LA PALABRA SUCINTA

El hombre roto - Cise CortesCise Cortés
El hombre roto. Novela
Amazon. KPD, 2015-04-20

por Anna Rossell

Aquellos que nos dedicamos a analizar la literatura tenemos dificultades para clasificar los textos en alguna de las casillas que la historia literaria nos ofrece. En el caso de la prosa hablamos de microrrelato, cuento, relato, novela y novela corta. Si intentamos aclarar estos conceptos encontraremos las definiciones más variadas. Algunos entendidos podrían discutir horas para echar luz sobre estos términos. Las dificultades más frecuentes las encontramos al oponer cuento a relato, relato a novela corta y novela a novela corta respectivamente.
En el caso de El hombre roto se trata claramente de una novela corta. Pero esta denominación no hace referencia sólo a la extensión. De hecho la extensión es sólo una de sus características, y no la principal. Porque el hecho de narrar una historia en un número limitado de páginas exige unas cualidades por parte del autor/a que otorgan al texto otros rasgos que son los más esenciales, aquellos que caracterizan más claramente lo que llamamos novela corta: es decir, recrear con pocos personajes y en discretos escenarios todo un mundo. Conseguirlo reclama una diestra habilidad por parte de quien escribe. Contrariamente a lo que puede parecer a un lector novel, es más difícil salir airoso en la escritura de una novela corta que en una de dimensiones estándar. Porque en este género quien escribe no puede permitirse palabras superfluas, debe estar atento al más mínimo detalle significativo que, de manera sintomática, debe despertar en el lector sensible lo que hay detrás, que a menudo es todo un universo. Así, las condiciones que impone una novela corta exigen un control estricto y muy preciso de la lengua, una extraordinaria capacidad de observación para captar y reflejar el perfil psicológico de los personajes y una habilidad destacable en la construcción de la historia que se propone narrar, para construir una arquitectura sólida con los pocos materiales de que dispone.

La novela de Cise Cortés, El hombre roto, es un texto que en su breve extensión sabe desplegar la historia de Merian, una mujer de clase media, inquieta y sensible, que, en un momento de su vida tiene la valentía de creer en su capacidad de superación, a pesar de que se encuentra en un entorno hostil. Para contar la historia de Merian la autora se sirve de otros personajes con cuya ayuda o contra los cuales ella se irá perfilando y definiendo: su marido Guillermo, su amiga Elena y los dos hijos del matrimonio Jean y Elien, que juegan un papel necesario, aunque no fundamental. El escenario en el que se mueven Merian y Guillem es casi siempre Bourg-Madame, con esporádicas escapadas a Barcelona por parte de Merian.
Paralelamente a la historia de Merian conoceremos otra historia, la de Sofia y Guido, una pareja italiana relacionada profesionalmente con el arte y la restauración de obras pictóricas. Otros personajes de su entorno son Luca, un marchante de arte, Etienne, director del museo donde trabajará Guido, y Pierre, compañero de Guido y, como él, también restaurador. Los escenarios de la segunda historia serán Florencia y, sobre todo, Aviñón.
Curiosamente las dos parejas, cuyas vidas son bastante diferentes y parecidas al mismo tiempo, no confluirán nunca (o podríamos decir que sólo confluyen en cierto modo al final, en el momento en que se cierra la novela). Los personajes no se conocerán nunca entre sí, y no desvelaré a los futuros lectores de la novela el por qué. Sólo diré que la alternancia de estas dos historias, que conforma la estructura de la novela, es otra de las virtudes de este texto de Cise Cortés, y que con esta estrategia narrativa se nos ofrece, además, la oportunidad de reflexionar sobre el proceso y el por qué de la escritura.
A todos estos elementos hay que añadir una porción de intriga a discreción, porque la segunda historia, la de Sofia y Guido, contiene el ingrediente de una muerte inesperada y en condiciones poco claras, que sirve a la autora para caracterizar a uno de sus personajes y, de paso, al personaje principal de la segunda historia, Sofia. La escritora tiene la pericia de no desvelar cómo ha ocurrido esta muerte, sólo apunta posibilidades y deja al propio lector el trabajo de imaginarlo.
La novela se puede adquirir en Amazon en versión electrónica. Recomiendo encarecidamente su lectura. “El hombre roto” de Cise Cortés es un pequeño gran tesoro.

