El Elíxir del Diablo, Ernst Theodor Amadeus Hoffmann

 [Die Elixiere des Teufels]. Cuento del escritor alemán, aparecido en 1816. Fray Medardo so­bre quien pesan como una maldición los pecados no expiados de sus antecesores, sometiéndose a la desgraciada excitación de un elixir misterioso guardado entre las reliquias de su convento, se ve envuelto en el torbellino de las embriagueces de la vida terrenal. Enviado a Roma por el prior, con una embajada, después que los vapores del elíxir diabólico le han hecho perder todo sentido del límite en su exaltada embria­guez de sí mismo, Medardo se ve envuelto en una serie de sucesivas, misteriosas y cada vez más intensas y complicadas aven­turas.

Encendido por una pasión profana hacia una joven, Aurelia, en quien reco­noce a la «Urbild» de santa Rosalía en el retablo del altar del convento de Heiligen- linde, donde tantas veces oró en su infan­cia, y, al mismo tiempo, por la voluptuosi­dad de un amor adúltero en brazos de la madrastra de ella, Eufemia, se ve arras­trado a un doble delito en la persona de la misma Eufemia y del hermano de Aure­lia, Hermogen, que se atraviesa en su ca­mino. Abandonado el solitario castillo en el Jura francés, Medardo encuentra refugio en una gran ciudad, donde convive y es asistido por un extraño barbero italiano, Pedro Belcampo, que misteriosamente co­noce su pasado y que consigue salvarle, aun cuando un anciano pintor, que ya una vez en la iglesia del convento, durante un sermón, se le había aparecido, observándole con fría e inexplorable mirada de juez, ahora abiertamente le acusa por complici­dad en el homicidio.

En la tranquila casa de un guardabosque, en el corazón de la selva, parece encontrar al fin una existencia pacífica; pero es allí precisamente donde empieza su más dramática aventura, pues allí se encuentra a sí mismo: un monje que se le parece totalmente, llega de su mismo convento y también está cargado con sus mismos delitos y remordimientos; durante la noche, su sosia irrumpe inesperadamente en su habitación, le arrebata el último re­siduo de elixir, que Medardo llevaba consi­go, y da tales muestras de locura que ha de ser transportado, atado de pies y manos, al manicomio de la próxima ciudad, resi­dencia del príncipe Alejandro. También Me­dardo se dirige al día siguiente a la ciudad; en poco tiempo encuentra manera de hacerse presentar a la corte y conseguir el favor del príncipe; todo parece sonreírle cuando encuentra en la corte a Aurelia, quien inesperadamente reconoce en su son­risa satánica al asesino de su madrastra y de su hermano.

Medardo es detenido; y en la cárcel, de repente, por la noche, se abre el pavimento bajo sus pies y aparece, en una luz espectral, «de la cintura para arri­ba», el monje loco, su sosia. Entonces sur­ge el problema de cual de los dos es el verdadero culpable: Medardo o su sosia. Pero éste asume todas las culpas. Medardo, reintegrado en su honor y en el favor de la corte, está a punto de alcanzar el colmo de sus deseos: Aurelia consiente en ser su esposa, pero durante la ceremonia nupcial, su sosia es llevado al patíbulo. Medardo, viendo aquello, fuera de sí, grita que es él el verdadero culpable y huye, perseguido por su sosia, al bosque próximo. Cuando vuelve en sí, Medardo se encuentra en una casa de salud, en Italia, adonde le ha lle­vado el barbero Belcampo, otra vez su sal­vador; curado, se dirige en peregrinación a Roma y por fin vuelve a su patria y a su convento, precisamente cuando Aurelia, en el próximo convento de Heiligenlinde, está a punto de tomar el velo. La pasión brota de nuevo, pero ahora Medardo es el más fuerte. Ha vencido, y en la expiación, que salva su alma y la de sus mayores, encuen­tra una paz que ni siquiera la trágica muerte de Aurelia consigue turbar.

El largo cuen­to, en torno al cual Hoffmann trabajó du­rante dos años, es una de las obras de mayor alcance del poeta. Todos los grandes motivos hoffmannianos, desde el sentimien­to de la angustia de vivir hasta la román­tica poesía de la voluptuosidad, desde los «aspectos nocturnos de la vida» — argu­mento de un conocido libro de Schubert que Hoffmann apreciaba mucho — hasta el desdoblamiento de la personalidad, desde el desarrollo a modo de contrapunto de las relaciones entre realidad y fantasía hasta la tendencia a lo «grotesco», ya dramático ya humorístico, aparecen en la narración condensados, comprimidos, llevados a menudo a tonalidades exasperadas. Pero precisa­mente por esto el cuento — a pesar de que cautiva — desorienta.

