2007 July | Crítica de Libros - Part 3
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Archive for July, 2007

CARTA A UN JOVEN QUE SE PROPONE ABRAZAR LA CARRERA DEL ARTE (Robert Louis Steven

 

 CARTA A UN JOVEN QUE SE PROPONE ABRAZAR LA CARRERA DEL ARTE

 

 

 

 Con la seductora franqueza de la juventud me plantea una cuestión de indudable importancia para usted y (cabe pensar también) de cierta trascendencia para la humanidad: ¿ha de ser o no artista? Es ésta una pregunta a la que debe responder usted mismo; lo más que puedo hacer por usted es atraer su atención sobre algunos factores que debe tener en cuenta; y empezaré, como es probable que termine, asegurándole que todo depende de la vocación.

 

 Saber lo que a uno le gusta marca el comienzo de la sabiduría y de la madurez. La juventud es una edad totalmente experimental. La esencia y el encanto de esa época ajetreada y deliciosa residen tanto en la ignorancia de uno mismo como en la ignorancia de la vida. Una y otra vez aúna el hombre joven estas dos incógnitas, ya en un ligerísimo roce, ya en un abrazo amargo; con un placer exquisito o con un dolor punzante; pero en ningún caso con indiferencia, a la cual es totalmente ajeno, o con ese sentimiento cercano a la indiferencia, la aceptación. Si se trata de un joven sensible, que se excita con facilidad, el interés por esta serie de experimentos excederá con mucho el placer que de ellos derive. Aunque así lo crea, no ama la belleza ni busca el placer; su objetivo será cumplir su vida y degustar la diversidad del destino humano, y en ello hallará suficiente recompensa. Porque hasta que la cuchilla de la curiosidad se embota, todo lo que no es vida y búsqueda desaforada de experiencias ofrece para él un rostro de repulsiva aridez que difícilmente podrá evocar más tarde; o, de haber alguna excepción –y el destino entra aquí en escena–, es en los momentos en que, hastiado o ahíto de la actividad primaria de los sentidos, revive en su memoria la imagen de los placeres y las penas pasados. De esta suerte, rechaza las profesiones rutinarias y se inclina insensiblemente hacia la carrera del arte que solamente consiste en saburear y dar cuenta de la experiencia.

 

 Esto, que no es tanto vocación por un arte cuanto impaciencia para con las restantes ocupaciones honradas, se presenta frecuentemente aislado; y siendo así, se va borrando con el paso de los años. Bajo ningún concepto se le debe prestar atención, pues no es una vocación, sino una tentación; y cuando, hace días, su padre desaprobó de forma tan cruda (y a mi juicio) tan certera su ambición, no es improbable que recordase un episodio similar de su pasado. Porque acaso la tentación sea tan frecuente como la vocación es rara. Además, hay vocaciones imperfectas; hay hombres vinculados no tanto a un arte en particular cuanto al ars artium general, base común de todo arte creativo; ora se entregan a la pintura, ora estudian contrapunto o pergeñan un soneto: todo con idéntico interés, no pocas veces con conocimientos genuinos. Y de esta disposición, cuando despunta, me resulta difícil hablar; pero le aconsejaría dedicarse a las letras, pues, al servicio de la literatura (red de tan amplia cabida), toda su erudición pudiera serle útil algún día y, si continuara trabajando y se convirtiera al cabo en un crítico, sabría utilizar las herramientas necesarias. Por último, llegamos a esas vocaciones que son, a la vez, claras y decisivas; a los hombres que llevan en las venas el amor a los pigmentos, la pasión por el dibujo, el talento para la música o el impulso de crear mediante las palabras, de la misma forma que otros, o acaso los mismos, nacen amantes de la caza, el mar, los caballos o el torno. Están predestinados; si un hombre ama su oficio con independencia del éxito u la fama, los dioses han llamado a su puerta. Tal vez posea una vocación más amplia: sienta debilidad por todas las artes, y pienso que a menudo éste es el caso; pero es en esa disciplinada entrega a una sola, en el entusiasmo inquebrantable por los logros técnicos y (quizá por encima de todo) en la candorosa actitud con que acomete su insignificante empresa con una gravedad propia de los cuidados del imperio y estima valioso conseguir, a cualquier coste de trabajo y tiempo, la mejora más insignificante, donde hallamos huellas de su vocación. La ejecución dc un libro, de una escultura, de una sonata deben emprenderse con la insensata buena fe y el espíritu incansable de un niño que juega. ¿Merece la pena? Siempre que al artista se le ocurre hacerse esta pregunta, ampara una respuesta negativa. No se le ocurre al niño que juega a los piratas en un sillón del comedor, ni tampoco al cazador que rastrea su presa; la ingenuidad de aquél y el ardor de éste debieran fundirse en el corazón del artista.

