El diablo y Daniel Webster, Stephen Vincent Benét

Novela corta aparecida, en principio, en el «Saturday Evening Post» y publicada poco después formando parte del volumen titu­lado Thirteen o’clock stories of several worlds (1937).

Por entonces, el autor ya era célebre en el dominio de la poesía gracias al Cuerpo de John Brown (v.), poema na­rrativo sobre la guerra civil que, en 1929, le había valido el premio Pulitzer. Junto con este poema, El diablo y Daniel Webs­ter es la obra más conocida de Stephen Vincent Benét; en ella tropezaremos con esa evocación de temas y personajes típica­mente americanos que serviría para popula­rizar sus obras en verso y prosa.

Por otra parte, una de las tendencias de la literatura americana de este período era el retorno al «regionalismo». La acción se sitúa en el New Hampshire, durante el siglo XIX. El labrador Jabez Stone, ansioso de conocer la prosperidad, ha vendido su alma al dia­blo y, después, al acercarse el día del ven­cimiento, llama al abogado Daniel Webster para que tome su defensa. Ante un tribunal de justicia infernal compuesto por persona­jes conocidos de comienzos de la historia de los Estados Unidos, Webster acaba por triunfar sobre el diablo.

Esta novelita co­noció un gran éxito, sirviendo más tarde para argumento de una película y para que el propio Benét sacara de ella el libreto de una ópera en un acto cuya música corrió a cargo de Douglas Moore y que se estre­nó en Nueva York el año 1939. La fantasía y el humor, el color local en los caracteres e incluso en el lenguaje de los personajes, todo esto mezclado con la evocación de re­cuerdos históricos, harían de esta obra una leyenda clásica del folklore americano, lo que también ocurrió con Rip van Winkle.

El diablo mundo, original de José de Espronceda

Poema español, fantástico-filosófico interrumpido en el sép­timo canto, (1808-1842) y escrito en 1840. El poeta ro­mántico español, puso en el largo fragmen­to todos sus ideales, todas sus virtudes y todos sus defectos de hombre y de artista, su intuición y su cultura. Su visión dolorosa e irónica del mundo, encuentra apoyo en el tradicional naturalismo literario espa­ñol y en el «humour» byroniano; para las actitudes externas se inspiró a la vez en el Fausto (v.) de Goethe y en El ingenuo (v.) de Voltaire, hecho extraño, pero no pri­vado de significado, en cuanto demuestra que el poeta español, encontrando demasia­do abstrusa la metafísica del poeta germá­nico, sintió la necesidad de recurrir al apo­yo de la clara concreción latina.

Después de una especie de «preludio en el cielo» que invita a seguir las vías diferentes del espí­ritu y de la materia, Espronceda presenta al protagonista, Fabio (v.), un viejo que ha pasado la vida de desilusión en desilusión. En tanto que resume patéticamente su exis­tencia, en las tinieblas de la estancia se alza, como fantasma encantador, la Muerte, que con un himno, que es el más famoso de los fragmentos líricos del poema, le lisonjea y le invita. Fabio muere y otra deidad, la Vida, le resucita, prometiéndole la inmortalidad. En ese punto se extingue el motivo que podríamos llamar goethiano del poema, dejando su lugar al motivo volteriano. Fabio, renacido, se halla en análogas condiciones que el Hurón-Hércules (v.) de El ingenuo, con la diferencia de que mientras este último puede confrontar las nuevas sensaciones de un hombre civilizado con sus experien­cias anteriores de hombre salvaje, Fabio, re­sucitado por Espronceda, ha olvidado por completo su existencia anterior, lo que jus­tifica plenamente su nuevo nombre de Adán, en cuanto que semejante a un recién na­cido, paradójicamente desarrollado, debe aprender paso a paso la vida.

