Historia de Perceval o el cuento del Grial, Chrétien de Troyes

Poema en octosílabos pareados

Un adolescente cándido y desconocedor del mundo y de la vida, Perceval, ha sido educado en la soledad y en el silencio de la remota selva por una madre que, habiendo perdido a su marido y a sus hijos mayores en empresas caballerescas, pensaba conseguir así mantenerlo alejado de todo peligro. Pero un día Perceval co­noce a algunos caballeros que despiertan en él la irresis­tible vocación de la caballería: abandona a su madre y parte para la corte del rey Arturo, donde el sabio Gornemant lo inicia en la vida caballeresca.

A través de ar­duas pruebas se convierte en un cumplido caballero y de­cide, al haber alcanzado ya la conciencia de sí mismo, re­gresar con su madre. Pero, durante el viaje, llega al cas­tillo del Rey Pescador, herido de una herida incurable; allí ve aparecer la misteriosa procesión de la lanza san­grante y del precioso Grial, la copa donde fue recogida la sangre de Cristo, y que todos los caballeros de la Ta­bla Redonda andan buscando, pero que tan sólo Perce­val, por su pureza de corazón, está predestinado a en­contrar. Por una excesiva discreción, el joven caballero no se atreve a preguntar a su anfitrión sobre el significa­do de dicha ceremonia. A la mañana siguiente todo ha desaparecido y Perceval reanuda su viaje, durante el cual se entera de que en el entretiempo su madre ha muerto de dolor.

Un nuevo deseo lo acomete de forma violenta: encontrar el «Grial» y la lanza sangrante y penetrar en su secreto. Por espacio de cinco años lleva a cabo la an­siosa búsqueda. Cierto día, en la corte del rey Arturo, una joven le revela su involuntario pecado: no haber pre­guntado qué era la procesión del «Grial» cuando tuvo la revelación; su silencio impidió, en efecto, al Rey Pesca­dor curarse y trajo grandes desgracias.

Perceval reanuda con mayor tenacidad si cabe su búsqueda hasta que, un Viernes Santo, halla a un ermitaño, hermano del Rey Pes­cador, que, tras haberlo confesado y absuelto, lo enca­mina hacia la vida de penitencia y de oración y le desvela parte del misterio: el «Grial» contiene una hostia con la que el Rey Pescador nutre su propia vida. El poema, que cuenta seguidamente las aventuras de Gauvain, ha llega­do hasta nosotros inconcluso.

Eneida, Virgilio,

Poema en 12 libros en hexámetros

La obra está considerada idealmente divi­dida en dos partes: la primera (hasta el libro V) versa so­bre la vida errante de Éneas, mientras que la segunda (del libro VII al XII) lo hace sobre la lucha de Eneas en Italia para hacerse con la posesión del territorio de la ciudad que le ha sido prometido por el Hado. Estas dos partes están separadas por el libro VI, que narra el descenso de Eneas a los Infiernos.

Libro I: Eolo, instigado por la iracunda Juno, desenca­dena contra los troyanos, errantes durante siete años, una tempestad que los arroja a las costas libias, donde la rei­na Dido está levantando Cartago. La reina acoge bené­volamente a los troyanos, y más aún a Eneas, al que su madre, Venus, ha hecho aparecer de improviso en la mansión real. Dido invita a Eneas y a los troyanos a un banquete.

Libro II: En el banquete Eneas relata la destrucción de Troya: el engaño del caballo de madera, la muer­te de Laocoonte y de Príamo, su fuga con su hijo Julo (también llamado Ascanio) y su viejo padre Anquises y la muerte de su mujer Creusa.

Libro III: Prosigue el relato de Eneas: habiéndose em­barcado con los supervivientes, sobre quienes tomó el mando, arriba a Delfos, donde el oráculo de Apolo le promete una nueva patria en la «antigua madre»; cree que se trata de Creta, pero un sueño le revela que la tierra buscada es Hesperia. Tras reemprender el viaje por mar, después de haberse encontrado en Epiro con Andrómaca y su nuevo esposo, el troyano Heleno, llega con los su­yos a Trinacria (Sicilia): allí, en Drépano, muere Anqui­ses. Eneas da por concluido aquí su relato.

Libro IV: Para entonces Dido ama ya a Eneas y lo con­fía a su hermana Ana. Venus y Juno conjuran juntas, por opuestos motivos, para favorecer su amor. Durante una sesión de caza, Eneas y Dido se ven obligados a refugiarse en una gruta por un temporal, y se hacen aman­tes. Mas Júpiter, conmovido por las súplicas de Yarbas, pretendiente de Dido, envía a Mercurio para recordarle a Eneas el destino que le fue vaticinado. Eneas abando­na, por este motivo pues, a Dido: mientras las naves troyanas se alejan, la reina se suicida.

