TOPOGRAFÍA DEL DOLOR

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Tuya es la voz

Amelia Díaz Benlliure

Los Libros de la Frontera.

El Bardo, colección de poesía, Barcelona, 2013, 68 págs.

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por Anna Rossell

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Hay una poesía tallada con el cincel de la razón, de arquitectura sopesada, construida desde la distancia reflexiva y analítica, y otra esculpida desde la herida abierta, escrita desde la inmediatez del dolor profundo y vivo, que busca en las palabras del poema el alivio que procura el saberlas pronunciadas, ver mitigado el desconsuelo en el momento en que adopta forma y cristaliza en verbo. La poesía de Amelia Díaz Benlliure (Castellón, 1959) pertenece a esta última especie.

 

Tuya es la voz es un poemario dedicado a un ser querido, es fruto de una vivencia personal de la poeta. Sin embargo Díaz sabe encontrar un registro que eleva esta experiencia a la categoría de universal. Así podría decirse que este libro es un homenaje a las víctimas más sensibles de las guerras, los niños a quienes se ha arrebatado el esencial derecho de la infancia, que han visto morir a sus seres queridos y cuyo alimento ha sido el sufrimiento y la frialdad que inocula la ausencia de cariño, la que se respira en un lugar que no es lugar y que marca para siempre la vida.

El poemario es un recorrido por una de estas vidas, que podría ser la de tantos otros de su misma condición. El punto de partida es la agonía, el tormento que, eterno compañero fiel del tú que evoca e invoca la voz poética, protagoniza el tránsito de éste hacia la muerte. La voz poética rememora, desde este punto agónico del invocado, el sufrimiento de toda su trayectoria vital, al tiempo que refleja la infinita ternura que éste suscita en el sujeto poético: “Sus manos contaron memorias/de los niños sin padres/recluidos entre sombras,/en templos profanados/tras el exilio de los dioses”. La lectura es pues un viaje por la topografía del dolor, por todos sus repliegues, pero también por la compasión en el sentido genuino de la palabra, por la sintonía y empatía con quien sufre, nos descubre lo más sensible del afecto humano, nos desvela las claves de la compenetración: “Llenaba la piel de gritos/el susurro gélido de sus años tiernos”. La comunión con el dolor ajeno lleva al sujeto poético a la indignación por la impotencia de quien ve en estas vidas marcadas en su inicio un destino recurrente sin alivio, sin salida: “La injusticia, la ironía/de una cinta de Möbius/inmortal”. La conciencia de lo injusto, extremada a la vista de la aflicción ajena, deviene culpa en la voz poética, una culpa heredada por el dolor causado en todo el universo, como pecado original que, en nombre de la humanidad entera, se manifiesta en forma de oración: “Pido perdón/a los hijos del Hombre,/a los hijos de los hijos del Hombre.//Perdón/por los cántaros vacíos,/por cada cauce desierto,/por infringir los eriales, perdón”. No hay consuelo para el padecimiento, ni catarsis trascendente. Al contrario, la pena se extrema más aún ante la comprobación de que el descreimiento vence sobre la fe, último baluarte de esperanza: “La fe se reía como arena/huida entre los dedos,/cuando se quiere atrapar/un pretexto de esperanza”. O bien: “[…]. Tenías hambre./Sentías miedo./Tenías hambre./Dios no existía. […]”. La experiencia del mal, ejercido por la criatura humana y traducido en dolor para la criatura humana conduce al sujeto poético a la indignación y a maldecir a un Dios en el que tampoco él cree: ¿Y Tú?/¿Dónde estás ahora?/¿Por qué no regresas/para refundar las piedras/y expulsar/a los dueños del mercado?/[…]”. Si bien no hay redención, sí al menos el bálsamo de la poesía para aplacar la angustia de una existencia desprovista de todo: “La eternidad llegó/en papeles que envolvieron/cada uno de los versos/[…].//Ellos fueron, al fin,/[…]//La luz de todos los terrores”.