Anna Rossell

EL REALISMO DE LA POESÍA

Poemas de Madrugada - Cise CortesCise Cortés
Poemas de madrugada,
Amazon, KPD, 2015

por Anna Rossell

En la poesía de Cise Cortés, al igual que cuando leemos sus novelas, la primera cualidad que se percibe es la sensible capacidad de observación de la autora, que sabe ver detrás de los pequeños detalles físicos de las personas y los objetos todo un mundo, un mundo que deja de ser físico; en el caso de las personas es el mundo interior, aquél que nos acerca y nos descubre su alma, su sufrimiento, sus temores, su malestar o su felicidad; en el caso de los objetos -de las cosas inanimadas- es el mundo que se desprende de la relación de estos objetos con las personas con las que entran en contacto.

Ya en su primer poema, un poema impactante que nos sensibiliza sobre la práctica de los matrimonios forzados de niñas en muchos países, tenemos en muy pocas líneas un ejemplo de estos dos aspectos cualitativos que acabo de mencionar. El poema comienza así:

“No vistas a la novia./No, déjala que juegue un poco más./Deja que sus manos recorran/ el cuerpo roto de su muñeca,/el barro amargo/con el que quiere alimentarla./[…]”(“La novia”)

En los dos primeros versos la voz poética ya nos ha puesto en situación, ya nos ha resumido el momento en que se encuentra la protagonista del poema y con “déjala que juegue un poco más” ya nos queda clara la mirada crítica de la voz poética hacia esta boda que trunca una niñez que se encuentra en pleno desarrollo y que alguien está a punto de cortar de raíz. Por otra parte, el recorrido de las manos de la niña por el cuerpo de la muñeca hace patente que su muñeca tiene “el cuerpo roto” y que su alimento es “barro amargo”, lo cual nos vuelve a poner en situación sólo con dos o tres palabras, que tienen la prerrogativa de decir entre líneas mucho más de lo que parecen decir: “barro amargo” nos transporta a los barrios más pobres de una ciudad o de un pueblo, a calles sin asfaltar en las afueras suburbiales donde se acumula la pobreza. Pero, además, este barro es “amargo” y es el alimento con que la niña nutre a la muñeca.

Esta capacidad de expresión sucinta en su poesía, pero también en la prosa, como ya decía, esta capacidad de concisión, es una de las cualidades que creo que hay que destacar en primer lugar de Cise Cortés. Y no es una cualidad cualquiera.

Esta muestra del primer poema, que abre un libro de 34, es característica no sólo de su estilo, sino también de las temáticas que interesan a la autora, que tiene una profunda conciencia social; su mirada no es introspectiva, es una mirada que se proyecta hacia afuera y descubre los pequeños detalles que observan y denuncian la injusticia y el sufrimiento de la gente humilde, o que observan y denuncian el sufrimiento a secas, pero siempre el sufrimiento de otras personas.
En este sentido es claro que a la voz poética le gusta la descripción: predominan los títulos que lo demuestran: “La novia”, “Regina”, “Estella”, “El cortejo”, “Mujer azul”, “Plaza”, “Ermita”, “Pueblo”, “Lorca”, “Pablo”, “Mendigo”, “Indigente”, “Viejo”, entre otros. En el poema “Estella”, que la autora escribe con el registro de un cuento infantil o una fábula, leemos:

“Érase una vez / una viejecita en Buenos Aires / que sola deambulaba por las calles. / Su corta figura / achatada por los años / se veía con frecuencia / descansando en las aceras / […]” (“Estella”)

O bien este otro poema, “Mujer azul”, que la voz poética termina con una contundencia inclemente, para transmitir la dureza del sentimiento de la mujer que protagoniza el poema:

“Te escucho susurrar/con voz deshilachada/evitando despertar/un campo de amapolas./Tu párpado pintado/habla por tu boca/y anuncias tormentas/interiores./Porque todo te delata,/tu pelo enmarañado/tus uñas vagas y escondidas/y ese sentir hondo/y partido/sin fin y sin remedio”. (“Mujer azul”)

Y aún otra muestra muy zahiriente: este poema tan sobrecogedor, titulado Son de la noche:

“De la noche./Los hijos son de la noche/y del lento amanecer./[…]/Han entrado en la legión/de aquellos que se emancipan/con los bolsillos rotos/en suburbios/donde encuentran/todo lo que buscan./Son de la noche,/y las madres se resisten/y lloran abrazadas en las esquinas/donde miran/el lento amanecer/en el que sus hijos viven”. (“Son de la noche”)

