Drama y elemento humano | Crítica de Libros - Part 3
Critica de libros, comentarios, personajes, escritores, estudios y resumenes de libros. Literatura actual y clasica. Literatura espanola, literatura hispanoamericana, literatura norteamericana, literatura europea. Libros recomendados, best-sellers y obras selectas

Archive for the 'Drama y elemento humano' Category

Venenos de Dios, Remedios del Diablo

Venenos de Dios, Remedios del Diablo

Autor: Mia Couto.

Villa Cacimba

UN MÉDICO PORTUGUÉS LLEGA A UN PEQUEÑO PUEBLO AFRICANO BUSCANDO A LA MUJER QUE LO ABANDONÓ POR RAZONES MISTERIOSAS. ANTES DE INSTALARSE EN SU ENFERMERÍA, VERDADERA RESIDENCIA DE MALOS ESPÍRITUS, COMPRENDE QUE

LA RESPUESTA LA TIENE UNA PAREJA DE ANCIANOS TAIMADOS Y RECELOSOS, QUE NECESITAN DE SU AYUDA: ELLA HECHICERA, ÉL UN VIEJO LOBO DE MAR AHORA AGONIZANTE. AMBOS VIVEN NO LEJOS DEL CEMENTERIO, AL FINAL DE UNA CALLE QUE POCOS SE ATREVEN A TRANSITAR. ENTRE BROMAS Y ENGAÑOS SINIESTROS, EL LECTOR ASISTIRÁ A UN INTERROGATORIO INUSUAL ENTRE MÉDICO Y PACIENTE, EN EL CUAL SE INSINÚAN SECRETOS PODEROSOS, HISTORIAS DE AMOR Y PASIÓN, ENEMISTADES QUE DURAN MÁS ALLÁ DE LA VIDA. AVERIGUAR LA VERDAD, PARA EL JOVEN MÉDICO, EQUIVALE A DESCIFRAR UN SÍNTOMA, U A ENCARAR LOS DESAFÍOS LLENOS DE HUMOR, PICARDÍA Y ASTUCIA QUE CONSTITUYEN LAS DIVERTIDAS CONVERSACIONES CON SU RIVAL. EN VENENOS DE DIOS. REMEDIOS DEL DIABLO, EL NARRADOR MIA COUTO CONSTRUYE UNA NOVELA EXCEPCIONAL, DONDE EL LECTOR ADVIERTE DESDE EL PRINCIPIO QUE TODOS MIENTEN EN ESTA VILLA NEBULOSA, UNA PARIENTE SELVÁTICA DE COMALA, DONDE EN CADA FRASE ACECHA UNA TRAICIÓN


La ciudad gris y otros relatos

Da título al nuevo libro de Carlos de Tomás publicado por Chiado Editorial (Lisboa, mayo-2011). Natural de Navalmoral de la Mata (Cáceres) 1960, Carlos de Tomás ha escrito entre otras obras las novelas El cuaderno veintiuno (Chiado Editorial) y “Café Bramante”. “La ciudad gris y otros relatos” (Chiado Editorial) incorporan una novela corta posterior, “Paisajes de ceniza”. Cultiva otros géneros como la poesía, incluido en la Antología Novísimos Extremeños; tiene publicados varios libros de poemas, en 2010 vio la luz una antología: “En la soledad del escriba” (Ed.pasionporloslibros), obra que recoge el resumen de veinte años de escritura. También es colaborador de la revista suite101.net. Su web: carlosdetomas.es

En esta ocasión nos sorprende con una colección de relatos extraños como dice Otto Lecmar en el prólogo, en estos relatos oscuros nos encontramos tiernos personajes surrealistas, pero también suicidas, asesinos que no saben que lo son; historias de individuos cuya percepción de lo que llamamos realidad está trocada por otra más interesante a la literatura, pero no por eso menos cierta. En la mayoría atemporalidad y desubicación, eso es lo primero que se nos ocurre, pero quizá sea el presente más absoluto con escenarios que bien pudieran estar en N. York, en Madrid o en Buenos Aires. Los fantasmas narrados son los fantasmas de una sociedad a veces cansada de representarse a sí misma, otras veces cansada de acumular tanta basura subterránea. Como dice la contraportada del libro: “La posmodernidad es negra, ¿qué otra cosa cabe dada la situación?” Y extrayendo del prólogo:

