2008 April | Crítica de Libros - Part 3
Critica de libros, comentarios, personajes, escritores, estudios y resumenes de libros. Literatura actual y clasica. Literatura espanola, literatura hispanoamericana, literatura norteamericana, literatura europea. Libros recomendados, best-sellers y obras selectas

Archive for April, 2008

En el camino (Jack Kerouac)

 Con el paso del tiempo, "En el camino", un libro que fue la biblia y el manifiesto de la generación beat, se ha convertido en una «novela de culto» y en un clásico de la literatura norteamericana. Con un inconfundible estilo bop, que consiguió para Kerouac el título de «heredero de Charlie Parker», en esta novela se narran los viajes enloquecidos, a bordo de Cadillacs prestados y Dodges desvencijados, de Dean Moriarty el mítico hipster, el héroe de todos los beatniks, «un demente, un ángel, un pordiosero» y el narrador Sal Paradise, recorriendo el continente, de Nueva York a Nueva Orleans, Ciudad de México, San Francisco, Chicago y regreso a Nueva York. Alcohol, orgías, marihuana, éxtasis, angustia y desolación, el retrato de una América subterránea, auténtica y desinhibida, ajena a todo stablishment. Una crónica cuyos protagonistas, en la vida real y en el libro, fueron Jack Kerouac (Sal Paradise), Neal Cassady (Dean Moriarty), Allen Ginsberg, William Burroughs.

El audaz (Benito Pérez Galdós)

El audaz (1871), segunda novela de Benito Pérez Galdós, relata la historia de Martín Muriel, personaje formado en las ideas revolucionarias procedentes de tierras francesas, que buscará incesantemente la venganza que no pudo realizar su padre ante las intrigas de las que fue víctima. Situada la acción en 1804, Martín también intentará localizar a su hermano, Pablillo, del que sólo sabe que fue acogido por el conde de Cerezuelo, una de las personas que persiguió el fin funesto de su padre. En este peregrinar, Martín Muriel se encontrará con multitud de personajes: Susana Cerezuelo, hija del conde, y con la que tendrá un acercamiento, previsiblemente por venganza; Lorenzo Segarra, mano derecha del conde, y verdadero causante de las penas del padre de Muriel; el tío Genillo, el único que veló por el bienestar de Pablillo en casa del conde; o Leandro, amigo de Martín y que intentará mantener un idilio con la hija de Doña Bernarda

La feria del progreso (Gabriel Zaid)

La feria del progreso es un libro que recoge el trabajo ensayístico del intelectual mexicano Gabriel Zaid. Como buen intelectual a la antigua usanza, Zaíd asiste a todos los palos y habla de muchos temas muy diferentes. Eso sí, siempre emitiendo opiniones argumentadas, contrastadas y basadas en datos. Bueno, muchas veces, las páginas de este libro son también terreno expedito para la ironía y la sana sonrisa para con el género humano.

El libro está dividido en seis partes. Casi todas ellas están dedicadas a la literatura, al arte de leer, a la corrupción editorial o a la ágrafa sociedad actual. Pero también dedica una parte a ensayos variados y otra llamada “El progreso improductivo”, a hablar de economía. No voy a hacer un análisis pormenorizado de esta parte porque me resultó bastante densa y farragosa. En parte debido a mi ignorancia, en parte a que las circunstancias descritas en el libro ya son pasto del pasado en México y en parte a que el propio Zaíd no supo hacerme entender sus ideas. (No iba a tener yo toda la culpa, oigan). De todas formas, es una parte pequeñita del libro que no hace desmerecer al conjunto.

Ya los títulos de las distintas secciones son bonitos, sugerentes, evocadores e incluso misteriosos: “La máquina de cantar”, “Los demasiados libros” o “Cómo leer en bicicleta”. Estos títulos revelan algo acerca del conjunto de artículos o ensayitos que acogen: y es la capacidad que éstos tienen para iluminar partes ocultas de temas manidos, para hacernos adoptar nuevas perspectivas sobre temas que, de tan sobados, ya teníamos arrinconados en la carpeta de lo asumido. Gabriel Zaid plantea, a cada página, un reto al lector, un desafío a romper con lo convencional, con las firmes asideras del pensamiento común; Zaid nos pide que caminemos solos y para ello, nos muestra cuántas de nuestras ideas son lo que los franceses llaman “idées reçues” (ideas recibidas) y a lo que nosotros decimos prejuicios.

