Etelka, András Dugonics

Novela histórica del matemático húngaro cuya publicación, en 1788, tuvo un éxito extraordinario, ya que a raíz de su publi­cación fueron bautizadas millares de niñas con el nombre de Etelka.

El autor inaugura con ella la serie de poemas y novelas que expresan la fascinación de la vida húngara idealizada y localizada en la época de los primeros príncipes, en torno a la conquista del país. Etelka, hija del jefe Gyula, se enamora de un magnate húngaro llegado de Carelia (Dugonics saca de la afinidad de las lenguas ugro-finesas, descubierta poco antes, consecuencias exageradas); este amor es turbado primero por las calum­nias de Róka (Zorro), pérfido consejero del indeciso príncipe Zoltán, pero al fin triunfa.

En muchos detalles, muestra Du­gonics haberse inspirado en el Argenis (1622), novela de clave del inglés John Barclay (1582-1616), que hizo una sátira punzante de la vida política de su tiempo, y en Zadig (v.) de Voltaire. Algunos rasgos irónicos de los modelos han pasado a la novela, cuya disposición intelectual deja de lado la atmósfera histórica (en Róka, el consejero de origen eslavo, el autor sa­tiriza a los condes Lazy y Niczky, conse­jeros de José II); pero las costumbres y el estilo, sabrosamente popular, imprimen a la narración una «verdad» diferente de la exactitud arqueológica. Etelka une en su persona la tradición romántica del culto de los antepasados, con la observación pre­cisa de la vida campesina del presente, puesta de relieve por el colorido lenguaje de los pescadores del Tibisco; de este modo, una concepción más bien aristo­crática está realizada en una forma de vida completamente democrática.

G. Hankiss

La Estatua de Mármol, Joseph von Eichendorff

[Das Marmorbild]. Narración fantástica del poeta alemán publicada en el «Frauentaschenbuch» de Fouqué el año 1819.

La acción se desarro­lla en una imprecisa época medieval, en la ciudad de Luca, a donde, en una perfu­mada tarde estival, llega a caballo el joven Florio, al que se ha unido como guía For­tunato, un trovador vagabundo. En la ciu­dad en fiesta Florio encuentra a Blanca, se enamora de ella y se ve, aunque sólo sea tímidamente, correspondido por la joven. En la misma ciudad conoce también a Do­nato, ser demoníaco que es en todo opuesto al angelical Fortunato. Entre tanto Florio, en cuya alma la imagen de Blanca se ha transformado en una figura superior, sus­pendida entre el mundo ardiente de la pa­sión y el casto de la fe, en una correría nocturna por la ribera de un pequeño lago, se encuentra casualmente frente a una es­tatua de Venus, que bajo los reflejos luna­res parece despertar a la vida.

Al día si­guiente, en el mismo lugar, halla un mara­villoso jardín donde se reproduce el en­gaño de la Venus viviente, y donde encuen­tra también a Donato. Cree verla igual­mente en la ciudad, en un palacio, que luego aparece repentinamente deshabitado. Durante un baile, por la noche, le parece a Florio que la joven amada se desdobla en dos personas, una de las cuales toma, a veces, los rasgos de la estatua, y, después de haberle invitado a que la siga, desapa­rece. Finalmente es introducido por Donato en el palacio de la dama misteriosa, y mientras habla con ella resuena en el jar­dín un cántico: y poco a poco todo queda envuelto en un ambiente de encantamien­to: las estatuas del salón comienzan a moverse, los candelabros se trasforman en retorcidas serpientes, lámparas resplande­cientes ahuyentan la oscuridad, y Florio huye aterrorizado. Fuera, en la noche, las aguas del lago respiran tranquilas; sobre la ribera, inmóvil, está la estatua de Venus.

Al día siguiente decide abandonar la ciu­dad y, en el camino, encuentra a Fortuna­to, a Pedro, tío de Blanca, y a la joven disfrazada, a la que por esta circunstancia no reconoce de momento. El juglar habla de una leyenda, según la cual Venus resurge cada primavera entre las ruinas de su tem­plo y atrae hacia sí a los espíritus inge­nuos, y al reino de la divinidad pagana le contrapone el de la Virgen Madre de Dios. Tranquilizado su corazón por el canto de Fortunato y por la mirada luminosa de Blanca que al fin reconoce, Florio se libra de la pesadilla de sus fantasmas para re­cobrar la felicidad en el amor de Blanca. Eichendorff define su composición (cuya le­jana fuente, apenas perceptible, es un cuento de las Happelü Curiositates), como «un vagabundeo campestre en una hora de holganza».

