Sermones en la Dieta, Piotr Skarga

[Kazania Sejmowe]. Son ocho sermones del jesuita polaco Piotr Skarga (1536-1612), predicador de corte del rey Segismundo III Vasa. Es­critos y publicados en 1597, probablemente independientes de los que pronunciaba to­dos los domingos en la corte, constituyen una obra política de reforma del Estado.

En ellos el autor, animado por un ardiente amor hacia su patria, sostenido por un intransigente espíritu católico y jesuítico, explica su programa político. Después de exhortar, en su primer sermón, a los dipu­tados hacia una virtuosa sabiduría para combatir la excesiva libertad, discordia e indisciplina que debilitan el poder real amenazando la vida del Estado, Skarga exa­mina en las predicaciones sucesivas las dis­tintas «enfermedades» que perjudican la unidad y fuerza de la nación. La primera es la falta de patriotismo. En segundo lu­gar la discordia que, provocada por el or­gullo, envidia, indisciplina y herejías, pro­duce infaliblemente terribles consecuencias, como la guerra civil, la intervención extran­jera y la servidumbre. La tercera enfer­medad es el contagio herético en su carác­ter destructivo, mientras la religión católi­ca, superior a todas las otras, debe cons­tituir la base de todo organismo estatal. Éstas son las enfermedades del corazón de la patria, a las que siguen las de la cabeza, como la debilitación de la autoridad real, provocada tanto por una falsa concepción de la libertad (las iónicas libertades ad­mitidas son la rebelión contra los pecados, contra los dominadores extranjeros y tira­nos), como por las donaciones de los bie­nes reales y la codicia de la clase dirigen­te.

La democracia, por llevar al poder a una multitud sin adecuada preparación, es la más peligrosa entre las formas de go­bierno, mientras que la más perfecta es la monarquía, no absoluta, sino moderada por un Consejo y leyes sabias. La injusticia de las leyes constituye la quinta enfermedad, y especialmente la referente a la tolerancia religiosa. Sexta y última es la impunidad que gozan en el Estado los pecados públi­cos, como la blasfemia, el embargo de los bienes de la Iglesia, la abolición de la ju­risdicción eclesiástica, la opresión, usura, lujo y derroche, etc. Adoptando el tono de los profetas del Antiguo Testamento, el autor termina su libro censurando las fal­tas del pueblo y profetizando un trágico futuro. La fuerza de convicción, el cálido sentimiento de amor e indignación consti­tuyen el alto valor moral de la obra, es­crita con gran pureza de estilo. La mano del gran prosista se revela en el ritmo ar­monioso, que destaca singularmente los pensamientos y sobre todo en los extraor­dinarios efectos retóricos magistralmente obtenidos por medio de antítesis y repe­ticiones. Skarga pertenece al siglo de oro de la literatura polaca, y sus Sermones ocu­pan un honroso lugar al lado de la obra del gran poeta polaco Jan Kochanowski.

W. de Andreis

Sermones de Tauler

[Prediche]. Los sermones del místico Johannes Tauler (ha­cia 1300-1361) se dirigen sobre todo al círcu­lo de los «Amigos de Dios» («Gottesfreunde»), que él fundó con Heinrich von Nordlingen. De los 144 sermones que han llegado a nosotros con su nombre, sólo 81 son admi­tidos como genuinamente suyos, recogidos por F. Vetter, de los manuscritos de Engelberg, Heidelberg, Estrasburgo.

