CUANDO LA CRÓNICA SE HACE POEMA

Josep Piella Vila,

El caminante de hojalata

Playa de Ákaba, 2015, 78 págs.

por Anna Rossellel-caminante-de-hojalata

Un privilegio la lectura de este poemario de quien se autodenomina “escritor emergente”, pero que emerge con un sello personal de gran fuerza y calidad. Josep Piella Vila (Sant Quirze Safaja, 1970) ha ganado merecidamente con El caminante de hojalata el I Premio de poesía de la editorial Playa de Ákaba.

La metáfora del caminante conduce a la voz poética por momentos, lugares y situaciones vitales que la confrontan con el dolor, el sufrimiento, la pérdida. A través de los sesenta y siete caminos de que se compone el poemario se nos invita a participar de un periplo que nos permite la vivencia directa de experiencias duras, pero necesarias.

Con mirada fotográfica, aparentemente ecuánime, Piella observa el malestar del mundo. Sus temas: la soledad, la incomunicación y el anonimato en la gran ciudad: Está anocheciendo y estoy perdido/entre una multitud de calles sin nombre (Camino XI), el lado oscuro de la naturaleza humana: […] me asusta esa/corta distancia que hay entre mi ética y el infierno (VIII), o bien: El hombre siempre ha creído que el universo empieza/y acaba en su ombligo (VI), la guerra, la destrucción, el hambre: Los camiones llegan a la ciudad/para repartir comida al ejército//Llevan muchos días sin comer//Una niña con un osito de peluche ahumado/entre sus brazos espera a cierta distancia//Su familia ha desaparecido con los últimos bombardeos (LVIII), la desigualdad social y la falta de empatía: Hay una cola de vientres tristes en los containers/[…]//En la esquina una mujer con un vestido rojo […]/hace cola/para comprar una entrada para la ópera (XLIX), la ecología: Voy medio dormido por un laberinto/de canales venecianos //[…]//A lo lejos solo se oye la voz al dente/de mi gondolero y el golpeteo de su remo/mientras aparta los peces muertos a/nuestro paso (XVI), la cotidianidad del mal y de lo terrible: En el piso de arriba el cuerpo de su hija enferma cuelga/ […] //Supongo que esa es una de las horas más tranquilas/del día para morir y uno de los mejores momentos/para dejar de fumar (LIV), la crueldad hacia la condición femenina: La casualidad me lleva hasta una plaza/donde un grupo de hombres con las/manos cargadas de ira rodean a una/mujer desnuda//[…] nadie se atreve a tirar la primera piedra,/es la más difícil, luego la culpa se reparte […]//Jamás una piedra ajena me había/golpeado con tanta crueldad (XXXIX).

Cada poema se lee como una crónica periodística –textual y gráfica- de una voz itinerante, siempre en solitario, por paisajes desolados y situaciones inclementes, que al cabo también protagoniza la soledad –recuerda la mirada de Edward Hopper-: Esta noche duermo solo/[…]/Solo queda silencio//Busco los personajes de todos los cuentos/infantiles para prenderlos en la hoguera y/dar calor a tanta ausencia (Camino III), a veces la soledad llega a la desolación: Estoy a tantos kilómetros de nada/[…]//Tengo miedo a tanto espacio/inmóvil (IV).

 

El estilo es descriptivo, el primer verso de cada poema nos sitúa con magistral concisión in medias res y da fe de la andadura del sujeto poético: Está anocheciendo y estoy perdido (XI), Espero en las sillas de la terminal (XXXVII), Viajo toda la noche en el autobús (XLI), Llego hasta la única calle del pueblo (LIV). Su registro es realista -la excepción confirma la regla-, sobrio, lacónico, y sin embargo Piella usa y hace buen manejo de las figuras retóricas. El sujeto poético es un observador riguroso, implacable y juega con el contraste para poner de manifiesto la escandalosa desigualdad, sus conclusiones son lapidarias: Así es nuestra existencia, […] hay en la muerte un poco de vida y en la vida un/poco de muerte (XII), La soledad es esto,//tiempo sin esperanza (XIII). Piella echa mano de la estética de lo feo, tan en consonancia con su temática: Camino por los suburbios de la ciudad […]//Una mujer da a luz en una fábrica abandonada. //[…]//Desde la esquina más oscura una rata/se acerca hasta sus piernas […]//Hay momentos en los que uno cree haber llegado al final de todo (XLIII).

Parece que la voz es imparcial, que se limita a la descripción de lo que ve. Pero es lo que ve lo que delata la profunda afectividad y empatía de la voz poética, a lo que remite la segunda parte del título de hojalata: metal especialmente sensible a la agresión exterior. Nunca la ecuanimidad formal ha estado más lejos de la indiferencia.

