Shurpu

Título de un famoso manual asirio de conjuros y magia. Su texto fue encontrado en la biblioteca del rey Asurbanipal de Asiría (669-626 a. de C.). El nombre «Shurpu» significa en lengua asiría «quemadura». El libro lleva este título por­que los actos mágicos que en él se descri­ben consisten en quemar algunos objetos prototípicos, provocando la destrucción de la persona que es objeto del acto mágico y conjuratorio. Está escrito parte en sumerio y parte en acadio. Después de una larga lista de divinidades que tienen la misión de liberar al hombre de todos los pecados, minuciosamente catalogados en el texto, se cuentan historias de encantamientos del dios Marduk. Este dios, después que el enfermo le ha pedido que le libre de su mal, va a ver a su padre Ea, gran dios de los conjuros y hechizos, para informarse sobre el mejor medio a emplear en cada caso.

Ea le da varias instrucciones que, de realizarse, po­drán salvar al enfermo, e& decir al hombre perseguido por la ira de algún dios, de los males que se le derivan del pecado come­tido. El texto no indica solamente las pa­labras del conjuro a recitar, sino también las prácticas mágicas que deben acompañarlo. Shurpu es importante también por contener largas listas de pecados y trans­gresiones religiosas, ilustrando de este mo­do el concepto que los asirios y babilonios tenían del pecado. El libro termina con al­gunos conjuros en lengua sumeria, que des­pués del texto encantatorio indican las acostumbradas medicinas para el enfermo: tamarisco, caña, cedro, ciprés, etc. El nú­mero siete domina en Shurpu; en la quinta o sexta tabla de este manual se da una des­cripción detallada de siete maneras para deshacer los hechizos. Edición de Zimmern en «Beitráge zur Kenntnis der babylonischen Religión», I, Leipzig, 1896; cfr. Furia – ni, «Sulle liste babilonesi e assire di peccati», «Rendiconti» de la Accademia dei Lincei, sección de ciencias morales, etc., 1930, pp. 118-129.

G. Furlani

Perséfone, Igor Strawinsky

[Perséphone]. Así se titula un melodrama en tres partes de Igor Strawinsky (n. en 1882), escrito sobre un poema de André Óide (1869-1951).

Su composi­ción fue comenzada en mayo de 1933 y ter­minada en marzo del año siguiente. La pri­mera interpretación tuvo lugar en París, el 30 de abril de 1934, en el Teatro de la ópera. La indicación de «melodrama», pues­ta por Strawinsky, no alude a una ópera en el sentido tradicional. Nos encontramos más bien frente a una especie de oratorio re­presentado, en el que además del coro hay una parte cantada por Eumolpo y otra reci­tada por Perséfone — Proserpina — (parte ésta que fue ejecutada en el estreno por Ida Rubinstein, para quien había sido es­crita la composición).

El poema de Gide está sacado del himno homérico a Deméter. Perséfone, confiada a las ninfas por su madre Deméter, anda vagabunda admiran­do la belleza de las flores, la dulzura de los aires matutinos. A pesar de la advertencia de sus compañeras, corta una flor de narciso, la más hermosa de las flores primaverales. «Quien se inclina sobre su cáliz, quien res­pira su olor — advierte Eumolpo — ve el mundo desconocido de los infiernos». Cor­tada la flor, pronto vislumbra las turbas melancólicas de los difuntos que van erran­tes por los pálidos campos sembrados de asfódelos. Ahora Perséfone siente que el pueblo triste de los muertos espera que descienda con ellos para consolarlos con su primaveral juventud, para que se tome menos dura su angustia y menos penoso su perenne invierno. Así Plutón, señor del subterráneo reino de las sombras, consigue raptar Perséfone a Deméter y la primavera a la tierra.

