La sátira provenzal, José Coll y Vehí

Discurso de José Coll y Vehí (1823-1876) leído ante el claustro de la Universidad Central al reci­bir la investidura de doctor en Filosofía y Letras. Se imprimió en Madrid en 1861.

Una de las principales conclusiones de esta obra es que el feudalismo es el alma de la sá­tira provenzal, y que ésta no expresa el sentir general de la época, sino el espíritu anárquico de la nobleza, contrario a todo impulso progresivo. Las ideas de esta so­ciedad feudal y los principios en que se ha inspirado la poesía provenzal son estu­diados en la parte segunda del discurso. La tercera parte da noticia de las obras satí­ricas de los trovadores. Dada la fecha de su publicación, no debe extrañarnos el tono poco científico de este discurso de 200 pá­ginas, del que están ausentes los métodos modernos de investigación de las ciencias literarias, que por esas fechas practicaba ya Milá y Fontanals. En cambio, Coll no pierde ocasión de exteriorizar sus propios sentimientos al margen del tema que estu­dia, con una retórica que hoy es ya cosa arqueológica.

A pesar de tales defectos, ge­nerales en su tiempo, Coll y Vehí demues­tra conocer la historia y la situación po­lítica y social de la Francia meridional y tiene independencia de criterio. Sus jui­cios sobre la sociedad en que se desarrolló la poesía trovadoresca, aunque severos, a menudo son justos. Todo esto le preservó de recurrir a manidos tópicos románticos, muy en boga en la literatura de aquella época. En comentarios de carácter general sobre la sátira, el autor se revela como crí­tico discreto y demuestra a lo largo de toda la obra hondos conocimientos de preceptiva literaria.

P. Bohigas

Sarcófagos Cristianos Antiguos, Joseph Wilpert

[I sarcofaghi cristiani antichi]. Re­producción e ilustración de las escultu­ras de todos los sarcófagos cristianos, pu­blicada en italiano por Joseph Wilpert (1857-1944), entre los años 1929-1932. Con esta obra se completa el ciclo de la pro­digiosa creación de Wilpert al servicio de la arqueología cristiana, comenzada en 1903 con . las Pinturas de las catacumbas romanas (v.) continuada en 1916 con los Mosaicos y pinturas romanas de edificios eclesiásticos, del siglo IV al XIII (v.).

En el primer volumen del texto trata de los sarcófagos que contienen escenas de la en­señanza de la doctrina cristiana, del si­glo III en adelante; son comparadas las re­presentaciones clásicas pastorales con la tí­picamente cristiana del Buen Pastor, en sus varias formas y diversas asociaciones; se trata también de todo el ciclo de represen­taciones de Pedro, vicario del Buen Pas­tor y príncipe de los Apóstoles, la figura que con más frecuencia se reproduce en la escultura antigua. Tiene especial importan­cia en Roma la escena de la designación de San Pedro hecha por Jesús, y la de su en­señanza en la Silla. En el segundo volumen del texto aparece una amplia «Introducción general» sobre los talleres de los escultores cristianos, su técnica, nomenclatura, mate­riales, capacidad y colocación de los sarcó­fagos. En el libro tercero sigue el estudio de las representaciones bíblicas más fre­cuentes en los sarcófagos a causa de sus alegorías de la esperanza, la salvación y la bendición.

El riquísimo ciclo de Jonás, el más viejo del Antiguo Testamento y el pre­dilecto en el arte romano; después el de «Noé salvado en el arca»; así también el ciclo «Adán y Eva – Caín y Abel»; el «Sa­crificio de Abraham»; el ciclo de Moisés y el de Daniel; «Los tres jóvenes en el hor­no»; Job, Elias, Tobías, etc. El lugar pre­ferido para tales escenas eran las cubiertas de los sarcófagos. Corona este libro la descripción de un sarcófago descubierto por el autor en el cementerio de San Calixto, en el cual cree reconocer el de la mártir Santa Sotera, pariente de San Ambrosio. El quinto libro contiene el ciclo completo del nacimiento, vida pública, pasión y resurrec­ción de Cristo; va seguido por unos capí­tulos: «Cómo fueron representados en efi­gie los difuntos», la «Santa Cena» (eucarística y celestial) y «Representaciones ex­traordinarias» (inspiradas en los apócrifos, mitología, escenas gnósticas, etc.). En la conclusión, «Origen y desarrollo de la an­tigua escultura sepulcral cristiana, de Ro­ma» declara el autor su presunción de que el antiguo arte cristiano nació en Roma bajo la influencia de los doctores de la Iglesia, y que por tal motivo es original en el concepto e independiente en su desarro­llo.