© Anna Rossell 

CAMINANTE, NO HAY CAMINO…

Portada del poemario "A recer de les ventades" ("Al abrigo de los vientos")

Portada del poemario “A recer de les ventades” (“Al abrigo de los vientos”)

Mercè Amat Ballester
Al recer de les ventades (Al abrigo de los vientos)
Ediciones Xandri, 2015, 63 pp.

por Anna Rossell

Dividido en tres partes: “Deriva”, “En medio de las pequeñas cosas” y “Al abrigo de los vientos”, este poemario, en catalán, de Mercè Amat Ballester da fe de una vocación que ya se trasluce del recorrido intelectual de la autora. Licenciada en filosofía, ciencias religiosas y poeta, Mercedes Abad compone un poemario intimista, reflexivo e introspectivo, que rezuma espiritualidad en el sentido más amplio de la palabra. “Al abrigo de los vientos” es un recorrido por las estaciones anímicamente bien diferenciadas de una trayectoria vital, en sus inicios confusa y sin norte, que encuentra gradualmente abrigo En medio de las pequeñas cosas, para llegar a la calma que da una madurez que ha sabido sacar fruto de la maestría de la vida. Amat nos lo anuncia desde el principio: “Se han abierto las ventanas y las puertas de los años./Y, ahora, sé muy bien que ya no me ronda el infortunio”, nos dice la presentación del poemario, e inmediatamente, a continuación, como prosiguiendo una frase inacabada, abre la primera parte del libro poniéndonos en antecedentes: “Pero hubo un primer tiempo de Deriva”, remarcando en negrita el nombre con el que inicia su travesía poética.

El sujeto poético inicia el ciclo con una mirada retrospectiva desde el momento actual hacia el pasado, haciendo balance de una fase existencial dolorosa de desencanto, que, si bien lacerante aún, parece haberse cerrado. Ya en este primer momento la palabra, el nombre de las cosas -un campo semántico que recorre como un leitmotiv todo el poemario- se nos presenta como el crisol de la (in)consciencia, como espejo del espíritu y esencia de la vida. El logos estructura el pensamiento, pero juega también un papel crucial en la cristalización de la emoción y del sentimiento. Así, este primer poema gira en torno a la palabra y de su poder emocional, sea pronunciada o sólo pensada -no dicha-: “Hubo palabras no pronunciadas. / Se deslizan por el fango de un subsuelo inefable. / Aquellas otras, erráticas, que fueron dichas, / violentan el silencio haciendo un estropicio: / […]”. O bien cuando escribe, dirigiéndose a una segunda persona: “No nos ha hecho falta decir muchas palabras. / Bastó con lo que los rostros expresaban / para saber qué prevalece entre los dos: / lo irreductible de un vínculo imperceptible / que nunca nos deja ser proscritos”(“Raíz”). Incluso el gesto no verbal, la caricia, deviene logos: “Son tantos los nombres de ayer que fueron dichos / las caricias, […]” (“Cielo caído”). Y configura la materia prima del amor o el desamor: “Debería dejarte atrás /[…]/ Dejarte atrás y a distancia, / donde las palabras no te busquen, no te añoren y ni siquiera / sepan llamarte nuevamente”(“Grito adentro”), o bien: “Tus palabras me deshabitan, / al desfavorecer los celos de unos afectos / que permanecen enredados / a la quimera de un amor que, hoy mismo, / hemos creído recomenzado. / Vapor recluido de unas palabras, / que suben de la tierra bajo olvidos, / […]” (“Devuélveme”). Cierra este ciclo de desencanto un poema extremo que alcanza el clímax de la deriva, del que sólo se puede salir reafirmado o dejando de existir: “Nada detiene, cuando todo parece desierto, / lo que la piel inscribe espíritu adentro” (Nihilismo), pero la voz poética sabe que sólo el duelo profundo de la pérdida puede redimir de la fatalidad cuando concluye: “Pero resurgimos de entre la debilidad / y las cenizas, donde parece que el desasosiego / se ha aferrado en un continuo estado de alerta /[…]/ cuando se incendian / las ganancias irrevocables de las vidas./ (Nos harán falta ahondadas inmersiones / en la laguna de la ausencia y del dolor / para poder ahuyentar tanta impostura)”.

Este proceso de duelo se revela como necesario en el camino hacia la madurez, otorga al yo poético una extrema sensibilidad que le permite regocijarse en el gesto sencillo, en el matiz, en “la cata que hacemos de un mundo que desconocemos. / Cosas sencillas que conviven /[…]// La voz, el tacto y la caricia en un paisaje. / Un gesto amable. / El beso preciso. / El despertar de los ojos, la mente inquieta / y una sonrisa asentada en la mirada / […]”, como dice el primer poema del segundo ciclo. Y a partir del detalle minúsculo el sujeto poético crece, construye a partir de las cenizas, que aún guardan una brizna de positividad, y aprende hasta renacer: “Ponle aún más nombres a las viejas imágenes / y repite para ti tantas palabras / que casi desaprendido, casi” (“Aprender”).
Otro de los leitmotivs que transporta el poemario es el campo semántico en torno a la danza, al juego, a veces envuelto en la metáfora del vaivén de las olas, como sugiriendo el movimiento de avance y retroceso que nos lleva por la vida “como el mar que recomienza siempre / y se inclina sobre la arena”(La danza), una lección que nos da la naturaleza, la observación del mar, ya a la tierna edad de la infancia: “[…] / el agua del mar te espera con olas abatidas /[…]/ El chasquido continuo de una espuma fresca / y juguetona que se mezcla / con saltos y risas de una vida confiada “(Niño). O bien cuando ese movimiento es “en nuestro interior, un balanceo que nos vela / y se afana por abrirnos puertas / […]” (“Encuentro”).
La palabra, el nombre, que en el primer ciclo de poemas estremecían el alma angustiada, ahora devienen amables y provechosos: “[…] / Y en las manos, palabras empeñadas en nombrar / otros mundos posibles. /[…]/Miradas despiertas y encendidas, / tras puertas que pueden abrirse./ […]” (“Rambla abajo”). O bien: “A punto para la revuelta / que haces contra un mundo que rechazas hace tiempo. / A punto e insatisfecho / para una lucha que nombra con otras palabras / lo que todavía nos interpela / y puede ser vivido sin trastornos / […]” (“Sin extrañarte”).

