El Sitio de París, Francisque Sarcey

[Le siége de Paris]. Obra de Francisque Sarcey (1828-1899), pu­blicada en 1871. Constituida por «impresio­nes y recuerdos» de la campaña franco- prusiana y del suceso más extraordinario de la época — el sitio de la capital de Francia—, la narración es viva y brillan­te : como una flor crecida entre las rui­nas, según una imagen de la cuidada de­dicatoria. No se trata de una verdadera historia; sólo los hombres políticos podrían escribirla en el futuro; pero incluso los pequeños hechos vistos día tras día tienen su significado y su encanto y con ellos el autor quiere hacer una galería de retratos y esbozos, como documento de una época y de unas costumbres del pueblo. Historia pintoresca, anecdótica y, sobre todo, mo­ral.

En la vida de todos — entre el público y el pueblo, incluso descuidados por los políticos demasiado sumidos en sus mapas y compromisos — se capta un soplo de vida, un testimonio apasionado, una de aquellas imponderables e insustituibles voces que son la base de la verdad histórica. Por esto el libro ilumina con sencillez y con no­bleza espiritual, junto a los inevitables de­fectos de carácter y de moralidad, los pro­fundos sentimientos que tantos sufrimien­tos han revelado en los duros meses de sitio. Se narran los sucesos más notables y pronto habituales de la vida del París si­tiado, los acontecimientos políticos y socia­les vistos por el pueblo en el contacto in­mediato con la nueva realidad, la vida pro­vinciana, los combates junto a París, el bombardeo, la vida en las avanzadillas y en las ambulancias: rígido homenaje al de­ber de cada ciudadano para con la nación en peligro. La obra tiene acentos de pro­funda humanidad y sobre todo inspirados por un civismo austero y firme. El mismo autor confiesa que como punto de mira ha tenido el amor purísimo hacia Francia, fuera de todo interés de partido.

C. Cordié

El Sitio de Florencia, Francesco Domenico Guerrazzi

[L´assedio di Firenze]. Novela histórica de Francesco Domenico Guerrazzi (1804-1873), de com­plicada trama, publicada en 1836 bajo el pseudónimo de Anselmo Gualandi. Entre tantos personajes, el verdadero protagonis­ta es la ciudad de Florencia con su impe­tuosa vehemencia y con la tenaz vitalidad de su pueblo. La riqueza de la trama per­mite al autor introducir figuras, sentimien­tos y pasiones avasalladores, digresiones oratorias, acentos líricos e ímpetus trági­cos de heroísmo. Arezzo, tras la defensa de Ferrucci contra los imperiales y el Pon­tífice, cae; y mientras se producen los diá­logos entre Carlos V y Clemente VII y la llegada a Bolonia de los embajadores flo­rentinos, se conocen los secretos designios : El Papa, que medita la caída de Florencia. En el interior de la ciudad, figuras como Lupo, Vico di Niccoló Machiavelli, Fran­cesco Carducci, Dante di Castiglione y Michelangelo Buonarroti, revelan el carácter y la noble resistencia del pueblo, mientras entre los atacantes, el príncipe de Orange, Giovanni Bandini y Baccio Valori dan una idea del espíritu ávido e interesado de los asaltantes. En este ambiente se dibuja el amor de Vico di Niccoló Machiavelli por la dulce Annalena, que llena la escena con su bondad. Entretanto se producen nuevos hechos en torno a otra trama amorosa.

Ma­ría dei Ricci, mujer de Niccoló Benintendi, ama secretamente a Giovanni Bandini, con quien se habría casado si su padre no le hubiese hecho creer con engaños que es­taba muerto. Ahora Bandini, disfrazado de fraile, llega junto a ella y quisiera hacerla huir: pero ella resiste, porque está a punto de ser madre; y entonces Bandini exhorta al de Orange al asalto. Rechazado en el primer embate, se reaniman las fuerzas ciudadanas y resplandecen los ejemplos de virtud de Ferrucci y de Michelangelo Buo­narroti. Bandini, entretanto, penetrando en Florencia se detiene en casa de María Be­nintendi, adonde le sigue Martelli, también enamorado de María. Se produce un duelo fuera de la casa en el cual muere Martelli: y María llega apenas a tiempo de confortarlo con los últimos besos; entonces, habiéndosele muerto el marido, se propone hacerse monja. Vico Machiavelli lleva en­tretanto a Ferrucci el encargo de los Diez de que lo intente todo para salvar a la república; y, luego de casarse con Anna­lena, marcha con ella. Ferrucci conquista Volterra, rechaza a Maramaldo y se dirige hacia Florencia para socorrerla; pero es de­rrotado por el de Orange en Gavinana, donde muere. Para defenderle, Vico cae a su lado y Annalena se reúne con él en el último instante. Florencia se ve obligada a la capitulación, mientras Michelangelo medita esculturas vengadoras, los más jus­tos perecen, y Bandini, desesperado por amor a María que se ha metido monja, se refugia en un lejano convento. No faltan en la extensa novela ecos de Byron y de Scott. Mazzini fue un gran admirador de esta novela, los lectores se entusiasmaron; Niccolini, más objetivamente, decía de la obra: «Está llena de locuras byronianas, no sin bellezas que (el autor) tiene el ta­lento de echar a perder».

