Novela de aventuras | Crítica de Libros
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Santa Compaña. Un análisis.

*Por Verónica Pedemonte.
Escritora

Lo primero que debemos preguntarnos es qué papel desempeña el título Santa Compaña en esta novela.

Dediegos, un personaje tierno y caótico, tiene la imperiosa necesidad de ser escritor, una necesidad que lo sitúa entre  Quijote y El Buscón a partes iguales, que lo hace levitar e ir a parar a un limbo imposible de elucubraciones propias de la filosofía existencialista, un surrealismo naif, y el teatro del absurdo con personajes que escapan de la tutela del autor rebelándose contra su creador. Teatro del absurdo que se caracteriza por tramas que parecen carecer de significado, diálogos repetitivos y falta de secuencia dramática que  crean una atmósfera onírica de corte existencialista que cuestiona a la sociedad y al ser humano. La incoherencia, el disparate y lo ilógico, lo otro y los otros  como espejos de sí mismo, a través de los que llegar a un principio de conciencia en ese otro lado que nos remite al Lewis Carroll más complejo. Así en una de sus delirantes reflexiones y a modo de un Platón en el mercado , Dediegos se acerca a un carnicero y le pide que con las mitades de dos animales haga uno solo. Dediegos como el individuo, indefenso y creador al mismo tiempo, el carnicero como Dios, destructor y creador a la par.

En toda la novela hay una continua oscilación entre lo sublime y lo grotesco , entre la reflexión más profunda, la lírica ingenua, y lo escatológico. Y se sitúa, como también lo hace el teatro del absurdo, entre la fantasía, el sueño y la pesadilla.

 Dediegos, pese a su cabeza a pájaros en vuelo intermitente, busca una ética del no sentido en una sociedad del sinsentido . La presencia de la muerte y sus ángeles exterminadores(Santa Compaña) como referente de fondo, es generadora de ansiedad, compromiso y nihilismo a partes iguales.

 Hombres como bestias y bestias como hombres en la más pura evocación de un Ionesco o un Kafka.

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La filosofía existencialista es una filosofía sin sistema (nada que ver con categorías kantianas) como Dediegos Gracia es un personaje irracional asistemático que va contra el sistema. Y que en la imposibilidad de encontrar una verdad absolutamente probable desea hallar algo verdadero sobre lo que jugarse la existencia.

Un huérfano con más en común con un Raskolnikov de Dostoiesvski y su Crimen y castigo, que con un Rinconete  porque carece del realismo visceral del huérfano español. Pero, si para  Rodya los superhombres eran como Napoleón, para Dediegos son esos próceres de la literatura a los que a la vez odia y pretende emular, pero que, en el fondo, desprecia, tal vez porque, según su punto de vista, lo alejan de la ética. Dediegos, como Rodya, empeña también los ahorros de una anciana, pero esta muerta es una muerta amada que muere de muerte natural, con lo que el delito, como todos los de García, encuentra la expiación del dilema moral en su conciencia.

Menos consistente que un huérfano de Dickens, parece estar hecho de aguas de borrajas, o como muy bien diría Rimbaud de “las escurriduras” que viene a ser la Literatura con respecto de la vida.

Excepto en el amor y la pasión, donde podríamos aplicar la frase de Lacan que Sartre pronunció de forma irónica cuando dijo “El ser humano es cósmico” y sustituyó la s de cósmico por la S rayada del dólar. Posibilidades de riqueza que atormentan sus relaciones amorosas llevándolo a ensueños imposibles donde convive  a la vez el idealista desinteresado con un furibundo predador que tiene su alter ego en Piojo, y de quien de Dediegos, a la vez víctima, héroe y victimario, intenta continuamente zafarse hasta el final del zafarrancho

Nuestro protagonista es a la vez “un ser en el mundo” y un ser fuera del mundo,  y aquí lo volátil es virtud que puede en sus delirios hacerlo salir de sí mismo y mirarse desde fuera. Y ese verse a sí desde fuera, lo hace más sartriano que heiddegeriano, en su compromiso con la libertad individual y colectiva. Porque es la libertad  a un mismo tiempo una conquista y una condena encadenada a la responsabilidad. El infierno está en la mirada del otro, “el infierno son los demás” pero esos demás cohabitan todos en Dediegos hasta la apoteosis final. En donde todo se consume en un recuerdo a las últimas páginas del Quijote, apareciendo y desapareciendo diversos personajes de la historia propia y de la Historia de la Cultura. En “los nidos de antaño no hay pájaros hogaño”. La batalla que se desarrolló en la mente del protagonista ha tocado a su fin.