“La máquina de cantar” aborda los temas de la escritura automática, la posibilidad de crear máquinas capaces de mezclar palabras que constituyan canciones; la posibilidad de conseguir una máquina que fabrique sonetos. Esto ya lo planteó el sabio Juan de Mairena y aún así se hizo realidad. Zaid plantea un sistema lógico que será capaz de escribir y ordenar todos los sonetos del mundo, por ejemplo, al mendeveliano modo. De las distintas aberraciones que surgen de las máquinas fabricadas y concebidas por distintos gurús de la literatura, Zaid pasa a hacer una defensa de la lectura personal, de lo que él llama una “lectura concreta”, que obedece a ciertas necesidades y es capaz de dar significados no mecánicos a lo escrito. “La literatura, dice Zaid, es el medio abstracto de alcanzarse a uno mismo como concreto”. Esto, parece lo mismo que “lo universal concreto” hegeliano, ¿verdad? Zaid une los actos de escritura y lectura y no los quiere disociar. Y es que, efectivamente, fundirse en lo literario, hallarse a uno mismo en lo concreto no es más que verse maravillosamente bien expresado en una obra de otro. Por eso las obras literarias son antorchas que nos iluminan el camino y también las causas de que caminemos. Nos hacen conocernos mejor y nos aportan la reconfortante sensación de que no estamos solos, puesto que hay quien es capaz de expresar lo que yo siento tal y como yo lo siento. Así, dice Zaid, “una de las más válidas razones para escribir es poder leer algo que uno necesitaba leer”. La verdad es que me parece una idea bastante cierta: escribimos para expresarnos porque no hemos encontrado la expresión exacta de lo que nos sucede en otros. (Y a veces, dice Zaid, se escriben cosas anodinas, poco interesantes y poco literarias, precisamente porque se ha leído poco y no se sabe que lo nuestro, lo que nos abre las carnes ya está expresado excelsamente en Dostoievski o en Flaubert).

Otra de las grandes ideas de Zaid en esta primera parte del libro habla de la naturaleza creadora de la literatura. Y es que cuando dudamos desesperadamente, ¿no pensamos siempre en Hamlet? Cuando acometemos hazañas en pos de un sentimiento anacrónico, ¿no nos acordamos de Alonso Quijano? Dice Zaid que la duda hamletiana o la noche oscura del alma son cosas que cobraron existencia con su verbalización, que fueron creadas e incorporadas a la naturaleza y por lo tanto, han pasado a formar parte del acervo humano.

En “Leer poesía”, Zaid aborda aspectos de eso tan controvertido que es “la lectura de poemas”. Y es que… ¿cuánta gente dice que no lee poesía porque no la entiende o porque no le transmite nada o porque le aburre? Para Zaid sólo hay una solución: la única manera de leer poesía es embarcándose. En esta parte del libro, el autor no se adentra sesudamente en los recovecos de lo que significa o deja de significar tener una experiencia poética al timón de un poema, sino que coge tres o cuatro versos que a él le encantan y nos los lee y nos enseña lo que ha encontrado en ellos, y se deja llevar por la corriente de belleza, y simplemente, al final, grita: ¡qué hermoso! Y a uno le quedan ganas de saber leer como él.

Resulta curioso el artículo “Un gato cruza el puente de la luna”, en el que se ofrecen diversas interpretaciones de distintos lectores sobre este verso de Octavio Paz. En el ensayo “Dicho sea con temor”, Zaid parte de la perogrullada: “Los textos de poesía… son más breves que los de prosa”, para demostrarnos que ni siquiera obviedades como ésta están exploradas a fondo y que, alguien como él, es capaz de decir muchas cosas nuevas acerca de la poesía partiendo de esta frase. Y efectivamente, la narrativa se mueve en espacios más amplios, abarca más, la poesía (e incluso el poema en prosa) ha de ser capaz de soltar el resplandor en un espacio más acotado, en un texto más breve, en definitiva, en un número muchísimo menor de sílabas. “La riqueza del poema es como la riqueza del dibujo: dibujar es omitir”. ¿Se puede prosificar un poema? Sí, claro, cómo no, se puede contar en prosa lo que viene dado en un poema. Imaginemos que en vez de “Enhiesto surtidor de sombra y sueño/que al cielo acongojas con tu lanza” alguien dice: en el centro de un claustro de piedra surge un ciprés tan natural y tan alto que parece que está pinchando el cielo. Pero no es la misma verdad la que opera en ambos casos. Los versos de Gerardo Diego son una verdad que depende del número de palabras que la expresan. Y ahí está la magia de la poesía. Parece casi un misterio pitagórico. Los siguientes ensayos de esta parte son lecturas de Zaid, desde “los azules que se caen de morados” hasta un soneto de Manuel Ponce. En este sentido, Zaid nos aporta su maleta llena de libros y nos deja conocer nuevos autores, pero además, nos da las claves para aprender a leer como él.

