2011 January | Crítica de Libros
Critica de libros, comentarios, personajes, escritores, estudios y resumenes de libros. Literatura actual y clasica. Literatura espanola, literatura hispanoamericana, literatura norteamericana, literatura europea. Libros recomendados, best-sellers y obras selectas

Archive for January, 2011

Venus más X, de THEODORE STURGEON

Sturgeon es uno de los escritores más talentosos que se hayan dedi­cado jamás a la ciencia ficción. Por la soltura de su estilo y por su lenguaje supera a Asimov, a Clarke e incluso a Heinlein. Desgracia­damente, ha escrito pocas novelas. Excepto el clásico Más que hu­mano, sus mejores obras son los cuentos y las novelas breves de los años cuarenta y cincuenta, entre los que se destacan A Touch of Strange (1958), The Worlds of Theodore Sturgeon (1972), The Stars are the Styx (1979) y The Golden Helix (1980). James Blish calificó en una oportunidad a Sturgeon como «el artista más refinado e inteligente que jamás haya tenido la ciencia ficción», y más recientemente, Sa­muel R. Delany ha dicho que «Sturgeon es el escritor norteameri­cano de cuentos breves». Ambas afirmaciones son exageradas, pero reveladoras del entusiasmo que este autor ha sido capaz de desper­tar. La suya no es cf «dura», sino más bien de carácter psicológico, dedicada a explorar las distintas respuestas del hombre a situacio­nes extraordinarias.

Venus más X (Venus Plus X) es la última novela de Sturgeon y una de las más interesantes. Charlie Johns, un ciudadano norteameri­cano contemporáneo, descubre al despertar que ha sido misterio­samente trasladado a otro mundo. Está rodeado de hombres her­mosos con ropas multicolores y voces aflautadas. Habitan una deliciosa utopía conocida como «Ledom» (léase al revés). Campos de fuerza los llevan por el aire desde las cimas de las altas torres hasta las perfectas praderas de abajo. Es gente pacífica y feliz, que dedica su tiempo a las artes y las ciencias. Charlie supone que son los sucesores del Homo sapiens del siglo veinte. Una vez que le han puesto el lenguaje de Ledom en el cerebro, mediante algún miste­rioso procedimiento tecnológico, es invitado a recorrer el lugar y hacer todas las preguntas que se le ocurran. Aparentemente, los ciudadanos de Ledom lo han llevado a su paraíso con el propósito de verse nuevamente a sí mismos a través de los ignorantes ojos de Charlie.

Un hecho significativo de la sociedad de Ledom ha trastorna-do profundamente a Charlie; los nativos no son «hombres». No son ni hombres ni mujeres, sino hermafroditas. Todos están com-pleta­mente equipados con los órganos genitales de ambos sexos, y todos son capaces de parir. Pero Charlie es un individuo progresis-ta y con una gran imaginación: «Aunque no pretendía ser un genio, siem­pre había estado convencido de que el progreso es algo dinámico, y que cuando uno se suma a él tiene que inclinarse un poco hacia adelante, como si se tratara de una tabla de surf, pues si uno se que­dara tieso, se ahogaría». En la situación en que se encuentra ahora, sin embargo, ante todo necesita acostumbrarse.

Sturgeon ha salpicado esta historia con una serie de capítulos breves ambientados en los suburbios de los Estados Unidos de los años sesenta. Vemos cómo dos parejas hacen compras, cuidan a sus hijos, juegan a los bolos… Se trata de un contraste mundano con las maravillas de Ledom, pero el objetivo principal es mostrar que aun hoy, en nuestro siglo veinte, las distinciones entre los sexos es­tán desapareciendo. El habitante rico del suburbio está ya en ca­mino del hermafroditismo, aun cuando él/ella no lo advierta. Venus más X es una notable prefiguración de la cf feminista de los años se­tenta. Tiene una pequeña deuda con The Disappearance (1951), de Philip Wylie, novela que imagina un mundo sin hombres (y recí­procamente, un mundo sin mujeres); pero el libro de Sturgeon si­gue siendo una de las más originales especulaciones sobre el tema del sexo. Se ve empañada por algunos momentos de afectación lige­ramente enfermiza, sobre todo en las escenas «contemporáneas», pero a pesar de estos lapsos es una obra inteligente y fascinante.