Prevalece en ellos, sobre la base de la interpretación ale­górica de los textos bíblicos reducidos a símbolos de situaciones espirituales, el afán de la unión con Dios, que ha de alcanzarse «recogiéndose en el fondo más profundo del alma, y allí hundiéndose en el espíritu de Dios, verdadero fondo de nosotros mismos»; «volviendo al más íntimo fondo… donde el Padre engendra a su hijo»; donde los que allí penetran, se encuentran en paz aun en medio de la guerra; unión con Dios, que nos acerca a Él más que la plegaria: «ver­dadera fiesta de la vida eterna». El camino más breve para lograr esta unión es «des­cender dentro de sí, hundirse en el. abismo divino y convertirse en una unidad única, en una nada dentro de otra nada; la nada de que habla San Dionisio (el falso Areopagita), cuando dice que Dios no es nada que se pueda llamar, entender o compren­der». Este proceso se realiza en el «gran silencio», vaciando el propio ser para que Dios lo llene por completo. «Calla, porque si tú quieres hablar, la palabra del nuevo nacimiento deberá callar. Vacíate si quieres estar lleno; sal de ti, si quieres entrar en ti mismo» (San Agustín). «Quien vuelva a menudo a este su más íntimo fondo y se sienta con él en perfecta unión, a éste le será concedida más de una vez la visión de este mismo fondo; y a través de ella la esencia de Dios le aparecerá más clara que la luz a sus ojos sensibles…». «Hay que perderse a sí mismo… renegando de sí mismo y de todo lo demás, lo exterior e in­terior». De cuando en cuando, la serenidad y la luz mística de la unión con Dios se rompe por «un tormento interno: las ti­nieblas íntimas. El que se abandone a ellas será devorado en carne y sangre…

Dios viene con terribles pruebas y con extraños y admirables modos que nadie conoce sino quien los experimenta: sólo Dios sabe a dónde va… Invierno, nevadas y tormen­tosas tinieblas y abandono… Pero cuando soplen los terribles vientos de la tempestad y el abandono interno y hayan pasado las externas contrariedades del mundo, de la carne y del enemigo, hallarás la verdadera paz que nadie puede turbar: la paz donde no existe paz; en la alegría, el dolor; en la muerte, la vida y la victoria». Pues «no desciende la angustia sobre el hombre, sin que Dios se proponga ayudarlo para un nuevo renacimiento… El más pequeño dolor que te hiera, Dios lo habrá previsto, y su amor conoce el fin de ese dolor. Pero si alguna criatura intenta quitarte tu afán, cualquiera que sea el nombre de esta cria­tura, no hará sino arruinar en ti el naci­miento de Dios. Al hombre interior que quiere abandonarse por completo a Dios para que le dé su alegría y su paz, nada le está reservado sino Dios mismo», el cul­minar su elevación, cuando se reconstituya su estado de preexistencia a la creación, en el que era idéntico con Dios. Vibrantes de pasión humana resuenan, irrumpiendo a través de la trama de los silencios místicos, notas escapadas de los últimos rincones en los que el hombre se creía identificado con Dios, mientras el alma callaba. «Vosotros, caros hijos, no sabéis lo que es el amor. Creéis que es amor cuando experimentáis grandes sensaciones, placeres y alegría; el amor es bien distinto; cuando en medio de las penas y en el más completo abandono sintáis algo que arde en vosotros…, cuando en medio de las penas sintáis el deseo de fundiros en otro ser, y ardiendo por las privaciones, un deseo de consumiros, y todo esto en un abandono inalterado: esto es el amor y no lo otro que vosotros creíais». «Lo que debe llevarte al interior de tu propio fondo es el amor herido…