Con su recuerdo evoca Perséfone en las sombras la hermosura de la pri­mavera. Le traen dones, entre los cuales hay una copa llena del agua olvidadiza di Leteo, a fin de que olvide la pasada vida y se convierta en sombra, en auténtica reina del pálido reino de los muertos. Pero Per­séfone no acepta la copa y sí, en cam­bio, un fruto de granada que le ofrece Mercurio; lo muerde y le vuelve el deseo de la tierra. Entretanto, Deméter, perdida Perséfone, educa a Demofoonte, hijo del rey Seleuco, con el fin de que los brazos de un hombre puedan retornar con su es­fuerzo la primavera a la tierra. El esfuerzo de Demofoonte consigue retornar la pri­mavera a la tierra y con ella Perséfone a Déméter; Queda fijado el destino de la hija de Déméter: ella subirá a la tierra durante los meses llenos de flores y de mieses, y descenderá a reconfortar las sombras con el recuerdo primaveral durante la cruda es­tación del invierno. «Tu destino es llevar a las sombras un poco de la luz del día — dice Eumolpo a Perséfone —, una tregua a sus innumerables males, un poco de amor a su tormento.

Para que renazca la pri­mavera, para que vuelvan a aparecer las mieses de oro, el grano debe morir bajo tierra». Este sentido de la necesidad del sacrificio, del fatal tributo que la vida debe pagar a la muerte para asegurar su continuidad, se enlaza, a veinte años de distancia, con el feroz sacrificio pagano de la Consagración de la primavera (v.). La música de Strawinsky posee una claridad serena, aquella conciencia dolorosa que en cierto momento se perfila dentro de la acti­vidad creadora del compositor en las obras que vienen después de la Historia del sol­dado (v.) y Bodas (v.). Parece que se apla­que el tormento rítmico de los primeros años, la música fluye como un agua más tranquila y más límpida, si bien no olvida el ímpetu de su curso anterior. Invadida .por una cósmica melancolía, serena y lumi­nosa como el antiguo mito helénico en el que se inspira, Strawinsky ha escrito, sobre este poema de André Gide, algunas de las más hermosas y emocionantes páginas de su música.

A. Mantelli

El Sátiro o El Hombre Selvático, Josip Stjepan Relkovic

[Satir ili divji covik]. Poema de Josip Stjepan Relkovic (1754-1801), escritor croata de la Ilustración y máximo representante de la literatura regional de Eslavonia. Pu­blicado en Dresde en 1762, fue ampliado más tarde con una segunda parte y refor­mado definitivamente en la edición apare­cida en Osijek el año 1779.

En la primera parte («El Sátiro canta en verso al eslavón» [«Satir piva u verse Slavoncem» ]) se cuenta cómo, yendo a buscar leña, un eslavón topa con un sátiro, con el que, pasado el primer espanto, simpatiza. Se ha­cen amigos y el sátiro le habla sobre los defectos de sus semejantes: sobre la gran falta de instrucción, la resistencia a enviar los hijos a la escuela, sobre las tertulias, escuela de escándalo y vicio para las mu­chachas, sobre las danzas, que incitan a ilícitas distracciones durante las fiestas re­ligiosas, sobre la costumbre, entre los cam­pesinos, de ayudarse mutuamente en las labores del campo, que en realidad encubre una deshonesta pereza y la codicia de ro­bar al prójimo; sobre las largas reuniones de los ancianos y los hombres, pretexto para rehuir los trabajos y para fumar y emborracharse. En la segunda parte, añadida en 1779, «El eslavón responde en verso al Sátiro» [«Slavone odpiva u verse Satiru»], se nos informa de los progresos mo­rales y educativos registrados en el país.

Típico representante del culto que aquella época rinde a la instrucción, Relkovic se muestra original e interesante sobre todo en la descripción de las costumbres que él quiere corregir: la vieja Eslavonia, con sus características usanzas y sus tipos, halla un relieve bien preciso en su metro ende­casílabo.

L. Salvini

Los Sátiros Cazadores, Sófocles

De este modo fue titulado por Ettore Romagnoli, en su traducción, el único drama sa­tírico de Sófocles (496-406 a. de C.) que se ha conservado. El título griego significa los «Rastreadores». Es un largo fragmento pu­blicado por vez primera por A. S. Hunt en el vol. IX de los Papiros de Ossirinco; el descubrimiento es reciente, de 1912.