Los cuclillos de Midwich, JOHN WYNDHAM

midwich_0_previewPara esta novela –escrita en los comienzos de la era del rock and roll, cuando los «Teddy Boys» de amenazadora apariencia mero-deaban por las calles de Gran Bretaña–, Wyndham concibió una idea in­teligente que se resuelve en la imagen perfecta de la pesadilla de los años cincuenta, la brecha generacional. La novela (The Midwich Cuckoos) no tiene nada que ver ni con la música rock ni con los «Teddy Boys»: comienza como si fuera otra de las «seductoras ca­tástrofes» (frase apropiada, cortesía de Brian Aldiss) en un tran­quilo y bucólico escenario inglés.

El narrador y su esposa regresan a su casa en la pequeña aldea de Midwich. Son detenidos por un policía, mientras un camión del ejército pasa por allí. «¿Revolución en Midwich?», bromea el na­rrador. En realidad, lo que ha ocurrido es mucho más serio. Una nave espacial extraterrestre ha aterrizado en la aldea, y durante una noche y un día ha hechizado misteriosamente a la población. Como en el cuento de la Bella Durmiente, todo el mundo se ador­mece. El área afectada es un círculo perfecto de tres kilómetros de diámetro, y todo aquel que intenta entrar en él pierde de inmediato la conciencia. El ejército no puede hacer nada, pero cuando la nave espacial se va, todo el mundo despierta de golpe. Ha habido algu­nas muertes por exponerse a los extraterrestres, pero el resto de la población no ha sufrido apa-rentemente ningún daño. Los poblado­res bautizan la experiencia con el nombre de «día menos».

Las consecuencias del «día menos» sólo se manifiestan nueve meses después. Todas las mujeres de Midwich en edad de concebir han quedado embarazadas, lo que sugiere que cada una de ellas ha sido fecundada por los visitantes extraterrestres, a quienes nadie ha visto. Todas tienen bebés perfectos y hermosos, pero con un rasgo insólito: ojos dorados. Otra consecuencia extraña es que unas cuantas madres que se habían ido de Midwich, vuelven al lugar, con sus bebés, argumentando que los niños las han obligado a vol­ver. La aldea parece haberse convertido en el nido adoptivo de una camada de «cucos» superhumanos. A medida que los niños crecen, sus temibles poderes se hacen cada vez más evidentes. Se comunican telepáticamente entre sí, y tal vez compartan una conciencia común. A los nueve años, tienen la contextura física de un adoles­cente: son altos, rubios y de ojos dorados, se mantienen unidos y parecen envueltos en un aura ligeramente amenazadora.

En determinado momento, estos enigmáticos delincuentes ju­veniles comienzan a matar. Un joven normal de Midwich es obli­gado a estrellar su coche contra una pared: cuando su hermano quiere vengarse, termina volviendo el revólver contra sí mismo y los niños extraterrestres lo fuerzan a suicidarse. La gente del pueblo decide tomar medidas, con el apoyo espiritual del párroco: «Tienen el aspecto del genus homo, pero no su naturaleza. Dado que son de otra clase, y que asesinar es, por definición, matar a los de la propia clase, ¿puede calificarse como asesinato la muerte de alguno de ellos…? Si pertenecen a otra especie, ¿no estamos plenamente facultados a luchar contra ellos y proteger nuestra propia especie? O, incluso, ¿no es ése nuestro deber?». Cuando una multitud trata de atacar a los niños, éstos se limitan a utilizar sus poderes persuasivos para ha­cer que los pobladores se peleen entre sí, con el saldo de cuatro muertos. Después de este incidente, hasta los pobladores más racio­nales y humanos se ven obligados a tomar la decisión de destruir a los niños. Finalmente, por medio de engaños, se consigue este bru­tal objetivo.

La novela plantea un incómodo dilema moral, y llega a una cruel conclusión. Al final, no se puede evitar una punzada de dolor, a pesar de que Wyndham ha tenido el cuidado de estimular la sim­patía del lector por la raza humana. Si el libro se leyera como una parábola de la brecha generacional, aunque dudo que ése haya sido el propósito del autor, sería en verdad terrorífico.

Flores para Algernon (DANIEL KEYES)