Después de que, descendiendo al profundo y desconocido abismo, llegues al amor prisionero… Des­pués viene el amor tormentoso, y por úl­timo el amor loco… El fuego del amor, cuando se adueña del hombre, produce un tumulto en todas sus fuerzas; él se lamen­ta suspirando por el amor, sin saber que ya lo posee. El amor te devora la médula y la sangre; tú no debes huirle, sino seguirle en todas sus tempestuosas explosio­nes… Nada puede entonces el hombre. Pero entonces llega el Señor, dice una palabra más noble y más útil que cien mil palabras de todos los hombres… ‘Tú debes ser trans­formado en mí’. Hijitos, a esto no se llega más que a través de este camino del amor». En esta unión con Dios, en este «perderse en nosotros mismos para encontrarnos en Él», al menos después de la muerte, nota fundamental de la mística, y no sólo de la de Tauler, se efectúa la vuelta a Dios, y se cierra el ciclo; el cual se distingue del de Plotino porque el «descendimiento» de Dios no se verifica por emanación, sino por crea­ción, pero que casi nada tiene de específi­camente cristiano, como bien poco de es­pecíficamente eclesiástico (él puso a los «Gottesfreunde» fuera de la autoridad’ de la Iglesia) tiene la predicción de Tauler. En ella resuenan influencias de Eckhart, del que Tauler fue discípulo, afinidades con el espíritu de Suso (Seuse), amigo suyo; de­pendientes todos de la inspiración común de los escritos del pseudo-Dionisio Areopagita. De la predicación de Tauler escribió Heinrich von Nórdlingen: «Él vive en la verdad que enseña, tan intensamente como ningún maestro ha vivido».

G. Pioli

Sermones de San León el Grande

[Sermones]. Colección de 96 sermones del papa San León el Grande (m. en 461), del cual sabemos que pronunció estas oraciones. Los Sermones, muy importantes para la historia de la Iglesia, tanto por la defini­ción de los dogmas como por afirmar enér­gicamente la primacía de la Iglesia romana, que contribuyeron a la centralización y a la unidad de la misma Iglesia, fueron pronun­ciados en ocasiones diversas durante el pon­tificado del autor (440-461): algunos duran­te la Cuaresma, otros en ocasión de la Na­tividad, la Epifanía, la Pasión, la Pascua, la Ascensión y Pentecostés: es famoso el que figura con el número ochenta y dos, pronunciado el día de la fiesta de los após­toles San Pedro y San Pablo, en el que el papa León celebra con gran ardor la gran­deza de Roma, convertida, como sede de la silla papal, en verdadero centro del mundo entero.

No carece San León de una sólida preparación oratoria, y se ve libre de la artificiosa retórica que en general caracteriza a los escritores de su tiempo; sus sermones están sugeridos por una firme y razonada doctrina, con el fin de difundir las verdades del Cristianismo y, a la vez, mejorar las costumbres. Asimismo, el lé­xico empleado en los Sermones es, para aquella época, insólitamente puro y so­briamente adornado, siempre preciso y efi­caz, hallándose totalmente a la altura de la obra de aquel papa fuerte y enérgico.

E. Pasini

Sermones de San Vicente Ferrer

La fama de predicador que en vida alcanzó Sant Vicenç Ferrer (1350-1419) continuó después de su muerte. Son numerosas las copias manuscritas y las ediciones de sus sermones en latín, anteriores al siglo XIX. Se da su bibliografía en el prólogo de J. Sanchis Sivera a la «Quaresma» de 1413, págs. XXXVI y ss. La edición más antigua es la que Hain registra con el n.° 6.998.

Du­rante los siglos XV, XVI y XVII se impri­mieron muchas veces los sermones latinos en Venecia y Lyon, los dos centros editoria­les y exportadores de libros más importan­tes de Europa. La gran difusión que a tra­vés de estas ediciones alcanzaron los sermo­nes latinos de San Vicente Ferrer, explica el escaso número de ediciones que de ellos se hicieron en España. Aquí fueron publica­dos completos por vez primera en 1693-94, por los PP. Francisco Milán de Aragón y Luis de Blanes, a expensas del arzobispo de Valencia, Fr. Juan Tomás de Rocabertí, en tres tomos y cinco volúmenes. Las edicio­nes en catalán, que es la lengua en que originariamente fueron pronunciados, son mucho más recientes. Aparte de publica­ciones de piezas sueltas y de noticias de có­dices, las dos ediciones más importantes de sermones en catalán son la de la «Quares­ma», predicada en Valencia en 1413, y los dos volúmenes de la serie B, en 4.°, de «Els Nostres Clássics», que han de ser conti­nuados. Ambas se deben a J. Sanchis Sivera y han aparecido respectivamente en 1927 y 1932-1934. San Vicente Ferrer fue sobre todo un predicador de multitudes. Anduvo por España, Francia, Italia y Suiza, arras­trando a las masas con su palabra cálida. El púlpito no le bastaba porque las naves de los templos no podían contener el inmenso gentío que quería escucharle y le seguía. Por esto tenía que hablar desde plazas y campos abiertos.

