Las Comidas Judaicas, Novaciano

[De cibis judaicis]. Tratado en forma de carta dirigi­do a una comunidad cristiana, compuesto por Novaciano, probablemente mártir en el año 258, bajo Valeriano. Espíritu intransi­gente, nutrido de profunda doctrina estoica, y autor de un tratado sobre la Trinidad (v.), Novaciano capitaneó el cisma rigorista (251) contra el papa Cornelio, que se mostraba blando al consentir la comunión a los que habían caído en la idolatría durante las per­secuciones de Decio. En la carta sobre Los alimentos judaicos, hace Novaciano una su­til interpretación de la ley hebraica en lo que concierne a las prohibiciones de ali­mentos. Tales prohibiciones han de entenderse, según Novaciano, en sentido espiri­tual, porque en la creación divina no hay nada inmundo. Las distinciones de la ley entre animales inmundos y los que no lo son tuvo por objeto enmendar a los hijos de Israel, representando en los animales in­mundos las malas costumbres y, en los que no lo eran, las costumbres puras, y tuvo también por objeto habituar a los judíos a la templanza. Pero después de Cristo la ley quedó superada también en lo que se re­fiere a los alimentos: solamente queda para los cristianos, según la conclusión de Nova­ciano, la obligación de la templanza.

E. Alpino

Comentario sobre las «Sentencias» de Pedro Lombardo, Santo Tomás de Aquino

Obra de juventud de Santo Tomás de Aquino (1225- 1274), escrita en 1254-1256, testimonio de las primeras enseñanzas dadas en París, cuando aún no había recibido el grado de doctor y de maestro. El Libro de las sentencias (v.) de Pedro Lombardo era una recopilación ordenada de las doctrinas de la Iglesia y de los Santos Padres sobre las verdades de la revelación cristiana; los principales temas tratados eran Dios, los ángeles, los hombres, las virtudes y los sacramentos. Por sus mé­ritos, esta obra había sido adoptada como texto de escuela en las universidades de aquel tiempo, y la enseñanza consistía en comentar su texto. El Comentario de Santo Tomás es bastante importante no sólo por hallarse en él las doctrinas propias del Doc­tor Angélico, sino para descubrir las infiuencias que experimentó durante el período de su formación intelectual. Se notan, en efecto, muchas dependencias de San Agus­tín, que van disminuyendo en el transcurso de la enseñanza. La obra está distribuida en cuatro partes, conforme a la división del Libro de las sentencias. En la primera parte se trata principalmente del misterio de la Trinidad y de cada una de las divinas Per­sonas, de sus relaciones y propiedades, del conocimiento, de la providencia y omnipo­tencia de Dios.

Pero no sólo se expone, ilus­tra, prueba y defiende la doctrina revelada, sino que son también tratadas las cuestiones filosóficas acerca de la naturaleza del cono­cimiento en general, acerca de las cualida­des y de su aumento, acerca de las rela­ciones y de su realidad, acerca de los con­ceptos de sustancia, de naturaleza, de ser, de persona, acerca de la conciliación entre presciencia divina y libertad humana, y, por ende, acerca de la naturaleza del libre al­bedrío. La segunda parte trata de la crea­ción y de las criaturas en general, y luego de los Ángeles y de la caída de algunos de ellos, de sus distintas jerarquías y particu­lares actividades; seguidamente, de la crea­ción del mundo según el relato de las Es­crituras, de la creación del hombre y de su condición antes y después de la culpa; de ahí que se trate de la naturaleza de la gra­cia sobrenatural y del pecado original, tan­to en Adán como en sus descendientes. En la coyuntura, se estudian los problemas filo­sóficos relativos a la Creación, a su posibi­lidad, eternidad o temporalidad, a la na­turaleza de la dependencia de las criaturas del Creador, a las «rationes seminales», a la multiplicidad de las almas en relación a la unicidad del intelecto defendida a la sazón por los averroístas, a la naturaleza de la unión del alma con el cuerpo, a la responsabilidad de la voluntad en la trans­gresión de la ley moral, a la necesidad de la sanción para el valor de la ley.

La ter­cera parte trata de la encarnación del Hijo de Dios y de la unión de las dos naturale­zas en una sola persona, y de lo que per­tenece a Jesucristo en cuanto a Dios y en cuanto a hombre; trata además de la obra de la redención y de sus frutos; asimismo, de las tres virtudes de la fe, la esperanza y la caridad, de las virtudes cardinales y de los dones del Espíritu Santo. Finalmente, la cuarta parte contiene los tratados sobre la doctrina de los Sacramentos, especialmente la referente a la Eucaristía, a la Penitencia y al Matrimonio, así como lo concerniente a la resurrección de los muertos, a las pe­nas y a la bienaventuranza eterna.