 

 Si descubre en usted inclinaciones tan acusadas, no haya lugar para vacilaciones: ríndase a ellas. Y observe (pues no es mi intención desalentarle excesivamente) que, al principio, nuestra natural disposición no se consuma con brillantez o, diré más bien, con tanta regularidad. El hábito y la práctica afilan los talentos; la perseverancia resulta menos desagradable, y con el paso del tiempo es incluso bien acogida; por vaga que sea la inclinación (si es genuina) se convierte, practicada con asiduidad, en una pasión absorbente. Pero ahora será bastante si al volver la vista atrás en un intervalo de tiempo razonable comprueba que el arte elegido tiene más cualidades que las que se arrogara en su momento entre los multitudinarios intereses de la juventud. Si la devoción acude en su ayuda, el tiempo hará el resto; y pronto todos y cada uno de sus pensamientos estarán empeñados en la tarea amada.

 

 Mas, me recordará, pese a la devoción, pese a desplegar una actividad grata y perseverante, muchos artistas, a la vista de los resultados, viven su vida totalmente en vano: artistas a millares y ni una sola obra de arte. Recuerde, a su vez, que la mayoría de los hombres son incapaces de hacer algo razonablemente bien, y entre otros cosas, arte. El artista inútil no habría sido un panadero del todo incompetente. Y el artista, incluso si no divierte al público, se divierte a sí mismo; al menos ese hombre será más feliz gracias a sus horas de vigilia. Este es el aspecto práctico del arte: una fortaleza inexpugnable para el practicante sincero. Los beneficios directos –el salario del oficio– son reducidos, pero los beneficios indirectos –el salario de la vida– son incalculables. No existe otro negocio que ofrezca al hombre su pan de cada día en términos tan convenientes. El soldado y el explorador experimentan emociones más vivas, pero a costa de penalidades crueles y períodos de tedio que hacen enmudecer. En la vida del artista ningún momento debe transcurrir sin deleite. Tomo como ejemplo al autor con quien estoy más familiarizado; no dudo que ha de trabajar con un material díscolo y que el mismo acto de escribir perjudica y pone a prueba tanto sus ojos como su carácter; pero obsérvele en su estudio, cuando las ideas se agolpan en su mente y las palabras no le faltan: en qué corriente continua de pequeños éxitos transcurre su tiempo; con qué sensación de poder, como la de quien moviera montañas, agrupa a sus personajes menores; con qué placer para la vista y el oído ve crecer la etérea construcción sobre la página; y cómo se esmera en un oficio al cual afluye todo el material de su existencia y abre una puerta a todos sus gustos, preferencias, odios y convicciones, de modo que llega a escribir lo que ansiaba expresar. Es posible que haya gozado mucho en el grande y trágico patio de recreo del mundo; pero ¿qué habrá gozado con más intensidad que una mañana de trabajo fructífero? Supongamos que está pésimamente retribuido; lo sorprendente en verdad es recibir retribución de cualquier especie. Otros hombres pagan, y con largueza, por placeres menos deseables.

