Encantamiento, Giovanni Prati

[Incantesimo]. Poe­sía que forma parte de la última colección de poesías del autor, titulada Isis (v.).

Una maga ha tocado la cabeza del poeta con una rama de verbena. Esta maga es Azzarellina (v.), que ha venido de lejos, de la India, a con­tar horóscopos al poeta y que, para corres­ponder a su amor, le ha prometido acompañarle en su último viaje hacia los lejanos y misteriosos reinos de la muerte.

El idilio del poeta con el «hada blanca como una rama nevada» ha florecido cálido y sereno y he aquí que tocado por la mágica varita, y transformado en ser minúsculo, para que pueda «nadar sobre diáfanas / alas de escarabajos, por el aura vaga», el poeta imagina vivir una nueva vida en una na­turaleza mágicamente animada, lejos de las ilusiones y las tristezas del mundo de los hombres, consolado por la sabiduría conce­dida a quien ya vive «prisionero en el círculo» mágico del hada: «Escucha Azza­rellina: / la ciencia es dolor, / la espe­ranza es ruina / la gloria es rosácea nube / la belleza es divina sombra de una flor…».

Pero al poeta le parece casi haber escapado al destino, y al sentimiento de su propia caducidad. Es una fantasía delicada y al mismo tiempo vivaz, suspendida de un in­visible e inmaterial hilo simbólico entre la realidad y el sueño, entre lo real y lo ideal. Azzarellina no es ni puro personaje ni puro símbolo, sino una presencia consoladora, a pesar del simbolismo de que en Isis parece haberla sobrecargado el poeta: el misterio revelado, el círculo mágico en que lo ideal y lo real, vida y naturaleza se funden. Pero aquí, con significado más profundamente lírico, es la consolación de la poesía por la conquistada sabiduría.

D. Mattalìa

El Emperador de Portugal, Selma Lagerlof

[Kejsaren av Portugallien]. Novela de la es­critora sueca publicada en 1914. Es una historia en la cual el elemento campesino se une con el fantástico.

El pobre Jan Skrolycka oye un día a su hija Klara Güila, su única ale­gría, cantar de contento porque dejará la pobre casa paterna para ir a servir a la ciu­dad. Y cuando, más tarde, un malvado vie­ne a contarle que la joven se ha entre­gado en la ciudad a la mala vida, Jan se vuelve loco. Pero su locura no le hace infeliz; para su fantasía trastornada Klara se ha convertido en la emperatriz de Por­tugal, que pronto se presentará «con la corona en la cabeza, y siete reyes le sosten­drán el manto, siete leones yacerán man­sos a sus pies y setenta coroneles la prece­derán con espadas desenvainadas» y como el padre de una emperatriz debe ser empe­rador, el pobre Jan va a la iglesia vestido de emperador, y es feliz porque se siente poderoso.

Algunas escenas como aquellas en que se describe el encuentro entre Jan y el rey de Suecia Oscar II, en la cual el «emperador» se esfuerza por no humillar al rey, su inferior en jerarquía, muestran deliciosa agudeza. [Trad. italiana de Ada Terziani con el título de L’Imperatore di Portugallia (Milán, 1946)].

A. Almfelt

El Elíxir del Diablo, Ernst Theodor Amadeus Hoffmann

 [Die Elixiere des Teufels]. Cuento del escritor alemán, aparecido en 1816. Fray Medardo so­bre quien pesan como una maldición los pecados no expiados de sus antecesores, sometiéndose a la desgraciada excitación de un elixir misterioso guardado entre las reliquias de su convento, se ve envuelto en el torbellino de las embriagueces de la vida terrenal. Enviado a Roma por el prior, con una embajada, después que los vapores del elíxir diabólico le han hecho perder todo sentido del límite en su exaltada embria­guez de sí mismo, Medardo se ve envuelto en una serie de sucesivas, misteriosas y cada vez más intensas y complicadas aven­turas.