Al igual que puede afirmarse de su primera novela, Pobreza, yo diría que la poesía de Cise Cortés tiene una gran tendencia al realismo como corriente literaria. En uno de los poemas se manifiesta este realismo de manera extrema, cuando la autora hace desaparecer la voz poética objetivadora y deja hablar directamente al personaje; me refiero al poema titulado Locura, en el que leemos sólo la voz que supuestamente desvaría, haciendo una radiografía de la locura misma:

“¡Vamos! / Vamos deprisa. / ¡No quiero que me toques! / El pájaro se ha ido. / ¡Vamos! / […]” (“Locura”)

También la descripción de lugares da a entender esta sensibilidad hacia los escenarios humildes que acogen personas humildes. Cuando describe “El cortejo” nos sentimos directamente trasladados a un lugar abandonado, marginal, austero, excluido y baldío, donde las personas que componen el cortejo fúnebre son espectros que llevan el peso de la dureza de su historia a las espaldas. Leemos:

“Cuando el viento / barre los caminos / y el polvo se adhiere a la piel / como el cemento, / tras los árboles, / aparece el lúgubre cortejo. / Son mujeres oscuras / con pechos desgarrados / y anchas caderas paridoras. […]”. (“El cortejo”)

Incluso cuando el poema se concentra en la descripción de un lugar, las personas que forman o habían formado parte de aquel paisaje toman un protagonismo indirecto fundiéndose con este paisaje. La voz poética lamenta el abandono del campo, la decadencia del mundo rural:

“Pueblo de luces amarillas. / Todo en ti rezuma / historia de otro tiempo. / Han desaparecido / el pastor y sus ovejas, / de tus montes, el esparto; / de tus campos, / el olivo./ […]”. (“Pueblo”)

O bien cuando habla de Lorca, el pueblo de Murcia que la autora conoce bien:

“Lorca trémula y agrietada / como si una vejez prematura / hubiera devastado / tus jardines y palomas. / Tus balcones se desploman / al igual que tus iglesias, / pero el hombre te apuntala / con maderas y con rezos ./ […]”. (“Lorca”)

Los poemas de Cise Cortés cuentan historias duras, historias penosas que nos golpean porque están escritas para golpear al igual que golpearon la autora.

Pero, si bien ésta es la tónica predominante en este breve poemario, los registros poéticos que nos ofrece Cise Cortés no se agotan aquí. La voz poética también da a conocer una vertiente reivindicativa de cualidades humanas o de condiciones que cree necesarias para la vida y entonces lo hace en primera persona:
En el poema titulado “Tesoro” leemos:

“Si encontrase una lámpara maravillosa/[…]/pediría al genio que la/habita/un único deseo./[…]/Sólo pediría un sueño:/despertar en brazos/de la curiosidad”. (“Tesoro”)

O bien este otro, titulado “Yo no quiero”:

“Yo no quiero divorciarme de la vida,/la fragancia de la rosa/es más intensa/en contacto con su espina./[…]/Quiero el trueno/y el relámpago/para saborear/la calma y el silencio,/y el dolor/y la traición/¡también los quiero!/[…]/porque yo no quiero divorciarme de la vida…” (“Yo no quiero”)

Como también practica un registro de carácter más filosófico cuando a su cualidad descriptiva añade la de la reflexión, tal como vemos en el poema Islas, donde observa el absurdo y el anonimato de la vida en la gran ciudad:

“Vivimos en una isla/de hormigón/de la que nadie/puede redimirnos./[…]/todos sabemos/que esta isla está blindada/y nuestros brazos/no resisten/largas travesías./Por eso preferimos/andar descalzos por sus/playas/a pesar de que sangren/nuestros pies/y el sol se oculte triste”. (“Islas”)

El poemario se puede adquirir en Amazon, en versión electrónica.

Anna Rossell

VIVIR A MUERTE

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El desencanto del delirio,
Carmen Álvarez,
Ed. Zoográfico, Madrid, 2014

El desencanto del delirio

Dicen que la escritura tiene, entre otras, una función catártica. Si esta afirmación es válida en general, mucho más aún en el caso de la poesía, que en su calidad de género intimista propicia más todavía esta posibilidad. El poemario de Carmen Álvarez es una prueba fehaciente de ello.
El desencanto del delirio, el primero que publica la autora, es un grito desgarrado desde lo más hondo del alma, una exhalación de dolor y rabia largo tiempo contenida que la voz poética libera ahora para redimirse a sí misma. Sin embargo su escritura no agota aquí su gesto, hay en sus poemas, además del ademán de conjuro, la intención de conminar a los lectores a la acción.