El leitmotiv del vaivén está presente aún en el tercer ciclo, que, con el título que la autora escoge para todo el poemario, da a entender que la voz poética ha llegado a buen puerto en su lucha contra los embates de la travesía. El sujeto poético se presenta ahora como un espíritu inquieto, pero ya no afligido ni angustiado, sino ansioso de saber y de aprender siempre más hasta encontrar el reposo, un reposo que metafóricamente queda recogido en el hogar: “Es agradable la cadencia / de las olas cuando rugen / y espumean al atardecer, / bajo la mirada atenta de una luna / que quiere saber quién es / aquél que, en medio de tinieblas y ruidos, / busca constantemente .//[…]/ Y contra las rocas, gritos / de unas olas que luchan / para encontrar su hogar / […]”, leemos en el primer poema del último ciclo. Y la lenta y persistente caída de la lluvia sugiere a la voz poética la creación de mundos nuevos a partir de la palabra, que ya se ha convertido definitivamente en una herramienta de demiurgo: “[…] / Cae plácidamente; / y, poco a poco, una danza la empuja al movimiento / una danza que del aire con sonidos reverberados /[…]/ el rumor de creación y el continuo nacimiento / de los primeros nombres en una mente / que no descansa y descubre / [ …] / dando a conocer cuáles son los caracteres / expresados en las palabras, tan expectantes / de una sabiduría que, en nosotros, despunta irrenunciable, / […]”(Expectación). Ya no hay grietas en este último tramo de la vía, que sigue con decisión hacia su objetivo porque “vamos presintiendo cuál es el último camino / que otorga nombre a todo y, al fin, nos libera” (“El caminar de la conciencia”). Hasta puede llegar a reencontrar la luz y el calor amoroso “Si tus manos se deslizan con deseo todavía / y buscan profundamente los faros; / si inquieto atraviesas las aguas del olvido, / ante quien, en la distancia, / te habla de muy cerca, / verás como el amor nos ha crecido / al abrigo de los vientos” (“Canto primaveral”). Y el poema, como la propia voz que habla en primera persona, evoluciona y hace camino, sin estancarse nunca, en un recorrido edificante y restaurador. Y, en el poema, las palabras: “El poema nunca se cierra ni se abandona / en el suelo, mudo, inerte y solitario! // […] // Y así, son también las voces de la palabra: / líneas alargadas reversibles / que pueblan el fondo del alma / y la relatan, irrepetible!” (“Voces de poema”).
El poemario se cierra haciendo inventario positivo de lo vivido: “ahora que la mirada no cierra ninguna puerta / a un pasado que volteo las voces con quien razona; / ahora, sobre todo, que el gesto es de medida breve / porque ya nada no es de más, sepas amigo, / que hay propósitos esperándonos en mosaicos nuevos, / hechos de palabras nobles”(“Ahora”).

“Al abrigo de los vientos”, el primer poemario de Mercè Amat Ballester, publicado por ediciones Xandri, un nuevo sello editorial nacido en octubre de 2014, se incorpora a las letras catalanas con la fuerza de la buena poesía. Sería recomendable su traducción al español.

© Anna Rossell

LOS YOS QUE SOMOS

Carles DuarteAlba del vespre (Carles Duarte) 2Alba del vespre (Carles Duarte) 2Alba del vespre (Carles Duarte) 2Carles Duarte
“Alba del vespre” (“Alba al anochecer”),
Poesía 3i4, Barcelona, 2013, 48 pp.
por Anna Rossell

