Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes

(1.a parte, 1605; 2.a parte, 1615)

Su título completo es El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Man­cha ||

PARTE PRIMERA.

Capítulo I: Cervantes describe las costumbres, casa, familia, aficiones y clase social del pro­tagonista Alonso Quijano; subraya la importancia que tienen para él los libros de caballerías y cómo acaba con­vencido de que son reales las peripecias que éstos narran; decide entonces hacerse caballero andante, para lo cual rehace una armadura de sus bisabuelos, busca caballería (Rocinante) y una dama para enamorarse (Dulcinea).

Capítulo II: El protagonista inicia su primera salida un viernes al amanecer; hacia el atardecer se encuentra con una venta en el camino real, donde halla un ventero so­carrón y dos prostitutas que lo reciben y le dan de comer.

Capítulo III: Don Quijote pide al ventero que le arme ca­ballero, no sin antes proceder a la vela de armas durante la noche, motivo que le lleva a enfrentarse a dos arrieros que pretendían moverlas para dar de beber a las bestias. Al día siguiente tiene lugar el simulacro para armarlo ca­ballero; el personaje abandona la venta.
Capítulo IV: Don Quijote sale de la venta; encuentra a Juan Haldudo quien está azotando al joven Andrés a quien tiene atado a una encina; le obliga que lo libere y le pague la soldada adeudada; de que Juan Haldudo no ha cumplido su promesa, nos enteramos por boca de Andrés en el capítulo 31 de la primera parte. Poco des­pués don Quijote se encuentra con unos comerciantes toledanos que van camino de Murcia y a quienes pretende hacer confesar que Dulcinea es la más hermosa doncella del mundo. Rocinante tropieza y don Quijote es apa­leado.

Capítulo V: Arrojado en un barranco, don Quijote cree que es un héroe del romancero hasta que pasa cerca Pero Alonso, vecino de su pueblo, lo reconoce y lo recoge, es­perando hasta la noche para llevarlo a su casa, donde en­contrará a Pero Pérez (el cura) y a maese Nicolás (el bar­bero) departiendo con la sobrina y el ama.

Capítulo VI: El cura y el barbero realizan un escrutinio de la biblioteca de Alonso Quijano y queman algunos de sus libros, mientras perdonan la vida a otros por sus ex­celencias. Aquí termina la primera salida de don Quijote.

Capítulo VII: Don Quijote despierta y vuelve a dormirse tras una breve comida y discusión con el ama y el cura. Ésta tapia la habitación de sus libros. Don Quijote se hace con algún dinero y solicita a un labrador pobre de su pueblo (Sancho Panza) que le sirva de escudero, pro­metiéndole un reino o una ínsula (isla) a la que gober­nar. Comienza la segunda salida, que terminará al final de la primera parte.

Capítulo VIII: Don Quijote divisa unos molinos de vien­to e imagina que son gigantes; al intentar atacarlos es izado por una aspa y, tras dar vueltas en el aire, cae al suelo. Poco después se encuentra con una comitiva de frailes de San Benito que, junto a varios caballeros, acompañan un coche. Don Quijote, que cree que en aquél va raptada una doncella, ataca a un fraile, al que deja malherido en el suelo, pero uno de los caballeros, de ori­gen vasco (el «vizcaíno») le planta cara.
Capítulo IX: El autor finge que se interrumpe la histo­ria. Finalmente encuentra en Toledo un manuscrito ará­bigo de las aventuras de don Quijote, que ordena tradu­cir; el autor del mismo es Cide Hamete Benengeli, que significa señor Hamete Berenjena. En el manuscrito se reanuda el combate y don Quijote derrota al vizcaíno, pero le perdona la vida a ruego de las damas del coche.

Capítulo X: Don Quijote departe con su escudero y nom­bra por vez primera el «bálsamo de Fierabrás». Buscan­do dicho ungüento, encuentra rota su celada, por lo que promete solemnemente para sustituirla recuperar el «yel­mo de Mambrino». Éste es uno de los motivos estructu­rales de toda la primera parte.

Capítulo XI: Don Quijote y Sancho se encuentran con unos cabreros. Comiendo con ellos don Quijote pronun­cia el discurso de la Edad de Oro. El joven cabrero An­tonio canta una canción.

Capítulo XII: Un cabrero cuenta a don Quijote y a sus acompañantes la muerte de amor de Grisóstomo y la his­toria de Marcela, bella pastora indiferente a una multi­tud de enamorados pastores.

Capítulo XIII: Al día siguiente, don Quijote y su escu­dero se dirigen, acompañando a los pastores, al entierro de Grisóstomo. Por el camino departen de caballerías y los cabreros acaban de comprender que don Quijote no está en sus cabales.

Capítulo XIV: Vivaldo, amigo de Grisóstomo, canta la «Canción desesperada», poema escrito por Grisóstomo antes de morir. Apenas acabada la canción, aparece Mar­cela en lo alto de una peña y defiende su libertad de ele­gir o no elegir amante. Al irse intentan perseguirla, pero don Quijote lo impide.

Capítulo XV: Buscando a Marcela los protagonistas se hallan en un bosque, donde Rocinante topa con unas ye­guas a las que intenta «seducir», pero los yangüeses (na­turales de Yangüas), dueños de las yeguas, apedrean al rocín, a quien salen a defender don Quijote y Sancho, que son a su turno apaleados. Sancho monta a don Qui­jote en su asno y recogiendo a Rocinante se encamina a una venta.

