La Rosa y el Anillo, William Makepeace Thackeray

[The Rose and the Ring]. Cuento del escritor inglés William Makepeace Thackeray (1811-1863), publicado en 1855 bajo el pseudónimo de Michael Angelo Titmarsh, con ilustraciones del autor, y reimpreso en 1857 en el volu­men The Christmas Books of Mr. M. A. Tit­marsh.

A la corte de Valeroso XXIV, rey usurpador de Faflagonia, llega el príncipe Bulbo, hijo de Padela I, rey usurpador de la Crimea tártara (Krim Tartary). Bulbo, que posee una rosa hechizada que ha tenido la virtud de hacer de su figura rechoncha y desgarbada un personaje alto y desen­vuelto, pretende entrar en relaciones con la princesa Angélica, hija de Valeroso, a pesar de que ella está ya prometida a su primo, el príncipe Lirio, rey legítimo de Pafiagonia, aunque privado del trono por su tío al morir su padre Savio. La propo­sición de Bulbo es acogida favorablemente, tanto por Valeroso y también por su hija, la cual se pelea con su prometido, lo abofetea y le arroja el anillo que éste le había dado. El anillo es recogido por la vieja condesa Gruffanuff, que se considera viuda desde la desaparición del marido, convertido en hoja de la puerta real por el hada «Maza negra» (Blackstick), por haberle querido negar el acceso a la real morada. Tanto es el poder del anillo, que Lirio se enamora de la vieja y le dirige por escrito una pro­posición matrimonial. La alegría de la viu­da es tal que en un momento de júbilo entrega el anillo hechizado, cuyo poder des­conoce, a Betsinda, la camarera de An­gélica, lo cual tiene como consecuencia que Bulbo, Lirio y el mismo rey Valeroso se enamoren a un tiempo de la joven.

El pa­lacio es un hervidero y Valeroso ordena que Lirio sea ahorcado y que Betsinda marche al destierro. Pero Lirio consigue huir y durante el viaje encuentra a su hada ma­drina «Maza negra», la cual le aconseja estudiar, y así se dirige a la universidad del Bosforo, donde pasa brillantemente un examen. Betsinda se refugia en un bosque, donde es reconocida como la princesa Rosalba, hija del rey Coliflor, de la Crimea Tártara, destronado por Sartén y muerto en la batalla de Blunderbusco. En torno a Rosalba se agrupan los fieles nobles, que la reconocen como reina e inician la guerra contra el usurpador Sartén. Pero el anillo embrujado hace que todos se enamoren de ella, incluso el propio Sartén, quien la ha hecho prisionera y la condena a ser des­pedazada por dos leones al rechazar su amor. Pero los dos leones, que son precisa­mente los que habían amamantado a Rosalba, la reconocen y la perdonan. El príncipe Lirio, que entretanto ha terminado sus es­tudios en la universidad del Bosforo, corre en auxilio de Rosalba. Encuentra al capitán de la guardia de Valeroso, Hedzoff, el cual se pone a sus órdenes con todos sus solda­dos. Puede así reconquistar el reino pa­terno, derrocando al usurpador, que es obli­gado a hacerse monje de la orden de los disciplinantes, declarar la guerra a Sartén, vencerlo y obligarle a que lo reconozca como legítimo soberano.

Todo se arregla entonces: Angélica se casa con Bulbo, des­pués de haber recibido de Rosalba el anillo embrujado que le hace reconquistar su amor; la condesa Gruffanuff querría que Lirio mantuviese su promesa de casarse con ella, pero el hada «Maza negra» libera al ahijado de su imprudente promesa, hacien­do que reaparezca su marido, con lo cual Lirio puede casarse con Rosalba. El cuento está desarrollado con gracia, agilidad y des­envoltura, y el interés se mantiene cons­tantemente con numerosos aciertos que, a menudo, complican la situación. El estilo es llano, como requiere el género fabules­co, pero de cuando en cuando se muestra el humorista y hasta el mismo humorismo se tiñe de ironía.