“Los demasiados libros” se mete con los libros en tanto objetos físicos. El primer ensayo de este grupito se llama “La superación tecnológica del libro” y es una defensa absoluta de la superioridad tecnológica del libro frente a otros soportes. Aporta los siguientes argumentos: 1. Los libros pueden ser hojeados. 2. Un libro se lee al paso que marca el lector. 3. Los libros son portátiles. 4. Los libros no requieren cita previa (lo abres cuando quieres). 5. Los libros son baratos. 6. Los libros permiten mayor variedad (a diferencia de los programas de televisión). Son todas ellas razones, que de tan obvias, quizás ni siquiera habíamos pensado. En otro ensayo aborda los porqués de que se lea tan poco, preocupación anual de nuestros ministerios.

En este grupo de artículos, Zaid también hace reflexiones muy certeras sobre la infinitud de libros editados, sobre las bibliotecas personales como “proyectos de lectura” y sobre el ansia de escribir pero no de leer. El artículo “La oferta y la demanda de la poesía” me llamó mucho la atención porque pone ejemplos de revistas que tienen la oferta de publicar poemas de un suscriptor que compre cuando menos cinco libros al año (por ejemplo). Dice, por ejemplo, que Plougshares “recibe 16.000 textos al año de unas 6.000 personas, de las cuales ni 200 están suscritas a la revista”. Por lo visto, si todos los que quieren escribir en la revista mencionada comprasen la revista, ésta triplicaría sus ventas. Es decir, que hay mucha gente que lo que quiere es escribir, no leer. Pero si todos queremos escribir y no leer, entonces, ¿quién leerá lo que escribimos? “Si todos los que quieren ser leídos leyeran, habría un auge nunca visto”. La solución que da Zaid para evitar esta proliferación de autores que no leen (que como hemos visto antes, hace que se escriba mucho texto inválido), es que el que quiera escribir demuestre que ha leído: por cada 1000 libros leídos, te daremos un cupón que vale por la publicación de un poema tuyo. O algo así. La solución que la sociedad moderna ha encontrado es otra. Seguro que sabéis cuál es… (hay premio, un cupón en blogs.ya.com, por ejemplo jeje).

Otra cosa que molesta a Zaid del mundo de los “demasiados libros” es la absurda necesidad que sienten algunos del show off, de presumir, de fardar de lector, de ir por ahí presumiendo de lo mucho que se lee: ”Bajo el Imperativo Categórico de Leer y Ser Culto, una biblioteca es una sala de trofeos. La montaña mágica es como una pata de elefante que da prestigio, sirve de taburete y permite conversar de peligrosas excursiones al África”. En realidad, esto no tiene ningún sentido, dice Zaid, dada la inmensa cantidad de libros que existen y que se publican cada año, no importa si uno ha leído todos los libros. Lo que importa es otra cosa:

”Lo que importa es cómo se anda, cómo se ve, cómo se actúa, después de leer. Si la calla y la nubes y la existencia de los otros tienen algo que decirnos. Si leer nos hace, físicamente más reales”.

La última parte dedicada al viaje de la literatura es “Cómo leer en bicicleta”, un batiburrillo de artículos más socarrones, más cínicos, destinados a destapar algunos convencionalismos que están asentados como matronas en nuestro pensamiento acerca de las letras. Se ríe de los críticos literarios, de los premios, de las ansias de publicación, del malditismo afectado de los poetas de ahora y de tantas otra dolencias de nuestros (i)letrados corazoncitos.