“Lo más interesante de esta colección de relatos es la intrahistoria, o la historia dentro de la historia; y posiblemente sea lo que más nos hace disfrutar con la obra de este autor. La ciudad gris es la decadencia, el deterioro moral y existencial; esto se refleja en los escenarios, sobre todo en el relato que da nombre al libro y en el titulado “Nieve sucia en la ciudad”. Y si el gris no lo encontramos en los escenarios donde transcurre la acción, lo encontraremos en la manera que tienen los personajes de afrontar la vida…”

En la tragedia clásica el mal nunca triunfa, ni moral, ni siquiera físicamente, más que a corto plazo. Es allí donde la obra concluye una vez el orden natural queda restablecido. En los relatos y en las novelas de Carlos de Tomás, unas veces el mal se posa en la acción prolongada y final, otras veces se trata del propio escenario, del decorado; la sociedad embebida del mal empapa al protagonista y éste comete la maldad sin ser consciente de ello. Pero cuidado, siempre hay alguna ventana abierta con luz, por la que entra aire fresco; aunque hay que saber encontrarla, y ahí está de nuevo la intrahistoria y el metalenguaje al que hacía referencia, y atraparla para concluir la historia leída y no quedar sumidos en un bucle conceptual.

Esta colección de relatos enturbia nuestra mente con una superposición de personajes, arquetipos sacados de los fantasmas del autor, o del imaginario colectivo, o de la neurosis de este nuevo siglo, o de no se sabe dónde, pero efectivos personajes que nos enturbian, porque después de leer cada relato, se siente un algo que no es ni fantasmagórico ni excesivamente inquietante a la manera de Poe, una vez leídos nos hace repasar de nuevo al personaje más que a la historia en sí, volver al punto de partida; y la reflexión es “extrañeza”. Qué extraño es todo, que turbio; es lo que nos sugieren estos breves relatos, aunque no tan breves, pues la incorporación, como he dicho antes, de la novela corta Paisajes de ceniza, obra posterior a los relatos de La ciudad gris, aporta una justa dimensión al conjunto de escritos.

La obra, como la estructuró originariamente el autor, se componía de ocho relatos. Desapareció el último, titulado “Agostinho Vieira”, el cual ha sido publicado por Ediciones Rubeo, Barcelona 2011; en el volumen “El hombre que leía a Dumas”. En su lugar Carlos de Tomás incrustó una novela corta, posterior en el tiempo a los relatos, pero que tiene una gran relación y está en la  misma tónica literaria, se trata de la ya citada “Paisajes de ceniza”. La ceniza no deja de ser gris y tiene muchas connotaciones con la filosofía del resto de relatos.

Se podrían establecer tres grupos en los relatos. Un primer grupo donde la atemporalidad nos traslada a un futuro gris y desesperanzado; lo compondrían los relatos “Nieve sucia en la ciudad”, “La ciudad gris” y tal vez la novela corta “Paisajes de ceniza”. Un segundo grupo donde el personaje principal toma una especial relevancia y están escritos la mayoría en primera persona, serían: “La misión”, “El señor Nájero” y “Agostinho Vieira”.  Y un tercer grupo, donde el más allá o el mundo de ultratumba interfiere en la narración de una manera o de otra, se trataría de: “Desde el otro lado”, “el húngaro” y “El bicho”. Podrían hacerse otras divisiones, por ejemplo, atendiendo a la negrura o no del argumento, etc.

La mayoría de los relatos están situados en el claro-oscuro, gris como los comic antiguos dibujados a plumilla. Sugieren algunos un mundo futuro que fuera congestivo, policial. Describen otros lugares más bonancibles como la ciudad verde o la ciudad azul, en contraposición a la actual o futura ciudad gris. Y los personajes son tipos raros, o neuróticos, perdedores, etc. La mayoría no son bien intencionados, la mayoría delincuentes, asesinos, tarados; y lo más inquietante de todo es que muchos de ellos no saben que lo son, como por ejemplo el caso del protagonista de “La misión”. En este conjunto de escritos no existe un estilo único, el autor juega, investiga: primera persona, tercera persona, fundido narrativo, cuento, mini novela, etc. Sin embargo, todos tienen un nexo común, un sello de identidad que los hace tan peculiares. Me gusta como escribe este extremeño, hombre viajero de una gran experiencia vital.