Capítulo XVI: Sancho y su señor llegan a una venta que don Quijote cree castillo. Por la noche, Maritornes, chi­ca de la venta, intenta acostarse con un arriero, pero al pasar junto a la cama de don Quijote éste comienza a re­quebrarla pensando que es la dama de un castillo. El arriero, celoso, golpea a don Quijote y comienza una con­fusa pelea en la oscuridad que termina cuando un miem­bro de la Santa Hermandad afirma que alguien ha muerto.
Capítulo XVII: Don Quijote queda molido sobre la cama departiendo con Sancho, a quien confía la fórmula del «bálsamo de Fierabrás». Sancho pide lo necesario para hacerlo. Don Quijote lo toma y sana, pero Sancho de pronto comienza a sudar y desaguarse «por entrambas canales». Don Quijote se va sin pagar y los arrieros de la venta, para vengarse, mantean a Sancho.
Capítulo XVIII: Don Quijote se encuentra con un reba­ño de cabras al que toma por un ejército musulmán. Los cabreros lo apedrean y le rompen los dientes mientras don Quijote intenta beber del bálsamo. Cuando se han ido los cabreros, se acerca Sancho y don Quijote le vo­mita en la cara. Al darse cuenta, Sancho vomita a su vez sobre don Quijote.
Capitulo XIX: Don Quijote se encuentra con una proce­sión que traslada un cuerpo muerto, pero se imagina un rapto y la ataca, creando la confusión y desbandada. San­cho, a la luz de las antorchas, le llama, por vez primera, «Caballero de la Triste Figura».
Capítulo XX: En plena noche, los dos protagonistas se internan por un prado y de pronto comienzan a oír for- tísimos golpes. Don Quijote quiere lanzarse a la aventu­ra, pero se lo impide Sancho que, muerto de miedo, ata las piernas de Rocinante en la oscuridad. Poco después, y ante la insistencia de los golpes, Sancho defeca de mie­do en sus ropas. Al amanecer se dan cuenta que se trata de los batanes de un molino. Sancho se burla de su amo. Capítulo XXI: Sancho y Quijote abandonan el molino y se encuentran con un barbero que lleva una «bacía» (pa­langana) en la cabeza. Don Quijote cree que es el «yel­mo de Mambrino» y se lo arrebata. El barbero huye y Sancho saquea al asno del barbero.
Capítulo XXII: Don Quijote se encuentra con una cade­na de galeotes (encadenados que iban condenados a re­mar en galeras según prescripción penal), entre los que se halla Ginés de Pasamonte, y los libera. Después es ape­dreado por ellos.
Capítulo XXIII: Amo y escudero se encaminan a Sierra Morena. Se encuentran primero la maleta de Cardenio y después con un cabrero que comienza a explicarles la his­toria de aquél, joven loco de amor que abandona su pue­blo por despecho de Luscinda, que se había casado con Fernando. Al final, se presenta el propio Cardenio. Capítulo XXIV: Dan de comer a Cardenio y él mismo si­gue contando su historia, pero don Quijote lo interrum­pe cuando comienza a hablar de caballerías. Cardenio tie­ne un acceso de locura y se va tras un pequeño forcejeo con don Quijote.
Capítulo XXV: Don Quijote se despide del cabrero y co­mienza la penitencia de Beltenebros (soledad, suspiros, versos que escribe en los árboles y volteretas en pelota en honor de su señora, que se imagina lo ha desdeñado). Dicta una carta para Dulcinea que encarga a Sancho así como una cédula por tres pollinos. Como sabremos des­pués, Sancho olvida la carta.
Capítulo XXVI: Don Quijote sigue con su penitencia mientras Sancho parte con la carta, pero al acercarse a la venta se encuentra con el cura y el barbero que están buscando a don Quijote. El cura planea la forma de de­volverlo a su pueblo vistiendo de dama menesterosa al barbero.
Capítulo XXVII: En el camino, los tres personajes, se en­cuentran con Cardenio, que acaba de contarles su his­toria.
Capítulo XXVIII: Poco después los cuatro se encuentran con Dorotea, joven aldeana rica desdeñada por Fernan­do a cambio de Luscinda.
Capítulo XXIX: Cardenio se da a conocer a Dorotea, y ésta se ofrece para salvar a don Quijote y se viste de don­cella menesterosa (princesa Micomicona). Guiados por Sancho, se encuentra la comitiva con don Quijote, quien promete no entrar en ninguna aventura antes de salvar el reino Micomicón. A tal efecto se encaminan a la venta. Capítulo XXX: Departen los seis y Dorotea cuenta a don Quijote la historia falsa de su supuesto padre Tinacrio el Sabidor. Sancho aconseja a su amo que se case con la princesa Micomicona. Sancho y don Quijote cabalgan juntos por delante y éste le pide cuentas de Dulcinea. Capítulo XXXI: Sancho sigue contando a don Quijote su encuentro imaginario con Dulcinea. Se encuentran con Andrés (v. cap. VI) que les cuenta el final del castigo que le propinó Juan Haldudo olvidando la promesa hecha a don Quijote. Éste quiere vengarse de Juan Haldudo, pero se lo impide Dorotea.
Capítulo XXXII: El cura y el ventero charlan de libros de caballerías, resultando que el ventero cree en la ver­dad de esos libros, aunque reconoce la locura de don Qui­jote. En una maleta encuentran la Novela del curioso im­pertinente. El cura se dispone a leerla.
Capítulos XXXIII-XXXV: La novela del curioso imper­tinente: en la Florencia del siglo XV viven dos amigos ín­timos llamados Anselmo y Lotario. Anselmo se casa con Camila. Entonces se le ocurre la idea de probar su fide­lidad. Después de muchas discusiones Lotario accede al juego de seducirla. Pero tras varias maniobras (de An­selmo para empujar al amigo a que siga el juego y de Lo­tario para librarse de tan absurdo cometido) resulta que Lotario se enamora de Camila y Camila de Lotario. In­tenta mantener el engaño con ayuda de una criada de Ca­mila (Leonela), pero finalmente ambos huyen dejando a Anselmo solo, que acaba muriendo de pena. La novela sólo se interrumpe brevemente cuando al comenzar el ca­pítulo XXXV don Quijote confunde los cueros de vino tinto con gigantes y los revienta a golpes, creando la con­fusión en la venta.
Capítulo XXXVI: Llega Fernando a la venta acompaña­do de Luscinda y varios mozos. Cardenio y Dorotea, y Fernando y Luscinda se reconocen entre sí. Final­mente Fernando accede a reconocer a Dorotea como es­posa puesto que la boda con Luscinda no se había consumado.
Capítulo XXXVII: Sancho descubre que la princesa Mi­comicona es Dorotea y se lo dice a su amo, lo que pro­voca un gracioso incidente. Llegan a la venta Zoraida y el «capitán cautivo». Se ponen todos a cenar y don Qui­jote comienza el «Discurso de las armas y las letras». Capítulo XXVIII: Don Quijote termina su Discurso. Fer­nando ruega al «cautivo» que cuente su vida.
Capítulo XXXIX-XLI: El «capitán cautivo» cuenta su vida (Novela del capitán cautivo, si bien Cervantes no la titula en este lugar, aunque sí en el capítulo XLIV de la segunda parte). Ruy Pérez de Viedma, originario de las montañas leonesas, se despide de sus padres y de sus dos hermanos y parte para seguir la carrera militar. Pelea en Flandes y en Lepanto, donde es apresado, pasando a Ar­gel como esclavo. Allí conoce a Zoraida, hija del rene­gado Agi Morato (Hajji Murad), que desea huir a país cristiano y convertirse al cristianismo. Con la ayuda de un renegado logran escapar llevando consigo, por acci­dente, al padre de Zoraida, a quien abandonan en un lu­gar solitario de la costa africana. Finalmente, antes de lle­gar a las costas de Málaga, son saqueados por piratas franceses.
