2008 September | Crítica de Libros
Critica de libros, comentarios, personajes, escritores, estudios y resumenes de libros. Literatura actual y clasica. Literatura espanola, literatura hispanoamericana, literatura norteamericana, literatura europea. Libros recomendados, best-sellers y obras selectas

Archive for September, 2008

El verano de la traición (Hong Ying)

Lin Ying, una estudiante y poetisa china, está en la plaza de Tiananmen cuando sucede el famoso episodio de la masacre de 1989. Por si esto fuera poco cuando llega a casa se encuentra a su novio acostado con otra mujer.

El libro trata de describir a través de su protagonista el ambiente cultural de una China sometida a la dictadura del comunismo donde los artistas se quejan de la represión, de que en China no se pueden expresar pero se les escucha, y en el extranjero se pueden expresar pero no se les escucha.
Lin Ying sufre en el lapso de tiempo que dura la novela una especie de metamorfosis en la que pierde el miedo a los represores, y desafía la moral y el orden establecido.

Opinión

Creo que la autora aprovecha el tirón del la matanza de Tiananmen para llamar la atención de los lectores, como gancho para una historia que no tiene ningún otro interés, ni tensión narrativa. Un relato plano con un final que no entiendo.

Aparte de que (pero esto ya es problema mío) me hago un lío con los nombres: Li Jianjiang, Wu Wei, Hua Hua, Qi Jun… Al final no se quién es quien, ni siquiera si son hombre o mujer.

En definitiva, que no me ha gustado nada. Pero nada de nada.

http://reginairae.blogcindario.com/2006/06/00295-el-verano-de-la-traicion-de-hong-ying.html

La Loca de la Casa (Rosa Montero)

En parte novela, autobiografía, ensayo literario, todo puesto al servicio de la imaginación.

“La imaginación es la loca de la casa”, es la cita de Santa Teresa de Jesús, de dónde ha tomado Motero el título de su libro.

La autora abarca diversos géneros para expresar lo que significa para ella la literatura.

Utiliza la falsa autobiografía, relatando tres versiones distintas de un encuentro con un actor famoso (en un tono surrealista casi kafkiano) o el recuerdo de una ocasión en que desapareció su hermana Martina (a la que dedica el libro con una frase tan ambigua como su contenido: “Para Martina, que es y no es. Y que, no siendo, me ha enseñado mucho”) para disertar tanto sobre la fragilidad de la memoria y la invención de recuerdos, que difieren incluso entre dos hermanas criadas juntas, como sobre la creación literaria y las múltiples opciones argumentales de cada idea.

Equipara la pasión amorosa con la creación artística en cuanto a obsesiones exclusivistas (cita una frase que la asalta durante un paseo: “Hay un momento en que todo viaje se convierte en una pesadilla”, y cómo la “obliga” a escribir una novela – “Bella y oscura” – en torno a ella) y esclavizantes.

Habla de l@s escritor@s como personas más obsesionadas por la muerte que la mayoría y que se escribe siempre contra la muerte.

Sobre sus obsesiones inconscientes: la inclusión de enan@s en todas sus novelas, que explica/justifica/razona asociándolo a una foto suya de infancia, la utilizada en la portada.

Que a veces se evita escribir por miedo: “… A todo lo que dejas sin escribir una vez que pasas a la acción. Por miedo a concretar la idea, encarcelarla, a deteriorarla, a mutilarla. Mientras se mantienen en el rutilante limbo de lo imaginario, mientras son sólo ideas, y proyectos, tus libros son absolutamente maravillosos, los mejores libros que jamás nadie ha escrito”.

Y citas, muchas citas, casos y ejemplos sobre otros escritores y sus relaciones con la creatividad, con el mundo, lasa crisis que les impiden seguir escribiendo (Capote, Melville, Walser)

La competición entre autores hermanos según la teoría de Paul Theroux en su libro “La sobra de Naipaul” de que siempre uno de ellos es inferior al otro y la curiosa ausencia de nombres femeninos, sobre todo las Brontë (Emily, Charlotte y Anne), quizá las más conocidas.

Ejemplos sobre cómo la palabra humaniza, la dificultad de escribir, bien o mal, los críticos, la imperfección de la novela, sobre qué escriben las mujeres, el motivo por el que ella misma escribe o la terrible elección entre vivir sin leer o sin escribir son temas que la autora desarrolla ampliamente en un libro reflexivo. Algo didáctico, que busca tanto explicar como comprender.

No hace falta escribir ni haberlo intentado para identificarse con muchas de las situaciones y emociones que muestra Montero. Cualquiera que, durante la vigila que precede al sueño, se invente historias para no pensar en sus problemas, se deje llevar por la fantasía, la imaginación, podría disfrutar de la lectura.