 

 Pero el ejercicio del arte no sólo reporta placer; trae consigo una admirable disciplina. Pues el artista se guía enteramente por el honor. El público ignora o conoce bien poco los méritos en busca de los cuales está condenado a invertir la mayor parte de sus esfuerzus. Una determinada concepción, una energía personal o algún acierto de poca monta que el hombre de temperamento artístico obtiene con facilidad, tales son los méritos que se reconocen y valoran. Pero a aquellos más exquisitos detalles de perfección y acabado que el artista desea con vehemencia y siente de forma tan acusada, por los que (utilizando las vigorosas palabras de Balzac) ha de luchar «como un minero sepultado bajo un corrimiento de tierra», por los que día a día recompone, revisa y rechaza, a aquéllos, la gran mayoría de su audiencia permanecerá ciega. De estas penalidades ignoradas, y en el caso de que alcance elevadas cotas de mérito, acaso responda con justicia la posteridad; en el caso, más probable, de que fracase, siquiera por el margen de un cabello con respecto a la cota más elevada, tenga la seguridad de que pasarán inadvertidas: A la sombra de este gélido pcnsamiento, a solas en su estudio, el artista debe día a día ser fiel a su ideal. En la fidelidad radica la nobleza de su existencia; por ella el ejercicio de su arte le acrisola y fortalece el carácter; también gracias a ella la adusta presencia del gran emperador se volvió (siquiera un momento) condescendiente hacia los seguidores de Apolo, y aquella voz suave y enérgica pidió al artista que festejara su arte.

 

 Aquí conviene hacer dos advertencias. Primera, si desea continuar siendo su única ley, vigile las primeras señales de pereza. En puridad, este idealismo sólo puede sustentarse merced a un esfuerzo constante; pues el nivel de exigencia se rebaja con enorme facilidad, y el artista que se dice a sí mismo «así será suficiente», ya está condenado; en ocasiones (especialmente en ocasiones desafortunadas), tres o cuatro éxitos mediocres bastan para falsificar un talento, y en el ejercicio del periodismo se corre el riesgo de tomarle afición a la negligencia. Existe este peligro, no siendo menor el segundo. La conciencia de hasta qué extremo el artista es (debe ser) su propia ley, corrompe a las cabezas mediocres. Sensibles a la existencia de recónditas virtudes difíciles de alcanzar, muchos artistas que formulan o asimilan recetas artísticas o se enamoran tal vez de alguna habilidad particular, olvidan el objetivo de todo arte: deleitar. Indudablemente es tentador abominar del burgués ignorante; empero, no debe olvidarse que él es quien nos paga y (salta a la vìsta) por servicios que desea ver realizados. Considerándolo adecuadamente, se plantea con ello una trascendental cuestión de honestidad. Ofrecer al público lo que no desea y esperar su aplauso es extraña pretensión, aunque muy corriente, sobre todo entre los pintores. En este mundo la primera obligación de cualquier hombre es ser solvente; conseguido esto, puede entregarse a todas las extravagancias que le plazcan; pero quede bien claro que sólo entonces. Hasta ese momento deberá cortejar con asiduidad al burgués que lleva la bolsa. Y si en el curso de tales capitulaciones falsifica su talento, demostrará con ello que éste nunca fue excesivamente sobresaliente y que ha preservado algo más importante que el talento: el carácter. Y si es tan independiente que no ha de doblegarse a la necesidad, aún tiene otra salida: dejar a un lado su arte y llevar un estilo de vida más viril.

 

 Al hablar de un estilo de vida más viril, debo ser franco. Vivir a expensas de un placer no es una vocación muy elevada; aunque veladamente, entraña algún patronazgo; el artista se cuenta, por ambicioso que sea, entre las chicas de baile y los marcadores de billar. Los franceses entienden la evasión romántica como una ocupación y a sus practicantes las llaman «hijas de la alegría». El artista pertenece a la misma familia, es uno de los «hijos de la alegría» que ha elegido su oficio para deleitarse, se gana el pan deleitando al prójimo y se ha desprendido de la dignidad más severa del hombre. No hace mucho algunos periódicos denostaron el título nobiliario de Tennyson; y este «hijo de la alegría» recibió reproches por condescender y seguir el ejemplo de lord Lawrence, lord Cairns y lord Clyde. El poeta estuvo más inspirado; aceptó el honor con más modestia; y los periodistas anónimos (si he de creerles) no han reparado todavía el vicario ultraje a su profesión. Estos caballeros podrán hacerse más justicia a sí mismos cuando les llegue su turno; y me agradará saberlo, pues a mis ojos bárbaros incluso lord Tennyson aparece un tanto fuera de lugar en semejante reunión; no debería haber honores para el artista; el ejercicio de su arte ya le ofrece mayor recompensa de la que en vida le corresponde; y antes que el arte, otros oficios, menos atractivos y acaso más útiles, han hecho valer su derecho a tales honores.