Encendido por una pasión profana hacia una joven, Aurelia, en quien reco­noce a la «Urbild» de santa Rosalía en el retablo del altar del convento de Heiligen- linde, donde tantas veces oró en su infan­cia, y, al mismo tiempo, por la voluptuosi­dad de un amor adúltero en brazos de la madrastra de ella, Eufemia, se ve arras­trado a un doble delito en la persona de la misma Eufemia y del hermano de Aure­lia, Hermogen, que se atraviesa en su ca­mino. Abandonado el solitario castillo en el Jura francés, Medardo encuentra refugio en una gran ciudad, donde convive y es asistido por un extraño barbero italiano, Pedro Belcampo, que misteriosamente co­noce su pasado y que consigue salvarle, aun cuando un anciano pintor, que ya una vez en la iglesia del convento, durante un sermón, se le había aparecido, observándole con fría e inexplorable mirada de juez, ahora abiertamente le acusa por complici­dad en el homicidio.

En la tranquila casa de un guardabosque, en el corazón de la selva, parece encontrar al fin una existencia pacífica; pero es allí precisamente donde empieza su más dramática aventura, pues allí se encuentra a sí mismo: un monje que se le parece totalmente, llega de su mismo convento y también está cargado con sus mismos delitos y remordimientos; durante la noche, su sosia irrumpe inesperadamente en su habitación, le arrebata el último re­siduo de elixir, que Medardo llevaba consi­go, y da tales muestras de locura que ha de ser transportado, atado de pies y manos, al manicomio de la próxima ciudad, resi­dencia del príncipe Alejandro. También Me­dardo se dirige al día siguiente a la ciudad; en poco tiempo encuentra manera de hacerse presentar a la corte y conseguir el favor del príncipe; todo parece sonreírle cuando encuentra en la corte a Aurelia, quien inesperadamente reconoce en su son­risa satánica al asesino de su madrastra y de su hermano.

Medardo es detenido; y en la cárcel, de repente, por la noche, se abre el pavimento bajo sus pies y aparece, en una luz espectral, «de la cintura para arri­ba», el monje loco, su sosia. Entonces sur­ge el problema de cual de los dos es el verdadero culpable: Medardo o su sosia. Pero éste asume todas las culpas. Medardo, reintegrado en su honor y en el favor de la corte, está a punto de alcanzar el colmo de sus deseos: Aurelia consiente en ser su esposa, pero durante la ceremonia nupcial, su sosia es llevado al patíbulo. Medardo, viendo aquello, fuera de sí, grita que es él el verdadero culpable y huye, perseguido por su sosia, al bosque próximo. Cuando vuelve en sí, Medardo se encuentra en una casa de salud, en Italia, adonde le ha lle­vado el barbero Belcampo, otra vez su sal­vador; curado, se dirige en peregrinación a Roma y por fin vuelve a su patria y a su convento, precisamente cuando Aurelia, en el próximo convento de Heiligenlinde, está a punto de tomar el velo. La pasión brota de nuevo, pero ahora Medardo es el más fuerte. Ha vencido, y en la expiación, que salva su alma y la de sus mayores, encuen­tra una paz que ni siquiera la trágica muerte de Aurelia consigue turbar.

El largo cuen­to, en torno al cual Hoffmann trabajó du­rante dos años, es una de las obras de mayor alcance del poeta. Todos los grandes motivos hoffmannianos, desde el sentimien­to de la angustia de vivir hasta la román­tica poesía de la voluptuosidad, desde los «aspectos nocturnos de la vida» — argu­mento de un conocido libro de Schubert que Hoffmann apreciaba mucho — hasta el desdoblamiento de la personalidad, desde el desarrollo a modo de contrapunto de las relaciones entre realidad y fantasía hasta la tendencia a lo «grotesco», ya dramático ya humorístico, aparecen en la narración condensados, comprimidos, llevados a menudo a tonalidades exasperadas. Pero precisa­mente por esto el cuento — a pesar de que cautiva — desorienta.

Desde el idilio del principio a la movida aventura de la prime­ra parte o a la dramática excitación y alu­cinada visión de algunas escenas de la se­gunda parte, no faltan los momentos de auténtica poesía intensa. Pero Hoffmann quiso «introducir en la obra demasiadas cosas»; demasiados significados simbólicos, problemas religiosos, morales, estéticos: to­do el fruto de sus fantasías y meditaciones, todo el arsenal romántico y realista de su poesía; y todo ello no consiguió siempre fundirse, clarificarse: la misma figura de Medardo vive sólo episódicamente; pero no tiene, en el conjunto de la narración, un sólido contorno. Sin embargo el cuento, aun con todo lo que tiene de turbio, de confuso y de forzado, perdura como una de las obras más singulares de Hoffmann y abre muchos portillos al mundo de su poe­sía y al inquieto mundo espiritual de su personalidad extraordinaria. ITrad. de D. A. M. en Obras completas. Cuentos fantás­ticos (Barcelona, 1847) y de Carmen Ga­llardo de Mesa en Cuentos (Madrid, 1922- 24)].