Dediegos supera el orteguiano “Yo soy yo y mis circunstancias” porque él es él y todas las circunstancias. No es la realidad externa la que cae ante sus ojos como un sistema decodificado, que a su vez lo deja íntegro ante sí mismo, es su propia realidad la que se desmorona y lo deja solo frente a la nada. La nada Nadin personaje femenino al que él invoca y ama porque sabe que es lo único seguro a lo que paradójicamente puede aferrarse. Abrazar el vacío para no caer en el vacío, todo un compendio de filosofía oriental navegando entre las máscaras del teatro del absurdo. Porque al punto en que se halla hoy el llamado Primer Mundo es más probable que Siddharta nazca al pie de un centro comercial de una ciudad de Occidente, que en un palacio del Oriente lejano hacia donde parece encaminarse, por mor de la economía, el Imperio. Entonces Siddhartha no sería otra cosa que la conciencia que surge del fango, del embrollo, y del caos de un sistema de valores (a la vez éticos y bursátiles) que cae inexorablemente.

En definitiva, una sonora bofetada al universo cartesiano que parte de la conciencia de un personaje singular.

*Verónica  Pedemonte  Morillo-Velarde

El Puerto de Santa María       mayo de 2011

La circularidad de la transformación.

Por Ricardo Mena, escritor

I. El mito. La última novela de Salvador Moreno Valencia, Santa Compaña, narra un mito. Sabemos que los mitos provienen de la cultura de un pueblo; es decir, funcionan como “educación,” como “enseñanza,” como explicación social de ciertos eventos para los que esa cultura aún no dispone de una explicación racional. La razón, como fase posterior, dice Santayana, no nace en cualquier suelo. Primero necesita de la libertad para nacer; en segundo lugar, del conocimiento, de la fe en que muchas cosas que existen pueden explicarse sin implicar una creencia en entidades invisibles. Antes de que nuestra cultura estuviera preparada para razonar por qué existe el mundo, como ocurrió con la eclosión en el siglo VI antes de Cristo en Grecia, la cultura europea dispuso de un mito para entender por qué existía este mundo. Se trataba del mito de la caída. II. El mito de la caída. El mito de la caída narra que el mundo fue creado por un Creador para disfrute del ser humano, pero con una condición. No tocar el árbol del bien y del mal que estaba en el jardín del Edén, el paraíso. Pero por culpa de la serpiente, del pecado original, del demonio que es Satanás, la mujer probó una manzana de ese árbol y convenció a su vez a su hombre, Adán. Expulsados del paraíso, los seres humanos fueron obligados a caer en este mundo material de penalidades y sufrimientos continuos. Durante el desarrollo del cristianismo, no obstante, este mito de la caída dio lugar al mito de la rebelión de Satán, el ángel Lucifer. La explicación de este “nuevo” mito del ángel caído parece proceder de una traducción muy liberal, como leemos en la página web emisterios.com uno: “Lucifer” es una palabra latina que significa “portador de la luz”. Fue empleada por San Jerónimo en Ia elaboración de la Vulgata —la versión en latín de la Biblia— para traducir el término hebreo Helel (literalmente «resplandeciente») de un texto de lsaías. Fue una elección meditada, que buscaba conciliar los distintos sentidos que —según algunos— el texto hebreo parecía contener. Y es que, ya en aquella época, algunos “Padres de la Iglesia” habían creído encontrar en aquellas palabras ¡la descripción de la caída de Satanás! Hasta aquel entonces Lucifer —también conocido como Heósforo— era tan sólo un dios menor de la mitología grecorromana, un hijo de la diosa Aurora que nada tenía que ver con las tradiciones judías o cristianas. Su condición de descendiente de los dioses influyó en la elección que realizó San Jerónimo. Pero, ¿qué decía en realidad el texto de Isaías? El profeta recogía la siguiente sátira, compuesta por Yahvé evocando la derrota de su enemigo, el rey de Babilonia: «¿Cómo has caído del cielo, astro rutilante, hijo de la aurora, y has sido arrojado a la tierra, tú que vencías a las naciones? Tú dijiste en tu corazón: “El cielo escalaré, por encima de las estrellas de El elevaré mi trono y me sentaré en la montaña del encuentro, en los confines del Safón; escalaré las alturas de las nubes, me igualaré a Elyón (el Altísimo)”. Por el contrario, al sol has sido precipitado, al hondón de la fosa» (Is. 14, 12-11). La Vulgata empleó la palabra Lucifer en la traducción de la primera frase: «¿Quomodo cecidisti de coelo, Lucifer qui mane oriebaris?…» Las sucesivas versiones a las lenguas vernáculas conservarían sin traducir esa palabra latina: «¿Cómo caíste del cielo, oh Lucifer, hijo de la Aurora?