Ello explica la importancia que suce­sivamente asume en los sarcófagos la re­presentación de escenas de la doctrina cris­tiana, del bautismo, la figura del Príncipe de los Apóstoles, enseñanza de los catecúmenos en el siglo III, que desaparece en el tiempo de la paz, etc. La trilogía wilpertiana, ba­sada en el profundo conocimiento de la iconografía, aseguró, contra la conjura del tiempo y de los hombres, que se transmi­tiera a través de los siglos el sentido y la experiencia religiosa del Cristianismo pri­mitivo. Los sucesivos descubrimientos — lo­grados, y muy importantes, después de los trabajos fundamentales de Wilpert — han modificado tan sólo en leves detalles el sis­tema de su obra y de sus interpretaciones.

G. Pioli

Saqueo del Monasterio de Lindisfarn, Alcuino

[Declade, Lindisfarnensis monasterii]. Poema de 240 versos del anglosajón Alcuino (aproximadamente 735-804), escrito con la estructura métrica del dísti­co elegiaco, publicado por primera vez en edición crítica en los Monumenta Germaniae Histórica (v.).

El autor, que según el título del poema debía narrar el saqueo de un monasterio, ocurrido en el siglo VIII por obra de los normandos, en realidad de­dica a este episodio no más de diez versos, sirviéndose de los restantes para hacer os­tentación de una habilidad oratoria más propia para una homilía que para una na­rración histórica. Desde la época de la ex­pulsión de los hombres del Paraíso Terre­nal, escribe Alcuino, grandes desgracias han azotado a la humanidad, entre las cuales no serán las últimas las invasiones de los bár­baros. Los hombres viven continuamente a merced de sus pasiones y sumergidos en la impiedad. Rueguen los fieles, porque única­mente la oración puede salvar a la huma­nidad : con la oración Moisés liberó a su pueblo; con la oración Eadaberto, obispo de Lindisfarn, y Cudberto, abate del mo­nasterio invadido, alejaron las llamas de los bárbaros. Por lo tanto, diríjanse alabanzas a Dios, pues por su misericordia escucha las plegarias de los hombres.

Así termina este poema, originado por la fusión de los conceptos  más trillados, pertenecientes a la tradición de la homilía cristiana y cuyo único valor consiste en una fluidez y so­noridad del verso y en una adhesión casi constante a los principios de la métrica cuantitativa latina. Primera edición com­pleta de las obras, al cuidado de Froben (Ratisbona, 1777).

M. Corti

El Santo, Conrad Ferdinand Meyer

[Der Heilige]. Novela histórica del suizo Conrad Ferdinand Meyer (1825-1898), publicada en 1879 en la «Deuts­che Rundschau».

La acción se desarrolla durante la época de la conquista de Ingla­terra por los normandos. El narrador es Hans el arquero, rudo hombre de armas, el cual, tras haber vivido en contacto con Enrique II Plantagenet, llegando a ser cria­do y confidente de aquel rey generoso y violento, retorna a su país suevo. Una no­che, en Zurich, mientras es huésped del ca­nónigo de la catedral, y las campanas anun­cian la canonización de Tomás de Canterbury, el canónigo, al saber que él había conocido al Santo, le invita a contar la extraordinaria historia, a la que van ligados los trágicos acontecimientos de que fue tes­tigo en Inglaterra.

