Un Yanqui en la Corte Del Rey Arturo, Mark Twain

[A Connecticut Yankee in King Arthur’s Court]. Relato del norteamericano Mark Twain (pseudónimo de Samuel Langhorne Clemens, 1835-1910), publicado en 1889. Visitando el antiguo castillo de Warwick, en Inglaterra, el autor encuentra a un extraño compatriota, anciano y de aire fatigado y triste, que parece conocer el castillo como su propia casa.

Reunidos en el hotel, el curioso personaje pregunta a Mark Twain si cree en la transmigración de las almas y cosas similares. Al final le confiesa que está muy enfermo, y le confía un largo manuscrito autobiográfico, escrito sobre viejo pergamino. Al día siguiente muere. El presunto autor del relato que forma el cuerpo del volumen transmigra, a causa de un golpe, en cuerpo y alma, al siglo VI, es capturado por un caballero andante y llevado a la corte del rey Arturo, en Camelot. Como consigue recordar la in­minencia de un eclipse de sol, obtiene en seguida fama de nigromante, ensombre­ciendo la de su rival en la corte, Merlín. Llega a ser el principal ministro del rey, y desde este momento sus experiencias y aventuras adquieren un marcado sabor de sátira y polémica social y política, no sólo en lo que se relaciona con la Edad Media, sino con sucesos e instituciones más recien­tes o contemporáneas.

La polémica contra la institución monárquica es bastante di­recta, como el mismo Twain admite explí­citamente en el prólogo; sin embargo, tiene cuidado en presentar la figura del rey Ar­turo como la de un hombre noble y de carácter elevado, aunque víctima de las necedades y supersticiones de su tiempo. El yanqui trata de modernizar la Inglaterra artúrica en sus instituciones y en la vida económica, pero acaba siendo asaltado por toda la turba caballeresca y por la Iglesia, y, a consecuencia de otro golpe, vuelve a dormirse y a saltar a su siglo, mientras el mago Merlín se alaba de este suceso como de un fruto de su arte. El mismo héroe epónimo de la aventura es presentado cari­caturescamente, dando lugar a páginas de irresistible humorismo. En cambio, cuanto en el volumen quiere ser polémica social y política, resulta algo burdo y quizás desplazado: el radicalismo ochocentista de Twain, abstracto y antihistórico, sólo puede interesar como una determinada «forma mentís», hoy día superada por las personas cultas.

Como siempre, Twain es bastante feliz en la presentación de figuras humanas ligeramente grotescas, y, como siempre, también su humorismo tiene un marcado fondo de frialdad casi cínica, o quizás de amarga desconfianza ante ciertos valores’ morales. No se habla de nada sentimental o sensual, como no sea de paso; también en este aspecto Twain tenía ideas bastante crudas y críticas, pero siempre evitó tocar­las, por calculada prudencia, en atención al puritanismo de su país. [Trad. española de P. Elías (Barcelona, 1943)].

C. Pellizzi

La Vuelta al Mundo en Ochenta Días, Jules Verne

[Le tour du monde en quatrevingts jours]. Novela de aventuras de Jules Verne (1828-1905), publicada en 1873. Es quizás la obra más célebre del fecundísimo escritor. Phileas Fogg (v.)—noble inglés — apuesta con los amigos de su club que realizará en 80 días la vuelta al mundo.

Parte, en efecto, con su fidelísimo criado Juan, llamado Passepartout. Pero anda pisándole los talones un policía que se afana en se­guirle en las etapas del excepcional itine­rario, porque se sospecha que Fogg es el autor de un considerable robo en una banca inglesa. En las Indias, Fogg halla modo de salvar a Auda, joven viuda de un marajá destinada, según un rito antiquísimo, a ser sacrificada en la hoguera. En la China en­cuentra nuevas aventuras. El policía sigue obstinado al viajero, que prosigue su viaje por América, pero no puede detenerle porque la orden de captura tarda en llegar. En América, Fogg consigue descubrir un asalto que los indios intentan contra él mientras el tren le conduce de las costas del Pacífico a las atlánticas. Pero allí Phileas Fogg, no hallando ningún buque que parta para Europa, fleta una nave por su cuenta, y durante la travesía sacrifica la arboladura para utilizarla como combusti­ble, por haberse agotado el carbón.

