2009 April | Crítica de Libros
Critica de libros, comentarios, personajes, escritores, estudios y resumenes de libros. Literatura actual y clasica. Literatura espanola, literatura hispanoamericana, literatura norteamericana, literatura europea. Libros recomendados, best-sellers y obras selectas

Archive for April, 2009

Poderes terrenales (Anthony Burgess)

Cuando decide uno enfrentarse a semejante tomo es porque, conociendo al autor, tiene al menos la esperanza de pasar un buen rato.

Burgess, como todo el mundo, tiene ratos en que se demora en la contemplación y exorcismo en bromas de sus fantasmas personales, pero las más de las veces habla con la voz de todo el género humano, tratando de acercarse a los delirios y las preocupaciones que jalonan la historia como un hilo continuo.

En Poderes Terrenales, Burgess une y separa a la vez la historia personal de un hombre que no conoce a su familia y lucha contra el demonio y la de un papa que va a ser santo. Se trata de una historia de ambición, de voluntad y de constante desatino en la que lo ridículo se convierte poco a poco, razonadamente, en perfectamente lógico a medida que evoluciona el mundo y las personas. Sólo los recalcitrantes, los que mantienen a toda costa su idea inicial, van quedando superados sin saber ellos mismo, ni los demás, so son simples restos de naufragio y los únicos pilares sobre los que se mantiene la cordura del mundo.

La pregunta perpetua no es ya si Dios existe, sino qué hace en el caso de existir, y su condición moral desde el punto de vista de las personas religiosas, aunque no siempre creyentes.

El libro es un contante revoltijo de conocimientos inútiles que se convierten en ornamentales, de citas apócrifas o no tanto, y de acercamientos a la realidad que queda cuando los santos, no sólo los del cielo, se bajan de las hornacinas.

El narrador, que bien pudiera ser un trasunto del autor, cuenta su homosexualidad como si hablase de la caspa, un problema social que a él personalmente no le incomoda mucho pero que le causa problemas con los demás. A partir de ahí, su familia, eterno apoyo y constante problema, es el eje sobre el que pivota la historia, con una conclusión aparentemente desoladora: que a Dios, si existe, le gusta estar en guerra.

Vale la pena el tiempo que consumen sus mil y pico páginas.

 

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EL FIRMÁN DE LA CEGUERA (Ismail Kadaré)

Ver o no ver. O no querer ver. O ver demasiado. O echar mal de ojo, Ver y viendo molestar, subvertir, hacer peligrar al prójimo o a la sociedad, o al Estado. El poder absoluto, que prevé y provee, no puede no tomar medidas contra el mal de ojo, medidas firmes, hasta drásticas por el bien del pueblo, la paz y el bienestar general.
El poder absoluto emite así un firmán, un decreto, una normativa o ukase por el que ha de acabarse con el mal de ojo. Quien posee el don de echar el mal de ojo afirma la Cancillería Imperial ha de enceguecer. Voluntaria o involuntariamente, mediante la autoacusación o la delación, así la sociedad será purificada de sus elemento nocivos y la estabilidad del Estado y del poder absoluto quedara a salvo.
Como todo los grandes edictos este ostenta un título breve: qorffirman, dicho de otro modo, firmán ciego. No era tan riguroso ni clemente como cabra esperar. Para evitar que la cacoftalmia corriera el peligro de convertirse en un verdadero azote, el Estado, con el fin de defender sus propios intereses así como los de sus súbditos se veían obligados a intervenir mediante la adopción de una serie de medidas. Los poseedores de la facultad de aojamiento no serían como antaño, condenados a muerte. Unicamente se los privaría de la posibilidad de cometer sus maldades. Dicho objetivo se alcanzaría arrebatándoles el arma que les servia para llevarlas a cabo: sus ojos. Se hacia un llamamiento a todos los súbditos del imperio para que denunciaran abiertamente o bien mediante cartas anónimas, a los individuos dotados de este poder. El cegamiento se realizaría a cambio de una indemnización a cargo del estado y cuyo monto previsto sería mayor para quienes acudieran voluntariamente a mostrar su tara a las autoridades. Se procedería a la desoculación en las qorroffices que servirían igualmente para el registro de las denuncias.
Con sorprendente celeridad, el decreto suscita en el seno del gobierno un enfrentamiento áspero entre el clan de los Köprülü (Köprülü es la traducción del albanés al otomano de Ura) y el de los Seyh ul-Islam.
Parábola del más puro cuño Kadariano, fábula aterradora, metáfora fuera del tiempo acerca del hombre que domina al hombre, “Qorrfermani (El firman de la ceguera)” es uno de los textos más breves y osados de Ismaíl Kadaré en el que María Köprülü y su prometido Alex Ura funcionario en una qorroffice, y encargado de ejecutar el firmán, se ven envueltos en una cruel lucha por la preeminencia política. “Qorrfermani (El firman de la ceguera)” es una vez más un cruel capítulo de la “crónica familiar” del apellido Qyprilli.