El poemario, concebido como un único poema, un largo lamento de principio a fin, está dividido en diez momentos poético-emocionales, que ocupan las páginas de la derecha y rememoran la vida del doliente reviviendo el tormento pasado, mientras que en las páginas de la izquierda se compone, en cada caso y en letra cursiva, el poema sobre el correspondiente de la derecha, una reflexión desde el momento actual de la voz poética, que a la vez que rinde homenaje a los más vulnerables, alza su voz contra la desmemoria, entregando el poemario al recuerdo: “Nos reclaman desmemoria/quienes riegan crisantemos./En vano arrojan guijarros/sobre los úteros vacíos/de la Tierra”. Haciéndose eco de la poesía visual, los poemas juegan a menudo con el diseño de un dibujo, que aporta un componente estético añadido.

De Amelia Díaz Benlliure se ha publicado también en España el poemario Manual para entender las distancias (2011).

 

© Anna Rossell 

REPRESENTAR EL HORROR

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Georges Didi-Huberman, Cortezas
Traducción de Mariel Manrique y Hernán Marturet,
Shangrila, Santander, 2014, 68 págs.
Cortezas (Didi-Huberman)

por Anna Rossell

Theodor W. Adorno lo formuló con contundencia absoluta en 1949 a su regreso del exilio: “Escribir poesía después de Auschwitz es una aberración […]”. Esta sentencia, que muchos intelectuales se tomaron al pie de la letra, ha calado hondo también en la conciencia de todos aquellos que, desobedeciendo su requerimiento, han abordado la imposible tarea de dar testimonio de lo inconcebible: ¿Cómo representar lo irrepresentable? ¿Cómo escribir sobre ello cuando no hay palabras? ¿Cómo dejar testimonio del horror vivido? ¿Cómo imaginar el horror no experimentado? Las preguntas no son nuevas, probablemente se remontan a los mismos orígenes de la humanidad y son tan antiguas como el propio horror. Por ello se siguen planteando y volvieron a debatirse con especial énfasis a raíz del genocidio nazi. Desde entonces la literatura, el cine, el teatro y las artes plásticas han sentido la necesidad de plasmar la ignominia. Si bien hay consenso en cuanto a la imposibilidad de expresar cabalmente la medida y el ensañamiento de la infamia, de encontrar explicación a las causas para las atrocidades que llevaron a tantos a la muerte programada, no la hay en cuanto a los modos de intentarlo. Muchos y muy variados han sido los intentos –algunos de ellos muy controvertidos por la polémica que sus propuestas han desencadenado-, y todos palidecen ante lo que verdaderamente fue.

Con todo, hay aproximaciones que hacen más justicia que otras a este intento. Una de ellas es este libro, magníficamente editado, de Georges Didi-Huberman, publicado en su versión original por Les Editions de Minuit en 2011 (Écorces), que ahora ve la luz en España de la mano de Shangrila.
Consciente del cometido que se propone, Didi-Huberman (Saint Étienne, 1953), historiador del arte y teórico de la imagen, se acerca con infinita cautela y profundo respeto al paradigma de aquel horror, el campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau, para documentarlo y prevenirlo. El resultado es un trabajo de excepcional escrupulosidad -imagen y texto-, por la obligada sobriedad que lo acompaña. Sabedor de que nada habla mejor del horror que el horror mismo y de que nada puede (ni debe) añadirse a lo que no admite nada más que lo que fue, el autor registra con su cámara las estaciones de aquel indecible sufrimiento. Como si de un via crucis se tratara, Didi-Huberman se detiene ante una alambrada, ante una puerta, una ventana, ante el lago en cuyo fondo descansan las cenizas, la pradera sintomáticamente repleta de flores, ante el bosque de abedules, levanta la mirada hacia sus copas, examina un trozo de corteza, y su fina y sensible observación convoca los signos de la historia y provoca su reflexión, que impulsa a su vez la nuestra. Son fotografías en blanco y negro, sin título que acapare nuestra atención y conduzca nuestra mirada por otro camino que el de lo propiamente mostrado (los títulos están desplazados y constituyen el sumario del libro).