Un libro del que se puede aprender, reflexionar y releer.

 

Obra de Rosa Montero:

Novela:

· Crónica del desamor (Debate, 1979)
· La función Delta (Debate, 1981)
· Te trataré como a una reina (Seix Barral, 1983)
· Amado amo (Debate, 1988)
· Temblor (Seix Barral, 1990) (Comentado en este blog)
· Bella y oscura (Seix Barral, 1993)
· La hija del caníbal (Espasa, 1997)
· El corazón del tártaro (Espasa, 2001)
· La loca de la casa (Alfaguara, 2003)
· Historia del Rey Transparente (Alfaguara, 2005) (comentado en este blog)

Novela Juvenil:

· El nido de los sueños (Siruela, 1991, 2004)

Cuentos Infantiles:

· Las barbaridades de Bárbara (Alfaguara, 1996)
· El viaje fantástico de Bárbara (Alfaguara, 1997)
· Bárbara contra el Doctor Colmillos (Alfaguara, 1998)

Relatos:

· Doce relatos de mujer (con once autores)(Alianza, 1982)
· El puñal en la garganta (Alfagura, 1994) (en el vol. colectivo "Relatos urbanos")
· Amantes y enemigos. Cuentos de parejas (Alfaguara, 1998)
· Las madres no lloran en Disneylandia (Relato, 1999)
· Cuentos del mar (con ocho autores) (Ediciones B, 2001)

Ensayo Periodístico:

· España para ti para siempre (AQ Ediciones, 1976)
· Cinco años de país (Debate, 1982)
· La vida desnuda (Aguilar, 1994)
· Historias de mujeres (Alfaguara, 1995)
· Entrevistas (Aguilar, 1996)
· Pasiones (Aguilar, 1999)
· Estampas bostonianas y otros viajes (Península, 2002)

http://reginairae.blogcindario.com/2006/06/00296-la-loca-de-la-casa-de-rosa-montero.html

La espiral del silencio (Elisabeth Noelle-Neumann)

Este libro causó una importante repercusión en los estudios de los efectos de los medios de comunicación de masas, y a un nivel más general, del proceso de formación de la opinión pública en factores relacionados con el comportamiento del voto. La tesis fundamental del libro defiende que los efectos de los medios, y en general la influencia de lo que es considerado socialmente bueno, sobre los individuos son mucho más considerables de lo que se pensaba. Hasta el advenimiento de la Teoría de la Espiral del Silencio, los estudios sobre los efectos de los medios se centraban en investigaciones a corto plazo, basadas en encuestas, que concluyeron que la capacidad de los medios para influir en el cambio de opinión de la gente era muy liviana, y el modelo clásico de la teoría de la opinión pública había defendido que el proceso de formación de la opinión dependía de la interacción de los individuos libres e ilustrados en un proceso de debate público, a través del cual se llegaba a acuerdos, con la ayuda de la prensa, que era vista como la voz del público.

Con la Teoría de la Espiral del silencio, esta visión de la opinión pública sufre un cambio. Apoyándose en una serie de encuestas, la socióloga alemana descubrió que en los procesos de formación de la opinión pública influía mucho la percepción que tenían los individuos de lo que estaba bien considerado, es decir, que las opiniones “buenas” tendían a cosechar más apoyos explícitos de los que en un principio tenían y las minoritarias (o percibidas como tales) quedaban aún más minimizadas, en un proceso de “espiral del silencio”. La opinión pública es definida como control social, un proceso en el que la gente contribuye a la formación de opiniones siempre que estas sean bien vistas, mientras que las opiniones políticamente mal consideradas acaban desapareciendo del horizonte de expectativas del gran público, y los defensores de posturas “mal vistas” acaban condenados a silenciar su opinión o a exponerse a la marginación social. Los medios de comunicación, como es evidente, contribuirían a esta espiral.

Pero basta ya de pedanterías, o al menos de tantas pedanterías, y vayamos al grano: las consecuencias de este proceso observado por Noelle – Neumann son radicales: con esta teoría se hace hincapié en la importancia de los efectos a largo plazo de los medios de comunicación. Si nosotros leemos el periódico un día cualquiera y leemos, es un suponer, “Arzalluz es un joputa”, la opinión del periódico no influirá en nuestra opinión (que igual es que Arzalluz es un joputa); pero si leemos ese periódico todos los días, y leemos muchos otros periódicos, y todos coinciden en que Arzalluz es un joputa, y nuestro entorno social cree que es aún más joputa, al final acabaremos por convenir en que Arzalluz es un joputa, o si seguimos pensando lo de antes (que Arzalluz es maravilloso porque, por ejemplo, fue jesuita y nosotros también), nos tendremos que callar o exponernos a que nos digan “tú eres tan joputa como Arzalluz”. Apliquen esto a cualquier otra situación de la vida moderna (por ejemplo un entrañable pueblecito del País Vasco, con alcalde de EH con mayoría absoluta, y con la opinión generalizada de que no pasa nada por exterminar españolazos) y se pueden imaginar que la teoría se sustenta en hechos.