EL OCHO (Katherine Neville)

Esta es una de las novelas más famosas del género de la intriga histórica, y creo también, despuñes de leerla, que una de las peores.

En 1790 la abadesa de un convento avisa a sus monjas que tienen que cerrar la abadía porque Francia busca tesoros para pagar sus guerras (época de la Bastilla y la guillotina) y en Montglane se encuentra enterrado un gran tesoro que encierra una maldición. Elige a Mireille para que sea la portavoz y entrega piezas de un ajedrez enterrado más de mil años a varias monjas. Mireille tiene toda la responsabilidad y deberá cuidar de las monjas y el juego. En el juego, un regalo de un moro a Carlomagno, se esconde una fórmula que derrotaría a todos los Reyes del planeta, por eso es tan codiciado. En la Francia de 1879 Robespierre, Tayllerand, los poetas Blake y Wordsworth, James Boswell, Catherine Grand e incluso Catalina la Grande, todos quieren poseerlo. Voltaire, Newton, Casanova… intentaron descifrarlo.

En 1972 es Catherine Velis la elegida para reunir las piezas del juego de Montglane poniendo siempre su vida en peligro. 

Los personajes se sostiene malamente, y la trama no es creíble para las personas que la desempeñan. El libro es un tocho, así que si lo habéis comprado barato no os han estafado del todo, porque al peso tiene un valor. 

LAS AVENTURAS DE ARTHUR GORDON PYM (Edgar Allan Poe)

El libro empieza con una típica explicación de las circunstancias que condujeron a ARTHUR GORDON PYM,  el protagonista, a correr sus aventuras, y luego, poco a poco, la cosa se complica, introduciendo al lector en una bella historia de suspense en la que hay de todo: amenazas, amotinamientos, terror, misterios…
 
De hecho, el final de la obra es tan abierto que Julio Verne la continuó, o eso quiso, en La Esfinge de los hielos. Pero Julio verne era un señor burgués, que escribía en su casa, cómodamente, sin viajar jamás, y aunque se pueda llegar a ser un gran escritor de ese modo, no se puede competir con Poe, que vivía a veces en la calle y murió alcoholizado. No se puede competir a la hora de suscitar la inquietud del lector, ni el desasosiego, ni el miedo a lo que solamente se sospecha. Poe hablaba de monstruos conocidos, y los de Verne nos resultan unpoco de juguete.

En mi opinión, por tanto, Julio verne no tenía la vena maligna de Poe y la continuación no hace ninguna justicia a la obra original. O sí se la hace, resaltándola, proque eto es lo que sucede cuando escribe uno sobre los cimientos que no debe.

Hay que leerse este clásico,a caballo entre lo terrible y las aventuras, para comprender mejor la grandeza de un autor como Poe, al que a menudo consideramos más contemporáneo de lo que en realidad es.

Nació en 1809, aunque parezca tan actual. Es bueno no olvidarlo.

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FELICES COMO ASESINOS (Gordon Burn)

A lo largo de los últimos años, el Reino Unido ha proporcionado al mundo dos tipos de noticias que han dado cuenta del progreso y avances de la sociedad británica. Por un lado, los escándalos de su monarquía. Incendios, exenciones fiscales, separaciones, adulterios, supuestas intrigas asesinas, en definitiva, días de ginebra y rosas. Y, por otra parte, la aparición de asesinos en serie que baten récords mundiales tanto en número de víctimas como en despistes elementales a la policía y la justicia. Con una Casa Real tan ejemplar, y con un sistema tan eficaz, luego se quejan de las travesurillas de los chiquillos futbolistas del Leicester. Qué quieren, si sólo imitan lo que ven.

