Jenófanes de Colofón

Nació en Colofón (Asia Menor) hacia 565 a. de C. y murió en fecha desconocida, aun cuando seguramente una vez cumplidos los noventa y dos años. Según ciertas fuentes, debió de rebasar in­cluso los cien. Probablemente se alejó de su ciudad en 540, al ser conquistada ésta por los persas. Vivió la existencia errante pro­pia de un rapsoda; y así, escribía y recitaba poemas épicos, como, por ejemplo, el de la Fundación de Colofón. Estuvo en algunas poblaciones de la Magna Grecia y de Sicilia, entre las cuales figuran Zancle (Mesina) y Catania; finalmente, estableció su residencia en Elea (Velia), colonia de los focenses de Alalia fundada hacia el año 540, en el litoral tirreno de Lucania situado al sur de Posidonia (Paestum). La tradición le considera fundador de la famosa escuela filosófica denominada «eleática»; en realidad, empero, fue siempre un rapsoda, y compuso en hexámetros una Colonización de Elea. Es­cribió, además de los poemas épicos, Elegías (v.) cinco libros de Silloi («escarnios», «befas») en hexámetros, y un poema en esta misma forma métrica titulado poste­riormente por los gramáticos La naturaleza.

Característica fundamental de este poeta y filósofo singular es una gran despreocupa­ción por las creencias y tradiciones gratas a su pueblo. Un extenso fragmento de una elegía critica duramente los juegos atléticos tan admirados por los griegos, y proclama con audacia la superioridad de la sabiduría respecto de la fuerza de los atletas, mucho menos útil que aquélla para el Estado. En los Silloi ataca a fondo los mitos que atri­buían a los dioses acciones inmorales, y dice: «Homero y Hesíodo afirman de las divinidades cuantas cosas resultan vergon­zosas y criticables entre los hombres: el robo, el adulterio, el engaño recíproco». En otro fragmento el mismo concepto antropo­mórfico de los dioses aparece objeto de una ingeniosa ironía: «…si los bueyes, ca­ballos y leones tuvieran manos y supieran dibujar y hacer lo propio de los hombres, los caballos plasmarían sus divinidades en forma de caballos y los bueyes en forma de bueyes». Como puede verse, J. merece con mayor razón que Simónides la definición que de éste daba Lessing: «Voltaire griego». En el poema La naturaleza expone los re­sultados de sus ideas filosóficas. Los frag­mentos de esta obra son muy escasos y breves.

Nuestro poeta poesía, indudablemen­te, un criterio muy puro de la divinidad, próximo al monoteísmo: la consideraba limi­tada a un solo dios, el más poderoso de todos los seres, inmóvil, no semejante a los hombres en cuerpo ni inteligencia y orde­nador de todas las cosas sin el menor es­fuerzo mental. No obstante, cabe preguntar si este dios de J. se halla fuera del mundo o bien debe identificarse con él mismo. Han sido sostenidas ambas tesis, por cuanto el autor no resulta en tal aspecto suficiente­mente claro, e incluso vacila. De haber con­siderado a la divinidad distinta del mundo, como permiten creer singularmente algunos testimonios indirectos, podría juzgársele precursor del Uno del gran Parménides; sin embargo, parece exponer con tranquila se­guridad una serie de concepciones natura­listas: y así, denomina al agua del mar «madre de las nubes, de los vientos y de los ríos», y dice no ser sino una nube «aquella a la cual llaman Iris». En el con­junto de los versos de J. llegados hasta nosotros destaca por su valor poético singu­lar una elegía que describe alegremente un banquete: «Ahora están limpios el pavi­mento y las manos de todos; brillan los cálices.

Un siervo coloca sobre nuestras cabezas las coronas de flores, otro vierte el ungüento aromático en la redoma. En el centro se yergue la crátera, repleta de ale­gría. Hay presto otro vino, que parece no haber de acabarse nunca: en las ánforas es dulce cual la miel, y tiene olor de flores. El incienso deja sentir su aroma sagrado; el agua es fresca, suave y pura. A punto se hallan los rubios panes y la mesa esplén­dida, llena de queso y de abundante miel. En medio de la sala, el altar aparece rodea­do de flores; el canto y la música se oyen por toda la casa». El filósofo, además, invita al júbilo, expresado con palabras honestas y delicadas, a la bebida moderada y al respeto a la virtud. Este banquete, tan distinto de los de Alceo y semejante al de Platón, ex­presa el ideal de vida del sabio poeta: una alegría dulce y serena, que ve en un con­vite un placer refinado y casi espiritual.