Son 393 versos, de los 900 que aproximadamen­te se supone contenía la obra, y de ellos sólo son totalmente legibles 250; los 150 res­tantes están reconstruidos mediante con­jeturas aproximadas por los modernos filó­logos. No obstante cabe formarse una cierta idea con lo que se conserva, y al menos se puede deducir el tema de la pieza, que justifica nuestro interés. Los personajes son: Apolo, Sileno, Cilene (nodriza de Mercu­rio) y un coro de sátiros. Ha sido robado el rebaño de Apolo; Sileno y los sátiros, animados por los dones prometidos, se dis­ponen a la caza; descubren las huellas de los bueyes, y guiados por ellas entran en la cueva donde se halla Cilene. En reali­dad ha sido Mercurio, que hace poco nació, quien los robara. De pronto, un rumor inau­dito se eleva y llena de confusión a los sátiros; es Mercurio que hace sonar su lira, que acaba de inventar. Aquí se inte­rrumpe el papiro. La obra es graciosa y ligera, podría decirse musical; es viva y fragante, por la ingenuidad de las criatu­ras que en ella toman parte.

L. Polacco

El Sátiro o El Fauno Divinizado, Wolfgang Goethe

[Sátiros oder der vergótterte Waldteufel]. Breve drama satírico en verso, en cinco actos, de Wolfgang Goethe (1749-1832) es­crito hacia fines del año 1773, después de la última experiencia del íntimo círcu­lo de Darmstadt, en el que se había sa­turado el autor de las nuevas auras rousseaunianas, y Hamman y Herder le ha­bían abierto nuevos horizontes. En junio del mismo año había madurado su Goetz de Berlichingen (v.), casi afirmación in­consciente de su propia personalidad, y tras algunos meses de meditación da nacimien­to a esta sátira, crítica y superación de sí mismo.

El Sátiro, fauno de los bosques, se convierte en profeta de la nueva reli­gión y atrae hacia sí al pueblo, que le adora como a un nuevo dios, condenando al antiguo anacoreta que hasta entonces había sido objeto de toda veneración. Pero en el instante en que éste se halla a punto de ser sacrificado, se descubre que el nuevo profeta está dedicado a sus amores con Eudora, mujer de Hermes, su sacerdote. La sátira contra el profeta, refiriéndose a Herder, que en la vida privada descendía de la sublimidad de sus vastas visiones, cayendo en debilidades más que humanas, es lo que resalta a primera vista. La parte más inte­resante es la que va dirigida contra la exal­tación religiosa del «Sturm und Drang» (v.) de la que había sido víctima el propio Goethe. Éste, por decirlo así, se aparta de sí mismo para ironizar este impulso sen­timental que le embriagó, pero que ahora siente que no posee poder suficiente para dominar la vida. De todo este humorismo retrospectivo brotan versos de maravilloso lirismo, frenado por la misma ironía, y vi­siones íntimamente vividas, como la cos­mogonía del Sátiro.

Este demonio pagano y campestre no es satánico como Mefistófeles (v.) ni plantea ni resuelve problemas éticos o gnoseológicos; no es tentador ni humano. Es la bestialidad alegre de los sentidos elevada sentimentalmente a reli­gión. Representa un punto límite de la vida de Goethe, en la que el amor no es todavía pasión ni elevación: el momento estético está a punto de superarse y el meditativo comienza a apuntar como factor crítico. Las alusiones a personajes famosos son evi­dentes: aparte el Sátiro, que representa a Herder y en’ parte a Hamman, el anacoreta es el propio autor, y Psiquis, que se entre­ga ciegamente al nuevo dios, es Carolina Flachland, la esposa de Herder; pero todos ellos son vistos con parcialidad en función de Goethe, por el impulso momentáneo que ejercieron sobre él y por el eco que des­pertaron en su espíritu. El protagonista es Goethe y tan solamente Goethe, desdobla­do entre su titánica vida presente y la pa­sada. [Trad. de Rafael Cansinos Assens en Obras completas, tomo III (Madrid, 1951)

G. F. Ajroldi