Es la obra más conocida de un tríptico de novelas modernas nortea­mericanas de cf que tratan del acrecentamiento de la inteligencia en los seres humanos. Las otras dos son Pánico en la Tierra (Brain Wave, 1954), de Poul Anderson, que había pensado incluir en esta lista hasta que descubrí al releerla lo mal escrita que está y su inconsis­tencia, y Campo de concentración, de Thomas M. Disch, a la que me referiré más adelante. El propósito de elevar el cociente intelectual individual es un tema natural para la ciencia ficción, dada la ten­dencia del género a los cuentos de ruptura conceptual. En realidad muchas historias acerca de la percepción extrasensorial y de otros inverosímiles poderes mentales tratan precisamente este tema de un modo ligeramente enmascarado. Pero abordarlo sin ambages es una ímproba tarea de imaginación. ¿Cómo se describe la inteligen­cia trascendente? Aun cuando el escritor tenga la capacidad que el caso requiere, ¿cómo puede conseguir la comprensión y la simpatía del lector respecto al personaje en cuestión? El notable acierto de Daniel Keyes en Flores para Algernon (Flowers for Algernon) fue el des­cubrimiento de una retórica, de un ardid, para lograr ese objetivo. Es la historia de Charlie Gordon, un joven de treinta y dos años y de inteligencia subnormal, quien trabaja limpiando el suelo de una panadería. Llama la atención de Alice Kinnian, maestra en una escuela para adultos retardados, que lo recomienda a unos investigadores universitarios que están buscando a alguien con quien experimentar. Han encontrado una manera de incrementar la inteligencia humana por medios quirúrgicos, y Charlie se con­vierte en el primer sujeto de prueba. Charlie conoce a Algernon, una rata de laboratorio que ya ha sido sometida a la operación. Se le pide a Charlie que lleve un diario, y la novela sigue el orden de sus cotidianos «informes de progreso». Al comienzo, éstos son muy in­fantiles, están llenos de temor, perplejidades y errores de ortografía. Después de la operación, las percepciones y la prosa de Charlie co­mienzan a mejorar lenta y sostenidamente. Lo vemos lle-gar a la plena inteligencia, y luego superarla hasta alcanzar el nivel de ge­nio. Pierde su trabajo en la panadería y tiene una relación de-safortunada con Alice Kinnian. Se rebela contra la universidad y su pa­pel de cobayo. Continúa fascinado con la rata, Algernon, y cuando el comportamiento de Algernon se vuelve errático y su inteligencia parece decrecer, Charlie prevé su propio y triste fin…

Es un tour de force emocionante, hermoso y de una lógica despia­dada. Una mente humana es sacada de la obscuridad y lle-vada a la luz; tras un breve período de claridad intensa se la vuelve a relegar a la obscuridad. Cualquiera puede identificarse con el pobre Charlie Gordon: su historia es una parábola de la condición humana.

Daniel Keyes (nacido en 1927) escribió un puñado de cuentos de cf durante la década del cincuenta. Uno de ellos era una versión abreviada de Flores para Algernon. Después de su primera aparición en The Magazine of Fantasy and Science Fiction en 1959, fue reeditado varias veces, incluso adaptado para la televisión. El éxito de la histo­ria animó a Keyes a escribir la versión definitiva de la novela, ya que el cuento de Charlie Gordon había sido llevado al cine y, créase o no, convertido en un espectáculo musical. No cabe duda de que en los próximos años aparecerán otras versiones, pues se trata de uno de los relatos más universalmente atractivos de nuestro tiempo.

Cuna de gato, de KURT VONNEGUT

Es la novela del ice–nine, una sustancia cristalina, artificial, produ­cida para ayudar al ejército norteamericano a salir de las zonas pan­tanosas. El único problema del ice–nine es que una pequeña can­tidad del producto podría congelar para siempre toda el agua del mundo.

Es la historia del doctor Felix Hoenikker, «padre de la bomba atómica», inventor del ice–nine, excéntrico jefe de una extraña fami­lia. Hoenikker muere antes de que comience la acción de la novela, aunque es uno de los personajes más importantes del libro. Es el tí­pico hombre de ciencia amoral, totalmente desinteresado por los seres humanos, obsesionado con sus juegos intelectuales.

Es también la historia de Bokonon, cuyo nombre real es Lionel Boyd Johnson, un anciano negro de la India occidental que funda la primera religión calipso del mundo (él admite alegre-mente que es un conjunto de mentiras). «Vivid por el foma que os hace valien­tes, buenos, sanos y felices», dice Bokonon. Y define el foma como «mentiras inofensivas».

Es también la historia de la República de San Lorenzo, la patria caribeña del bokonismo, una isla paradisíaca increíblemente pobre donde el inútil hijo del doctor Hoenikker, Frank, llega a ser «minis­tro de Ciencia y Progreso». El narrador innominado –«llamadme Jonah»– viaja a San Lorenzo para entrevistar a Frank y a otra gente, y de la noche a la mañana se encuentra ejerciendo la presi­dencia de la isla.

Es la historia de Mona Aamons Monzano, la hija –mestiza y llamativamente hermosa– de un arquitecto finlandés que ha cons­truido el único hospital de San Lorenzo. Practica regularmente el bokomaru, el masaje mutuo de los pies que conduce a la fusión su­blime de las almas a través de las plantas de los pies. Mona convierte al narrador al bokonismo, la única religión que da sentido a un mundo loco, loco.