Desde el idilio del principio a la movida aventura de la prime­ra parte o a la dramática excitación y alu­cinada visión de algunas escenas de la se­gunda parte, no faltan los momentos de auténtica poesía intensa. Pero Hoffmann quiso «introducir en la obra demasiadas cosas»; demasiados significados simbólicos, problemas religiosos, morales, estéticos: to­do el fruto de sus fantasías y meditaciones, todo el arsenal romántico y realista de su poesía; y todo ello no consiguió siempre fundirse, clarificarse: la misma figura de Medardo vive sólo episódicamente; pero no tiene, en el conjunto de la narración, un sólido contorno. Sin embargo el cuento, aun con todo lo que tiene de turbio, de confuso y de forzado, perdura como una de las obras más singulares de Hoffmann y abre muchos portillos al mundo de su poe­sía y al inquieto mundo espiritual de su personalidad extraordinaria. ITrad. de D. A. M. en Obras completas. Cuentos fantás­ticos (Barcelona, 1847) y de Carmen Ga­llardo de Mesa en Cuentos (Madrid, 1922- 24)].

B. del Re

El Elixir de Larga Vida, Honoré de Balzac

[L´elixir de longue vie]. Curioso cuento publicado en 1830. Bartolomé Belvidéro, riquísimo nonagena­rio, está acabando su vida mientras su hijo Juan, en el mismo palacio, se divierte con amigos y cortesanas. El viejo hace llamar a su hijo, y le enseña un pequeño frasco que durante mucho tiempo ha guardado es­condido; siente que se aproxima su fin, y le pide que, apenas haya exhalado el último suspiro, le eche por la espalda todo el lí­quido que contenga, después de lo cual, resucitará.

La muerte llega, pero don Juan se guarda el frasco maravilloso; después, lleno de curiosidad, quiere hacer la prue­ba, y humedece con el líquido un ojo del cadáver; al instante el ojo revive y mira a don Juan con expresión de reproche, de condena y de odio. Don Juan sólo se tran­quiliza cuando sabe que su padre está en­terrado para siempre en la tumba. Se vuel­ve avaro y cínico, su vida es una continua burla a los hombres y a las cosas. A los sesenta años se establece en España y se casa con una andaluza. Cuando siente que pierde las fuerzas, llama a su único hijo, Felipe, y, fingiéndose gran pecador, le con­fía el milagroso frasco; le dice que contie­ne agua bendita y que, apenas esté muerto, la derrame por todo su cuerpo, con el fin de purificarlo.

Pero tal es el espanto del joven al ver el prodigioso renacimiento de los miembros humedecidos del cadáver, que deja caer el frasco y que se derrame el líquido, quedando así incompleta la obra de’ resurrección de su padre. Se habla de milagro y don Juan es venerado como san­to en los altares, desde donde vomita obsce­nidades y burlas sacrílegas que los fieles, crédulos, consideran como quintaesencia de divinidad. Si la concepción es más extrava­gante que original, el autor ha empleado un estilo a veces algo vulgar, pero brioso y libre, como las aventuras del escéptico y burlón don Juan.

M. Bonfantini

La Elegíada, Luis Pereira Brandáo

[A Elegiada]. Poema épi­co de dieciocho cantos en octava rima publicado en Lisboa en 1588. Tiene por argu­mento la expedición marroquí del rey Se­bastián I, que cierra trágicamente la epopeya heroica de Portugal. Para llevar la cruz de Cristo entre los infieles de Marruecos, el místico y caballeresco rey Sebastián, a pesar de los consejos adversos, arma una gran flota y, a la cabeza de un ejército formado por la flor de la aristocracia lusitana, zarpa de Lisboa y se dirige hacia Argel.

Apenas desembarcados, la discordia se introduce en­tre las filas del ejército cristiano cuyos je­fes maquinan hacer prisionero a don Se­bastián que consigue, a pesar de esto, hacerse obedecer por el ejército. Pero los moros aprovechan la demora en atacar de los cristianos, les sitian en los campos de Alcazarquivir y les derrotan a pesar del deses­perado valor de don Sebastián, que desapa­rece durante la batalla como en una leyen­da. Pereira Brandáo, que tomó parte en la batalla y durante muchos años fue cau­tivo de los moros, estuvo más atento, al es­cribir el poema, a la glorificación y enco­mio del Rey que a los valores poéticos.

La figura de don Sebastián está dibujada muy superficialmente, sobre un fondo de fe in­genua y de soñador heroísmo. La «sauda­de», es decir, la melancolía elegiaca por la declinada grandeza de la patria, resulta un dato intencionado del autor y no consigue dar una perspectiva lírica a la evocación, que se mantiene constantemente en el plano narrativo y de crónica. El verso es monó­tono y discursivo.