Ruth Klüger, superviviente austríaca de Auschwitz, en su autobiografía Weiter leben. Eine Jugend, publicada en alemán en 1992 (Seguir viviendo, Galaxia-Gutemberg, 1997), abominaba del intento de reproducir las condiciones del campo de exterminio para la visita turística de las generaciones posteriores, una cultura museal de la que afirma “se basa en la falsa creencia […] de que los fantasmas se pueden aprehender justamente allí donde, cuando vivían, dejaron de existir. […].” Y se pregunta: “¿No dan pie a la sentimentalidad esos renovados restos de viejos horrores […], no apartan del objeto hacia el que sólo aparentemente encauzan la atención y llevan a una complacencia en los propios sentimientos?” Didi-Huberman parte de este mismo planteamiento ante la supuesta reconstrucción del campo, ante las explicaciones guiadas a los visitantes, los retoques que han sufrido las cuatro fotografías que constituyen “los únicos testimonios visuales de una operación de gaseamiento en el momento mismo de su desarrollo” o ante la conversión de uno de los barracones de prisioneros en caseta de venta de souvenirs. Para el autor cualquier alteración en aras de una mejor pedagogía constituye un falseamiento de las pruebas, como bien demuestra al explicarnos que la alteración de la luz de estas fotografías elimina el indicio de que habían sido tomadas desde el umbral del horno crematorio. Con enorme lucidez Didi-Huberman aboga por el paseo en solitario por los lugares del horror y por lo que él llama “el punto de vista arqueológico […] comparar lo que vemos en el presente, lo que sobrevivió, con lo que sabemos que ha desaparecido.”

© Anna Rossell

POESÍA DESDE LA ENTRAÑA

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Cysko Muñoz
El tiempo ya no importa
La Garúa, Santa Coloma de Gramanet, 2014, 90 pp.

por Anna Rossell

Dividido en tres partes, Cronología de un comienzo, Historias del miedo y otras causas y Cronología de una despedida, este poemario de Cysko Muñoz (Barcelona, 1976) es la crónica de la lucha contra el tiempo, un pulso entre la voz poética y la vida.

La dedicatoria que abre el libro, A mi padre//por hacer tanto/con tan poco, nos orienta en cuanto al referente: la figura del padre que despierta en su hijo admiración y respeto inmensos por su perseverancia y valentía ante los embates de la existencia. Como él, la voz poética se enfrenta a su propio combate en su trayectoria vital. De este combate, de las victorias y las derrotas, y de la pelea constante –sobre todo de ésta última- nos habla el poemario.