Personalmente, leo ese anuncio de “País sumamente importante de ejemplar y brillante subdesarrollo con una literatura en plena expansión al mercado internacional solicita crítico literario ideal” y, qué quieren, me ruborizo toda y me arrepiento de haber estado profanando y lapidando las ideas de Zaid con este texto…

PD. Esta reseñita también va con dedicatoria: para Seven, Don Mario y Oscar Cid, que para mí, le ponen la letra al México de Zaíd y que yo no conozco. Y, sin lugar a dudas, mis tres mexicanos favoritos :-)

Cristina Núñez Pereira

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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El dardo en la palabra, y El nuevo dardo en la palabra (Fernando Lázaro C

Fernando Lázaro Carreter era un conocido lingüista y un real académico de la lengua española; de hecho, dirigió nuestra esplendente y fijadora Institución entre 1991 y 1998.

Entre 1975 y 1996 se dedicó a aportar pruebas fehacientes de su capacidad para fijar y dar esplendor a la lengua española a través de sus "dardos". Están recopilados en El dardo en la palabra. Sus desvelos por la salud de la lengua española entre 1999 y 2002, aparecen en El nuevo dardo en la palabra. Los dardos son artículos publicados en la prensa española e hispanoamericana, punzantes cual escorpión lingüístico en el desierto de la incomunicación, y que si dirigen contra la mala utilización de la lengua. Son protagonistas de los dardos usos erróneos, construcciones gramaticales aberrantes, innovaciones inadecuadas… Los periodistas (en especial, los deportivos), los jueces y los políticos le aportan a don Lázaro Carreter multitud de motivos para sentir ofendido su gramático ego; pero tampoco escapa la parla de la calle de las estocadas ágiles, irónicas y certeras del maestro. Defender la lengua, viene bordado en el estandarte de don Lázaro Carreter:

"Procurar que el idioma matenga una cierta estabilidad interna es sin duda un empeño por el que vale la pena hacer algo, si la finalidad de toda lengua es la de servir de instrumento de comunicación dentro del grupo humano que la habla."

Dice J. Millán que los dardos de Lázaro Carreter cumplen, básicamente, dos funciones: por un lado, introducir "una fuerte dosis de sentido común lingüístico en una forma de hablar frecuentemente hinchada por la presunción o desviada por la ignorancia" y por otro, suministrar "a los lectores unos rudimentos de la ciencia del lenguaje." Que no es poco. Y es cierto. Por un lado, gracias al conocimiento de que dispone, Lázaro Carreter es capaz de ilustrar y argumentar los usos correctos e incorrectos de determinadas palabras; también nos ayuda a comprender qué palabras de nueva creación son adecuadas y cuáles no (por violar las reglas normales de composición, por disponer nuestra lengua ya de palabras que dicen lo mismo…). La tesis final que parece desprenderse de los dardos es que "habla bien aquel que utiliza el sentido común" (hablar bien es casi pensar bien, que decía Thomas Mann).

Hablar bien no tiene más secreto: basta con utilizar el sentido común y basta con conocer las herramientas de que nos servimos, o sea, la lengua. Esto es lo que denuncia don Fernando más a menudo: la supina ignorancia de muchos periodistas que "traducen mocosuena" (jiji) y que pretenden innovar desde el desconocimiento. Lo que más me gusta de libro es su carácter inductivo: los ejemplos no son meras ilustraciones de una hipótesis, de una teoría o de una norma de partida. No. Don Fernando recoge usos erróneos o controvertidos de determinados/as palabros/as y explica el porqué de estos yerros. Así, se nos quedan mejor en la memoria porque vienen unidos a la anécdota que los contiene, porque están contextualizados y porque, a la postre, son cosas que oímos muy a menudo. Pero por otra parte, la explicación que, como académico, nos brinda (¡chinchin!), es la que nos ayuda a comprender realmente las causas de que eso sea erróneo y nos ayuda, con este conocimiento más sistemático a no cometer ese error ni otros semejantes.
Por cierto, el mejor zapatazo al diccionario que me he encontrado:

"Porque según el experto disertante, "hay pocos alimentos que estén ausentes de acrilamida". Lo de menos es aquí ese extraño aliño de las comidas, sino la noticia de que nada de cuanto ingerimos está ausente de él. Créase que lo dijo así; y que el susodicho es capaz de advertir a alguien: "No te contesté porque mi casa estaba ausente de mí en agosto"

Pero los dardos de don Lázaro Carreter son algo más. Son un regalo de la inteligencia para la inteligencia. Son, además, un tesoro lingüístico. Leyéndolos, uno se da cuenta de lo incorrecto de muchas aseveraciones vertidas desde los medios de comunicación; pero por otra, se da cuenta de cuantísimas y cuantísimas palabras desconoce, o no utiliza, o tiene enterradas en el cerebro al lado de la regla de Ruffini. Así, don Lázaro Carreter sirve de testimonio de la riqueza de nuestra lengua; tanto desde el punto de vista del contenido, por su capacidad para decirlo casi todo, como desde el punto de vista estructural, por su capacidad para crecer e introducir innovaciones.