C. Capasso

Egeria, Pietro Metastasio

Fiesta teatral en un acto, con música de Adolf Hasse y estrenada en Viena en 1764, para la coronación de José II como rey de los romanos. La escena representa la fuen­te de la ninfa Egeria, su gruta y cascada de agua rodeada del bosque consagrado a la diosa, con un edificio en ruinas más allá del cual se advierte la campiña y, al hori­zonte, las colinas de Roma. Venus, Mercu­rio, Marte y Apolo (véanse) van a someter al arbitrio de Egeria, que aparece en la fuente sobre una diminuta isla, su des­acuerdo para escoger un rey que pueda hacer feliz a la tierra: Venus quiere un rey pacífico, Marte lo quiere guerrero.

La disputa se desarrolla con la exposición de las razones de los contendientes: Venus está contra los horrores de la guerra, Marte contra las molicies de la paz. También Apo­lo dice: «Yo cantor de .los héroes; de mi cítara, / ¿qué digno uso haré si un ocio pacífico / entumece todas las almas?…» [«lo cantor degli eroi, qual di mia cetra, / qual degno uso faro se in ozio imbelle / intorpidisce ogni alma?…»]. Marte ironiza, diciendo que Venus acabará ablandando a todo el pueblo germánico. Egeria decide: es fácil escoger un rey pacífico… que esté dispuesto a la guerra; ¿quién mejor que José? Con él el mundo será bienaventurado: «Lealmente unidas / con nudo tenaz / las artes de paz, / las artes de guerra / ten­drá la tierra / su perfecta, / su verdadera felicidad» [In fido unite / nodo tenace / l’arti di pace, / Parti di guerra / avrá la térra / la sua perfetta, / la sua verace fe­licita»]. La composición es una de las más débiles de Metastasio y sólo quiere ser un cumplido italogermánico para una fiesta de Corte. Pero no carece de gracia, y por la originalidad del tema y de la forma merece ser recordada, a mayor gloria de la graciosa y vaga figura de la ninfa Egeria, a quien la tradición tiene por inspiradora de sabiduría y virtud para los rectores de los pueblos.

M. Ferrigni

Edipo

El mito de Edipo (v.), matador de su padre y marido de su madre, es uno de los temas más profundos de la literatura griega y ha dado argumento a obras litera­rias y artísticas hasta nuestros días. La ver­sión más antigua del mito que se conoce parece haber figurado en el poema Edipodía atribuido al poeta Cineton, del siglo VIII a. de C., que recogió la le­yenda de Edipo del ciclo tebano y la trans­mitió a la tragedia antigua.

*      El primero que se inspiró en ella fue Esquilo (525-456 a. de C.) en su trilogía Layo, Edipo y Los siete contra Tebas, a la que seguía el drama satírico La Esfinge; de ella nos han quedado Los Siete contra Te­bas (v.) y fragmentos de los dos primeros dramas.

*      Siguió la tragedia Edipo Rey de Sófocles (496-406 a. de C.),que ya en tiempos de Aristóteles era considera­da como la obra maestra de este autor. La fecha de su composición es desconocida; argumentos interiores y exteriores al drama hacen suponer que éste debe colocarse en el centro de la actividad poética del gran trágico (c. 430 a. de C.). Sobre el mito de Edipo no nos ha quedado ningún drama anterior al de Sófocles; y nuestro conoci­miento de las fuentes es muy limitado. Esto simplifica considerablemente el problema crítico, pero al mismo tiempo lo agrava, por la facilidad con que semejante poesía puede llevar a juicios tanto más seductores cuanto más arbitrarios. Edipo, rey de Tebas en Beocia, está resuelto a extirpar la cau­sa de una peste que atormenta su ciudad.

El dios responde que la ciudad está conta­minada por haber quedado impune la muer­te de su viejo rey Layo: hay que buscar al culpable. Edipo sospecha de su cuñado Creonte (v.) y del profeta Tiresias (v.), el cual, interrogado, se niega a contestar; más aun, había imputado el delito al propio Edipo. A esta situación pone término Yo- casta (v.), antes mujer de Layo y, después de la muerte de éste, casada en segundas nupcias con Edipo. Yocasta invita a su ma­rido a no escuchar a ningún oráculo ni a ningún profeta: también el dios había di­cho a Layo que moriría a manos de su hijo, y en cambio el único hijo de Layo murió apenas nacido. El mismo Edipo había te­nido un oráculo, según el cual debía dar muerte a su padre y casarse con su madre; y precisamente entonces, llega la noticia de que Polibio, padre de Edipo, ha muerto en su tierra de Corinto.

Pero un anciano escla­vo de la casa de Layo, finalmente, descorre, entre dolorosas reticencias, todos los velos: Edipo es hijo de Layo, el cual lo dejó re­cién nacido, en la ladera del monte Cite- ron, para que muriera; allí lo recogió Po­libio, que lo adoptó como suyo. Edipo, al oír esto, se saca los ojos con los broches de su manto; Yocasta se estrangula, y Creonte es elegido rey. En el ánimo de Edipo hay todo cuanto se puede pensar de humano: la inteligencia y la autoridad; este mortal que ha descubierto el misterio de la Esfinge (tiempo atrás había librado a la ciudad del terror de este monstruo, resolviendo sus enigmas) y suele llamarse con retadora al­tivez «hijo de la fortuna», no puede ultrajar a los dioses ni burlarse de los vaticinios; hay en él el germen de un pecado origi­nal, por el cual su misma potencia y su mismo saber se convierten en locura y rui­na. Su figura, desde su primera aparición en medio del fausto y de la dignidad de sus vestiduras reales, es una sombra en la oscuridad.

