El fin de la infancia, de ARTHUR C. CLARKE
Novela sobre la trascendencia, con un título muy apropiado, este libro fue otro de mis preferidos en mi adolescencia temprana. En general se reconoce a El fin de la infancia (Childhood’s End) como la primera obra importante de Clarke (en 1951 había publicado Las arenas de Marte, que era una aburrida novela sobre la colonización espacial), y obtuvo el elogio de C. S. Lewis, entre otros, por su hábil mezcla de ciencia «dura» y misticismo religioso. Ambientada en un futuro inmediato, en una época en que están a punto de lanzarse los primeros cohetes espaciales tripulados, describe la llegada a la Tierra de seres extraños enormemente poderosos, conocidos como los «Superseñores». No obstante ese nombre temible, no se trata de un relato terrorífico de invasión y conquista violenta: los Superseñores de Clarke han venido para hacer el bien a pesar de nosotros mismos, y la novela demuestra de un modo convincente cómo benévolos gobernantes extraños podrían instaurar la armonía en un planeta en guerra. Como joven lector, yo compartía esa ilusión, aunque hoy sus implicaciones me intranquilizan. Arthur Charles Clarke (nacido en 1917) es un escritor inglés que desde hace unas décadas decidió vivir en la ex colonia británica de Sri Lanka. En mis momentos de mayor incertidumbre no puedo evitar la sensación de que los Superseñores son una proyección idealizada de los burócratas del Foreign Office que otrora rigieran el Imperio Británico.
Pero hay una diferencia: estos «Superseñores» no son blancos. Durante cincuenta años se esconden de la humanidad y cuando por fin se dan a conocer, se produce una conmoción. «No había error posible. Las alas correosas, los cuernos, la cola peluda: todo estaba allí. La más terrible de las leyendas había vuelto a la vida desde un desconocido pasado. Sin embargo, allí estaba, sonriendo, con todo su enorme cuerpo bañado por la luz del sol, y con un niño que descansaba confiadamente en cada uno de sus brazos.» Esa historia me dejó atónito cuando leí la novela por primera vez. Ocupa la tercera parte del libro, y le sigue una larga descripción de la utopía científica según la cual los «Superseñores» han forjado un mundo sin problemas, unido y feliz bajo un único gobierno; el crimen prácticamente ha desaparecido, todos viven en ciudades ajardinadas, con todo el tiempo libre para dedicarse a las artes y a la ciencia. Me hizo suspirar de deseo, ¡qué racional, qué maravilloso!
Todavía ocurre algo más. Los hijos de esta utopía comienzan a tener sueños extraños, visiones nocturnas de soles lejanos, de planetas desconocidos. Bajo la tutela de los Superseñores empiezan a convertirse en algo que resultará incomprensible para sus padres. Están a punto de unirse a la «Supermente». En un gran clima metafísico, conmovedoramente descripto, toda la raza humana sufre una «metamorfosis inconcebible», se desprende de la carne para convertirse en un ideal platónico de la mente, que deambula libremente entre las estrellas. Los Superseñores observan esta metamorfosis con cierta tristeza, ya que sólo cumplen el papel de parteros de esta reencarnación cósmica pero no pueden integrarse a la Supermente. Pobres demonios.
Hoy la prosa parece ligeramente inmadura y los personajes poco convincentes, pero la historia todavía me emociona. Es un «mito» religioso universal para una época científica, el relato de un benigno Juicio Final en el cual las puertas de la Ciudad de Dios están abiertas a todos.
Aretino :: Dec.31.2010 :: Obras de Ciencia ficción :: No Comments »


Esta novela incluye hechos de ESP –percepción extrasensorial–, término científicamente aceptado para designar la telepatía y las facultades mentales afines. A pesar de los experimentos del doctor J. B. Rhine y sus sucesores en Estados Unidos, el carácter científico de la ESP sigue estando en duda: la mayor parte de los científicos negaría que la lectura de la mente, la precognición y este tipo de experiencias sean posibles. Pero esto no ha disuadido a los autores de ciencia ficción de utilizar la ESP como tema recurrente. Al igual que el viaje a través del tiempo y los vuelos espaciales a velocidad superior a la de la luz, es una de esas «imposibilidades» que la cf hace suyas sin la menor vacilación. La ESP da material para buenas historias, como Alfred Bester lo demuestra en este chispeante thriller.