B. Cellini

La Rosa Blanca, Félix Lope de Vega Carpió

Poema en octavas reales del gran poeta español Félix Lope de Vega Carpió (1562-1635), publicado en 1624 con La Circe (v.) (La Circe con otras rimas y prosas. Madrid, 1624), y compuesto en honor de doña María de Guzmán, hija del Conde-Duque de Olivares, que osten­taba en su escudo una rosa blanca. Esta dedicatoria viene, pues, a ser el comple­mento de la de La Circe al propio Conde- Duque.

Lope se dirige así a doña María: «Aunque temo, ilustrísima María, / que ha de juzgarse a error mi atrevimiento, / por­que es dar ley al tiempo, luz al día, / a las flores color, alas al viento, / perlas al mar, y al alba que las cría, / rayos a Amor, presteza al pensamiento, / oro al planeta de la cuarta esfera, / dar rosas a la misma primavera». Lope da a su obra la forma y el carácter del poema mitológico. La historia de la propiamente llamada rosa blanca ocupa muy poco lugar, y en cambio, hallamos numerosos episodios sobre los amores de Venus, su casamiento con Vulcano, sus amores con Marte, la venganza de aquél, etc. Siguen las bodas de Temis y Peleo, el lanzamiento de la manzana de la discordia, el juicio de Paris en el monte Ida. Manda éste desnudar a las tres diosas: «Paris, sabiendo el celestial decreto, / mandólas desnudar; Juno, turbada, / fue en pura nieve de la vista objeto / deponiendo la túnica estrellada; / Palas dejando el ace­rado peto, / morena se mostró, pero labra­da / en pardo mármol de Lissipo o Fidia, / modelo al arte y a la nieve envidia. / Ve­nus en proporción como en belleza / un campo de cristal, con tan sutiles / líneas de azul, que la naturaleza / quiso que hu­biese mapas de marfiles».

Sigue luego el episodio de los amores con Adonis. Pero si la rosa encarnada nace, como era propio en la fábula, de la sangre de Venus al ir a recoger a Adonis herido entre las matas de espinos («De aquella sangre procedió la rosa»), la rosa blanca proviene de la ninfa Amarilida, de quien Júpiter se ha enamorado y a quien Juno, por envidia, convierte en nieve. En la descripción de la belleza de la ninfa, los críticos han visto el retrato de doña Marta de Nevares, enamo­rada de Lope.

Roncesvalles

Fragmento épico español, formado por un centenar de versos monorrimos y de métrica irregular. Perte­nece a un autor anónimo aragonés-navarro, y corresponde con toda seguridad a los primeros años del siglo XIII (aprox. 1220). El título fijado por los filólogos (cf. R. Me­néndez Pidal: Roncesvalles. Un cantar de gesta español del siglo XIII, 1917) se refie­re al tema específico del fragmento, que sin duda formó parte de un cantar sobre la epopeya carolingia. Carlomagno (v.) lle­ga con un ejército a los campos de Roncesvalles, a la mañana siguiente de la trá­gica batalla, y descubre los cadáveres de Turpín (v.), Oliveros (v.) y Roldán (v.); ante los despojos gloriosos de su paladín favorito, el emperador pronuncia una larga lamentación, al fin de la cual cae desma­yado.

El cantar, que es una imitación di­recta del Cantar de Roldán (v.), constituye el único ejemplo de la épica carolingia en la antigua literatura española, y por su métrica apoya la tesis de la versificación irregular de la primitiva poesía épica es­pañola.

A. R. Ferrarini

El Roman de Tebas

[Estoire de Thébes]. Poema francés anónimo que algún crítico, infundadamente, quiso atribuir a Benoit de Sainte-Maure, autor del Román de Troya (v. Relatos sobre Troya); parece haber sido compuesto en torno a 1150 y, por su dialecto, en el territorio pictavino norte-occidental; Leopold Constans lo publicó en edición crítica en 1890, con el título Le Ro­mán de Thébes. Su argumento es la historia mítica de aquella ciudad: un prólogo de cerca de mil versos narra las vicisitudes de Edipo (v.); le sigue, mucho más difuso, el relato de la guerra de los Siete contra Etéocles (v.), una refundición, pues, de la Tebaida (v.) según toda verosimilitud hecha directamente sobre Estacio, pero no una refundición servil.

