Novela gótica | Crítica de Libros - Part 3
Critica de libros, comentarios, personajes, escritores, estudios y resumenes de libros. Literatura actual y clasica. Literatura espanola, literatura hispanoamericana, literatura norteamericana, literatura europea. Libros recomendados, best-sellers y obras selectas

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El príncipe de la niebla (Carlos Ruiz Zafón)

La familia Carver se traslada a una pequeña localidad costera. Al instalarse en su nuevo hogar comienzan a suceder hechos extraños relacionados con los anteriores habitantes de la casa, sobre todo con el fallecido niño Jacob.

Leyendo el comienzo de esta novela es inevitable recordar el de "Las luces de septiembre". Se presenta a una pareja y sus tres hijos (Alicia, Max e Irene) que llegan a un pueblo, en verano, con el correspondiente faro en que un anciano lleva años esperando y vigilando, y una casa en que sucedieron hechos extraordinarios.

El protagonista principal es Max, reticente a cambiar de hogar y pronto fascinado por una serie de estatuas dispuestas de forma curiosa en una especie de jardín o cementerio, presididas por un payaso, que sustituyen en esta ocasión a los habituales autómatas del autor.

Otros temas recurrentes son el reloj que mueve las manecillas hacia atrás, la amistad entre los nuevos y un miembro de la localidad, aquí un adolescente que comienza un romance con Alicia y es nieto del vigilante del faro, además de tener alguna de las claves sobre lo sucedido diez años atrás o la presencia de un gato, en esta ocasión con un papel relevante.

El malvado de turno, el señor Caín, también tiene características afines con otros villanos, como el uso de la magia, la oferta de un intercambio (lo que se desea tiene un precio) y la exigencia de lealtad, de que se cumpla la palabra dada.

Quizá es esta similitud con otras novelas del autor lo que quita cierta fuerza y dramatismo a una historia con puntos ingeniosos como sustituir los clásicos diarios de otras novelas por una serie de películas caseras que ayudan a Max a conocer el pasado.

También hay algunos momentos de terror bastante logrados, como cuando Irene presiente que hay algo en su armario y no puede salir de habitación o las visitas al jardín de las estatuas.

Quizá sea poco creíble (dentro de la fantasía) que los padres dejen a los dos mayores solos y sin apenas llamarles durante su estancia en el hospital a fines dramáticos.

El final, como es habitual, contiene algún sacrificio y ninguna explicación del origen del mal, ya sea porque el autor no sabe como resolverlo o porque prefiere mantener el misterio y un toque de realismo: en la vida no todo acaba bien.

En resumen, novela entretenida que no está entre las más logradas del autor, sobre todo si se han leído varias antes, ya que, además de utilizar sus temas clásicos, no es la mejor terminada.

Esta novela recibió el Premio de Literatura Edebé en 1993

El Golem (Gustav Meyrink)

La leyenda es un género con características muy definidas. Remite a una época pasada, en la mayoría de los casos de impreciso encuadre histórico, un pasado mítico. Es fundamentalmente una tradición oral habiendo sido transcritas, en la mayoría de los casos, únicamente gracias al esfuerzo del movimiento romántico que creía ver en ellas el espíritu del pueblo. En ocasiones, este material se toma como punto de partida de creaciones más cultas por parte de autores modernos, pero ninguno como Gustav Meyrink transplanta la esencia de una leyenda en todos sus aspectos para crear una obra totalmente original.
Meyrink toma y actualiza en todos los sentidos posibles la leyenda del Golem de Praga, hombre de barro creación de un sabio rabino que cobra vida cuando se introduce en su boca un papel con el impronunciable nombre de Dios obedeciendo las órdenes de su creador.

En primer lugar, ubica su obra en un tiempo determinado, los últimos días del gueto judío de Praga, en el momento en que comienza su demolición con fines de salubridad y mejora de las condiciones de vida de sus habitantes. Esta época puede parecernos remota y mítica a su vez, no obstante, para los lectores de la época de Meyrink el gueto era algo más que un recuerdo lejano, era una vivencia compartida hasta hacía poco.

En este momento (finales del siglo XIX), la figura del Golem ya no se manifiesta como un muñeco de arcilla, sino como una fuerza cuyo poder se extiende por todo el gueto, más allá de pruebas reales. Una fuerza espiritual que atrapa el pensamiento colectivo de un pueblo que ya ha perdido su identidad de tribu y al que sólo le quedan unas cuantas referencias colectivas.

