Fantasía épica y en general | Crítica de Libros - Part 3
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Ruta de gloria, de ROBERT A. HEINLEIN

ruta deHeinlein fue el decano de los escritores de ciencia ficción nor­teamericanos, distinguido particularmente por su descripción realista, por no decir dura, de los desarrollos tecnológicos en un futuro cercano. Sin embargo, como ya hemos visto al co­mentar La desagradable profesión de Jonathan Hoag [21], también sentía inclinación por lo fantástico. En su vejez, escribió una se­rie de novelas que son más de literatura fantástica que de cien­cia ficción, un ejemplo reciente de las cuales es Job: A Comedy of Justice (1984), influida por James Branch–Cabell. La primera y quizá la más popular de sus obras fantásticas de su período tar­dío fue Ruta de gloria (Glory Road), un intento de elaborar una obra de aventuras afable, alegre y de estilo desconocido para los años sesenta, un juego escapista que evoca un mundo «donde no hay contaminación, ni problemas de trán-sito, ni explosión demográfica … ni guerra fría, ni bombas H, ni publicidad televisiva, ni conferencias en la cumbre, ni ayuda extranjera, ni impuestos ocultos, ni impuesto de la renta».

El personaje principal, E. C. Scar Gordon, un soldado nor­teamericano rudo y superficial, es herido cuando está de ser-vi­cio como «asesor militar» en el sudeste asiático. Todavía con poco más de veinte años, decide abandonar el ejército y obte­ner un título de alguna universidad europea para establecerse y llevar una buena vida cuando vuelva a su hogar. Mientras pasea por una playa nudista del sur de Francia, conoce a una bella (y musculosa) chica rubia que lo sorprende diciéndole: «Eres muy hermoso». Queda tan desconcertado por la observación que se olvida de preguntarle su nombre y su teléfono. Obsesionado por la joven y deprimido por la situación del mundo (como su creador, tiene sólidas ideas «libertarias» de derecha), Gordon decide que una segura carrera de clase media no es, después de todo, adecuada para él:

 

No quería volver a la escuela … Maldito lo que me importa ya tener garajes para tres coches y piscinas para nadar ni ningún otro símbolo de status o «seguridad». No hay ninguna seguri­dad en este mundo y sólo los redomados imbéciles y los rato­nes piensan que podría haberla.

En alguna parte de la jungla me había despojado de toda ambición de este género. Había sido herido demasiadas veces y había perdido todo interés por los supermercados y las sub­divisiones de las zonas residenciales, y esta noche era la cena de la Asociación de Padres y Maestros, no lo olvides, querido, tú prometiste…

Yo quería un huevo de Roe … Quería las lunas arroja-dizas de Barsoom. Quería Storisende y Poictesme, y a Holmes sacu­diéndome para despertarme y decirme: «El juego ha empeza­do». … Quería al Preste Juan, y Excalibur extraída por un brazo blanco–luna de un lago silencioso …

 

(Para ser un joven deportista de comienzos de los años sesenta, ha leído una sorprendente cantidad de obras de ficción ro­mántica de antaño.) Incapaz de hallar de nuevo a su «Helena de Troya» desnuda, responde al anuncio de un periódico que pide un hombre competente con todas sus armas e indomable­mente valeroso, y resulta que el anuncio es de su bella y tenta­dora rubia. Al parecer, necesita un paladín. «Será una gran aventura … y un tesoro mayor aún.» El atontado joven Gordon salta ante la oportunidad que se le presenta, y pronto se en­cuentra trasladado, mediante un «pentáculo de poder», a otro mundo, un mundo de héroes, heroínas y monstruos. Lo que sigue es una historia de espada y hechicería sumamente diver­tida, llena de chistes, afectados apotegmas, farsas, suaves estí­mulos sexuales, referencias a la literatura popular y una emo­cionante acción (aunque rebuscada). La narración es más im­portante que la trama, el modo de relatar la trama más importante que la trama misma. La voz de Heinlein puede ser demasiado intrusiva para algunos lectores; sin embargo, para el gran público sensible al intenso encanto de este libro, muestra al autor cerca de la cima de su buena forma.

