ruge y todo se hunde a su alrededor, en patente contraste con la escena de los duques traidores que se rin­den a Carlomagno aceptando el premio de la traición.

Entre tanto Ermengarda, frágil y noble víctima de su amor y de una rea­lidad gobernada por las leyes brutales de la espada (acto IV), muere en un convento de Brescia; y sobre los muros de Pavía, donde se había retirado el rey Desiderio, el duque Guntigi prepara la última trai­ción. En el quinto acto se consuma la ca­tástrofe del mundo longobardo; en el cas­tillo real de Verona los duques longobar­dos obligan a Adelchi a que se rinda al vencedor. Asistimos luego a un coloquio en­tre el rey vencedor y Desiderio, en el cam­pamento de Carlomagno frente a Verona; y se asiste por fin a la muerte de Adelchi, quien pide a Dios que acoja su «alma cansada». En Adelchi, la mejor de sus tragedias, Man­zoni toma como base del drama la histo­ria, teatro, a su vez, del gran drama hu­mano, estudiada eruditamente y espiritual­mente revivida, de modo que la síntesis poética tenga su fundamento en la implí­cita síntesis histórica. En efecto, para la composición histórica del drama, Manzoni se dedicó a un estudio cuidadoso de los problemas históricos que se referían a la época longobarda; y son testimonios de este cuidado y preocupación de justificar desde una base histórica la acción del drama, el Discurso sobre algunos extremos de la his­toria longobarda (v.) y las noticias histó­ricas que preceden al propio drama. La poesía, por su parte, no es narración de sucesos, sino ilustración espiritual de la his­toria, una mirada más íntima y profunda por encima de la desnuda superficie de los hechos, hasta dar con la realidad humana y espiritual, la única que verdaderamente tiene valor y puede interesar. Aquí está la verdadera síntesis de datos y hechos apa­rentemente lejanos en el tiempo. Pero en el drama, Manzoni introduce, no sólo su particular concepción del problema lon­gobardo, sino sus intereses morales y su sentimiento de la vida; de modo que la historia surge poéticamente idealizada y al­gunos personajes, coloreándose con ese tri­ple reflejo, tienen tendencia a esquematizarse en símbolos líricos y dramáticos.

Esto se refiere particularmente a Desiderio, sím­bolo plástico, incluso en su plenitud de per­sonaje dramático, de un mundo bárbaro go­bernado por la ley de la espada; Ermen­garda es una delicada criatura envuelta por el movimiento inexorable de una historia sin piedad por los débiles y los inermes, y sobre ella, en el famoso coro se concentra la noble simpatía humana y cristiana del autor. Adelchi, verdadero protagonista del drama, es un guerrero transfigurado por el cristianismo, portavoz del pesimismo ético de Manzoni. El traidor Svarto está anali­zado e individualizado más finamente, pero también es símbolo de un mundo de pasio­nes frías y abyectas que se desenfrena en tomo a Desiderio en la inminencia de la catástrofe final. De la presencia de todos los intereses del mundo espiritual manzoniano deriva también la íntima sensación de actualidad histórica con que se advier­te el drama del pueblo italiano en su tiem­po, incapaz de un gesto mientras sus opre­sores tiemblan en espera del choqué que parece inminente; la historia desemboca así en el idealismo patriótico y civil, lírica­mente concentrado por Manzoni en el gran­dioso y solemne coro de los longobardos: «Dagli atrii muscosi, dai fori cadenti». («De los atrios musgosos, de los foros caducos».) Con la introducción de los dos coros, Man­zoni ha querido separar netamente su mun­do subjetivo del desarrollo de la acción dramática; en realidad ambas esferas están reunidas en el drama y, en lugar de moles­tar, le confieren vida, calor y grandeza. Adelchi no es solamente la mejor mani­festación del genio dramático de Manzoni sino también la expresión más alta del teatro romántico italiano.

D. Mattalía

Manzoni tiene un solo defecto: no sabe que es un gran poeta ni los derechos que, como tal, le asisten. Tiene demasiado respe­to a la verdad histórica, y por tal razón siempre gusta de añadir a sus obras aclara­ciones en las cuales muestra cómo se ha mantenido fiel a los detalles históricos. Pero aunque el fondo y los hechos sean his­tóricos, las personas lo son tan poco .como un Tonante y una Ifigenia. (Goethe)