…» Desde entonces, Lucifer fue considerado un nombre propio. Había nacido la leyenda del ángel rebelde, el mito grecorromano resurgía, la leyenda .pagana se cristianizaba y el origen del mal en el mundo había sido, por fin, hallado. Se había creado un nuevo nombre y un nuevo personaje. El mito sobreviviría luego al paso de las edades y muchas leyendas medievales se nutrirían de estas ancestrales raíces, creando relatos de gran belleza y simbolismo, pero Isaías -su autor primigenio- sabía muy poco de mitología clásica. Sus fuentes pertenecían a un ámbito cultural muy diferente y el fondo de sus palabras reflejaba un drama que nada tenía que ver con batallas cósmicas entre ángeles, pero sí de luchas entre dioses. O al menos entre hijos de los dioses. Esto que nos explica emisterios.com es, más que la causa del mito, su consecuencia. Es decir, al contemplar el mundo desde el punto de vista maniqueísta y zoroastrista, el cristianismo romano “explicaba” el mundo como la lucha entre el bien y el mal, la luz y las tinieblas, el blanco y el negro. Lucifer, más que una traducción liberal de un texto de Isaías, es una consecuencia del mal, de lo imperfecto que aspira a lo perfecto, de la soberbia y el orgullo que anidan en el corazón de todo ser humano. III. Santa Compaña. El título de la nueva novela de Salvador Moreno Valencia se hace eco de este mito sobre la caída de Lucifer, como así se hizo eco el escritor de esa bella historia bíblica que es El Libro de Job, Milton en su poema El Paraíso Perdido, y Goethe en su Fausto. Santa Compaña trata de llegar a un entendimiento del mismo desde sus propios términos. Los principios argumentales que destacamos son los siguientes: 1.- El escritor es un Creador, y en su mundo existe un ángel que no se llama Lucifer esta vez, sino Piojo Rostroso. Este nombre nos define al personaje, es su “signo”: Piojo Rostroso es un rastrero traidor tan pequeño como un piojo, y tan molesto. 2.- Piojo Rostroso, como Lucifer, se rebela contra su creador y la batalla, la dialéctica entre ellos, ES este libro. 3.- Más sabio que Lucifer, el autor confiere y otorga (regala) a su creación, Piojo, una gran sabiduría que este personaje resume así cuando el creador amenaza con quitarlo de su mundo: “Sabes muy bien, Dediegos, que no puedes borrarme de un plumazo, me necesitas.” Este autoconocimiento, esta autoconsciencia del ángel caído es fundamental para entender algo importante en Salvador Moreno Valencia: él sabe que toda deidad es un reflejo, una proyección de los propios deseos de sus devotos creyentes. la deidad existe porque existe el ser humano que cree en él. Esto provoca, como se imaginan, una lucha tan atroz que se convierte en locura. El autor y su alter ego por inversión, Piojo Rostroso, enloquecen, como sin duda haríamos nosotros si nos diéramos cuenta de lo asombroso que es esa cosa que no conocemos aún en toda su complejidad: la consciencia humana. Nabokov no hizo otra cosa que reverenciarla en todas sus novelas, mientras Shakespeare y Joyce no cesaron nunca de invocarla y asombrarse de sus enormes potencialidades enigmáticas. La novelan, entonces, emite giros concéntricos cada vez más frenéticos sobre este conflicto apuntado. El ángel caído y el creador luchan, se insultan, discuten, entablan una guerra dialéctica, se usurpan sus legítimos derechos. Como cualquier estrella que ha acabado convirtiéndose en un desquiciado púlsar, estos giros concéntricos frenéticos sobre sí misma hacen que la novela acabe en una gran llamarada, en un gran fuego, en una tremenda explosión. Pero esta combustión no es catártica, no salva, no purifica al lector. Acaba en una pregunta inquietante y filosófica. Al final, la última frase que leemos es, “Where are you?” Interpelados e interrogados, la conclusión no es otra que la vuelta al comienzo, la relectura, la nueva iniciación del libro y su nueva recreación. Como Joyce en Finnegans Wake, Santa Compaña narra el mito del ángel caído encerrado en un mundo cíclico como el que describió Heráclito, Nietzsche o Vico. En ese mundo que es la novela, como en este mundo nuestro, nada comienza y nada termina. Y Nadin, ese personaje femenino que simboliza el amor del creador, más que contestar a la pregunta final, lo que hace es guardar silencio y señalar al lector. De esta forma, el amor, que simboliza Nadin, es la forma que tiene Salvador Moreno Valencia de apuntar a una posible explicación que Einstein y Heráclito y Demócrito y Ovidio sabían: que nada se crea ni se destruye. Porque todo se transforma.