 

 Pero la maldición de las ocupaciones destinadas a deleitar es el fracaso. En ocupaciones más corrientes el hombre se ofrece para producir un artículo o realizar un objeto determinado puramente convencional, proyecto en el que (casi podemos afirmar) el fracaso es muy difícil. Mas el artista se aparta de la multitud y se propone deleitar: proyecto impertinente en el que no hay fracaso que no esté envuelto en odiosas circunstancias. La infeliz «hija de la alegría» que pasea sus galas y sonrisas inadvertida entre la multitud compone una estampa que no podemos evocar sin un sentimiento de lacerante compasión. Tal es el prototipo del artista fracasado. Como ella, el actor, el bailarín y el cantante deben mostrarse en público y apurar personalmente la copa de su fracaso. Y aunque todos los demás escapemos a la suprema amargura de la picota, en esencia tarnbién cortejamos a la humillación. Todos profesamos ser capaces de gustar. ¡Qué pocos lo logramos! Todos nos comprometemos a seguir siendo capaces de gustar. Pero a cada cual incluso al más admirado, le llega el día en que su ardor declina; pierde la astucia y, avergonzado, se sienta junto a la barraca desierta. Entonces se verá en la necesidad de hacer algún trabajo y se sonrojará al cobrarlo. Entonces (como si el destino no fuese ya suficientemente cruel) habrá de padecer las burlas de los raqueros de la prensa, quienes ganan su amargo pan execrando la basura que no han leído y ensalzando la excelencia de lo que son incapaces de comprender.

 

 Y advierta que éste parece ser el final cuando menos inevitable de los escritores. Les Blancs et les Bleus (por ejemplo) reúne méritos muy diferentes a los del Vicomte de Bragelonne; y si existe algún caballero que soporte espiar la desnudez de Castle Dangerous, su nombre, según creo. es Ham: bástenos a nosotros leer sobre ello (y no sin derramar lágrimas) en las páginas de Lockhart. Así, en la vejez, cuando el confort y un quehacer se hacen más necesarios, el escritor debe abandonar a la par su medio de vida y su pasatiempo. Sin duda el pintor que ha logrado retener la atención del público gana fuertes sumas y hasta muy avanzada edad puede permanecer junto a su caballete sin fracasos ignominiosos. El escritor, al contrario, padece el doble infortunio de estar mal retribuido cuando trabaja y de no poder trabajar en la vejez. Por ello su estilo de vida le lleva a una situación falsa.

 

 Pero el escritor (pese a los notorios ejemplos en sentido contrario) debe procurar estar mal pagado. Tennyson y Montépin se ganaron la vida espléndidamente; pero no todos podemos esperar ser Tennyson ni acaso desear ser Montépin. Si uno ha adoptado un arte como oficio, renuncie desde el principio a toda ambición económica. Lo más que puede honradamente esperar, si tiene talento y disciplina, es obtener los mismos ingresos que un oficinista invirtiendo la décima, si no la vigésima parte de su energía nerviosa. Tampoco tiene derecho a pedir más; en el salario de la vida, no en el del oficio, está su recompensa; así, el salario es el trabajo. Es evidente que no me inspiran simpatía los vulgares lamentos de la clase artística. Quizá olvidan el sistema de aparcería de los campesinos; ¿o piensan que no cabe trazar paralelismos? Tal vez no hayan reparado nunca en la pensión de retiro de un oficial de campo; ¿o es que creen que su contribución a las artes cuyo destino es agradar es más importante que los servicios de un coronel? ¿Olvidan con qué poco se conformó Millet para vivir? ¿O piensan que el tener menos genio les exime de mostrar iguales virtudes? No debe existir ninguna duda sobre este aspecto: un hombre que no es frugal, no tiene nada que hacer en las artes. Si no es frugal sus pasos le conducirán hacia el trágico fin del vieux saltimbanque; si no es frugal, cada vez le será más difícil ser honesto. Un día, cuando el carnicero llame a su puerta, acaso le tiente o se vea obligado a producir y vender una obra desaliñada. Si esta necesidad no es producto de su propia desidia, aún será digno de elogio; pues faltan palabras que puedan expresar hasta qué punto es más necesario para un hombre mantener a su familia que conseguir –preservar– alguna distinción en las artes. Pero si es responsable de su indigencia, roba, roba a quien puso confianza en él, y (lo que es peor) roba de forma tal que siempre sale impune.