El último poemario de Carlos Duarte, “Alba del vespre” (“Alba al anochecer”), viene enmarcado por dos citas, una a modo de introducción, de Empédocles (“Sobre la naturaleza”, citado en Sexto Empírico, Contra los matemáticos, VII, 124): “Rápidos en morir, en la vida / no vislumbran más que una pequeña parte de la vida, y como humo / alzando el vuelo se desvanecen, confiando sólo / en lo que cada uno encuentra por azar / vagando por todas partes, y todos se jactan / de haberlo descubierto todo “, y la otra, que cierra el pequeño volumen, de Aristóteles (Poética, 21, 1457b22): “Lo que la vejez es en relación a la vida, lo es también la tarde con respecto al día. Se puede decir, pues, que la tarde es la vejez del día, o, como Empédocles, que la vejez es ‘el atardecer de la vida’ o ‘el crepúsculo de la vida “. La primera nos prepara el espíritu para la lectura, la última, a modo de conclusión, nos ratifica lo que hemos ido asimilando en el transcurso de la lectura. Ellas son los puntales que dibujan el trasfondo filosófico en que se nos despliega el universo espiritual de la voz poética: la pequeñez del ser humano y la fugacidad de la vida, una realidad que recoge Aristóteles en el paralelismo que formula entre la luz y la oscuridad, entre el día y la noche, y que el poeta muy significativamente emplea en el título en forma de oxímoron: “Alba al anochecer”. Porque, la viva luz que acompaña la caída del día, también ilumina el crepúsculo de la vida y ejerce con su brillo rojizo un poder de atracción en el que la contempla que le devuelve al seno natural de donde procede: “Hechos de la Tierra / somos un retorno, / ya sin tiempo, / al mar, […]” (“Mares entre los astros”). Animado por la “nostalgia de universo”, el sujeto poético se complace en la visión de escenarios naturales que cautivan y alimentan la introspección, un diálogo consigo mismo que da a la voz poética la conciencia del nexo que la une con el paisaje hasta llegar a fundirse en él y formar parte de él, “la conciencia de un yo menor integrado en un yo mayor”, como decía el poeta en la entrevista que le hacía Jordi Nopca con motivo de la publicación del poemario (ARA, Sábado, 22 de junio de 2013). Como cuando dice: “El universo no está fuera de nosotros; / Nos construye, / lo construimos, / nuestro cuerpo, como el fuego, lo transforma” (“Tensho”).
Heredero de la tradición impresionista: “[…] celebramos en silencio este instante / tan puro, tan frágil, tan fugaz […]” (“Oro y magenta”) y simbolista, la voz poética se entrega a la evocación sensorial, se recrea con la vista: “Desciende la mirada hacia los campos de olivos […]” (“Olivos”), con el tacto: “Pisamos la tierra venerada, / de donde resurgimos después de cada muerte, / arena entre los dedos del aire “(“Los árboles”) o el oído: “Un canto antiguo / como un cristal de luz / atraviesa el aire” (“El canto”), para leer los signos ancestrales del paisaje, en plena comunión y sintonía con él, el enigma existencial de sus orígenes, el lenguaje que lo acerca al absoluto, casi a la trascendencia: “[…] / esa voz ya estaba antes del cuerpo, / como si aquel llanto o aquel deseo / nos conmoviera por existir de nuevo / […] // El canto antiguo donde estamos, / donde estábamos” (“El canto”). O bien: “Hijos de Dios, padres de los dioses / ser y morir no nos basta: / necesitamos el sueño, […]” (“Los dioses y los nombres”).
La contemplación del paisaje y de los astros proporciona a la voz poética la verdadera medida de la existencia humana en su calidad de fugaz y eterna, pequeña e inmensa vez: “Somos navegantes de un océano de sueños / hacia un destino de hielo o fuego. // Miramos la noche, miramos el paso de los astros; / Lo nuestro es vivir y lo nuestro es la muerte / para que otras vidas sean; / El ciclo nace y se consume; […]” (“Océano de sueños”) y contemplando los colores de un crepúsculo reflexiona: “La felicidad y el abismo que nos unen / los sueños que éramos, / la nostalgia de infinito que somos, [… ]” (“Oro y magenta”). Se hace patente la intuición de que el recorrido vital del ser humano no se agota con la muerte ni comienza con el nacimiento, como si nuestra existencia -parte de un común proyecto cósmico de algún demiurgo- tuviera sus orígenes antes de la conciencia y sobrepasara el tiempo que la muerte trunca: “Ávidos de vida, / sedientos de horizonte / somos un gesto del paisaje. // No hay sino una ruta / y en el paisaje reencontramos. nuestra antigua existencia // Mirando los astros, / sentimos nostalgia de universo. // […]” (“Navegando a través de las estrellas”).
Mención especial merece la percepción del tiempo, que se manifiesta en una pérdida continuada. La vida de un ser humano se compone de una cadena de yos, siempre diferentes y en evolución: “Somos multitudes en la mirada. // ¿Qué queda en este yo de hoy / de todos los que fueron, / de nuestros debajo de antes, / los otros bajo que eran? […]” (“El yo que duerme”). Pero no hay lamento en la pérdida, la pérdida es a la vez un renacimiento, una renovación constante: “[…] perdemos sólo aquello que poseemos” (“Océano de sueños”). O bien: “Vencido por la onda poderosa / que toma nuevo impulso / contra mi cuerpo ya exhausto / hasta rendirme, / hasta extinguir el aliento / de donde resurgía el sueño” (“Alba de la tarde I”) .
La maestría de Empédocles no se limita a la cita inicial del poemario, sino que parece conducirlo de principio a fin: el ser humano, un microcosmos, concebido como un resumen del macrocosmos universal – “un yo menor integrado en un yo mayor “-, con el que comparte los mismos elementos, se acerca a este macrocosmos y lo comprende (lo integra) por simpatía, en el sentido etimológico de la palabra: “Lo parecido conoce lo semejante” (“Empédocles”). El poemario rezuma palabras que nos remiten a los cuatro elementos, la materia prima que nos ha hecho y a la que retornamos: el fuego (con sus variantes: el crepúsculo, el sol, el rojo), la tierra (la arena, el barro, el campo, la arcilla), el aire (el viento) y el agua (el mar, la ola, el océano, la lluvia), que un estudio más profundo nos permitiría asociar simbólicamente con otras palabras no relacionadas aparentemente, muy recurrentes en Duarte, que hace un ejercicio de altísima depuración lingüística para construir un mundo poético de una inmensa riqueza metafórica y alegórica con las palabras más esenciales: luz, amanecer / amanecer, abismo, sueño(s), anhelo(s), horizonte, nostalgia, piedra, roca, hielo, noche, muerte, cuerpo, piel, ojos, astros / estrellas. Pero es el mar el que adquiere un protagonismo axial, el lugar de donde provenimos, ante la inmensidad del cual tomamos conciencia de nuestra pequeñez, a veces alegoría de la vida, otras -como en “La muerte en Venecia” de Thomas Mann, de la muerte.
El tono melancólico que atraviesa el poemario no es, sin embargo, sinónimo de tristeza, la melancolía es el estado de ánimo necesario a la voz poética para sumirse en su introspección -en un monólogo íntimo o haciendo uso del plural inclusivo-, para abordar la búsqueda de sí mismo, que lo hace más sabio y lo devuelve al universo sideral al que pertenece: “Ya no existe lo que fue, sino en nosotros / y en la fruta que cosechas y saboreas, / las formas que la arcilla esculpió / para que la vida convocara la vida” (“Tensho”).
Carles Duarte ha recibido por este poemario el Premio Nacional de la Crítica Literaria, y la Universidad de Jaén lo ha editado en español.