Porque lo de los asesinos en serie británicos no es ninguna tontería. No contentos con haber aportado a la historia nombres de profesionales como Jack el Destripador (un auténtico pionero de la moderna historia criminal) la rivalidad y envidia británicas hacia Estados Unidos siempre ha sido notoria. Poco podían resistir en la Gran Bretaña el récord de Ted Bundy, el norteamericano que se cargó a unas cien mujeres en los años 70. Y así tenemos al Doctor Muerte, Harold Shipman, el médico que, a base de pinchazos de morfina, liquidó, según cálculos aproximados, a unos trescientos pacientes. Esto sí que es premier league, y lo demás son tonterías.

Pero antes de que el Doctor Muerte fuese inmortalizado por la prensa, otros simpáticos británicos, en este caso un afable y trabajador matrimonio que residía en Gloucester, marcaron la tendencia de la moda de los 90. Fred y Rose West asesinaron, a lo largo de más de veinte años, a una serie de mujeres a las que luego enterraban en su jardín y en el sótano de su casa. Cuando en 1994 los investigadores se dieron cuenta de que allí había más huesos enterrados que en Atapuerca, la prensa etiquetó el suceso como “la casa de los horrores”, nombre que pasaría a la posteridad.

La historia del descubrimiento es casi tan macabra como la de los sucesos mismos. Como consecuencia de una denuncia por abusos y malos tratos presentadas por una de las hijas de los West, la policía empieza a investigar la desaparición de Heather West, otra de las hijas de la pareja, producida siete años atrás. Más bien movidos por una corazonada, la policía consigue una orden judicial para proceder a excavar en el jardín familiar. Y encuentran el cadáver de Heather, pero con una particularidad: que tenía tres fémures. La búsqueda de nuevos cadáveres concluyó con el hallazgo de ocho esqueletos más, todos incompletos, puesto que les faltaban huesos de los pies y de las manos y las rótulas, unos trofeos que nunca fueron encontrados. Tras la detención del matrimonio, Fred se suicidaría al cabo de los meses en la cárcel.

La personalidad de Fred y Rose West es, como no podía ser de otro modo, enfermiza. A la vez que compleja. Se descubrió que en la casa que poseían había, aparte de huesos, un centenar de cintas de vídeo de porno casero, así como una colección completísima de instantáneas de genitales. Fred y Rose alquilaban habitaciones de su casa a cualquiera, y Fred le suministraba continuamente a Rose hombres negros para que mantuvieran relaciones sexuales con ella: según su marido, Rose necesitaba estar en contacto con hombres dotados, mientras él espiaba, fotografiaba y filmaba los encuentros. En estas prácticas sexuales incluían también a sus hijos, a los que iniciaban en la infancia con tocamientos y violaciones. Fred obligaba a sus hijas a mantener relaciones sexuales con él, e incluso llegaba a afirmar que el primer hijo que tuvieran debería ser fecundado por él mismo. Con el tiempo, obligaban a sus hijos a participar en orgías comunes con los visitantes de la casa.

Por lo demás, Fred era considerado un buen trabajador. Se dedicaba a realizar chapuzas y, dada su paciencia y dedicación, se le tenía como uno de los mejores de la zona. Estaba obsesionado con las herramientas, y su casa estaba siempre en obras: remodelaba constantemente su estructura con la inclusión de nuevas habitaciones, con reformas y con nuevos revestimientos en el sótano, lo que servía, además, para esconder mejor los cadáveres. Algo que, por otra parte, no parecía necesario: a pesar de algunas denuncias por violaciones y de su conducta extravagante (Rose se paseaba por el barrio sin ropa interior y se sentaba en los bares mostrando en todo momento, en plan Marta Chávarri, sus interioridades), los West actuaron libremente durante más de dos décadas. Un recuerdo tan vergonzoso que motivó el enterramiento de cualquier vestigio, tras la demolición de la casa: “Tras un largo periodo de consultas, se adoptó la decisión de convertir el lugar en una zona peatonal o atajo que conectara la calle con St Michael’s Square y el bullicioso centro de Gloucester. Se estudiaron y rechazaron otras alternativas: una placa conmemorativa en el solar, un jardín en recuerdo suyo. Nadie quería conservar semejantes recuerdos, un recordatorio permanente”, según cuenta Gordon Burn en “Felices como asesinos”, la recreación novelada de aquellos crímenes.