Capítulo XLII: Aquella misma noche llega a la venta un oidor o magistrado. El capitán descubre que es su her­mano Juan Pérez de Viedma. El cura prepara al oidor y poco después le revela la identidad del «capitán cautivo».
Capítulo XLIII: Por la noche un joven comienza a can­tar canciones de amor. Resulta ser don Luis, enamorado de Clara, hija del oidor. La hija de la ventera y Maritor­nes dejan colgado a don Quijote por la parte exterior de una ventana hasta el amanecer. Por la mañana llega una cuadrilla buscando a don Luis.
Capítulo XLIV: Los criados de don Luis lo encuentran, los demás huéspedes se interesan por su caso. Otros dos que Cervantes no nombra intentan escapar sin pagar, im­pidiéndoselo el ventero. Don Luis declara al oidor el amor que le tiene a su hija, doña Clara. Entra en la ven­ta el barbero a quien don Quijote quitó la bacía y acusa de ladrones a él y a Sancho. Éste y el barbero comienzan a pelearse y don Quijote sostiene con ardor ante los pre­sentes que la bacía es el «yelmo de Mambrino».
Capítulo XLV: El cura y el barbero de su pueblo siguen la burla a don Quijote, así como don Fernando, quien hace votar a los presentes por qué causa se inclinan. Los servidores de don Luis y algunos cuadrilleros no entien­den la burla y comienza una pelea entre ambos bandos. Una vez sosegados, uno de los cuadrilleros quiere pren­der a don Quijote por el caso de los galeotes.
Capítulo XLVI: El cura apacigua a los cuadrilleros de la Santa Hermandad, paga los ocho reales de la bacía y de­vuelve la albarda al pobre barbero. El cura manda hacer una jaula y se concierta con un carretero para llevar a don Quijote a su aldea. Lo atan mientras duerme y una vez despierto lo meten en la jaula sobre el carro de bue­yes. El barbero de su pueblo lanza una profecía asegu­rando a don Quijote que lo llevan al reino Micomicón. Capítulo XLVII: Los diferentes viajeros abandonan la venta. El ventero lleva al cura una novela que ha encon­trado en el forro de la misma maleta donde estaba la No­vela del curioso impertinente y el cura la abre y comprue­ba que es la Novela de Rinconete y Cortadillo (publicada en 1613 en las Novelas ejemplares de Cervantes). El cura y el barbero, con antifaces, conducen a don Quijote. En el camino se encuentran con «el canónigo de Toledo», quien comienza a hablar con el cura de libros de ca­ballerías.
Capítulo XL VIII: El cura y el canónigo siguen su charla. Hablan también de teatro. Cervantes defiende el teatro clásico, aunque comprende la fórmula lopesca, exigida por el público. Subraya la variedad posible en la narra­tiva caballeresca. Sancho pregunta a su amo si no tiene ganas de «hacer aguas», para convencerlo de que no está encantado.
Capítulo XLIX: Dejan salir de la jaula a don Quijote con la promesa de no escapar. El canónigo habla con don Quijote e intenta disuadirle de sus propósitos.
Capítulo L: Don Quijote sigue defendiendo ante el canó­nigo la verdad de los libros de caballería. Un cabrero que se encuentran mientras persigue una cabra comienza a contarles la historia de Leandra y Vicente de la Rosa. Capítulo LI: Historia de Leandra y Vicente de la Rosa (Roca en las ediciones posteriores).
Capítulo LII: Eugenio comienza a pelearse con don Qui­jote; aparece una compañía de disciplinantes (clérigos que se dan azotes, ‘disciplinas’) y cantan letanías para conjurar la lluvia; don Quijote les ataca cuando comien­zan a reírse de él y uno de ellos le golpea. El cura, que conoce a un disciplinante, pone paz. Finalmente, llegan a la aldea de don Quijote. El autor afirma que buscó y no encontró nuevos manuscritos de la obra, para termi­nar con una suerte de versos burlescos de los «académi­cos de Argamasilla».
PARTE SEGUNDA. Capítulo I: Esta Segunda Parte nos cuenta la tercera salida de don Quijote. El cura y el bar­bero van a visitar a don Quijote que está en cama y ha­blando con él concluyen que sigue tan perturbado como antes.
Capítulo II: Sancho Panza va a visitar al ama y tiene una ligera pendencia con ella y la sobrina. Sancho cuenta a don Quijote lo que dicen de él y le da la noticia de ha­berse publicado la primera parte de la obra.
Capítulo III: Don Quijote, Sancho y el bachiller Sansón Carrasco departen de caballerías y de la primera parte de la obra, especialmente sobre la verdad de la historia y la crítica de las novelas intercaladas. Sancho se va a comer. Capítulo IV: Vuelve Sancho y sigue la charla. El bachi­ller pregunta varias dudas acerca de la primera parte: el rucio de Sancho, los cien escudos de Sierra Morena, etc. Capítulo V: Sancho departe con su mujer sobre la terce­ra salida y el gobierno de la «ínsula». El narrador (es de­cir, el supuesto traductor de Cide Hamete Benengeli) nos informa que considera apócrifo este capítulo por el esti­lo del habla de Sancho.
Capítulo VI: Don Quijote discute con ama y sobrina so­bre su próxima y tercera salida. Sancho llega de nuevo a casa de don Quijote.
Capítulo VII: El ama va a buscar a Sansón Carrasco para que convenza a don Quijote; el bachiller le promete ayu­darla. Sancho departe con don Quijote, le pide salario fijo; se enfada don Quijote, pero al final ambos se abrazan.
Capítulo VIII: Finalmente salen don Quijote y Sancho y se dirigen al Toboso en busca de Dulcinea. Departe en el camino sobre caballeros y reliquias de santos.
Capítulo IX: Entran por la noche en el Toboso y bus­cando el palacio de Dulcinea; se encuentran con la Igle­sia. Preguntan a un labrador por Dulcinea, pero éste no les sabe dar señas. Al amanecer y por consejo de Sancho se esconden en un bosque cercano.
Capítulo X: Sancho deja a su amo en el bosque y va a buscar a Dulcinea. Tras pensar el engaño, vuelve asegu­rando que la ha encontrado, y embauca a don Quijote jurando que tres aldeanas que halló en el camino son Dul­cinea y sus doncellas. Se sucede una escena cómica y su amo piensa que es de nuevo engañado por encantadores. Capítulo XI: Sancho y don Quijote se encuentran con una compañía de cómicos que van a representar el auto sacramental de Las Cortes de la Muerte. Don Quijote sa­luda a los farsantes, pero es atacado por lo que él supo­ne un diablo. Al intentar vengarse lo reciben a pedradas. Capítulo XII: Internados en un bosque se encuentran con el Caballero de los Espejos (también llamado por el narrador «Caballero del Bosque», por el sitio donde lo encuentra don Quijote) y su escudero.
Capítulo XIII: Caballeros y escuderos departen por se­parado. Sancho y el escudero del Caballero de los Espe­jos comen apaciblemente y hablan de sus amos y los usos de la caballería.