B. del Re

El Elixir de Larga Vida, Honoré de Balzac

[L´elixir de longue vie]. Curioso cuento publicado en 1830. Bartolomé Belvidéro, riquísimo nonagena­rio, está acabando su vida mientras su hijo Juan, en el mismo palacio, se divierte con amigos y cortesanas. El viejo hace llamar a su hijo, y le enseña un pequeño frasco que durante mucho tiempo ha guardado es­condido; siente que se aproxima su fin, y le pide que, apenas haya exhalado el último suspiro, le eche por la espalda todo el lí­quido que contenga, después de lo cual, resucitará.

La muerte llega, pero don Juan se guarda el frasco maravilloso; después, lleno de curiosidad, quiere hacer la prue­ba, y humedece con el líquido un ojo del cadáver; al instante el ojo revive y mira a don Juan con expresión de reproche, de condena y de odio. Don Juan sólo se tran­quiliza cuando sabe que su padre está en­terrado para siempre en la tumba. Se vuel­ve avaro y cínico, su vida es una continua burla a los hombres y a las cosas. A los sesenta años se establece en España y se casa con una andaluza. Cuando siente que pierde las fuerzas, llama a su único hijo, Felipe, y, fingiéndose gran pecador, le con­fía el milagroso frasco; le dice que contie­ne agua bendita y que, apenas esté muerto, la derrame por todo su cuerpo, con el fin de purificarlo.

Pero tal es el espanto del joven al ver el prodigioso renacimiento de los miembros humedecidos del cadáver, que deja caer el frasco y que se derrame el líquido, quedando así incompleta la obra de’ resurrección de su padre. Se habla de milagro y don Juan es venerado como san­to en los altares, desde donde vomita obsce­nidades y burlas sacrílegas que los fieles, crédulos, consideran como quintaesencia de divinidad. Si la concepción es más extrava­gante que original, el autor ha empleado un estilo a veces algo vulgar, pero brioso y libre, como las aventuras del escéptico y burlón don Juan.

M. Bonfantini

La Elegíada, Luis Pereira Brandáo

[A Elegiada]. Poema épi­co de dieciocho cantos en octava rima publicado en Lisboa en 1588. Tiene por argu­mento la expedición marroquí del rey Se­bastián I, que cierra trágicamente la epopeya heroica de Portugal. Para llevar la cruz de Cristo entre los infieles de Marruecos, el místico y caballeresco rey Sebastián, a pesar de los consejos adversos, arma una gran flota y, a la cabeza de un ejército formado por la flor de la aristocracia lusitana, zarpa de Lisboa y se dirige hacia Argel.

Apenas desembarcados, la discordia se introduce en­tre las filas del ejército cristiano cuyos je­fes maquinan hacer prisionero a don Se­bastián que consigue, a pesar de esto, hacerse obedecer por el ejército. Pero los moros aprovechan la demora en atacar de los cristianos, les sitian en los campos de Alcazarquivir y les derrotan a pesar del deses­perado valor de don Sebastián, que desapa­rece durante la batalla como en una leyen­da. Pereira Brandáo, que tomó parte en la batalla y durante muchos años fue cau­tivo de los moros, estuvo más atento, al es­cribir el poema, a la glorificación y enco­mio del Rey que a los valores poéticos.

La figura de don Sebastián está dibujada muy superficialmente, sobre un fondo de fe in­genua y de soñador heroísmo. La «sauda­de», es decir, la melancolía elegiaca por la declinada grandeza de la patria, resulta un dato intencionado del autor y no consigue dar una perspectiva lírica a la evocación, que se mantiene constantemente en el plano narrativo y de crónica. El verso es monó­tono y discursivo.

C. Capasso