Además, hemos de tener presente que Noelle – Neumann no es una investigadora cualquiera, sino una investigadora alemana, con toda la carga de seriedad, rigor y constancia que ello supone. Si Noelle – Neumann se hubiera dedicado a construir tanques estamos seguros de que habría sido enormemente eficaz, y lo mismo ocurre con su teoría, que está basada en pruebas consistentes. ¿Imposible encontrarle puntos flacos? Para nosotros es posible que sí, pero de investigadores alemanes está el mundo lleno, y un investigador aún más serio, riguroso y constante que Noelle – Neumann, en suma, mucho más pesado y aburrido (por increíble que pudiera parecer), Jürgen Habermas, defensor del modelo clásico de la opinión pública, se enfrentó en una agria e interesante polémica con la socióloga alemana a lo largo de los años 70. Afortunadamente, aquí estábamos demasiado ocupados enterrando al Tío Paco y no nos llegó eco alguno de la controversia; de hecho, no nos llegó eco alguno tampoco ni de Habermas ni de Noelle – Neumann hasta mucho después, con dos cojones, como debe ser.

La principal crítica que se le puede hacer a Noelle – Neumann es su obsesión por el empirismo, por las encuestas. Para alguien que no cree en absoluto en lo que dicen las encuestas, como el que esto escribe y como cualquiera de Ustedes el día después de cualquier proceso electoral, fundamentar una teoría casi exclusivamente en los datos empíricos puede ser arriesgado. Al menos, Noelle – Neumann no cae en el absurdo entusiasmo de los yanquis por basarlo todo en encuestas (lo que les evita el funesto vicio de formular hipótesis, teorizar y, en líneas generales, pensar algo), pero la teoría sigue mostrando flancos débiles por ahí.

La estadística, esa gran ciencia que afirma que si yo tengo 100 millones de pesetas y 99 de Ustedes ninguno, cada uno tenemos un millón. Afortunadamente para mí, por mucho que la estadística diga lo que le dé la gana, soy yo el que sigue teniendo los 100 millones (aunque por desgracia esto sólo sea un ejemplo hipotético sin ninguna base real, que si no ¿se creen Ustedes que yo me leería estos tostones en lugar de disfrutar del Spanish way of life, asistiendo a saraos y conspirando con / contra el felipismo?).

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Justicia sin Estado (Bruce L. Benson)

Unicamente con leer el título muchos de Ustedes habrán percibido un cierto aroma a liberalismo de lo más sugerente. Si además les decimos que la obra está publicada por Unión Editorial -empresa dedicada a difundir el pensamiento liberal por estos parajes- y que su autor, en definitiva, aboga por una paulatina privatización de los servicios de justicia y orden público, es posible que ya estén pensando, quizá con razón, que “a estos liberales habría que colgarlos por las pelotas en la plaza mayor del pueblo”. Si es así, mejor dejen de leer esta reseña y vayan a la sección de sexo, porque esto no ha hecho más que empezar y además ya les adelantamos que están Ustedes ante un rollazo de los que hacen época.

En realidad el libro es cojonudo, pueden creerlo. Pero como nos pasaríamos de concisión si dejáramos el análisis ahí, y además estamos seguros que el precio del volumen -en la línea de la casa, por otra parte- es otro aliciente para no comprarlo, vamos a exponerles en pocas líneas la tesis principal del autor con lo que les ahorramos unos euros (que pueden transformar en un modesto óbolo para LPD), y al mismo tiempo contribuímos a hacer patria liberal y a luchar contra el anófeles colectivista. (Increíble, no pensábamos que llegaría Ud. leyendo hasta aquí. Nuestra enhorabuena y por supuesto siga, siga).

La mayoría de Ustedes podrían pensar que resulta imposible la existencia de la Justicia sin un Estado que la imparta y sostenga. Si es así pueden apuntarse un punto negativo por rojos, puesto que, tal y como describe Benson, la justicia y el orden público son “inventos” muy anteriores a las instituciones estatales. A principios de la Edad Media, por ejemplo, el derecho mercantil era de origen consuetudinario. Eran los usos comerciales propios de la época los que dictaban las normas no escritas que todo mercader había de cumplir. Si algún comerciante intentaba convertirse en un tiburón de las finanzas usando métodos irregulares, el resto de colegas dejaban de hacer negocios con él. Bastaba esta tácita amenaza de exclusión para que todos se condujeran dentro de la legalidad, sin necesidad de que ninguna autoridad impusiera ninguna normativa específica. Con la aparición del Estado aparece el derecho autoritario, que llega hasta nuestros días. La regulación de la vida individual y colectiva de las sociedades deja de estar basada en los usos y costumbres de la tradición, pasando a regularse por las normas emanadas del poder político cuya observancia es impuesta por métodos coercitivos. ¿Es esto bueno o malo?. Para Benson es una putada, y en su lugar se decanta por el derecho primigenio de fuerte raíz consuetudinaria que utilizaba los incentivos sociales en lugar de la violencia como medio de imposición de la ley.