C. Giacon

Comentario sobre el Apocalipsis, San Victorino

[Commentarium in Apocalypsim]. Obra de San Victorino, obispo, según San Jerónimo, de Petavio en Panonía (hoy Pettau, en Es- tiria). Vivió en el siglo III y murió mártir durante la persecución de Diocleciano, alre­dedor del año 304. El comentario de Victo­rino, el único que nos ha quedado de toda una serie de comentarios bíblicos compues­tos por él, nos ha llegado a través de cuatro redacciones, de las cuales la segunda es obra de San Jerónimo. El autor comenta el texto del Apocalipsis (v.) capítulo por capí­tulo y casi versículo por versículo. La inter­pretación es, por lo general, simbólica, y se atiene a los hechos de la redención, a las comunidades cristianas y a los dogmas cristianos. Los cuatro animales son identificados con los cuatro Evangelios (v.), pero, a dife­rencia de la tradición posterior, el león co­rresponde a Juan, el águila a Marcos, el ángel de Oriente a Elias, la mujer partu­rienta es la Iglesia, el dragón el Diablo, el Anticristo Nerón. El comentario termina con la descripción del reino milenario de Cristo, al que ha de seguir el fin del mundo.

E. Alpino

Comentario a Aristóteles, Santo Tomás de Aquino

Obras de Santo Tomás de Aquino (1225-1274), com­puestas parte en París y parte en Italia en­tre los años 1265-1273; en ellas se encuen­tran las sugestiones dadas por el doctor An­gélico para hacer aceptable el pensamiento aristotélico en el mundo cristiano. El mérito principal de Santo Tomás consistió en pe­netrar en el alma de las grandes concep­ciones platónico-aristotélicas corroborándolas con la aportación del pensamiento cris­tiano. Desarrolló ideas, corrigió errores, lle­nó lagunas; consiguió construir un sistema orgánico, imposible de obtener sin el pen­samiento platónico-aristotélico. El Comen­tario tomista no se extiende a todas las obras de Aristóteles; comprende, sin embargo, las más importantes. Entre las obras de lógica que componen el Organon (v.) aristotélico, comenta los dos libros De Interpretatione, y los dos de Analytica posteriora, en los que se tratan las cuestiones referentes a dos ope­raciones de la mente, esto es, la afirmación o negación y el razonamiento o deducción, o sea, el juicio y el silogismo. Entre las obras de física, Santo Tomás comentó la principal, De Physico auditu, donde co­menta las cuestiones promovidas por los an­tiguos naturalistas en torno a los principios originarios de todos los cuerpos, y los pro­puestos por Parménides acerca de la con­cepción total del mundo; Aristóteles les opo­nía sus doctrinas filosóficas de la materia y de la forma, de las cuatro causas, del es­pacio, del lugar, del movimiento y del tiem­po, refutando los argumentos aducidos por Zenón contra la posibilidad del devenir, y los de Parménides contra la multiplicidad de los seres; finalmente, por medio del prin­cipio de causalidad demostraba la existencia de un primer motor inmóvil, aunque atri­buyendo al movimiento, al tiempo y por lo tanto al mundo, una existencia necesaria­mente eterna.

Santo Tomás, en cuanto a este último punto, relacionado con el pro­blema de la creación, establecía que se tra­taba de dos cuestiones distintas: la de la creación y la de la creación «ab aeterno» o «in tempore»; todo lo que no era Dios había de ser creado, y creado libremente por Dios; necesidad, pues, de la creación en cuanto a dependencia total de toda cosa que even­tualmente existe además de Dios; pero nin­guna necesidad para Dios de crear; y ade­más ninguna necesidad por parte de Dios de una creación «ab aeterno», y ninguna imposibilidad de creación «in tempore»; sólo por la revelación se sabe que efec­tivamente, el mundo ha tenido un comien­zo. Santo Tomás comentó también los cua­tro libros De cáelo et mundo (v. Del cie­lo) donde están expuestas las doctrinas cosmológicas de Aristóteles acerca del uni­verso, su perfección, finitud, unidad, origen, mutabilidad; en cuanto a los cielos y a su eternidad e incorruptibilidad, al número de las esferas celestes, y de las estrellas, a su forma y movimiento; acerca de la inmovili­dad de la tierra, forma y lugar que ocu­pa en el universo; respecto a los cuerpos terrestres y a su distinción en simples y com­puestos, y a su movimiento natural de gra­vedad. Santo Tomás adopta generalmente doctrinas aristotélicas, pero haciendo obser­var que no se trata de verdades absolutas y definitivas, sino de opiniones sujetas a cambios y perfeccionamientos según obser­vaciones ulteriores. Comentó también los dos libros De la generación y corrupción (v.), en los cuales Aristóteles disputa con Demócrito y Empédocles y demuestra las posi­bilidades de las mutaciones substanciales ya en el mundo inorgánico ya en el mundo de la vida; y los cuatro libros en torno a los Meteoros, donde trata de la Vía Láctea, de los cometas, de la lluvia, de las fuentes, de los ríos, de los mares, de los vientos, de los terremotos, de los huracanes, de los ra­yos, del arco iris, de las minas, de la licue­facción, de la combustión y de la congela­ción.