El sujeto poético se presenta a sí mismo como inconformista con el mundo que conoce y, a modo de declaración programática, manifiesta su firme intención de cambiarlo. Ya en el primer poema, que encabeza el título Cronología de un comienzo, como si de su propio nacimiento se tratara, afirma: Hace tiempo ya que escribo/para desordenarles el nombre/a las cosas (El desorden). La primera parte se inicia con lo que parece ser un estudio topográfico de los obstáculos con que la voz poética intuye que pueda tropezarse el ser humano en su periplo, la localización de las trabas que pudieran impedirle vivir con dignidad. Así, en una exhortación universal, se rebela contra la apatía y el conformismo: No deberíamos permitir/que lo único que nos pase//sea el tiempo.// […] Deberíamos gritar.// Y reventar a patadas/los sillones (Refugios). Pero inmediatamente el poemario toma un giro personal que en cada verso deja entrever el desencanto, el malestar, el dolor y la angustia del sujeto poético, el desengaño ante la constatación de que lo más precioso es efímero y sucumbe a las embestidas del tiempo: […]/porque ya no sé en qué/esquina está el frigorífico/ni dónde olvidé los recuerdos/ni cómo sonaba el eco/de los abrazos (A cuestas), o bien: Hoy he nacido el día/pensando que todo se rompe./Todo lo que dejamos en un estante,/encajonado.//El tiempo lo quiebra//[…]//[…] las promesas,//los cuidados.//, sin embargo intuye una posibilidad de salvación, pues prosigue: Si no se mueve, se rompe (Pedazos). Con todo, el dolor del alma atormentada que se desnuda en los poemas -Mi dolor, como/ropa tendida/en una calle […] para que todos lo vean/para que entiendan/que hace frío […] (Tendiendo cometas)- manifiesta una tenue esperanza, la llama que con insistencia se nos exhorta a mantener viva, la advertencia de que el mayor enemigo de la armonía, de lo más entrañable, es el inmovilismo, el abandono, la desidia: Deberá llegar la paz/un día,/desabrochar los botones/y respirar hondo […]//detener/la prisa y la angustia,/asfaltar de calma las calles/inundar los pulmones de aire//y para que no se quede/varada el alma//andar (Deberá llegar). Hay en los poemas de Cysko Muñoz una incitación a vivir con determinación, la advertencia de que poner cortapisas a los influjos externos por temor, para autopreservarse, es no vivir, de que la vida es riesgo y está reñida con Mi plan para ordenar/el mundo (Mi absurdo plan): […]/juégate al 7 negro/las tiritas de una vida/pierde el miedo a perder/y con la carne en carne viva//dobla la apuesta//rompe el tablero//o siéntate a mirar/como/te pasan los días por delante// y como llegas tarde/a tu propia vida (Al 7 negro). O bien: […]//Que a la ilusión/le gusta andar descalza/y bailar desnuda/hasta convencernos/de que nos tenemos que volver a enarbolar.//Que es en nuestro pecho/ donde se ocultan las raíces/del arco iris/y que el sol brilla más fuerte/para quien deja sus puertas//de par en par (Ojos de ballena). El miedo a la muerte espiritual por mano propia es recurrente: […]//He gritado sobre una silla/y no me ha escuchado nadie que/yo también me dejé morir.//He gritado que necesito//hoy//saciar esta sed de mí/que tengo. […] (En los espejos). O bien: […]//me repite que no se puede aprender/a ser original/que deje de inventarme escondites/si quiero ser de verdad/[…]//Me persigue el muerto (El muerto)

El sujeto poético expresa un anhelo vehemente de autenticidad, una búsqueda del yo, que se encuentra como conclusión a partir de la autocrítica. En un diálogo de la voz poética consigo misma se descubre el aprendizaje de que la clave de la seguridad está en la propia persona: Andas a la deriva/buscando una pupila/ que acierte en ti.//Y aprenderás/más tarde de lo que quisieras//que sólo tú//eres tierra firme (Sólo en ti). La misma idea se manifiesta en el plano literario, claramente extrapolable: Me paso el día buscando versos/y las palabras se ríen de mí/[…]//y me descubro/espiando a otros poetas,[…]//Y entonces me doy cuenta de/que yo no puedo escribir/como ellos.//Que yo no puedo escribir/como nadie./Que yo sólo sé escribir/si soy yo/quien se asoma y se incendia/en el/borde/del poema (Poética etílica). El poemario es testimonio de la escritura como herramienta para la autoobservación, la autocensura y el autoconocimiento: […]//Los días como hoy//tan raros//me quitan el hambre//debo masticar muy bien/para no atragantarme//con mi parte de culpa (Mirándome).

