Mercure de France, Alfred Vallette

Revista literaria francesa, fundada en París en 1890 por Alfred Vallette, y que continúa en activo después de la voluntaria interrupción bajo la ocupación alemana, desde 1940 a 1944. Comenzó a publicarse con el preciso in­tento de apoyar la nueva escuela simbolis­ta (v. Simbolismo), se mantuvo fiel a su programa con la sencillez y el deseo pro­pios de su iniciador; y cuando desde el piso de l’Échaudé Saint-Germain se tras­ladó, con la casa homónima, a las oficinas de la rue de Condé, casi frente al Luxem­bourg, mantuvo su línea de cauta y precisa administración literaria.

Sometida al prin­cipio de una poesía, de una narrativa y de una crítica nuevas — genéricamente entendidas como simbolistas, sin acentuar dema­siado las divisiones entre los antiguos par­nasianos, los decadentes, la escuela roma­na y otras semejantes—, apoyó las obras de los escritores más representativos, des­de las batallas del último decenio del si­glo XIX hasta las posiciones espirituales que condujeron a la formación de nuevos grupos, y especialmente del que fue a pa­rar a la Nouvelle Revue Française (v.). Pero más que sobre los nombres de Mallar­mé o de Verlaine, de Moréas o de Lafor­gue, la revista y la casa editora, que a menudo a los ojos del público eran una misma cosa, favorecieron nuevas experien­cias nacidas del viejo tronco simbolista, como las de Samain, Le Cardonnel, el jo­ven Gide y los poetas belgas. Poco a poco, de 1890 a 1916 el «Mercure de France», que hasta en su título mantenía el carác­ter de antigua hoja de información lite­raria y política, fue adaptando el movi­miento simbolista a las necesidades de los lectores y también de una burguesía des­orientada en parte por la guerra y ya sa­cudida por las preocupaciones morales de otros contemporáneos más inquietos y ca­paces de entender la literatura como mo­tivo de discusión social y política, no como ornamento de la vida, ni sueño de arte o divagación solipsista. En este sentido se puede decir que con el consolidarse y re­forzarse de la «Nouvelle Revue Française» (cuyos hombres más típicos, por lo demás, se habían formado en la atmósfera simbo­lista, a lo menos para huir los peligros del naturalismo y del nacionalismo) la revista de Vallette había terminado su primer co­metido, que había consistido en reunir en torno a una bandera todas las fuerzas vi­vas del simbolismo, del mismo modo que la casa Lemerre había conseguido conver­tirse en el archivo de los poetas parnasia­nos (v. Parnasianismo) y la nueva «N.R.F.», con el librero Gallimard, iba a hacer lo mismo con los nuevos escritores.

La versa­tilidad y la tenacidad del fundador, con­siguieron que entonces el «Mercure», el cual había ido dilatando cada vez su esfe­ra de interés hasta con artículos sobre ciencias, análisis de literaturas extranjeras y reseñas apropiadas para un vasto públi­co, se transformase en una revista cultu­ral, además de militante, con objeto de ilus­trar, con estudios e investigaciones, todas las características de un nuevo capítulo de la literatura — el. Simbolismo — desdeñado por la crítica académica y universitaria y, con todo, esencial en el panorama del es­píritu contemporáneo. A tal propósito, cada vez más apoyado por la casa editora (que divulgaba en nuevas reimpresiones los tex­tos fundamentales de los autores simbolistas, las investigaciones críticas y muchas obras, también de los jóvenes, inspiradas en la libertad del arte y en la necesaria separación entre vida y literatura), el «Mercure» dedicó toda su actividad hasta 1940. Suspendidas sus publicaciones (pero conti­nuando en su antiguo programa de edicio­nes y reimpresiones con la casa editora), la revista reanudó su obra en agosto de 1944: aun muerto ya hace algunos años Vallette, el cual más que editor fue amigo y com­pañero de todos sus autores, ilustres o jóvenes, continúa, con Paul Hartmann de di­rector-gerente, permaneciendo fiel a su le­ma virgiliano — «vires acquirit eundo» —, precisamente dedicado a Mercurio joven, entregado al vuelo. Así, mientras revistas dotadas de mayores medios y poder de di­fusión habían de cambiar de nombre o desaparecer por su poco valiente comporta­miento bajo el enemigo invasor, el «Mercure de France» podía en 1945 celebrar la publicación de su milésimo fascículo con un nutrido número de estudios y reseñas, y,  desde el 1.° de enero de 1947, reanudar una periodicidad mensual.