Grimus, de SALMAN RUSHDIE

 

Grimus(book)El desconocido Salman Rushdie (nacido en 1947, en la India) presentó esta novela para aspirar a un premio Gollancz de cien­cia ficción en 1974. No ganó porque se la consideró como una obra puramente fantástica más que de ciencia ficción; pero los editores barruntaron que habían hecho un notable descubri­miento y gustosamente publicaron el libro un año más tarde. En ese entonces fue en gran medida ignorado, aunque Ursula Le Guin lo describió como «hermoso, divertido e interminable­mente sorprendente». Seis años más tarde Rushdie ganó el principal premio literario de Gran Bretaña, el premio Booker de ficción, por su segunda novela, Hijos de la medianoche (1981), y fue considerado un escritor importante. Grimus tiene esca­sa semejanza con las obras posteriores del autor, pero sigue siendo un interesante relato fantástico por derecho propio: es divertido, filosófico, excéntrico, lírico, juvenil y siempre muy imaginativo. Recuerda un poco El doctor Hoffman y las infernales máquinas del deseo [52], con un pequeño agregado del ingenioso espíritu bromista de Kurt Vonnegut.

El personaje principal es un indio piel roja que adopta el nombre de Águila Aleteante. Lleva una inocente existencia, se­guro en su amor incestuoso por su hermana mayor Perro–Pája­ro, hasta el día en que ésta conoce a un mago viajero llamado señor Sispy. Este hombre otorga vida eterna al hermano y la hermana, pero también rapta a Perro–Pájaro en plena noche. El ignorante y mal preparado Águila Aleteante se ve obligado a salir al ancho mundo en búsqueda del señor Sispy y la errante Perro–Pájaro. Se convierte en un gigolo y pasan muchos años antes de que muera su querida legándole su dinero. Águila Aleteante, tan joven y apuesto como siempre, parte en un yate alquilado:

 

Era el leopardo que cambia sus manchas, la tormenta que vol­vía. Era las arenas movedizas y la marea menguante. Era capri­choso como el cielo, circular como las estaciones y anónimo como el vidrio. Era un camaleón, un niño sustituido por otro, todas las cosas para todos los hombres y nada para ninguno. Se había convertido en sus enemigos y se había comido a sus ami­gos. Era todos ellos y ninguno de ellos.

Era el águila, príncipe de las aves; y era también el albatros. Ella se aferró a su cuello y murió, y el marino se convirtió en el albatros.

No teniendo otra opción, sobrevivió, conduciendo su em­barcación de una costa desconocida a otra, trabajando por la comida, llenando las horas vacías de los días vacíos de los años vacíos. Satisfecho sin estar contento, o teniendo logros sin meta, éstas eran las paradojas que lo devoraron.

 

Más tarde, cayó a través de un «agujero del Mediterráneo en otro mar, no totalmente Mediterráneo», que pertenece a una dimensión diferente del espacio y el tiempo, y allí llega a la Isla del Becerro. Aquí, en la ciudad de la cima de la montaña de K, habita Grimus, un misterioso maestro de ceremonias, y allí ter­mina el drama de la búsqueda por Águila Aleteante de su her­mana, de sí mismo y del sentido de la realidad. Es ayudado en su largo ascenso por la ladera de la montaña por el señor Virgil Jones, un profesor de instituto a quien le gustan los retruécanos y citas latinas. También conoce las diversas trampas e ilusiones metafísicas que esperan a todos los trepadores. Conocen a mu­chos personajes nuevos, incluso entidades interdimensionales y a muchos de los que vuelven, antes de que las diversas partes de la fragmentada personalidad de Águila Aleteante se unan en una culminación adecuadamente apocalíptica. La novela de Rushdie es muy ambigua y también a veces irritante, escrita a la manera de un cuento fantástico tradicional pero, evidente­mente, producto de una inteligencia moderna, irónica y cos­mopolita.