Si bien el sujeto poético dirige la mirada en primera línea hacia sí mismo, en algunos momentos también observa el mundo para reprobarlo. Así cuando se lamenta por las deshumanizadoras consecuencias de la aceleración en lo cotidiano o por la desespiritualización a la que aboca el consumismo: Dónde queda el alma/si esta vorágine no/tiene ya costas. […]//Dónde queda el verbo,[…]/si mutilamos un te quiero/en teléfonos frenéticos […]//Dónde queda el latido,/si se busca en las bolsas/de los centros comerciales/o en las prisas de los/pasos de peatones […] (Tiempos extraños). O como cuando caracteriza la escuela como el lugar donde le programan a uno para la muerte en vida: Vivir en esta jaula de peces vestidos con traje gris […]/Entregar el aliento de tu vida, cuarenta horas a la semana (La escuela) y se subleva con distancia irónica contra los lemas que supuestamente han de garantizarnos el éxito: Protege bien/tus intereses/todos los que te rodean/se quieren aprovechar de ti […]//-no te muestres, no te exhibas-//[…] (Divide y vencerás)

A modo de homenaje a quien es su referente en la vida, Muñoz cierra el libro con una serie de poemas en recuerdo de su padre que no se rindió nunca (Profecía) y al que ve desvencijado por la vejez y la enfermedad: […] Los dientes sin tenaza//desarmados.//Los ojos derramándose/en el vértice del sueño[…] (Sala de espera); Conozco la sombra/negra y espesa/que han dejado en sus ojos/los narcóticos (Los grillos), pero ni en los peores momentos vencido, jamás vencido: […]/Derrame cerebral/Ni el cáncer de huesos/ni su puta madre//le iban/a decir a él/lo que tenía que hacer (Ni una derrota). Y concluye, en agradecimiento a su legado: […]//Las manos de mi padre/nacieron ya viejas/cultivadas entre/fanegas de injusticia/y de miseria/pero siempre supieron/plantarle cara a las lágrimas/con un golpe en la mesa//[…]//Las manos de mi padre están en mí (Las manos de mi padre).

Cysko Muñoz es una de las voces emergentes en los últimos años en el Slam Poetry de Barcelona (España). Dirige el Slam poético Periferic Slam Poetry Sant Boi y actualmente conduce, además, junto con Marc García, el Slam Poetry de El Prat del Llobregat, “una competición poética, un combate de boxeo a golpe de versos”, que se organiza periódicamente en el Baix Llobregat, en la que los/las participantes se miden ante un público-jurado, que selecciona a los/las mejores. Este tipo de poesía, larga (tres minutos) y rebelde, que se recita de memoria y tiene un elevado componente teatral, forma parte ya de los escenarios poéticos urbanos en todo el mundo y gana cada vez más adeptos entre un público de todas las edades.

© Anna Rossell

LA OTRA PARTE DE LA HISTORIA

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Hans Magnus Enzensberger
Europa en ruinas. Relatos de testigos oculares de los años 1944 a 1948
Trad. del alemán de Begoña Llovet Barquero
Capitán Swing, Madrid, 2013, 388 pp.

Europa en ruinas (Enzensberger)

por Anna Rossell

Siempre he considerado un privilegio poder conversar con testigos vivos de una Historia que a las generaciones posteriores no nos es dado conocer sino a través del trabajo de los historiadores. No es que tenga por más valioso el testimonio de los primeros, pero sí lo creo un complemento indispensable de lo que leemos en los libros. Desde luego la ocasión se ofrece pocas veces y poco tiempo y hay que aprovecharla antes de que desaparezca para siempre la oportunidad. Es un complemento porque lo que cuentan quienes vivieron los hechos o los testimonios oculares inmediatos a los hechos no se encuentra en los libros de historia. La crónica directa narra impresiones normalmente impactantes en tanto que se acerca a las opiniones de la gente de la calle, la que ha sufrido las consecuencias de una catástrofe, sea cual sea su naturaleza, es la descripción de su día a día, se aproxima al padecimiento, a la desorientación reinante.