Cuando alcanza su meta, el policía, ya en posesión de la orden de captura, le detiene, y luego, ya puesto en libertad apenas reconocido el error, Fogg cree hallarse en retardo de un día y haber perdido así su apuesta. Pero él no había calculado que viajando hacia el Este había ganado un día; es lo que le basta para hacerle ganar la apuesta. Para colmo de su felicidad, se casa con Auda. Lo heroico y lo cómico se alternan en este libro: son cómicas las aventuras con el po­licía que le sigue y la figura de su criado Passepartout; heroicas las aventuras y las hazañas para superar los obstáculos que se interponen en su propósito final. El mayor interés de la obra consiste precisamente en esta carrera prodigiosa alrededor de la tie­rra, en esta victoriosa conquista del espa­cio y del tiempo efectuada por un caballero inglés, flemático y acompasado como el que más. [Trad. española de Ángel Fuentes (Barcelona, 1936)].

A. Fabietti

Vida y Hechos de Estebanillo González, Hombre de Buen Humor, Compuesta por él Mismo.

Novela picaresca pu­blicada en Amberes en 1646. La existencia, hoy documentalmente comprobada, de un bufón del mismo nombre, que estuvo al ser­vicio de Octavio Piccolomini, duque de Amalfi y general de Felipe IV en la guerra de los Treinta Años, y la coincidencia de fechas y sucesos históricos con las aventu­ras referidas, autoriza a considerar esta Vida como una verídica autobiografía se­gún el esquema de la novela picaresca.

En efecto, la profesión que desempeña el pro­tagonista es la del pícaro tradicional desde el Lazarillo (v.), hasta el Guzmán (v.), al Marcos de Obregón (v.), al Buscón (v.), etc. Hijo de un gallego «trasplantado» a Roma, Estebanillo es enviado de niño a la escuela, pero como muestra poca inclinación al estu­dio es puesto a trabajar como aprendiz de barbero. A causa de los grandes daños infli­gidos al mostacho de un cliente se ve obli­gado a huir a Siena, en donde entra al ser­vicio de dos tahúres, a los que abandona en cuanto las cosas se ponen mal, después de haberles robado una capa. Se embarca en Liorna, en una galera con rumbo a Mesina, en donde un alférez español se lo lleva consigo como «marmitón» en una expedi­ción naval contra los piratas berberiscos; pero cuando llega la hora de combatir se refugia en la cocina.

Obligado a desembar­car, por haber sido sorprendido cuando se disponía a vaciar las ollas ajenas, se emplea como criado de un secretario, y más tarde como ayudante del primer cocinero del car­denal de Palermo, al que deja con un palmo de narices, huyendo con todos sus trajes, durante el transcurso de una representación teatral. De regreso a Roma, vuelve a dedi­carse al oficio de barbero, y después de haber adquirido algo de práctica acuchillando rostros y cortando orejas, se dirige a Nápoles, en donde asume el cargo de cirujano en el hospital de Santiago de los Españoles, mostrándose más ducho en prac­ticar sangrías en las bolsas que en los brazos. Impelido siempre por su indomable espíritu aventurero, lo encontramos más tar­de como criado de unos soldados en Lombardía, ayudante de la policía en Sicilia, peregrino a Santiago de Galicia, rufián de una actriz en Sevilla, de nuevo soldado y de nuevo desertor. Trasladándose a Fran­cia, en Ruán estafa a unos judíos haciéndose pasar por correligionario suyo, ven­diéndoles polvo como las cenizas de su padre, condenado a las llamas por los cris­tianos.

En las cercanías de Aviñón se en­rola en una compañía francesa, pasando después al campo español, y tras una visita a Roma, en donde vende la casa heredada de su padre, muerto durante este tiempo, vuelve a embarcar rumbo a España, siendo condenado a muerte en Barcelona, por ha­ber matado, incidentalmente, a un soldado. Indultado en el último momento, va a Flan- des en calidad de cocinero, y presencia la batalla de Nordlingen permaneciendo es­condido en un foso, del que sale al final para celebrar la victoria. Habiendo perdido el empleo de cocinero por sus rapiñas, se hace cantinero, pero viendo que es sólo él quien bebe, entra en calidad de bufón al servicio del conde Piccolomini, generalísimo del ejército español en los Países Bajos.