Leyendo la obra, el referente siempre presente es el de “A sangre fría”, porque Burn (un escritor y periodista británico nacido en 1948) sigue el camino emprendido por Capote, el de partir de un seguimiento escrupuloso de una serie de hechos para configurar una obra a medio camino entre el reportaje y la novela, lo que en su momento se dio en llamar “novela de no ficción”. No obstante, el tratamiento compositivo, e incluso moral, es distinto al de Capote. Si en “A sangre fría” Capote venía a ofrecer, aunque fuera de manera implícita, una posibilidad de solución al problema (la supresión de la pena de muerte, en una lectura que seguiría Richard Brooks en su adaptación al cine de la obra), Burn no puede ni siquiera imaginar una salida digna: lo único que se puede hacer es disimular y mirar hacia otro lado, como si nada hubiera ocurrido. Mientras la historia de Capote sigue un desarrollo lineal, Burn ha compuesto su material de una manera interrumpida y cortante, como si una historia sobre cuerpos desmembrados y mutilados no se pudiera contar de otra manera. La mente tortuosa de los West, así como la estructura laberíntica de la casa en la que vivían, se plasma en lo que ha sido, desde su publicación, uno de los aspectos más aplaudidos de la novela: su composición.

Por otro lado, si “A sangre fría” nos hablaba de un crimen cometido en una zona rural de Estados Unidos, “Felices como asesinos” centra su terror en el ambiente urbano en que se desarrolla la historia. Sólo en este ambiente, consecuencia de una industrialización acelerada y desmesurada, en un barrio obrero, en un clima despersonalizado, es como se consigue la ocultación de las más brutales aberraciones: “La libertad que confieren los disfraces. La libertad que las ciudades otorgan. En la ciudad lo prohibido –lo más temido y deseado- se hace posible. Y Fred y Rose, nacidos ambos en casas con vistas al campo abierto que se prolongaban hasta el horizonte –lugares luminosos proyectándose ante la luz-, se habían sentido atraídos por separado por las oscuras anfractuosidades de la vida urbana. Complacencia, perversión, anonimato y desorden en lugar de la vida previsible y el apacible cambio de las estaciones”. El terror de lo cotidiano, una fórmula que, tanto en la ficción como en la realidad, ha dado tan buenos resultados.

Porque no sólo se trata de que cualquiera pase desapercibido en una ciudad, sino que el disfraz de lo normal contribuye a esta ocultación: “A juzgar por los estándares de Cromwell Street en los años setenta, que albergaba el inventario completo de la anarquía urbana, se diría que la gente que vivía en el número 25 era una familia modelo. Un padre con un trabajo regular y entregado a la mejora de su hogar; una madre joven y trabajadora que, a pesar de todo, se las apañaba para resultar atractiva y presentable; un bebé y tres niñas pequeñas que eran educadas, tranquilas y se criaban bien. Ella le despedía con un beso a la puerta cuando salía a trabajar por la noche, y siempre tenía el desayuno esperándole en la mesa por la mañana. Y Fred no tardó en poner una placa en el exterior de la casa que era poco menos que un emblema de su estatus y una declaración de su respetabilidad”.

Ingredientes, lo cotidiano y lo normal, que no por recurrentes resultan menos eficaces cuando se emplean bien. Porque, con ser un buen material de partida y con estar el libro documentado hasta la última línea, es la escritura de Gordon Burn la que nos sumerge en una historia alucinante donde nada tiene explicación racional, y donde todo resulta confuso y atropellado, desde los crímenes a las apabullantes y desordenadas preguntas de los interrogatorios a los que finalmente resultan sometidos los culpables. Después de publicada la novela, la realidad sigue (con casos como el del Doctor Muerte) suministrando materiales a la ficción. En una época en que se confunden ambos ámbitos, en que una guerra es televisada como espectáculo, no es de extrañar que la literatura realice una reflexión al respecto. Es, además, recomendable.