© Anna Rossell
(Traducción al español de Anna Rossell)
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LOS YOS QUE SOMOS

Carles Duarte
“Alba del vespre” (“Alba al anochecer”),
Poesía 3i4, Barcelona, 2013, 48 pp.
por Anna Rossell

El último poemario de Carlos Duarte, “Alba del vespre” (“Alba al anochecer”), viene enmarcado por dos citas, una a modo de introducción, de Empédocles (“Sobre la naturaleza”, citado en Sexto Empírico, Contra los matemáticos, VII, 124): “Rápidos en morir, en la vida / no vislumbran más que una pequeña parte de la vida, y como humo / alzando el vuelo se desvanecen, confiando sólo / en lo que cada uno encuentra por azar / vagando por todas partes, y todos se jactan / de haberlo descubierto todo “, y la otra, que cierra el pequeño volumen, de Aristóteles (Poética, 21, 1457b22): “Lo que la vejez es en relación a la vida, lo es también la tarde con respecto al día. Se puede decir, pues, que la tarde es la vejez del día, o, como Empédocles, que la vejez es ‘el atardecer de la vida’ o ‘el crepúsculo de la vida “. La primera nos prepara el espíritu para la lectura, la última, a modo de conclusión, nos ratifica lo que hemos ido asimilando en el transcurso de la lectura. Ellas son los puntales que dibujan el trasfondo filosófico en que se nos despliega el universo espiritual de la voz poética: la pequeñez del ser humano y la fugacidad de la vida, una realidad que recoge Aristóteles en el paralelismo que formula entre la luz y la oscuridad, entre el día y la noche, y que el poeta muy significativamente emplea en el título en forma de oxímoron: “Alba al anochecer”. Porque, la viva luz que acompaña la caída del día, también ilumina el crepúsculo de la vida y ejerce con su brillo rojizo un poder de atracción en el que la contempla que le devuelve al seno natural de donde procede: “Hechos de la Tierra / somos un retorno, / ya sin tiempo, / al mar, […]” (“Mares entre los astros”). Animado por la “nostalgia de universo”, el sujeto poético se complace en la visión de escenarios naturales que cautivan y alimentan la introspección, un diálogo consigo mismo que da a la voz poética la conciencia del nexo que la une con el paisaje hasta llegar a fundirse en él y formar parte de él, “la conciencia de un yo menor integrado en un yo mayor”, como decía el poeta en la entrevista que le hacía Jordi Nopca con motivo de la publicación del poemario (ARA, Sábado, 22 de junio de 2013). Como cuando dice: “El universo no está fuera de nosotros; / Nos construye, / lo construimos, / nuestro cuerpo, como el fuego, lo transforma” (“Tensho”).
Heredero de la tradición impresionista: “[…] celebramos en silencio este instante / tan puro, tan frágil, tan fugaz […]” (“Oro y magenta”) y simbolista, la voz poética se entrega a la evocación sensorial, se recrea con la vista: “Desciende la mirada hacia los campos de olivos […]” (“Olivos”), con el tacto: “Pisamos la tierra venerada, / de donde resurgimos después de cada muerte, / arena entre los dedos del aire “(“Los árboles”) o el oído: “Un canto antiguo / como un cristal de luz / atraviesa el aire” (“El canto”), para leer los signos ancestrales del paisaje, en plena comunión y sintonía con él, el enigma existencial de sus orígenes, el lenguaje que lo acerca al absoluto, casi a la trascendencia: “[…] / esa voz ya estaba antes del cuerpo, / como si aquel llanto o aquel deseo / nos conmoviera por existir de nuevo / […] // El canto antiguo donde estamos, / donde estábamos” (“El canto”). O bien: “Hijos de Dios, padres de los dioses / ser y morir no nos basta: / necesitamos el sueño, […]” (“Los dioses y los nombres”).
La contemplación del paisaje y de los astros proporciona a la voz poética la verdadera medida de la existencia humana en su calidad de fugaz y eterna, pequeña e inmensa vez: “Somos navegantes de un océano de sueños / hacia un destino de hielo o fuego. // Miramos la noche, miramos el paso de los astros; / Lo nuestro es vivir y lo nuestro es la muerte / para que otras vidas sean; / El ciclo nace y se consume; […]” (“Océano de sueños”) y contemplando los colores de un crepúsculo reflexiona: “La felicidad y el abismo que nos unen / los sueños que éramos, / la nostalgia de infinito que somos, [… ]” (“Oro y magenta”). Se hace patente la intuición de que el recorrido vital del ser humano no se agota con la muerte ni comienza con el nacimiento, como si nuestra existencia -parte de un común proyecto cósmico de algún demiurgo- tuviera sus orígenes antes de la conciencia y sobrepasara el tiempo que la muerte trunca: “Ávidos de vida, / sedientos de horizonte / somos un gesto del paisaje. // No hay sino una ruta / y en el paisaje reencontramos. nuestra antigua existencia // Mirando los astros, / sentimos nostalgia de universo. // […]” (“Navegando a través de las estrellas”).
Mención especial merece la percepción del tiempo, que se manifiesta en una pérdida continuada. La vida de un ser humano se compone de una cadena de yos, siempre diferentes y en evolución: “Somos multitudes en la mirada. // ¿Qué queda en este yo de hoy / de todos los que fueron, / de nuestros debajo de antes, / los otros bajo que eran? […]” (“El yo que duerme”). Pero no hay lamento en la pérdida, la pérdida es a la vez un renacimiento, una renovación constante: “[…] perdemos sólo aquello que poseemos” (“Océano de sueños”). O bien: “Vencido por la onda poderosa / que toma nuevo impulso / contra mi cuerpo ya exhausto / hasta rendirme, / hasta extinguir el aliento / de donde resurgía el sueño” (“Alba de la tarde I”) .
La maestría de Empédocles no se limita a la cita inicial del poemario, sino que parece conducirlo de principio a fin: el ser humano, un microcosmos, concebido como un resumen del macrocosmos universal – “un yo menor integrado en un yo mayor “-, con el que comparte los mismos elementos, se acerca a este macrocosmos y lo comprende (lo integra) por simpatía, en el sentido etimológico de la palabra: “Lo parecido conoce lo semejante” (“Empédocles”). El poemario rezuma palabras que nos remiten a los cuatro elementos, la materia prima que nos ha hecho y a la que retornamos: el fuego (con sus variantes: el crepúsculo, el sol, el rojo), la tierra (la arena, el barro, el campo, la arcilla), el aire (el viento) y el agua (el mar, la ola, el océano, la lluvia), que un estudio más profundo nos permitiría asociar simbólicamente con otras palabras no relacionadas aparentemente, muy recurrentes en Duarte, que hace un ejercicio de altísima depuración lingüística para construir un mundo poético de una inmensa riqueza metafórica y alegórica con las palabras más esenciales: luz, amanecer / amanecer, abismo, sueño(s), anhelo(s), horizonte, nostalgia, piedra, roca, hielo, noche, muerte, cuerpo, piel, ojos, astros / estrellas. Pero es el mar el que adquiere un protagonismo axial, el lugar de donde provenimos, ante la inmensidad del cual tomamos conciencia de nuestra pequeñez, a veces alegoría de la vida, otras -como en “La muerte en Venecia” de Thomas Mann, de la muerte.
El tono melancólico que atraviesa el poemario no es, sin embargo, sinónimo de tristeza, la melancolía es el estado de ánimo necesario a la voz poética para sumirse en su introspección -en un monólogo íntimo o haciendo uso del plural inclusivo-, para abordar la búsqueda de sí mismo, que lo hace más sabio y lo devuelve al universo sideral al que pertenece: “Ya no existe lo que fue, sino en nosotros / y en la fruta que cosechas y saboreas, / las formas que la arcilla esculpió / para que la vida convocara la vida” (“Tensho”).
Carles Duarte ha recibido por este poemario el Premio Nacional de la Crítica Literaria, y la Universidad de Jaén lo ha editado en español.

