Astianax

[Astyanax]. En el famoso episodio de la Ilíada (v.), en que Héctor (v.) se despide de su esposa y de la vida, se halla presente su hijo Astianax. La esperanza en su porvenir modera el do­lor de los adioses; y cuando Astianax huye del abrazo de su padre, asustado por el bronce de las armas y por la cimera, una sonrisa atraviesa la escena.

Para él, Héctor pide a los dioses un futuro glorioso y una fama superior aún a la suya. Pero precisa­mente a causa de la fama de Héctor los poetas antiguos imaginaron que Astianax no sobrevivió a la caída de Troya y narra­ron que los griegos vencedores tuvieron miedo de dejarle con vida. El fin de As­tianax figura entre los demás episodios luctuosos que acompañaron la toma de la ciudad en las Troyanas (v.), de Eurípides.

En esta obra se encuentran Hécuba (v.) y Andrómaca (v.). Esta última tiene en su regazo a su hijo, y ambas mujeres co­mentan sus desdichas. Astianax es lo úni­co que les queda, el último consuelo de su madre y la última esperanza de los troyanos; pero precisamente mientras inten­tan confortarse con este pensamiento, un heraldo llega para informarles de la de­cisión de los aqueos, que quieren que As­tianax muera también. Y después de un último adiós de Andrómaca, el niño es lle­vado a la muerte; su cuerpo, al final de la tragedia, es devuelto a Hécuba sobre el escudo de Héctor.

Hécuba y las cautivas tributan como pueden las honras fúnebres a Astianax. Pero luego los soldados vuelven a llevárselo, encima del escudo paterno que habrá de ser su féretro, mientras las casas de Troya se hunden entre las llamas.

F. Codino

Ángel Clare

Personaje de la novela Teresa de Urbervilles (v.) de Thomas Hardy (1840-1928), viene a ser el «pendant» de la protagonista, aunque como figura ar­tística tiene mucho menor relieve.

El mero hecho de que en la extraña disposición de «moralidad medieval» con que se agrupan los personajes (Tess es como el alma hu­mana disputada entre los espíritus buenos y malos), Ángel Clare ocupe el lugar del per­sonaje bello y angélico, prejuzga de todo su desarrollo, invistiéndole de un aura sen­timental, solemne y pedantesca de la que jamás logra liberarse.

Además, en el plan de las desdichas de Tess que el oscuro destino parece haber trazado — aunque aquí no sea tan oscuro por cuanto bajo su más­cara asoma el propio Hardy—, se da ya por sentado que Clare, a pesar de que ama a Tess, contribuirá a su ruina y por lo tanto, quiéralo o no, todos sus actos deben responder a aquella finalidad. De ahí la impresión de que sus movimientos son artificiosos y sus intervenciones se aceleran o se demoran según los casos. Hijo de un pastor puritano, sus ideas iluministas, que por otra parte el novelista no nos da ja­más a conocer, le alejan de la familia aun­que le abandonen cuando se trata de per­donar a Tess una falta de la que no es culpable (y ello sería humano en cual­quier otro tipo que no fuera el de él).

En algún momento, esta artificiosidad de Án­gel roza casi el ridículo, como cuando an­tes del matrimonio Tess insiste en confe­sarle la pesadumbre de su pasado y él se obstina en no quererla saber. Teniendo en consideración todo ello, incluso su inter­vención final parece haber sido retrasada adrede. Pero el colmo del absurdo se al­canza en una última escena, muy senti­mental, en la que, según parece querernos sugerir Hardy, Ángel logra encontrar, aun antes de que Tess expire en la horca, un fácil consuelo en la etérea hermana de la desventurada.

N. D’Agostino

Futo-No-Yasumaro

Letrado japonés, murió el 30 de agosto de 723. Dignatario de la corte («oficial de la división superior de la primera clase del quinto rango y de la quin­ta Orden de Mérito»), era descendiente del príncipe Kamu-yawi-mimi, segundo hijo del primer emperador japonés Jim-mu o Kamu-yamato-iharé-biko, que vivió en el siglo VII a. de C.

Por orden de la empera­triz Gemmyô (708-714), redactó en 712 los tres volúmenes del Kojiki (v.) o Libro de las cosas antiguas, bajo el dictado del na­rrador de la corte Hiyéda-no-Aré, hombre de memoria extraordinaria que conocía to­dos los documentos antiguos relativos a la historia del Japón desde sus orígenes hasta el año 628 de nuestra era.