Al lado del conde visita Viena, Praga y reco­rre toda Europa como mensajero, llegando hasta Rusia, unas veces admitido familiar­mente entre reyes y magnates, otras metido en aventuras de taberna, dado siempre a pillerías y burlas de todo género, como la que inflige al duque Tomás de Saboya, al que obliga a atravesar las calles de Bruselas cubierto con la piel de un ciervo muerto, con peligro de ser despedazado por los perros, y en otra ocasión finge querer trans­formarlo, según él dice, de gallina en capón, lo que-le conquista frecuentemente la mal­querencia de todos. Durante algún tiempo está al servicio del príncipe Fernando, y a la muerte de éste se dedica a la búsqueda de Piccolomini, siguiéndole por Italia, Es­paña y Flandes, en una carrera de peligrosas aventuras que le llevan finalmente a Ingla­terra, donde, acusado de espía y papista, es encerrado en una jaula.

Por fin encuen­tra a Piccolomini en Bruselas, pero ahora Estebanillo, que está ya cansado y desea reposo, pide al poco tiempo permiso a su señor para retirarse a Nápoles, escribiendo a modo de despedida su autobiografía. El exceso de episodios que se suceden sin cesar y la insistencia en las escenas de hurto, libertinajes, borracheras y engaños, convierten con frecuencia la narración en algo monótono y mecánico. Sin embargo, el autor revela una indudable habilidad narra­tiva y una notable fuerza ridiculizadora. En efecto, Estebanillo se presenta, con deliberado propósito de sátira, como el an­tihéroe «licenciado en desvergüenzas y doctor en truhanerías». No hay en él nin­guna conciencia de la grandeza de los su­cesos históricos de que es testigo. Atraviesa el mundo trágico del Wallenstein (v.) con un sarcasmo bufonesco que opone a la grandeza las muestras del envilecimiento, y al heroísmo, la bellaquería declarada. Y en estos aspectos la obra es una típica expre­sión de la extrema decadencia española tanto civil como espiritual, que ya encuen­tra su manifestación en la resignada ironía de Cervantes y en el vivo sarcasmo de Quevedo.

C. Capasso

Vida de Don Gregorio Guadaña, Antonio Enríquez Gómez

Obra de Antonio Enríquez Gómez (1600- 1665?), que puede ser considerada como el eslabón de enlace entre la novela picaresca española y la francesa que representa el Gil Blas (v.). Fue editada por primera vez en Rúan, en 1647, pero con tal número de erra­tas que para poder entender su verdadero sentido debe acudirse a la segunda edición, hecha en la misma ciudad en 1682.

La obra completa se titula El siglo pitagórico y Vida de don Gregorio Guadaña y trata poética­mente de la metempsícosis, estudiando las variaciones que experimenta un alma en los diversos cuerpos en que se encarna; una de estas transmigraciones corresponde a la Vida de don Gregorio Guadaña que, por su ex­tensión, por estar escrita en su totalidad en prosa y por su tono, más parece una obra independiente, y como tal ha sido editada en numerosas ocasiones. Trata de las aven­turas del personaje que le da título y que más que pícaro es aventurero que goza del instante sin preocupación por el mañana. Se inicia la trama con la genealogía del pro­tagonista, que habla en primera persona y se complace en retratar con fino humor las aventuras y desventuras de su larga paren­tela. Siguen luego las cómicas escenas que acompañan a su concepción y alumbra­miento, siempre contadas en primera per­sona, y, dando un salto en el tiempo, sus andanzas camino de Madrid, adonde se di­rige a cursar estudios. En el viaje traba re­lación con un juez y sus acompañantes, y su vida a partir de este instante transcurre ligada a ellos primero y a sus familiares de la corte después.