Naturalmente, muchos caracteres del Román reposan sobre la men­talidad general del siglo XII, en el gusto que en ésta prevalecía sobre el modo ge­neral de entender la Antigüedad, y perte­necen por ello a las narraciones del Ciclo clásico (v.); la estructura del mundo mí­tico grecorromano transpuesta a la estruc­tura feudal-caballeresca-eclesiástica; el em­peño de eliminar en lo posible la mitología antigua; la complacencia en la descripción de innumerables batallas, en la enumeración de ejércitos, en la exposición de felonías, asambleas y procesos feudales, complacen­cia explicable por el influjo de las «gestas» y en modo especial del Cantar de Roldán (v.); los pormenores de sabor «cortés». Igualmente, sólo en limitada medida es pe­culiaridad de nuestro refundidor la actitud adoptada respecto al asunto narrado, con­siderado como mera y casi indiferente ma­teria de narración, debido a lo cual el au­tor permanece extraño al dramatismo del poema de Estacio, y su atención se aplica a los pormenores, mientras su interés es ab­sorbido por la exterioridad de los azares, de las cosas y de los héroes: los encuentros de los guerreros, la sucesión de choques, los retratos de los personajes, sus vestidos, sus ornamentos, los colores y las formas de la naturaleza, toda exterioridad, en suma, es lo que cuenta para él.

Pero además de esto el poeta francés muestra un procedimiento personal suyo: corta del original latino, reduce, funde, modifica, alarga, añade es­cenas, inventa por su cuenta o inspirándose en los modelos de la épica medieval y en los relatos de las cruzadas; intercala incluso episodios de vastas proporciones operando sin desequilibrios de tono y por lo general con ventaja para el poema, dando prueba de una elevada y segura conciencia artística.

S. Pellegrini

Roman de Renart.

Vasta colección de narraciones en versos octosílabos, compues­tas en francés entre los siglos XII y XIV, que no tienen ligazón unas con otras, aun­que todas se refieren a un personaje que es su héroe principal, Renart (v.) «le goupil», esto es, el zorro.

*    El más cierto antecedente de estas na­rraciones es el poema épico, en dísticos la­tinos, Ysengrin [Ysengrimus] del clérigo Nivardo de Gante, compuesto en Flandes hacia mediados del siglo XII (alrededor de 1151-1152). En el Ysengrin por primera vez los animales llevaron nombres propios ger­mánicos que aludían a su aspecto o a su carácter («Bruno», «Pardo», el oso; «Ysen­grin», «Yelmo de hierro», el lobo; «Reginhart» o «Reinhart», el «Astuto notorio», esto es, el zorro, de «regin», consejo, y «hart», duro, invencible; «Vrevel», el «arro­gante», el león). El poema,..contado por el Jabalí y compuesto por el Oso, em­pieza con el tema de la peregrinación a los Santos Lugares. La cabra Bertiliana, en efecto, emprende un viaje a Roma.

Se unen a ella Rearidus el ciervo, Berfridus el ma­cho cabrío, Joseph el carnero, Carcophas el asno, Reinardus el zorro, Gerardus la oca y Sprotinus el gallo. Al caer la tarde, el grupo se detiene en una posada, en medio de los bosques, y se prepara a pasar allí la noche. Se presenta Ysengrimus. Después del primer momento de pavor, aconsejados por Reinardus, los peregrinos piensan deshacerse de él. El lobo es invitado a la mesa, donde se le sirve una cabeza de lobo; al ponérsela delante varias veces, y siempre como una cabeza diferente, le infunde un miedo tal que se va; pero, maltratado en la puerta por la turba de los animales, há­bilmente preparada por Reinardus, jura vengarse del zorro. Vuelve, en efecto, con once lobos. Todos los peregrinos se refu­gian en el tejado de la posada excepto el asno que, habiéndose entretenido junto a un montón de heno, en cuanto ve llegar a los lobos intenta encaramarse al tejado, pero resbala, cae y, al caer, aplasta a dos lobos.