Eladio Martín

Los enamoramientos (Javier Marías)

Los enamoramientos, de Javier Marías

Es obvio, pero este libro nos recuerda que al literatura femenina, e incluso la femenil, no tiene necesariamente que ser obra de mujeres. Con esto no quiero decir que el libro sea mejor ni peor, sino que a mi entender se trata de una obra escrita y pensada para que guste a las mujeres, que es lo que seguramente le dijeron a Marías en la editorial después de los últimos estudios de marketing sobre el target, el público objetivo y esas variables que tanto gustan a los comercializadores.

La novela es interesante y Javier Marías escribe bien. Redundante, pero muy bien.

La trama, al menos en su parte teórica nos habla de una mujer que se presenta un casting para actriz pornográfica acosada pro al falta de dinero. Conociendo a Marías, nadie puede esperar que vaya de eso en realidad, sino de humillación, desgarro, dudas, y mucho, mucho espejo, al estilo Henry james, pero con las sutilezas aumentadas de calibre. Y ya sabéis lo que sucede cuando el calibre de la sutileza se engrosa.

Por lo demás, aquí os dejo con lo que dicen en la Casa del Libro de esta novela.

«La última vez que vi a Miguel Desvern o Deverne fue también la última que lo vio su mujer, Luisa, lo cual no dejó de ser extraño y quizá injusto, ya que ella era eso, su mujer, y yo era en cambio una desconocida…» Así comienza Los enamoramientos, la nueva novela de Javier Marías, consagrado como uno de los mejores novelistas contemporáneos. María Dolz, la protagonista de esta novela, sólo supo su nombre «cuando apareció su foto en el periódico, apuñalado y medio descamisado y a punto de convertirse en un muerto, si es que no lo era ya para su propia conciencia ausente que nunca volvió a presentarse: lo último de lo que se debió de dar cuenta fue de que lo acuchillaban por confusión y sin causa». Con una prosa brillante y cautivadora esta novela reflexiona sobre el estado de enamoramiento, considerado casi universalmente como algo positivo e incluso redentor a veces, tanto que parece justificar casi todas las cosas: las acciones nobles y desinteresadas, pero también los mayores desmanes y ruindades. Los enamoramientos es también un libro sobre la impunidad y sobre la horrible fuerza de los hechos; sobre la inconveniencia de que los muertos pudieran volver, por mucho que se los haya llorado y que en apariencia nada se deseara tanto como su regreso, o al menos que siguieran vivos; también sobre la imposibilidad de saber nunca la verdad cabalmente, ni siquiera la de nuestro pensamiento, oscilante y variable siempre. Después de la publicación del ambicioso proyecto literario que implicó Tu rostro mañana, que le llevó más de siete años de trabajo y que se ha consolidado como una de las obras cumbre de la literatura, Javier Marías lanza una nueva novela.

Por mi parte, división de opiniones: Marías es un gran escritor. Marías lleva años sin contar nada que me interese…

LA CONCIENCIA DE ZENO (Italo Svevo)

La conciencia de Zeno, de Italo Svevo

Estamos ante una de esas obra que hay que leer, aunque sólo sea por la insistencia de lso amigos esteteas. Y eso hice. Por cierto: Italo Svevo no se llama así, sino que se trata de un seudónimo. Su verdadero nombre, pro si le interesa a alguien, era Aron Hector Schmitz

Publicada en 1923, La conciencia de Zeno es una de las obras cumbre de la narrativa del siglo XX. Apreciada en su época por una minoría, fue James Joyce, amigo íntimo de Italo Svevo, quien subrayó por primera vez la extraordinaria calidad de esta obra, hoy mítica, referencia ineludible para entender la evolución de la novela moderna. Svevo nos presenta aquí, de un modo innovador y desconcertante, la historia de Zeno Cosini, un hombre de negocios torpe y tristón, adúltero y, sobre todo, empedernido adicto a la nicotina. Para intentar dejar de fumar, su psicoanalista le recomienda que escriba sus memorias, cuyo resultado es este maravilloso libro -”una gran comedia psicológica”, como la definió Eugenio Montale. A lo largo de estas páginas, Zeno lleva a cabo un ambiguo ejercicio de racionalización de su experiencia y, poco a poco, nos introduce en los espejismos, las falsedades y las contradicciones de su biografía.