Libro V: En Érice, Sicilia, Eneas manda celebrar los juegos fúnebres en honor de Anquises. Durante las com­peticiones las mujeres troyanas, instigadas por Juno, in­tentan prender fuego a las naves. Anquises invita en un sueño a Eneas a descender al Averno, donde le será re­velado el futuro. Durante la navegación hacia Cumas, próxima al Averno, muere el piloto Palinuro.

Libro VI: En Cumas Eneas consulta a la Sibila. Para conducirlo a los Infiernos, ésta le pide a Eneas tres cosas: co­ger para Proserpina un ramo de oro en el lugar por ella indicado, dar sepultura al troyano Miseno, que yace in­sepulto, sin que sus compañeros lo sepan, sobre la pla­ya, y ofrecer sacrificios a los dioses del infierno. Eneas se adentra con la Sibila en el Averno, cruzando los cam­pos del llanto, donde encuentra, entre los muertos por amor, a la despechada Dido, para llegar a los campos Elí­seos, donde la sombra de Anquises le hace una relación de las futuras grandezas de Roma.

Libro VII: Tras las exequias de la nodriza Cayeta, Eneas remonta la desembocadura del Tíber: habiendo desem­barcado para un descanso, reconoce por las descripcio­nes hechas en los vaticinios que aquella es la tierra que le fue destinada. Ilioneo es enviado como embajador al rey del lugar, Latino, que lo recibe amistosamente gra­cias también a recientes presagios. Juno, encolerizada, manda a la furia Alecto a sembrar la ira en Amasta, mu­jer de Latino, en el futuro yerno de ambos, Turno, rey de los rútulos, y en los latinos. Una cierva muerta por Ascanio es la causa del primer chispazo de guerra entre troyanos y latinos. Sigue una relación de los aliados de los latinos, entre los que figuran Turno y Camila, adalid de los volscos.

Libro VIII: Eneas, por consejo del dios del Tíber, remon­ta este río en busca de aliados. Encuentra a Palante, hijo del rey de los árcades Evandro; recibido en el palacio real, obtiene la ayuda de Evandro, el cual le muestra los luga­res notables de su reino, que será el corazón mismo de Roma (el Palatino, el Aventino, etc.). Venus hace forjar a Vulcano las armas para Eneas.

Libro IX: Turno intenta incendiar la flota troyana: las naves se transforman en ninfas marinas. Se inicia el ase­dio de Turno al campamento troyano. Euríalo y Niso, dos jovencitos troyanos enviados a avisar a Eneas, se en­tretienen en causar estragos entre los enemigos dormidos, y son encontrados y asesinados. Se reanuda el asalto de Turno al campamento troyano.

Libro X: Los dioses discuten la suerte de los troyanos: Júpiter decide confiarse al Hado. Mientras tanto, Eneas ha alcanzado con los aliados árcades a los suyos: en el combate Turno da muerte a Palante y le arrebata las ar­mas. Eneas persigue en vano al asesino de su amigo, pero da muerte al arrogante Mesencio y a su cólera no escapa siquiera el hijo de éste, Lauso.

Libro XI: Celebradas las exequias de Palante, su cuerpo es llevado ante su padre. Latino trata de convencer a Tur­no para que establezca una tregua, pero también Eneas desea ahora la lucha. Turno se aposta en los montes con el propósito de tender una emboscada a Eneas, mientras Camila, que le hace frente con la caballería, cae muerta. Rútulos y volscos son puestos en fuga.

Libro XII: Turno desafía a Eneas, que acepta el duelo. Pero Juturna, hermana de Turno, teme que su hermano sea inferior al guerrero troyano y, por consejo de Juno, hace que la tregua anunciada para el duelo se rompa. Amata, la reina de los latinos se quita la vida, mientras Eneas toma al asalto la ciudad. Turno decide encontrarse con Eneas, desafiando a una suerte que presiente con­traria. En el duelo Eneas lleva la mejor suerte: con Tur­no en el suelo, suplicándole perdón, Eneas vacila. Pero al reconocer sobre él las armas de Palante, le da muerte.

Raghuvamsa, Kálidasa

[La estirpe de Raghu]. Poema del escritor hindú, Según la crítica tradicional hindú, es uno de los cinco poemas clásicos («mahakávya») conforme — como los demás — a las reglas de arte sobre las que tanto se extiende el Kávyadarsa de Dandin.