Benson analiza este estado de la justicia desde el punto de vista de la teoría económica -con dos pelotas- según la cual “las funciones principales del Estado son actuar como mecanismo redistributivo que quita riqueza a unos para transferírsela a otros, así como discriminar entre grupos para determinar quién gana y quién pierde, en proporción a su poder relativo.” De esta forma, resulta evidente que las leyes irán destinadas principalmente a satisfacer a los grupos de presión más poderosos, perdiendo el amplio apoyo social que tenían bajo el sistema consuetudinario. Súmenle a ésto el constante aumento de la burocracia necesaria para aplicar el ingente volumen de normas con que las administraciones públicas nos inundan todos los días, y llegarán a la conclusión de que vamos por muy mal camino.

En cuanto al problema del orden público, Benson hace notar la necesidad de perseguir especialmente las agresiones contra las personas o su propiedad en detrimento de los delitos en los que no existe víctima salvo el propio infractor. Por poner un ejemplo, la polícia debería dejar de molestar a los jovenzuelos que se emporran en los parques públicos y perseguir en su lugar a los delincuentes armados y peligrosos. Además, según su teoría, las agresiones contra una persona o su propiedad deberían llevar aparejado un castigo en forma de una “multa” pagadera directamente a la víctima de cuantía suficiente para resarcirla de los daños causados, además de los gastos legales ocasionados. Esta es la diferencia fundamental con el sistema actual, que basa la represión del delito en el castigo al delincuente, con casi total olvido de las víctimas y sus derechos. De hecho, resulta evidente que la encarcelación no sólo no compensa a las víctimas sino que les exige cargar con más costes derivados de los gastos del proceso, lo que origina que cada vez haya más ciudadanos que renuncian a denunciar agresiones contra su libertad o propiedad, salvo casos especialmente graves.

La propuesta de Benson para paliar este estado de cosas consiste, en pocas palabras, en iniciar una progresiva privatización de los servicios de justicia y de orden público, que basen su acción en la protección de la libertad de los ciudadanos y de su propiedad particular, y con especial preocupación por resarcir a las víctimas por los daños causados. Estarán de acuerdo con nosotros en que hay que tener un par de cojones para defender una propuesta tan políticamente incorrecta en público sin usar seudónimo. Y el caso es que después de ver el estado actual de la justicia en países como el nuestro -totalmente homologable en este aspecto con cualquier otro país occidental- la teoría de Benson suena bastante sensata. ¿Llegará a cristalizar algún día?, es difícil saberlo, pero tengan ustedes en cuenta que muchas de las ideas que hace unos años parecían descabelladas actualmente son asumidas con toda naturalidad, ¿o es que alguien sospechaba que se volverían a ponerse de moda la perilla y los pantalones de campana?.

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El problema de la vertebración del Estado en España (Santiago Mu&n

Mientras España se rompe, se va al garete, es vendida en almoneda a los pérfidos catalanes como solución de compromiso a entregársela al Islam (que lleva siglos reclamándola y ahora controla a nuestro Presidente) y sus políticos afilan refrendos estatutarios, recursos al Tribunal Constitucional y presión mediática, una serie de astutos profesores están copando las librerías con obras dedicadas a reflexionar sobre la cuestión con algo más de calma. No pretenden competir con Pío Moa o Gustavo Bueno, estandartes de la literatura españolista de consumo en sus diferentes nichos de mercado (libros para arrojar a la cabeza de Ministros traidores y obras de mesita de la tele para que las visitas sepan que estás generacionalmente desubicado, respectivamente), pero a este paso, como se generalice la cosa, no podemos descartar ninguna posibilidad. Tampoco que empiece a madurar, al fin, en España, un mercado para la literatura dedicada a la reflexión cultivada. Es que desde que se casan los maricones, la verdad, uno ya no se sorprende con casi nada, por inconcebible y pecaminosos que suene.