Este libro de relatos de testigos oculares –reportajes- del último año de la Segunda Guerra Mundial y de los primeros años de posguerra es un pequeño gran tesoro en este sentido. Quien recopila estas crónicas, el renombrado periodista y multilaureado escritor alemán Hans Magnus Enzensberger (Kaufbeuren, 1929), consciente del valor que tienen los testimonios que recoge, ha querido dejar constancia escrita para la posteridad del estado material y espiritual de Europa en aquellos aciagos años. Hay que agradecer el esfuerzo, aun cuando aquella guerra nos parezca distante -aunque precisamente por ello tenga más valor aún-, puesto que su lectura nos confirma lo que ya muchas veces se ha observado –como ya apuntó Bertolt Brecht refiriéndose al personaje de su Madre Coraje-, que “el hombre aprende de las catástrofes lo que el conejillo de Indias sobre biología” y que el recuerdo de la desolación y el sufrimiento causados por el ser humano en el mundo debe ser mantenido constantemente como alerta.

Si bien en los años de la posguerra inmediata el género del reportaje en la literatura de expresión alemana se cultivó con frecuencia, no sólo entre los periodistas, sino también entre los escritores en general por ser el registro más adecuado a la necesidad espiritual del momento, y aunque recopilaciones de estos textos se publicaron algún tiempo más tarde en forma de libro, lo cierto es que son escasas las traducciones que de aquellos reportajes han llegado fuera de los países de lengua alemana. También aquellos documentos –reportajes, cuentos o narraciones a caballo entre ambos géneros-, que reflejaban sobre todo la vida cotidiana y la mentalidad de la Alemania vencida, escritos en su mayoría por alemanes contrarios al nacionalsocialismo, merecerían darse a conocer fuera del estricto ámbito de interés del específico erudito. Pero Enzensberger ha optado con inteligencia por excluir a autores alemanes de los relatos por él recopilados, para intentar transmitir una mirada emocionalmente menos implicada en lo descrito, y ha extendido los lugares objeto de las crónicas más allá de las fronteras de Alemania para ofrecer un abanico más amplio, objetivo y justo, y dar una idea cabal de la destrucción. Así –con excepción de Döblin que como judío y socialista tuvo que huir del país y adoptó en 1936 la nacionalidad francesa- intervienen en el libro autores y periodistas extranjeros que cubrieron las noticias de los últimos coletazos de la guerra así como de las que siguieron al conflicto: Martha Gellhorn, A.J. Liebling, Norman Lewis, Janet Flanner, Robert Thompson Pell, Edmund Wilson, Alfred Döblin, Max Frisch, Stig Dagerman John Gunther. Los lugares: Nápoles, París, Nimega, Colonia, Londres, Renania, Dachau, Roma Milán, Atenas, Creta, Suroeste de Alemania, Múnich, Frankfurt, Núremberg,Varsovia, Berlín, Viena, Praga, Budapest, Belgrado, Königstein. Ellos toman el pulso a lo que sucedía en las cámaras de tortura en los sótanos de dependencias parisinas tomadas por la Gestapo, se acercan a la opinión de algunos alemanes sobre las Fuerzas de Ocupación y de su política, nos ayudan a comprender la farsa en muchos casos y la dificultad de los llamados Procesos de Desnacificación, nos acercan a la autojustificación de muchos ante lo injustificable de los años de terror nazi, el abandono de tantos judíos a su suerte por parte de tantos ciudadanos alemanes, nos permiten presenciar la amnesia colectiva de tantos, obstinados repentinamente en ignorar y hasta en negar la realidad, asistimos a la negación generalizada de la evidencia: ya en abril de 1945 Martha Gellhorn constata cuando llega a Renania “nadie es un nazi. Nadie lo ha sido jamás. Tal vez había un par de nazis en el pueblo de al lado y sí, es cierto, esa ciudad a 20 kilómetros de aquí era un verdadero nido del nacionalsocialismo. Para decir verdad, en total confianza, aquí había una gran cantidad de comunistas […]”. En definitiva, contemplamos y reflexionamos contemplando la vida y la muerte entre aquellas ruinas, escenas que en algunos momentos adquieren trazos de grotesco surrealismo. Quien quiera conocer los repliegues de la Historia deberá documentarse en este tipo de textos, que, por escasos, adoptan una relevancia especial. Son sencillamente indispensables.