Edipo, el astuto, el experto, no ve nada ni sabe nada; lo busca todo, y pre­gunta por doquier: ¿por qué acuden a él sus súbditos? ¿Por qué la peste? Se burla como de una mentira de aquello que nun­ca ha sabido, y es mentira lo que cree sa­ber. Incluso la verdad, cuando se abre cla­ramente a sus ojos, le parece tan absurda e incomprensible que se ciega, como si así le pudiera ser más fácil no verla. Se ha ha­blado mucho del Edipo Rey como de un drama de tesis: el destino que arrastra a los hombres, los dioses que castigan al pecador. No hay duda de que en el drama aparece claramente el problema de la libertad; de si las cosas de los hombres son guiadas por éstos, o por alguna otra necesidad. Pero Só­focles está muy lejos de plantear su obra desde este punto de vista.

Ve el problema, por abstracto y elevado que sea, sólo en su realización, que es también su efectiva crea­ción; lo siente vivo en aquel drama eterno y universal que es la humanidad. Y su Edipo es un hombre en el que viven todas las contradicciones, y del que- nacen todos los problemas, y en el cual la victoria es derrota y la derrota transfiguración. De un modo particular, en esta tragedia, el arte, familiar a Sófocles, de centrar el dra­ma en torno a un solo personaje, calando en la atmósfera de éste ideas e imágenes, en­cuentra una peculiar realización. En las otras tragedias de este género, el protago­nista revive con su humanidad un sólo as­pecto, como la fe religiosa de Antígona (v.) o el sentido moral de Ayax (v.); en ésta, encarna la forma misma de la huma­nidad; el personaje es a la vez imagen e idea; la ceguera de Edipo es al mismo tiem­po una metáfora y una realidad, que su­merge en una misma tonalidad poética mun­dos lógicos y mundos fantásticos. En esta tragedia el poeta ha llevado al hombre al más bajo grado de la abyección y de la mi­seria, para ensalzarlo después y purificarlo en un vasto hálito de compasión; le ha atri­buido los más horrendos delitos, para compadecerlo luego en au ruina. Y destruyéndolo, lo ha recreado.

L. Polacco

Los personajes de Sófocles hablan bien todos, de modo que estamos inclinados a dar la razón al último que habla. (Goethe)

*- El mismo Sófocles utilizó nuevamente este asunto en una segunda tragedia, Edipo en Colono Tanto en la forma como en el espíritu de la obra, esta tragedia pertenece a un estilo com­pletamente diferente al de la anterior. Só­focles la escribió poco antes de su muer­te, a los noventa años; y la primera repre­sentación tuvo lugar cinco años después de muerto, en el 401 a. de C. Es un drama muy largo, con muchas partes líricas, como un extenso himno a la muerte, que es me­dida de la vida. Se ha querido ver en él un eco de la vejez del poeta; pero esta vejez debe entenderse no como senilidad, sino como primavera del espíritu.

Los persona­jes: Edipo, anciano ciego, desterrado de su patria, fiado únicamente en los dioses y los hombres buenos; Antígona, hija suya, don­cella y única compañera, dulce y delicada; Ismene (v.), su otra hija, de carácter opues­to al de Antígona, pero igualmente activa, impetuosa y generosa; y frente a este grupo, el coro de ancianos consejeros coloneos, prudentes, ponderados, obedientes a la vo­luntad del rey de los dioses, y el rey Teseo (v.), encarnación ideal imperecedera de la civilización ateniense y hospitalario defen­sor de los débiles; en la parte opuesta y en eficaz contraste, los enemigos de Edipo, que pasan también a ser enemigos de Ate­nas: Creonte, untuoso e hipócrita, y Poli­nices (v.), indigno hijo de Edipo. Ambien­te en que se desenvuelve la acción: el bos­que consagrado a las Benignas (Euménides), en Colono, donde los ruiseñores can­tan entre la hiedra vivaz, y crecen el lau­rel, el olivo y la vid, mientras a lo lejos se divisan, solemnes y protectoras, las to­rres de las murallas de Atenas. A ese bos­que llega el errante Edipo, sin más guía que Antígona.