La tierra purpúrea (William Henry Hudson)

La tierra purpúrea

 Esta novela primigenia de Hudson es reducible a una fórmula tan antigua que casi puede comprender la Odisea; tan elemental que sutilmente la difama y la desvirtúa el nombre de fórmula. El héroe se echa a andar y le salen al paso sus aventuras. A ese género nómada y azaroso pertenecen el Asno de oro y los fragmentos del Satiricón, Pickwick y el Don Quijote; Kim de Lahore y Segundo Sombra de Areco. Llamar novelas picarescas a esas ficciones me parece injustificado; en primer término, por la connotación mezquina de la palabra; en segundo, por sus limitaciones locales y temporales (siglo XVI español, siglo XVII). El género es complejo, por lo demás. El desorden, la incoherencia y la variedad no son inaccesibles, pero es indispensable que los gobierne un orden secreto, que gradualmente se descubra. He recordado algunos ejemplos ilustres; quizá no haya uno que no exhiba defectos evidentes. Cervantes moviliza dos tipos: un hidalgo “seco de carnes”, alto, ascético, loco y altisonante; un villano carnoso, bajo, comilón, cuerdo y dicharachero: esa discordia tan simétrica y persistente acaba por quitarles realidad, por disminuirlos a figuras de circo. (En el séptimo capítulo de El payador, nuestro Lugones ya insinuó ese reproche). Kipling inventa un Amiguito del Mundo Entero, el libérrimo Kim: a los pocos capítulos, urgido por no sé qué patriótica perversión, le da el horrible oficio de espía. (En su autobiografía literaria, redactada unos treinta y cinco años después, Kipling se muestra impenitente y aun inconsciente.) Anoto sin animadversión esas lacras; lo hago para juzgar The Purple Land con pareja sinceridad.

 Del género de novelas que considero, las más rudimentarias buscan la mera sucesión de aventuras, la mera variedad; los siete viajes de Simbad el Marino suministran quizá el ejemplo más puro. El héroe, en ellas, es un mero sujeto, tan impersonal y pasivo como el lector. En otras (apenas más complejas) los hechos cumplen la función de mostrar el carácter del héroe, cuando no sus absurdidades y manías; tal es el caso de la primera parte del Don Quijote. En otras (que corresponden a una etapa ulterior) el movimiento es doble, recíproco: el héroe modifica las circunstancias, las circunstancias modifican el carácter del héroe. Tal es el caso de la parte segunda del Quijote, del Huckleberry Finn de Mark Twain, de The Purple Land. Esta ficción, en realidad, tiene dos argumentos. El primero, visible: las aventuras del muchacho inglés Richard Lamb en la Banda Oriental. El segundo, íntimo, invisible; el venturoso acriollamiento de Lamb, su conversión gradual a una moralidad cimarrona que recuerda un poco a Rousseau y prevé un poco a Nietzsche. Sus Wanderjahre son Lehrjahre también. En carne propia, Hudson conoció los rigores de una vida semibárbara, pastoril; Rousseau y Nietzsche, sólo a través de los sedentarios volúmenes de la Histoire Générale des Voyages y de las epopeyas homéricas. Lo anterior no quiere decir que The Purple Land sea intachable. Adoiece de un error evidente, que es lógico imputar a los azares de la improvisación: la vana y fatigosa complejidad de ciertas aventuras. Pienso en las del final: son lo bastante complicadas para fatigar la atención, pero no para interesarla. En esos onerosos capítulos, Hudson parece no entender que el libro es sucesivo (casi tan puramente sucesivo como el Satiricón o como El Buscón) y lo entorpece de artificios inútiles. Se trata de un error harto difundido: Dickens, en todas sus novelas, incurre en prolijidades análogas.

