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	<title>Crítica de Libros &#187; Obras de Ciencia ficción</title>
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		<title>1984 (GEORGE ORWELL)</title>
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		<pubDate>Mon, 10 Oct 2011 14:06:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aretino</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Esta inquietante narración acerca de las tribulaciones de un empleado de segundo orden en un Estado totalitario futuro nos ha proporcionado gran parte de la jerga política de la época. En efec­to, las expresiones «Thought Police» [«Policía del Pensamiento»], «Newspeak» [«Nueva habla»], «Ministry of Truth» [«Ministerio de la Verdad»], «Doublethink» [«Doble pensamiento»] y «Big Brother [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><img class="alignleft size-medium wp-image-1989" style="margin: 8px;" title="1984" src="http://www.criticadelibros.com/wp-content/uploads/2010/11/1984-194x300.jpg" alt="1984" width="194" height="300" /> Esta inquietante narración acerca de las tribulaciones de un empleado de segundo orden en un Estado totalitario futuro nos ha proporcionado gran parte de la jerga política de la época. En efec­to, las expresiones «Thought Police» [«Policía del Pensamiento»], «Newspeak» [«Nueva habla»], «Ministry of Truth» [«Ministerio de la Verdad»], «Doublethink» [«Doble pensamiento»] y «Big Brother is watching you» [«El Gran Hermano te vigila»], fueron inventadas por George Orwell para este libro. Es sencillamente una novela que ha cambiado el mundo. Está escrita en un <strong>estilo</strong> comprensible, accesi­ble a millones de lectores, y al influir en la mente de esos millones de lectores, Orwell contribuyó decididamente a que sus obscuras pre­dicciones no se hicieran realidad. Naturalmente, muchas veces se ha señalado que al <b>autor</b> no le interesaba la predicción, sino que describió los sucesos de la década del cuarenta tal como acontecían, aunque exageradamente.</p>
<p style="text-align: justify;">El libro no llevó en su cubierta el sello «ciencia <b>ficción</b>». Pero en­tonces, ¿con qué <b>derecho</b> lo calificamos como tal? En primer lugar, porque la acción se desarrolla treinta y seis años después de la fecha de su redacción y, en segundo lugar, porque algunos de los disposi­tivos tecnológicos que se utilizan para controlar a la población de la Zona Aérea Uno, del Estado de Oceania, el más importante de los cuales es la telepantalla (un televisor montado sobre una pared, que lo observa a uno aun cuando uno lo está observando), son del más puro <strong>estilo</strong> de la cf, y quizá de carácter predictivo (con cables de fi­bra óptica como los que tenemos en la década del ochenta, este artilugio podría convertirse en realidad). Los vínculos de la novela con la cf son más profundos y más fundamentales, sin embargo, que lo que estos detalles podrían sugerir.</p>
<p style="text-align: justify;">Al igual que otros de su generación, Orwell (cuyo nombre real era Eric Blair, 1903–1950) fue influido por Wells. En su ensayo titu­lado «Wells, Hitler, and the World State», Orwell escribió lo si­guiente: «Fue maravilloso descubrir a Wells. Allí se encontraba uno en un mundo de pedantes, clérigos y sinvergüenzas &#8230; y ese hombre maravilloso que podía hablarnos sobre los habitantes de los planetas y sobre el fondo del mar, y que sabía que el futuro no se­ría lo que la gente respetable se imaginaba». Aunque luego Orwell criticó algunas ideas políticas de Wells, es evidente que considera­ba las primeras <strong>obras</strong> del escritor como una gran fuerza liberado­ra. Muchos otros escritores fueron influidos de la misma manera, a tal punto que en Gran Bretaña, y también en otros países, se creó toda una tradición de <b>ficción</b> «poswellsiana». A esta tradición con­tribuyeron con novelas y cuentos autores hoy olvidados, co­mo J. D. Beresford, S. Fowler Wright y John Gloag, y también otros más recordados, como Olaf Stapledon, Aldous Huxley y C. S. Lewis. Ninguno de sus libros se publicó como ciencia <b>ficción</b>, ya que dicha clasificación sólo empezó a utilizarse en forma regu­lar, de este lado del Atlántico, a comienzos de la década de los cin­cuenta. Si se les hubiera colocado una etiqueta que rezara «a la manera de Wells», hoy se conocerían como «romances científicos». La novela corta de E. M. Forster «The Machine Stops» (1909) era un «romance científico» que sirvió para rechazar la idea de que se podía perfeccionar la raza humana a través de la aplicación de tecnología moderna. Un mundo feliz, de Huxley (1932), era otro de esos relatos premonitorios. Ambos son ejemplos de antiutopía o «distopía». 1984, de Orwell, sigue esa línea y es, en verdad, la más lúgubre de todas las «distopías». Fue el ejemplo de Wells, tanto desde el punto de vista formal como temático, pero sobre todo el de­bate que Wells inauguró y que continuó a través de la obra de por lo menos una docena de autores, lo que hizo posible la obra maestra de Orwell. Para mí, 1984 es un libro, que, como Jano, mira en dos direcciones, porque, por un lado, es el último «romance científico» y, por otro, la fuente de gran parte de la ciencia <b>ficción</b> que le siguió. Resume las terribles experiencias de la primera mitad del siglo XX y arroja una larga sombra de temibles presagios sobre la otra mitad, nuestra mitad.</p>
<p style="text-align: justify;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;">&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;</p>
<p style="text-align: justify;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;">Orwell, George [Eric Blair]<br />
(Motihari, India, 1903-Londres, 1950) Escritor británico. De origen angloindio, en 1921 ingresó como oficial en la policía de Birmania, puesto que abandonó seis años más tarde debido a su repulsa hacia el régimen colonial. Tras una estancia en <b>Francia</b>, donde sobrevivió gracias a pequeños empleos, publicó sus primeros libros: Sin blanca en París y Londres (1933) y Días birmanos (1934). El <b>autor</b> se basa en ellos, como sucedería en todas sus <strong>obras</strong>, en sus propias observaciones y experiencias, y demostraba ya una clara posición de izquierdas. Las convicciones personales reflejadas en sus libros se materializaron en 1936 con su participación en la guerra civil española al lado del POUM. Fruto de esta experiencia fue Homenaje a Cataluña (1938), obra en la que refiere las tensiones y los enfrentamientos entre las fuerzas de izquierdas durante el conflicto. Este hecho dio lugar a posteriores reflexiones que fueron la base de dos de sus mejores <strong>obras</strong>: Rebelión en la granja (1946), fábula política sobre la revolución y cómo ésta, una vez instaurada, se vuelve en contra de quienes lucharon por ella, y 1984 (1949), visión dramática de los totalitarismos del futuro. Durante la Segunda Guerra Mundial sirvió en la Home Guard y publicó nuevos títulos, como El león y el unicornio (1941), cuadro de su país poco antes de la guerra, donde se muestra convencido de la posibilidad de una lucha del proletariado para hacer oír su <b>voz</b> entre la burguesía. Sus escritos y ensayos de esos años los recopiló en Inglaterra, vuestra Inglaterra.</p>

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		<title>Neuromante (WILLIAM GIBSON)</title>
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		<pubDate>Wed, 05 Oct 2011 19:36:21 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_2512" class="wp-caption alignleft" style="width: 213px"><a href="http://www.criticadelibros.com/wp-content/uploads/2011/02/neuromante.jpg"><img class="size-medium wp-image-2512" title="neuromante" src="http://www.criticadelibros.com/wp-content/uploads/2011/02/neuromante-203x300.jpg" alt="" width="203" height="300" /></a><p class="wp-caption-text">Neuromante</p></div>