Los coloneos quisieran expulsarlo de allí, horrorizados por su delito, mientras Ismene anuncia que sus hijos están a punto de llegar a las manos. Interviene Teseo; y ante él y Creonte, su acusador, Edipo pronuncia su defensa: no él, sino los dioses mismos han querido su parricidio y su incesto. Y Teseo le dice que se quede y le acoge bajo la protección suya y de la ciudad. En compensación, Edipo profetiza a Atenas artes y victorias eternas. Llega Po­linices, para pedir ayuda en la lucha que va a entablar con su hermano Etéocles (v.), pero Edipo le rechaza maldiciendo la guerra fratricida. Ahora un trueno súbito sacude al anciano desterrado; es el signo tan esperado de los dioses; Edipo se le­vanta y, después de haber confiado algunos secretos a Teseo, entra solo en el bosque sagrado, donde se decía que estaba el um­bral del reino inmortal. Los varios elemen­tos líricos, poéticos y religiosos, que no apa­recen juntos, sino destacados poco a poco de modo que constituyan cada uno una uni­dad menor de este poema, se interfieren y se completan en el motivo mayor domi­nante, que es el de la muerte, término últi­mo de la vida.

Pero la riqueza de colores,,, del mismo modo que es un mérito, es tam­bién un defecto, y el arte, en algunos puntos, como acontece particularmente en los largos diálogos de Edipo con Ismene, Creonte, o Polinices, se resiente de artificio. Artificio que el poeta oculta, englobándolo en el soplo lírico del conjunto; pero siempre queda un rastro, como algo bus­cado, demasiado expreso. En este drama hay excesivas cosas: amor, en el ámbito de la familia y en cierto modo en el de la ciudad; fe, pecado y culpa, muerte y resu­rrección; al análisis, el drama parece una mina inagotable de motivos, de tal modo que más que obra poética, por altura de su concepción espiritual, merece ser consi­derada como la síntesis y el tesoro de la civilización griega.

Pero todos estos moti­vos, aunque profundamente sentidos, no constituyen por sí mismos la obra, sino que quedan un poco fuera; si se lee el dra­ma con ánimo sencillo queda en el corazón esta paz inmensa de un alma tempestuosa que ha llegado a su puerto, a los can­tos de ruiseñores y a la sombra solemne de los laureles. El Edipo en Colono no ha tenido imitadores dignos de mención; es una obra sólo «griega» incluso en su argumentó, y su poesía transcurre en zonas tan por encima del mundo y de los hombres, que parece no sólo la única conclusión digna de la vida y la obra de aquel gran ateniense, toda ella orientada a transformar continuamente formas de vida en palabras de vida eterna, sino también de la misma civilización de Pericles (a quien algunos críticos quieren ver representado en Teseo), que en aquellos años, terminada la guerra del Peloponeso, marchaba ya hacia un glo­rioso ocaso.

L. Polacco

*      También Eurípides (480-406 a. de C.) se inspiró en este mito con la tragedia per­dida Edipo y con las Fenicias (v.), que no dejaron de influir en el Edipo en Co­lono de Sófocles.

*      Directamente sacado del modelo del Edipo rey de Sófocles es el Edipo de Lu­cio Anneo Séneca (4? a. de C.-65 d. de C.). , Se inicia con un diálogo entre Edipo y su esposa Yocasta, ambos asustados por la peste que azota a la ciudad; llega luego Creonte, hermano de Yocasta, encargado por Edipo de ir a consultar el oráculo de Apolo acerca de los medios de conjurar la cala­midad. El dios ha contestado que hay que desterrar al asesino del rey Layo, primer marido de Yocasta, muerto misteriosamente. Edipo pide a Tiresias, el viejo adivino, que le indique quién es el asesino. Tiresias consulta las vísceras de las víctimas; los presagios son siniestros, pero obscuros. Ti­resias evoca la sombra de Layo en presen­cia de Creonte para revelar el resultado de esta mágica operación; Layo indica expresamente a Edipo como asesino suyo.

Edipo al principio se cree víctima de una odiosa conspiración tramada por Tiresias y Creonte, pero de pronto recuerda que un día, estando ebrio, dio muerte a un desconocido, que resulta ser precisamente Layo. Por otra parte él, que había huido de su país natal, Corinto, porque temía que se cumpliera el oráculo según el cual debía dar muerte a su padre y casarse con su madre, se entera de que el rey y la reina de Corinto no son sus verdaderos progeni­tores. Es pues hijo de Layo y de Yocasta, y culpable de parricidio e incesto. Enton­ces, mientras Yocasta se mata, él se ciega, como castigo, y sale desterrado, para librara Tebas de su impura presencia. El carác­ter de Edipo es inferior a las creaciones de Sófocles, y los coros menos bellos. La parte mejor lograda es el episodio del sa­crificio de Tiresias. El relato de la escena de nigromancia es original del poeta latino, y recuerda, más que a Sófocles, a Virgilio.

F. Della Corte

El horror es la musa de Séneca. (De Sanctis)

Las tragedias de Séneca son las únicas salvadas del naufragio de todo el teatro trágico romano; y son el mayor y a veces el único lazo que une la antigua tragedia a la moderna. (C. Marchesi)

*         En el mito de Eurípides está también inspirada la Tebaida de Estacio (v.)