Dividido en dos partes, I Muerte al desencanto –poemas dedicados al dolor del mundo- y II Muerte al delirio –producto del tormento personal por el desamor-, El desencanto del delirio es, como los títulos indican, una declaración de guerra a las causas del sufrimiento, un llamamiento a la rebeldía, un emplazamiento al inconformismo ante la agresión en lo social y en lo personal. Denominador común de ambas partes es la negativa de la voz poética al inmovilismo, a dejar que los embates de cualquier naturaleza minen lo que claramente la voz poética considera la dignidad humana.
Así su poesía es a la vez una redención y una denuncia, una acusación de culpabilidad hacia aquellos que, cruzados de brazos e impasibles, permiten el mal y la injusticia, un revulsivo para apaciguar el desconsuelo, pero ante todo para propiciar la actuación como autodefensa para vivir dignamente. Pudiera decirse que el credo que emana de estos poemas es la profunda convicción de que no existe el destino, la seguridad de que sólo la actuación del ser humano hace el mundo y la vida como son. Así hay una reclamación implícita a la intervención, una exigencia de la actuación de todos ante la humillación y los desmanes en lo social y la exhortación a vivir el amor, como paradigma de la vida, con la intensidad que reclama y merece, en lo particular. Ambos planos en estricta coherencia con la unidad del alma, pues se nos anuncia: No vale la vida sin vivir a muerte (I, 2).

Paradójicamente, en lo formal la voz poética sólo adopta excepcionalmente el imperativo, la amonestación o la increpación, antes bien echa mano de la fina observación para hacer inventario de un malsano estado de cosas que amenaza con arruinar lo más preciado de la existencia humana: Almas atormentadas comen/asfalto como manjares./Perdón, no tengo tiempo/para que me robes./Ni para besar a mis hijos,/ni para ayudar a la anciana,/ni para sentirme vivo./El reloj me estrangula,/me separa de todo (I, 1). Los versos son a menudo sentencias que ponen al descubierto las causas del malestar del mundo, la voz deviene contundente acusación para señalar a los culpables, que saben cómo amasar fortunas a costa de otros o vivir en su campana de cristal sin injerencias contribuyendo a perpetuar un despiadado statu quo: […]/No suda el rico su comida/ni el cardenal su sotana,/llora el sol, injusto brillo (I, 3) y, como ya hiciera Gabriel Celaya, declara la poesía un arma cargada de futuro: Coetáneos en avance hacia el futuro mimado,/armados con versos, metralla en sus manos./Tomaremos lo nuestro, África grita en pie,/sin pedirlo, pero merecido,/sin llorar lo que hubo detrás (I, 6). O bien: Masticamos las palabras de carne/luchando por y contra las ideas./Delirios de muerto nacen/comiendo sien y boca./Rendirse es cosa de mudos (El poder de la palabra, I, 13). El lamento ante la evidente injusticia: Tanta miseria en un fuego/al que nadie manda agua/[…] se convierte en ansiado anhelo: […]/Que vuelque este mundo/desigual, injusto, hambriento,/totalitario, racista,/amargo,/misógino, duro y cruel (I, 8).

La voz poética se manifiesta especialmente sensible a la desigualdad y al sufrimiento que provoca la concepción patriarcal del mundo, un tormento vivido en carne propia, contra el que se revuelve y defiende encarnizadamente: […]/No callarán nuestros ojos, es el despertar./Miserable mundo patriarcal, somos más fuertes./Olvidaron nuestra alma, rancia Iglesia hipócrita./Olvidaron nuestros pechos, amamantando tabú./[…] (I, 9). Y señala los verdaderos y encubiertos propósitos de su ideario: […]/y la mierda deforme/del violento crece/maltratando el vientre./Queréis esclavas, no madres,/queréis sumisas a las mujeres,/queréis nuestros rojos sueños/abortados en vómito represor./No callaremos nuestros ojos (I, 16).