Imagínense los efectos terribles que algo así podría provocar en el debate territorial español e incluso en la lucha esencialista-identitaria tan cara a todos nosotros. Porque en vez de tirarse los trastos a la cabeza con el 36, nuestros representantes se verían obligados por culpa de la instruida ciudadanía, no sé, a repensar en serio la estructura de España en tanto que Estado, confrontar posiciones y ver quién se llevaba el gato al agua en plan democrático. Sería un cambio notable respecto a las opacas negociaciones con las que en la actualidad se ventilan estas cuestiones, gracias a un texto constitucional que deja todo abierto y a una tradición de negociación basada en el consenso y en minimizar daños que supone un permanente debate y una constante puja por mejorar posiciones competenciales. Vamos, un asco. Y yo tendría que vender en mercadillos para turistas mis banderas autonómico-independentistas por cuatro perras.

La obra de Santiago Muñoz Machado El problema de la vertebración del Estado en España es una excelente muestra de que el peligro, si bien latente, ahí está. Es decir, de que trabajos de mérito, completos, documentados, que aúnan el esfuerzo de explicar de forma general y entendible algunas de las más habitualmente ocultas en jerga especializada claves jurídicas del asunto con el rigor intelectual, existen. Otra cosa es que el debate público los tenga demasiado en cuenta o trasciendan del mundo de los especialistas o de una pequeña minoría interesada en estas cuestiones. Uno, que es optimista con estas cuestiones, cree que la aparición de estudios como el que reseñamos es una excelente noticia precisamente porque alientan la esperanza de que su misma calidad y claridad ayude enormemente a que este proceso de construcción de una cultura nacional se realice un día. Seguro que así será. Y que hasta las masas instruidas en la Guerra Civil del 34 por Pío Moa, en el fondo, contribuirán a ello. Cierto interés, que es el comienzo de todo, ya han demostrado. Algo es algo.

Frente a las muestras de preocupación y el dramatismo que acompaña a las mismas cuando se plañe la ruptura de España, Muñoz Machado se enfrenta al análisis del problema de fondo, las carencias de vertebración de España en tanto que Estado con cierta tranquilidad. Estudia las diferentes causas que pueden haber dado origen a su debilidad estructural y cómo la afirmación de la nación española no ha logrado históricamente superarlas. Lo hace comenzando, de la mano de Ortega, desde la constatación de la existencia de ese problema de vertebración de España que, a diferencia de lo que ocurrió en el resto de grandes naciones europeas, tan agudamente se plantea y del que ya desde principios del siglo XX se ha sido plenamente consciente.

El autor trata de buscar las raíces del caso de autos, para lo cual acomete una revisión de la evolución de la cuestión nacional y de los diferentes y sucesivos (unos más exitosos que otros) intentos conducentes a la creación de un Estado unitario y centralista a lo largo de los últimos trescientos años. Pero más allá de las más habituales indagaciones esencitarias, rayanas en la poesía, se centra en el análisis de los verdaderos esfuerzos de construcción nacional y de afirmación ciudadana, en lo que podríamos llamar, afrancesadamente, chantiers publics de la nation. A fin de cuentas, todo el análisis parte de la base de que un Estado se vertebra a partir de la existencia de objetivos ciudadanos comunes, de buenas infraestructuras, de comercio justo y libre, de derechos y garantías amparados en leyes iguales para todos que sean respetadas, más que en comidas de coco alemanas, rollos fichteanos y demás salidas de tiesto propias del idealismo romántico. Es decir, justamente de todo lo que no tuvo España desde que existe como tal en tanto que Estado moderno.

Se ponga la fecha donde se ponga (sea en 1705, sea en 1802, sea en 1834), España como Estado moderno ha sido un fracaso desde sus orígenes. Y lo ha sido por la incapacidad o incompetencia de las estructuras estatales en afirmarse en la realización de todas esas tareas, en el mejor de los casos. Cuando no, en el peor, por la inexistente voluntad de acometerlas. Lo cual provoca que, en la época histórica en que los pasos del Estado constitucional han de suponer la uniformización de derechos y deberes, en España se consolidan cuando no constituyen situaciones de privilegio absolutamente excepcionales en el marco comparado. Que esos son los polvos de los que vienen los lodos actuales (desvertebración del Estado en España) es evidente: de la no formación de un estado unitario sólido cuando fue el tiempo histórico, en todas partes, de hacerlo (siglo XIX). A partir de ese momento, todo viene mal dado, pues ciertas regiones, sea por mor de tradición histórica y la aspiración a recuperar cotas de autogobierno perdidas, sea por desarrollarse industrialmente en mayor grado y desear contribuir en menor media al esfuerzo de solidaridad nacional, sea por lo que sea, el caso es que no se sienten ni integradas ni cautivadas por un proyecto nacional español que no sabe hacerse atractivo pero tampoco tiene capacidad para imponerse.

