Espíritus Malos

[Utukké limnüti]. Es el título acadio de una gran recopila­ción babilónica y asiría de conjuros, escrita en parte en sumerio, dirigidos contra los numerosos demonios que continuamen­te rodean a los hombres y tratan no sólo de molestarles, sino incluso de matarles, especialmente cuando están encargados por los dioses de infligir a los pecadores las penas que han merecido y a las cuales este o aquel dios les han condenado a consecuencia de sus pecados. La serie Es­píritus malos aclara muchos aspectos de la demonología mesopotámica.

Consta de con­juros y aduce no sólo las palabras que el perseguido ha de decir para ahuyentar a los demonios, sino las acciones que se deben realizar para alejarlos del enfermo. Los numerosos fragmentos de este libro han sido hallados en la biblioteca del rey Asurbanipal de Asiria en Nínive y represen­tan la redacción neo asiria de la obra. El texto ha sido publicado por Thompson en The devils and evil spirits of Babylonia, I-II (Londres, 1903-1904).

G. Furlana

El Espíritu, Giovan Maria Cecchi

[Lo spirito]. Comedia en cinco actos publicada en 1585. En vista del éxi­to obtenido por Los hechizos (v.), cuyo argumento se basaba en un hechizo, el autor decidió escribir otra comedia donde tuvieran un gran papel magias y brujerías.

Napoleón, un joven florentino, se ha ca­sado secretamente con una muchacha, Emi­lia, esclava liberta de Neri, tío del joven. Después de la boda, Napoleón debe salir para un largo viaje a Constantinopla donde enferma tan gravemente de peste que llega a Florencia la noticia de su muerte. Mien­tras, Neri había pensado en casar a Emilia con Aldobrando, un esclavo de don An­selmo. Sin embargo Emilia se lo cuenta todo a su nuevo marido y, como éste está enamorado de otra muchacha, ella puede seguir fiel a Napoleón que, mientras, re­gresa a Florencia. Napoleón llega a un acuerdo con Aldobrando y consigue vivir maritalmente con su mujer, aunque no se atreve todavía a revelar la verdad a su tío.

Pero el tío Anselmo empieza a sospe­char algo y encierra a Emilia en su casa. Napoleón entonces, con la ayuda del griego Aristón, el pseudo brujo, encuentra una es­tratagema:^ Emilia simulará estar poseída de los espíritus malignos; Anselmo consul­tará a Aristón, que enviará en una caja, a la habitación de la muchacha, lo necesario para echar al diablo. Por supuesto en la caja estará Napoleón que de este modo vuelve a reunirse con su amada. La idea gusta y se sirven de ella también Aldo­brando para penetrar en casa de su amada y el mismo Anselmo para lograr la her­mana de Neri. Pero la caja en que está Aldobrando va a parar a la aduana, y la de Anselmo a la casa del maestro Antonio, padre de la amada de Aldobrando. Todo el mundo, furioso, quiere arrojarse enci­ma del pobre Aristón, culpable de haber suscitado semejante escándalo; pero él con­sigue convencerlos a todos de que aquélla era la única manera para aclarar las cosas y arreglar el enredado asunto.

En efecto, gracias también a los inevitables reconoci­mientos finales, las tres parejas de amantes reciben el consentimiento a su matrimo­nio. Entre las comedias de Cecchi, ésta tiene comicidad y gracia en abundancia y, com9 siempre, la vivacidad del diálogo y la frescura del léxico popular florentino, com­pensan su escasa fuerza dramática. Tam­bién hay aquel sentido de lo tragicómico, propio de Cecchi, que encontrará en El búho (v.) su más neta expresión: motivo éste que no nace tanto del argumento y de los personajes como de algunas parti­culares situaciones en que lo verosímil y lo absurdo se funden en una misma suges­tión fantástica.

E. Allodoli

A propósito [he callado] las muchas co­medias y representaciones sagradas de Cec­chi, con el que en Florencia — como más tarde, en Nápoles, con Giambattista della Porta—, la comedia del Renacimiento se mecaniza, pierde la vena inventiva, a pe­sar de que guarde ciertos méritos secunda­rios y a veces se muestre mejor estructurada que las obras de la primera época. (B. Croce)

La Esfera y la Cruz, Gilbert Keith Chesterton

[The Ball and the Cross]. Novela publicada en 1909, una de las más significativas para la com­prensión del arte y del pensamiento del autor. Aquí la aventura, todavía más fan­tástica e irreal que en los demás relatos, insinúa apenas con una alegoría la lucha abierta entre las dos tendencias opuestas del fanatismo místico y del materialista.

El título deriva de una conversación entre el profesor Lucifer y el monje Miguel, mientras, a bordo de una aeronave, dan vueltas sobre Londres en tomo a la cruz plantada sobre la enorme esfera que es la cúpula de San Pablo y sobre la cual, en un momento de cólera, el profesor acaba arrojando al monje. Entre tanto, en la ciu­dad, Evan McJan, apenas llegado a la ciudad de su nativa Escocia, con un baga­je intelectual de violenta intransigencia católica, lee por casualidad en una página de periódico expuesta en la puerta de la redacción del «Ateo», un insulto contra su fe; rompe el cristal, maltrata al director James Turnbull y lo desafía.

Turnbull acepta el desafío con gran entusiasmo: es la primera vez que un artículo suyo es to­mado en serio; pero las leyes inglesas pro­híben el desafío y ambos, para realizar su lance caballeresco, inician una serie de tentativas siempre interrumpidas por la in­tervención de la policía y por fugas aven­turadas, mezcladas con interminables dis­cusiones que surgen de las situaciones más extrañas, y a consecuencia de encuentros con tipos rarísimos que personifican las diversas tendencias del pensamiento.