Capítulo XIV: El Caballero del Bosque se precia de ha­ber vencido a don Quijote y de que su dama es la más bella de cuantas hay. Negándose a conceder ambos ex­tremos, don Quijote le reta a duelo. Despiertan a los es­cuderos que han de pelear entre sí. Sancho se niega y pide a don Quijote que lo suba a un alcornoque. Don Quijote vence al de los Espejos que resulta ser Sansón Carrasco, y su escudero, Tomé Cecial, vecino de la aldea.
Capítulo XV: El narrador nos cuenta cómo desde que Sansón Carrasco prometió ayuda al ama ideó seguir a don Quijote, retarlo en duelo, vencerlo y hacerle jurar que nunca más saldría de su pueblo. Tomé Cecial se des­pide de él y vuelve a la aldea. Sansón Carrasco, magu­llado, jura vengarse de don Quijote.
Capítulo XVI: Departiendo por el camino se encuentran con un caballero que el narrador llama «Caballero del Verde Gabán», hidalgo hacendado y culto de vida vir­tuosa. Habla de su hijo, a quien quisiera ver estudiando derecho pero que se inclina por la poesía. Don Quijote le aconseja y nuestro caballero se admira de la lúcida lo­cura de don Quijote.
Capítulo XVII: De camino se encuentran con una carre­ta de leones, regalo del rey de Marruecos para el rey de España, que don Quijote obliga a abrir para enfrentarse a los leones, pero éstos, muertos de hambre, no hacen caso de don Quijote, quien se considera vencedor de tan peligrosa aventura. Sancho llama a su amo «Caballero de los leones». El Caballero del Verde Gabán los invita a comer.
Capítulo XVIII: Don Quijote y Sancho comen con don Diego de Miranda, mujer e hijo. Éste lee una glosa y un soneto que dejan admirado a don Quijote, quien, a su vez, los deja admirados a ellos.
Capítulo XIX: Don Quijote y Sancho dan con un grupo de gentes que van a las bodas de Camacho el rico y Qui­teña. Ésta ha abandonado el cariño fraternal con Basilio y aconsejada por sus padres va a casarse con Camacho. En el camino, discuten de estocadas entre un licenciado y el bachiller Corchuelo, y vence aquél siguiendo los tra­tados teóricos de esgrima, moda de la época, cuyo valor era el centro de la discusión.
Capítulo XX: Cervantes nos describe con gran aparato las fiestas de las bodas, con una pequeña representación alegórica. Sancho hace delicias comiendo por todas par­tes, al tiempo que discute con don Quijote sobre la ri­queza de los amantes.
Capítulo XXI: Llega Quiteria y poco después irrumpe Basilio. Éste le recuerda sus amores de juventud y se en­sarta en el pecho, pidiendo casarse con ella en las ansias de la muerte. No obstante, una vez casados descubre que no se había ensartado, y, por tanto, está ya casado con Quiteria. Tras un amago de lucha entre ambos bandos, llega la paz.
Capitulo XXII: Después de solazarse unos días en casa de Basilio, parten con un primo suyo, llamado «el Pri­mo», que es experto en cosas inútiles (el primer estornu­do, etc.), quien los conduce a la cueva de Montesinos, donde entra don Quijote encordado y es sacado de allí después de hora y media.
Capítulo XXIII: Don Quijote cuenta al primo y a San­cho que en la cueva de Montesinos se quedó dormido y soñó que, durante tres días, había estado con Montesi­nos y Durandarte, ambos encantados, y que ha visto en­cantada a Dulcinea en figura de labradora. Sancho duda de la verdad de ese sueño.
Capítulo XXIV: El traductor comenta una glosa de Cide Hamete Benengeli donde duda de la verdad de don Qui­jote y señala como apócrifa esta aventura. El primo quie­re conducirlos a una ermita pero se van a una venta pues­to que encuentran a un hombre armado que afirma les contará allí maravillas. También se encuentran un mu­chacho que va a la guerra.
Capítulo XXV: El viajero que iba armado les comenta la historia de dos alcaldes que buscan un burro rebuznando por el bosque, de donde nacen las burlas de los pueblos vecinos y de ahí las luchas entre ellos. Llega maese Pe- nocturna a la luz de las antorchas Radamanto y Minos, jueces del infierno, condenan a Sancho a ser escarnecido por la muerte de Altisidora, rechazada por don Quijote. Sancho se duele de su fortuna pero accede. Altisidora re­sucita y pone fin a la burla.
Capítulo LXX: El Narrador nos contará cómo supieron los duques por boca de Sansón Carrasco, que también ha­bía pernoctado en su palacio cuando iba en busca de don Quijote a Zaragoza, de la vuelta de ambos héroes y cómo prepararon la burla contando con la desenvoltura de Al­tisidora. Ésta los visita al día siguiente. Don Quijote come con los duques y parte.
Capítulo LXXI: Sancho consigue que don Quijote le asig­ne un sueldo por cada azote que se dé para desencantar a Dulcinea, comenzando inmediatamente su penitencia, pero encuentra la forma de suavizarla apartándose un poco de la vista de don Quijote y azotando las cortezas de las hayas.
Capítulo LXXII: Camino de su aldea encuentran en un mesón a don Alvaro Tarfe, personaje de la Segunda Par­te apócrifa de Avellaneda. Consiguen que don Alvaro certifique ante el alcalde del pueblo, que por acaso apa­rece en el mesón, que ellos son los auténticos don Qui­jote y Sancho. Sancho sigue con su singular penitencia y termina los azotes reglamentados por Merlín (v. Segun­da Parte, Capítulo XXXV). Desde un alto divisan la aldea.
Capítulo LXXIII: Don Quijote interpreta como de mal agüero varios sucesos que le ocurren a la entrada de su pueblo. Rodeados de muchachos, se encuentran respec­tivamente con Teresa, mujer de Sancho, y con el ama y sobrina. Don Quijote se retira a charlar con el cura, el barbero y Sansón Carrasco y les cuenta sus aventuras y derrotas en Barcelona, así como su proyecto de Arcadia pastoril, al que se suma entusiasmado Sansón Carrasco y que enfurece al ama.
Capítulo LXXIV: Don Quijote cae enfermo y el médico les comunica el peligro que corre su vida. Duerme un poco y despierta cuerdo. Convertido de nuevo en Alonso Quijano «el bueno», desengaña a todos los que quieren seguirle el curso de sus pasadas locuras caballerescas y pastoriles. Dicta testamento y fallece. Finalmente la plu­ma de Cide Hamete Benengeli se despide del lector. Don Segundo Sombra (1926) novela de R. Güiral- des || Ambientada en la pampa argentina y narrada en pri­mera persona por el propio protagonista, que evoca su vida a partir de una infancia pobre y abandonada, la obra narra la historia de un muchacho, hijo ilegítimo y «bas­tardo», que vive con unas agrias solteronas y que un buen día huye en compañía de un legendario gaucho, Don Se­gundo Sombra. Desde este momento, el muchacho, Fa- bio Cáceres, se va adiestrando, bajo la experta guía del viejo gaucho, su padre y padrino, en la ruda existencia de la pampa: aprende cómo capturar un caballo salvaje, cómo domarlo, cómo cuidar del ganado, etc. La vida errabunda y libre del gaucho, junto con su buen sentido popular, es así exaltada y mitificada. Al fin, el joven en­cuentra a su padre y se convierte en estanciero, y don Se­gundo Sombra, una vez concluida su tarea de iniciador, reemprende su camino y desaparece.