Divertidísimo es el episo­dio de la ronda del juez, a quien acompaña Gregorio Guadaña, en las inmediaciones de Carmona, y también aquel otro del asalto de los bandoleros en Sierra Morena. De sus desventuras en la corte sobresalen sus lan­ces amorosos, en especial aquel que tiene con la mujer del alguacil que acompaña al juez, y que éste descubre por el mismo don Gregorio a causa de la ignorancia de éste acerca de la personalidad de la dama. Otras burlas y divertidas circunstancias contribu­yen poderosamente a mantener el interés de esta notable novela. El tono es digno y ele­gante. Como muestra de su vivaz estilo, véase la frase con que culmina la aventura de la ronda: «El escribano, con más lige­reza que su pluma, abriendo la puerta de la calle, puso al galán en ella. El juez pedía luz, la dama misericordia, la vieja agua bendita, el escribano doblones, el alguacil resistencia, mi letrado calle, y yo de risa pedía silla para sentarme, porque no la po­día tener en pie».

A. Pacheco

Viajes de Sindibād, Anónimo

[Asfār Sindibād]. En la actual colección árabe de Las mil y una noches (v.) ha sido incluida esta célebre obra, que originariamente debía de ser in­dependiente, conocida en español con el título de Simbad el marino. Se compone de un prólogo y siete cuentos: un mozo de la Bagdad de Harūn al-Rasīd, en un día de mucho calor, se detiene, cansado por su carga, delante de la puerta de un lujoso palacio y empieza a quejarse de su dura vida; el dueño de la casa, el rico mercader Sindibād, le invita a que pase, le da algo de comer y luego narra a él y a sus huéspe­des, en siete días seguidos, las maravillosas aventuras de sus viajes por mar, después de los cuales llegó a la estable riqueza y al tranquilo bienestar de que ahora disfruta.

Todos estos viajes Sindibād los emprende empujado por el demonio de la ganancia y de la aventura: embarcado en un buque mercante, naufraga y tras muchas peripecias se encuentra en una isla desierta; aquí empieza su odisea. Una vez va a parar, con algunos compañeros suyos, a la casa de un monstruo de un solo ojo, que los captura y devora a algunos de ellos, y los de­más lo ciegan más tarde. En otra ocasión consigue hacerse levantar en vuelo por el gigantesco pájaro al-Rūh, que lo deposita en el valle de los diamantes, del que consi­gue evadirse con una nueva estratagema. En otra aventura llega a la isla de los desnu­dos; éstos dan a sus compañeros una co­mida envenenada; pero Sindibād es salvado por los colectores de pimienta, y tiene más tarde otras aventuras en aquel país, donde llega a ser yerno del rey, y corre el riesgo de morir sepultado vivo, según el uso local, con su mujer muerta; en otro viaje cae en manos del viejo del mar, que le obliga a llevarlo a hombros, hasta que Sindibād logra quitárselo de encima emborrachándolo y matándolo…

Las más arriesgadas aventu­ras tienen siempre un alegre final, con el retorno del viajero, casi siempre rico en dinero y piedras preciosas, a su país. Algu­nos trozos de estos Viajes recuerdan de una manera asombrosa episodios de la Odisea, hasta el punto que hubo quien supuso la existencia de una versión árabe en prosa del poema homérico, que el autor del Sindibād utilizaría; el resto pertenece al común patrimonio de la literatura paradojográfica. Pero el fondo de los fantásticos cuentos es más real que lo que a primera vista parece, y refleja las experiencias de los audaces navegantes y mercaderes musulmanes de la Alta Edad Media en el Océano índico. Se cree, además, que entre las fuentes di­rectas del Sindibād hay un libro de recuer­dos y de viajes de un marino persa del siglo X. Alusiones a usos de pueblos semi­bárbaros, a especias y productos tropicales, localizan algunas aventuras en la India, en Ceilán, en el Archipiélago Malayo; allí lle­gaban’, efectivamente, los buques de explo­radores árabes y persas que. zarpaban de Basora, como Sindibād, hacia la riqueza y a veces hacia lo desconocido. La redacción definitiva de los viajes, debido a un deseconocido autor de discretas capacidades literarias, no es posterior al siglo XII aproxi­madamente.

F. Gabrieli