Se trata de una novela con múltipples facetas, que puede leerse tanto para seguir las peripecias tristes y casi ttrágicas d eun hombre que no acaba de convencernos como para ahondar algo más en la estructura moral de esta especie de Oblomov italiano, incapaz de disfrutar de lo que tiene, tanto, al menos, como de conseguir lo que no tiene.

Libro irónico, parece una autoburla. Vale la pena.

http://miarroba.com/foros/ver.php?foroid=591996&temaid=6101623

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

La tierra purpúrea (William Henry Hudson)

La tierra purpúrea

 Esta novela primigenia de Hudson es reducible a una fórmula tan antigua que casi puede comprender la Odisea; tan elemental que sutilmente la difama y la desvirtúa el nombre de fórmula. El héroe se echa a andar y le salen al paso sus aventuras. A ese género nómada y azaroso pertenecen el Asno de oro y los fragmentos del Satiricón, Pickwick y el Don Quijote; Kim de Lahore y Segundo Sombra de Areco. Llamar novelas picarescas a esas ficciones me parece injustificado; en primer término, por la connotación mezquina de la palabra; en segundo, por sus limitaciones locales y temporales (siglo XVI español, siglo XVII). El género es complejo, por lo demás. El desorden, la incoherencia y la variedad no son inaccesibles, pero es indispensable que los gobierne un orden secreto, que gradualmente se descubra. He recordado algunos ejemplos ilustres; quizá no haya uno que no exhiba defectos evidentes. Cervantes moviliza dos tipos: un hidalgo “seco de carnes”, alto, ascético, loco y altisonante; un villano carnoso, bajo, comilón, cuerdo y dicharachero: esa discordia tan simétrica y persistente acaba por quitarles realidad, por disminuirlos a figuras de circo. (En el séptimo capítulo de El payador, nuestro Lugones ya insinuó ese reproche). Kipling inventa un Amiguito del Mundo Entero, el libérrimo Kim: a los pocos capítulos, urgido por no sé qué patriótica perversión, le da el horrible oficio de espía. (En su autobiografía literaria, redactada unos treinta y cinco años después, Kipling se muestra impenitente y aun inconsciente.) Anoto sin animadversión esas lacras; lo hago para juzgar The Purple Land con pareja sinceridad.

 Del género de novelas que considero, las más rudimentarias buscan la mera sucesión de aventuras, la mera variedad; los siete viajes de Simbad el Marino suministran quizá el ejemplo más puro. El héroe, en ellas, es un mero sujeto, tan impersonal y pasivo como el lector. En otras (apenas más complejas) los hechos cumplen la función de mostrar el carácter del héroe, cuando no sus absurdidades y manías; tal es el caso de la primera parte del Don Quijote. En otras (que corresponden a una etapa ulterior) el movimiento es doble, recíproco: el héroe modifica las circunstancias, las circunstancias modifican el carácter del héroe. Tal es el caso de la parte segunda del Quijote, del Huckleberry Finn de Mark Twain, de The Purple Land. Esta ficción, en realidad, tiene dos argumentos. El primero, visible: las aventuras del muchacho inglés Richard Lamb en la Banda Oriental. El segundo, íntimo, invisible; el venturoso acriollamiento de Lamb, su conversión gradual a una moralidad cimarrona que recuerda un poco a Rousseau y prevé un poco a Nietzsche. Sus Wanderjahre son Lehrjahre también. En carne propia, Hudson conoció los rigores de una vida semibárbara, pastoril; Rousseau y Nietzsche, sólo a través de los sedentarios volúmenes de la Histoire Générale des Voyages y de las epopeyas homéricas. Lo anterior no quiere decir que The Purple Land sea intachable. Adoiece de un error evidente, que es lógico imputar a los azares de la improvisación: la vana y fatigosa complejidad de ciertas aventuras. Pienso en las del final: son lo bastante complicadas para fatigar la atención, pero no para interesarla. En esos onerosos capítulos, Hudson parece no entender que el libro es sucesivo (casi tan puramente sucesivo como el Satiricón o como El Buscón) y lo entorpece de artificios inútiles. Se trata de un error harto difundido: Dickens, en todas sus novelas, incurre en prolijidades análogas.