No puede ser de otra forma cuando, por lo demás, demuestra poco interés por sus ciudadanos y su mejora, por integrarlos en un proyecto de país, de nación, de mejora colectiva e individual. También esto último me parece un síntoma más de la debilidad, triste y brutal, del Estado español decimonónico. Y, la verdad, no faltan datos de todo tipo que demuestran la indigencia de los esfuerzos estructuradores de la nación española. Basta comparar las tasas, por ejemplo (testigo que a mí particularmente me gusta especialmente porque creo que es de enorme relevancia), de alfabetización a finales de siglo que Muñoz Machado comenta (las tasas de analfabetos en Alemania – 5%; Inglaterra – 5%; Francia – 17%; Italia – 50%; España – 70%). Lo dicen todo sobre los resultados de los proyectos nacionales respectivos. Así como dan bastantes pistas sobre la naturaleza e intensidad de los esfuerzos de construcción nacional realizados en cada país.

Nos pongamos como nos pongamos, la España invertebrada mítica existe. Y es consecuencia de severas deficiencias de concepción del proyecto común. No de unos nacionalismos periféricos insolidarios y mendaces. Tampoco de un Estado fortísimo y represor que ha llevado a una reacción como la que tenemos. El problema es más bien que lo que nosotros teníamos en el siglo XIX era poco más que un remedo de Estado, una estuctura con pies de plomo que servía para más o menos garantizar la seguridad y el negocio de los amos del cortijo. Y así no se va a ninguna parte. A ese proyecto tampoco se han sumado nunca con excesivo entusiasmo las elites de los nacionalismos periféricos, que, al revés, han aprovechado su escualidez para consolidar situaciones de privilegio. Lo que pasa es que ¿hasta que punto se puede criticar apurar al máximo un modelo de rapiña y diferenciación?, ¿cómo cuestionar a los que han buscado y cultivado el privilegio, a través de la historia, de la cultura o de la mitología, cuando nada hacía el Estado por igualar y nivelar sino todo lo contrario?

Se ha llegado así hasta finales del siglo XX, culminando un centenio de, por fin, intentos de mejora y regeneración. Podemos incluso incluir algunas políticas de la Restauración entre ellos. Y a la II República. Y las pretensiones de ruptura con el franquismo. Todos ellos sistemáticamente respondidos, saboteados. La historia de España es desde hace un siglo, casi prácticamente en su totalidad, la historia de la reacción. De la reacción de los privilegiados, que en el fondo lo que han boicoteado sistemáticamente ha sido, precisamente, la construcción y afianzamiento de un Estado nacional fuerte. Porque precisamente a estos caciquillos y privilegiados de toda la vida es a los que más ha interesado que España haya sido una filfa de Estado. Que sirviera para mantener el orden público, más o menos y de esa manera, pero poco más. Así se evita que un Estado fuerte dé poder y formación a los menos favorecidos, incremente la justicia y la porosidad social, potencie la meritocracia… todas las medidas en definitiva propias de un Estado que quiere avanzar y fortalecerse y aspira a crear un circulo virtuoso con sus ciudadanos. Es un ejemplo paradigmático a estos efectos la Dictadura del Caudillo y su incapacidad, ni siquiera desde el totalitarismo y la represión, de construir nada sólido. Porque España esta gente no se la toma en serio, en general, como no sea para sabotear. La mítica y fanfarria españolista que acompaña a estas posiciones tiene tanta solidez como los orígenes del vasquismo a la sombra de Jaun Zuría y se explica de forma muy semejante: conservación de rentas y privilegios envueltas en banderas nacionales.

En los ultimos años la historia de España ha sido la de la contemporización exitosa con la reacción, a base de opacidad y de apelaciones al “consenso” que han permitido una especie de democracia otorgada, con grandísimos déficits participativos, pero que ha funcionado medianamente bien. Y que gracias a la entrada en la UE ha diseñado un entramado mínimo que no tiene marcha atrás. Comparado con lo que ha sido nuestra historia reciente, es para estar contentísimos. Si nos ponemos mínimamente exigentes o empezamos a utilizar a naciones desarrolladas como término de comparación, la verdad es que no tanto.

No llega a estos extremos Santiago Muñoz Machado, que hace bien en quedarse en una exposición más informativa y menos militante. Pero profundamente ilustrativa de esa tendencia histórica, desde la II República y la creación de la mano de Azaña de un Estado integral que tratara de acomodar las peticiones, esencialmente, de los nacionalismos vasco y catalán, al actual marco constitucional tan inspirado en ese modelo.

El problema es que tampoco con la Constitución de 1978 se afronta recto y por derecho la cuestión de la vertebración de España. La Carta Magna de la democracia es hija del compromiso y de la negociación entre bastidores, muy al margen de la ciudadanía y de la honradez intelectual de plantear los términos del problema y llegar a una solución, si fuere posible. Por el contrario, la estructura territorial del Estado, como solución de compromiso, queda desconstitucionalizada en la Constitución de 1978, preterida al desarrollo que, dentro de un marco de mínimos, realicen las propias Comunidades Autónomas.