Es además la historia de muchas otras cosas, ya que Cuna de gato (Cat’s Cradle) es una de las novelas de Kurt Vonnegut más imagina­tivas y más deliciosamente complejas. Se burla de la ciencia, de la religión, del patriotismo, de todo, y termina de la única manera en que probablemente puede concluir, es decir, con el Fin del Mun­do. Accidentalmente cae al mar un poco de ice–nine, frente a San Lorenzo, y todo se congela, provocando tornados que asuelan el mundo. El narrador sobrevive durante seis meses, en los que se ocupa de escribir sus memorias. Al final, lo único que le queda por hacer es seguir el último consejo de Bokonon: escalar una montaña y acostarse con la historia de la estupidez humana por almohada, ponerse ice–nine en los labios, hacer una horrible mueca de dolor y mofarse de Tú–Sabes–Quién.

La irónica y, en última instancia, reconfortante marca de nihi­lismo de Vonnegut se hizo famosa con la publicación de su última novela, Matadero–5 (1969), aunque en ese libro no había nada que no hubiera dicho antes –con humor, astucia o patetis-mo– en Las sirenas de Titán y Cuna de gato, así como en la excelente novela Madre Noche (1961), que no pertenece a la cf. No creo que Vonnegut sea un sabio, pero no cabe duda de que es uno de los escritores más origi­nales de nuestro tiempo.

Nova (SAMUEL R. DELANY)

Es un título apropiado. Aunque tenía apenas veinticinco años cuando la escribió, Nova fue la octava novela de Samuel Delany. Fue también la primera en aparecer con tapas duras. Las obras an­teriores, aparecidas en ediciones de bolsillo, Babel–17 (1966) y La in­tersección de Einstein (1967), habían sido muy elogiadas, y Algis Budrys consideró a Delany como «el mejor escritor de ciencia fic­ción del mundo». No es exagerado decir que irrumpió en la escena de la cf norteamericana como una estrella fulgurante. En efecto, Delany era la nueva ola norteamericana. Los lectores pudieron no haberse dado cuenta en su momento, pero Nova resultó ser la obra maestra de Delany. A ella siguió un largo período de silencio, y cuando en 1975 se publicó la tediosa novela Dhalgren, no quedaban dudas de que había tomado un camino distinto. Hay que volver a Nova para apreciar al joven Delany en su cúspide: todo brillo y fili­granas, un maestro de la acción y la emoción.

Ambientada en un medio interestelar, Nova es una puesta al día de la ópera espacial de las revistas populares. Nos describe la bús­queda que emprende el capitán Lorq von Ray de una nueva fuente de ilirion, metal pesado de inmenso valor. Cree que puede encon­trarlo si sumerge la nave espacial en una estrella que está a pun­to de convertirse en nova. En la inmovilidad del centro de esa bola de fuego encontrará una fuente ilimitada de ilirion. Con ese tesoro cambiará la estructura económica de la galaxia conocida y doble­gará la tiranía del autocrático Príncipe Rojo, descendiente de la corporación Raza Roja. Para que lo acompañe en esta loca misión reúne a una heterogénea tripulación de personajes vívida-mente pintados.

El más importante de ellos es un muchacho gitano, llamado Mouse, que improvisa maravillosas «melodías» en un instrumento que se conoce como siringa sensorial. El mayor admirador de De­lany, Algis Budrys, ha señalado que Mouse es otra encarnación del héroe preferido del autor, el «muchacho mágico», dotado de talen­tos innatos y la sabiduría de la calle. Samuel Ray Delany (nacido en 1942) es un muchacho mágico, hijo de un contratista negro de
Harlem, Nueva York, cuya mejor virtud es su capacidad para co­municar la alegría tremendamente liberadora que representa para él la ciencia ficción.

La línea argumental, aunque vigorosa y bien manejada, tiene menos importancia que el rico y equilibrado telón de fondo. La novela retrata con éxito una sociedad futura grande, compleja, su­perpoblada, y fundamentalmente esperanzada. Es, en realidad, utópica, pero sin las características rígidas ni la organización esquemática de las visiones utópicas, que tanto malestar producen en el lector. Transmite la sensación de que el futuro puede llegar a ser un lugar maravilloso para la «gente común», como los gitanos desheredados, los negros, las mujeres, los albinos y los intelectuales extravagantes, pues es precisamente ese sector de los desprotegidos el que ha heredado el universo. El libro transmite la sensación de que el futuro será diferente en tantos aspectos que hoy apenas po­demos imaginarlo. Las páginas desbordan con episodios incidenta­les. En lugar de los insulsos y metálicos corredores de las ciudades futuras que imaginan Asimov y Clarke, Delany nos presenta una metrópolis interestelar que tiene la apariencia de un enorme bazar, con suciedad, mal olor y caos, pero que a los ojos del muchacho má­gico ofrece maravillas y placer, y estimula la imaginación hasta el delirio.