Gloriana, de MICHAEL MOORCOCK

gloriana«Aunque no es una “fantasía isabelina” ni una novela histórica, esta obra tiene cierta relación con La reina de las hadas», declara Michael Moorcock en una nota del autor. Más obvia aún es la deuda que esta sorprendente novela tiene con Mervyn Peake, particularmente en su descripción inicial del colosal palacio de la reina Gloriana (recuerdos de Gormenghast):

 

El palacio es tan grande como una ciudad de considerable ta­maño, pues a lo largo de siglos sus dependencias, sus pabello­nes, sus casas para huéspedes, las mansiones de sus señores y señoras de servicio han sido unidos por caminos cubiertos, y esos caminos cubiertos a su vez techados, de modo que en al­gunos lugares encontramos pasillos dentro de pasillos, como conductos en un túnel, casas dentro de habitaciones, habita­ciones dentro de castillos, castillos dentro de cavernas artificia­les, y todo techado con tejas de oro, platino y plata, mármol y madreperla, de tal manera que el palacio brilla con mil colores a la luz del sol, resplandece constantemente a la luz de la luna, sus muros parecen ondular; sus techos, elevarse y caer como una marea encantadora; sus torres y minaretes, alzarse como los mástiles y los cascos de barcos que se hunden.

 

El hogar laberíntico de Gloriana, que le fue legado por su pa­dre demente, el rey Hern, es el marco de la mayor parte del re­lato. Sus muros ocultan incontables secretos. Mendigos y locos espían los ricos y poderosos aposentos; hay serrallos y mazmo­rras ocultos, habitaciones dedicadas a todo vicio imaginable, vi­sibles solamente para los mirones de las paredes, semejantes a ratas. Esta antigua estructura es como un cerebro bien provisto pero deteriorado; es la esencia de todos los palacios, todos los castillos y la creación más extravagante de toda la obra.

El lugar es Londres, capital del reino de Albion y ciudad principal de un enorme imperio de ultramar (que incluye una América del Norte llamada, lógicamente, «Virginia»). Las costumbres y las técnicas de la sociedad son isabelinas, pero ésta no es una novela de historia alternativa en el sentido estric­to: no hay ningún punto fijo en el que la historia de Albion diverja de la nuestra. Como Gormenghast o Malacia, el Londres de Gloria-na está fuera del tiempo, un mundo de ensueño que se asemeja al ideal (y a la pesadilla) de algunos soñadores del siglo xvI. El reinado que inaugura la reina es recibido como una edad de oro, con la alta y bella Gloriana como modelo de vir­tud: pero hay un lado obscuro de las cosas que es reconocido francamente, un anverso tenebroso a todo el esplendor y la poesía. El poder de Albion lo mantienen agentes inescrupu­losos, el principal de los cuales es el renegado capitán Quire, cuya traición desencadena gran parte de la acción del relato. Y la misma Gloriana, aunque al principio ignorante de todas esas maquinaciones políticas, es atormentada por una temible necesidad sexual simbólica. Pasa noches febriles, acosada por deseos que no pueden ser saciados: a fin de cuentas, ella es la «reina insatisfecha». Para que encuentre satisfacción y para que surja una verdadera edad de oro, es necesario que se alcance al­gún tipo de equilibrio: un compromiso inteligente entre el idealismo y el cinismo.

Gloriana es una novela extensa: de abundante inventiva, di­vertida, apasionante, a veces desagradable, y siempre rica en alusiones. No sólo contiene referencias a Spenser, Peake y la historia inglesa, sino también a toda la vasta obra de Michael Moorcock, desde Sexton Blake y Elric de Melniboné [30] hasta Una Persson y los Bailarines del Fin del Tiempo. Aunque tuvo un brillante éxito por sí misma, también es una obra híbrida que sirve como clave de una mitología personal: un resumen de las cincuenta y tantas novelas que su autor ya había escrito y una limpieza de las mesas de trabajo en preparación de otros im­portantes libros futuros.