Señala acertadamente Muñoz Machado que nada de los procesos de reforma estatutaria que el siglo XXI está alumbrando (desde el fallido vasco al aprobado tras profunda reformulación para Cataluña) es ajeno a la misma lógica histórica y constitucional española. Tan normal es que las regiones con grandes aspiraciones de autogobierno intenten apurar al máximo las opciones que un texto marco ciertamente vago y poco preciso concede, como que el resto de regiones pasen a continuación a copiar los avances, apelando a la dinámica del agravio comparativo. Esto es, más o menos, lo que ocurre con el actual Estatuto catalán, más allá de algunos excesos o de que su carácter prolijo esté o no justificado por la jurisprudencia dominante del Tribunal Constitucional (generalmente expansiva respecto de las competencias estatales). Tampoco, por otro lado, ha sido presentado desde Cataluña el texto como nada de diferente naturaleza o de aspiraciones mayores a las de, justamente, apurar al máximo lo constitucionalmente posible. El nuevo Estatut es, así, extremadamente consciente del escaso margen para la asimetría que el marco constitucional concede y de los problemas de ordenación que supone el establecimiento (o la aspiración de) de relaciones bilaterales con el Estado.

Conviene por ello situar el análisis de la actual situación en su correcto contexto histórico y jurídico. Y no dramatizar en exceso lo que no es la definitiva ruptura de España sino una muestra más de los problemas que suscita el carácter abierto del Título VIII de la Constitución, tampoco particularmente dramática porque no es en el fondo el Estatuto catalán un texto en desacuerdo con los principios y contenidos que inspiran la ordenación territorial en España. Cuestión distinta, claro, es hasta qué punto, si bien asumiendo que no podrá ser ya desde la uniformidad centralista propia del siglo XIX (pero que también había dejado de ser, entrado el XX, la posible solución tanto aquí como en los países de nuestro entorno), no conviene afrontar de una vez un intento solvente de vertebrar el Estado a partir de la confluencia de intereses y de la puesta en marcha de estructuras sólidas, claras, fijas, que permitan una mejor realización y consecución de afanes, por una vez, verdaderamente comunes.

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Guerras justas e injustas (Michael Walzer)

El año 2.003 ha comenzado con los tambores de guerra resonando con fuerza. La inminencia de un ataque estadounidense y británico contra Irak, contaminado a radice en punto a su legitimidad por la unilateralidad de la decisión sobre el mismo, ha convertido en inevitable la vuelta al clásico debate en torno a la justificación del empleo de la violencia en las relaciones internacionales. Esto es, de la guerra.

Porque la cuestión de si existen, en primer lugar, guerras justas y, caso de que así sea, cuáles sean estas, es tan vieja como la propia capacidad humana de reflexionar en términos éticos. Cualquier civilización digna de este nombre se ha dotado de un sistema de valores con el que ha tratado de aprehender, mal que bien, la idea de justicia (o, al menos, una cierta construcción propia de esta idea). Y, así, desde las primeras referencias a sistemas éticos encontramos también discusiones sobre la justicia de la guerra.

Culturalmente, el punto de llegada más o menos consensual al que hemos arribado los miembros de las sociedades occidentales está hasta cierto punto claro. Al menos, en sus perfiles más gruesos. Por ejemplo, en el hecho de que existen guerras justas y, también, guerras injustas. El referido consenso puede hacer parecer la afirmación como una simpleza cuando, en realidad, nada más lejos de la realidad que el carácter evidente de tal juicio. Que existen guerras justas e injustas supone asumir que, de una parte, el hecho de poder emplear la violencia para obtener ciertos beneficios no es suficiente para entender una guerra justa (es decir, que más allá de la existencia de conflictos, guerras y violencia, no todos ellos son justos). Y, de otra, implica necesariamente haber dado por sentado, igualmente, que no todo empleo de la violencia es, por definición, contrario al sistema de valores de acuerdo con el cual queremos ordenar la convivencia de forma general. Afirmar que existen guerras justas e injustas no es, desde este prisma, poca cosa.

Con todo, y como es obvio, mucho más complicado es, metidos en faena, determinar cuándo estamos en presencia de unas o de otras. Aunque, también en este punto, siglos de historia y de decantación han permitido establecer ciertas pautas. La obra de Michael Walzer, clásica en la materia, no es tan interesante por la disección personal del asunto que bien habría podido acometer el autor como por ser plasmación más o menos ajustada a lo que son los cánones occidentales que en la actualidad disciplinan la asignación de las etiquetas “justa” o “injusta” a cualquier guerra. Este peculiar “consenso”, cuyas últimas y revolucionarias piezas han sido aportadas por el nuevo orden jurídico que la Organización de Naciones Unidas ha supuesto para la comunidad internacional, se encuentra perfectamente expuesto en una obra, como se ha dicho, ya clásica y que ha sido recientemente reeditada en España por Paidós.