*        El Renacimiento volvió a utilizar este mito con el Edippo, tragedia en cinco actos y en verso de Giovanni Andrea Dell´Anguilara (1517-1572), escrita en 1565. El Edipo rey de Sófocles se repite aquí con tonos y modos que hacen sentir la influencia de una tradición teatral en vías de formación, preocupada en hallar respuesta en el pueblo, más que de respetar las reglas de la dramaturgia literaria. Incluso la peripecia está algo deformada, según una mentalidad más actual: Edipo no sale desterrado, sino que es encarcelado por sus hijos, que con este castigo de su padre creen poder conjurar la calamidad caída sobre Tebas; las hijas se alejan del mundo refugiándose como vírgenes consagradas a Palas; como las historias antiguas en la interpretación de los pintores del siglo XVI, este Edipo va vestido en traje de la época, o sea el propio de un teatro nacido en la corte pero cada vez más dirigido de cara al pueblo.

U. Dèttore

*      En 1659 se representó en París el Oedipe de Pierre Corneille (1606-1684), tragedia en cinco actos, que no figura precisamente entre las mejores del gran escritor francés. Deriva también del Edipo rey. Edipo es rey de Tebas y esposo de Yocasta. Layo, a quien Edipo ha sucedido, ha dejado una hija, Dirce. Teseo, señor de Atenas, qui­siera casarse con ella, pero Edipo quiere dársela a Hemón. La peste diezma la ciu­dad. Edipo consulta las potencias inferna­les, y la sombra de Layo responde que el mal será vencido cuando su sangre sea de­rramada para castigar un delito hasta en­tonces impune. Dirce, que se cree hija única de Layo, quiere sacrificarse; Teseo, para salvar a la amada, dice que él es un hijo de Layo, que fue abandonado en el Cite- ron. Yocasta no lo cree porque, si lo fuera, habría debido, según los oráculos, dar muer­te a su padre y contraído matrimonio con su madre. En cambio se revela que el ma­tador de Layo fue Edipo, según atestigua Forbas que estaba con el rey cuando fue muerto; Ificrates, venido de Corinto, donde Edipo ha sido educado, declara que éste es aquel que, siendo niño, le fue entregado en el Citeron por Forbas, que había de haberle dado la muerte. La tremenda pro­fecía se ha cumplido totalmente. Yocasta se atraviesa con un puñal y Edipo se ciega. La sencilla peripecia de Sófocles se com­plica con los amores de Teseo y Dirce, ex­presados en el estilo galante de la época, y pierde mucho de su antiguo horror reli­gioso. Un alegato de Teseo contra los orácu­los y en defensa del libre albedrío, es el pasaje más famoso de esta tragedia medio­cre, que no es tanto defensa de los jesuítas contra los jansenistas como simple afirma­ción de la voluntad, bien comprensible en Corneille.

V. Lugli

*      También escribió un Oedipus John Dry­den (1631-1700) en colaboración con Nathaniel Lee (16539-1692), representado en 1679; trabajo ocasional, no figura entre las obras más notables del gran escritor inglés

*      No es obra muy significativa el Oedipe de Voltaire (François-Marie Arouet, 1694- 1779), representado en 1718. Ni siquiera in­tenta volver a la simplicidad griega; añade al núcleo principal el amor de Filoctetes por Yocasta. Sin embargo esta tragedia, pu­blicada durante el primer destierro de Vol­taire en Chatenay, fue acogida con gran favor y señaló el venturoso inicio de su carrera teatral.

*      En el Edipo en Colono está inspirada la tragedia en cinco actos Edipo en el bos­que de las Euménides [Edipo nel bosco delle Eumenidi] de Giovanni Battista Niccolini (1782-1861), estrenada en 1823. Repite el argumento de su modelo cuyo espíritu intenta continuar, aunque el drama de Po­linices, sugiriendo a Niccolini acentos dignos de Alfieri contra todos los despotismos, in­troduce motivos nuevos y de forma dramá­tica menos pura. Más lírica y expresiva es en cambio la evocación de aquello que hay ce trágicamente misterioso en la figura y destino de Edipo, de modo que la obra, aunque inspirada por el clasicismo que ca­racteriza las primeras producciones de Niccolini, constituye una notable interpretación romántica del Edipo griego.