Los demás asaltantes huyen. A pesar de las exhortaciones de Reinardus, los pe­regrinos, amedrentados ya por los excesivos peligros de la peregrinación y algo escépti­cos acerca de sus posibles ventajas y llenos de sospechas por la astucia y la habilidad mixtificadoras del zorro, deciden volverse a sus casas. La fuente de este poema es la rica tradición oral popular. En este as­pecto el Ysengrimus no tiene origen docto y literario, pero su redacción es obra de un letrado y se ha comparado con la Fuga del prisionero (v.). La obra personal de Nivardo hay que buscarla en el gusto neta­mente medieval del autor, cuya zooépica es, en resumidas cuentas, un libelo en que los hexámetros y los pentámetros intentan en vano frenar, con su sosegada y austera co­rrección, el libre desahogo de la sátira con­tra la Iglesia y el Estado, en sus diversas manifestaciones y en sus representantes.

G. C. Onesti

*    La invención y el género de este poema agradaron mucho. Al Ysengrimus sucedió pronto el Román de Renart. Junto a Re­nart, Isengrin, Noble el león y Pardo el oso, se presentan aquí numerosos animales: el cuervo, el perro, el gato y muchos otros, cada cual llamado por un nombre distintivo y formando en conjunto un mundo, una sociedad semejante a la de los hombres. Estos animales tienen sus respectivas es­posas: Renart tiene a Ermelina; Isengrin a Hersent; Noble a Fiera. El nombre propio dado a cada uno confiere vida individual a los personajes. Las partes sueltas («bran- ches», ramificaciones) de que se compone esta epopeya animalesca nos presentan a los animales formando una especie de so­ciedad monárquica bajo el gobierno del león. La acción fundamental está consti­tuida por las luchas entre Renart e Isengrin y por la división de todo el reino en dos partes, favorables respectivamente al uno o al otro. Renart, astuto malvado, inagota­ble, siempre amenazado y en peligro, es el que mantiene en movimiento todo el rei­no y acaba casi siempre llevando la mejor parte.

Mientras los demás animales viven en paz y de acuerdo en la corte de sus reyes, sólo Renart, desvergonzado, voraz y malvado, trama contra ellos, hace burla de todos, busca escapatorias cuando es incul­pado, invoca la ayuda de otros cuando lo ha menester, para después aprovecharse en seguida de su propio salvador en cuanto recobra su posibilidad de obrar. Así, una de las partes más antiguas de la colección, la primera «branche» en la edición más apreciada, la de Ernest Martin £1882-1887), el «Proceso de Renart» [«Le jugement de Renart»], nos muestra la gallina (dame Pinte) que llega a la corte a pedir justicia contra Renart, que le ha devorado cinco hermanos y cuatro hermanas, y que, reco­nocido como culpable, acaba por esquivar la pena una vez más. Toda la narración es agradable, llena de una ligera y delicada ironía, como cuando nos describe el desma­yo de «dame Pinte», el rugir del juez león, los pequeños subterfugios de los demás ani­males para agravar la culpa de Renart; es un pequeño drama lleno de sobriedad y ver­dad. El episodio del proceso se reanuda con diversas variantes en otras «branches», que se pueden reconocer como derivadas de la primera. En una «branche», Renart cuida y cura al león enfermo, pero exige de él la piel del lobo, los cuernos del ciervo, etc., vengándose de este modo de sus enemigos; el león consiente y, por fin, luego de be­bida una poción que le ha preparado el falso médico, ya no siente mal alguno, has­ta el punto de que lleno de agradecimiento promete asistirle en todas sus necesidades.