Walzer afronta la exposición de dos cuestiones esenciales relacionadas con la justicia de la guerra. De una parte, se interroga sobre cuándo estamos ante una situación que justifica su recurso. De otra, analiza si que estemos en tal caso permite cualquier acción. Así, junto a la legitimidad o ilegitimidad de origen, una segunda cuestión se superpone y obliga a explorar la posibilidad de que la guerra, una vez existente y justa, permita cualquier tipo de actuación, no contemple más límites que las exigencias de la búsqueda de la victoria en la misma. Porque, al menos en ciertos momentos históricos, no ha sido extraño pensar de esta forma. Con todo, parece evidente en la catualidad para todos que hay guerras justas que devienen, en consecuencia, injustas si se emplean en ellas ciertos medios o se recurre a algunas técnicas.

Como hemos dicho, la obra de Walzer es extraordinariamente interesante por la abundantísima y amena explicación de las diversas disyuntivas que contiene. Siempre, por lo demás, apelando a ejemplos históricos y aprovechando, de esta forma, para trazar un completo panorama de lo que podríamos llamar “Historia de la justificación del empleo de la violencia política y sus límites”. A este respecto se trata de un libro absolutamente básico y que emplea este punto de partida para incitar a sugerentes desvíos hacia la exploración de justificaciones de la guerra que, aun abandonadas en la actualidad, no dejan por ello de poseer una enorma capacidad de convicción y magnetismo que las conviertieron en el pasado en referencias éticas sólo con gran esfuerzo cuestionadas y superadas.

No obstante su indudable interés, es un error concebir el trabajo de Walzer como una especie de obra en la que desentrañar por medio de una fórmula mágica (y a misteriosos arcanos superiores debida) que permitiera deslindar lo justo de lo injusto. Respecto de cuándo una guerra es justa, Walzer recoge y modela las diversas posibilidades más corrientes, y las califica, por supuesto. Ahora bien, al hacerlo no hace sino aplicar las pautas que constituyen lo que la comunidad internacional lleva años proclamando como el entorno valorativo imprescindible que subyace en las normas de Derecho internacional en la materia.

No está en la actualidad considerado como justo el recurso a la violencia más que en casos muy tasados. Y tampoco se entiende justificado hacer la guerra de cualquier forma.

Releer a Walzer, sin embargo, unas décadas después de la publicación primera de sus trabajos, empieza a adquirir una preocupante vertiente propedéutica que añadir a su interés cultural e histórico. Porque ese consenso en torno al que se articula la valoración ética de las acciones bélicas que contiene su obra parece resquebrajado en la actualidad. O, al menos, así sería para quienes conciben guerras preventivas o el empleo de armas de destrucción masiva en ellas como justas.

No está muy claro si asistimos a un momento en el que una marea reaccionaria e involucionista nos retroatae a cavernas cuasi premedievales en la materia o si, simplemente, es que a muchos importa poco la califiación indudable y asumida de “injusta” para ciertas de sus actuaciones, pero pocas dudas caben sobre el hecho de que ni Walzel ni el consenso del que venimos hablando en esta recensión (en torno al que, por cierto, se ha estructurado la convivencia en paz de nuestras sociedades desde hace 50 años permitiendo un desarrollo económico y social sin precedentes) pueden aceptar nunca como justas:

- guerras estrictamente preventivas (porque no es, sensu stricto, preventiva una guerra desencadenada para frenar de forma proporcionada una previsible, cierta e inminente agresión; de igual forma que la legítima defensa aparece también cuando se reacciona antes de que apuñalen, sin necesidad de esperar a que se consume la agresión, pero sí requiere que sea claro y evidente que ésta va a darse).

- guerras que integren como objetivo provocar daños masivos entre la población civil.

- guerras que empleen armas de destrucción masiva.

- guerras que no concedan a los prisioneros unas condiciones dignas de subsistencia.

Afortunadamente, de momento, en la actualidad estas exigencias éticas encuentran respaldo, fruto de ese consenso que parece hoy perdido, en sendas normas de Derecho internacional que permiten afirmar que quien ataca a otro país sin que medie agresión alguna está comportándose de forma injusta, ilegítima e ilegal; que quien emplea armamento no convencional o busca diezmar a la población civil es un criminal de guerra; y que quien retiene a prisioneros sin proporcionales suficiente espacio, comida, www.lapaginadefinitiva.com

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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