 Quizá ningúna de las obras de la literatura gauchesea aventaje a The Purple Land. Sería deplorable que alguna distracción topogáfica y tres o cuatro errores o erratas (Camelones por Canelones, Aria por Arias, Gumesinda por Gumersinda) nos escamotearan esa verdad… The Purple Land es fundamentalmente criolla. La circunstancia de que el narrador sea un inglés justifica ciertas aclaraciones y ciertos énfasis que requiere el lector y que resultarían anómalos en un gaucho, habituado a esas cosas. En el número 31 de Sur, afirma Ezequiel Martínez Estrada: “Nuestras cosas no han tenido poeta, pintor ni intérprete semejante a Hudson, ni lo tendrán nunca. Hernández es una parcela de ese cosmorama de la vida argentina que Hudson cantó, describió y comentó… En las últimas páginas de The Purple Land, por ejemplo, hay contenida la máxima filosofía y la suprema justificación de América frente a la civilización occidental y a los valores de la cultura de cátedra”. Martínez Estrada, como se ve, no ha vacilado en preferir la obra total de Hudson al más insigne de los libros canónicos de nuestra literatura gauchesca. Por lo pronto, el ámbito que abarca The Purple Land es incomparablemente mayor. El Martín Fierro (pese al proyecto de canonización de Lugones) es menos la epopeya de nuestros orígenes ?¡en 1872!? que la autobiografía de un cuchillero, falseada por bravatas y por quejumbres que casi profetizan el tango. En Ascasubi hay rasgos más vívidos, más felicidad, más coraje, pero todo ello está fragmentario y secreto en tres tomos incidentales, de cuatrocientas páginas cada uno. Don Segundo Sombra, pese a la veracidad de los diálogos, está maleado por el afán de magnificar las tareas más inocentes. Nadie ignora que su narrador es un gaucho, de ahí lo doblemente injustificado de ese gigantismo teatral, que hace de un arreo de novillos una función de guerra. Güiraldes ahueca la voz para referir los trabajos cotidianos del campo, Hudson (como Ascasubi, como Hernández, como Eduardo Gutiérrez) narra con toda naturalidad hechos acaso atroces.

 Alguién observará que en The Purple Land el gaucho no figura sino de modo literal, secundario. Tanto mejor para la veracidad del retrato, cabe responder. El gaucho es hombre taciturno, el gaucho desconoce, o desdeña, las complejas delicias de la memoria y de la introspección; mostrarlo autobiográfico y efusivo, ya es deformarlo.

 Otro acierto de Hudson, es el geográfico. Nacido en la provincia de Buenos Aires, en el círculo mágico de la pampa, elige, sin embargo, la tierra cárdena donde la montonera fatigó sus primeras y últimas lanzas: el Estado Oriental. En la literatura argentina privan los gauchos de la provincia de Buenos Aires; la paradójica razón de esa primacía es la existencia de una gran ciudad, Buenos Aires, madre de insignes literatos “gauchescos”. Si en vez de interrogar la literatura, nos atenemos a la historia, comprobaremos que ese glorificado gauchaje ha influido poco en los destinos de su provincia, nada en los del país. El organismo típico de la guerra gaucha, la montonera, sólo aparece en Buenos Aires de manera esporádica. Manda la ciudad, mandan los caudillos de la ciudad. Apenas si algún individuo ?Hormiga Negra en los documentos judiciales, Martín Fierro en las letras? logra, con una rebelión de matrero, cierta notoriedad policial.

 Hudson, he dicho, elige para las correrías de su héroe las cuchillas de la otra banda. Esta elección propicia le permite enriquecer el destino de Richard Lamb con el azar y con la variedad de la guerra ?azar que favorece las ocasiones del amor vagabundo?. Macaulay, en el artículo sobre Bunyan, se maravilla de que las imaginaciones de un hombre sean con el tiempo recuerdos personales de muchos otros. Las de Hudson perduran en la memoria; los balazos británicos retumbando en la noche de Paysandú; el gaucho ensimismado que pita con fruición el tabaco negro, antes de la batalla; la muchacha que se da a un forastero, en la secreta margen de un río.

 Mejorando hasta la perfección una frase divulgada por Boswell, Hudson refiere que muchas veces en la vida emprendió el estudio de la metafísica, pero que siempre lo interrumpió la felicidad. La frase (una de las más memorables que el trato de las letras me ha deparado) es típica del hombre y del libro. Pese a la brusca sangre derramada y a las separaciones, The Purple Land es de los muy pocos libros felices que hay en la tierra. (Otro, también americano, también de sabor casi paradisíaco, es el Huckleberry Finn, de Mark Twain.) No pienso en el debate caótico de pesimistas y optimistas; no pienso en la felicidad doctrinaria que inexorablemente se impuso el patético Whitman; pienso en el temple venturoso de Richard Lamb, en su hospitalidad para recibir todas las vicisitudes del ser, amigas o aciagas.