 

Las crónicas de Thomas Covenant, el incrédulo (STEPHEN R. DONALDSON)

covenantEste enorme esfuerzo, la primera obra publicada por su joven autor norteamericano, apareció en tres volúmenes titulados La ruina del Amo Execrable, La guerra de Illearth y El poder que preserva (seguidos por tres volúmenes más en Segundas crónicas, pero no me referiré a ellos aquí). No hay ninguna duda de que pertene­ce a la escuela de J. R. R. Tolkien. De todas las trilogías de fanta­sía épica que han aparecido en los treinta y tantos años transcu­rridos desde El Señor de los Anillos, la de Donaldson ha sido la de mayor éxito comercial, y muchos lectores sostendrán también que es la mejor. Mi impresión es que se trata de una obra inne­gablemente impresionante, aunque desigual. Donaldson nos brinda una subcreación entera: el mundo del País, donde el héroe (mágicamente desplazado desde nuestra Tierra) se em­barca en una intensa búsqueda para derrotar a los poderes corruptos del mal personificados por el Infame Señor Despec­tivo. Aunque el País tiene una semejanza más que superficial con la Tierra Media, el mismo Thomas Co-venant es un perso­naje mucho más moderno que cualquiera de los de Tolkien: es descrito como un personaje solitario cargado de angustia, que no tiene confianza en sí mismo y sufre la terri-ble enfermedad de la lepra. En los tres volúmenes, nunca está seguro de si su experiencia del País es o no una especie de ilusión terminal, el sueño de una mente enferma en un cuerpo achacoso.

A medida que Thomas Covenant atraviesa el País, co-miendo sus plantas medicinales, se percata de que su cuerpo está mejo­rando: la insensibilidad le desaparece de los dedos de las manos y los pies, a la par que la lepra disminuye. Sin embargo, al final de cada volumen es sumergido de nuevo en el mundo «real», para volver a encontrarse una vez más con que es un leproso. Puede crecer en estatura moral cuando aprende a asumir las responsabilidades de un héroe salvador del mundo, pero no puede haber ninguna cura final para su dolencia física. Más o menos un año después de la publicación de la trilogía, se le preguntó a Donaldson por el mensaje de su enorme (y muy seria) obra de ficción. Respondió: «Me contentaré con decir que mi concepción del “mal” está muy arraigada en el mundo real. Creo que el desprecio por la vida –que se manifiesta diversa-mente como cinismo, lástima de sí mismo, odio a sí mis­mo, prejuicios raciales o sexuales, apatía, suicidio ambiental, inmoralidad política, fariseísmo (y la lista sigue interminable­mente)– es el mal dominante de nuestra civilización» (SF Review, marzo de 1979). En un prolongado y penoso proceso de aprendizaje, Thomas Covenant decide al fin luchar contra ese mal.

Pero lamento decir que no soy un adepto de Donaldson. Es un escritor sin humor, portentoso, elefantiásico, y sus metáforas a menudo son risibles («Ella levantó su cabeza, mostrando a Covenant y Foamfollower el paisaje crujiente detrás de sus ojos»). Su prosa es demasiado fatigosamente extensa, demasia­do desmañadamente imitadora del latín, demasiado depen­diente de un puro efecto de exageración que me recuerda a H. P. Lovecraft. Es extraño que una obra tan difícil de leer haya llegado a ser tan popular. Nacido en 1947, Stephen R. Donald­son es hijo de un médico norteamericano que fue director de un leprosario en la India. Al hacer de su personaje principal un leproso, el autor no sólo crea una poderosa metáfora para la alienación de su héroe, sino que también se da a sí mismo la oportunidad de apelar a la experiencia real, el dolor real, de los que presumiblemente tenía algún conocimiento. Pero Do­naldson era aún un hombre joven e impresionable cuando es­cribió esta larga novela (tenía treinta años cuando apareció, pero la terminó varios años antes). En mi opinión sigue siendo un ejercicio de género, con algunas adiciones interesantes y ca­prichosas. A diferencia de El Señor de los Anillos de Tolkien, que describí antes como la obra de toda una vida, Las crónicas de Thomas Covenant, el Incrédulo (The Chronicles of Thomas Covenant, the Unbeliever) da la sensación de ser una inmerecida obra épica.