No faltan a veces incoherencias y absurdos, como los mensajeros de Noble, el oso, el gato, etc., que en el episodio del proceso llegan a caballo, o en otro pasaje el ciervo, que viste coraza y embraza el escudo. Pa­rodia bufa que algunas veces copia pasajes de los cantares de gesta, alegremente pues­tos en ridículo, o tienen intencionado sabor -satírico. La sátira se ensaña especialmente en las cosas de la Iglesia; así, en un con­sejo del rey Noble, el camello, que es le­gado del Papa, pronuncia un discurso don­de burlescamente se mezclan pecadoras ita­lianas, latinas y francesas. Uno de los epi­sodios más notables es el del adulterio, en que Renart se aprovecha de la esposa del lobo, Hersent, la asedia y la induce a la traición. En otro episodio la burla es ver­daderamente pérfida: después de haber in­ducido a Isengrin a hacerse monje y haberle pelado vertiéndole sobre la cabeza un gran jarro de agua hirviente, le promete procurarle pescado en gran cantidad. Le conduce a un estanque, en invierno, y luego de atarle un cubo al rabo, le manda que sumerja el rabo en una hendidura de la costra de hielo que se ha formado sobre el agua; al volverse más pesado el cubo a- causa del agua que lo llena, el pobre lobo se figura que se trata de una abundante pesca, pero ya no puede sacar de allí el rabo; y al alba, mientras Renart huye, unos cazadores que pasaban por allí hubiesen matado al lobo si, al errar el golpe, no le hubiesen, en cambio, cortado el rabo.

En cuanto a las relaciones de Renart con los pájaros, él es el eterno enemigo, por su voracidad, del gallo Chantecler (v.) y de toda su noble parentela. Una de las fábulas más interesantes es la que reproduce el antiguo motivo esópico, pero variándolo un poco. Después de haber conseguido agarrar al gallo, cercándolo y adulándolo por su bella voz, mientras se lo lleva en la boca, perseguido por los campesinos, el gallo le aconseja que se burle de ellos; entonces el zorro abre la boca y Chantecler se escapa volando y se refugia en un árbol, desde el cual se mofa de Renart. Anécdotas de este género se suceden también con otras aves (la perdiz, el ánade, etc.) y es interesante que el zorro sea siempre aquí inferior a sus antagonistas, que en la realidad son menos poderosos. También tiene un fondo esópico la «branche» que pone frente a frente a Renart y Tiercelin, el cuervo, y en la cual el zorro, adulando al necio animal, consi­gue apoderarse del queso que el otro había robado a una pobre mujer. El Román de Renart bebe en la tradición, en parte docta, en parte popular y oral. En el siglo XII, en la Francia del Norte se comenzó a indicar a la zorra y a los demás animales con nom­bres propios, como lo demuestra el Isengrin de Nivardo. Las «branches», veintisiete en conjunto, se redactan de 1174 a 1250: de los autores sólo tres son conocidos.

Las dos «branches» más antiguas se atribuyen a Pierre de Saint-Cloud, otra a Richard de Lison y otra a un sacerdote de La Croix- en-Brie. Las «branches» más antiguas son más frescas y vivas, las más recientes están sobrecargadas con las repeticiones y la gro­sería de la burla y de la sátira, y carecen cada vez más del sentido de la mesura. Pero en sus partes mejores, la obra figura entre las más auténticas expresiones del espíritu «gaulois». El año 1250 es la fecha extrema de composición del «román» pro­piamente dicho; se le añaden todavía al­gunos poemas que utilizan su protagonista, pero alteran el carácter tradicional del poema. A mediados del siglo XIII pertenece La coronación de Renart [Le couronnement de Renart], de un anónimo flamenco, en que el zorro, con hipócritas artes, consigue hacerse designar sucesor de Noble, junto a su lecho de muerte, y después ejerce su poder, acomodaticio con los poderosos, duro y despiadado con los humildes. Una ruda fuerza satírica caracteriza el poema. En el Renart le Nouvel de Jacquemart Gelée (fin del siglo XIII) se unen a la intención sa­tírica y moral (contra la «renardie», esto es, la astucia y la hipocresía dominantes en el mundo) el uso de las personificaciones y alegorías, y la curiosa costumbre de que los animales canten y toquen instrumentos. También tiene carácter alegórico el Renart le Bestourné, de Rutebceuf, que vivió entre 1230 y 1285. Finalmente, Renart le Contrefait (esto es, imitado de la literatura anti­gua), de autor anónimo de Lila, compuesto entre 1319 y 1342, repite los caracteres de los poemas precedentes, el satírico, el ale­górico, y les añade la figura de un Re­nart extremadamente moralizador, junto con gran abundancia de erudición, sobre todo histórica.