Se com­pone de diecinueve cantos que están dedi­cados a la exaltación de Rama (v.), el héroe del Ramáyana (v.), a la de sus an­tepasados y sucesores. En los primeros nue­ve cantos hallamos celebrada la historia de los predecesores inmediatos de Ráma. En­tre ellos está el glorioso Raghu — bisabue­lo de Ráma, que da título al poema — y re­fulge por sus virtudes humanas y guerreras Aya, abuelo de Ráma. Es fastuosa la des­cripción de la ceremonia nupcial de Aya con la princesa Indumati, y recia y densa la lucha sangrienta, victoriosamente soste­nida por Aya, contra los demás preten­dientes, que defraudados en sus ambiciosas esperanzas de obtener por esposa a Indumati le habían agredido en su camino de regreso. El elogio de Aya como hombre y como monarca es una bella página del poe­ma.

Patético y rico en elevada poesía es también el relato de la muerte por acci­dente de Indumati, del inconsolable dolor del esposo en su viudez y de su muerte voluntaria por inanición, para reunirse con su amada. En los cantos X-XV es narrada la historia de Ráma según el relato del Ramayana; falto de inspiración inventiva, el poeta hace alarde de su talento descrip­tivo. Los sucesores de Ráma y sus accio­nes son tema de los últimos cuatro cantos (XVI-XIX). Singular y característico es el retrato que en el último canto hace el poeta del rey Agnivarna, el cual, a diferencia de todos los demás miembros de la virtuo­sísima dinastía de Raghu, es una típica figura de don Juan hindú desdeñoso de los deberes que el trono impone y entregado del todo a las mujeres y a la lujuria. Su desmandada vida y sus abusos le acarrea­ron una consunción que lo llevó a la tumba. Con la muerte de Agnivarna termina para nosotros el Raghuvaméa; probablemente el poema está truncado, pero es imposible decidir si se han perdido únicamente ver­sos o cantos enteros.

De la fama conse­guida en la India por el Raghuvamsa dan testimonio los muchos comentarios indíge­nas que existen (pasan de treinta). Citadísimo en obras hindúes sobre poética, este «mahákávya» revela el genio artístico de su gran autor, pero también pone de re­lieve, según la tendencia general de la poe­sía hindú de su tiempo, cierto artificio de la forma que resulta más evidente en los cantos IX y XVIII. Trad. italiana de C. Formichi (Milán, 1917).

M. Vallauri

El Aventurero Simplicissimus, H.J.Ch. Grimmelshausen

El protagonista (Simplicius Simplicissimus) es un ingenuo labrador que se ve mezcla­do en una serie de peripecias que tienen como telón de fondo la guerra de los Treinta Años.

Hijo de un guarda­bosque, huye, siendo niño, de su cabaña quemada por los soldados y es recogido en el bosque por un ermitaño que lo educa e instruye.

Cuando el ermitaño muere, la soldadesca, tomándole por un espía, lo captura y se lo lle­va a Hanau; aquí es liberado por un pastor protestante y acto seguido se convierte en el bufón del gobernador.

Raptado por los croatas, se mezcla en innumerables y asombrosas aventuras, alternando vida militar y vida de bergante. Por último, a través del lago de Mummelsee (el lago sin fondo), desciende hasta el centro de la tierra y encuentra al rey de los silfos que le hace entrega de un tesoro.

Con él Simplicissimus adquiere un pequeño terre­no, donde piensa vivir por fin en paz junto a sus reen­contrados padres. Aquí la novela parecería haber llega­do a su fin, pero el autor quiere añadir nuevos viajes y sueños alegóricos, luego de los cuales el protagonista nau­fraga en una isla desierta, se convierte al catolicismo y se prepara para una buena muerte.

Enci. Garzanti

La Atlántida, de J. Verdaguer

Poema épico

El joven Colón naufraga frente a las costas de Lusitania y es recogido por un ermitaño. Éste le cuenta la historia mítica del hundimiento de la At­lántida y de la separación de la tierra en continentes, his­toria que acaba anunciando el surgimiento de una nueva nación que vendrá a sustituir la grandeza de la sumergi­da.

El relato del ermitaño sugiere a Colón la visión de un nuevo mundo que tiene que encontrar y cristianizar.

Para ello busca en vano ayuda en Venecia, Génova y Por­tugal. Finalmente Isabel de Castilla, avisada por un sue­ño, da su apoyo al proyecto. El desenlace histórico aca­ba uniendo espiritualmente aquellos continentes separa­dos y permite el surgimiento de un pueblo que supera la grandeza de la castigada Atlántida.

Enc. Garzanti