© Anna Rossell
http://annarossell.blogspot.com.es/
http://es.wikipedia.org/wiki/Anna_Rossell_Ibern
Alba del vespre (Carles Duarte) 2

SER EN EL OTRO

Vicenç Llorca
“Calendari d’inCalendari d'instints 3stints” (“Calendario de instintos”),
Poesía 3i4, Barcelona, 2014, 80 pp.

La esencia de un poemario se percibe en el eje que sostiene su estructura, la carcasa que contiene las claves y viene a ser como un mapa que nos guía y predispone a la lectura.
“Calendari d’Instints” (“Calendario de instintos”), el último poemario de Vicenç Llorca, nos orienta desde el principio. Dividido en cuatro partes -–I Tants dies en un sol minut…! (Primavera), II Terra en blau (Estiu), III Seguiment de la presència (Tardor) i IV Instant i Eternitat (Hivern)- (“Y Tantos días en un solo minuto …! (Primavera)”, “II Tierra en azul (Verano)”, “III Seguimiento de la presencia (Otoño)” y “IV Instante y Eternidad (Invierno))”-, el poeta nos proporciona las coordenadas que conducen sus pasos y los nuestros, en su último itinerario poético: por un lado, el central protagonismo de la naturaleza y de las estaciones que, cíclicamente, se suceden cada año en el calendario, un calendario que el poeta eleva a metáfora en el título; por otra parte, la tenaz búsqueda de trascendencia de la voz poética condensada en la palabra ‘eternidad’. El poema “El vi que em dius” (“El vino que me dices”) comienza diciendo: “Digues si vius instants d’amor / i així podrem guanyar l’eternitat” (“Di si vives instantes de amor / y así podremos ganar la eternidad”). Este ansia de trascendencia con y en la naturaleza es lo que caracteriza el gesto más sustancial del poemario. En este sentido “Calendari d’ instints” rezuma religiosidad, aunque no encontramos en él en ningún momento ni la fe ni el Dios judeocristianos.