<p>&#8220;El cielo sobre el puerto era del color de la televisión, sintonizada en un canal muerto.&#8221;  El primer enunciado de la novela de Gibson es-tablece el tono de esta historia ultramoderna de gente que se mueve en un paisaje electrónico.  Siguiendo las huellas de Alfred Bester, William Burroughs y (tal vez) Samuel R. Delany, pero inspirándose en los sueños del Silicon Valley, el <b>autor</b> ha creado un thriller romántico y triste, tan actual como los juegos de vídeo, los trasplantes de órganos y la investigación sobre inteligencia artificial, todo lo cual tiene su papel en la narración.  Es un libro ágil, sólidamente escrito, ingeniosamente inventivo, ocasional-mente divertido y siempre poético, a veces desconcertante y tan bien ajustado como un circuito de microchip.</p>
<p>William Gibson (nacido en 1948) es un nuevo escritor nortea-mericano de cf, <b>autor</b> de unos cuentos breves muy prometedores que aparecieron entre otras revistas en Omni.  Neuromante (Neuromancer) es su primera novela, y tiene algunos de los defectos previsibles en un primer libro: efectos algo forzados y una complejidad excesiva que una y otra vez entorpece la línea narrativa.  Pero son defectos propios de una ambición auténtica y de un talento exuberante.  El héroe, Case, es un vaquero computerizado, con cultura callejera.  Gracias a la utilización de su sofisticado equipo electrónico del mundo del siglo XXI, es capaz de entrar en el &#8220;ciberespacio&#8221;, un área donde la información acumulada de los circuitos de ordenadores del planeta adquiere una realidad aparentemente tridimensional.  Moviéndose en el ciberespacio, puede alterar los programas de computación y penetrar en la memoria de los bancos comerciales para robar valiosos datos.  Así se gana la vida.  La historia se inicia en <b>Japón</b>, en un mezquino submundo de traficantes de drogas y gente que se busca la vida por cualquier medio, donde Case ha sido exiliado como resultado de una grave transgresión.  Allí se encuentra con Molly, una mezcla de guardaespaldas y asesino, equipada con ojos artificiales y navajas implantadas bajo las uñas de los dedos.  Molly trabaja para una misteriosa agencia que desea contratar a Case y utilizar sus talentos contra las defensas de una inteligencia artificial.  Case se ve obligado a seguir adelante con el plan, y la acción se traslada a los Estados Unidos y luego a un inmenso habitat en el espacio exterior, una suerte de Las Vegas espacial.  Molly y Case toman contacto con una colonia anarquista de rastafarians que viven en órbita terrestre; tienen un altercado con un cuerpo de la policía cuya misión consiste en asegurar que la inteligencia artificial se mantenga dentro de ciertos límites, y finalmente penetran en la exótica casa de un multimillonario peligrosamente excéntrico.  Allí encuentran al ente electrónico inteligente que los ha estado utilizando para liberarse de todas las limitaciones humanas&#8230; Puede argüirse que, por debajo de su superficie de bravura, Neuromante es una obra bastante convencional de <b>ficción</b> popular.  Tiene un argumento sólido, elementos de misterio y mucha violencia.  Sin embargo, como ya he dicho, tiene también más de un toque de poesía.  Las imágenes de paisajes urbanos decadentes, sembrados de aparatos electrónicos que se han vuelto locos, son extraordinariamente vivaces e ilustrativas.  Muchos de los escritores contemporáneos de cf se dedican a la subcreación de mundos irreales, tierras semejantes al Oz de L. Frank Baum o la Tierra Media de Tolkien, y a los cuales sería un placer poder huir.  William Gibson tiene la valentía de intentar algo completamente distinto: su escenario de <b>ficción</b> es nuestro mundo de mediados de la década de 1980 elevado a la enésima potencia.  Al igual que toda la mejor ciencia <b>ficción</b>, Neuromante se refiere a la realidad, no a la <strong>fantasía</strong>, y si bien algunos de los recursos para atraer la atención pueden parecer forzados, también sirven, como un conjunto de espejos deformantes, para reflejarnos a nosotros mismos y lo que nos rodea.</p>

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		<title>Frankenstein y la literatura especulativa</title>
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		<pubDate>Mon, 12 Sep 2011 04:21:53 +0000</pubDate>
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<div id="attachment_3240" class="wp-caption alignleft" style="width: 310px"><a href="http://www.criticadelibros.com/wp-content/uploads/2011/09/frankenstein-vi.jpg"><img class="size-medium wp-image-3240" title="frankenstein-vi" src="http://www.criticadelibros.com/wp-content/uploads/2011/09/frankenstein-vi-300x209.jpg" alt="" width="300" height="209" /></a><p class="wp-caption-text">Frankenstein como inicio de una nueva era</p></div>
<p>Antes de la aparición de Frankenstein  en 1818, la literatura especulativa (representada casi exclusivamente por la <strong>fantasía</strong>) adoptaba una forma alegórica o monitoria. Es decir, trataba de reinos imaginarios donde el orden social era distinto (y por deducción, más deseable) o moralizaba de acuerdo con las fábulas de Esopo o el teatro religioso medieval. Podía tener un filo violento, como la sátira social posee a veces y como ciertamente tiene la tragedia clásica griega. Pero en Frankenstein vemos algo más bien nuevo; vemos la simbología del horror gótico. Los componentes de Frankenstein que han pasado al folklore popular a través de las películas son los relacionados con el desentierro de los muertos, el acecho a medianoche, las injustas catástrofes que afectan a inocentes y la manipulación de fuerzas contrarias a la intercesión del hombre mortal. Es decir, lo que el pensamiento popular ha hecho con la supuesta ciencia <b>ficción</b> de la creación de Wollstonecraft es ocultar los elementos racionales técnicos y preservar los irracionales y terribles que luego reaparecerían en las <strong>obras</strong> de Poe y Hawthorne, M. R. James y Henry James en años posteriores del siglo diecinueve. Dichos elementos emergen de nuevo en la obra de H. P. Lovecraft (principalmente en sus relatos para Weird Tales, pero también para Astounding Stories) y en los escritos de sus numerosos protegidos jóvenes, entre ellos Henry Kuttner (que trabajó ampliamente para el efímero mercado de la revista de horror), Robert Bloch (autor de incontables fantasías góticas y suaves, y además de Psicosis) y otros escritores como el joven Theodore Sturgeon y el muy joven Ray Bradbury. Así pues, al mismo tiempo que toda la atención se centraba nominalmente en los elementos científicos y tecnológicos de la <b>ficción</b> especulativa, una tendencia muy fuerte continuaba volviéndose hacia el componente gótico de Frankenstein. Atrapados en el optimismo tecnológico de la ciencia <b>ficción</b> de mediados de siglo, los escritores del género de aquella época sólo escribían <strong>fantasía</strong> por gusto y muy de vez en cuando, y aceptaban con pesar que «la <strong>fantasía</strong> no se vende» y sospechaban que era un <strong>estilo</strong> muerto. Por fortuna, la <strong>fantasía</strong> se vende, actualmente, y en un análisis retrospectivo aquellos temores eran infundados. Si bien los relatos de Sturgeon, Bradbury y Bloch publicados por Weird Tales se consideraron entonces como inconsecuentes aberraciones de sus «verdaderas» carreras, siempre representaron en realidad raíces que se nutrían bajo tierra de una rica tradición. Cuando se describía a Lovecraft como un <strong>personaje</strong> secundario aunque idiosincrásicamente potente de la CF del siglo veinte, ese