El decidido compromiso social que refleja la poesía de Carmen Álvarez no se deja obcecar por la fácil y antipoética vía de lo panfletario; su desconsuelo y su ira no provienen de lo ideológico que ha perdido de vista el origen de la desazón, sino que bebe directamente de la fuente que la provoca: el sufrimiento de esa humanidad en la que el sujeto poético se refugia en los momentos de desánimo para no rendirse: […]/Los sueños se apoderan de esta mente,/de esta criatura verde de la madre tierra./Maldita utopía, tan lejos de las manos./No te tocaré ni presente bajo mis pies./Alcanzo ilusiones con los ojos,/perdida en el abrazo de la vida./Encuentro sosiego en los rincones del ser (I, 11). Sabedora de la importancia de lo que está en juego, su empeño es tenaz en pos de la utopía: […]/Alcanzaremos la luz de cualquier soñado amanecer,/perseguiremos con tesón lo que nos debe la historia/[…]/sangra este mundo lleno de esclavos./Quiero ver llorando a la avaricia/[…]/Saquemos a la libertad de su escondite./Valemos más que nuestras cadenas (I, 14).

Sin embargo el carácter combativo de la voz poética no se agota en lo social. En congruencia con su anunciada exhortación a vivir la vida a fondo también alcanza lo personal. Su incondicional entrega le proporciona la felicidad más sublime o la sume en la desdicha más honda, propicia las experiencias más extremas. Así en Muerte al delirio –un canto a la excelsa felicidad que proporciona el amor en comunión (Entretejer el llanto/y acariciar, de común/ acuerdo, la compañía, II, 5) y donde se manifiesta el suplicio de quien aspira a él y no lo alcanza-, la voz manifiesta la fragilidad a la que se expone aquél que está dispuesto a darlo todo y busca su alma gemela: Y veo porque te miro,/y siento porque me hieres,/y mi aliento es sufrimiento./[…] (II, 1). Y también en el terreno íntimo de lo más íntimo sabe de la dificultad que entraña su exigencia: Dibujan mis sueños/todas las caricias del desierto,/inventos contra Tánatos,/sorbos de tiempo huido/[…] (II, 4) y el suplicio que entraña la búsqueda: […]/Y vivo en cada cruz/sin aliento, heridas y sed (II, 7). Una búsqueda de cuya culminación depende la vida de la persona amante cuando no es correspondida: Has robado mis ojos y sueñan tu figura./Increíble destreza esquiva la piel./Sin sentir el alma desaparece./Abismos de desesperación son deseo,/agonía del abrazo sin fondo,/[…] (II, 8).

En el trato del tema amoroso Carmen Álvarez combina la ternura con el erotismo y es en esta conjunción donde su pluma logra su mejor poesía: […]/No hay flor que no ondee/al viento en la tierra/de mis pechos ardiendo./[…] (II, 9), o bien: […]/Sigue mi lengua tu rastro,/sigue la libertad rebelde en su nicho,/[…]./Aprenderás a amar sin asfixia,/llena de clímax y humedad (II, 10). Pero el apasionamiento de la entrega en la utopía amorosa no ignora el peligro que conlleva la obsesión: la pérdida de la libertad, el bien más preciado: […]/Maldito Cupido haces víctimas/con tu eterno amor romántico/[…]/No prometo hacerte el amor dos veces./Tienes que darme lo que espero:/contagiarme de tu risa,/avanzar creciendo hacia dentro,/empaparte todos los días,/beber de mis sueños,/[…]. Y en el ejercicio de esta sagrada libertad y en absoluta coherencia con la valentía y la combatividad de su voz poética, arremetiendo contra todo tabú, prosigue: decirme que todo sobra menos nosotras… (II, 15)

© Anna Rossell

TOPOGRAFÍA DEL DOLOR

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Tuya es la voz

Amelia Díaz Benlliure

Los Libros de la Frontera.

El Bardo, colección de poesía, Barcelona, 2013, 68 págs.

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tuya_es_la_voz

por Anna Rossell

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Hay una poesía tallada con el cincel de la razón, de arquitectura sopesada, construida desde la distancia reflexiva y analítica, y otra esculpida desde la herida abierta, escrita desde la inmediatez del dolor profundo y vivo, que busca en las palabras del poema el alivio que procura el saberlas pronunciadas, ver mitigado el desconsuelo en el momento en que adopta forma y cristaliza en verbo. La poesía de Amelia Díaz Benlliure (Castellón, 1959) pertenece a esta última especie.