C. Cordié

Reflexiones Críticas sobre la Poesía y la Pintura, de Jean-Baptiste Du Bos

[Réflexions critiques sur la poésie et la peinture]. Obra filosófica de Jean-Baptiste Du Bos (1670- 1742), publicada en 1719 y con adiciones en 1733.

Combate toda forma de intelectualismo y sostiene que el interés del arte no reside en las ideas que aporta, sino en las caracte­rísticas del estilo: la sensibilidad del artista, tanto en poesía como en pintura, forma nue­vas armonías de imágenes y éstas, precisa­mente, llevan a la emoción y al consenti­miento interno. No se trata, pues, de prin­cipios, sino de una entrega delicada y sincera a las impresiones del mundo externo, fuera de toda verosimilitud: en la obra de arte se observan incluso extrañas uniones de la realidad y de lo maravilloso, de modo que sólo el artista nato puede ver la rea­lización, perseguida en vano en las disputas de los lógicos. De ese modo el tratado de Du Bos quiere ser una plena valoración del sentimiento en las cuestiones de arte y una condena de cuantos sólo aportan el apoyo de reglas y principios.

Luchando contra los formulismos vanos y las preceptivas áridas, enaltece la novedad sustancial de la poesía en su armonía de expresión y en su riqueza interna: de ese modo, apelando únicamente al público, es decir a los hombres de gusto que juzgan según sus impresiones directas, y no según la autoridad de jueces y precep­tistas, el artista sabe que su obra no ha salido inútilmente de su espíritu. El ejemplo de Ariosto, de Tasso y de Corneille, pri­mero rechazados en sus manifestaciones ar­tísticas, ha de inspirar cada vez más una valoración del sentimiento y del gusto por encima de las reglas. Son evidentes la no­vedad e importancia de las Reflexiones en la historia de la estética, no sólo francesa, sino europea.

C. Cordié

Es indudable que un modo parecido de concebir la crítica de arte no sólo represen­ta un progreso en relación con la edad pre­cedente, sino que contiene también una ver­dad absoluta, eterna, que la estética poste­rior formulará mejor, sin modificar por otra parte el principio esencial. (L. Venturi)

POR UNA SEMIOSIS POÉTICA

Miguel Veyrat, “El hacha de plata”
La Isla de Siltolá, Sevilla, 2016, 149 págs.

La poesía de Miguel Veyrat (*Valencia, 1938) escapa a cualquier definición; la rehúye. Es precisamente esta esencial intención lo que mueve a su autor a su insurrecta escritura. No por capricho estético o lúdico-experimental, sino por una radical voluntad de indagar, de arrancar sentido (nuevo) al sistema de signos de que nos valemos para comunicarnos. Veyrat –de espíritu ilustrado y semiólogo- manifiesta su insaciable sed de conocimiento explorando el lenguaje más allá de sus límites. Inconformista e iconoclasta, hace de la heterodoxia su herramienta más útil para rastrear nuevas posibilidades significativas y construir una compleja y rica semiosis, que la voz poética reivindica para conferir al ser humano la genuina cualidad de ser: Creyó entonces que creía en la li/bertad de violar el sistema/de la propia lengua. Y envolverse/con ella en la red amarilla/de la locura. Deber innato de todo/intérprete de todo escriba/en su quietismo estético de una/muerte en vida donde creía/ser ala y –en efecto, no era nadie. (Tocados del ala).