poder estaba obrando; la verdadera «idiosincrasia» estaba en el punto de vista sobre Lovecraft de mediados de siglo. Dicho punto de vista, tan firmemente establecido por Gernsback (que rechazaba cualquier relación entre su ciencificción y la «simple <strong>fantasía</strong>»), por Campbell (que no quería ninguno de aquellos visos místicos en su <strong>fantasía</strong>) y por los autores que ambos reclutaron y popularizaron, conservó su fuerza mucho tiempo después que su utilidad menguara. George R. R. Martin les dirá, por ejemplo, que la inspiración temática de En la Casa del Gusano procede de un cultivador del romance científico, H. G. Wells, y que comparte la imagen del sol agónico y rojizo de La Máquina del Tiempo. O eso, al menos, es lo que dijo Martin a muchos de sus colegas cuando escribió el relato, a finales de la década de 1970. Y es cierto, comparte esa imagen. Pero nadie que haya leído el relato y alguna obra de Lovecraft dudará del hecho que hay muchas más similitudes de disposición y de tono entre el relato de Martin y la penetrante visión que HPL extrajo de su amenazador universo repleto de muerte. Que Martin haya sido o no admirador de Lovecraft importa menos que el hecho que él es un artista y que en los años ochenta no hay duda del hecho que un punto de vista oscuro, acechante y mucho menos racional sobre el universo ha recobrado enorme popularidad entre los lectores de <b>ficción</b> especulativa. No es importante que Martin haya estudiado asiduamente a algún <b>autor</b> de <strong>fantasía</strong>. Lo único importante para él es que ha llegado a ser un <b>autor</b> de anormal sensibilidad y talento. La <b>ficción</b> especulativa contiene en sí misma la conexión horror-fantasía, enraizada en muchas cosas más aparte de la tecnología, dotada de manantiales que nutren no sólo el mito</p>
</div>
<div id="_mcePaste">científico de Frankenstein, sino también el mensaje del miedo (quizá bastante justificado) a la eterna fragilidad del hombre apresado por fuerzas que ningún ser humano puede llegar a comprender o superar. Una y otra vez, la literatura especulativa ha producido nuevos talentos que trastornan previas ideas respecto a qué es la mejor literatura especulativa. De pronto, con la aparición de algunos relatos muy bien acogidos, obra de una mano hasta entonces desconocida, se hace patente que la literatura especulativa ha descubierto nuevas series de posibilidades. O que es el momento de volver a explorar, con un nuevo método, lo que se intentó hace tiempo. De pronto, es como si todo el mundo tuviera de repente la misma idea nueva. Al examinar el campo, los críticos más modernos describen lo que ven, y explican que era inevitable y que se trata de la forma más «correcta», más «pura». Pero no existen formas puras, y si las hay, jamás sabemos cuáles son, porque no aparecen en las partes racionales, mensurables del mundo. Surgen en lugares sombríos, y crecen en el cerebro de los artistas; dan forma al artista tanto como éste a ellas. Esto es tanto más cierto cuanto mejor y más armonizado esté dicho artista con los elementos esenciales. George R. R. Martin, nacido en 1948, publicó su primer relato de <b>ficción</b> especulativa en 1971. En la época de A Song for Lya (Canción para Lya), que obtuvo el premio Hugo en 1974, no había duda alguna del hecho que Martin era un talento de primera categoría, como también era indudable que se había salido de los caminos trillados, teniendo en cuenta cuál era la mejor literatura especulativa según los criterios de 1974. Este detalle no turbó a nadie, ni al <b>autor</b> ni a sus numerosos lectores entusiastas. Y a su debido tiempo, la definición de literatura especulativa cambió para adaptarse a Martin. <b>Autor</b> de novelas de <strong>fantasía</strong> tan recientes como Fevre Dream, Martin ha demostrado hacia dónde le había estado conduciendo su talento. A Song for Lya es un relato de ciencia <b>ficción</b>, publicado por la sucesora de Astounding, Analog Science Fiction, con algunos penetrantes visos del <strong>estilo</strong> fantástico de Weird Tales. Fevre Dream es una despiadadamente detallada novela de vampirismo, con algunos toques de tecnología. En menos de una década, Martin ha redefinido su idea particular sobre en qué hace hincapié un escritor de literatura especulativa. O, tal vez más exactamente, se ha aclarado más cuál había sido su idea desde el principio. Cronológicamente, Martin pertenece a la generación que precedió a la aparición de Stephen King y Peter Straub. En realidad, son contemporáneos temáticos, aunque Martin estuvo allí primero y hay que reconocer su cualidad de pionero tanto como su arte. Mediante cierto sutil proceso, la naturaleza de la <b>ficción</b> especulativa parece trastornarse a intervalos. Algo se agita en el nebuloso continuo del que proceden estilos narrativos y talentos para expresarlos. Al principio sólo aquí y allí, pero de pronto en todas partes, la literatura de especulación cobra un nuevo matiz. El libro que están a punto de leer contiene amplias pruebas de dicha transición, obra del primer <b>autor</b> importante de ese <strong>estilo</strong> que apareció en la literatura especulativa de los setenta y que ha florecido en los ochenta. Este libro representa un hito importante en la carrera del <b>autor</b>, y la mayor parte de los relatos que contiene no sólo son excelente <b>ficción</b> especulativa sino además faros del futuro.</div>
<p>Antes de su aparición en 1818, la literatura especulativa (representada casi exclusivamente por la <strong>fantasía</strong>) adoptaba una forma alegórica o monitoria. Es decir, trataba de reinos imaginarios donde el orden social era distinto (y por deducción, más deseable) o moralizaba de acuerdo con las fábulas de Esopo o el teatro religioso medieval. Podía tener un filo violento, como la sátira social posee a veces y como ciertamente tiene la tragedia clásica griega. Pero en Frankenstein vemos algo más bien nuevo; vemos la simbología del horror gótico. Los componentes de Frankenstein que han pasado al folklore popular a través de las películas son los relacionados con el desentierro de los muertos, el acecho a medianoche, las injustas catástrofes que afectan a inocentes y la manipulación de fuerzas contrarias a la intercesión del hombre mortal. Es decir, lo que el pensamiento popular ha hecho con la supuesta ciencia <b>ficción</b> de la creación de Wollstonecraft es ocultar los elementos racionales técnicos y preservar los irracionales y terribles que luego reaparecerían en las <strong>obras</strong> de Poe y Hawthorne, M. R. James y Henry James en años posteriores del siglo diecinueve. Dichos elementos emergen de nuevo en la obra de H. P. Lovecraft (principalmente en sus relatos para Weird Tales, pero también para Astounding Stories) y en los escritos de sus numerosos protegidos jóvenes, entre ellos Henry Kuttner (que trabajó ampliamente para el efímero mercado de la revista de horror), Robert Bloch (autor de incontables fantasías góticas y suaves, y además de Psicosis) y otros escritores como el joven Theodore Sturgeon y el muy joven Ray Bradbury. Así pues, al mismo tiempo que toda la atención se centraba nominalmente en los elementos científicos y tecnológicos de la <b>ficción</b> especulativa, una tendencia muy fuerte continuaba volviéndose hacia el componente gótico de Frankenstein. Atrapados en el optimismo tecnológico de la ciencia <b>ficción</b> de mediados de siglo, los escritores del género de aquella época sólo escribían <strong>fantasía</strong> por gusto y muy de vez en cuando, y aceptaban con pesar que «la <strong>fantasía</strong> no se vende» y sospechaban que era un <strong>estilo</strong> muerto. Por fortuna, la <strong>fantasía</strong> se