Recuerdo muy bien la impresión que me causó este libro de Wyndham cuando lo leí a los trece años. El héroe se despierta en un hospital, con los ojos vendados, después de una pequeña operación. Sabe que es miércoles, pero, extrañamente, faltan los ruidos propios de un día laborable; no oye el tránsito habitual, sino sólo un extraño arrastrar de pies y un ocasional grito humano. Finalmente, se arranca el vendaje para descubrir que casi todo el mundo, excepto él, se ha vuelto ciego. Es un comienzo brillante, uno de los mejores ganchos de la ficción popular. El estilo carece de pretensiones, es muy inglés, muy de clase media, algo frívolo, un poco indiferente. Pero la historia es tremendamente cautivante. Bill se pasea por las calles de Londres, evitando a la gente, presa de pánico. Pronto se encuentra con una atractiva joven que también conserva la vista. Son los elegidos, realmente. Entonces llegan los trífidos, grandes plantas ambulatorias, posiblemente de origen extraterrestre, que han sido cultivadas por su valioso aceite. En un mundo repentinamente ciego, las plantas se han hecho dueñas de la situación, deambulando por las calles de la ciudad y atacando con sus picaduras fatales. Así, resumido, parece absurdo, pero Wyndham consigue transmitir una sorprendente verosimilitud. Juega con los temores colectivos de posguerra sugiriendo que la ceguera universal ha sido provocada por la puesta en marcha prematura de un dispositivo militar secreto en la órbita de la Tierra. Da a entender que los trífidos son la venganza de la naturaleza sobre una raza humana arrogante. Pero sería un error insistir en el aspecto «moral» de lo que es ante todo un excitante juego de evasión.
Si Un mundo feliz y 1984 son las dos grandes visiones «distópicas» de la ficción británica moderna, Limbo, de Bernard Wolfe, tiene derecho a considerarse su más próximo equivalente norte-americano. Sin embargo, es curioso que no haya ejercido ese derecho, ni en la opinión pública ni en la crítica literaria. Creo que es una obra maestra, aunque debo admitir que es una obra maestra lamentablemente olvidada. Tal vez su tema central –una sociedad en la que los hombres se amputan las extremidades para no ir a la guerra– sea demasiado perturbador, demasiado extravagante para que se lo acepte sin resistencias. Es más fácil imaginarnos sucumbiendo a la pasión y a las enfermedades, o a la esclavitud, que proyectarnos en el mundo sin extremidades y lobotomizado de 1990 que nos presenta Wolfe.
La revista de ciencia ficción más influyente durante la década del cuarenta fue Astounding S–F, de John W. Campbell, cuyo principal colaborador e inspirador fue Robert Anson Heinlein (nacido en 1907). Era un hombre de carácter severo, ex miembro de la Armada y con formación de ingeniero, a quien le gustaba compararse con Stevenson, Kipling y Wells en tanto hombre «realmente» de acción y de negocios, forzado a abrazar la decadente profesión de escritor debido a problemas de salud. Empezó a escribir a los treinta y dos años, cuando contaba ya con una variada experiencia en los negocios, la política y también en el campo militar. Experiencia que le fue muy útil a la hora de escribir relatos rigurosos e incisivos sobre el futuro próximo para revistas de cf. Muchos de esos relatos versaban sobre política, derecho y relaciones industriales de la futura era espacial y pertenecían a un grupo llamado «Historia futura». Las obras de los años cuarenta han sido recogidas en El hombre que vendió la luna (1950), Los negros fosos de la luna (The Green Hills of Earth) (1951) y Revuelta en el2100 (1953). Al mismo tiempo, Heinlein escribió varios relatos fantásticos, que incluían la excelente narración sobre viajes a través del tiempo «By His Bootstraps», pero fueron publicados bajo seudónimos. Después de la segunda guerra mundial comenzó una larga serie de novelas de cf para adolescentes, notables por su inspiración, convicción y precisión técnica. Su primera novela de posguerra para adultos fue Amos de títeres (The Puppet Masters).
«La locura, la licantropía y los monstruos, seres no humanos que nacían en el útero, eran todos atribuidos a la luna. Hécate, diosa de las brujas, había sido originalmente una diosa de la luna con tres cabezas, y era acompañada por una jauría de perros infernales …» Y aún hoy la luna puede engendrar monstruos blancos, como babosas, capaces de hacer cundir el pánico en una comunidad entera. Luna sangrienta (The Hungry Moon), una historia lunar de terror si las ha habido, es una novela reciente del «equivalente británico de Stephen King», John Ramsey Campbell (nacido en 1946). La primera novela del autor, La muñeca que se comió a su madre (1976), era un espe-luznante relato de horror psicológico, y desde entonces Camp-bell ha publicado una serie de excelentes novelas de terror. En verdad, estaba lejos de ser un escritor novel a mediados de los años setenta, pues publicó su primer libro (una colección de cuentos al estilo de Lovecraft) en 1964, a la edad asombrosa-mente temprana de dieciocho años. H. P. Lovecraft fue el primer amor de Campbell, y la influencia del escritor norte-americano aún es remotamente discernible en su grotesca historia de una deidad antigua y malevolente que retorna para acosar a un pueblo actual de Derbyshire.