M. Maggi

Todo el estilo de las novelas de Guerrazzi sufre del vicio de impropiedad. Le falta la frase viva y, cuando la adopta, falta la entonación justa y está fuera de lugar. (B. Croce)

Prólogo de un Reinado, Charles Albert Costa de Beauregard

La juven­tud de Carlos Alberto [Prologue d’un règne. La Jeunesse de Charles Albert]. Obra de Charles Albert Costa de Beauregard (1835- 1909), publicada en 1889, que narra las aventuras de Carlos Alberto de Saboya-Carignano, desde su nacimiento en 1824.

Es­cribiendo cuarenta años después de la muer­te del rey, el escritor no pudo hacer uso de documentos de archivo y de cartas de Estado, no accesibles aún a los estudiosos en aquel tiempo. La obra, por tanto, no revela hechos nuevos ni aporta elementos capaces de modificar radicalmente el juicio sobre los hechos ya conocidos. Costa se pro­pone descubrir lo que los historiadores de la época llamabán «el secreto de Carlos Al­berto», pero no hace más que repetir lo que habían dicho los escritores precedentes des­de Cibrario, y cuando arriesga una síntesis, aparece muy insegura, tanto por lo que res­pecta a la historia como a la psicología.

Basándose no sólo en las narraciones ofi­ciales y memorias y cartas publicadas, sino también en diarios y cartas inéditas conser­vadas en el archivo de la familia Costa de Beauregard — particularmente el diario de Silvano Costa, escudero de Carlos Alberto, y las cartas de Carlos Alberto a Somaz—,. enriquece la narración, no siempre escrupulosamente exacta, con pormenores nuevos y sabrosos; pero la afición a esos detalles le lleva con frecuencia a servirse con dema­siada fantasía de sus fuentes, con gran me­noscabo de la realidad histórica y del res­peto debido a la trágica figura del rey, lo que es tanto más lamentable por cuanto el libro es de amena lectura.

Investigaciones amplias y minuciosas llevadas a cabo en los últimos cincuenta años han quitado a esta obra el relativo valor que los críticos coetáneos le habían otorgado, exceptuando, na­turalmente, los documentos inéditos trans­critos literalmente. El estudioso que la consulta sabe que debe considerarla como un mero documento histórico, que no puede ser tenido en cuenta ni utilizado sin una severa crítica preliminar.

G. Fasoli

La Profecía de la Sibila, Anónimo

[Sibyllen Weissagung]. Es un vasto poema historicórreligioso en alemán medieval compues­to en 1320 y luego continuado hasta el rei­nado de Carlos IV.

Contiene la historia de la Vera Cruz como asunto principal, pero en torno a éste se traza a grandes ras­gos el curso de la humanidad hasta la des­trucción del mundo. Se comienza narrando que Adán mandó a su hijo Seth a cortar el árbol del paraíso. Éste, sin embargo, no cortó más que una rama que fue plantada sobre la tumba de Adán. Al crecer el árbol, Salo­món lo utilizó para la construcción del templo y luego lo empleó como pasarela; cuando la reina de Saba, Sibila, estuvo en la corte de Salomón, le profetizó los acon­tecimientos desde el nacimiento de Cristo en adelante; de aquí toma pie para contar la historia del Sagrado Madero hasta Cristo y cuenta después el advenimiento del Anti­cristo, el Juicio Universal y la destrucción del mundo; pero antes de que esto ocurra, volverá el emperador Federico II para libe­rar el Santo Sepulcro.

M. Pensa

El Sitio de Breda, Pedro Calderón de la Barca

Comedia en verso y en tres jornadas, de Pedro Calderón de la Barca (1600-1681) publicada en 1640. La jornada primera, distribuida en 16 escenas desiguales, presenta al marqués de Espinóla reuniendo a sus generales para proponerles el sitio de una de estas tíos ciudades: Grave o Breda. Los jefes de los tercios extranje­ros se inclinan por Grave, plaza no tan defendida. Los españoles se duelen de que Espinóla los haya situado en la retaguar­dia de la marcha sobre Grave. Pero todo se reduce a una estratagema: cuando la guarnición de Breda ha disminuido, ordena Espinóla un cambio de dirección. Los es­pañoles, en vanguardia, llegan en seguida a las murallas de Breda. La segunda jor­nada recoge escenas del interior y extra­muros de la plaza: Morgan, el gobernador, obliga a salir del recinto a los viejos y a los niños, estorbo para la resistencia.

Afue­ra, los tercios cercadores planean la des­trucción de los refuerzos que Enrique de Nassau promete llevar a Breda. Al anoche­cer llegan los capitanes al pie de muralla para galantear a las damas del bando con­trario. El cerco llega a impedir todo auxi­lio, y los sitiados piden parlamentar. A pesar del descontento de la tropa (salvo la española), que desea entrar a saco, Espinóla accede a una rendición condicional del todo humanitaria. Acaba la obra con la pacífica entrega de las llaves de la ciudad. Carece pues la comedia de nudo argumental; nin­guna situación anímica tiente trascendencia. Calderón, por boca de sus personajes, da al lector la noticia del cerco histórico, con abundancia de datos técnicos (empleo de las barcas de fuego, composición y mando de las tropas). Falta por otro lado el clima de empresa y comunidad, que lograría Schiller más tarde, en el Wallenstein (v.).

R. Jordana