Reina Mab, Percy Bysshe Shelley

 [Queen Mab]. Poema breve del inglés Percy Bysshe Shelley (1792-1822), impreso en edición privada en 1813; edicio­nes incompletas en 1839; completa en las Obras poéticas (1904).

El poeta imagina que Mab (v.), reina de las hadas, toma, en su carro mágico, el alma de Ianthe y la lleva al Palacio de los Encantos, donde, en pre­mio a su virtud terrenal, podrá observar el pasado, el presente y el futuro del mun­do. Desde allí ve la caducidad de las glorias humanas, los errores cometidos por la humanidad en el pasado, el triste estado en que, a causa de sus errores, se encuen­tra en el presente y por fin escucha la pro­fecía de un futuro más feliz para el mundo, cuando la vida del hombre esté inspirada únicamente en la llama del amor.

Por boca de la reina de las hadas, Shelley ataca a los reyes, tiranos, sacerdotes y ricos; se lanza ásperamente contra la religión cris­tiana y todas las instituciones de la socie­dad que le parecen obstaculizar la evolu­ción del hombre hacia la gradual elimina­ción del mal en la que coloca toda espe­ranza de un porvenir más feliz. Escrita a la edad de dieciocho años, Reina Mab que­da como una composición juvenil que, aun revelando, pese a muchas crudezas, el don poético y el fervor imaginativo de su au­tor, tiene una vitalidad poética más bien débil. El joven poeta está exclusivamente preocupado en expresar sus ideas y las ma­nifiesta con agresividad y aspereza que, aunque propias de un alma naturalmente apasionada, están acentuadas por intempe­rancias juveniles de celo y entusiasmo.

Al desarrollarse, el pensamiento de Shelley se separó con el tiempo de las posiciones de este poema, pero ya en él se expresa el acto de fe en el destino humano que se encontró siempre en la base de las ideas del poeta, es decir, la convicción de que, guiados por el amor, la caridad y un ma­yor sentido de la justicia, los hombres po­drían transformar su vida eliminando el mal. El autor nunca tuvo la intención de publicar este poema, del que, crítico severo y sensible, comprendía antes que nadie los errores; sólo hizo imprimir, en 1813, algu­nos ejemplares que distribuyó entre amigos. Más tarde extrajo de esta obrita algunos pasajes que refundió, transformándolos li­geramente, y fueron publicados en 1816 con el título El demonio del mundo [The Daemon of the World].

S. Rosati

Poesía inverosímilmente triturada en los planos constructivos. (E. Cecchi)

La Reina de Saba, Karl Goldmark

[Die Kónigin von Saba]. ópera en cuatro actos de Karl Goldmark (1830-1915), sobre libreto de S. H. Mosenthal, estrenada en Viena en 1875.

La acción se desarrolla durante la visita bíblica de la reina de Saba al rey Salomón. Assad, joven favorito del rey y prometido de Sulamid, hija del gran sacerdote, se ha ena­morado de la reina con sólo verla. Aunque el joven no demuestre afecto por su prome­tida, Salomón dispone que las bodas se ce­lebren. Pero la reina, celosa, después de acabar de fascinarle en un coloquio noc­turno, aparece en el templo en el momento en que está a punto de celebrarse la boda. Assad, casi loco, huye del altar maldiciendo a Dios y a la religión.

Las súplicas de Sulamid obtienen para él que la condena a muerte sea conmutada por el destierro. Mientras Assad vaga por el desierto, la Reina, que le ha seguido, se le presenta una vez más, pero él rechaza a la seductora. Después muere, abrazando a Sulamid, que se le ha reunido. La música es de valor artístico bastante desigual. Goldmark, aun siendo uno de los pocos músicos alemanes de aquella época que conservaron su inde­pendencia con respecto a Wagner, sufrió también cierta influencia de éste, sin aco­ger el espíritu de su reforma, pero imitan­do de ella algunos elementos, sobre todo los recitativos.