Veyrat no se limita a lo lingüístico; su semiótico proceso de escritura, reclama una libertad que lo trasciende, incorporando a su lenguaje una tupida red culturalmente connotativa, que, en progresión geométrica, lo hace exponencialmente fértil. La potencia expresiva y comunicativa de su poesía es por ello inconmensurable; adentrarse en su lectura, un reto y un placer intelectual. Poseedor de una vastísima cultura y paladín acérrimo de una escritura auténtica, el autor teje un denso universo semiótico que exige al lector exquisita atención y estar a la altura. No resulta fácil. Consciente de ello, Veyrat acompaña su poemario de un aparato de Notas Prescindibles & Alcabala de Deudas que, cada lector se verá impelido a completar, en función de su propio acervo de conocimientos.

Forma y fondo están en la poesía de Veyrat estrechamente fundidos al servicio del nuevo lenguaje: el poeta gusta de todo tipo de encabalgamiento, del uso heterodoxo de los signos de puntuación –o de su ausencia-, algún acento donde la ortodoxia no lo permite (o su falta donde lo exige), y entreteje en sus versos, ora parafraseando, ora aludiendo a ellos de modo subyacente, a un innumerable elenco de referentes: Esquilo, Séneca, Verlaine, Rimbaud, T. S. Eliot, Valdés Leal, Shakespeare, Heidegger, Merleau-Ponty y W. Stevens, Heráclito, A. Machado, Pessoa, Cernuda, Petrarca, Gonzalo de Berceo, V. O. Mateus, Léon Deubel, exponentes de la mitología griega o John Cage y el conjunto rapero estadounidense Rage against the machine… -son una pequeña muestra de una relación interminable-. Con todos ellos Veyrat urde una red que no se agota en lo intertextual sino que incorpora lo intercultural en el sentido más amplio:

“[…] ¿Pero quién será/ese intervalo que hay entre yo y mi?/Paso horas en desclasificar lo infinitamente/ya clasificado, clasificables descono/cidos entre los intersticios del conocimiento”. (“El intervalo”).

“[…] Allá/donde la cuerda permanece/cortada tras el límite de la conciencia/
Allá donde vidieron palombiellas essir de so/la mar más blancas que las nieves/
contral cielo volar Allá donde/la sombra de la sintaxis morfológica/nunca las pudiera alcanzar Allá en donde son/[…]”. (“Se embebe la sombra mía”).

“Y dijo el mirlo antes de escuchar el disparo/que el silencio no era sino el caos/
en reposo. Y la música/con la poesía y otros dioses solamente sus/metáforas. Que la muerte nunca es/la verdadera iniciación/[…]”. (“Cage against the machine version (Fake blood’s Needle drop mix)”).

Los nombres mencionados (y faltan tantos otros…) nos dan una ligera idea de los temas que aborda la voz poética, incansable filósofo: la percepción del tiempo y su huella, la muerte, la identidad, el caos, la belleza y la dimensión significativa del silencio. Y, contrariamente a lo que lo dicho pudiera dar a entender, la poesía de Veyrat no apela únicamente al intelecto, sino a lo irracional, y da poemas de extraordinaria belleza:

“Ánima como el viento rojo/de los druidas,/daimon como el viento/de la libre palabra/
—el fuego prometeico/que ya rompe,/de la médula mana/como del fuego interior/que avanza/desesperada hasta el sol/y tiende el arco/de la vida por su centro,/como viento/
rojo a sus raíces —la poesía”. (“Rectificando Invenies”).

Un poeta indispensable.

© Anna Rossell

Publicado en “Quimera. Revista de Literatura”, nº 398 (enero 2017)

El Realismo, Champfleury

[Le Réalisme]. Escritos polémicos de crítica literaria y artística del francés Champfleury — pseudónimo de Jules Husson— (1821-1889), coleccionados en volumen en 1857; documento de la batalla realista librada durante los últimos años de Luis Felipe y los primeros del Segundo Imperio, mientras declinan los últimos fue­gos románticos y se muestran las primeras vagas tendencias del positivismo.