 

El país de las risas, de JONATHAN CARROLL

paisdeEsta agradable historia de fantasía y misterio de un escritor norteamericano (nacido en 1945) ha sido descrita por Stanislaw Lem, el distinguido novelista polaco, como «un gran tour de force». Ciertamente, es un libro original y curioso, con un fuerte y peculiar condimento. La narración trata de los extraños suce­sos que ocurren cuando Thomas Abbey y su novia Saxony Gardner visitan la pequeña ciudad de Galen, en Missouri, con el propósito de hacer una biografía de un autor de libros para niños. El gran Marshall France, ya difunto, entre cuyas novelas para jóvenes lectores se cuentan títulos tan antojadizos como El pesar del perro verde, La alberca de las estrellas y El país de las ri­sas, llevaba una vida muy recluida en Galen, donde murió a la edad de 44 años (algunos años antes del comienzo de esta his­toria) . Thomas y Saxony son grandes admiradores de la obra de Marshall France; han estado obsesionados toda su vida por su mágica prosa, sus animales que hablan y sus personajes excén­tricos pero encantadoramente humanos. Sin embargo, poco se sabe del escritor, y Thomas, que es desdichado en su trabajo como maestro de escuela, decide tomarse un año de vacaciones para escribir una biografía, con ayuda de Saxony.

Ninguno de ellos se ha dedicado a escribir como afición –Thomas es un entusiasta coleccionista de viejas máscaras, y Saxony hace marionetas talladas a mano–, pero confían en que su amor por las creaciones de Marshall France hará que puedan llevar a cabo la tarea que se han impuesto. Al llegar a la ciudad del Medio Oeste, conocen a la hija de France, Anna, una bella mujer de treinta y tantos años. El editor de France los ha llevado a creer que Anna será difícil de abordar y obstructiva (un ante­rior posible biógrafo de su padre tuvo una recepción muy gla­cial) , pero, por el contrario, descubren con agrado que Anna y el resto de la gente de la ciudad son todos muy cooperativos. Pron­to encuentran un alojamiento confortable, y Anna los invita a cenar: En el increíble salón de France, hice mi primer inventario sor­prendido: un Pinocho de madera de olivo tallado a mano, con brazos y piernas móviles, un maniquí de un metro ochenta de alto, de unos grandes almacenes de los años veinte, pintado de color plateado y que parecía Jean Harlow con el pelo reco­gido en la cabeza, y un tapete navajo. Títeres y marionetas. ¡Máscaras! (La mayoría de ellas japonesas, sudamericanas y africanas, a primera vista). Plumas de pavo real colocadas en un cántaro de barro. Grabados japoneses (Hokusai y Hiroshige). Una estantería llena de viejos relojes de alarma con ros­tros pintados, barcos de metal y juguetes de estaño. Viejos li­bros encuadernados en cuero.

Nos quedamos un rato en el umbral, boquiabiertos. Allí había escrito los libros, y ésta era su sala de estar, y todo tenía pleno sentido.

 

Las imágenes de juguetes, marionetas, maniquíes y máscaras también tenían sentido en el contexto de la novela, pues em­pieza a salir a la luz algo curiosamente irreal –algo artificiosa­mente ideado y quizás hasta siniestro– en la ciudad de Galen y sus habitantes.