La Jerusalén liberada, T. Tasso

Poema en 20 cantos, en octavas

La materia del poema está tomada de los historiadores de las cruzadas y tiene por asunto la I Cruzada, en los últimos tres o cuatro me­ses del asedio a Jerusalén (1099), la caída de Jerusalén y la batalla de Escalona. Son personajes históricos tanto Godofredo de Bouillon, duque de la Baja Lorena, repre­sentado por el poeta cuerdo y piadoso tal como lo des­criben los antiguos historiadores, como Tancredi, el prín­cipe de estirpe normanda. De este último sin embargo Tasso hizo un personaje muy distinto del que nos han trasmitido las crónicas.

Después de seis años en Oriente sin haber intentado el asalto a la ciudad santa, Godofre­do de Bouillon es nombrado comandante para llevar a término la empresa de la conquista del Santo Sepulcro. Junto a él están su propio hermano Baldovino, que as­pira a las grandezas humanas; Tancredi, atormentado por un amor desgraciado; Beomondo, demasiado preo­cupado por su nuevo reino de Antioquía; Rinaldo, ávido de gloria. En cambio Godofredo sólo piensa en la con­quista del Santo Sepulcro, indiferente a los honores y a las riquezas. Tras dirigirse con el éjercito y la flota hacia Jerusalén, Aladino, sultán de Palestina, informado de la llegada de los cristianos, prepara la defensa de la ciudad.

Pero el cumplimiento de la empresa resulta comprometi­do, más que por la defensa presentada por los sarrace­nos, por las propias pasiones de los guerreros que los apartan de su propósito principal y por el mago Ismeno, quien propone a Aladino robar la imagen de la Virgen del templo cristiano para hacer inexpugnable la ciudad. Pero la imagen desaparece misteriosamente y Aladino de­cide perseguir a los cristianos para dar con el culpable. Mientras tanto al ejército cristiano, acampado en Emaús, se presentan unos mensajeros del rey de Egipto, Aletes y Argante. Cuando Godofredo rechaza renunciar a luchar contra Aladino, Argante declara la guerra por parte de Egipto. Ante el avance de los cristianos hacia Jerusalén, Clorinda sale con otros guerreros al encuentro de los francos e inicia un duelo justamente con Tancredi, que siente por ella un atormentado y no correspondido amor, y que, al reconocerla, se limita a defenderse.

Mientras tanto los paganos atraen a los francos hacia Argante que está al acecho con los suyos. En el terrible choque muere uno de los caudillos cristianos, Dudón, al que se dispen­san unos solemnes funerales. Armida, una joven y bellí­sima maga, es enviada por inspiración del demonio por su tío Idraotes, rey de Damasco, para que seduzca, con el mentido pretexto de obtener de él ayuda y protección, a Godofredo o al menos a alguno de sus mejores guerre­ros. Éstos, víctimas de las artes de Armida, la siguen con­vertidos en sus campeones, para ser luego encarcelados por ella en un castillo del Mar Muerto.

Aladino, que es­pera los refuerzos de Solimán de Nicea, rechaza la pro­puesta de Argante de decidir la guerra mediante un due­lo. Tancredi acepta el desafío pero, al ver en el séquito de Argante a Clorinda, es presa de un encantamiento. Sólo queda entonces el anciano Raimundo de Tolosa para continuar el duelo: pero un demonio empuja a un arque­ro pagano a lanzarle una flecha. Rota así la tregua se ini­cia una batalla que se ve perturbada por un temporal de­sencadenado por los diablos, siendo rechazados los cris­tianos. El día después llega la noticia de la trágica muer­te del príncipe Svevo y de los suyos, muertos por Soli­mán mientras venían en ayuda de Godofredo. Ante el fal­so anuncio de la muerte de Rinaldo, cuya coraza ensan­grentada es hallada junto a un riachuelo y sobre un ca­dáver decapitado, una parte de los guerreros se alza en rebelión. Tras sofocar ésta, Godofredo debe hacer frente a Solimán, que ha llegado con sus tropas a Jerusalén para combatir contra los cristianos. Se presentan en su ayuda

Clorinda y Argante con todo el ejército de Aladino. En la lucha, muere Argilano a manos de Solimán. Pero en ayuda de los cristianos llega un grupo de guerreros que no son otros que los prisioneros de Armida, liberados por Rinaldo, los cuales cambian la suerte de la batalla. Exhortados por Pedro el Ermitaño, los cruzados realizan una solemne procesión por el monte de los Olivos para impetrar la ayuda divina. Al día siguiente atacan la ciu­dad, pero es herido Godofredo y la llegada de la noche obliga a interrumpir las hostilidades. Pero en la noche Clorinda se ofrece, junto con Argante, a prender fuego a las máquinas de guerra de los cristianos. Tras llevar a cabo su propósito, Argante consigue regresar dentro de la ciudad, pero Clorinda, retrasada, queda fuera de sus muros.

Tiene lugar un largo y terrible duelo en el que Tancredi, que no la reconoce, la hiere mortalmente. Ésta débilmente le pide el bautismo, y Clorinda muere hacien­do un gesto de paz y de amistad. Tras su muerte Tancre­di se desespera hasta el punto casi de quitarse la vida. Ar­gante jura vengarla dando muerte a Tancredi. A fin de que los cristianos no puedan disponer de madera para re­construir sus máquinas, Ismeno encanta la selva de Saron y hace venir una sequía terrible para los cristianos. Toda tentativa de entrar en la selva se ve frustrada por pavorosos encantamientos. Después de un sueño admo­nitor, Godofredo ordena ir en busca de Rinaldo, el úni­co capaz de vencerlos.

Un mago cristiano les revela su pa­radero: éste se halla prisionero de la maga Armida, ena­morada de él, en una de las Islas Afortunadas. Guiados por la fortuna, y tras vencer múltiples encantamientos (la fuente de la risa, el canto de las sirenas), los enviados lo­gran entrar en el palacio de Armida. Rinaldo se da cuen­ta de su error: ni los hechizos ni los ruegos desesperados de Armida pueden retenerlo. Rinaldo, aunque apiadado, la abandona, y Armida se dirige al campamento de los egipcios con propósitos de venganza. Tras su regreso al campamento cristiano y, una vez perdonado por Godo­fredo de su deserción, Rinaldo se recoge en oración en el Monte de los Olivos y, una vez purificado de este modo, deshace los encantamientos de la selva resistiendo a las más maravillosas lisonjas, y finalmente los cristia­nos pueden procurarse madera suficiente y rehacer sus máquinas de guerra.

Aunque los asediados, con la ayuda del mago Ismeno, se preparan entretanto para resistir, ya nada se opone al asalto de la ciudad: Jerusalén es toma­da y Aladino se refugia en un fortín. Argante sin embar­go no rinde sus armas todavía y desafía a Tancredi a rea­nudar el interrumpido duelo: muere Argante pero Tan­credi, herido, cae junto al enemigo muerto. Tancredi es auxiliado y cuidado por Herminia, la dulce doncella sarracena que lo ama en secreto. Mientras tanto Jerusa­lén es saqueada y Aladino, defendido por Solimán, ha buscado refugio en la torre de David. Tras la llegada en su ayuda del ejército egipcio, Godofredo manda reanu­dar la batalla, en la que hallan la muerte Aladino a ma­nos de Raimundo de Tolosa, y Solimán y los principales guerreros de Armida a manos de Rinaldo.