El poemario viene a ser un ritual de contemplación e introspección al mismo tiempo, una liturgia que sirve al yo poético para entregarse a la reflexión sobre el enigma que es la vida. El fruto de esta reposada reflexión no son verdades taxativas, sino más bien intuiciones de absoluto de tipo panteísta, como parece confirmar el hecho de que el poeta cite precisamente Baruch Spinoza: “Sentimos y experimentamos que somos eternos”, un sentimiento que la voz poética percibe como demasiado exuberante para encajarlo en la piel limitada y mortal de un ser humano. Partiendo de la cita de Shakespeare, que compone el primer verso de uno de los poemas, leemos: “Hi ha tants dies en un sol minut / que la meva ment no pot contenir / aquesta força de tantes imatges / creades al llarg d’una sola vida” (“Hi ha tants dies en un sol minut…!”) (“Hay tantos días en un solo minuto / que mi mente no puede contener / esta fuerza de tantas imágenes / creadas a lo largo de una sola vida” (“Hay tantos días en un solo minuto …!”). El universo poético está construido con el anhelo de trascender los límites del yo y ser en el otro -ser vivo o parte de la naturaleza-: “[…] el desig de ser en un altre ser” (“Hi ha tants dies en un sol minut…!”) (“[…] el deseo de ser en otro ser (Hay tantos días en un solo minuto …!”)), por el paso del tiempo, entendido de manera cíclica: “[…] / tothom formarà part de tu, / com tu de tot. / […] / El temps et fa / perquè tu fas el temps. / És el vincle pel qual la roda gira / i el cercle tanca el cicle de la vida. / Deixa’t ser i sigues allò que és. / […] / Cap altre secret no et serà tan gran / com, […] / formar part de les hores / i de les seves criatures” (“Fer el temps”) (“[…] / todos formarán parte de ti, / como tú de todo. / […] / El tiempo te hace / porque tú haces el tiempo. / Es el vínculo por el que la rueda gira / y el círculo cierra el ciclo de la vida. / Déjate ser y sé lo que es. / […] / Ningún otro secreto no te será tan grande / como […] / formar parte de las horas / y de sus criaturas” (“Hacer el tiempo”)). O bien cuando termina el poema “Compensacions” (“Compensaciones”) diciendo: “I celebra que vius en tot el que és” (“Y celebra que vives en todo lo que es”). Esta añoranza de unidad universal relaciona a Llorca con la filosofía del más puro primer romanticismo alemán, el de Novalis, para quien el anhelo, la añoranza, el sueño y el camino -el viaje-, eran metafóricamente significativos como lo son para Llorca, y, herederos como fueron de aquel romanticismo, con la poesía de los simbolistas, como observa Francesc Parcerisas en el prólogo, que sitúa “Calendari d’instints” en la línea de Valéry. Tanto para los románticos como para los simbolistas el mundo es un misterio por descifrar y la tarea del poeta consiste en desentrañar las correspondencias ocultas (Baudelaire) que unen los seres y los objetos sensibles. La voz poética busca el rastro de estas correspondencias en todas partes: “Què sóc jo: la petxina que dóna / el seu cos a la platja, quan minva / la tempesta? […] / Tan sols sé que transporto el lent somni / del que dorm en el fons de l’onada, / mentre lliuro a la sorra la llum / que, en el dia, va ser forma d’arbre / […] / Inaudita trobada del foc / apagat amb l’eterna espiral / dels secrets que provenen de l’aigua” (“Vocació de platja)” (“¿Qué soy yo: la concha que da / su cuerpo a la playa, cuando amaina / la tormenta? […] / Sólo sé que transporto el lento sueño / del que duerme en el fondo de la ola, / mientras entrego a la arena la luz / que, en el día, fue forma de árbol / [. ..] / inaudito encuentro del fuego / apagado con la eterna espiral / los secretos que provienen del agua” (“Vocación de playa)”). La contemplación de la naturaleza o del cielo se convierte para el sujeto poético en un reto para leer las claves de la existencia, y para que no nos quede duda se distancia del falso romanticismo superficial y sentimental cuando escribe: “[…] / Quan mirem les estrelles com tants homes / han fet no per plorar, sinó per ser / enllà d’allò que els ulls reciten… / […]” (“El vi que em dius”) (“[…] / Cuando miramos las estrellas como tantos hombres / han hecho no para llorar, sino para ser / más allá de lo que los ojos recitan … / […]” (“El vino que me dices”)).