Además, la fina ironía que se cuela por las frases, el abanico de adjetivos que tiene siempre en el cargador para referirse a los periodistas y políticos que no cuidan su forma de hablar y la contundencia con que, finalmente, asesta el golpe, le hacen a uno gozar como con las cosas bien hechas. Da un gusto leer algo taaaan bien escrito, algo taaaan bien argumentado y a alguien taaaan convencido… (Ya ven, yo no me sé expresar taaaaaaaan bien y tengo que recurrir a psicografías tipo "taaaan" jejeje). Pero miren él, qué bien lo hace:

"Hoy no es habitual que quienes escriben sobre la fiesta orlen de caspa sus dichos o escritos; pero bastantes de ellos los nievan con algo peor: la ignorancia agresiva. Sigo asombrado de que empresas periodísticas y audiovisivas, algunas de ellas públicas, esto es, nuestras, miren con indiferencia cómo muchos de los asalariados comen mientras carcomen el idioma del cual viven."

Pero tengo un pero que ponerle a nuestro querido académico, fijador esplendente en mano. Él mismo dice en ambos both libros (El dardo en la palabra y El nuevo dardo en la palabra)que la lengua es un ser vivo. Y a veces se muestra en contra de innovaciones que no siguen los cauces correctos (desde el punto de vista gramaticolexicoetimologicoderivacional), contra palabras que no le suenan bien o contra palabras que vienen del inglés por el mero hecho de venir del inglés (al que considera un gran corruptor del latín). En mi modesta y nada esplendorosa opinión, la lengua la hacemos entre todos y aunque a veces, la hagamos mal, el resultado es bueno: aparecen nuevas palabras con las que nos entendemos mejor, con las que designamos nuevas realidades, al inventar palabras, a veces inventamos cosas… la lengua es también un juego, creo yo, y los hablantes tenemos derecho a jugar con ella: a retocerla un poquito para ver hasta dónde podemos estirar… no creo que los hablantes estén para servir a la lengua, sino ella a nosotros. Es cierto que tampoco se la puede ir violando de callejón en callejón, pero creo que innovar requiere cierta libertad. Y si no… ¿qué me dicen del "estentóreo" del señor Gil? ¿No es un hallazgo maravilloso?

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Suave es la noche (Francis Scott Fitzgerald)

Dice mi solapa de Suave es la noche que Francis Scott Fitzgerald "ha retratado como nadie a la clase alta estadounidense en el periodo de entreguerras".

Si pensamos bien esta frase, creo que habría que aplicársela más bien a un buen fotógrafo profesional, a un redactor de artículos de serie b en la columna de un periódico de la época o en un grabador con piedra y cincel. Pero no en un "clásico del siglo XX" (bajotítulo de la colección). Siempre he pensado que la verdadera literatura, el "arte literario" o los "clásicos" son aquellos que sobreviven al paso del tiempo y trascienden el tema del que parten. Decir lo ut supra mencionado de Scott Fitzgerald es casi como decir de Goya que "retrató como nadie a la familia de Carlos IV durante su reinado". Los que conozcan a fondo la obra de Goya sabrán el sentido del "como nadie", pero no arroja luz ninguna en la oscura estepa mental del ignorante…

Suave es la noche no es, para mi gusto, un retrato de la clase alta estadounidense en el periodo de entreguerras, por más que la novela esté ambientada en dicho periodo y por más que sus protagonistas pertenezcan a ese oscuro segmento poblacional que es la clase alta estadounidense. Si así hubiese sido, no me habría encandilado desde el principio hasta el final a lo largo de 526 páginas. Cambien el título por: "Estudios inéditos acerca del comportamiento de la clase social alta estadounidense en el periodo 1914-1939". La verdad es que no creo que fuese muy interesante.