 

 Y ahora quizá me pregunte: si el artista en cierne no debe pensar en el dinero ni (como se infiere) tampoco esperar honores de Estado, ¿puede al menos ansiar las delicias de la popularidad? La alabanza, dirá, es un plato codiciable. Y mientras se refiera a la acogida de otros artistas, apunta hacia uno de los placeres más esenciales y duraderos de la carrera del arte. Pero si tiene la vista puesta en los favores del público o en la atención de la prensa, tenga la certeza de estar alimentando un sueño. Es cierto que en determinadas revistas esotéricas el autor, pongamos por caso, es criticado puntualmente, y que a menudo se le elogia más de lo que merece, a veces por méritos que él mismo tenía a gala despreciar, y otras por hombres y mujeres que se han negado a sí mismos el placer de leer su obra. Pero si el hombre es sensible a estas alabanzas desaforadas, cabe esperar que también lo sea a aquello que a menudo las acompaña e inevitablemente las sigue: un desaforado ridículo. Cualquier hombre, después de triunfar durante años, puede fracasar; tendrá noticia de su Eracaso. O puede haber triunfado durante años y seguir siendo una punta de lanza de su arte aunque sus críticos se hayan cansado de elogiarle, o habrá surgido un nuevo ídolo del momento, alguna «figura de relumbrón» a quien prefieren ahora ofrecer sus sacrificios. Tal es el anverso y el reverso de esa fea y vacía institución llamada popularidad. ¿Creerá algún hombre que merece la pena conseguirla?

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

Manual para ser niño (Gabriel García Márquez)

Aspiro a que estas reflexiones sean un manual para que los niños se atrevan a defenderse de los adultos en el aprendizaje de las artes y las letras. No tienen una base científica sino emocional o sentimental, si se quiere, y se fundan en una premisa improbable: si a un niño se le pone frente a una serie de juguetes diversos, terminará por quedarse con uno que le guste más. Creo que esa preferencia no es casual, sino que revela en el niño una vocación y una aptitud que tal vez pasarían inadvertidas para sus padres despistados y sus fatigados maestros.

Creo que ambas le vienen de nacimiento, y sería importante identificarlas a tiempo y tomarlas en cuenta para ayudarlo a elegir su profesión. Más aun: creo que algunos niños a una cierta edad, y en ciertas condiciones, tienen facultades congénitas que les permiten ver más alla de la realidad admitida por los adultos. Podrían ser residuos de algún poder adivinatorio que el género humano agotó en etapas anteriores, o manifestaciones extraordinarias de la intuición casi clarividente de los artistas durante la soledad del crecimiento, y que desaparecen, como la glándula del timo, cuando ya no son necesarias.

Creo que se nace escritor, pintor o músico. Se nace con la vocación y en muchos casos con las condiciones físicas para la danza y el teatro, y con un talento propicio para el periodismo escrito, entendido como un género literario, y para el cine, entendido como una síntesis de la ficción y la plástica. En ese sentido soy un platónico: aprender es recordar. Esto quiere decir que cuando un niño llega a la escuela primaria puede ir ya predispuesto por la naturaleza para alguno de esos oficios, aunque todavía no lo sepa. Y tal vez no lo sepa nunca, pero su destino puede ser mejor si alguien lo ayuda a descubrirlo. No para forzarlo en ningún sentido, sino para crearle condiciones favorables y alentarlo a gozar sin temores de su juguete preferido. Creo, con una seriedad absoluta, que hacer siempre lo que a uno le gusta, y sólo eso, es la formula magistral para una vida larga y feliz.

Para sustentar esa alegre suposición no tengo más fundamento que la experiencia difícil y empecinada de haber aprendido el oficio de escritor contra un medio adverso, y no sólo al margen de la educación formal sino contra ella, pero a partir de dos condiciones sin alternativas: una aptitud bien definida y una vocación arrasadora. Nada me complacería más si esa aventura solitaria pudiera tener alguna utilidad no sólo para el aprendizaje de este oficio de las letras, sino para el de todos los oficios de las artes.