 Una observación última. Percibir o no los matices criollos es quizá baladí, pero el hecho es que de todos los extranjeros (sin excluir por cierto a los españoles) nadie los percibe sino el inglés. Miller, Robertson, Burton, Cunninghame Graham, Hudson.

Jorge Luis Borges

VATHEK, DE WILLIAM BECKFORD

vathek

Wilde atribuye la siguiente broma a Carlyle: una biografía de Miguel Angel que omitiera toda mención de las obras de Miguel Angel. Tan compleja es la realidad, tan fragmentaria y tan simplificada la historia, que un observador omnisciente podría redactar un número indefinido, y casi infinito, de biografías de un hombre, que destacan hechos independientes y de las que tendríamos que leer muchas antes de comprender que el protagonista es el mismo. Simplifiquemos desaforadamente una vida: imaginemos que la integran trece mil hechos. Una de las hipotéticas biografías registraría la serie 11 , 22, 33…; otra, la serie 9, 13, 17, 21..; otra, la serie 3, 12, 21, 30, 39… No es inconcebible una historia de los sueños de un hombre; otra, de los órganos de su cuerpo; otra, de las falacias cometidas por él; otra, de todos los momentos en que se imaginó las pirámides; otra, de su comercio con la noche y con las auroras. Lo anterior puede parecer meramente quimérico; desgraciadamente, no lo es. Nadie se resigna a escribir la biografía literaria de un escritor, la biografía militar de un soldado; todos prefieren la biografía genealógica, la biografía económica, la biografía psiquiátrica, la biografía quirúrgica, la biografía tipográfica. Setecientas páginas en octavo comprende cierta vida de Poe; el autor, fascinado por los cambios de domicilio, apenas logra rescatar un paréntesis para el Maelstrom y para la cosmogonía de Eureka. Otro ejemplo: esta curiosa revelación del prólogo de una biografía de Bolívar: «En este libro se habla tan escasamente de batallas como en el que el mismo autor escribió sobre Napoleón». La broma de Carlyle predecía nuestra literatura contemporánea: en 1943 lo paradójico es una biografía de Miguel Angel que tolere alguna mención de las obras de Miguel Angel. El examen de una reciente biografía de William Beckford (1760 1844) me dicta las anteriores observaciones. William Beckford, de Fonthill, encarnó un tipo suficientemente trivial de millonario, gran señor, viajero, bibliófilo, constructor de palacios y libertino; Chapman, su biógrafo, desentraña (o procura desentrañar) su vida laberíntica, pero prescinde de un análisis de Vathek, novela a cuyas últimas diez páginas William Beckford debe su gloria. He confrontado varias críticas de Vathek. El prólogo que Mallarmé redactó para su reimpresión de 1876, abunda en observaciones felices (ejemplo: hace notar que la novela principia en la azotea de una torre desde la que se lee el firmamento, para concluir en un subterráneo encantado), pero está escrito en un dialecto etimológico del francés, de ingrata o imposible lectura. Belloc (A Conversation with an Angel, 1928) opina sobre Beckford sin condescender a razones; equipara su prosa a la de Voltaire y lo juzga uno de los hombres más viles de su época, one of the vilest men of his time. Quizá el juicio más lúcido es el de Saintsbury, en el undécimo volumen de la Cambridge History of English Literature. Esencialmente la fábula de Vathek no es compleja. Vathek (Harún Benalmotásim Vatiq Bilá, noveno califa abbasida) erige una torre babilónica para descifrar los planetas. Estos le auguran una sucesión de prodigios, cuyo instrumento será un hombre sin par, que vendrá de una tierra desconocida. Un mercader llega a la capital del imperio: su cara es tan atroz que los guardias que lo conducen ante el califa avanzan con los ojos cerrados. El mercader vende una cimitarra al califa; luego desaparece. Grabados en la hoja hay misteriosos caracteres cambiantes que burlan la curiosidad de Vathek. Un hombre (que luego desaparece también) los descifra; un día significan: Soy la menor maravilla de una región donde todo es maravilloso y digno del mayor príncipe de la tierra; otro: Ay de quien temerariamente aspira a saber lo que debería ignorar. El califa se entrega a las artes