Armida se que­da sola y emprende la huida perseguida por Rinaldo que, al darle caza, la invita a hacerse cristiana. Ésta, tras un primer momento de vacilación y hasta de desdén, acepta haciendo votos apasionados de sumisión. La batalla ha llegado así a su término, la empresa ha sido cumplida. Todavía armado, Godofredo, antes de que caiga la no­che, puede dirigirse con los suyos al templo, a adorar el Santo Sepulcro y a cumplir su promesa.

La Iliada, Homero

Poema en 24 cantos, en hexámetros

La acción se desarro­lla en cincuenta y una jornadas, y el argumento es un epi­sodio del último año de la guerra contra Troya (Ilión); Aquiles, encolerizado contra Agamenón que le ha roba­do a su esclava Briseida, se retira del combate, debilitan­do gravemente al ejército aqueo. Sólo una segunda y más terrible cólera, causada por la muerte de su amigo Patroclo, empujará a Aquiles de nuevo al combate.

Canto I: Es el décimo año de la guerra de Troya. En el campamento aqueo hace estragos una epidemia enviada por Apolo, despechado porque Agamenón se ha negado a devolver a la joven Criseida a su padre, el sumo sacer­dote Crises. Cuando el adivino Calcante le revela el mo­tivo de la venganza de Febo, Agamenón, injuriándolo, devuelve a Criseida aunque exigiendo a cambio a la es­clava de Aquiles, Briseida. De aquí la ira de Aquiles, que jura que ni él ni sus mirmidones combatirán más en fa­vor de los aqueos. Mientras tanto, la nereida Tetis, su madre, ha pedido y obtenido de Zeus que los troyanos los aventajen hasta que su hijo no haya recibido una sa­tisfacción de Agamenón.

Canto II: Zeus envía un pernicioso sueño a Agamenón, persuadiéndole de que presente batalla. Así pues, secun­dado por la elocuencia de Néstor y por la habilidad de Ulises, convence a los aqueos para que combatan. El poe­ta introduce en este punto la relación de las naves aqueas, sin dejar de mencionar asimismo a los mejores caballos y al guerrero más insigne después de Aquiles, Áyax, hijo de Telamón. Mientras tanto el caudillo de los troyanos, Héctor, presto también para la lucha, revista a sus tropas.

Canto III: Tiene comienzo la batalla, durante la cual Pa­rís huye ante Menelao. Reprendido con duras palabras por Héctor, Paris se ofrece a batirse en duelo con Mene­lao para poner término a la guerra. Ambos ejércitos acep­tan; los troyanos y la bella Helena asisten al combate des­de las Puertas Esceas. Cuando Paris está a punto de su­cumbir, Afrodita lo salva de Menelao, que es proclama­do vencedor del combate por los aqueos.

Canto IV: En el Olimpo, Zeus promete a Hera la des­trucción de Troya para saciar el odio de ésta hacia los tro­yanos, aunque guardándose el vengar a su antojo el fin de un pueblo al que estima. Envía por tal motivo a Ate­nea, bajo la figura del troyano Laódoco, a que persuada al arquero Pándaro para que hiera a Menelao con una fle­cha. De este modo queda rota la tregua, y Agamenón da nuevamente la señal de combate. Atenea protege a los aqueos. Ares a los troyanos. El combate es encarnizadísimo.

Canto V: Atenea infunde entonces una fuerza sobrehu­mana a Diomedes, hijo de Tideo, que comienza a hacer estragos entre los troyanos. Pándaro lo hiere en un hombro, pero Atenea lo cura de nuevo. El valeroso Eneas hace subir entonces a Pándaro en su carro y marcha en busca de Diomedes, el cual, sin embargo, mata a Pánda­ro y golpea a Eneas con una gran piedra. Cuando Afro­dita acude en defensa de su hijo, Diomedes, menospreciándola, la hiere en una mano: y la diosa, entre lágri­mas, asciende al Olimpo, confiando Eneas a Apolo. Ares infunde valor, mientras tanto, a los troyanos, que renue­van el asalto al ver bajar a Héctor al campamento acom­pañado por el furibundo Eneas, curado por Leto y Ar­temisa. Pero Ares es también obligado a volver al Olim­po tras ser herido por Diomedes a instigación de Atenea y de Hera.

Canto VI: Los troyanos comienzan a llevar la peor par­te. Pero el adivino Heleno aconseja a su hermano Héc­tor que ofrezca sacrificios a Atenea en la ciudad, con el fin de que la diosa aleje al invencible Diomedes. Éste úl­timo, entre tanto, encuentra a Clauco: pero antes de enfrentarse con él en duelo, le inquiere si es un numen o un mortal. Glauco le confiesa ser un mortal de la estirpe de Belerofonte. Diomedes, recordando que Belerofonte fue huésped de su abuelo, estrecha la mano a Glauco, que intercambia sus espléndidas armas con las más mo­destas del aqueo. Héctor, entre tanto, está en Troya y, tras haber ordenado los sacrificios, tiene un encuentro con su mujer Andrómaca y su hijo pequeño Astianacte. A los llantos de Andrómaca responde Héctor con dulzu­ra que sería para él un deshonor no defender su ciudad, por más que Troya esté destinada a caer y él a morir. Des­pués de abrazarla, retorna al campamento con Paris.

Canto VII: A sugerencia de Heleno, inspirado por los nú­menes, Héctor reta en duelo a aquellos aqueos que quie­ran enfrentarse con él. Se presenta Áyax Telamón. El duelo tiene fases alternas, pero se ve interrumpido por los heraldos de los dos ejércitos al caer la noche. Al día siguiente se establece una tregua para recoger a los muer­tos de ambos bandos. Los aqueos aprovechan la ocasión para erigir un muro, circundado por un foso, en defensa de sus naves.

Canto VIII: Zeus prohíbe a los dioses tomar parte en la guerra y se dirige al monte Ida para asistir a la batalla que se ha reanudado. Pero pensando la suerte de los ejér­citos sobre las áureas balanzas, ve que se levanta en alto la de los troyanos. Los aqueos emprenden la huida, los troyanos, conducidos por Héctor, los hostigan empujándolos hacia las naves. La noche interrumpe el combate que ha. visto a los troyanos victoriosos, Héctor manda en­cender muchos fuegos en el campamento para evitar que el enemigo huya y se queda a la espera de la aurora.

Canto IX: Agamenón, tras haber puesto centinelas en torno al foso, reúne a los ancianos en consejo. Siguien­do el parecer de Néstor, se decide enviar una embajada a Aquiles para tratar de aplacarlo. Son enviados con ri­cos presentes a parlamentar con el Pélida, Ulises, Áyax Telamón y el anciano Fénix, acompañados de los heral­dos Odio y Euríbates. Aquiles les brinda una cordial aco­gida, ofreciéndoles comida y vino. Pero al astuto discur­so de Ulises, que le expone el motivo de su embajada, Aquiles responde que los héroes no son tenidos por los aqueos en gran consideración, como demuestra la acti­tud de Agamenón respecto a ellos. Por tal razón rechaza los presentes, proclamando su decisión de poner velas al día siguiente hacia el Helesponto. Los embajadores em­prenden el camino de regreso desilusionados.