U. Dèttore

*       Con el título de Edipo, don Francisco Martínez de la Rosa (1787-1862), granadino, escritor y político, hace la adaptación del Edipo de Sófocles en cinco actos y en ver­so, durante su emigración en París tras el trienio liberal (1820-1823) del reinado de Femando VII. Los antecedentes de adapta­ción de la magistral tragedia griega eran números en las diversas literaturas, si bien en España, tan sólo lo había intentado, y en traducción no destinada a la escena, don Pedro Estala. Precede a la tragedia de Mar­tínez de la Rosa un largo proemio, o adver­tencia, muy notable por su doctrina. En él pasa revista a cuantas traducciones o adaptaciones conoce del Edipo, y atribuye sagazmente el fracaso de ellas al deseo de animar con episodios superfluos la sencillez ejemplar del arte de Sófocles. Su orienta­ción en’ estas observaciones es acertada, pero Martínez de la Rosa quiso extremar la sencillez de la acción en su tragedia, y así suprime todo el episodio de Creonte «una de las violencias — observa Menéndez Pelayo— que más justifican la fatalidad de Edipo». Aparte de esta mutilación, faltaba al poeta granadino el perfecto entendimien­to de la sencillez clásica, y por perseguirla en su adaptación la hace seca y descar­nada. Pese a ello es de todas las imitacio­nes modernas la menos infiel a la letra, aunque la perjudiquen las infiltraciones de sentimientos modernos que nada tienen que ver con la austeridad y grandeza de los auténticos de la gran tragedia. Está lo bien escrita que era de esperar de pluma tan meticulosa, y aun puede decirse que en ciertos parlamentos hace, probablemente, los versos más llenos que salieron nunca de su pluma. En cambio los versillos religio­sos que tratan de sustituir el coro de la tra­gedia griega son tan sólo un accesorio or­nato, indigno de la gravedad trágica de la obra de Sófocles. Con todos estos defectos, y más que la crítica ha notado, el Edipo de Martínez de la Rosa es una de las mejo­res tragedias clásicas con que cuenta nues­tro teatro, tan pobre de ellas.

J. Mª de Cossío

*       El motivo del Edipo rey fue utilizado li­bremente en época más reciente por el poe­ta alemán Hugo von Hoffmannsthal (1874- 1929) en la tragedia en tres actos y en verso Edipo y la Esfinge [Oedipus und die Sphynx], escrita en 1905. El delito de Edipo está dra­matizado en el primer cuadro. Substituyen al coro voces de los antepasados, cuya fun­ción es completamente distinta de la de aquél; en vez de constituir los pilares de la tragedia, preceden la acción y, anticipándola, la debilitan. Puede decirse que no queda nada clásico, excepto los trajes. La ¿—asiera es la vienesa de antes de la Pri­mera Guerra, con las notas sensualmente refinadas y -rasadas que le son características. El incesto no purificado en la necesidad del Destino pierde su elemento trágico, para enturbiarse en el subconsciente. Edipo, estático y abúlico, resulta dominado por esta especie de angustia o presentimiento que substituye al destino divino. La tragedia no termina con el grito fatal de Edipo que se siente humanamente culpable de la gran culpa involuntaria, sino en la glorificación de las incestuosas nupcias con Yocasta. La tragedia de Sófocles, así domina pierde su armonía poética, aunque en sus tonali­dades morbosamente modernas logre crear una atmósfera. Sólo en algunos diálogos, como el del encuentro de Yocasta y Edipo, y en la extraordinaria delicadeza del verso se siente al poeta capaz de una creación original.

G. Federici Ajroldi

*      Del Edipo en Colono, Nicolás-François Guillard sacó un libreto para el melodrama del mismo nombre en tres actos de Anto­nio Sacchini (1734-1786). Sacchini era ya célebre en Italia y en el extranjero cuan­do desde Londres se dirigió a París (1783) atraído por el éxito que la ópera italiana tenía en el teatro francés. Protegido por María Antonieta, escribió el Edipo en Co­lono representado en 1786 en Versalles ante el rey y la reina de Francia. Celos y envi­dias obstaculizaron la tan anhelada consa­gración de la obra en la escena de la Real Academia de Música, donde no se repre­sentó hasta el año 1787, cuando hacía ya cuatro meses que el autor había muerto. Sacchini encontró en esta obra su verdadera y suprema expresión. Dio acentos de dul­zura, dolor, y dramatismo a sus personajes, e hizo del dúo entre Edipo y Antígona una de las páginas más bellas de la ópera del siglo dieciocho. Con todo, la obra carece de verdadera unidad dramática. De inspi­ración extremadamente dulce, el estilo de Sacchini adquirió en parte impulso y fuerza dramática gracias al influjo que por entonces ejercía Gluck, sobre la ópera; vino a cons­tituir un eslabón intermedio entre el esti­lo melódico de Giacomo Puccinni y el innovador positivismo armónico del gran compositor alemán.

N. del Mestre

*      Escribió música escénica para el Edipo rey de Sófocles, recogida bajo el título de Oedipus, el compositor inglés Henry Purcell (1658 o 59-1695), ejecutada por primera vez en 1692; Modest Petrovic Musorgskij (1839-1881) escribió un coro mixto en 1860; música escénica de Eduard Lassen (1830- 1904), estrenada en Weimar en 1874; la ópe­ra Edipo rey de sir Charles Villiers Stanford (1852-1924) representada en 1887; música de escena de Max von Schillings (n. 1868), compuesta en 1900; intermezzos de Ildebrando Pizzetti (n. 1880) estrenados en 1903; la ópera Edipo re de Ruggero Leoncavallo (1858-1919), representada en Chicago en 1920; y la ópera-oratorio en dos actos Oedipus Rex de Igor Stravinsky sobre tex­to de Jean Cocteau (v. más abajo).