 

Tuya es la voz es un poemario dedicado a un ser querido, es fruto de una vivencia personal de la poeta. Sin embargo Díaz sabe encontrar un registro que eleva esta experiencia a la categoría de universal. Así podría decirse que este libro es un homenaje a las víctimas más sensibles de las guerras, los niños a quienes se ha arrebatado el esencial derecho de la infancia, que han visto morir a sus seres queridos y cuyo alimento ha sido el sufrimiento y la frialdad que inocula la ausencia de cariño, la que se respira en un lugar que no es lugar y que marca para siempre la vida.

El poemario es un recorrido por una de estas vidas, que podría ser la de tantos otros de su misma condición. El punto de partida es la agonía, el tormento que, eterno compañero fiel del tú que evoca e invoca la voz poética, protagoniza el tránsito de éste hacia la muerte. La voz poética rememora, desde este punto agónico del invocado, el sufrimiento de toda su trayectoria vital, al tiempo que refleja la infinita ternura que éste suscita en el sujeto poético: “Sus manos contaron memorias/de los niños sin padres/recluidos entre sombras,/en templos profanados/tras el exilio de los dioses”. La lectura es pues un viaje por la topografía del dolor, por todos sus repliegues, pero también por la compasión en el sentido genuino de la palabra, por la sintonía y empatía con quien sufre, nos descubre lo más sensible del afecto humano, nos desvela las claves de la compenetración: “Llenaba la piel de gritos/el susurro gélido de sus años tiernos”. La comunión con el dolor ajeno lleva al sujeto poético a la indignación por la impotencia de quien ve en estas vidas marcadas en su inicio un destino recurrente sin alivio, sin salida: “La injusticia, la ironía/de una cinta de Möbius/inmortal”. La conciencia de lo injusto, extremada a la vista de la aflicción ajena, deviene culpa en la voz poética, una culpa heredada por el dolor causado en todo el universo, como pecado original que, en nombre de la humanidad entera, se manifiesta en forma de oración: “Pido perdón/a los hijos del Hombre,/a los hijos de los hijos del Hombre.//Perdón/por los cántaros vacíos,/por cada cauce desierto,/por infringir los eriales, perdón”. No hay consuelo para el padecimiento, ni catarsis trascendente. Al contrario, la pena se extrema más aún ante la comprobación de que el descreimiento vence sobre la fe, último baluarte de esperanza: “La fe se reía como arena/huida entre los dedos,/cuando se quiere atrapar/un pretexto de esperanza”. O bien: “[…]. Tenías hambre./Sentías miedo./Tenías hambre./Dios no existía. […]”. La experiencia del mal, ejercido por la criatura humana y traducido en dolor para la criatura humana conduce al sujeto poético a la indignación y a maldecir a un Dios en el que tampoco él cree: ¿Y Tú?/¿Dónde estás ahora?/¿Por qué no regresas/para refundar las piedras/y expulsar/a los dueños del mercado?/[…]”. Si bien no hay redención, sí al menos el bálsamo de la poesía para aplacar la angustia de una existencia desprovista de todo: “La eternidad llegó/en papeles que envolvieron/cada uno de los versos/[…].//Ellos fueron, al fin,/[…]//La luz de todos los terrores”.

El poemario, concebido como un único poema, un largo lamento de principio a fin, está dividido en diez momentos poético-emocionales, que ocupan las páginas de la derecha y rememoran la vida del doliente reviviendo el tormento pasado, mientras que en las páginas de la izquierda se compone, en cada caso y en letra cursiva, el poema sobre el correspondiente de la derecha, una reflexión desde el momento actual de la voz poética, que a la vez que rinde homenaje a los más vulnerables, alza su voz contra la desmemoria, entregando el poemario al recuerdo: “Nos reclaman desmemoria/quienes riegan crisantemos./En vano arrojan guijarros/sobre los úteros vacíos/de la Tierra”. Haciéndose eco de la poesía visual, los poemas juegan a menudo con el diseño de un dibujo, que aporta un componente estético añadido.

De Amelia Díaz Benlliure se ha publicado también en España el poemario Manual para entender las distancias (2011).