Cuando corre desnudo por las calles de Madrid, le de­tiene la policía y le encierra en la cárcel, donde encuentra un extraño preceptor en el tío Lucas, un viejo ladrón filósofo. La bella hija del ladrón, la Salada (v.) que frecuen­ta la sucia penumbra de las celdas, se ena­mora de Fabio-Adán y es tal su pasión, que para liberarlo recurre al mismo sacrificio que en El ingenuo realiza Mademoiselle Saint- Yves para sacar a Hércules de la Basti­lla. Los dos enamorados viven durante algún tiempo una irregular luna de miel, pero los colores y destellos de la vida que se le va revelando, llenan el corazón de Adán de un doloroso bullir de deseos. El amor ciego, devoto, apasionado, de la Salada no le bas­ta de ningún modo: una vez que ha perci­bido el sentido de la desigualdad social, se siente atraído por la riqueza, y obedeciendo a la sugestión de un grupo de ladrones, va con ellos una noche para robar a una dama.

De viril, sólo hay en Adán el ansia de ri­quezas: en cuanto a lo demás, es como un niño que se aviene a tomar parte en un juego agradable. La vista de la mujer ador­mecida y de las maravillas del arte y de la mecánica de que está llena la mansión se­ñorial, producen en Adán un efecto casi hipnótico. Las bellezas entrevistas le des­arman, colocándole frente a frente de sus propios cómplices. Fallido por eso el gol­pe, Adán vaga por las calles de Madrid y al mismo tiempo descubre la alegría inso­lente de los golfos y el dolor ante el gran interrogante de la muerte: llorando con una pobre madre que ha perdido a su hija jovencita, descubre tras la sombra de la muerte la luz de Dios, al que ruega con la esperanza que la muchacha muerta pueda restituirse viva a la madre, y en esta ple­garia el poema queda interrumpido.

El lar­go fragmento, a menos que no se quiera considerar, haciendo caso omiso de su tra­ma de relato, como un libre desahogo del prepotente yo del poeta, adolece de falta de unidad y de estructura; las continuas di­vagaciones constituyen una solución de con­tinuidad harto marcada entre una escena y otra, y el humorismo con que suele tratarlas, no cuadra al tejido lírico del poema. El defecto principal de la obra reside, ade­más, en que su trama caprichosa e inspira­da no se apoya en una ideología coherente: incapaz de penetrar en el mundo mágico de Goethe, Espronceda se revela, en definitiva, incapaz también de acercarse en el mundo teóricamente racionalista de Voltaire, así es que el poema resulta un desbordamiento de oratoria fastuosa, pero vacía, aunque reco­rrida a veces por relámpagos de verdadera poesía. El segundo canto del Diablo mundo rompe intencionalmente la economía del trabajo: constituye el llamado Canto a Te­resa, apasionada conmemoración de la mu­jer que fue el grande y doloroso amor de su vida. El Canto a Teresa, angustia y so­llozo contenido hechos poesía, es ciertamen­te el poema lírico en que Espronceda dio lo mejor de sí mismo.

A.R. Ferrarin

El diablo enamorado, Jacques Cazotte

Cuento fantástico publicado por primera vez en 1772, que pasa como una de las obras más sabrosas y originales de la literatura francesa del siglo XVIII. La historia se pre­senta bajo la forma de confesión del joven noble español, don Alvaro de Maravillas. Hallándose a los veinticinco años capitán de la guardia del rey en Nápoles, entre com­pañeros atrevidos y alocados como él, don Alvaro siente curiosidad por las historias de encantamiento y magia. Uno de sus compañeros, flamenco, un tal Soberano, le ofrece una experiencia excepcional, siempre que tenga suficiente valor y sangre fría.

Así es como Alvaro se deja inducir, pre­vias las oportunas operaciones en un viejo y ruinoso templo pagano de Pórtici, a invo­car a Belcebú. El Diablo (v.) se presenta primero con un aspecto hórrido, con una monstruosa cabeza de camello, pero adquie­re formas cada vez más amables (un pe­rrito español, un joven paje), y termina por hacerse compañero inseparable del im­prudente joven, bajo la forma de una deliciosa adolescente, Biondinetta. Alvaro se ve precisado a huir de Nápoles, acusado de nigromancia y de herejía; en Venecia se entrega al juego y la vida fácil, y vence todas las dificultades con pavorosa facili­dad, gracias a los consejos de Biondinetta. Ella se esfuerza claramente por seducirle: Alvaro no tiene fuerza para arrojarla lejos de sí, pero se le resiste.