En realidad es una fábula ale­górica, típicamente romántica y de entona­ción esencialmente lírica, que revela el modo particular del poeta de sentir la na­turaleza: espectáculo de continuo renovado de amaneceres, de ocasos, de soleados pa­rajes entre castillos y fuentes, soledades, cantos de alondras y ruiseñores, resonar de cuernos en la verde espesura de los valles. La perfecta simetría de la construcción, que coloca al protagonista entre la Venus encantadora y la joven amada, entre el ju­glar de canto alegre, celestial, y el maléfico caballero de las tinieblas, refleja el dualis­mo de dos símbolos superiores: el reino de Dionisos y el de Cristo. Y como sueño y realidad, cuento y símbolo se entremezclan y confunden el uno en el otro, de suerte que toda la composición se desenvuelve en una armonía de cantos que expresan el sig­nificado más profundo de la acción. El pa­ganismo está visto y representado con tonos que recuerdan el barroco mitológico ecle­siástico de una parte y, de otra, el recar­gado rococó. La fuerza demoníaca del mal no es nunca indagada en toda su profun­didad, quedando apuntada sólo como fan­tasma o aparición.

El límite del arte de Eichendorff, que sólo en los Episodios de la vida de un tunante (v.) consigue dar vida, sobre el fondo de una atmósfera de ensueño, a la bien lograda figura del protagonista, se revela con toda evidencia en su Marmorbild en que, más que las figuras o perso­najes, es el escenario de la narración el que adquiere viveza de representación artís­tica. Sin embargo, el poeta, consciente de sus posibilidades, no ha sacrificado el motivo lírico de la narración para dar re­lieve al contraste ideológico entre paganis­mo y cristianismo, como hicieron tantos pintores «nazarenos» y románticos: la ac­ción exterior de su novela no quiere ser otra cosa que el reflejo del proceso senti­mental interior de su joven héroe.

G. Gabetti

Las Estancias de Poliziano, Angiolo Poliziano

[Le stanze]. Poema compuesto entre 1475 y 1478 y pu­blicado por primera vez en 1494, generalmente conocido con el título de Estancias por una justa [Stanze per la Giostra].

Di­vidido en dos libros (aunque el segundo no llega mucho más allá del principio), este poema en octavas quería ser la celebración de una justa en que había triunfado Ju­liano de Médicis, hermano de Lorenzo el Magnífico; continuaba de este modo una tradición literaria empezada por Pulci, el cual cantó una primera justa ganada por Lorenzo en 1468. Sin embargo, el poema, aunque llega al comienzo del tema de las armas, puede decirse que se agota ya en el preludio. Ello tiene su explicación. En 1478, había muerto Juliano, víctima de la con­jura de los Pazzi, y ¿cómo resistiría a la tragedia un poema que debía ser de fiesta, alabanza y amor? Y tampoco era Poliziano un poeta épico, sino de tipo ligero y con variaciones de fábula; el que quisiera contrastarlas con la realidad, como si las Es­tancias fuesen crónica y no pura fantasía, advertiría una desproporción entre la solemnidad de la retórica humanística y la oca­sión de ese torneo, en que la Florencia de los mercaderes se complacía en parecer bien ejercitada en galanterías y proezas caballerescas. En realidad Poliziano era un poeta idílico, de una milagrosa finura lite­raria y de un alma musical y voluptuosa.

Aquel mundo de la naturaleza y del hom­bre que el Humanismo había redescubier­to siguiendo las huellas del antiguo pen­samiento y del arte clásico, renacía con la ternura de las cosas intactas, aún re­bosantes de rocío y frescor matutinos. El argumento del poema es una breve fá­bula amorosa. El bello Julo ama la vida de las selvas, los juegos viriles y la caza; desdeña y se burla del amor. Ofendido, Cupido crea con un soplo de aire leve una cierva, que el cazador persigue; cuan­do la alcanza, ella se vuelve ninfa y apa­rece como la bella Simonetta (Juliano de Médicis estaba enamorado de una Simo­netta Cattaneo, que murió muy joven, en 1476). Cupido lanza una de sus flechas y hiere a Julo. Desaparece la ninfa y, tras­tornado por un sentimiento que hasta en­tonces desconociera, Julo regresa a su casa. Cupido vuela triunfante hacia su madre Venus, que se halla en el alcázar de Chi­pre.