C. Cremosi

Se remontan al siglo XIII las «ramas» y los episodios más graciosos de esta libre epopeya satírica, los cuales conservan inge­nuidad y gracia en la ironía, una especie de candor, y donde no asoman demasiado brusca y abiertamente la alegoría y la sá­tira intencionadas propias del último Renart. (Sainte-Beuve)

*    También fuera de Francia la tradición en torno a Renart está muy difundida has­ta el siglo XII: alrededor de 1180 el alsaciano Heinrich der Glichezaere compuso, en alemán, El zorro Reinhart [Reinhart Fuchs] y también la desgracia de Isengrin [Isengrinus Not], en que ya se advierte la de­rivación de las más antiguas «branches» francesas. De esta obra, escrita en el acos­tumbrado verso medieval de cuatro pies, nos quedan sólo algunos fragmentos (685 versos, casi un tercio del poema), mientras su mayor parte ha llegado hasta nosotros por medio de una refundición posterior. Heinrich der Glichezaere cuenta en 24 aven­turas la vieja fábula. Primero (aventuras I- V) la zorra tiene poca suerte, pero después estipula un pacto de amistad con el lobo, que se somete a su astucia (aventuras VI- XVI). El rey de los animales, Vrevel, tiene dolor de cabeza, y por interpretarlo como castigo por su negligencia en administrar justicia, convoca consejo de los animales en que todos intervienen menos el zorro. Quejas y más quejas se suceden acerca del comportamiento de éste, de quien todos han recibido alguna ofensa; por fin es condenado a la horca; se concede que la citación sea repetida tres veces.

El zorro, después de maltratar a los dos mensajeros que vienen a citarlo, esto es, al oso y al gato, por fin consiente en seguir al tejón y se presenta al rey declarando que conoce un medio infalible para curarlo. Efectiva­mente, ha visto ya que una hormiga, para vengarse del león que le ha destruido su nido, ha penetrado en una de sus orejas y de allí ha pasado al cerebro. Como medios de curación ordena la piel del lobo, el cuero del oso, el pelo del gato y otros remedios que perjudican a otros animales, enemigos suyos. Todos huyen, excepto el tejón, el elefante y el camello, que son amigos del zorro. Por consejo de éste, el rey, ya cu­rado, sienta en el trono de Bohemia al elefante, que muy pronto es expulsado, y nombra al camello madre abadesa en la abadía de Erstein, cuyas monjas lo arrojan al Rin. Después, el zorro envenena al rey y vuelve con el único superviviente, el te­jón, a su guarida de Malpertius. Todo el poema es una sátira violenta contra la vida de la corte y el clero. Detrás de la figura del rey Vrevel se esconde quizás el pro­pio Barbarroja. Vrevel reina con el terror, es el «Señor sin Dios». Pero los débiles a quienes pisotea hallan manera de vengarse. Por otra parte se parodian en el poema los elementos constantes de la naciente cultura cortesana: caballería y amor. La astucia y el fraude dominan el mundo, y la risa hi­riente con la cual el «buen Reinhart» vuel­ve impune y triunfante a su castillo, es la digna conclusión del primer gran poema satírico alemán, en el cual, a la infatua­ción idealista del cesarismo suevo se opone un crudo y despiadado realismo.