vende, actualmente, y en un análisis retrospectivo aquellos temores eran infundados. Si bien los relatos de Sturgeon, Bradbury y Bloch publicados por Weird Tales se consideraron entonces como inconsecuentes aberraciones de sus «verdaderas» carreras, siempre representaron en realidad raíces que se nutrían bajo tierra de una rica tradición. Cuando se describía a Lovecraft como un <strong>personaje</strong> secundario aunque idiosincrásicamente potente de la CF del siglo veinte, ese poder estaba obrando; la verdadera «idiosincrasia» estaba en el punto de vista sobre Lovecraft de mediados de siglo. Dicho punto de vista, tan firmemente establecido por Gernsback (que rechazaba cualquier relación entre su ciencificción y la «simple <strong>fantasía</strong>»), por Campbell (que no quería ninguno de aquellos visos místicos en su <strong>fantasía</strong>) y por los autores que ambos reclutaron y popularizaron, conservó su fuerza mucho tiempo después que su utilidad menguara. George R. R. Martin les dirá, por ejemplo, que la inspiración temática de En la Casa del Gusano procede de un cultivador del romance científico, H. G. Wells, y que comparte la imagen del sol agónico y rojizo de La Máquina del Tiempo. O eso, al menos, es lo que dijo Martin a muchos de sus colegas cuando escribió el relato, a finales de la década de 1970. Y es cierto, comparte esa imagen. Pero nadie que haya leído el relato y alguna obra de Lovecraft dudará del hecho que hay muchas más similitudes de disposición y de tono entre el relato de Martin y la penetrante visión que HPL extrajo de su amenazador universo repleto de muerte. Que Martin haya sido o no admirador de Lovecraft importa menos que el hecho que él es un artista y que en los años ochenta no hay duda del hecho que un punto de vista oscuro, acechante y mucho menos racional sobre el universo ha recobrado enorme popularidad entre los lectores de <b>ficción</b> especulativa. No es importante que Martin haya estudiado asiduamente a algún <b>autor</b> de <strong>fantasía</strong>. Lo único importante para él es que ha llegado a ser un <b>autor</b> de anormal sensibilidad y talento. La <b>ficción</b> especulativa contiene en sí misma la conexión horror-fantasía, enraizada en muchas cosas más aparte de la tecnología, dotada de manantiales que nutren no sólo el mito<br />
científico de Frankenstein, sino también el mensaje del miedo (quizá bastante justificado) a la eterna fragilidad del hombre apresado por fuerzas que ningún ser humano puede llegar a comprender o superar. Una y otra vez, la literatura especulativa ha producido nuevos talentos que trastornan previas ideas respecto a qué es la mejor literatura especulativa. De pronto, con la aparición de algunos relatos muy bien acogidos, obra de una mano hasta entonces desconocida, se hace patente que la literatura especulativa ha descubierto nuevas series de posibilidades. O que es el momento de volver a explorar, con un nuevo método, lo que se intentó hace tiempo. De pronto, es como si todo el mundo tuviera de repente la misma idea nueva. Al examinar el campo, los críticos más modernos describen lo que ven, y explican que era inevitable y que se trata de la forma más «correcta», más «pura». Pero no existen formas puras, y si las hay, jamás sabemos cuáles son, porque no aparecen en las partes racionales, mensurables del mundo. Surgen en lugares sombríos, y crecen en el cerebro de los artistas; dan forma al artista tanto como éste a ellas. Esto es tanto más cierto cuanto mejor y más armonizado esté dicho artista con los elementos esenciales. George R. R. Martin, nacido en 1948, publicó su primer relato de <b>ficción</b> especulativa en 1971. En la época de A Song for Lya (Canción para Lya), que obtuvo el premio Hugo en 1974, no había duda alguna del hecho que Martin era un talento de primera categoría, como también era indudable que se había salido de los caminos trillados, teniendo en cuenta cuál era la mejor literatura especulativa según los criterios de 1974. Este detalle no turbó a nadie, ni al <b>autor</b> ni a sus numerosos lectores entusiastas. Y a su debido tiempo, la definición de literatura especulativa cambió para adaptarse a Martin. <b>Autor</b> de novelas de <strong>fantasía</strong> tan recientes como Fevre Dream, Martin ha demostrado hacia dónde le había estado conduciendo su talento. A Song for Lya es un relato de ciencia <b>ficción</b>, publicado por la sucesora de Astounding, Analog Science Fiction, con algunos penetrantes visos del <strong>estilo</strong> fantástico de Weird Tales. Fevre Dream es una despiadadamente detallada novela de vampirismo, con algunos toques de tecnología. En menos de una década, Martin ha redefinido su idea particular sobre en qué hace hincapié un escritor de literatura especulativa. O, tal vez más exactamente, se ha aclarado más cuál había sido su idea desde el principio. Cronológicamente, Martin pertenece a la generación que precedió a la aparición de Stephen King y Peter Straub. En realidad, son contemporáneos temáticos, aunque Martin estuvo allí primero y hay que reconocer su cualidad de pionero tanto como su arte. Mediante cierto sutil proceso, la naturaleza de la ficción especulativa parece trastornarse a intervalos. Algo se agita en el nebuloso continuo del que proceden estilos narrativos y talentos para expresarlos. Al principio sólo aquí y allí, pero de pronto en todas partes, la literatura de especulación cobra un nuevo matiz.</p>

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		<title>El lunes empieza el sábado (Arkadi y Boris Strugatski). Un Harry Potter soviético para adultos</title>
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		<pubDate>Thu, 08 Sep 2011 10:24:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aretino</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_3226" class="wp-caption alignleft" style="width: 210px"><a href="http://www.criticadelibros.com/wp-content/uploads/2011/09/strug.jpg"><img class="size-full wp-image-3226" title="strug" src="http://www.criticadelibros.com/wp-content/uploads/2011/09/strug.jpg" alt="" width="200" height="300" /></a><p class="wp-caption-text">El lunes empieza en sábado. A. y B. Strugatski</p></div>
<p>Fue <a href="http://www.albacity.org/albacete/gente/alberto-lopez-aroca.htm">Alberto López Aroca</a>, volviendo de la Semana Negra de Gijón, quien me descubrió a estos autores., por lo que a la deuda de su amabilidad añado esta otra a mi cargo, con la firme intención de pagarlas ambas en cervezas cuando se pueda. Hablábamos en aquel momento de las distintas clase de <strong>fantasía</strong> y ciencia <b>ficción</b>, y alabábamos juntos la brillante inteligencia de los autores del Este, concretamente Stanislaw Lew y Karel Capek, muy superiores, a jucio de ambos, a otros escritores occidentales mucho más conocidos y más publicitados.</p>
<p>Y fue donde Alberto me preguntó si conocía a Efremov y a los hermanos Strugatski. A Efremov sigo sin conocerlo, aunque piense enmendar pronto el defecto, y a los hermanos Strugatski los conocí hace un par de semanas a a través de esta obra, tan demencial como espectacularmente ingeniosa.</p>
<p>Porque, por una vez, la solkapa de un libro decía la verdad: &#8220;UN HARRY POTTER SOVIÉTICO PARA ADULTOS&#8221;. Poneos en mi lugar: lees esto, te enteras de que la novela fue escrita en los años cincuenta, en la época de Stalin, y te preguntas qué clase de locura te vas a encontrar entre las manos o qué clase de chiflado era el que escribió semejante <strong>comentario</strong>.</p>
<p>Pues resulta que los editores de Nevski Prospekt están perfectamente cuerdos y los que hacían equilibrismos contra la censura, contra las corrientes del momento y contra el sentido común eran los autores. Y el resulta es devastador.</p>