Las discusiones van haciéndose cada vez más suaves y amistosas; en el curso de muchas aventuras, Evan encuentra a la mujer in­telectual y escéptica, pero sincera y se­dienta de verdad, a la cual comunicará su certidumbre, y James encuentra a la mujer arraigada con sencillez a la fe absoluta, que lo elevará hasta sí. Al fin ambos an­tagonistas se encuentran unidos en una amistad perfecta, pues han alcanzado, por encima de todo fanatismo, la paz de la certidumbre. La lucha entre los contrarios halla así una superación y una conciliación en el amor fraterno; el ideal triunfará siempre sobre lo material porque incluso la actitud más escéptica y desesperada, cuando se defiende con fervor, oculta en sí un idealismo místico que el amor puede revelar fácilmente. Así el monje Miguel triunfa del doctor Lucifer, y la cruz se eleva victoriosa sobre la esfera. [Traduc­ción «Austral» Buenos Aires, 1940].

F. Ballini

Si en Shaw de una premisa grave, algu­nas veces presuntuosa, se va a parar a menudo al absurdo moral y formal, para no volverse a levantar, en Chesterton del exterior humorista y burlón, se procede hacia persuasiones cada vez más comuni­cativas y coherentes. Por un camino ilu­minado con linternas venecianas, y un tu­multo de máscaras vociferantes, conduce a sus lectores hacia el santuario; semejan­te al peregrino Abraham de Cavalca, que se vistió de ricos trajes para entrar en el antro de perdición y convertir a su so­brina. (E. Cecchi).

Escolios a la Tebaida, Papinio Estacio

[Scholia in Thebaida]. De la Tebaida (v.), rica en narraciones mitológicas, se hicieron, desde su aparición, comentarios que no solamente encontramos en los ma­nuscritos de este autor en forma de notas, sino que a menudo se nos presentan solos, quizás porque, usados como repertorio mi­tológico, el poema que había servido de pretexto exegético, podía pasar así, dado su mediocre valor poético, a segunda lí­nea.

La misma naturaleza de los Escolios permite las más amplias posibilidades de interpolación, de manera que no es fácil el empleo de argumentos internos para es­tablecer la edad del comentario cuando precisamente tales elementos cronológicos pueden resultar añadiduras posteriores. También la paternidad es dudosa; el co­mentarista, que se llama Celio Firmiano Lactancio Plácido, fue también identifica­do con el padre de la Iglesia homónimo. Equivocadamente, puesto que nuestro co­mentarista es un pagano, convencido de los mitos que explica, y no un cristiano practicante.

De todo lo cual se desprende que, aunque la forma en que nos han lle­gado los Escolios a la Tebaida procede del siglo VI, con todo, el núcleo esencial, se­parado de las interpolaciones, está muy cercano a la época de Estacio, posiblemen­te a aquel mismo siglo II d. de C. en el que tanto interés se despertó por la mito­logía, hasta el punto de rehacer para uso de los escolares las Fábulas (v.) de Higino.

F. Della Corte

Erec y Enide, Chrétien de Troyes

[Erec ed Enide). Poema francés compuesto de cerca de 7.000 octosílabos en rima pareada, escrito hacia 1160. Erec, hijo del rey Lac, uno de los caballeros de la Tabla Redonda, conquista, en lucha con Yder, otro caballero, a una muchacha pobre pero más rubia y bella que Isolda (v.), Eni­de, la lleva a la corte del rey Artús (v.) y se casa con ella.

Por el amor de Enide, olvida sus deberes de caballero, lo que atrae las burlas y vituperios de todos. Una noche oye a Enide que creyéndole dormi­do se lamenta de su inactividad; Erec en­tonces, a pesar de los ruegos del rey, su padre, y los de la arrepentida Enide, parte con ella, ordenándole que le siga como paje: vea lo que vea, ella debe siempre ca­llar, a no ser que él la interrogue expresa­mente. En el largo camino, encuentra a bandidos, caballeros, gigantes, a los que Erec vence y mata; cada vez que un peli­gro amenaza al marido, Enide infringe la orden y le salva la vida soportando después amargos reproches; algunos atentan tam­bién contra su fidelidad, pero ella no trai­ciona a Erec* Después de estas pruebas, vuelven a la corte de Artús, donde son festejados, y, habiendo muerto su padre, Erec es coronado en Nantes.

El poeta des­cribe luego la riqueza de las fiestas, la ceremonia de la coronación y el banquete final. El poema saca de nuevo a luz, más que el valor sin tacha de Erec, el amor sin tacha de Enide. Ella ha dudado por un ins­tante del valor de su marido, y por eso él duda de ella y quiere ponerla a prueba: este amor queda patente al fin con toda su grandeza. Así, Chrétien de Troyes consi­gue representar el perfecto amor: el con­yugal, hecho de la devoción total de la mujer, siempre pronta a sacrificarse por el marido, y de la protección ilimitada del hombre, que en este sentimiento halla la fuente de su valor caballeresco. En esta concepción, es natural que se suponga so­bre todo la sensibilidad descriptiva y re­presentativa. En texto galés, el Gereint (v. Mabinogion), narra la misma historia del mismo modo. Hacia 1200, la narración fue reelaborada en alemán (Erec) por Hartmann von Aue (muerto hacia 1220), per­diendo buena parte de su colorido y de su agilidad, pero cobrando mayor profundidad de sentimiento y un fin moral. Finalmente la misma historia aparece en la Erexaga, prosa noruega del siglo XIII.

C. Cremonesi