 Quizá ningúna de las obras de la literatura gauchesea aventaje a The Purple Land. Sería deplorable que alguna distracción topogáfica y tres o cuatro errores o erratas (Camelones por Canelones, Aria por Arias, Gumesinda por Gumersinda) nos escamotearan esa verdad… The Purple Land es fundamentalmente criolla. La circunstancia de que el narrador sea un inglés justifica ciertas aclaraciones y ciertos énfasis que requiere el lector y que resultarían anómalos en un gaucho, habituado a esas cosas. En el número 31 de Sur, afirma Ezequiel Martínez Estrada: “Nuestras cosas no han tenido poeta, pintor ni intérprete semejante a Hudson, ni lo tendrán nunca. Hernández es una parcela de ese cosmorama de la vida argentina que Hudson cantó, describió y comentó… En las últimas páginas de The Purple Land, por ejemplo, hay contenida la máxima filosofía y la suprema justificación de América frente a la civilización occidental y a los valores de la cultura de cátedra”. Martínez Estrada, como se ve, no ha vacilado en preferir la obra total de Hudson al más insigne de los libros canónicos de nuestra literatura gauchesca. Por lo pronto, el ámbito que abarca The Purple Land es incomparablemente mayor. El Martín Fierro (pese al proyecto de canonización de Lugones) es menos la epopeya de nuestros orígenes ?¡en 1872!? que la autobiografía de un cuchillero, falseada por bravatas y por quejumbres que casi profetizan el tango. En Ascasubi hay rasgos más vívidos, más felicidad, más coraje, pero todo ello está fragmentario y secreto en tres tomos incidentales, de cuatrocientas páginas cada uno. Don Segundo Sombra, pese a la veracidad de los diálogos, está maleado por el afán de magnificar las tareas más inocentes. Nadie ignora que su narrador es un gaucho, de ahí lo doblemente injustificado de ese gigantismo teatral, que hace de un arreo de novillos una función de guerra. Güiraldes ahueca la voz para referir los trabajos cotidianos del campo, Hudson (como Ascasubi, como Hernández, como Eduardo Gutiérrez) narra con toda naturalidad hechos acaso atroces.

 Alguién observará que en The Purple Land el gaucho no figura sino de modo literal, secundario. Tanto mejor para la veracidad del retrato, cabe responder. El gaucho es hombre taciturno, el gaucho desconoce, o desdeña, las complejas delicias de la memoria y de la introspección; mostrarlo autobiográfico y efusivo, ya es deformarlo.

 Otro acierto de Hudson, es el geográfico. Nacido en la provincia de Buenos Aires, en el círculo mágico de la pampa, elige, sin embargo, la tierra cárdena donde la montonera fatigó sus primeras y últimas lanzas: el Estado Oriental. En la literatura argentina privan los gauchos de la provincia de Buenos Aires; la paradójica razón de esa primacía es la existencia de una gran ciudad, Buenos Aires, madre de insignes literatos “gauchescos”. Si en vez de interrogar la literatura, nos atenemos a la historia, comprobaremos que ese glorificado gauchaje ha influido poco en los destinos de su provincia, nada en los del país. El organismo típico de la guerra gaucha, la montonera, sólo aparece en Buenos Aires de manera esporádica. Manda la ciudad, mandan los caudillos de la ciudad. Apenas si algún individuo ?Hormiga Negra en los documentos judiciales, Martín Fierro en las letras? logra, con una rebelión de matrero, cierta notoriedad policial.