<p>Se trata de un programador mecánico y de automatismos que es captado para trabajar en la Academia Soviética de las Ciencias, departamento de Magia y Adivinación. Sí, habéis leído bien, y sí, se escribió en 1952.</p>
<p>La Academia Soviética de las Ciencias es un lugar muy organizado, con mucho  camarada del partido, mucho férreo funcionario y mucho formulario que cubrir, amén de infinitas reglamentaciones, lo cual se vuelve especialmente problemático cuando se trabaja en el departamento de magia y adivinación, donde a veces el partido toma cartas en el asunto y donde a veces te encuentras, (te lo encuentras tú, pero no la censura) con que lo más difícil de crear una moneda mágica es que no hay nada que comprar con ella en el comercio de la ciudad y es muy difícil probarla.</p>
<p>A eso podemos unir, por ejemplo, a un resucitado mago Merlín que está escribiendo la versión soviética de la leyenda del rey Arturo y describe cono la encallecida mano de un obrero emerge de un lago empuñado una hoz y un martillo, un ordenador que denuncia a los científicos al sindicato por explotación laboral y otras muchas irreverencias desternillantes, como la gran pregunta de si somos o no necesarios para nosotros mismos.</p>
<p>El conjunto es un camarote de los hermanos Marx de locura delirante, inteligente y perfectamente medida, donde todo se entrevé, nada se declara y donde tienes la impresiónd e que por cada hilo que coges se te escapan otros dos, ya sea en la descripción de un objeto, las alusiones a la mitología y la literatura rusas, la estupidez de los altos cargos, la vagancia de los trabajadores manuales, la desconfianza hacia los intelectuales y una larga lista de caracteres que, con ser ficticios, resultan a  veces más reconocibles que una  fotografía.</p>
<p>Una verdadera maravilla. No os lo perdáis.</p>
<p><a href="http://www.javier-perez.es">Javier Pérez</a></p>

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		<title>Rascacielos (J. G. BALLARD) Una alegoría de la violencia urbana.</title>
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		<pubDate>Tue, 02 Aug 2011 01:34:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aretino</dc:creator>
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		<description><![CDATA[«En mi ficción, el futuro no ha estado nunca a más de cinco minu­tos.» Esto dijo Ballard en una entrevista reciente, una de las tantas que aparecieron a propósito de la publicación de su novela El Impe­rio del Sol (1984), que no es cf. Ese libro, que integró la lista de bestse­llers a lo largo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_2468" class="wp-caption alignleft" style="width: 200px"><a href="http://www.criticadelibros.com/wp-content/uploads/2011/02/rasca.jpg"><img class="size-medium wp-image-2468" title="rasca" src="http://www.criticadelibros.com/wp-content/uploads/2011/02/rasca-190x300.jpg" alt="" width="190" height="300" /></a><p class="wp-caption-text">Rascacielos</p></div>
<p>«En mi <b>ficción</b>, el futuro no ha estado nunca a más de cinco minu­tos.» Esto dijo Ballard en una entrevista reciente, una de las tantas que aparecieron a propósito de la publicación de su novela El Impe­rio del Sol (1984), que no es cf. Ese libro, que integró la lista de bestse­llers a lo largo de más de seis meses, ha convertido a Ballard en una celebridad literaria y ha servido para que su obra fuera conocida por muchos nuevos lectores. Durante veinte años, sin embargo, los lectores de cf más perspicaces sabían que Ballard era alguien espe­cial, posiblemente el escritor de ciencia <b>ficción</b> más importante desde H. G. Wells. Crash sigue siendo su obra maestra, su «metá­fora más extrema», pero Rascacielos (High–Rise) la sigue de cerca como relato de horror tecnológico.</p>
<p>El escenario de la novela es un lujoso edificio de apartamentos de cuarenta plantas en las afueras de Londres. Es, en efecto, «una pequeña ciudad vertical», con unos dos mil habitantes de clase me­dia. Dentro del edificio hay tiendas, bancos, restaurantes y piscinas. El <strong>personaje</strong> central, el doctor Robert Laing, trabaja en una escuela médica cercana. Pero no lo vemos en el <strong>trabajo</strong>, sino sólo en su casa, donde se instala en su «sobrevalorada celda» con las comodidades, el anonimato y la falta de imperiosas obligaciones sociales que en­traña ese moderno <strong>estilo</strong> de vida. «Las torres de Londres le parecían cada día un poco más distantes, como el paisaje de un planeta abandonado que retrocedía alejándose lentamente.» El rascacielos es un paraíso tecnológico autónomo que les permite a sus habitan­tes ser tan egoístas y reservados como deseen.</p>
<p>Crecen los problemas. Una botella de vino se estrella contra el balcón de Laing; el perro de alguien es ahogado deliberadamen-te en una piscina. Entre los habitantes del edificio estallan mezqui-nas peleas. Gradualmente, pero sin remordimiento, siguiendo lo que Ballard llamaría una «lógica errónea», la vida en el rascacielos se vuelve muy desagradable. Durante un apagón estalla la violen-cia, y pronto los ocupantes del edificio se encuentran estratificados en clases sociales provisorias; la posición jerárquica es determina-da por la altura de la planta en que uno vive. Se hacen alianzas nocturnas. Muere gente, pero nadie informa a la policía; todo el mundo disfruta demasiado de la experiencia como para perturbarla con in­tromisiones del mundo exterior. Los propietarios dejan de ir a tra­bajar, y el rascacielos se convierte en su mundo exclusivo, un lugar de excitación y peligro que los absorbe por completo. Hacia el final, cuando ya las mayores batallas han terminado, y el edificio está semidestruido, la vida parece establecerse en un nuevo nivel: los so­brevivientes, como Laing, son cazadores–recolectores casi solita­rios, que se abren camino a través de los apartamentos en ruinas, fe­lices en su autosuficiencia. En la última <strong>página</strong>, Laing advierte que las luces acaban de apagarse en un rascacielos vecino. Ve las linter­nas de los residentes y observa sus movimientos con satisfacción, «listo para darles la bienvenida a un nuevo mundo».</p>
<p>Rascacielos no es una sátira social desalmada, ni una pesimista alegoría moral de involución y degradación. Es más sutil y significa­tiva que eso. Como Crash, enfrenta al lector con una serie de inquie­tantes cuestiones acerca de nuestro modo de vida, o por lo menos el modo en que viviremos en un futuro muy cercano. ¿En qué medida hemos creado inconscientemente nuestra tecnología a fin de satis­facer nuestras perversiones secretas? ¿Cuánto orden y cuánta pací­fica razón somos realmente capaces de soportar? ¿Estamos presen­ciando la «muerte del afecto», el fin de los sentimientos humanos tradicionales? Y si es así, ¿qué clase de mundo nos espera al final de este breve período de transición? Concentrándose obsesivamente en el futuro tal como se revela en el presente, Ballard se ha conver­tido en el más mordaz de los profetas modernos.</p>

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		<title>Ciudad sin estrellas (Montse de Paz)</title>
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		<pubDate>Tue, 26 Jul 2011 02:13:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aretino</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_3139" class="wp-caption alignleft" style="width: 198px"><a href="http://www.criticadelibros.com/wp-content/uploads/2011/07/ciudad-sin-estrellas_9788445078136.jpg"><img class="size-medium wp-image-3139" title="ciudad-sin-estrellas_9788445078136" src="http://www.criticadelibros.com/wp-content/uploads/2011/07/ciudad-sin-estrellas_9788445078136-188x300.jpg" alt="" width="188" height="300" /></a><p class="wp-caption-text">Ciudad sin estrellas, de Montse de Paz.</p></div>