Canto X: Agamenón, intranquilo, no puede conciliar el sueño: por eso, después de haber despertado a los demás caudillos y de haber hecho inspeccionar las guardias, en­vía a Ulises y a Diomedes a explorar el campamento troyano. Éstos capturan en seguida a un explorador troyano: Dolón. Éste habla, creyendo poder salvar así su vida, explicando su misión, y les sugiere introducirse en el cam­pamento troyano cruzando el de los tracios. No bien ter­mina de hablar, Diomedes le corta la cabeza. Luego con Ulises cruza por entre los tracios dormidos, dando muer­te a un gran número de ellos, incluido su caudillo Reso. Huyen con los corceles de Reso, célebres por su hermo­sura, justo mientras Febo, despechado por la ayuda pres­tada a Diomedes por Atenea, ha despertado a Hipocoonte, primo de Reso, para que dé la alarma.

Canto XI: Al rayar el alba se entabla el tercer combate desde el día de la cólera de Aquiles. Lo contemplan la Discordia y Zeus, sentado sobre el monte Ida. Los aqueos repelen a los troyanos hacia las Puertas Esceas, pero Héc­tor, aconsejado por Zeus, se mantiene aparte, a la espe­ra de que Agamenón, que se muestra valerosísimo aquel día, sea herido. No sólo es herido Agamenón, sino tam­bién Diomedes, y a continuación Ulises. Héctor se ade­lanta entonces tan ferozmente que el mismo Áyax retro­cede. Mientras tanto Aquiles ha visto a Néstor transpor­tar a Macaón herido, y envía a Patroclo a informarse. Néstor reconviene de forma tan elocuente la inercia de Aquiles, que Patroclo se apresura turbado a retroceder. Por el camino, empero, se detiene para curar a Eurípilo, también herido.

Canto XII: Los caballos de los troyanos se niegan a cru­zar el foso. Polidamante aconseja a Héctor cruzarlo a pie. Un prodigio enviado por Zeus, interpretado como in­fausto por Polidamante, los hace dudar. Pero poco des­pués Héctor decide emprender igualmente el asalto. El Sarpedón, el hijo de Zeus, quien con la ayuda de Glauco consigue abrir una brecha en el muro. Héctor, por su par­te, abate una puerta con una roca. A través de estas dos aberturas, los troyanos irrumpen dentro mientras los aqueos salen huyendo.

Canto XIII: Poseidón, presa de compasión por los aqueos, aprovecha que Zeus ha apartado los ojos del combate para, adoptando el aspecto de Calcante, infundirles aliento. Y he aquí que los troyanos retroceden. Se entabla una lucha en torno al cuerpo de Alcátoo, yerno de Príamo, y son numerosos los muertos. Áyax Telamón desafía a Héctor: lanzando fuertes gritos, las filas ene­migas se enfrentan.

Canto XIV: Para evitar que Zeus se percate de Poseidón, Hera urde una asechanza. Se cubre el cuerpo de ambro­sía, se arregla los cabellos y vuela hacia Lemnos para vi­sitar al Sueño. Le promete, si cierra los ojos de Zeus, darle por mujer a la gracia Pasitea. Vuelan juntos al monte Ida, donde el Sueño, transformado en pájaro, se escon­de en la espesura de un árbol. Hera, mientras tanto, se presenta ante Zeus tan seductora que al instante éste es víctima de los encantos de la mujer. Ocultos por una nube dorada, Zeus y Hera se recuestan sobre la hierba, y el Sueño embarga los ojos de Zeus. Poseidón, entre tanto, comanda el ejército aqueo, y Áyax golpea a Héctor en pleno pecho con una gran piedra. Mientras Héctor cae desfallecido a orillas del río Janto, los troyanos empren­den la huida.

Canto XV: Zeus se despierta en el monte Ida y se enoja con Hera, pero después la perdona a condición de que en­víe a Iris ante Poseidón con la orden de que abandone el campamento, y a Febo junto a Héctor para que lo cure. Así sucede, y cuando Héctor se presenta en el campamen­to los aqueos huyen. Se entabla una lucha encarnizada en torno a las naves, mientras Héctor trata de prender fuego a la de Protesilao, defendida por Ájax.

Canto XVI: Patroclo pide entonces a Aquiles que le dé sus armas. Cuando éste ve alzarse las llamas de las na­ves, consiente en ello, ofreciendo a Patroclo el mando de los mirmidones y de sus corceles inmortales, Balio y Janto, guiados por Autodemedonte. Patroclo, entrando en la liza, da muerte en terrible combate a Sarpedón. Glau­co, a ruegos del moribundo, acude a defender su cuerpo: la lucha en torno al muerto Sarpedón es ferocísima. Zeus, apesadumbrado, envía a Febo a recoger el cuerpo de su hijo, para que sea transportado a su Licia natal. Luego hace enfrentarse a Héctor y a Patroclo. Patroclo se de­fiende con valor, pero ha llegado su hora: Febo le oscu­rece la vista, le hace caer el escudo. Héctor mata a Pa­troclo que, moribundo, predice al troyano su próxima muerte a manos de Aquiles.

Canto XVII: La lucha por la posesión del cadáver de Pa­troclo arrecia. Entre tanto, Zeus, conmovido por el fin próximo de Héctor, resuelve concederle una gran victo­ria. Siente pena también ante el dolor de los caballos Ba­lio y Janto, que lloran la muerte de Patroclo inclinando sus cabezas al suelo, presos del abatimiento e incapaces de obedecer a Autodemedonte: y les infunde nuevo vigor para que no caigan en manos enemigas. Mas la suerte del combate está ya decididamente decantada en favor de los troyanos: Agamenón manda entonces a avisar a Aquiles de la muerte de Patroclo, cuyo cuerpo es arrastrado por Menelao hacia las naves mientras Héctor es vigi­lado por Áyax, el hijo de Oileo, y por Áyax Telamón.

Canto XVIII: Al aullido de Aquiles ante el anuncio de la muerte de su amigo surge en las profundidades del mar su madre Tetis que, viéndolo decidido a reemprender el combate, le promete armas nuevas, que fabricará Hefesto, para el día siguiente. Y puesto que los aqueos defien­den ahora ya a duras penas el cuerpo de Patroclo, Aqui­les sube inerme al muro lanzando un triple grito que hace retroceder a los troyanos; mientras tanto, los aqueos po­nen a salvo el cadáver. Ya de noche, Héctor, contra el consejo de Polidamante, decide proseguir el combate cer­ca de las naves, y no bajo los muros de la ciudad. Aqui­les, entre tanto, llora con los restantes aqueos al amigo caído. Hefesto, en cambio, trabaja en forjar para Aqui­les un escudo fuerte y grande, dividido en cinco bandas admirablemente cinceladas.