M. Pensa

*    En torno a 1250 el holandés Willem refundió libremente una rama francesa del Román de Renart, Le Plaid, poniendo en primer término al zorro. El león convoca cortes. Reinaert, temeroso por sus bribona­das, es el único que no comparece. Dos mensajeros, el oso y el gato, salvan con mucho trabajo su vida de la trampa en que Reinaert los ha hecho caer. El tejón Grimbaert consigue finalmente conducir a Reinaert ante la corte, que lo condena a muerte. Pero antes de ser ajusticiado, Rei­naert habla al pueblo y consigue el perdón por haber aludido a un tesoro que dice tener en su posesión a causa de una fra­casada conjura para destronar al león en favor del oso. Reinaert expresa entonces su propósito de ir a Roma para obtener una absolución general. El oso consiente en dejarse cortar un trozo de piel para propor­cionar a Reinaert un saco de viaje; la osa proporciona el calzado. De este modo, Reinaert se despide en compañía del carne­ro y de la liebre. Cuando llegan al castillo de Maupertius, Reinaert entra en él con la liebre, a la que alegremente devora junto con sus familiares, y cuya cabeza devuelve al rey en el saco, por medio del carnero. El rey está indignadísimo y destierra a Rei­naert, pero mientras tanto éste ha desapa­recido.

V. Santoli

*    El Reinaert de Willem fue a su vez re­producido en 1378 por otro flamenco que le añadió una segunda parte, llena de sentido didáctico y satírico, y de indiferencia y es­cepticismo moral.

*    Autor de una posterior y feliz refundi­ción (1480) es Hinrek van Alkmar, que aña­dió observaciones morales en prosa y trans­formó las diversas historias en espejo de las condiciones políticas, sociales y religio­sas contemporáneas. Esta redacción de H. van Alkmar fue a su vez traducida algo libremente en bajo sajón: y así se publicó impresa en Lübeck en 1498, con el título Reynke de Vos; consta de 6.844 versos que amplían en mucho la originaria fábula del Renart, introduciendo además algunas va­riaciones. Su característica principal es el significado social que se da a la antigua fábula mediante un encuadramiento rigu­roso de clases y jerarquías. En efecto, en su prólogo el autor advierte que los animales, como los hombres, se dividen en cuatro categorías: campesinos y obreros; burgueses y comerciantes; clero, príncipes, nobles y caballeros: por encima de todos se en­cuentra el rey. El libro, pues, tiene el pro­pósito de esbozar una teoría de las clases sociales. El Reynke de Vos tuvo un éxito inaudito; fue traducido al alto alemán en 1544, al latín en 1567, al danés, sueco e in­glés; fue reducido a libro para el pueblo, y después fue puesto en prosa por Gottsched en 1752, hasta que Goethe sacó de él su poemita.

M. Pensa

*    En Italia, en el siglo XIII, existieron dos redacciones diferentes de Renart e Isengrin, de las cuales han llegado hasta nos­otros dos fragmentos que tratan el asunto, tan en boga, de las leyendas concernientes a la zorra y al lobo. Estas leyendas fueron representadas a veces sobre las puertas y las paredes de los edificios románicos.

C. Cremosi

*    El zorro Reinecke [Reinecke Fuchs] de Wolfgang Goethe (1749-1832) es una libre traducción en hexámetros del poema bajo alemán, y más que nada constituyó para el autor un ejercicio estilístico. En la elección de este tema, fábula tan alejada de la vida de aquellos días (la obrita se publicó en 1793, mientras Europa era barrida por el torbellino de la Revolución francesa), se re­fleja el aristocrático agnosticismo político de Goethe; pero la alegoría de la antigua fábula, en la cual el zorro representa la burguesía plebeya, victoriosa del feudalis­mo y de la caballería, conduce la obra a un significado que puede valer, a pesar de su autor, como participación activa en los mo­vimientos sociales de aquel tiempo.

F. Lion

El Reinecke Fuchs tiene, por su origen medieval y por el arte clásico, el alma y las formas de una verdadera epopeya; de una epopeya objetiva en cuya serena son­risa no hay reflexión ni inflexión de motivo personal. (Carducci)