Biondinetta, en­tonces, le explica que ella es una sílfide y que si la redime el amor de un hombre podrá escapar a su suerte infeliz, adqui­riendo también ella plena humanidad. El joven, enternecido, cree en la fábula que ella le cuenta, pero encuentra en su recta conciencia, en la sólida educación y en la memoria viva de su madre lejana, la fuer­za para huir casi inconscientemente del en­gaño: llevará a España a Biondinetta, la presentará a sus padres, y hará de ella su esposa. En vano trata Biondinetta de oponerse al viaje, que se va aplazando por los acontecimientos más extraordinarios; en va­no trata de hacer caer al joven en el peca­do más grave, que pondría para siempre en sus manos el alma de Alvaro; tras ma­quinar una serie de prodigios, a poca dis­tancia, ya, del castillo de Alvaro, la bellísi­ma joven desaparece misteriosamente.

Alva­ro cuenta la extraordinaria aventura a su madre, y el docto sacerdote don Quiebra- cuernos, a quien ésta interpela, afirma so­lemnemente que el aventurado joven ha vi­vido durante casi un año al lado del Demo­nio, y que por puro milagro ha resistido a los infernales engaños del Maligno. La pere­grina obrita puede relacionarse con la vasta corriente de literatura mágica y demoníaca, bastante tenaz y viva durante el siglo XVIII racionalista, que fue precisamente el siglo de Mesmer y de Cagliostro. Pero su pro­funda originalidad reside en la gracia am­bigua de un arte límpidamente realista, que se adhiere a la materia fabulosa con des­concertante facilidad, con ligeras gotas de elegantísima ironía, gracia que, al ánimo del lector más despreocupado, lleva la pre­cisa sospecha de una misteriosa profundi­dad, bajo la transparente vena del cuento, que corre con brío tan seductor página tras página. [Trad. (española de Manuel P. del Río Cossa (Madrid, 1953)].

M. Bonfantini

Trilogía de las barcas, G. Vicente

Ciclo dramático compuesto por tres autos: La barca del infier­no, La barca del purgatorio y La barca de la gloria. Los dos primeros están en portugués, el tercero en castellano

Escenario común de los tres autos es la orilla de un río donde dos barcas, una guiada por un demonio, la otra por un ángel, aguardan a las almas de los difuntos.

En La barca del infierno llegan a la orilla un hidalgo sober­bio, un usurero, un fraile disoluto, una alcahueta, un za­patero tramposo, un judío, un juez; un pobre bobo y cua­tro caballeros que han muerto en Africa en defensa de la fe: todos subirán a la barca del diablo a excepción del bobo y de los caballeros que, recogidos por el ángel, encontrarán la salvación.

En La barca del purgatorio aparecen en escena un labriego, una vendedora am­bulante, un pastor y una pastorcilla, un niño y un juga­dor ocioso: los cuatro primeros serán acogidos en el Pur­gatorio, el inocente niño irá al Paraíso y el jugador al In­fierno.

En la Barca de la gloria, por último comparecen los poderosos de la tierra: un emperador, un rey, un du­que, un conde, un obispo, un cardenal y un papa. A cada uno de ellos el diablo le echa en cara sus culpas, pero al final todos se salvan gracias a la intercesión de Cristo.

Las Traquinias, Sófocles

En la ciudad de Traquis, el heraldo Licas anuncia a Deyanira, mujer de Heracles, el retorno del marido de su última campaña guerrera. Entre las pri­sioneras de guerra destaca la bella Yole, la nueva amada de Heracles. Tras conocer la traición de su marido, la des­pechada Deyanira envía a Heracles una túnica impregna­da de la sangre del centauro Neso, que ella cree que po­see virtudes de filtro amoroso, y que contrariamente, es un veneno mortal.

Cuando se entera de que su esposo se ha envenenado, y que, medio loco por los sufrimien­tos, ha matado a Licas, Deyanira se quita la vida a su vez. Próximo a su fin, Heracles ordena a su reluctan­te hijo que lo ponga sobre una pira en el monte Eta, y que tome por esposa a Yole. El coro está formado por las Traquinias, las muchachas de Traquis con las que De­yanira se confiesa.