mágicas; la voz del mercader, en la oscuridad, le propone abjurar la fe musulmana y adorar los poderes de las tinieblas. Si lo hace, le será franqueado el Alcázar del Fuego Subterráneo. Bajo sus bóvedas podrá contemplar los tesoros que los astros le prometieron, los talismanes que sojuzgan el mundo, las diademas de los sultanes preadamitas y de Suleimán Bendaúd. El ávido califa se rinde; el mercader le exige cuarenta sacrificios humanos. Transcurren muchos años sangrientos; Vathek, negra de abominaciones el alma, llega a una montaña desierta. La tierra se abre; con terror y con esperanza, Vathek baja hasta el fondo del mundo. Una silenciosa y pálida muchedumbre de personas que no se miran erra por las soberbias galerías de un palacio infinito. No le ha mentido el mercader: el Alcázar del Fuego Subterráneo abunda en esplendores y en talismanes, pero también es el Infierno. (En la congénere historia del doctor Fausto, y en las muchas leyendas medievales que la prefiguraron, el Infierno es el castigo del pecador que pacta con los dioses del Mal; en ésta es el castigo y la tentación.) Saintsbury y Andrew Lang declaran o sugieren que la invención del Alcázar del Fuego Subterráneo es la mayor gloria de Beckford. Yo afirmo que se trata del primer Infierno realmente atroz de la literatura . Arriesgo esta paradoja: el más ilustre de los avernos literarios, el dolente regno de la Comedia, no es un lugar atroz; es un lugar en el que ocurren hechos atroces. La distinción es válida. Stevenson (A Chapter on Dreams) refiere que en los sueños de la niñez lo perseguía un matiz abominable del color pardo; Chesterton (The Man who was Thursday, IV) imagina que en los confines occidentales del mundo acaso existe un árbol que ya es más, y menos, que un árbol, y en los confines orientales, algo, una torre, cuya sola arquitectura es malvada. Poe, en el Manuscrito encontrado en una botella, habla de un mar austral donde crece el volumen de la nave como el cuerpo viviente del marinero; Melville dedica muchas páginas de Moby Dick a dilucidar el horror de la blancura insoportable de la ballena… He prodigado ejemplos; quizá hubiera bastado observar que el Infierno dantesco magnifica la noción de una cárcel; el de Beckford, los túneles de una pesadilla. La Divina Comedia es el libro más justificable y más firme de todas las literaturas: Vathek es una mera curiosidad, the perfume and suppliance of a minute; creo, sin embargo, que Vathek pronostica, siquiera de un modo rudimentario, los satánicos esplendores de Thomas de Quincey y de Poe, de Charles Baudelaire y de Huysmans. Hay un intraducible epíteto inglés, el epíteto uncanny, para denotar el horror sobrenatural; ese epiteto (unheimlich en alemán) es aplicable a ciertas páginas de Vathek; que yo recuerde, a ningún otro libro anterior. Chapman indica algunos libros que influyeron en Beckford: la Bibliothéque Orientale, de Barthélemy d’Herbelot; los Quatre Facardins, de Hamilton; La Princesa de Babylone, de Voltaire; las siempre denigradas y admirables Mille et une Nuits, de Galland. Yo complementaría esa lista con las Carceri d’invenzione, de Piranesi; aguafuertes alabadas por Beckford, que representan poderosos palacios, que son también laberintos inextricables. Beckford, en el primer capítulo de Vathek, enumera cinco palacios dedicados a los cinco sentidos; Marino, en el Adone, ya había descrito cinco jardines análogos. Sólo tres días y dos noches del invierno de 1782 requirió William Beckford para redactar la trágica historia de su califa. La escribió en idioma francés; Henley la tradujo al inglés en 1785. El original es infiel a la traducción; Saintsbury observa que el francés del siglo XVIII es menos apto que el inglés para comunicar los «indefinidos horrores» (la frase es de Beckford) de la singularísima historia. La versión inglesa de Henley figura en el volumen 856 de la Everyman’s Library; la editorial Perrin, de París, ha publicado el texto original, revisado y prologado por Mallarmé. Es raro que la laboriosa bibliografía de Chapman ignore esa revisión y ese prólogo.

Jorge Luis Borges

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