La vocación sin don y el don sin vocación

Georges Bernanos, escritor católico francés, dijo: "Toda vocación es un llamado". El Diccionario de Autoridades, que fue el primero de la Real Academia en 1726, la definió como "la inspiración con que Dios llama a algún estado de perfección". Era, desde luego, una generalización a partir de las vocaciones religiosas. La aptitud, según el mismo diccionario, es "la habilidad y facilidad y modo para hacer alguna cosa". Dos siglos y medio después, el Diccionario de la Real Academia conserva estas definiciones con retoques mínimos. Lo que no dice es que una vocación inequívoca y asumida a fondo llega a ser insaciable y eterna, y resistente a toda fuerza contraria: la única disposición del espíritu capaz de derrotar al amor.

Las aptitudes vienen a menudo acompañadas de sus atributos físicos. Si se les canta la misma nota musical a varios niños, unos la repetirán exacta, otros no. Los maestros de música dicen que los primeros tienen lo que se llama el oído primario, importante para ser músicos. Antonio Sarasate, a los cuatro años, dio con su violín de juguete una nota que su padre, gran virtuoso, no lograba dar con el suyo. Siempre existirá el riesgo, sin embargo, de que los adultos destruyan tales virtudes porque no les parecen primordiales, y terminen por encasillar a sus hijos en la realidad amurallada en que los padres los encasillaron a ellos. El rigor de muchos padres con los hijos artistas suele ser el mismo con que tratan a los hijos homosexuales.

Las aptitudes y las vocaciones no siempre vienen juntas. De ahí el desastre de cantantes de voces sublimes que no llegan a ninguna parte por falta de juicio, o de pintores que sacrifican toda una vida a una profesión errada, o de escritores prolíficos que no tienen nada que decir. Sólo cuando las dos se juntan hay posibilidades de que algo suceda, pero no por arte de magia: todavía falta la disciplina, el estudio, la técnica, y un poder de superación para toda la vida.

Para los narradores hay una prueba que no falla. Si se le pide a un grupo de personas de cualquier edad que cuenten una película, los resultados serán reveladores. Unos daran sus impresiones emocionales, políticas o filosóficas, pero no sabrán contar la historia completa y en orden. Otros contaran el argumento, tan detallado como recuerden, con la seguridad de que será suficiente para transmitir la emoción del original. Los primeros podrán tener un porvenir brillante en cualquier materia, divina o humana, pero no serán narradores. A los segundos les falta todavía mucho para serlo -base cultural, técnica, estilo propio, rigor mental- pero pueden llegar a serlo. Es decir: hay quienes saben contar un cuento desde que empiezan a hablar, y hay quienes no sabrán nunca. En los niños es una prueba que merece tomarse en serio.

Las ventajas de no obedecer a los padres

La encuesta adelantada para estas reflexiones ha demostrado que en Colombia no existen sistemas establecidos de captación precoz de aptitudes y vocaciones tempranas, como punto de partida para una carrera artística desde la cuna hasta la tumba. Los padres no están preparados para la grave responsabilidad de identificarlas a tiempo, y en cambio sí lo están para contrariarlas. Los menos drásticos les proponen a los hijos estudiar una carrera segura, y conservar el arte para entretenerse en las horas libres. Por fortuna para la humanidad, los niños les hacen poco caso a los padres en materia grave, y menos en lo que tiene que ver con el futuro.

Por eso los que tienen vocaciones escondidas asumen actitudes engañosas para salirse con la suya. Hay los que no rinden en la escuela porque no les gusta lo que estudian, y sin embargo podrían descollar en lo que les gusta si alguien los ayudara. Pero también puede darse que obtengan buenas calificaciones, no porque les guste la escuela, sino para que sus padres y sus maestros no los obliguen a abandonar el juguete favorito que llevan escondido en el corazón. También es cierto el drama de los que tienen que sentarse en el piano durante los recreos, sin aptitudes ni vocación, sólo por imposición de sus padres. Un buen maestro de música, escandalizado con la impiedad del método, dijo que el piano hay que tenerlo en la casa, pero no para que los niños lo estudien a la fuerza, sino para que jueguen con él.