El Kojiki o Furukoto-bumi es el documento escrito más an­tiguo de la historia y la literatura japonesas; su autor lo escribió en japonés arcaico, peroutilizando los caracteres chinos, ya sea en su sentido ideográfico habitual, ya con un valor fonético, especialmente para los nom­bres propios y las palabras sin equivalente chino, o sea en el estilo llamado «fonético mixto» («kana-mazhiri»). Existe, en ver­dad, en la literatura japonesa un Libro de las cosas del pasado [Kyujiki] que algunos suponen compilado en 620, pero su autenti­cidad es muy dudosa.

El Kojiki, que narra sin orden cronológico las más’ antiguas tra­diciones nacionales y religiosas, fue comen­tado y subtitulado por un célebre filólogo japonés del siglo XVIII, Motoori Norigana (1730-1801), en los cuarenta y cuatro volú­menes de su Kojiki-den; en el siglo XIX fueron elaborados otros comentarios impor­tantes, especialmente el Tokihagusa, de Posada Dominaba; Iza-no-Chi-Wake e Idzu-no-Koto-Waki, de Tachinabano-Moribé; el texto del Kojiki es muy difícil, debido a sus arcaísmos, y en un principio tuvo menos éxito que el Nihongi, anales cronológicos escritos en chino por nuestro autor y el príncipe Teneri o Toneri (675-735), cuyos treinta volúmenes, publicados en 720, con­tienen singularmente ciento treinta poesías antiguas japonesas.Esta última obra (que llevaba a guisa de apéndice una cronología de los emperadores hoy perdida) fue igual­mente objeto, a principios del siglo IX, de un comentario, el Kónin-shiki, y otro a fines del siglo XIII, el  Shaku-Nihongi. 

Ulrich Füterer

Nació en Landshut (Baviera) hacia 1430 y murió probablemente en Munich después de 1492. Muy poco se sabe acerca de su vida. Con posterioridad a 1460 actuó como pintor en Munich y se relacionó con la corte ducal.

Conoció personalmente al juez Püterich, poeta austríaco que se pro­ponía restaurar el culto a Wolfram von Eschenbach. Füterer trabajó asimismo en el rena­cimiento de la cultura caballeresca y aun sus relaciones con las cortes de Innsbrucky Rottenburg revelan esta inclinación tan propia del mundo borgoñón y de los Habsburgo.

De Alberto IV el Sabio, duque de Baviera, recibió el encargo de escribir El libro de las aventuras (v.), que compuso en torno a 1473; poco después redactó una cró­nica bávara (Beschreibung vom Herkommen des Hauses Baiern), a la que dio fin en 1481. Coetáneo de la primera difusión de la imprenta, F. representa uno de los últimos frutos de la Edad Media final.

V. M. Villa

Numa-Deni Fustel De Coulanges

Nació el 18 de marzo de 1830 en París y murió el 12 de septiembre de 1889 en Massy (Seine- et-Oise).

Brillante discípulo de la École Normale Supérieure y luego de la École d’Athènes, durante su estancia en Quío es­tudió la evolución histórica de la isla, que expuso en una memoria aparecida en 1857, cuando, vuelto a la patria, había empezado a enseñar Historia en el liceo de Amiens. Tras la tesis doctoral sobre Polybe ou la Grèce conquise (1858), fue profesor del Lycée Saint-Louis, en París, y en 1860 ob­tuvo la cátedra de Historia de la Facultad de Letras de Estrasburgo.

Sus largos estu­dios sobre la cultura de la Antigüedad per­mitiéronle entonces llevar a cabo su obra maestra, La ciudad antigua (1864, v.). En 1870 pasó de Estrasburgo a la École Nor­male Supérieure, y aquel mismo año dio un curso de Historia en la corte, invitado por Napoleón III. Mientras tanto, había ex­tendido sus investigaciones a la evolución histórica francesa medieval y moderna.

Al mismo tiempo, Francia era vencida por Ale­mania y en el país discutíase acerca de la nueva ordenación política del Estado; tales controversias repercutieron en la Historia de las instituciones políticas de la antigua Francia (v.) y suscitaron vivas objeciones al primer tomo (1874). Al año siguiente, Fustel de Coulanges es nombrado profesor de la Sorbona; luego volvió, como director, a la École Normale Supérieure (1880-83) y, agotado ya casi por su continua y prolongada labor, ingresó en la Académie des Sciences Mora­les et Politiques.

Aun cuando la mayoría de sus conclusiones sobre los vínculos entre instituciones y creencias morales y religio­sas resulten actualmente superadas, su mé­todo de encuestas escrupulosas y prudentes, alentado por el impulso positivista, y su respeto a la verdad no superficial siguen siendo un modelo.

S. Morando