Suave es la noche es un pausado retrato del género humano, no te importe la raza ni el color de la piel. Las inquietudes, sinvivires y sin amares de los personajes son los de los seres humanos, no los de la clase alta norteamericana. Dick Diver es un hombre que, en su empalabrado camino de 526 páginas pasa de ser un joven prometedor con el futuro que desee a sus pies, a un hombre entrado en años, que no ha conseguido completar ninguno de los proyectos con que soñaba de joven y que se ve, cuando echa la vista atrás con ojos de diacrónica melancolía, como la versión errada y defectuosa de lo que fue antes. El lector asiste con él, lenta e casi imperceptiblemente a este cambio. El declive de Dick Diver se va insinuando en sus acciones, en su lenta escisión con el mundo que le rodea -y en el que tan bien se desenvolvía al principio-, en su incapacidad para acometer hazañas y enderezar entuertos al final de su vida y en el conocimiento que traba con palabras como "renunciar", "ceder", "resistir" y "soportar".

Nicole, su mujer, es una joven estupenda y maravillosa pero que estuvo ingresada en un hospital psiquiátrico durante su juventud, debido a las secuelas que en ella habían dejado los abusos sexuales de su padre. Nicole tiene dos caras: la enferma y la recuperada, que se entretejen en torno a su marido, Dick, formando una red tensa y resistente de la que él no es capaz de (querer) escapar. Nicole tiene comportamientos de pasiva-agresiva al más puro estilo Mia Farrow, pero también tiene arrebatos adolescentes, dudas más femeninas que una tienda de ropa interior, ansias de ser siempre hermosa, preocupaciones acerca de lo que los demás piensen de ella… El retrato de esta pareja es tan humano que llega a hacerse doloroso a través de las palabras.

Además, tenemos a Rosemary, la lánguida, ingenua e impávida actriz; al alcohólico señor North, a Mary la trepadora; al escritorzuelo de masas McKisco y a algún impasible americano más que pasa sin hacer ruido por el relato. Todos estos personajes, descritos y concretados hasta el más íntimo detalle, son en realidad, vehículos que Scott Fitzgerald utiliza para lanzar a la cara del lector reflexiones sobre el ser humano, descripciones preciosas y perfectas de algunos sentimientos, argumentaciones más que lógicas sobre las causas de posibles comportamientos… en definitiva, utiliza a todos estos personajes para “retratar como nadie al género humano de cualquier época”. Leída hoy, parece casi una defensa de la inmutabilidad del ser humano. Miren si no, la riqueza de las descripciones de lo que ocurre en el interior de cada ser (y qué plausibles son):

”El príncipe Chillicheff salió de su ensimismamiento –tal vez estaba estudiando una vez más las posibilidades que tenía de salir de Rusia algún día, pensamiento al que había dedicado tanto tiempo que era dudoso que pudiera abandonar de inmediato – y se dispuso a marcharse con ellos.

La trama carece totalmente de importancia, pero es el columpio que utiliza Scott Fitzgerald para mecernos en el vaivén de las decisiones que una persona cualquiera debe tomar a lo largo de su vida. Quizás soy demasiado reiterativa si digo que la novela es una linterna, una antorcha para andar entre la gente. Discutía hace poco con mi dios de las pequeñas cosas sobre si en una novela importaba más el qué se dice o el cómo se dice. Suave es la noche es el ejemplo perfecto de la fusión de ambas both cosas: el cómo se dice es totalmente relevante porque ilumina los rincones de la historia sacando de ella aspectos desconocidos, convirtiendo a los hechos en únicos por la forma en que están contados. Con Dick Diver pasa como con Raskolnikov: somos todos pero no es nadie. Y es que Scott Fitzgerald utiliza comparaciones y descripciones tan explicativas, tan lúcidas y tan gráficas para describir lo que le pasa a sus personajes que, al leerlas, uno piensa que es algo que ya ha sentido en sus propias carnes o que podría llegar a sentir (o lo siente en el instante en que lo lee):

” Siempre estaba perfectamente relajado, preparado para el combate, como ocurre con los buenos deportistas que, cuando están de suplentes, están realmente descansando la mayor parte del tiempo, mientras que alguien menos preparado hace creer que está descansando pero la constante tensión nerviosa le deja físicamente agotado.”

Y bien, se preguntará el lector de reseñas, ¿cómo utiliza don Scott Fitzgerald el lenguaje para conseguir todo eso? Aunque gusta de la frase larga, Scott Fitzgerald consigue un ritmo muy fluido gracias a la precisa construcción de las acciones: cada frase tiene sentido completo (por supuesto), pero deja abierto un interrogante que se contestará en la frase o trozo de frase siguiente.