© Anna Rossell

LA PUBERTAD DE LOS PADRES

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Michele Serra, Els escarxofats.
Traducción de Anna Casassas, La Campana, Barcelona, 2014, 132 págs.
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por Anna Rossell

Una lectura ligera, amena, fresca, este libro de Michele Serra (Roma, 1954), periodista, prolífico escritor, autor televisivo y humorista italiano, que aborda en esta novela el espinoso tema de las relaciones paterno-filiales en el siglo XXI. No es una temática fácil, y ningún mejor registro que el que Serra domina: la sátira, la fina ironía, el humor, para asumir en primera persona, desde la empatía, el rol del padre sin naufragar en la travesía. Sale bastante airoso.

Els escarxofats –Los cansados (Algaguara, 2014)-, título engañoso que prepara al/la lector/a para visualizar el alma de la generación joven, no es únicamente el retrato del hijo y de aquellos a los que éste representa, sino también -y sobre todo- el de los padres. Porque el texto, concebido como un largo monólogo de un padre dirigiéndose a un hijo en plena efervescencia adolescente -que monopoliza obsesivamente su pensamiento- viene a ser como la crónica de una gran frustración del progenitor: la frustración de una relación que el padre -cualquier padre de nuestro entorno y de nuestra actualidad- desearía fervientemente que fuera otra, cálida y cercana. Conocemos, pues, al hijo únicamente a través de la mirada paterna y, más aún que al hijo, conoceremos al padre, también él representante de toda una generación de “postpadres”: es él quien se manifiesta, es él el decepcionado y es él, en definitiva, quien nos hace testigos de su desencuentro, de sus momentáneas dudas educacionales. Consciente de que lo que le hiere y lo enoja puede ser precisamente el fruto de una educación conscientemente aplicada por principio, antiautoritaria, permisiva y liberal, la voz narradora reflexiona en su impotencia: “¿A quién preferirías encontrarte delante, a alguien que habla una lengua clara pero que no es la suya, o bien a alguien que habla su lengua pero que no entiende qué diablos dice? […]. Si no ejerzo el poder no es únicamente por pereza […]. Es sobre todo porque en el poder, tal como está estructurado desde antes de ti y de mí, ya no puedo creer. De modo que no puedo engañarme a mí y así engañarte a ti”.
A modo de colofón de los largos monólogos que conforman los capítulos, ejerciendo de interludio entre ellos, recorre todo el libro un leitmotiv: el deseo del padre de hacer con el hijo una excursión al Cerro de la Nasca, una empresa que el primero tiene por el hito significativo de acercamiento entre los dos y que se propone como objetivo de su vida. El logro final de este hito otorga el premio deseado a los esfuerzos de un padre que no renuncia a su modelo educativo, a pesar de los conflictos que éste conlleva.

Formalmente el texto rezuma la frescura de una voz narradora que se expresa con la dosis de humor necesaria para contemplar su problema con la distancia suficiente para no desesperar y mantener viva la ilusión de que un día el entendimiento generacional, la comunicación, será posible. El obstinado soliloquio del narrador -sustituto de la añorada conversación con el hijo- se interrumpe en algunos momentos con la intercalación de la narración de la “Gran Guerra Final” -la que libra en la imaginación del padre el ejército de los Viejos contra el ejército de los Jóvenes-, un ingenioso recurso del autor para romper la uniformidad estilística. A menudo reproduciendo con intención crítica el lenguaje del hijo, otras veces por un gesto de propensión cariñosa hacia el criticado, el yo narrador se deja contaminar por el registro lingüístico del hijo consiguiendo un resultado simpático que hace del libro una lectura atractiva tanto para hijos como para padres.

© Anna Rossell