*      Otras veces fue musicado el asunto del Edipo en Colono: Nicola Zingarelli (1752- 1837) compuso una ópera que fue estrenada en Venecia en 1799; escribió otra Heinrich Bellermann (1832-1903); Félix Mendelssohn- Bartholdy (1809-1847) compuso música de escena para nueve piezas para solos, coros y orquesta (op. 93) que fueron ejecutados en Potsdam en 1845; escribieron también música de escena para la tragedia de Só­focles, entre otros, Eduard Lassen (1830- 1904); Joseph Guy Ropartz (m. 1864); Flor Apaerts (n. 1876) y Frank Martin (n. 1890).

*             Oedipus rex se ti ula una ópera-oratorio en dos actos de Igor Stravinsky (n. en 1882), con texto de Jeán Cocteau (n. en 1891) y traducida al latín por Jean Daniélov. La composición de esta obra comenzada en ene­ro de 1926 fue terminada en mayo de 1927. La primera ejecución tuvo lugar en París el 30 de mayo de 1927. Como en la forma tradicional del oratorio, el argumento es narrado por un «cronista» que aquí es un recitador vestido de negro que se coloca en el proscenio. A la música están reservados los momentos culminantes del dra­ma. El latín del texto cantado (está excluido por tanto, el hablado del recitador) ha sido preferido por Stravinsky para poder tra­bajar no sobre una lengua viva —una len­gua de uso actual que rodea nuestra vida como una atmósfera que se respira—, sino sobre una lengua petrificada por los siglos. Esto alza como un muro de cristal entre el antiguo mito y nosotros. Para acrecentar esta sensación de solemne y distante monumentalidad, se añade la absoluta inmovilidad impuesta al coro y a algunos personajes, y la casi inmovilidad impuesta a los restan­tes. El libreto está calcado sobre la ho­mónima tragedia de Sófocles. Edipo ha ven­cido a la Esfinge; ahora Tebas es azotada por la peste. Salva también esta vez a la ciudad. Creonte (v.) ha consultado al orácu­lo : conviene castigar al asesino de Layo. Edipo, hábil en esclarecer enigmas, lo re­solverá. Para ello , interroga a Tiresias la fuente de verdad. Este la conoce, pero quie­re evitar decirla. Edipo lo acusa de tratos secretos con Creonte para quitarle el reino. Entonces habla Tiresias: el asesino del rey es un rey. Se enciende una disputa entre Edipo, Creonte y Tiresias. Viene Yocasta (v.), les calma y les dice que los oráculos a veces no aciertan: por ejemplo, un oráculo había anunciado que Layo sería muerto por su hijo, y en realidad fue muer­to por unos ladrones en la encrucijada de Daulia y Delfos. Edipo tiembla: yendo de Corinto a Tebas mató en la encrucijada de Delfos a un viejo. En este momento se presenta un mensajero para anunciar que Polibio, de quien Edipo se creía hijo, no era sino su padre adoptivo. A la revelación del mensajero se añade pronto la de un pastor que da testimonio que Edipo fue encontra­do de niño por Polibio en un monte con los pies agujereados. Yocasta, horrorizada, lo comprende todo y se retira al palacio. Tam­bién Edipo comprende. Yocasta se ahor­ca en su propia habitación y Edipo se saca los ojos; un mensajero anuncia la muerte de Yocasta: «La divina cabeza de Yocasta ha muerto». Aparece Edipo ciego. Los tebanos lo despiden con extrema dulzura: «iAdiós, adiós, pobre Edipo! Adiós Edipo. Te queríamos». Stravinsky ha escrito para este oratorio una música de majestad real, de inmovilidad escultórica, de una profun­da y conmovedora belleza, en la que nos parece oír las roncas llamadas de ultra­tumba, de allí donde estaba escrito el des­tino de Edipo, antes aun de que él abriera los ojos a la luz. En Oedipus rex ciertas durezas propias de las obras de Stravinsky se atenúan, se transforman en líneas más amplias, en volúmenes sonoros que re­cuerdan la musicalidad solemne y barroca de un Hándel. Pero en esta relación con el gran músico alemán no se vea más que una referencia crítica que de ninguna ma­nera indica una posición neoclásica o imi­tativa en el compositor ruso.

A. Mantelli

*      Son numerosísimas las-pinturas de vasos relativas a este mito, entre las cuales es célebre la del Vaticano que representa a Edipo y la Esfinge. Entre las obras moder­nas más notables están los cuadros: Edipo descifra el enigma de la Esfinge, de Ingres (Louvre), y Edipo y la Esfinge, de Gustave Moreau.