De aquí que esta oratoria fuera eminentemente popular y que des­deñara los recursos que la retórica y la erudición profana ofrecían a otros predi­cadores de su tiempo. Todo esto no inte­resaba a San Vicente ni desde el punto de vista literario ni desde el punto de vista apostólico. San Vicente compara las letras profanas con Egipto, lugar de cautiverio del pueblo de Israel, y dice que San Agustín, San Jerónimo y otros doctores no quisieron volver a ese cautiverio desde que hubieron entrado en las Sagradas Escrituras. El san­to apóstol valenciano no salva a nadie ni a nada. Virgilio, Ovidio, Dante, todos los poetas, son condenados en bloque. «Les doc­trines deis poetes — dice — donen plaer a les orelles per les cadencies que fan ab sermons rimats… mas no toquen al cor. ¿Per qué? Car may ixqueren de la dolgor de paradís… e veus per qué no convertixen ara». San Vicente quiso tocar el corazón y hacer llegar a las almas el calor de la pa­labra evangélica. Para esto se sirvió de la lengua vernácula, en la que, según sus an­tiguos biógrafos, se dirigió a toda clase de auditorios, incluso a los extranjeros que no entendían la lengua de San Vicente. Esto sólo demostraría el poder fascinador de su palabra, si no tuviéramos las notas de los sermones catalanes, testimonio vivo de los recursos de la oratoria del santo, por las cuales podemos formarnos idea de su calidad literaria. Estas notas o «Reportationes», que ocupan cuatro códices de la catedral de Valencia — uno de los cuales se perdió durante la revolución de 1936 —, fueron tomadas por oyentes muy expertos, que reconstruyeron los esquemas y la ar­gumentación de los sermones, y reproduje­ron, al parecer con gran fidelidad, las fra­ses más cautivadoras y detalles de predica­ción curiosísimos, como gestos y maneras de entonación y de declamación.

Por estas no­tas y por las que están diseminadas en otros manuscritos, conocemos la construcción de los sermones de San Vicente, sus recursos y, en parte, su estilo literario. Una peque­ña introducción, seguida de la salutación angélica, comenzaba el sermón. Era una sencilla exposición del tema, en la que, cuando conviene, se enumeran con gran cla­ridad las partes en que se divide la argu­mentación, alguna vez haciendo rimar los finales de los miembros de las frases, para dar carácter más lapidario al sumario del discurso. Sigue el desarrollo de éste, sóli­damente estructurado en torno a las divi­siones del exordio, con frecuente alegación de autoridades eclesiásticas. La cita o el pensamiento religioso van acompañados de ejemplificación, y entonces toda la imagina­ción del santo, los primores de su exquisita sensibilidad, la sombría energía de sus re­prensiones — ángel del Apocalipsis, le lla­mó con frase feliz el canciller Gerson —, toda su fuerza emotiva, brotan copiosos. San Vicente procura poner las cosas divi­nas al nivel de la masa sencilla que le es­cuchaba. Dios, los santos, los ángeles, ha­blan como personas humanas. Jesús pre­side la vida de los bienaventurados, como el padre de una gran familia, y todos com­parten las mismas alegrías, y alguna que otra vez los mismos pesares. La viveza del lenguaje popular con sus diminutivos, onotopeyas, hipérboles y abundantes imá­genes, invade la oratoria vicentina, dando calor cordial a la doctrina, que, por otra parte, el santo expone con rigor, no sin hacer observar alguna vez que habla por analogía, y que por lo tanto sus compara­ciones o sus imaginaciones de las cosas ce­lestiales no han de ser interpretadas lite­ralmente.