“No es desacertado que se diga de los esquizofrénicos que tienen doble personalidad.” (y aquí el lector se pregunta por qué no es desacertado) “Nicole era alternativamente una persona a la que no hacía falta explicar nada y otra a la que nade se le podía explicar”

O bien esta otra escena:

” En cuanto salió Abe con su paso vacilante, Dick y Rosemary se abrazaron precipitadamente. Les cubría a ambos una especie de polvillo de París a través del cual percibían sus respectivos olores (…) Durante medio minuto más, Dick se aferró a aquel estado. Rosemary fue la primera en volver a la realidad. “

Como podemos ver el “en cuanto” nos remite a algo que sucederá después, así como el “durante medio minuto más” nos da la idea de que sea lo que sea lo que describe la frase que se inicia así, enseguida se verá abortado por otra cosa; es decir, nos hace albergar dos expectativas distintas. Finalmente, “fue la primera en volver a la realidad”, nos abre el interrogante de cómo volvió a la realidad, no nos deja todos los nudos atados.
Pero además, Scott Fitzgerald tiene algunas frases que parecen casi juegos de palabras conceptistas pero que en realidad, son abrasadoramente descriptivas: “tenía la arrogancia propia de los hombres altos de un país de bajos” y “no soy más que un conjunto de muchas personas diferentes, todas ellas muy sencillas” son dos de mis preferidas.

Es cierto que todos los personajes principales de la novela pertenecen a la clase alta norteamericana, es cierto que Scott Fitzgerald fue un conocidísimo juerguista en París; pero lo que no es cierto es que sus novelas sean un retrato de la clase alta estadounidense en el periodo de entreguerras: Scott Fitzgerald retrata al género humano de una forma certera y tan sagaz, que a veces nos duele vernos reconocidos. Es un pulidor de espejos descarnadamente reales. Por eso es un clásico del siglo XX.

Guía del autoestopista galáctico (Douglas Adams)

Toca un libro curioso. Y es que, originariamente, este libro fue en realidad una novela radiofónica. Fue tras el éxito de la radionovela que el autor decidió pasarla a libro convencional. Por lo visto, existen también series televisivas y teatrales en las que ha colaborado el autor, un juego de ordenador, cómics y una toalla de baño.

La edición que tengo entre mis manos es un regalo y venía con lector por un periodo de tres días. Es la “Edición Definitiva” de la editorial Anagrama. ¿Y por qué definitiva? Et bien, porque además del texto de la Guía, incluye un epílogo de Robbie Stamp, uno de los productores ejecutivos de la película; una serie de entrevistas que este mismo autor ha hecho a los actores, así como la primera hoja de rodaje, del día 19 de abril de 2004 (para cinéfilos o maníacos) y una magnífica autoentrevista con Karey Kirkpatrick, guionista de la película.

¿Qué es la Guía del autoestopista galáctico? Pues bien:

  • "No se trata de un libro terrestre, pues nunca se publicó en la Tierra y, hasta que ocurrió la terrible catástrofe, ningún terrícola lo vio ni oyó hablar de él"
  • Probablemente, se trate del libro más notable que jamás publicaran las grandes compañías editoras de la Osa Menor, de las cuales tampoco ha oído hablar terrícola alguno."
  • Y además, en muchas civilizaciones, esta Guía ya ha sustituido a la gran Enciclopedia Galáctica como "la fuente de todo el conocimiento y la sabiduría", por dos razones: a) es un poco más barata y b)porque ostenta la simpática leyenda: NO SE ASUSTE. (Y aquí es cuando todos los lectores aspiran hacia dentro y dicen: OH!).

    Y ya aquí empieza la parodia, pues la Enciclopedia Galáctica es una creación de Isaac Asimov que aparece en su "Trilogía de la Fundación". ¿Quieren aún más parodia? Pues bien, la Guía del autoestopista galáctico pertenece a una "trilogía en cinco partes". Douglas Adams no pudo evitar añadir los libros 4 y 5, de ahí su nombre.

    Yo no sé mucho de Ciencia Ficción. La verdad es que nunca me han llamado la atención los planetas imaginarios, los monstruos de múltiples cabezas, las princesas peinas al ilicitano modo, las espadas láser o las transgresiones temporales que no se puedan hacer en un DeLorean. Así pues, tampoco puedo decir hasta qué punto es paródica la Guía del Autoestopista Galáctico. Pero no deja descanso a la mandíbula. Lo que me ha encantado de este libro (aparte de que me lo leyeran en voz alta en el Parque de San Francisco) es que, más que una parodia de la desbordante imaginación de los autores de ciencia ficción, parece una parodia del propio género humano.