Los padres quisiéramos siempre que nuestros hijos fueran mejores que nosotros, aunque no siempre sabemos cómo. Ni los hijos de familias de artistas están a salvo de esa incertidumbre. En unos casos, porque los padres quieren que sean artistas como ellos, y los niños tienen una vocación distinta. En otros, porque a los padres les fue mal en las artes, y quieren preservar de una suerte igual aun a los hijos cuya vocación indudable son las artes. No es menor el riesgo de los niños de familias ajenas a las artes, cuyos padres quisieran empezar una estirpe que sea lo que ellos no pudieron. En el extremo opuesto no faltan los niños contrariados que aprenden el instrumento a escondidas, y cuando los padres los descubren ya son estrellas de una orquesta de autodidactas.

Maestros y alumnos concuerdan contra los métodos academicos, pero no tienen un criterio común sobre cuál puede ser mejor. La mayoría rechazaron los métodos vigentes, por su carácter rígido y su escasa atención a la creatividad, y prefieren ser empíricos e independientes. Otros consideran que su destino no dependió tanto de lo que aprendieron en la escuela como de la astucia y la tozudez con que burlaron los obstáculos de padres y maestros. En general, la lucha por la supervivencia y la falta de estímulos han forzado a la mayoría a hacerse solos y a la brava.

Los criterios sobre la disciplina son divergentes. Unos no admiten sino la completa libertad, y otros tratan incluso de sacralizar el empirismo absoluto. Quienes hablan de la no disciplina reconocen su utilidad, pero piensan que nace espontánea como fruto de una necesidad interna, y por tanto no hay que forzarla. Otros echan de menos la formación humanística y los fundamentos teóricos de su arte. Otros dicen que sobra la teoría. La mayoría, al cabo de años de esfuerzos, se sublevan contra el desprestigio y las penurias de los artistas en una sociedad que niega el carácter profesional de las artes.

No obstante, las voces más duras de la encuesta fueron contra la escuela, como un espacio donde la pobreza de espíritu corta las alas, y es un escollo para aprender cualquier cosa. Y en especial para las artes. Piensan que ha habido un despilfarro de talentos por la repetición infinita y sin alteraciones de los dogmas académicos, mientras que los mejor dotados sólo pudieron ser grandes y creadores cuando no tuvieron que volver a las aulas. "Se educa de espaldas al arte", han dicho al unísono maestros y alumnos. A éstos les complace sentir que se hicieron solos. Los maestros lo resienten, pero admiten que también ellos lo dirían. Tal vez lo más justo sea decir que todos tienen razón. Pues tanto los maestros como los alumnos, y en última instancia la sociedad entera, son víctimas de un sistema de enseñanza que está muy lejos de la realidad del país.

De modo que antes de pensar en la enseñanza artística, hay que definir lo más pronto posible una política cultural que no hemos tenido nunca. Que obedezca a una concepción moderna de lo que es la cultura, para qué sirve, cuánto cuesta, para quién es, y que se tome en cuenta que la educación artística no es un fin en sí misma, sino un medio para la preservación y fomento de las culturas regionales, cuya circulación natural es de la periferia hacia el centro y de abajo hacia arriba.

No es lo mismo la enseñanza artística que la educación artística. Ésta es una función social, y así como se enseñan las matemáticas o las ciencias, debe enseñarse desde la escuela primaria el aprecio y el goce de las artes y las letras. La enseñanza artística, en cambio, es una carrera especializada para estudiantes con aptitudes y vocaciones específicas, cuyo objetivo es formar artistas y maestros como profesionales del arte.

No hay que esperar a que las vocaciones lleguen: hay que salir a buscarlas. Están en todas partes, más puras cuanto más olvidadas. Son ellas las que sustentan la vida eterna de la música callejera, la pintura primitiva de brocha y sapolín en los palacios municipales, la poesía en carne viva de las cantinas, el torrente incontenible de la cultura popular que es el padre y la madre de todas las artes.

¿Con qué se comen las letras?