La entonación general de la ópera se resiente, en sus partes mejores, de la tradición musical alemana, con referen­cias a Schumann y a Brahms. La melodía es cálida y fluyente, muy vivo el color or­questal; no faltan moderados orientalismos. La ópera está considerada como la obra maestra de Goldmark.

M. Dona

La Reina de las Hadas Edmund Spenser

[The Faerie Queene]. Poema en estancias (octavas de endecasílabos con la adición de un no­veno verso de catorce sílabas, esquema ABABBCBCC, metro inventado por Spenser y adoptado más tarde por James Thomson, Keats, Shelley y Byron) de Edmund Spenser (15529-1599), cuyos tres primeros libros aparecieron en 1591: la obra tenía que constar de doce libros (cada uno di­vidido en doce cantos), pero el poeta sólo dejó seis y algún fragmento; los tres úl­timos libros fueron publicados en 1596.

Spenser se inspira en Ariosto (las fuentes de este autor fueron destacadas desde el Setecientos por Thomas Warton, 1728-1790) y Tasso (por ejemplo, el jardín encantado descrito en el canto 12 del libro II está sacado del canto 16 de la Jerusalén liber­tada, v.), pero todavía está más cerca, en espíritu, de los humanistas inventores de emblemas y empresas; tales son las inten­ciones alegóricas del poema. En la carta de introducción, dirigida a sir Walter Raleigh, el poeta dice que para hacer más intere­sante su obra la ha coloreado con una «ficción histórica», es decir, la historia del príncipe Arturo (Arthur) en la que se en­cuentran reunidas todas las virtudes que un gran hombre ha de poseer. La reina de las hadas representa a la Gloria en abstrac­to, y en particular a «la excelentísima y gloriosísima persona de nuestra soberana la Reina» (Isabel está también representada en el poema bajo los nombres de Belphoebe, Mercila y Gloriana).

La reina tiene la Corte reunida durante doce días, cada uno de los cuales ofrece a un caballero ocasión de distinguirse: cada caballero personifica una virtud- El primer libro, precedido de una dedicatoria a la reina Isabel, donde el poeta declara que ha cambiado la zampoña pastoril por la trompa, contiene las aven­turas del caballero de la Cruz Roja («The Red Cross Knight») modelado según San Jorge, que había de personificar a la San­tidad (la Iglesia anglicana). Va a la Corte de Gloriana y, al escuchar que un horrible dragón oprime la tierra gobernada por los padres de la virgen Una (la verdad o la verdadera religión), se dirige con ésta y con su fiel escudero a matar al monstruo.

En la Caverna de los Errores encuentran un dragón que a cada momento da a luz horrendos hijos (alegoría de las aberra­ciones). El caballero deslumbra al mons­truo con el escudo encantado y luego lo decapita: los hijos, al beber su sangre ve­nenosa, mueren. Después el caballero y Una encuentran a un anciano de aspecto venerable, semejante al ermitaño que la Angélica de Ariosto encuentra después de su fuga; es Archimago (la hipocresía), que tiene la lujuria de aquel ermitaño y el má­gico poder de Atlante; en este punto la trama adquiere una complejidad ariostesca. El caballero, huyendo de las tentaciones de Archimago, encuentra a Sanstoy, un caba­llero sarraceno, acompañado por la hermosa Duesa (la Iglesia católica), reencarnación de la Alcina de Ariosto; siguen diversas aventuras por bosques encantados y pala­cios alegóricos; Una libera al caballero caído en los lazos de Duesa, cuyo deforme aspecto es desenmascarado; el caballero es conducido junto a la señora Humildad (ro­deada de Fidelia y Esperanza) y asistido por Obediencia, Penitencia y Remordimien­to, así como por el santo ermitaño Con­templación. Purificado de ese modo el es­píritu, se enfrenta con el tremendo dragón contra quien había emprendido la expedi­ción y lo mata; después de algunas peripe­cias, el caballero se casa con Una.