Numerosos pequeños detalles contribuyen a crear una cre­ciente atmósfera de desasosiego, aunque nada manifiesta-mente fantástico ocurre hasta llegar a los dos tercios de la novela. Lue­go Thomas sueña que oye hablar a un perro: tiene una voz agu­da, casi humana, como un animal imaginario de uno de los li­bros de Marshall France. A partir de ese momento Thomas tiene la terrible convicción de que él y Saxony se han extraviado de algún modo en un mundo creado por el autor que ellos pre­fieren sobre todos los demás. Pero sería un error reve-lar aquí más extensamente el desarrollo de la historia. El país de las risas (The Land of Laughs) es un relato espeluznante que depende de sus sorpresas.

Compañía de Sueños Ilimitada, de J. G. BALLARD

BALLAR~1Esta novela del gran maestro de la ciencia ficción británica mo­derna fue una sorpresa. A diferencia de sus obras anteriores, ésta es ciento por ciento una obra de literatura fantástica, un relato de transformaciones mágicas, de misticismo y de vuelo. Situada en el presente, en la ciudad natal de Ballard, Shepper­ton, Middlesex, es una magnífica rapsodia sobre las absurdas ambiciones del Yo, y (según palabras de Anthony Burgess, cita­das en la solapa de la primera edición) «tan básica como un sueño de toda la raza humana».

El narrador, un inadaptado de 25 años llamado Blake, es-tre­lla su avión robado contra el río Támesis. Aparentemente mue­re, y renace como «una deidad menor». Acuciado por extra-ños poderes, se siente incapaz de abandonar la ribereña ciudad de Shepperton y empieza a rehacer la vida de sus habitantes. Hay cierta sugerencia de que todo esto es una fantasía derivada del cerebro agonizante del aviador ilícito (compárese con Pin-cher el náufrago de William Golding [17]), pero Ballard no da ninguna explicación «racional». La situación le permite dar rienda suel­ta a sus enormes facultades inventivas.

Blake rehace la soñolienta y aburrida Shepperton como una ciudad de la jungla, llena de coloridas plantas, pájaros y anima­les. En algunos de los pasajes más logrados, el protago-nista en­tra en la conciencia de diversos seres, y aprende a volar como un cóndor, a nadar como un delfín y a correr como un venado:

 

Surcaba majestuoso el aire frío. Veía mis alas enormes, la orla acanalada de plumas de un blanco helado. Sentía los músculos poderosos en mi pecho. Rasgaba el aire con las garras de una gran ave rapaz. Me envolvía un plumaje áspero, de olor acre, que no era el olor de un mamífero. Hileras de esporas mal­olientes manchaban el aire nocturno. No era un ave graciosa, sino un cóndor de energía violenta. En mi cloaca había incrustaciones de excremento y semen. Estaba dispuesto a copular con el viento.

Más tarde, Blake enseña a la gente de la ciudad a volar, absor­biéndolos en su propio cuerpo y luego expeliéndolos nueva­mente. Después aprende a tener cierta humildad y se entrega totalmente a los habitantes del pueblo. Pero hay un continuo trasfondo obscuro: el amor y el odio se fusionan y se hacen in­distinguibles, entregarse a sí mismo se convierte en el supremo egoísmo. Es una novela llena de las imágenes, los prodigios y las amenazas de Ballard. Es también caprichosa, paradójica y des­concertante. No es el menor de sus atractivos la corriente sub­terránea de humor negro, ejemplificado por la idea central de un Dioniso suburbano, un dios agonizante para los barrios re­sidenciales contemporáneos. Compañía de Sueños Ilimitada (The Unlimited Dream Company) también puede ser leída como una «autobiografía secreta», una fábula sobre la relación del artista con sus insípidos vecinos burgueses.

James Graham Ballard (nacido en 1930) ha trascendido el campo de la ciencia ficción, donde empezó su carrera como colaborador de New Worlds y otras revistas. Ahora es conside-ra­do como un importante novelista imaginativo, que ha impor­tado con éxito una rama del surrealismo a la novelística inglesa. Sus obras siempre son sorprendentemente claras y explícitas, tan bien iluminadas, tan inconfundibles y tan obsesionantes como las pinturas de Salvador Dalí. Compañía de Sueños Ilimi-ta­da es una de sus mejores novelas.

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