Tan esencial como la conciencia de eternidad es para el sujeto poético, en aparente contradicción, la conciencia de la naturaleza efímera de la existencia. Las referencias a la filosofía presocrática y la idea de que todo fluye y nada permanece encuentran expresión directa en el poema “Camí d’Heràclit” (“Camino de Heráclito”), donde de nuevo volvemos a encontrar esa pregunta existencial: “Què sóc jo? L’últim alè d’hivern / que s’arrecera entre els angles dels cims? / […] / Malgrat que em crec tan sòlid, aquí em tens: / flux de la meva sang; de l’aigua, flux / que em dissol en el corrent del record; […] / Carn i líquid: sóc nom d’un somni etern” (“¿Qué soy yo? El último aliento de invierno / que se cobija entre los ángulos de las cumbres? / […] / A pesar de que me creo tan sólido, aquí me tienes: / flujo de mi sangre; del agua, flujo / que me disuelve en la corriente del recuerdo; […] / Carne y líquido: soy nombre de un sueño eterno”. O bien cuando en el poema “Present” (“Presente”) se plantea: “[…] / Quan som en el present? / Volar i desplegar-se, / adormir-se i partir. / Entre el no-res / del temps i la consciència / (i el somni sense imatges / de la mort), / una petita llum que camina”.(“[…] / Cuando somos en el presente? / Volar y desplegarse, / dormirse y partir. / Entre la nada / del tiempo y la conciencia / (y el sueño sin imágenes / de la muerte), / una pequeña luz que camina”). La percepción de la realidad como constante devenir y la conciencia de eternidad son sólo una paradoja en apariencia, que se deshace precisamente en la idea de la evolución constante de la vida en un proceso de cambio permanente, de regeneración incesante, no lineal sino cíclica, una revitalización que nos transporta al oído ecos de las doctrinas hinduistas, la creencia de que tras el universo visible, al que atribuyen ciclos sucesivos de creación y destrucción, se oculta el principio que sostiene el universo, sólo que la voz poética no identifica este principio con ningún Dios concreto. La percepción de fluidez y liquidez encuentra, además, formal y temáticamente, su manifestación postmoderna en cuatro brevísimos poemas que Lorca intercala en su poemario y que titula “Missatges al mòbil” (“Mensajes al móvil”), testigos de la naturaleza fugaz y pasajera de las formas de existencia: “Resisteix en l’oblit, / perquè només perdures / en el corrent que escapa. / Flux en el flux” (“Missatges al mòbil I”) (“Resiste en el olvido, / porque sólo perduras / en la corriente que escapa. / Flujo en el flujo” (Mensajes al móvil I”).
Otro vínculo con los pensadores presocráticos es la presencia del fuego, que para estos filósofos representaba la forma arquetípica de la materia y que, por la regularidad de su combustión, personifica el cambio que experimenta el cosmos. En Llorca encontramos con recurrencia el fuego y otras palabras asociadas como la llama, el calor, el humo, la ceniza o el hogar, un campo semántico que le proporciona el simbolismo natural para referirse a la transformación de una forma en otra: “[…] / I és així com la llar de la memòria / torna les cendres al foc del desig, / […] (El moviment de la mirada), (“[…] / Y es así como el hogar de la memoria / devuelve las cenizas al fuego del deseo, / […]” (“El movimiento de la mirada”), o bien: “En el joc, i en la cendra del foc, / hi ha un temps que no es diu perquè ens omple / el camí de l’etern cap al món // […] / I tornar des del fum a la cendra” (“En la cendra del foc”) (“En el juego, y en la ceniza del fuego, / hay un tiempo que no se dice porque nos llena / el camino de lo eterno hacia el mundo // […] / Y volver desde el humo a la ceniza” (“En la ceniza del fuego”).

El anhelo de unidad cósmica que traspasa todo el poemario encuentra consecuentemente su expresión formal en el hecho de que el poeta bebe de la fuente universal de la sabiduría, trascendiendo, como ya hemos visto, las limitaciones de su propio ámbito cultural. Él mismo nos orienta sobre el manantial que lo alimenta cuando inicia una serie de poemas con una cita de Confucio y rinde homenaje a los principios más sagrados de esta doctrina, que entiende el cosmos como un conjunto armónico que regula las estaciones y la vida animal, vegetal y humana. Del confucianismo el poeta aprende a buscar en los textos antiguos y en la naturaleza la lección para averiguar los enigmas de la vida y en la introspección la herramienta básica para la mejora y el crecimiento personal. Uno de estos poemas nos proporciona otra de las claves del poemario: la importancia de la memoria, del recuerdo, como materia prima para obtener sabiduría: “Dirigeix el teu carro estimat, / amb les brides del cor agafades, / al turó de la neu dels set cels: / […] / I llavors comprendràs que el record / no ha caigut de l’estrella d’un somni, / sinó que és la claror del destí / reflectida en els ulls de la joia” (“La conducció de carros. Yu”) (“Dirige tu carro amado, / con las bridas del corazón cogidas, / en la colina de la nieve de los siete cielos: / […] / Y entonces comprenderás que el recuerdo / no ha caído de la estrella de un sueño, / sino que es la claridad del destino / reflejada en los ojos del gozo” (“La conducción de carros. Yu”).

Además de biografías y de estudios literarios, Vicenç Llorca es autor de los poemarios: “La pèrdua” (“La pérdida”), 1987; “Places de mans” (“Plazas de manos”), 1989; “L’amic desert” (“El amigo desierto”), 1992; “Atles d’aigua” (“Atlas de agua”), 1995, Premio Vicent Andrés Estellés de poesía 1995; “Cel subtil”, (“Cielo sutil”), 1999; “Paraula del món: antologia 1983-2003, 2004”; (“Palabra del mundo: antología 1983-2003”, 2004); “Ciutats del vers” (“Ciudades del verso”), 2005; “De les criatures més belles” (“De las criaturas más bellas”), 2006; “L’últim nord” (“El último norte”) (2008), Premio Vicent Andrés Estellés de Burjassot. Recomiendo encarecidamente su traducción al español.

© Anna Rossell