Meyrink sustituye la tradición oral por la novela (el género literario que menos se presta a su verbalización y difusión popular) y los aspectos religiosos ceden el paso a las más modernas teorías psicológicas y espiritistas que inundan el subconsciente del protagonista de este libro, conviviendo aún con elementos de ese pasado remoto, como la Cábala.

El lenguaje expresionista, el telón de fondo sombrío de una Praga en blanco y negro, fantasmal, poblada de sombras y espectros son el recurso estético que sustituye a la figura del Golem. Las fuerzas del mal ya no provienen del exterior sino del propio hombre, dueño de su destino pero incapaz de adivinar los pasos a seguir para dominar esta fuerza y que, pobremente, trata de leer los signos que se despliegan ante sus ojos.

El propio Meyrink fue aficionado a la adivinación (de hecho su negocio financiero en Praga fracasó como consecuencia de sus prácticas poco ortodoxas en materia de asesoramiento bursátil) y plasmó en esta obra muchas de sus experiencias. Más aún, cuando escribió El Golem hacía años que había abandonado Praga por su Viena natal y, posteriormente por el exilio en Alemania debido a que su antimilitarismo incomodaba a las autoridades austriacas.

El éxito de El Golem (al que no fue ajeno su casi inmediata traslación al cine) pone de manifiesto el interés que en los lectores de principios del siglo XX despertaban estos ambientes y la sabiduría de Gustav Meyrink en tejer con los hilos del subconsciente un tapiz de imágenes rebosantes de sugestión y capaces de ocupar el lugar que las antiguas leyendas ya no eran capaces de llenar.

La trama argumental, en ocasiones compleja y errática, pasa a un segundo plano, los personajes carecen de matices que los enriquezcan (quizá se salvan dos excepciones: Wassertrum y Charousek, quienes encarnan una peculiar relación padre-hijo digna del propio Freud, que deja la Carta al Padre de Kafka en un simple lamento quejumbroso). Nada de ello importa, lo perdurable de la novela no son sus personajes, la historia de amor que esconde o las venganzas soñadas o ejecutadas. Estos elementos no son sino el esqueleto sobre el que la noche de Praga, sus habitantes sin nombre y el espíritu que les alienta hacia el mundo de los vivos o el mundo de los muertos despliegan toda su moderna belleza.

El Golem (Gustav Meyrink)

La leyenda es un género con características muy definidas. Remite a una época pasada, en la mayoría de los casos de impreciso encuadre histórico, un pasado mítico. Es fundamentalmente una tradición oral habiendo sido transcritas, en la mayoría de los casos, únicamente gracias al esfuerzo del movimiento romántico que creía ver en ellas el espíritu del pueblo. En ocasiones, este material se toma como punto de partida de creaciones más cultas por parte de autores modernos, pero ninguno como Gustav Meyrink transplanta la esencia de una leyenda en todos sus aspectos para crear una obra totalmente original.
Meyrink toma y actualiza en todos los sentidos posibles la leyenda del Golem de Praga, hombre de barro creación de un sabio rabino que cobra vida cuando se introduce en su boca un papel con el impronunciable nombre de Dios obedeciendo las órdenes de su creador.

En primer lugar, ubica su obra en un tiempo determinado, los últimos días del gueto judío de Praga, en el momento en que comienza su demolición con fines de salubridad y mejora de las condiciones de vida de sus habitantes. Esta época puede parecernos remota y mítica a su vez, no obstante, para los lectores de la época de Meyrink el gueto era algo más que un recuerdo lejano, era una vivencia compartida hasta hacía poco.

En este momento (finales del siglo XIX), la figura del Golem ya no se manifiesta como un muñeco de arcilla, sino como una fuerza cuyo poder se extiende por todo el gueto, más allá de pruebas reales. Una fuerza espiritual que atrapa el pensamiento colectivo de un pueblo que ya ha perdido su identidad de tribu y al que sólo le quedan unas cuantas referencias colectivas.

Meyrink sustituye la tradición oral por la novela (el género literario que menos se presta a su verbalización y difusión popular) y los aspectos religiosos ceden el paso a las más modernas teorías psicológicas y espiritistas que inundan el subconsciente del protagonista de este libro, conviviendo aún con elementos de ese pasado remoto, como la Cábala.

El lenguaje expresionista, el telón de fondo sombrío de una Praga en blanco y negro, fantasmal, poblada de sombras y espectros son el recurso estético que sustituye a la figura del Golem. Las fuerzas del mal ya no provienen del exterior sino del propio hombre, dueño de su destino pero incapaz de adivinar los pasos a seguir para dominar esta fuerza y que, pobremente, trata de leer los signos que se despliegan ante sus ojos.