Este rápido resumen del argumento del libro pri­mero bastará para dar una idea de la cons­trucción del poema. El libro segundo con­tiene las aventuras de sir Guyon, el caba­llero de la Templanza, sus combates con Pirocles (Pyrocles: el furor) y Cimocles (Chymocles), su visita a la caverna de Mammón y a la Casa de la Templanza y su destrucción de Acrasia (la Intemperancia) y de su Vergel de Delicias (Bower of Bliss); el canto décimo contiene una crónica de reyes británicos desde Bruto a Uther y des­de el Rey de los Elfos a Gloriana (Isabel); el cuarto, el episodio de Faón y Cristabella, imitado del de Ariodante y Ginebra del Orlando furioso (v.) (c. VII).

El libro ter­cero narra la leyenda de la Castidad, sim­bolizada por Britomarta (Britomart, la real doncella que se enamora de Arthegall cu­yas facciones ha visto en un espejo má­gico) y de Belfebo (Belphoebe). El libro cuarto narra la leyenda de Triamundo (Triamond) y Cambell. El primero es el caballe­ro de la Amistad y combate con el segundo para decidir cuál de los pretendientes de Canace ha de tenerla; la pugna queda in­decisa y ambos se juran eterna amistad; al fin, Triamundo se casa con Canace. En el mismo libro está la historia de Escudamor (Scudamour) y de Amorita (Amoret), quien, inmediatamente después de su boda con Escudamor es raptada por el encantador Busirán (Busirane) y encarcelada por él hasta que la liberta Britomarta.

El quinto libro contiene las aventuras de Arthegall, el caballero de la justicia, y diversas alusiones a acontecimientos históricos del rei­nado de Isabel, entre los cuales la derrota de los españoles en los Países Bajos, la ejecución de María Estuardo, etc. El sexto libro contiene las aventuras de sir Calidor (Calidore), que representa a la Cortesía. El fragmento se refiere a la alegoría de la Mutabilidad (Mutability), sexto y séptimo cantos de la leyenda de la Constancia, que había de formar el séptimo libro. La reina de las hadas está llena de magníficas des­cripciones y presentaciones alegóricas y tan­to por el género de poesía inconexa y va­gamente evocadora que surge de ella como por la musicalidad de las estancias que, con el alejandrino final, parecen imitar a las olas que rompen y acunan el oído con agra­dable monotonía, el poema de Spenser ha atraído siempre a los espíritus soñadores, co­mo James Thomson y John Keats, y ha sido el motivo de que el autor recibiese el título de «poeta de los poetas» («Poets’ poet»).

M. Praz

Spenser, Shakespeare y Milton agotan to­da la poesía notable y grande de los si­glos XVI y XVII. (F. Schlegel)

Los tres primeros libros de La Reina de las Hadas… lo elevan de golpe a una posición de supremacía incontestable, no sólo entre los poetas de su tiempo, sino entre todos los poetas ingleses. (Gosse)

Ariosto empieza [el Orlando furioso] co­mo un hombre que nos narra con gran ha­bilidad y claridad una serie de aconteci­mientos de los que tuvo noticia. Spenser, en cambio, como un hombre en trance o como un hombre que mira por una ven­tana y nos refiere lo que ve. Por muy pro­fundamente que podáis examinar a Spen­ser, nunca alcanzaréis una posición ni será posible encontrar en el mundo real un lu­gar donde colocar a las figuras que nos muestra… Spenser es el maestro de Milton en un sentido más profundo del que se ha supuesto. (C. S. Lewis)

La Reina de Oriente, Antonio Pucci

[La reina d’Oriente]. Poema caballeresco en cuatro cantos y en octavas del florentino Antonio Pucci (1309?-1388); es uno de sus más notables cantares (poemas recitados por el pueblo, de tono vivo y pintoresco, tanto en el carácter de los personajes como en las aventuras narradas). En una trama fan­tástica se funden elementos variadísimos de tradiciones populares, historietas alegres y chistes. El escritor sabe dar al conjunto un tono festivo y a menudo amable que hace limpio el relato incluso donde — como en el desenlace — no hubiera sido difícil caer en lo grosero e incluso en lo lúbrico.