<p>En la Semana Negra de Gijón también se habla de <strong>obras</strong> de Ciencia <b>Ficción</b>, y más concretamente de la novela que este año resultço ganadora del Premio Minotauro de Ciencia <b>Ficción</b>.</p>
<p>Montse de Paz, la autora de este libro, se felicitó en primer lugar de poder hablar de su obra bajo una enorme copia de LA LIBERTAD GUIANDO AL PUEBLO, el famoso cuadro de Delacroix. Y no sólo alegó para ello razones estéticas o ideológicas, sino que dijo que se trataba también, a sus ojos , de una alegoría de lo que su novela quería expresar.</p>
<p>Porque Ciudad sin estrellas es un periplo interior, por la mí­stica de la noche oscura del alma en la que se callan las conveniencias y las hipocresías, esa noche oscura en la que todo guarda silencio para que el espíritu pueda buscar su camino hasta el momento en que florezcan las verdades, lo esencial de lo que hay dentro, tanto de una persona, como de una ciudad o una civilización.</p>
<p>Este recorrido iniciático, la busca de la ventana exterior por la que se pueden ver las estrellas que rodean la ciudad es la clave de esta novela, futurista, sí, con aventuras, también, pero tremendamente íntima y hasta religiosa, si se quiere entender la religión como un camino de trascendencia hacia un estado superior anhelado y desconocido. Sólo una autora valiente responde SI hoy en día al periodista que le pregunta si ha escrito una novela religiosa. Y basta con esa respuesta para que gane todo nuestro respeto y credibilidad.</p>
<p>Montse de Paz, que habituaolmente se considera escritora de fahtasía épica, nos invita aquí a un recorrido por una ciudad en la que todo es opresico y protector, y donde las estrellas no llegan a verse porque están más allá del muro que protege la ciudad akl tiempo que la atenaza.</p>
<p>Esta es la historia de un camino y de un anhelo.</p>
<p>La historia de una redención.</p>
<p><a href="http://javier=perez.es">Javier Pérez</a></p>

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		<title>Los tres estigmas de Palmer Eldritch, PHILIP K. DICK</title>
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		<pubDate>Mon, 11 Jul 2011 16:55:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aretino</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Philip K. Dick fue extraordinariamente prolífico a mediados de la década del sesenta. Sólo en 1964 publicó cinco novelas, la ya men­cionada Tiempo de Marte, otras tres menores, pero muy interesantes, originalmente publicadas en ediciones de bolsillo, Los Simulacra, Clans of the Alphane Moon y La penúltima Verdad. Y, por último, quizá la más importante, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.criticadelibros.com/wp-content/uploads/2011/07/estirgmas.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-2334" style="margin: 7px;" title="estirgmas" src="http://www.criticadelibros.com/wp-content/uploads/2011/07/estirgmas-199x300.jpg" alt="" width="199" height="300" /></a>Philip K. Dick fue extraordinariamente prolífico a mediados de la década del sesenta. Sólo en 1964 publicó cinco novelas, la ya men­cionada Tiempo de Marte, otras tres menores, pero muy interesantes, originalmente publicadas en ediciones de bolsillo, Los Simulacra, Clans of the Alphane Moon y La penúltima Verdad. Y, por último, quizá la más importante, Los tres estigmas de Palmer Eldritch (The Three Stig­mata of Palmer Eldritch). Éste fue el libro a través del cual descubrí a Dick (lo digo como un consejo), a los dieciséis años. Entonces no lo comprendí plenamente, y no estoy <b>seguro</b> de comprenderlo ahora, pues aquí aparece Dick en su faceta más salvaje y desconocida. En­tre otras cosas, es una novela sobre drogas, lo que parece hacerla muy apropiada para su década.</p>
<p>Empieza como una sátira a la manera de Pohl y Kornbluth. Barney Mayerson es un vidente; tiene facultad de prever el futuro dentro de ciertos límites. Trabaja como especialista en «premoda» para una compañía de Nueva York llamada Perky Pat Layouts, Inc., donde su tarea consiste en predecir las modas en vestidos, or­namentos y diseño interior. P. P. Layouts fabrica muñecas y casas de muñecas para los consumidores de una droga conocida como Can–D. Todo aquel que consume la droga puede entrar en el mundo de Perky Pat y otras muñecas semejantes, para llevar una vida ilusoria de ocio y erotismo. Este hobby escapista es especial­mente atractivo para los aburridos y nostálgicos colonos de Marte. Aunque es uno de los mejores videntes de la especialidad, Barney tiene problemas. Se siente amenazado por su nuevo asistente, Roni Fugate (se van juntos a la cama poco después de conocerse: «Los dos sois videntes», le explica su psiquiatra computarizado a la ma­ñana siguiente. «Habéis visto con anticipación que terminarías eró­ticamente comprometidos. De modo que habéis decidido&#8230; ¿para qué esperar?»). También ha recibido la noticia de su reclutamiento –la exigencia de convertirse en colono de Marte– y a partir de ese momento lleva a su psiquiatra portátil, el doctor Smile, a todas par­tes, con la esperanza de que lo convierta en suficientemente neuró­tico como para no aprobar el test de emigración. Mientras tanto, Nueva York se sofoca bajo una ola de calor de 180 grados de tempe­ratura permanente (supuestamente provocada por el efecto inver­nadero, estamos en el siglo veintiuno), y el grueso de la población vive en vastos «Conapts», donde tienen que pagar una fortuna por facturas de refrigeración.</p>
<p>El jefe de Barney, Leo Bulero, es uno de los pocos privilegiados que pueden permitirse una Terapia de Evolución en una clínica <strong>alemana</strong>, lo cual lo vuelve poco a poco un «cabeza burbuja». Él se jacta en estos términos: «Debido a que me someto a la Terapia E, tengo un lóbulo frontal gigantesco; yo también soy prácticamen­te un vidente; soy muy avanzado». Pero de poco le sirve cuando se entera de que su rival industrial, Palmer Eldritch, ha regresado de un <b>viaje</b> de diez años a Próxima Centauri con algunos líquenes que pueden servir como base de una nueva droga que compita con Can–D. Bulero vuela a la Luna para enfrentarse a Eldritch y ma­tarlo si es necesario. Pero llega demasiado tarde, pues ya se ha or­ganizado una corporación para comercializar la maravillosa droga de Eldritch, la Chew–Z; y comienzan a llegar a Marte cargamen­tos de la nueva sustancia. A diferencia de la Can–D, la Chew–Z se supone que no crea adicción; ha sido aprobada por las Naciones Unidas, y pronto todo el mundo la consumirá, tanto en la Tierra como en Marte y en las diversas y desdichadas lunas del sistema solar. Pero la nueva droga tiene efectos mucho más poderosos que la Can–D. Como descubren Bulero y Barney Mayerson, puede llegar a hundir a un sujeto en un mundo de ilusión permanente, en un mundo controlado por Palmer Eldritch (cuyos «estigmas» son una mano artificial, ojos mecánicos y dientes de acero), o por algún ente demoníaco que opera a través de Eldritch.</p>
<p>La novela no es tanto una sátira como una comedia negra me­tafísica que termina convirtiéndose en una pesadilla. Al final, es di­fícil distinguir ilusión y realidad; y ése, sin duda, es el objetivo. The Three Stigmata of Palmer Eldritch es un libro desconcertante, pero brillante.</p>

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		<title>Los viajes de Joenes, ROBERT SHECKLEY</title>