 Hudson, he dicho, elige para las correrías de su héroe las cuchillas de la otra banda. Esta elección propicia le permite enriquecer el destino de Richard Lamb con el azar y con la variedad de la guerra ?azar que favorece las ocasiones del amor vagabundo?. Macaulay, en el artículo sobre Bunyan, se maravilla de que las imaginaciones de un hombre sean con el tiempo recuerdos personales de muchos otros. Las de Hudson perduran en la memoria; los balazos británicos retumbando en la noche de Paysandú; el gaucho ensimismado que pita con fruición el tabaco negro, antes de la batalla; la muchacha que se da a un forastero, en la secreta margen de un río.

 Mejorando hasta la perfección una frase divulgada por Boswell, Hudson refiere que muchas veces en la vida emprendió el estudio de la metafísica, pero que siempre lo interrumpió la felicidad. La frase (una de las más memorables que el trato de las letras me ha deparado) es típica del hombre y del libro. Pese a la brusca sangre derramada y a las separaciones, The Purple Land es de los muy pocos libros felices que hay en la tierra. (Otro, también americano, también de sabor casi paradisíaco, es el Huckleberry Finn, de Mark Twain.) No pienso en el debate caótico de pesimistas y optimistas; no pienso en la felicidad doctrinaria que inexorablemente se impuso el patético Whitman; pienso en el temple venturoso de Richard Lamb, en su hospitalidad para recibir todas las vicisitudes del ser, amigas o aciagas.

 Una observación última. Percibir o no los matices criollos es quizá baladí, pero el hecho es que de todos los extranjeros (sin excluir por cierto a los españoles) nadie los percibe sino el inglés. Miller, Robertson, Burton, Cunninghame Graham, Hudson.

Jorge Luis Borges

P’U SUNG-LING – EL INVITADO TIGRE

 

EL INVITADO TIGRE

Las Analectas del muy razonable Confucio aconsejan que debemos reverenciar a los seres espirituales, pero inmediatamente agregan que es mejor mantenerlos a distancia. Los mitos del taoísmo y del budismo han mitigado ese milenario dictamen; no habrá un país más supersticioso que el chino. Las vastas novelas realistas que ha producido -el Sueño del Aposento Rojo, sobre el que volveremos- abundan en prodigios, precisamente porque son realistas y lo prodigioso no se juzga imposible, ni siquiera inverosímil. Las historias elegidas para este libro pertenecen en su mayoría al Liao-Chai de P’u Sung-Ling, cuyo apodo literario era el Ultimo Inmortal o Fuente de los Sauces. Datan del siglo XVII. Hemos seguido la versión inglesa de Herbert Allen Giles, publicada en 1880. De P’u Sung-Ling se sabe muy poco, salvo que fue aplazado en el examen del doctorado de letras hacia 1651. A ese afortunado fracaso debemos su entera dedicación al ejercicio de la literatura y, por consiguiente, la redacción del libro que lo haría famoso. En la China, el Liao-Chai ocupa el lugar que en el Occidente ocupa el libro de Las Mil y Una Noches. A diferencia de Edgar Allan Poe y de Hoffmann, P’u Sung-Ling no se maravilla de las maravillas que refiere. Más lícito es pensar en Swift, no sólo por lo fantástico de la fábula, sino por el tono de informe, lacónico e impersonal, y por la intención satírica. Los infiernos de P’u Sung-Ling nos recuerdan a los de Quevedo; son administrativos y opacos. Sus tribunales, sus lictores, sus jueces, sus escribientes son no menos venales y burocráticos que sus prototipos terrestres de cualquier lugar y de cualquier siglo. El lector no debe olvidar que los chinos dado su carácter supersticioso, tienden a leer estos relatos como si leyeran hechos reales ya que para su imaginación, el orden superior es un espejo del inferior, según la expresión de los cabalistas. En el primer momento, el texto corre el albur de parecer ingenuo; luego sentimos el evidente humor y la sátira y la poderosa imaginación que con elementos comunes -un estudiante prepara su examen, una merienda en una colina, un imprudente que se embriaga- trama, sin esfuerzo visible, un orbe tan inestable como el agua y tan cambiante y prodigioso como las nubes. El reino de los sueños o mejor aún, el de las galerías y laberintos de la pesadilla. Los muertos vuelven a la vida, el desconocido que nos visita no tarda en ser un tigre, la niña evidentemente adorable es una piel sobre un demonio de rostro verde. Una escalera se pierde en el firmamento; otra, se hunde en un pozo, que es habitación de verdugos, de magistrados infernales y de maestros. A los relatos de P’u Sung-Ling hemos agregado dos no menos asombrosos que desesperados, que son una parte de la casi infinita novela Sueño del Aposento Rojo. Del autor o de los autores, poco se sabe con certidumbre, ya que en la China las ficciones y el drama son un género subalterno. El Sueño del Aposento Rojo o Hung Lou Meng es la más ilustre y quizá la más populosa de las novelas chinas. Incluye cuatrocientos veintiún personajes, ciento ochenta y nueve mujeres y doscientos treinta y dos varones, cifras que no superan las novelas de Rusia y las sagas de Islandia, que, a primera vista, pueden anonadar al lector. Una traducción completa, que no ha sido intentada aún, exigiría tres mil páginas y un millón de palabras. Data del siglo XVIII y su autor más probable es Tsao-Hsueh-Chin. El sueño de Pao-Yu prefigura aquel capítulo de Lewis Carroll en que Alicia sueña con el Rey Rojo, que está soñándola, salvo que el episodio del Rey Rojo es una fantasía metafísica, y el de Pao-Yu está cargado de tristeza, de desamparo y de la íntima irrealidad de sí mismo. El espejo de viento-luna, cuyo título es una metáfora erótica, es acaso el único momento de la literatura en que se trata con melancolía y no sin cierta dignidad el goce solitario. Nada hay más característico de un país que sus imaginaciones. En sus pocas páginas este libro deja entrever una de las culturas más antiguas del orbe y, a la vez, uno de los más insólitos acercamientos a la ficción fantástica.