Y Venus decide enviar al joven ena­morado un sueño que le incite a luchar por la gentil Simonetta; Julo, impaciente de llegar a ser famoso, suplica la ayuda de Amor, Minerva y Gloria. Aquí se inte­rrumpe el canto. «Los hechos famosos y los grandes nombres se olvidan. ¿Y qué quedó? Las Estancias». Así dice De Sanctis. Se han conservado numerosos frag­mentos del poema; además de aquellos en que, a ejemplo de los clásicos, Poliziano realiza una preciosa decoración (el pala­cio de Venus con sus puertas )r aquellos otros en que, con puras octavas de un en­canto sereno o apenas sombreado por una juvenil tristeza, el poeta canta su verdadero mundo: la naturaleza primaveral, la alegría elegantemente salvaje dei orgulloso caza­dor, su alma virgen, la aparición de la cier­va y de Simonetta, en un tiempo musical que se va moderando y parece quedar sus­pendido, la turbación por el amor inespe­rado, la noche que llega para cubrir la dolorosa angustia, los compañeros que van buscándole con sus antorchas y sus voces.

Y otras muchas bellezas, nacidas de una inspiración que se ha querido definir como primitiva, y se puede definir así, si con esto queremos sólo sugerir algo de genialmente puro y juvenil, pero que, en realidad, aparece refinado, acariciado y acordado por un arte exquisito.

F. Pastonchi

[En las Estancias]… una fantasía risue­ña y una peregrina y vaga suavidad… (Gioberti)

En Boccaccio es la carne la que encien­de la imaginación; en Poliziano la imagi­nación es como un crisol, donde se refina el oro. (De Sanctis)

…autor de elegías y epigramas que se vinculan al sentimiento de las Estancias y tienen, al igual que éstas, un estremeci­miento de voluptuosidad, no sin dolor en su delicadeza y en su aparente serenidad. (B. Croce)

Poliziano es el primer gran expositor de los hechos cotidianos en un sentido áulico. (F. Flora)

Estancias al Virrey Toledo o Clorida, Luigi Tansillo

[Stanze al Viceré Toledo o Clorida]. Pequeño poema publicado póstumo en 1581. Clorida, ninfa de la villa habitada por don García de Toledo, suplica al padre de su señor que vaya a visitarla, alabando las bellezas artísticas y naturales del lugar: el lindo jardín cuidado por el jardinero, la fuente adornada con estatuas, las frescas gale­rías y la playa llena, al anochecer, de pescadores con sus amantes. La ninfa une a las alabanzas del lugar las del valeroso don García; así entre las hojas y las flores resuenan épicos acentos.

El cantor de las muchas hazañas es Tansillo, con quien la ninfa conversa en los escalones de la fuen­te. El poema comprende 173 estancias de andadura lírico descriptiva con digresiones encomiásticas. El motivo es idílico mitológico según el modelo de muchos poemas del Renacimiento desde la Aretusa de Mar- tirano, el modelo más reciente, a la Ambra (v.) del Magnífico o hasta el lejano mode­lo ovidiano. Muchos críticos ven en las Estancias la obra maestra de Tansillo: el estilo, terso y limpio, es de una viva ele­gancia, y la descripción, a veces meticulosa y prolija, se anima a menudo con un brío narrativo que recuerda, aunque de lejos, la octava de Ariosto.

C. Leij

Luigi Tansillo es un «discursivo». Venusino de nacimiento, paisano de Horacio, se puede decir que la epístola horaciana era la forma espontánea de su ingenio. (B. Croce)

Espíritus Malos

[Utukké limnüti]. Es el título acadio de una gran recopila­ción babilónica y asiría de conjuros, escrita en parte en sumerio, dirigidos contra los numerosos demonios que continuamen­te rodean a los hombres y tratan no sólo de molestarles, sino incluso de matarles, especialmente cuando están encargados por los dioses de infligir a los pecadores las penas que han merecido y a las cuales este o aquel dios les han condenado a consecuencia de sus pecados. La serie Es­píritus malos aclara muchos aspectos de la demonología mesopotámica.

Consta de con­juros y aduce no sólo las palabras que el perseguido ha de decir para ahuyentar a los demonios, sino las acciones que se deben realizar para alejarlos del enfermo. Los numerosos fragmentos de este libro han sido hallados en la biblioteca del rey Asurbanipal de Asiria en Nínive y represen­tan la redacción neo asiria de la obra. El texto ha sido publicado por Thompson en The devils and evil spirits of Babylonia, I-II (Londres, 1903-1904).

G. Furlana