G. Perrotta

Edward Jenner

Nació el 17 de mayo de 1749 en Berkeley, donde murió el 24 de enero de 1823. Estudió Medicina como ayu­dante de varios médicos, y al mismo tiempo trabajó en calidad de preparador y ordena­dor de los ejemplares zoológicos reunidos por sir Josenh Banks durante la primera expedición del capitán Cook. De esta suerte practicó notablemente la zoología. Sin em­bargo, prefirió la medicina a las ciencias naturales, y en 1792 obtuvo el correspon­diente doctorado en el Hospital San Andrés. Mientras tanto iba madurando en su mente la idea de la vacunación, que había nacido en el curso de su aprendizaje.

Tras laborio­sas investigaciones sobre la viruela vacuna, consideró esta dolencia como síndrome de dos enfermedades diversas, una de las cua­les, inoculada en determinado momento de su proceso es un ser humano, inmunizaba a éste contra la viruela. El descubrimiento, em­pero, no fue comunicado hasta 1798, año en el cual publicó J. su obra principal, Estudio sobre las causas y efectos de la viruela vacuna (v.). El hallazgo no tuvo una amplia e inmediata acogida; no obstante, con el apoyo de la corte inglesa y ciertos auxilios económicos del Parlamento, J. pudo fundar, en 1802-03, una sociedad para la difusión de la vacuna (Royal Jennerian Society), que se mostró muy activa y logró disminuir notablemente el número de casos de viruela en Inglaterra. En el extranjero, y sobre todo en Francia, el descubrimiento fue muy bien acogido; no ocurrió lo mismo, en cambio, en el territorio inglés, donde se desarrolló en medio de continuos obstáculos y una insuficiente ayuda económica.

En 1813 la Universidad de Oxford confirió a J. el doc­torado honorario en Medicina; la Orden de los Médicos, en cambio, le negó la admisión, por cuanto no quiso someterse a un examen de letras clásicas. A tantas luchas y dificultades siguió un último período de su vida muy triste: en 1810 murió su hijo, que era también su principal colaborador, y en 1815 perdió a la esposa. J. inició entonces una vida retirada, a pesar de lo cual no aban­donó los estudios. En 1822 publicó su última obra, On the Influence of Artificial Emptions in Certain Diseases.

G. Preti

Simon Jenko

Nació el 27 de octubre de 1835 en Podreče, cerca de Kranj, y murió en esta última localidad el 18 del mismo mes de 1869. Su breve y desgraciada vida, torturada por la miseria, creó una aureola de martirio en torno a su personalidad de poeta solitario, autor de la «Marsellesa es­lovena» : Adelante, bandera de la gloria eslava… [Naprej zastava Slave…]. Ya cuan­do estudiante de segunda enseñanza había revelado sus facultades poéticas (a los die­ciséis años vio impresa una de sus poesías); y en el liceo de Liubliana dirigía una revista manuscrita, Vaje, con algunos jóvenes amigos (los denominados Vajevci) Durante un año estuvo en el seminario de Klagenfurt, y luego se trasladó a Viena para estudiar Jurisprudencia.

Permaneció en la capital austríaca hasta 1863; allí ganóse con difi­cultad la vida como preceptor de familias acomodadas, hubo de someterse a continuas humillaciones y renunció finalmente a los estudios. Vuelto a la patria, estuvo al ser­vicio de un abogado y de un notario en Kamnik y Kranj. La literatura fue siempre su único desahogo y consuelo. En 1865, luego de prolongadas peripecias y fracasados in­tentos editoriales, aparecieron sus Poesías (v.), que el crítico Luka Svetec trató dura­mente. Amargado y desilusionado, J. murió cuatro años después en Kranj, consumido por la tuberculosis. Fue sepultado junto a F. Preseren, el poeta más ilustre de su país.

R. Picchio

Georg Jellinek

Nació en Leipzig el 16 de junio de 1851, y murió en Heidelberg el 12 de enero de 1911. Hijo de una familia israe­lita de elevada condición social y con tradiciones culturales (su padre, Adolfo, actuó como rabino en Leipzig y Viena, y es célebre por sus trabajos sobre hebraísmo), una vez realizados los estudios jurídicos ingresó en la Administración austríaca, de la cual, empero, desinteresóse muy pronto en favor de la enseñanza. Llamado en 1883 a la Universidad de Viena, ocupó en 1889 la cátedra de Derecho constitucional de Basilea, y desde allí pasó en 1890-91 a Heidel­berg, donde permaneció y creó en torno a sí una escuela que tuvo una importancia fundamental en la evolución de los estu­dios jurídicos de derecho público.