Ha sido una suerte que este gran tesoro de palabra viva haya sido anotado fielmente por los «reportatores», y que por ellos podamos representarnos la extraordi­naria predicación de San Vicente Ferrer, con sus parodias, con la expresividad de su mímica y con otros valores personales que hacen de sus sermones un documento de singular valor histórico y humano. Sobre estos resúmenes o notas en catalán se re­dactaron los sermones en latín, que tan divulgados fueron en copias y ediciones manuscritas e impresas. Despojados de mu­chos elementos pintorescos, en estos ser­mones se aprecia la construcción de la ora­toria vicentina y la claridad y sencillez de su exposición. Conservan el carácter com­pendioso de los catalanes y de vez en cuan­do nos sorprenden algunos de los destellos que tanta brillantez dan a los últimos.

P. Bohigas

Sermones de Savonarola

[Prediche]. Los sermones del célebre fraile Gerolamo Savonarola (1452-1498), recogidos y trans­critos en gran parte por sus oyentes, se ex­tienden desde 1483 hasta el año de su muerte. Ya en los sermones de los prime­ros años, en San Gimignano (1485-86), anuncia los principios fundamentales que serán luego la base de toda su predicación futura, esto es, la necesidad de un castigo y de la renovación por medio de la Iglesia católica.

Sin embargo, la elocuencia de Sa­vonarola adquiere toda su fuerza en el pe­ríodo que va desde su última llamada a Florencia (1490) hasta su muerte. En estos años predicó a los oyentes florentinos sobre el Apocalipsis (v.) y sobre la primera Epís­tola (v.) de San Juan, sobre las Lamenta­ciones (v.) de Jeremías, sobre el Génesis (v.), sobre los Salmos (v.), sobre Ageo (v.), Ruth (v.), Miqueas (v.) y Ezequiel (v.). Después de la excomunión (13 de mayo de 1497), calló por breve tiempo, para conti­nuar en febrero de 1498 los sermones sobre el Éxodo (v.), en los cuales se desató en violencias contra la curia romana y contra el Papa. El 18 de marzo subió al púlpito por última vez. La cultura y la erudición del gran fraile fueron medievales, pero si desde el principio conservó el esquema y las divi­siones del sermón tradicional, bien pronto se liberó de ellas, dando a sus sermones una estructura y un ímpetu puramente per­sonales. Naturalmente la predicación reli­giosa se transforma en él en oratoria polí­tica, en profecía y en ardentísima arma de batalla. Parte del texto bíblico, pero se si­túa en seguida en su tiempo, infundiendo un soplo religioso y profético a los acon­tecimientos de su tiempo, especialmente los que se refieren a la conducta de la Iglesia y. al gobierno de Florencia. Vuelve sobre la tenaz idea medieval del advenimiento del reino de Dios sobre la tierra y se con­sidera como inspirado por el Espíritu Santo en su acción moral, religiosa y política.

La fuerza y la grandeza de la oratoria de Sa­vonarola no consisten en el cuidado de los detalles ni en el esplendor de la forma, sino en la solidez del conjunto, en el ardor impetuoso de la pasión, en el completo abandono al ímpetu de la palabra, que se colora de fuertes imágenes y que procede por golpes rápidos e intensos. Suprime en sus sermones todas las inoportunas disqui­siciones teológicas, prescinde de las sutiles divisiones y subdivisiones a que solían someterse los textos bíblicos; tampoco bus­có en éstos la multiplicidad de sentidos o las concordancias exteriores con los acon­tecimientos de su tiempo. Consideró la sabiduría de los sagrados textos como una voz eterna, apta para iluminar la concien­cia de los contemporáneos. No tuvo vivo el sentido de la modernidad humanista y fue el último de los grandes espíritus medieva­les; en esto reside su limitación y la razón de su grandeza. Hasta el punto de que nos queda como la más elevada voz de la ora­toria sagrada del siglo XV, y una de las mayores de toda la elocuencia italiana.

M. Sansone