Alma de juglar (Ignacio Merino)

Alma de Juglar. Ignacio Merino

Alma de Juglar. Ignacio Merino

Córdoba, siglo XI. Abdú, hijo del emir y una cristiana cautiva ha sido expulsado del harén y vive como un pícaro cantando y haciéndose el ciego para contar historias. Hasta que aparece un intrigante cristiano llamado don Suero que le propone ir con él más allá de las fronteras musulmanas y enseñarle el arte de los trovadores. Así empieza la transformación de Abdú en Diego, su larga aventura que lo convierte en juglar, médico en Valencia y consejero de la reina Urraca de Castilla, su verdadero amor. Una confesión que hace el protagonista a un misterioso tribunal.
Con su prosa vibrante, Ignacio Merino ofrece en esta novela una apasionante lectura que atrapa, la epopeya de un hombre que aspira a ser mejor.

El ángel perdido (Javier Sierra)

El ángel perdido

Javier Sierra comenzó escribiendo historias bien documentadas, con tono científico y un trabajo muy elaborado de documentación y hasta me atrevería a decir que erudición. Con el tiempo, la aventura gana peso en su obra al tiempo que lo pierden los datos, la historia y la cultura seria, que deja paso a un toque Rowling difícil de soslayar. Porque eso es lo único que se puede echar en falta en esta novela: a Harry Potter lanzando conjuros.

La protagonista de El ángel perdido trabaja restaurando el Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago de Compostela. Entonces Recibe la noticia de que su marido ha sido secuestrado en Turquía, y en plan Lara Croft, porque también tenemos Tomb Raider,  se lanza a la búsqueda de la secta esotérica que lo ha capturado. La vida y la muerte, el destino de la galaxia incluso, van a girar en torno a unas piedras que tienen el poder de propiciar el contacto con unos seres sobrenaturales, quizás dioses de un mundo perdido (tipo Chtuhlu y Lovecraft) y que despiertan el interés de un montón de gente, siempre importante y siempre peligrosa.

Lo cierto es que a pesar de apreciar al autor y de reconocerle y aplaudirle un gran talento y una vasta cultura, tenemos que pensar que en esta obra se ha deslizado de lo literario al parque de atracciones, con apeadero en todos los tópicos del género, con una explosiva mezcla entre la intriga delirante de Dan Brown y el esoterismo extraterrestre de Peter Kolosimo. Si acaso, se echa a faltar la aparición en alguna parte de los dibujos de Nazca, pero es posible que aparezcan y los hayamos pasado pro alto por no prestar la debida atención.

Eso sí: como novela infantil es realmente impresionante y estoy seguro de que a sus hijos les encantará. En ese sentido, se la recomendamos encarecidamente.

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