Son tex­tos capitales de J. Ley y ordenanza [Gesetz und Verordnung, 1887], Sistema de los de­rechos públicos subjetivos (1892, v.) y la obra básica a la cual vinculóse toda una tradición científica, Doctrina general del Estado (1910, v.), traducida a muchos idio­mas. Entre los escritos restantes cabe citar singularmente La importancia social y mo­ral del derecho, lo ilícito y la pena [Die sozialetische Bedeutungi von Recht, Unrecht und Strafe, 1878], La naturaleza jurídica de los tratados [Die rechtliche Natur der Staa­tenverträge, 1880], Doctrina de las asocia­ciones de Estados [Die Lehre von der Staa­tenverbindungen, 1882], La declaración de los derechos del hombre y del ciudadano [Die Erklärung der Menschen und Bürger­rechte, 1895], El derecho de las minorías [Das Recht der Minoritäten, 1898] y La lucha entre el derecho antiguo y nuevo [Der Kampf des alten mit dem neuen Recht, 1907]. Su hijo Walter cuidó la publicación póstuma de numerosos ensayos reunidos en Textos y discursos escogidos [Ausgewdlte Schriften un Reden, 1911].

R. Richard

Thomas Jefferson

Tercer presidente de los Estados Unidos de América. Nació en Shadwell (Albermale County, Virginia, en­tonces territorio fronterizo) el 2 de abril de 1743 y murió en su finca de Monticello el 4 de julio de 1826. El «Apóstol de la Liber­tad y la Democracia» perteneció a una de las familias más ilustres de Virginia. Su padre, Peter, fue ingeniero civil, coronel de las milicias del condado y sincero «whig»; la madre era de la aristocrática familia de los Randolph. El joven Tho­mas conoció una alegre juventud y poseyó una inmejorable formación clásica y cien­tífica. Salido de la Universidad de Williamsburg, fue, de 1767 a 1774, un brillante y culto abogado, interesado en el estudio del Derecho, e inició su labor en la adminis­tración civil como «justice of the peace». A los veinte años se había casado con Martha Wayler Skelton, que le dio seis hijos, de los cuales únicamente dos sobrevivie­ron.

Hasta la muerte de su mujer (1782) fue un dichoso padre de familia; pasó los últimos años de una serena vida familiar en la célebre casa de Monticello, construi­da por él y rodeada de una plantación de 10.000 yugadas: remanso de paz y de plá­cida laboriosidad. Al perder a su esposa no quiso volverse a casar. En 1774, en la Con­vención de Virginia, J. presentó una rela­ción, Examen sumario de los derechos de América (v.), en la que atacaba la supre­macía del Parlamento inglés y los errores del monarca, y defendía resueltamente la abrogación de los derechos de Inglaterra sobre la colonia; el texto en cuestión tuvo un amplio eco en la Gran Bretaña e hizo de su autor uno de los principales jefes de los radicales y forjadores de la insurrec­ción. Fue igualmente conocido en el ám­bito de la política interna por un proyecto de ley que prohibía la importación de escla­vos (1778) y por sus propuestas acerca de la revisión del Código penal. En 1775 re­dactó la respuesta oficial del estado de Vir­ginia y, luego, del Congreso Americano a las proposiciones conciliadoras de lord North.

En esta misma fecha pasó a formar parte del Congreso Continental, del que resultó ser un «miembro taciturno, decidido y fuer­te». Ya a los treinta y tres años fue lla­mado a la comisión que había de redactar la Declaración de Independencia (v.); el importante documento, debido a él en gran parte, es una clara expresión de su fe de hombre libre, demócrata y laico. Llegado por tercera vez al Congreso, y rechazada una propuesta para su envío a Francia en calidad de comisario, en 1776 J. volvió a sus estudios y a su actividad profesional y política en Virginia. A estos años perte­necen sus trabajos preparatorios acerca de la Constitución de tal estado y de la revi­sión en un sentido democrático y radical de sus leyes, las tesis para la emancipa­ción progres-va de los esclavos y las pro­posiciones para la fundación de escuelas, de una universidad y de una biblioteca es­tatal. Sus elevados ideales no tardaron en chocar con la realidad, y J. conoció el do­lor y la amarga conciencia de las propias faltas y debilidades: su labor política en Virginia, que culminó con el nombramiento de gobernador (1779-1781) en la fase más dura y trágica de la invasión inglesa, resul­to un fracaso. Monticello acogió al hombre apesadumbrado y le devolvió las fuer­zas; por aquel entonces J. escribió sus No­tas sobre Virginia (v.), llenas de humani­tario liberalismo.