    Adams utiliza todo tipo de monstruos y galaxias para reírse de los humanos. El método es sencillo, pero desternillante: ¿qué hay que hacer para reírse de algo? Apreciarlo con suficiente distancia, deshacerse de las categorías, romper las etiquetas, atreverse a mirar las cosas por primera vez. Adams no deja títere ni terrícola con cabeza: se ríe de la burocracia:

    ”- Pero los planos estaban a la vista…
    - ¿A la vista? Si incluso tuve que bajar al sótano para verlos.
    - Ahí está el departamento de exposición pública.
    - Con una linterna.”

    Se ríe de las máquinas ultraperfectas que somos capaces de construir mediante dos personajes metálicamente entrañables: Eddie, un ordenador de pareado perfecto: tan inteligente como insolente; y Marvin, un robot deprimidísimo que deprime a quien lo tenga al lado. Se ríe de la política y de las parafernalias de los gobiernos:

    ”Sólo seis personas en toda la Galaxia sabían que la función del Presidente galáctico no consistía en ejercer el poder, sino en desviar la atención de él.”

    Se ríe de todo y de todos a la vez; de la onomastia alucinante de los libros de Ciencia Ficción utilizando nombres como Prostetnic Vogon Jeltz, (monstruo monstruoso capaz de hacer monstruosa poesía pero dispuesto a escuchar críticas metafísicas acerca de ella), la Voraz Bestia Bugblatter de Traal, o Slartibartfast; de los mundos posibles mediante la creación de un planeta cuya principal fuente de ingresos es precisamente, la construcción de planetas; se ríe de los humanos haciendo que los ratones se rían de ellos; se ríe consigo mismo utilizando absurdos y lógicas ilógicas, así por ejemplo , se dice de un anciano solitario que “declaró repetidas veces que nada era verdad, aunque más tarde se averiguó que mentía”. También se ríe de los delirios enrevesados de la Biblia y de las exégesis grotescas que todo hijo de vecino está dispuesto a acometer antes o después. De hecho, aporta un argumento para demostrar la no existencia de Dios que haría reventar de risa a San Anselmo: “Me niego a demostrar que existo”, dice Dios, “porque la demostración anula la fe y sin fe no soy nada”.

    Por eso me gusta, porque utiliza el mundo de la ciencia ficción para reírse un poquito de ella. Y también para reírse sanamente de nosotros mismos. Además, gracias al distanciamiento que surge de contemplarnos a nosotros mismos a través de los ojos (acuosos, verdosos, sanguinolentos, sopocientos, digitales…) de los monstruos de la galaxia, Adams ilumina las regiones más asumidas del comportamiento humano, esas que nunca se someten a crítica, de tan interiorizadas como las tenemos. De hecho, creo que todas las citas que hasta ahora he utilizado no tienen por qué atribuirse única y exclusivamente a un libro de ciencia ficción

    ¿La trama? La trama es bien sencilla. La tierra es destruida y Arthur Dent, un humano humanísimo, con preocupaciones humanísimas se encuentra fuera de la esfera del humano y se ve obligado a sentir como ajeno todo lo humano (por hacerle un esguince a Terencio). Consigue salvarse gracias a Ford Prefect (sic), con el que se ve arrojado al espacio exterior. Allí, primero sufre una serie de peripecias de la mano (no recuerdo exactamente si tienen este tipo de extremidades) de los vogones, raza extraterrestre contra la que conviene precaverse. Finalmente son recogidos por la nave robada por Zaphod Beeblebrox y sus dos cabezas, que utiliza la energía de la improbabilidad para funcionar (¿qué esto es altamente improbable? Claro, pues por eso). Se dirigen a Magrathea, a buscar un tesoro (no podía faltar). No os cuento lo que sucede al final por no estropearlo; eso sí: es digno de Ingmar Bergmann…

    Un viaje definitivamente alucinante, divertidísimo, pero muy sabio; para amantes y no amantes de la Ciencia Ficción, para amantes del humor absurdo, de los juegos de palabras y de los disparates… ¿Se animan? Pues cojan la toalla… y cuidado con los hooloovoos…, que en vez de ser a whiter shade of pale son a smart shade of blue ;-)

    Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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