Acontecimientos de Italia Durante los Años 1847, 1848 y 1849, Guglielmo Pepe

[Casi d’Italia negli anni 1847, ’48 e ‘49]. Obra de Guglielmo Pepe (1783-1855), que constituye la continuación de las Memorias (v.) y se imprimió en Lugano en 1850. «Nuestras úl­timas desventuras nos han proporcionado dos grandes ventajas: la conciencia que he­mos adquirido de nuestras guerras y de nuestro valor, y la certidumbre de querer todos, desde Trapani a los Alpes, la inde­pendencia y la expulsión del extranjero». Pepe narra sus vicisitudes y las del país desde su regreso de Nápoles después de la amnistía y la Constitución y el encargo que había recibido del rey de formar un ejér­cito y llevarlo a combatir contra los aus­tríacos, junto a los piamonteses. Después de la reacción napolitana de mayo, pasa el Po y se pone a la disposición de la República veneciana que le elige comandante en jefe. Al llegar aquí cuenta minuciosamente el segundo gran capítulo de su vida —el pri­mero había sido la revolución carbonaria de Nápoles en 1820 —, y relacionando la de­fensa de Venecia con los acontecimientos de la guerra austro-piamontesa y a los mo­vimientos italianos, y critica a Carlos Al­berto quien a pesar de ser «valiente, caba­lleroso, italianísimo», «no tenía en ningún modo alma de capitán». Con todo, le de­fiende contra cualquier tacha de traición, y confía en sus hijos; porque él es por carác­ter amante de la república, pero sobre todo ama la independencia italiana. El jacobino del 1799, el cairbonario de 1820, se aproxi­ma ya a lo que será el espíritu de la «So­ciedad nacional» que en el año 1857 tremo­lará el lema de Cavour: «Italia y casa de Saboya».

R. Ramat

Aben Humeya o La Rebelión de los Moriscos, Francisco Martínez de la Rosa

Drama histórico de Francisco Martínez de la Rosa (1787-1862), escrito primero en francés y luego traducido al es­pañol por el mismo autor, estrenado el 19 de julio de 1830 en el Teatro de la Porte St.-Martin de París. Pone en escena un episodio de la guerra de los moriscos en el siglo XVI. El drama empieza con un co­loquio de Aben Humeya, jefe de los moris­cos, y su mujer Zulema que se atormenta viéndole inquieto, y teme que oculte algo. En tanto entra Fátima, su hija, a quien unos soldados han intentado arrancar el velo. Mientras todos los presentes expresan su indignación llega Aben Abó trayendo otra triste noticia: el padre de Aben Humeya ha sido encarcelado. La cólera del morisco estalla terrible; en medio de sus amigos, resume los ultrajes que ya ha soportado, y mientras, reunidos en la caverna del Alfaquí, venerable anciano, expresan su odio hacia sus opresores y ruegan a su Dios, se oye tañer una campaña: es Navidad.

Sus­pensos la escuchan. «Hijos de Ismael, los infieles os llaman para ir a idolatrar en su templo», dice el Alfaquí, incitándoles a la guerra. Y las voces de Aben Humeya y de todos los moriscos resuenan: «No; es la hora de la venganza y la voz de la muerte! ¡La muerte!» Y se precipitan a Cadiar al grito de «¡Mueran los castellanos!» pasan­do a cuchillo a cuantos encuentran dentro y fuera de la iglesia. El anciano Muley Ca- rime; padre de Zulema, salva la vida al hijo de una viuda, pero este acto de pie­dad es criticado por los moriscos, quienes sospechan que favorece la rendición pro­puesta por los cristianos y desdeñosamente rechazada por Aben Humeya y los demás moriscos. Aben Abó y Aben Farax acusan de traición a Muley Carime, y Aben Hu­meya obliga al anciano suegro a beber el veneno. A partir de este punto la lucha se desarrolla entre los mismos moriscos, una parte de los cuales, capitaneados por Aben Abó y Aben Farax toman al asalto el cas­tillo de Aben Humeya. La acción se preci­pita: mientras fuera se oyen disparos, Mu- ley muere ante los ojos de su hija, a la cual, con perfidia extremada, Aben Farax denuncia a su marido como asesino del suegro. La matanza no ha acabado. Los traidores matan incluso a Zulema y a Aben Humeya, y el drama acaba con la elección de Aben Abó como rey. El drama fue la primera tentativa de asimilación del teatro romántico al estilo de Víctor Hugo en el viejo tronco del teatro histórico nacional; y pese a no tener un significado artística­mente notable en el movimiento de tran­sición del clasicismo al romanticismo, da sin embargo la medida de un poeta equi­librado en sus concepciones, sensibles a los ideales éticos de su tiempo y presto ya a abandonarse a las olas del sentimiento para revivir sus contrastes más tumultuosos.

C. Cremonesi