El propio Meyrink fue aficionado a la adivinación (de hecho su negocio financiero en Praga fracasó como consecuencia de sus prácticas poco ortodoxas en materia de asesoramiento bursátil) y plasmó en esta obra muchas de sus experiencias. Más aún, cuando escribió El Golem hacía años que había abandonado Praga por su Viena natal y, posteriormente por el exilio en Alemania debido a que su antimilitarismo incomodaba a las autoridades austriacas.

El éxito de El Golem (al que no fue ajeno su casi inmediata traslación al cine) pone de manifiesto el interés que en los lectores de principios del siglo XX despertaban estos ambientes y la sabiduría de Gustav Meyrink en tejer con los hilos del subconsciente un tapiz de imágenes rebosantes de sugestión y capaces de ocupar el lugar que las antiguas leyendas ya no eran capaces de llenar.

La trama argumental, en ocasiones compleja y errática, pasa a un segundo plano, los personajes carecen de matices que los enriquezcan (quizá se salvan dos excepciones: Wassertrum y Charousek, quienes encarnan una peculiar relación padre-hijo digna del propio Freud, que deja la Carta al Padre de Kafka en un simple lamento quejumbroso). Nada de ello importa, lo perdurable de la novela no son sus personajes, la historia de amor que esconde o las venganzas soñadas o ejecutadas. Estos elementos no son sino el esqueleto sobre el que la noche de Praga, sus habitantes sin nombre y el espíritu que les alienta hacia el mundo de los vivos o el mundo de los muertos despliegan toda su moderna belleza.

EL FRAGMENTO DE FINNSBURH

  
Contemporáneo del Beowulf, según los filólogos, es el fragmento épico de Finnsburh, que abarca unos cincuenta versos y refiere un episodio de la trágica historia de Hildeburh, princesa de Dinamarca, cuyo marido, rey de los frisios, mata a su hermano que ha dado muerte a un hijo de los dos. (Otro fragmento de la historia figura en el Beowulf, donde la canta un juglar.)
 Es de noche: los guerreros daneses, hospedados en el castillo de Finn, ven una misteriosa claridad, que es realmente la luz de la luna llena que se refleja en los escudos y en las espadas de quienes los rodean para matarlos. «No están ardiendo los aleros -dijo el rey, joven en la batalla-, ni amanece en el Oriente, ni viene un dragón volando hasta aquí, ni están ardiendo los aleros de este castillo.» El recinto tiene dos puertas, que defienden con valor los daneses; los guerreros, antes de combatir, declaran quienes son: «Sigfrido es mi nombre -dijo-. Soy del linaje de los Secgan, famoso aventurero, ejercitado en los rigores y en las duras batallas.» Cinco días dura el combate; «resplandecen las espadas como si toda la fortaleza estuviera en llamas». La mención de las águílas, de los cuervos y del lobo gris, típica de las epopeyas germánicas, figura en este fragmento.
 El estilo, harto menos retórico y más directo que el de Beowulf, parece corresponder a otra tradición y volveremos a encontrarlo, siglos después, en la famosa balada de Maldon.

La tercera persona (Henry James)

Aunque parezca raro, no em ha gustado nada, ni siquiera un poco, este relato de Henry James.
Quizás fuese por el momento en el que me pilló, o tal vez porque esmucho más difuso de lo normal en él.
Se trata de dos solteronas que, por extrañas circunstancias, heredan una casa. Las muejres no se conocían entre sí, y todo el mundo esperaba que surgieran de ihmediato las desavenencias sobre el reparto de la herencia, peor en lugar de eso, a ambas les encanta la casa y ambas deciden que lo mejor es no venderla, con lo que se ven forzadas a una obligartoria convivencia.

Un buen día, una de las dos damas dice que hay una tercera persona en la casa y poco después la otra ve también a "ese hombre".

La trama, insustancial, y la conclusión, sosa.
Ni siquiera el estilo parece el de otras veces.

Los amigos de los amigos (Henry James)

Cuesta trabajo decantarse por el género gótico al califvcar este relato, que también, a la vez, podría ser considerado romántico.
La historia trata de una simple anécdota, y de cómo dos personas a las que sus amigos quieren presentar porque tienen una vivencia curiosa similar, no consiguen encontrarse. cada vez que uno acude a la cita, el otro, por alguna causa inexplicable o totalmente improbable, no puede aparecer.
El asunto, que es gracioso al principio, va convirtiéndose poco a poco en inquietante, hasta la formidable resolución, que nada tiene que ver con lo que normalmente podría imaginarse.

Muy recomendable. 

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