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		<pubDate>Mon, 06 Jun 2011 13:13:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aretino</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><a href="http://www.criticadelibros.com/wp-content/uploads/2011/01/joenes.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-2212" style="margin: 8px;" title="joenes" src="http://www.criticadelibros.com/wp-content/uploads/2011/01/joenes-186x300.jpg" alt="" width="186" height="300" /></a>Robert Sheckley (nacido en 1928) es un norteamericano peripaté­tico que ha vivido a menudo en Europa. Al igual que Ray Bradbury y Cordwainer Smith, es uno de esos escritores a quienes una nove­la no llega a representar acabadamente. Los textos que lo hicieron famoso fueron sus chispeantes y provocativos cuentos breves, que se reunieron en libros como La séptima víctima </em>(Untouched by Human Hands, </em>1954), Ciudadano del espacio </em>(1955) y Paraíso II (Pilgrimage to Earth, </em>1957). De sus primeras novelas, la más notable es Immorta­lity, Inc. </em>(1959). Sin embargo, Los viajes de Joenes (Journey Beyond To­morrow) </em>es su libro más divertido, con ese afilado humor que ha dis­tinguido la obra de Sheckley. La novela se publicó por primera vez en 1962, por entregas, en Fanta-sy and Science Fiction, </em>bajo el título de «Journey of Joenes».</p>
<p>El epónimo Joenes es un joven cálido e inocente de comienzos del siglo veintiuno. De padres norteamericanos, se ha criado en la pequeña isla de Manituatua, en la Polinesia Oriental. A los veinti­cinco años, tras haber leído muchos libros de la biblioteca de su pa­dre, se dispone a descubrir por sí mismo un mundo más amplio. En primer lugar, desea conocer los Estados Unidos, aquel reino mítico. Al llegar a los muelles de San Francisco, se enreda con un traficante de drogas llamado Lum, a raíz de lo cual termina en la cárcel («¿un comunista, eh?», dice el policía que lo arresta, después de que Joe­nes ha pronunciado un pequeño y hermoso discurso acerca de la naturaleza defectuosa de las leyes humanas y de la moral superior que surge de «seguir los verdaderos dictados del alma iluminada»). Es llevado ante una comisión del Congreso que se encuentra ca­sualmente en la ciudad. El presidente de la comisión resucita una buena frase de otros tiempos: «Camarada –le preguntó, con sim­ple ironía–, ¿está usted, ahora mismo, afiliado al Partido Comu­nista?». Incapaz de convencer a quienes lo interrogan de que no es comunista, Joenes (o el «Camarada Jonski», como el presidente in­siste en llamarlo) es enviado al Este para ser sometido a un juicio por ordenador, después del cual se lo deja en libertad condicional y se lo abandona en las calles de Nueva York.</p>
<p>Joenes vive una serie de aventuras inverosímiles, colmadas de personajes excéntricos y de historias dentro de historias. Vuelve a encontrarse con Lum en un hospicio para criminales dementes. Luego es obligado a dar clases sobre la cultura de los pueblos del Pacífico sudoccidental en la universidad. Se convierte en huésped de una extraña comunidad utópica, cuya lengua artificial no tiene palabras para «homosexualidad», «violación» o «asesinato», y con­sidera que esas cosas no existen. Finalmente, Joenes es recluta-do por el gobierno norteamericano y va a trabajar como espía para el Octágono. Viaja a Moscú, donde también tiene dificultades para convencer a las autoridades de que no es comunista, pero cuando regresa a los Estados Unidos, una estación automática de radar confunde su avión con un aeroplano invasor, y desencadena una hecatombe nuclear. Los Estados Unidos vuelan en pedazos, las cos­tas Este y Oeste se lanzan misiles una contra otra y también contra el resto del mundo. «Y pronto la civilización de las máquinas había desaparecido de la faz de la Tierra.» Joenes, naturalmente, sobre­vive. ¿Qué otra cosa podía haber pasado, con la suerte que tiene? Huye hacia la Polinesia, en una pequeña embarcación, junto con su amigo Lum. La Polinesia a partir de ese momento se convertirá en el centro de la civilización mundial, y los relatos de Joenes y Lum serán sus sagradas escrituras.</p>
<p>Todo esto se cuenta de una manera muy ingeniosa y diverti-da. Los blancos de la sátira de Sheckley son quizá los más obvios, y hoy el libro parece algo inocuo, pero en el momento de su aparición fue alabado como una obra de refrescante iconoclastia.</p>

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		<title>Los desposeídos (URSULA K. LE GUIN)</title>
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		<pubDate>Thu, 02 Jun 2011 01:21:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Aretino</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Esta novela, espléndidamente ambiciosa y profundamente hu­mana, tiene el mismo escenario interestelar que otras obras de Le Guin, incluso La mano izquierda de la obscuridad. En el pasado remoto, varios mundos, incluida nuestra Tierra, han sido colonizados por los hainish. Nosotros, los humanos, somos descendientes de los hainish, aunque no lo sepamos, y lo mismo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_2460" class="wp-caption alignleft" style="width: 187px"><a href="http://www.criticadelibros.com/wp-content/uploads/2011/02/ursula5.jpg"><img class="size-medium wp-image-2460" title="ursula5" src="http://www.criticadelibros.com/wp-content/uploads/2011/02/ursula5-177x300.jpg" alt="" width="177" height="300" /></a><p class="wp-caption-text">los desposeidos</p></div>
<p>Esta novela, espléndidamente ambiciosa y profundamente hu­mana, tiene el mismo escenario interestelar que otras <strong>obras</strong> de Le Guin, incluso La mano izquierda de la obscuridad. </em>En el pasado remoto, varios mundos, incluida nuestra Tierra, han sido colonizados por los hainish. Nosotros, los humanos, somos descendientes de los hainish, aunque no lo sepamos, y lo mismo ocurre con los habitan­tes de Urras, un planeta que gira alrededor de la estrella Tau Ceti. Los desposeídos (The Dispossessed) </em>está ambientada dentro de muchos siglos, en una época en que los hainish han vuelto a establecer con­tacto con algunas de sus ex colonias. Están pretendiendo construir una federación pacífica de planetas, que en su momento se conver­tirá en el Ekumen, ya mencionado en La mano izquierda de la obscuri­dad. </em>El escenario es significativo, pues si bien los personajes de la novela son «extraterrestres», también son seres humanos, igual que nosotros.</p>
<p>Los desposeídos del título son los veinte millones de habitantes de Anarres, una gran luna árida del exuberante planeta Urras. Casi dos siglos antes, sus antepasados se marcharon de Urras, decididos a forjar una nueva <b>sociedad</b> en el no prometedor mundo inferior. Esas gentes eran los partidarios de Odo, filósofo anarquista que no pudo viajar hasta Anarres. Los descendientes son desposeídos por lo menos en dos sentidos: ya no poseen su verde y hermoso mundo, y lo que es más importante, construyeron una <b>sociedad</b> que ha eli­minado por completo la idea de «posesión». Materialmente pobre, Anarres, sin embargo, es una espléndida utopía anarquista, con idioma artificial, el právico, inspirado en las enseñanzas de Odo: «&#8230; las formas singulares del posesivo eran empleadas principal­mente para dar énfasis; el idioma común las evitaba. Los niños pe­queños podían decir &#8220;mi madre&#8221;, pero pronto aprendían a decir &#8220;la madre&#8221;. Nunca decían &#8220;mi mano me duele&#8221;, sino &#8220;me duele la mano&#8221;, y así sucesivamente; nadie decía en právico &#8220;esto es mío y aquello es tuyo&#8221;; decían &#8220;yo uso esto y tú usas aquello&#8221;».</p>
<p>En Anarres no hay propiedad, ni dinero, ni matrimonio, ni go­bierno, ni leyes, ni prisiones.   Hombres y mujeres son absoluta–</p>
<p>mente iguales. Cada cual hace aquello para lo que está mejor do­tado, impulsado por la necesidad y estimulado por la aprobación social. Le Guin describe esta utopía con detalles convincentes, y creemos que realmente funciona.</p>