De las obras psicológicas, Santo Tomás comentó los tres libros Del alma (v.), en los cuales Aristóteles, polemizando con Demócrito y Platón, trata de la naturaleza del alma humana y después de sus varias fa­cultades, exponiendo la doctrina del inte­lecto agente, que fue interpretada de manera tan diversa por sus comentadores, especial­mente árabes, Avicena y Averroes, hasta in­ducir a muchos a creer que Aristóteles era negador de la espiritualidad y de la inmor­talidad del alma, opinión refutada por la interpretación tomista. También son de ca­rácter psicológico los comentarios al libro De sensu et sensato, donde Aristóteles trata de los cinco sentidos externos, y al De memo­ria et reminiscentia, donde trata de esta fa­cultad del alma. El más importante de todos los comentarios tomistas es, sin embargo, el referente a los primeros doce libros de la Metafísica (v.) aristotélica; en ellos el Esta- girita, después de haber referido y criticado las teorías de los que le habían precedido acerca de la naturaleza de las cosas y de los principios de la realidad, expone sus pro­pias doctrinas respecto a la substancia en ge­neral, a las causas, a los principios univer­sales del ente, al principio de contradicción y al criterio de la verdad; acerca de la dis­tinción de la sustancia; de los accidentes; y por tanto de las diez categorías del ser, en torno a la naturaleza de la materia y al origen de las formas, a los universales y a su correspondiente realidad; a las mutuas relaciones entre acto y potencia; y especial­mente acerca de las substancias espiritua­les, incorruptibles y eternas, entre las cuales sobresale, única y perfectísima, la sustancia divina, primera causa de todo lo que es y sucede en el Universo. En fin, Santo Tomás comenta también algunas obras morales de Aristóteles: la Ética a Nicómaco (v.), en la cual se trata del fin de la vida humana, de la felicidad y de la virtud, y en qué consis­ten verdaderamente una y otra; y luego de las varias virtudes: la fortaleza, la templan­za, la liberalidad, el pudor, la justicia, la prudencia, la continencia, la amistad, la be­nevolencia, el amor; y la Política, en la cual se trata del origen natural de la sociedad civil y, se hace crítica de las varias formas históricas de gobierno. Por la gran seme­janza de hábitos mentales que tuvo Santo Tomás con Aristóteles, se puede afirmar que se ha aproximado más que otro cualquier comentador al pensamiento genuino del Estagirita.

C. Giacon

Coloquios Espirituales, San Francisco de Sales

[Entretiens spirituels]. Obra de San Francisco de Sales (1567-1622), obispo de Ginebra, que revela plenamente su fervor apostólico en estas conversaciones con los fieles de su diócesis. Sabe que la ley del Evangelio es difícil, sabe que es necesario hacer sentir en el hom­bre el deseo y la necesidad de seguirla a toda costa, y se dirige al corazón de los que le escuchan. Quiere ser el verdadero pastor entre sus ovejas y vierte la caridad y la suavidad de su corazón en las exhortaciones, en las palabras, que aunque velen, no dis­minuyen jamás la gravedad de sus argumen­tos. El santo no olvida las tentaciones a que está expuesto el corazón humano, insiste en la eficacia del ejemplo, en la íntima dicha que se logra después de haber vencido el mal en uno mismo. En estas conversaciones San Francisco descuida los argumentos teológicos y trata de convencer y persuadir a los espíritus a base de razones morales; pa­rece como si se pusiera en favor de los pe­cadores a los que infunde la confianza en la misericordia divina, sin cuya ayuda el justo también pecaría gravemente.

C. Cordié