Tomás Becket, canciller de Enrique II, merced a su inteligencia su­perior domina a los cuatro príncipes, a los que él educa y que a su vez le adoran, así como a los belicosos guerreros normandos, terror de los sajones oprimidos. El pálido rostro de Becket, sus ojos negros y profun­dos, su silencio enigmático, recuerdan su origen, sarraceno a medias. Tiene una hija a la que ama sobre todas las cosas de este mundo y que ha alejado, haciéndola morar en una casa solitaria en las reconditeces del bosque. Un día, el rey pasa por las in­mediaciones de la casa escondida, ve a la hermosa doncella y se enamora de ella; ninguna mujer podía resistir el encanto de la viril belleza de Enrique II, quien arre­bata la flor exótica de esta juventud. Pero la terrible reina tiene conocimiento de tales amores y manda matar a la muchacha, an­tes de que el fiel arquero, el suevo Hans, consiga ponerla a salvo. El dolor de Tomás es inmenso, sin llantos ni palabras. Conoce Enrique II entonces la realidad, pero lleva­do por su ingenuidad de gigante y de niño cree que el silencio del canciller sea una reprobación y un perdón; por su parte, To­más prepara su venganza. Bien conoce el punto flaco del reino de Inglaterra: un pu­ñado de normandos opresores, por una par­te; una enorme masa de sajones oprimidos, por otra. El choque será fatal. Al morir el arzobispo de Canterbury, concede el rey a Tomás el alto cargo de primado.

Y, súbi­tamente, éste se transforma: viste humilde­mente, macera su cuerpo con penitencias y ayunos, exalta en el Cristianismo la reli­gión de los oprimidos y abre las puertas de las iglesias a los sajones, que en él ven al nuevo redentor. El rey, atónito, y la misma reina Leonor comienzan a sentir el hechizo de este hombre enigmático; los *hijos, que ya no son dominados y guiados por Tomás, se entregan a la discordia y se odian mu­tuamente. Por fin, Enrique y sus barones comprenden el peligro que les amenaza: ante sus uñas de acero, la dócil grey de la población sajona está a punto de huir. El 29 de diciembre de 1170, Tomás es asesinado por cuatro caballeros normandos, mientras celebraba la misa en el altar mayor. Pero este crimen provoca la furia del pueblo; el propio Ricardo Corazón de León, hijo del rey, condena a su padre; Enrique, abru­mado por los remordimientos, hace que le azoten monjes sobre el sepulcro de To­más, y esta expiación le atrae el desprecio de los caballeros normandos. De esta forma, Enrique II muere con el presentimiento de que la vieja Inglaterra de los barones nor­mandos, creada sobre los campos de Hastings, debe morir.

La novela de Meyer ob­tuvo un éxito inmenso, en conformidad, con su admirable valor. Después de minu­ciosos estudios históricos, mantenidos du­rante años, actuó el autor «como soberano», según su propia expresión, dominando su materia como verdadero artista. Es una obra maestra de técnica narrativa moderna la presentación del héroe, que primeramente surge en una canción, en una atmósfera fan­tástica de balada y que paulatinamente va tomando cuerpo en una personalidad singu­lar y vigorosa, cuyo romántico origen orien­tal aclara las enigmáticas contradicciones.

G. Fornelli

San Kuo Chih, Ch’én Shou

[Memorias de los «tres reinos»]. Obra de historia china, escrita por Ch’én Shou, gran literato del siglo III. Está dividida en 65 volúmenes y trata de la época que va desde el año 220 al 263, época llena de confusión y de guerras ci­viles causadas por la decadencia de la di­nastía Han del Este y por la división del país.

El autor, que vivió poco después del período que quería tratar, pudo encontrar fácilmente el material de consulta; su libro es por eso preciso y claro, y ninguna otra obra de su época puede comparársele. Hsia Huo-chan, gran intelectual contemporáneo del autor, escribió: «Después de haber leído la obra de Ch’én Shou, he quemado la mía, por haberla juzgado bastante inferior». El libro, sin embargo, no carece de defec­tos: la rigidez de estilo, la escasez de con­tenido y sobre todo la falta de la parte cultural, han obligado a los investigadores de siglos posteriores, especialmente a P’ei Sung-chih, del siglo V, a componer suple­mentos, con los que ha sido perfeccionado.

El San Kuo Chih es de todas maneras el libro mejor sobre la época de los «tres rei­nos»; con el Shih Chi (v.), el Han Shu (v.) y el Hou Han Shu (v.) constituye el grupo de las cuatro primeras historias nacionales de la China.

Y. Feng Chi