La Reina de Oriente da a luz una niña, la educa como un varón y como a tal la viste. Unos años más tarde la muchacha se dirige a la corte del emperador; éste siente simpatía por ella y acaba haciéndola casar con su hija. Ahí se revela la gracia y el candor popular del artista. En la noche de bodas el fingido príncipe ha de revelar la verdad y pide perdón; la escena se hace viva, pero sin salir de tono: la es­posa se conmueve, siente piedad y promete mantener el secreto y tratar al fingido ma­rido como a una hermana. Pero una vieja descubre el engaño y lo declara al empe­rador; de ahí el pretexto para una escena de fábula oriental que añade sabor a la narración. Hace falta una prueba de la calumniosa afirmación de la vieja. La hija de la Reina se ve obligada a bañarse, con lo que quedará probada su condición. Pero un ángel la protege y la transforma en varón.

Todo acaba bien. Ciertas situaciones extremadamente escabrosas adquieren aquí un tono gracioso e infantil que encanta. Las mismas cualidades se encuentran en los demás poemas que con seguridad pueden atribuirse a Pucci: el Gismirante (v.) y Apolonio, rey de Tiro (v.).

C. Cordié

El Regreso de Don Quijote, Gilbert Keith Chesterton

[The Return of Don Quixote]. Novela ideológica del escritor inglés Gilbert Keith Chesterton (1874-1937), publicada en 1927.

En esta fan­tasía sobre la historia, asistimos a los es­fuerzos de un arqueólogo idealista e inge­nuo, a quien se le ha metido entre ceja y ceja resolver los modernos conflictos la­borales valiéndose de los métodos cristia­nos medievales. Este utopista es el biblio­tecario de la antigua abadía de Seawood, actualmente convertida en propiedad de un industrial de noble origen, apasionado por las luchas políticas. La hija de la casa ha escrito una obra teatral, cuya acción se des­arrolla en la Edad Media, y ruega al bi­bliotecario que desempeñe un pequeño pa­pel en el curso de una representación pri­vada. El erudito, que hasta entonces sólo se había interesado por los hititas, se apa­siona súbitamente por el Medievo y logra compenetrarse de modo tan completo con el ambiente de la obra, que se acaba por asignarle el principal papel.

Después de la representación, rechaza enérgicamente vol­ver a participar en la vida moderna, se hace rey de armas y, cuando estalla una huelga, dirigida por el jefe del sindicato, intenta solventar la querella con arreglo a las nor­mas cristianas del siglo XIII. Los proleta­rios organizados lo acogen, como es lógico, con risas y abucheos: y no obstante, su fallo, según el espíritu del cristianismo, está lejos de ser favorable al patrón. Ante aquel contratiempo, la hija de la casa se percata de haberse olvidado de un hecho decisivo: la abadía de Seawood, actualmente trans­formada en fábrica, es antes que nada una abadía y, consecuentemente, cuando hereda, hace donativo de la iglesia románica. El símbolo salta a la vista: Chesterton quiere mostrarnos que una institución medieval no puede quedar aislada de todo el con­texto social y metafísico de la época.

El retorno a una «nueva Edad Media», de que tanto se habló a raíz de la publicación de esta obra, debe ser un retorno, más que a estas o a aquellas instituciones, a un or­den general de la vida, a un estado espiri­tual, a una fe; es decir, según el autor, el retorno a la universalidad católica. Ches­terton, que domina los resortes del narra­dor, sabe también perfectamente sugerir la grandeza de los símbolos; y, tras el sombrío telón de fondo de una Inglaterra industria­lizada, hace surgir la pintura de la feliz Inglaterra, viva y fraternal, anterior a la Reforma. El regreso de Don Quijote, aun­que no sobresalga como una de las me­jores producciones de Chesterton, es, sin duda, típica y reveladora de su dialéctica cristiana. [Trad. castellana de César Falcón (Madrid, 1927)]