La imagen más atractiva de la novela es la de los enchufes implantados quirúrgicamente con que están equipados todos los personajes. Esos enchufes permiten a la gente de Delany «enchu­farse» a cualquier máquina, a cualquier sistema, y controlarlos di­rectamente a través de impulsos nerviosos cerebrales. Las felices, satisfactorias relaciones entre seres humanos y máquinas constitu­yen una parte importante de la utopía. Ahora todo el mundo es un «cyborg» u organismo cibernético, las máquinas se han convertido en parte de la humanidad, pero la humanidad no se ha mecani­zado, y la mente humana gobierna todas las cosas. Es una visión inspiradora, una consumación deseable.

Puerta al verano (ROBERT A. HEINLEIN)

puertaveranoA diferencia de Amos de títeres, esta novela es afable y en­cantadora. Describe un viaje por el tiempo, una niña y un gato, pero no es tan ridicula como puede parecer por esta breve descripción. Escrita aparentemente con gran rapidez –sin que la obra se re­sienta por eso–, Puerta al verano (Door into Summer) primero se pu­blicó por entregas en Magazine of Fantasy and Science Fiction, revista que, a finales del cincuenta, estaba superando a Galaxy como la pu­blicación más importante de cf en los Estados Unidos.

La historia comienza en 1970 (¡el futuro!). El héroe, Dan Davis, es un talentoso ingeniero, diseñador de los robots domésticos «Chica de Alquiler» y «Frank Flexible». También ama a los gatos. Arrui­nado en los negocios por un socio desleal, y traicionado por su novia, decide hundirse en un Largo Sueño en busca de una «puerta al ve­rano». Invierte astutamente su dinero y luego se hace congelar, para despertar tres décadas más tarde, habiendo multiplicado sus inver­siones y en condiciones de empezar una nueva vida. La única per­sona a quien lamenta tener que abandonar es la pequeña Frederica («Ricky»), la hijastra de su socio: «Ricky se había convertido en “mi niña” desde que tenía seis años en Sandia, con lazos en el pelo y grandes y solemnes ojos obscuros. Iba a “casarme con ella” cuando creciera…». También lamenta dejar a su gatito, Petronius Arbiter. Los planes de Dan fracasan. De pronto se encuentra en el año 2000, empobrecido. El mundo está altamente automatizado, un mundo que él mismo contribuyó a crear con diseños de robots treinta años antes, pero en el que no hay sitio para él. Ha sido des­pojado de su «herencia». Desesperado por encontrar una solución, toma contacto con el inventor de una máquina del tiempo que na­die conoce, y consigue que lo devuelva al año 1970. Como en la ma­yoría de los relatos en los que intervienen las paradojas de los viajes por el tiempo, la trama es compleja. Y también deliciosamente ab­surda. Todo termina de una manera feliz: Dan recupera su dinero, a la niña –una vez que se le ha ajustado adecuadamente la edad– y al condenado gato. Los tres regresan al siglo veintiuno para vivir una vida feliz, entre los frutos del trabajo de Dan.

 

En resumen, la novela parece una historia disparatada. Sin em­bargo, es interesante en la medida en que arroja luz sobre las obse­siones centrales de la obra de Heinlein. Igual que su famoso cuento «Todos vosotros zombies», una epopeya de doce páginas sobre via­jes por el tiempo y cambios de sexo, en la que el protagonista se con­vierte en su propia madre y en su propio padre, esta novela ilustra una especie de solipsismo, la creencia de que uno está solo en un mundo irreal y que si pretende ir adelante sólo cuenta con sus pro­pias fuerzas. Convicción que concuerda con la filosofía «política» de Heinlein, confianza en sí mismo y un feroz individualismo, pos­tura que parece más bien triste, y en última instancia, inútil. Hein­lein tiene muchas contradicciones: la textura de esta novela no es triste; por el contrario, es frívola, alegre, de fácil lectura, tal vez la más lograda de toda la producción del autor. Los detalles científicos están muy bien manejados, y la narración, en términos generales, es sorprendentemente convincente. Reco-miendo Puerta al verano, más por su textura que por su sustancia, a todo aquel que no com­prenda el porqué de la fama de Heinlein. La novela revela a un gran escritor popular, a un escritor «nato», en el apogeo de su carrera.

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