Pero vien­do en Balzac al minucioso e implacable pin­tor de la humilde realidad y no el poderoso visionario, y rechazando el cuidado estilís­tico y transfigurador de Flaubert, todavía alejado de las ambiciones científicas de los naturalistas, este modesto realismo, al que queda, sin embargo, el mérito de haber con­tribuido a ampliar el campo del arte, se re­duce al deseo de captar la realidad cotidia­na de los ambientes populares o pequeños- burgueses, y reproducirla directamente, en forma pedestre, pero que produzca una im­presión de vivido, de autobiográfico. Obje­tivismo que no excluye la caricatura ni lo grotesco, y se anima con la poesía juvenil, romántica en el fondo, del libro más popu­lar de la escuela, las Escenas de la vida bohemia (v.) de Murger. Sea lo que fue­re, las ideas e intenciones del grupo apa­recen en este libro, por el que el autor es recordado más qué por sus mediocres novelas.

Después del «Prefacio», que sabe mucho a manifiesto, aparecen ensayos de diferente carácter (uno de ellos, sobre la literatura suiza de la época, resulta com­pletamente extraño al asunto), donde están también indicados los precursores: Charles Sorel y su Verdadera historia cómica de Francion (v.); el aventurero Robert Cha­lles, de la primera mitad del siglo XVIII, evocado en páginas interesantes, por algu­nas de sus novelas cortas, Les Illustres Francaises, y Diderot. Son más vivas las pá­ginas sobre el pintor Courbet, que en 1855 había celebrado una exposición con el título «Du réalisme». Champfleury, que fue lla­mado «el Courbet de la literatura» y había combatido fraternalmente por dicho artista, explica esta pintura carente de retórica, pero no de humanidad, donde el realismo resulta verdaderamente un arte «serio y convencido, irónico y brutal, sincero y lle­no de poesía».

V. Luigli

Razonamientos acerca de la Beatriz de Dante, Gabriele Rossetti

[Ragionamenti sulla Beatrice di Dante]. Obra crítica del italiano Gabriele Rossetti (1783-1854), publicada en 1842.

Junto con otros ensayos del mismo autor sobre el significado de la Divina Co­media (El misterio del amor platónico, de 1840, y el Comentario analítico sobre el «In­fierno», de 1826-1827), desenvuelve una dis­cutida opinión, que partía de ciertas indica­ciones por decirlo así «gibelinas» de Foscolo y había de desarrollarse cada vez más en exégesis posteriores, particularmente en las de Pascoli y de Luigi Valli.

Piensa Ros­setti que Dante, para hablar con tanta vio­lencia contra el Papado y el poder temporal de la Iglesia, con el fin de propugnar una reforma total del clero y de las costum­bres religiosas, debía de estar afiliado a una secta misteriosa de maniqueos o de albigenses, de concepciones gibelinas y de­cididamente antipapales, no sólo por odio hacia la matanza realizada, sino por pre­cisos fines políticos. Apostrofes dantescos, juicios acerca de pontífices y diatribas vio­lentas sobre las costumbres sociales son re­feridas en este libro con objeto de mostrar que Dante consideraba en Beatriz el sím­bolo de una secta secreta que se proponía renovar el mundo, y en los «fieles de amor» los adeptos de una «verdad» representada en la guía celestial. Es más, como los gnós­ticos y los maniqueos, Dante y sus fieles unidos en el misterio de un «dolce stil nuovo» podían hablar de una secreta ver­dad, conocida sólo por ellos en todo su fulgor. Así este patriota italiano desterrado contribuía sobre todo a valorar en Dante los motivos anticlericales y revolucionarios.

C. Cordié