Llegada la victoria y ele­gido nuevamente miembro del Congreso en 1783, presentó a éste el año siguiente un proyecto que preveía la abolición de la es­clavitud después de 1800; además, formó parte de la comisión que había de estudiar el tratado de paz. Entre 1784 y 1789 vivió en Francia, primeramente encargado, con Franklin y Adams, de la negociación de un acuerdo comercial, y luego en calidad de embajador de su país y continuador de la genial política de Franklin. Se ha dicho que la nación francesa constituyó para él una segunda patria; sin duda, J. nutrióse intensamente en sus fuentes racionalistas, lo mismo que en las del clasicismo medi­terráneo y del liberalismo inglés. Sus rela­ciones con los revolucionarios galos han sido muy discutidas; en junio de 1789 pro­puso a los jefes del Tercer Estado un com­promiso entre el monarca y la nación, y más tarde recibió una invitación, que no pudo aceptar, en la cual se le llamaba a asistir a las tareas de la Asamblea Consti­tuyente. Con toda seguridad, más bien que hacia las teorías revolucionarias se orien­taba hacia el liberalismo británico, y estaba más próximo a Condorcet que a Rousseau o Montesquieu. Y así, nunca se declaró no- ateo, sino sincero teísta, aun cuando siem­pre contrario a cualesquier confesión par­ticular e iglesia de Estado, en la convic­ción de que todo cuanto pudiera limitar la absoluta libertad del juicio individual en­trañaba «la ruina y el aniquilamiento de las enseñanzas cristianas».

Vuelto a la pa­tria en 1789 y nombrado primer secretario del «State Department» bajo la presiden­cia de Washington, llegó a ser muy pronto, en la práctica, el leader del partido demo­crático (luego denominado republicano), en lucha con los federalistas de Hamilton. Los partidarios de J. se opusieron a sus aris­tocráticos adversarios en casi todas las cues­tiones de política interna y externa (sin­gularmente en el problema de la neutra­lidad respecto de Francia y en cuanto a las relaciones con Inglaterra, considerada siempre por aquél la vieja enemiga de su país); durante años enteros J. y sus «dis­cípulos» Madison y Monroe combatieron a Hamilton con alternativas de victoria y derrota. Luego de un nuevo retiro a Mon­ticello en 1793 y el nombramiento, en 1796. de vicepresidente bajo la presidencia de John Adams, sucedió a éste en 1801. En él desempeño del cargo se mostró sencillo y discreto,- hábil unas veces (como en la ad­quisición, por lo demás muy discutida, de la Louisiana) y torpe y débil otras. Tan elevada función no podía dejar de reflejar los aspectos divergentes de su carácter y las limitaciones de su mentalidad netamente agraria y antiindustrialista, radical en teo­ría, pero exquisitamente empírica y mode­radamente conservadora en la práctica.

Si bien fue responsable de parcialidades en el «Civil Service» y de injusticias, en des­acuerdo con sus ideales, en el trato con los indios, los principios en los cuales se fundó siguen siendo, empero, las verdaderas bases de la Constitución democrática norteameri­cana. Como dijo Me Laughlin, fue la más alta personificación del Espíritu de la Fron­tera. Por otra parte debe reconocérsele el mérito de haber evitado a su pueblo la guerra que ensangrentaba Europa. Sea como fuere, en 1809, cuando su aplicación del «embargo» a las naves inglesas tuvo conse­cuencias perjudiciales para el comercio y la política económica del país, J. perdió la confianza de su partido y desencadenó el odio de la reacción. De nuevo consoló su desengaño en la paz de Monticello, donde pasó los últimos diecisiete años de su vida en una filosófica serenidad que las dificul­tades financieras, a veces muy graves (en 1826 fue salvado de la quiebra por una suscripción nacional, y a su muerte el pago de las deudas contraídas requirió la venta de todo su patrimonio), no llegaron a per­turbar.

Allí dedicóse a los estudios lin­güísticos, científicos e históricos, a su acti­vidad de genial arquitecto con un gusto inspirado en Palladio (su obra arquitectó­nica figura entre las más notables del pe­ríodo neoclásico), y a los problemas plan­teados en Virginia por la instrucción. Quiso que su losa sepulcral le recordara, no como político de talla, sino como autor de la Declaración de Independencia y del Esta­tuto para la libertad de religión en Vir­ginia, y como «padre» de la Universidad virginiana.

N. D’Agostino