Canto XIX: Una vez ha recibido de manos de su madre las nuevas armas, Aquiles se reconcilia con Agamenón; la cólera contra los troyanos ha superado a la que siente hacia los átridas. A causa del dolor por la desaparición del amigo, le es imposible comer ni dormir; pero Atenea, por consejo de Zeus, no permite que el ayuno o las lá­grimas debiliten su cuerpo. Llegado el momento de en­trar en combate, Aquiles enristra las armas de Hefesto.

Canto XX: Zeus, temeroso de que Aquiles pueda expug­nar Troya antes del día fijado por el Hado, permite a los dioses que tomen parte libremente en la contienda que se recrudece así sin más frenos. Aquiles siembra estragos mientras busca a Héctor: entre los demás, a punto esta­ría también de perecer Eneas si Poseidón no hubiera recordado a Zeus que el troyano estaba destinado a per­petuar la estirpe de Dárdano. Aquiles se encuentra final­mente frente a Héctor: el troyano le arroja una lanza, pero Atenea la desvía. Febo salva a Héctor del Pélida, que se dirige entonces a otro lugar.

Canto XXI: El rio Janto, adoptando forma humana, rue­ga a Aquiles que no arroje más cadáveres a sus aguas. Ante la negativa de éste, desborda sus márgenes, inun­dando la llanura, y el Pélida vacila. Cuando el Janto lla­ma en su auxilio al río Simunte, Hera envía contra él a Hefesto, que prende fuego a sus orillas. El río Janto en­tonces se retira a su cauce. Los dioses discuten entre sí, mientras los troyanos en desbandada se refugian en la ciudad.

Canto XXII: Héctor permanece solo bajo los muros, decidido a enfrentarse con el Pélida. Pero el aspecto de Aquiles le infunde tan gran temor que Héctor al princi­pio huye, perseguido por su adversario. Sin embargo, su destino ahora ya ha-sido decidido por el Hado: Febo lo abandona, Atenea lo engaña, haciéndole creer que es ayudado por su hermano Deífobo. Héctor, en efecto, tras recobrar nuevamente el valor, se enfrenta a Aquiles; pero el falso Deífobo desaparece y Aquiles hiere a Héc­tor en el cuello; En el momento de su muerte, Héctor re­cuerda a Aquiles que morirá a manos de Paris. Aquiles ata su cadáver al carro y lo arrastra por el polvo alrede­dor de Troya. Andrómaca llora sobre las escarpas, junto a las mujeres troyanas.

Canto XXIII: En el campamento aqueo, Aquiles toma parte, aunque a disgusto, en el banquete fúnebre por Pa­troclo. Al amanecer, pone el cuerpo de su amigo en la pira funeraria. Febo y Afrodita, entre tanto, mantienen incorrupto el cuerpo de Héctor. Se celebran juegos fúne­bres en honor de Patroclo.

Canto XXIV: Al día siguiente, Aquiles arrastra tres ve­ces más el cadáver de Héctor en tomo al sepulcro de Pa­troclo. Zeus y muchos de los númenes envían entonces a Tetis donde Aquiles para convencerlo de que devuelva el cuerpo de Héctor, en tanto que Iris ordena al anciano Príamo dirigirse solo a la tienda de Aquiles, que le de­volverá a su hijo. Príamo obedece, secundado por Hermes. Aquiles se siente conmovido por el dolor del ancia­no, acepta los presentes que le ha traído, y le entrega el cuerpo de Héctor. Nueve días dura el luto de Troya, lue­go de los cuales el cadáver es quemado, antes del ban­quete fúnebre. Éstos son los honores dispensados por Troya al más grande de sus héroes.

Historia verdadera, Samosata

El itinerario de este viaje imaginario resulta sólo comprensible si tenemos en cuenta la concepción que de la Tierra tenían los antiguos: plana, flotando en el Océa­no, y cuyos confines confundíanse con el cielo. Luciano y algunos amigos, tras cruzar las columnas de Hércules, se enfrentan a varias aventuras extravagantes. Entre los episodios sobresalientes está el de la tempestad que eleva la barca hasta la Luna, donde los viajeros asisten a la guerra entre los Lunares y los Solares.

Retornados al Océano y después de recorrer otras tierras, Luciano y sus compañeros son tragados por una ballena, en el vientre de la cual encuentran a otros dos griegos que los ayudan a escapar. Siguen una estancia en la isla de los Bienaven­turados, con los grandes personajes del pasado, y la vi­sita a la Isla de los Sueños. El paso de una profunda sima abierta en el Océano, más allá de la cual se encuentra la tierra opuesta a la habitada por los hombres, pone fin a la novela.

Historia de Perceval o el cuento del Grial, Chrétien de Troyes

Poema en octosílabos pareados

Un adolescente cándido y desconocedor del mundo y de la vida, Perceval, ha sido educado en la soledad y en el silencio de la remota selva por una madre que, habiendo perdido a su marido y a sus hijos mayores en empresas caballerescas, pensaba conseguir así mantenerlo alejado de todo peligro. Pero un día Perceval co­noce a algunos caballeros que despiertan en él la irresis­tible vocación de la caballería: abandona a su madre y parte para la corte del rey Arturo, donde el sabio Gornemant lo inicia en la vida caballeresca.

A través de ar­duas pruebas se convierte en un cumplido caballero y de­cide, al haber alcanzado ya la conciencia de sí mismo, re­gresar con su madre. Pero, durante el viaje, llega al cas­tillo del Rey Pescador, herido de una herida incurable; allí ve aparecer la misteriosa procesión de la lanza san­grante y del precioso Grial, la copa donde fue recogida la sangre de Cristo, y que todos los caballeros de la Ta­bla Redonda andan buscando, pero que tan sólo Perce­val, por su pureza de corazón, está predestinado a en­contrar. Por una excesiva discreción, el joven caballero no se atreve a preguntar a su anfitrión sobre el significa­do de dicha ceremonia. A la mañana siguiente todo ha desaparecido y Perceval reanuda su viaje, durante el cual se entera de que en el entretiempo su madre ha muerto de dolor.

Un nuevo deseo lo acomete de forma violenta: encontrar el «Grial» y la lanza sangrante y penetrar en su secreto. Por espacio de cinco años lleva a cabo la an­siosa búsqueda. Cierto día, en la corte del rey Arturo, una joven le revela su involuntario pecado: no haber pre­guntado qué era la procesión del «Grial» cuando tuvo la revelación; su silencio impidió, en efecto, al Rey Pesca­dor curarse y trajo grandes desgracias.

Perceval reanuda con mayor tenacidad si cabe su búsqueda hasta que, un Viernes Santo, halla a un ermitaño, hermano del Rey Pes­cador, que, tras haberlo confesado y absuelto, lo enca­mina hacia la vida de penitencia y de oración y le desvela parte del misterio: el «Grial» contiene una hostia con la que el Rey Pescador nutre su propia vida. El poema, que cuenta seguidamente las aventuras de Gauvain, ha llega­do hasta nosotros inconcluso.