Manuel de la Fuente en www.lapaginadefinitiva.com

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

EL PALACIO DE LA LUNA (Paul Auster)

Lo que en el fondo es la historia de estanovela vendría siendo una versión más del viaje de Ulises; el protagonista es M.S. Fogg, una suerte de Telémaco, un hombre que busca sus orígenes, a su padre desaparecido. La historia de Fogg comienza con su tío Víctor, quien le cuidó desde el temprano fallecimiento de su madre Emily. De su padre nunca supo nada. Así pues, de alguna manera huérfano, fue creciendo junto a su amigo Víctor. Fogg consigue entrar a la universidad, con dinero apenas suficiente para cubrir la mayoría de la carrera. En su segundo año renta un apartamento que queda junto al restaurante: El Palacio de la Luna; aquí ve por vez primera un mensaje que parece guiar su vida: "El sol es el pasado, la tierra es el presente, la luna es el futuro". Durante el tiempo de la universida muere Víctor, la vida se empieza a derrumbar. El escaso dinero se agota y aunque Fogg va menguando sus gastos no hace nada distinto por suplirlo. Paulatinamente se vuelve un vago, vive en el Central Park; y su vida parece llegar a su fin con el principio del invierno. Es entonces cuando le rescatan su amigo Zimmer y Kitty Wu. Durante un corto tiempo Fogg se aloja donde Zimmer, y en ese lapso se hace pareja de Kitty. Su vida parece enderezarse; consigue un empleo ayudando a un anciano: Thomas Effing, un viejo paralítico de humor cruel y actuar extraño. Por momentos el trato con el anciano le hace pensar en renunciar, pero sigue junto a él; hasta que un día, cuando Effing empieza a presentir su muerte, le cuenta que en realidad es un pinto de principios de siglo XX: Julian Barber, al que todos creyeron muerto. Lo que Effing desea es que escriba su necrología: Julian, joven rico y casado recientemente, decide emprender una expedición al desierto de Utah acompañado por un aspirante a geólogo, Byrne. En el desierto tienen distintos percances, pero en su curso muere por accidente Byrne, tras esto Julian decide desaparecer. Todo parece indicar que morirá, sin embargo se encuentra con una cueva de un ermitaño al que acaban de asesinar. El lugar le sirve de refugio durante meses que dedica Julian a la contemplación y la pintura. Un día se entera que el lugar sirve de escondite a unos asaltantes, quienes probablemente mataron al ermitaño. Entonces Julian se obsesiona con su regreso y los aguarda listo para una pelea; afortunadamente no sólo los mata, sino que se hace con su botín, el que le asegura desde entonces su vida. Se va a California, se asienta como Thomas Effing; pero empieza a ser reconocido como el antiguo Julian Barber. Vagabundea en el barrio chino desde entonces, se refugia en el opio y las mujeres. Hasta que un día lluvioso sufre un confuso accidente del que queda paralítico. Effing lo toma por señal, se marcha a Europa de donde no regresa sino hasta 1939. Luego conoce que tuvo un hijo, Solomon Barber, reconocido historiador que enlodó su carrera por un lío con una estudiante. Thomas Effing muere días después dejando su necrología, una carta para su hijo y dinero para Fogg. Fogg entonces renta junto con Kitty un edificio abandonado en el barrio chino. Luego contacta a Solomon: un gordo monumental de buen humor. En una temporada Solomon se asiente en Nueva York, se hace amigo de Kitty y Fogg; tanto que se sugieren una expedición para encontrar la cueva donde vivió Julian. Entonces las cosas cambian de cariz: Kitty ha quedado embarazada inesperadamente, ella quiere aborta y Fogg se niega; las peleas se vuelve constantes hasta que Fogg acepta. Pero la relación no mejora y Fogg decide irse, se aloja junto con Solomon. Con el tiempo la actitud de Solomon se le hace extraña a Fogg, tanto que hasta piensa que puede ser homosexual; pero desestima su idea y acepta cuando le hace la propuesta de la expedición a Utah. Fogg ya no tiene nada que perder. En el camino van a Chicago en viaje sentimental, a visitar los muertos. Es entonces, frente a la tumba de Emily, donde Solomon rompe a llorar; la verdad deja de estar oculta, él es su padre. Fogg le recrimina por lo que cree una mentira, Solomon huye pero en su camino cae en una tumba abierta. Lentamente Solomon muere en un hospital durante meses. Fogg ve que aquella era su verdad y sin ningún otro nexo con el mundo decide seguir la expedición, pero no encuentra nada. Tras mucho andar llega a las playas de California, ve la luna subir y tomar su lugar, con ella empieza su nueva vida.

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