 

© Anna Rossell 

REPRESENTAR EL HORROR

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Georges Didi-Huberman, Cortezas
Traducción de Mariel Manrique y Hernán Marturet,
Shangrila, Santander, 2014, 68 págs.
Cortezas (Didi-Huberman)

por Anna Rossell

Theodor W. Adorno lo formuló con contundencia absoluta en 1949 a su regreso del exilio: “Escribir poesía después de Auschwitz es una aberración […]”. Esta sentencia, que muchos intelectuales se tomaron al pie de la letra, ha calado hondo también en la conciencia de todos aquellos que, desobedeciendo su requerimiento, han abordado la imposible tarea de dar testimonio de lo inconcebible: ¿Cómo representar lo irrepresentable? ¿Cómo escribir sobre ello cuando no hay palabras? ¿Cómo dejar testimonio del horror vivido? ¿Cómo imaginar el horror no experimentado? Las preguntas no son nuevas, probablemente se remontan a los mismos orígenes de la humanidad y son tan antiguas como el propio horror. Por ello se siguen planteando y volvieron a debatirse con especial énfasis a raíz del genocidio nazi. Desde entonces la literatura, el cine, el teatro y las artes plásticas han sentido la necesidad de plasmar la ignominia. Si bien hay consenso en cuanto a la imposibilidad de expresar cabalmente la medida y el ensañamiento de la infamia, de encontrar explicación a las causas para las atrocidades que llevaron a tantos a la muerte programada, no la hay en cuanto a los modos de intentarlo. Muchos y muy variados han sido los intentos –algunos de ellos muy controvertidos por la polémica que sus propuestas han desencadenado-, y todos palidecen ante lo que verdaderamente fue.

Con todo, hay aproximaciones que hacen más justicia que otras a este intento. Una de ellas es este libro, magníficamente editado, de Georges Didi-Huberman, publicado en su versión original por Les Editions de Minuit en 2011 (Écorces), que ahora ve la luz en España de la mano de Shangrila.
Consciente del cometido que se propone, Didi-Huberman (Saint Étienne, 1953), historiador del arte y teórico de la imagen, se acerca con infinita cautela y profundo respeto al paradigma de aquel horror, el campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau, para documentarlo y prevenirlo. El resultado es un trabajo de excepcional escrupulosidad -imagen y texto-, por la obligada sobriedad que lo acompaña. Sabedor de que nada habla mejor del horror que el horror mismo y de que nada puede (ni debe) añadirse a lo que no admite nada más que lo que fue, el autor registra con su cámara las estaciones de aquel indecible sufrimiento. Como si de un via crucis se tratara, Didi-Huberman se detiene ante una alambrada, ante una puerta, una ventana, ante el lago en cuyo fondo descansan las cenizas, la pradera sintomáticamente repleta de flores, ante el bosque de abedules, levanta la mirada hacia sus copas, examina un trozo de corteza, y su fina y sensible observación convoca los signos de la historia y provoca su reflexión, que impulsa a su vez la nuestra. Son fotografías en blanco y negro, sin título que acapare nuestra atención y conduzca nuestra mirada por otro camino que el de lo propiamente mostrado (los títulos están desplazados y constituyen el sumario del libro).

Ruth Klüger, superviviente austríaca de Auschwitz, en su autobiografía Weiter leben. Eine Jugend, publicada en alemán en 1992 (Seguir viviendo, Galaxia-Gutemberg, 1997), abominaba del intento de reproducir las condiciones del campo de exterminio para la visita turística de las generaciones posteriores, una cultura museal de la que afirma “se basa en la falsa creencia […] de que los fantasmas se pueden aprehender justamente allí donde, cuando vivían, dejaron de existir. […].” Y se pregunta: “¿No dan pie a la sentimentalidad esos renovados restos de viejos horrores […], no apartan del objeto hacia el que sólo aparentemente encauzan la atención y llevan a una complacencia en los propios sentimientos?” Didi-Huberman parte de este mismo planteamiento ante la supuesta reconstrucción del campo, ante las explicaciones guiadas a los visitantes, los retoques que han sufrido las cuatro fotografías que constituyen “los únicos testimonios visuales de una operación de gaseamiento en el momento mismo de su desarrollo” o ante la conversión de uno de los barracones de prisioneros en caseta de venta de souvenirs. Para el autor cualquier alteración en aras de una mejor pedagogía constituye un falseamiento de las pruebas, como bien demuestra al explicarnos que la alteración de la luz de estas fotografías elimina el indicio de que habían sido tomadas desde el umbral del horno crematorio. Con enorme lucidez Didi-Huberman aboga por el paseo en solitario por los lugares del horror y por lo que él llama “el punto de vista arqueológico […] comparar lo que vemos en el presente, lo que sobrevivió, con lo que sabemos que ha desaparecido.”

© Anna Rossell