<p>Seguimos al <strong>personaje</strong> central, Shevek, mientras hace un <b>viaje</b> desde Anarres a Urras, <b>viaje</b> que marcará una época. A pesar de su compromiso profundo con los ideales odonianos de la <b>sociedad</b> en la que se ha criado, se siente cada vez más alejado de la gente de Anarres. Shevek tiene habilidad para las matemáticas y ha escrito un <strong>trabajo</strong> clave, llamado Principios de la simultanei-dad. </em>A sus compa­ñeros anarquistas les parece egoísta e incluso (¡el pecado último!) propietario. En Urras es elogiado como un gran científico, se le brindan honores y riquezas, pero él no puede aceptar la estructura de clases de esa <b>sociedad</b>: «Intentó leer un texto elemental de eco­nomía; se aburrió a más no poder, era como escuchar a alguien que contaba y volvía a contar interminable-mente un <b>sueño</b> largo y estú­pido. No pudo obligarse a entender cómo funcionaban los bancos y todo lo demás, pues las operaciones del capitalismo eran para él tan absurdas como los ritos de una religión primitiva, tan bárba­ras, tan elaboradas, tan innecesarias». Se ve involucrado en una re­vuelta de trabajadores y finalmente se refugia en la embajada de Terran, donde le dan un salvoconducto para volver a Anarres. Mientras tanto, ha completa-do su Teoría General del Tiempo, que permitirá comunicaciones instantáneas entre las estrellas. A través del embajador de Terran, da a conocer su descubrimiento a toda la humanidad, evitando así que se convierta en propiedad exclusiva de los chauvinistas patrocinadores de Urras.</p>
<p>Es un libro muy impresionante y describe la utopía más aca­bada de la cf moderna. Su defecto principal, a mi juicio, es la atmós­fera, curiosamente decimonónica, pues Le Guin ha imaginado una utopía (Anarres) fundada en la pobreza; hubiera sido un desafío más difícil, pero más importante también, describir una utopía de la abundancia, tal como podría ser Urras, o nuestra Tierra, si hu­bieran conocido una revolución odoniana.</p>

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		<title>Crash, de J. G. BALLARD</title>
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		<pubDate>Tue, 24 May 2011 05:29:32 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Su autor ha descrito este libro como «un ejemplo de una clase de ironía terminal, en la que ni siquiera el autor sabe dónde está pa­rado». También ha dicho que «es una metáfora exagerada en una época en que sólo la exageración funciona». No cabe duda de que Crash es una novela terrible y devastadora. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_2433" class="wp-caption alignleft" style="width: 206px"><a href="http://www.criticadelibros.com/wp-content/uploads/2011/01/ballard_crash_small.jpg"><img class="size-medium wp-image-2433" title="ballard_crash_small" src="http://www.criticadelibros.com/wp-content/uploads/2011/01/ballard_crash_small-196x300.jpg" alt="" width="196" height="300" /></a><p class="wp-caption-text">Crash</p></div>
<p style="text-align: justify;">Su <b>autor</b> ha descrito este libro como «un ejemplo de una clase de ironía terminal, en la que ni siquiera el <b>autor</b> sabe dónde está pa­rado». También ha dicho que «es una metáfora exagerada en una época en que sólo la exageración funciona». No cabe duda de que Crash </em>es una novela terrible y devastadora. Tal vez sea la obra de fic­ción más perturbadora que se haya escrito en los últimos veinte años y –con la posible excepción de Expreso Nova, </em>de William Bu­rroughs– seguramente la más violenta entre las que he elegido para el presente volumen. ¿Es ciencia <b>ficción</b>? Hay quienes piensan que no, pero el <b>autor</b> cree que sí, y estoy de acuerdo con él. Es un li­bro sobre tecnología, representada obsesivamente por el automó­vil: el coche como icono del siglo XX. Pero es más que eso. Es un li­bro acerca de las relaciones del hombre con la tecnología, de lo que la tecnología ha hecho con nosotros, y lo que nos hemos hecho a no­sotros mismos a través de la tecnología. Más aún: es un libro acerca del advenimiento de un nuevo mundo, un lugar artificial en el que nada es «real», en el cual todo es posible. Es un libro acerca del lado obscuro del presente, acerca de los deseos que se ocultan bajo la su­perficie lustrosa de una brillante <b>sociedad</b> de consumo. Se lo puede considerar una pesadilla «distópica», no proyectada al futuro, ni a otro planeta, sino realizada aquí, </em>precisamente ahora, no más allá de la autopista o del aeropuerto más cercano (y quizás, aún más cerca de nuestra propia casa). Ballard ha tomado algunas cosas fa­miliares de principios de la década de 1970 y las ha presentado como extrañas. Además, se ha negado a moralizar acerca de ello: él nos presenta el material y nosotros debemos abordarlo como po­damos.</p>
<p>Todo es brillante y vívido, como si toda la acción tuviera lugar bajo las luces de un plató. No hay aquí imprecisiones, ambigüeda­des, ni advertencias en <b>voz</b> baja. El narrador, un director de publi-ci­dad de TV, tiene un choque en el que muere el conductor del otro vehículo. Cuando se recupera, en el hospital, se ve abrumado por fantasías sexuales con las enfermeras y los médicos, los vehículos chocados y la mujer del conductor muerto. Cuando sale del hospital, vuelve inmediatamente a la carretera, visita el lugar del acci­dente, y examina su coche destrozado en el parque de chatarras. Se da cuenta de que lo sigue un hombre con una cámara. Es el doctor Robert Vaughan, «en un tiempo especialista en computación &#8230; uno de los primeros científicos de la TV de nuevo <strong>estilo</strong>», quien «proyectaba una imagen poderosa, casi la de un científico matón». Vaughan está obsesionado con los choques, y pasa gran parte de su tiempo fotografiándolos. Él y el narrador inician una inquietante amistad: viajan juntos, se convierten en voyeurs </em>de accidentes de ca­rretera, comparten los servicios de las prostitutas del mismo aero­puerto. Observan choques simulados de coches en el Laboratorio de Investigaciones de Carretera, y Vaughan confiesa que su ambi­ción es morir en un accidente de automóvil con la actriz Elizabeth Taylor. Los acontecimientos alcanzan su punto culminante cuan­do el narrador y Vaughan cruzan la autopista mientras se encuen­tran bajo los efectos de una droga alucinógena:</p>
<p>La luz del día fue más brillante sobre la carretera, un intenso aire desierto. El cemento blanco se transformó en un hueso curvo. Unas ondas de ansiedad envolvían el coche, como las vaharadas de calor sobre el macadán en verano. Mirando a Vaughan, traté de domi­nar este espasmo nervioso. Los coches nos pasaban recalentados ahora por la luz del sol, y yo podía asegurar que ésos cuerpos metálicos estaban a menos de un grado del punto de fusión, y que sólo la fuerza de mi mirada impedía que se deshicieran. En cuanto yo me distrajera para mirar el volante las películas metálicas estallarían proyectando bloques de acero fundido delante de nosotros. En cambio, los coches que venían por la mano contraria transportaban enormes cargamentos de luz fría, eran flotas que llevaban flores eléctricas a un festival. A medida que la velocidad de estos vehículos parecía aumentar, me sentí elevado hacia el carril rápido, y los au­tos avanzaron en línea recta hacia nosotros como enormes carruse­les de luz acelerada. Las rejillas de los radiadores eran emblemas misteriosos, alfabetos que desfilaban como bólidos por la carretera.</p>
<p>Es una novela ardiente y visionaria, <strong>página</strong> tras <strong>página</strong>. Poco des­pués, Vaughan muere en un deliberado choque de automóviles, dejando en duelo al narrador, quien empieza a «diseñar los ele­mentos» de su propia e inminente muerte.</p>

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