Los colombianos, desde siempre, nos hemos visto como un país de letrados. Tal vez a eso se deba que los programas del bachillerato hagan más enfasis en la literatura que en las otras artes. Pero aparte de la memorización cronológica de autores y de obras, a los alumnos no les cultivan el hábito de la lectura, sino que los obligan a leer y a hacer sinopsis escritas de los libros programados. Por todas partes me encuentro con profesionales escaldados por los libros que les obligaron a leer en el colegio con el mismo placer con que se tomaban el aceite de ricino. Para las sinopsis, por desgracia, no tuvieron problemas, porque en los periódicos encontraron anuncios como éste: "Cambio sinopsis de El Quijote por sinopsis de La Odisea". Así es: en Colombia hay un mercado tan próspero y un tráfico tan intenso de resúmenes fotostáticos, que los escritores armamos mejor negocio no escribiendo los libros originales sino escribiendo de una vez las sinopsis para bachilleres. Es este método de enseñanza -y no tanto la televisión y los malos libros-, lo que está acabando con el hábito de la lectura. Estoy de acuerdo en que un buen curso de literatura sólo puede ser una gema para lectores. Pero es imposible que los niños lean una novela, escriban la sinopsis y preparen una exposición reflexiva para el martes siguiente. Sería ideal que un niño dedicara parte de su fin de semana a leer un libro hasta donde pueda y hasta donde le guste -que es la única condición para leer un libro-, pero es criminal, para él mismo y para el libro, que lo lea a la fuerza en sus horas de juego y con la angustia de las otras tareas.

Haría falta -como falta todavía para todas las artes- una franja especial en el bachillerato con clases de literatura que sólo pretendan ser guías inteligentes de lectura y reflexión para formar buenos lectores. Porque formar escritores es otro cantar. Nadie enseña a escribir, salvo los buenos libros, leídos con la aptitud y la vocación alertas. La experiencia de trabajo es lo poco que un escritor consagrado puede transmitir a los aprendices si éstos tienen todavía un mínimo de humildad para creer que alguien puede saber más que ellos. Para eso no haría falta una universidad, sino talleres prácticos y participativos, donde escritores artesanos discutan con los alumnos la carpintería del oficio: cómo se les ocurrieron sus argumentos, cómo imaginaron sus personajes, cómo resolvieron sus problemas técnicos de estructura, de estilo, de tono, que es lo único concreto que a veces puede sacarse en limpio del gran misterio de la creación. El mismo sistema de talleres está ya probado para algunos géneros del periodismo, el cine y la televisión, y en particular para reportajes y guiones. Y sin exámenes ni diplomas ni nada. Que la vida decida quién sirve y quién no sirve, como de todos modos ocurre.

Lo que debe plantearse para Colombia, sin embargo, no es sólo un cambio de forma y de fondo en las escuelas de arte, sino que la educación artística se imparta dentro de un sistema autónomo, que dependa de un organismo propio de la cultura y no del Ministerio de la Educación. Que no esté centralizado, sino al contrario, que sea el coordinador del desarrollo cultural desde las distintas regiones del país, pues cada una de ellas tiene su personalidad cultural, su historia, sus tradiciones, su lenguaje, sus expresiones artísticas propias. Que empiece por educarnos a padres y maestros en la apreciación precoz de las inclinaciones de los niños, y los prepare para una escuela que preserve su curiosidad y su creatividad naturales. Todo esto, desde luego, sin muchas ilusiones. De todos modos, por arte de las artes, los que han de ser ya lo son. Aun si no lo sabrán nunca.

LA ORATORIA (Jorge Mota)

LA ORATORIA
por Jorge Mota
Al esbozar este pequeño trabajo sobre la oratoria, he considerado importante añadir también unos comentarios sobre la psicología de las  masas y sobre la personalidad de "Jefe", toda vez que, en mayor o en  menor escala, un buen orador, tendrá directa o indirectamente la función de "leader".
LA PSICOLOGIA DE LAS MASAS.
Gustave Le Bon se ocupó de este tema con amplitud y su extenso estudio  al respecto sigue siendo una pieza fundamental no superada.  Cualquier  persona que quiera iniciarse en la oratoria, debe leer, repetidamente, la obre de Le Bon.
Aquí extractaremos sólo algunos pasajes a modo de orientación: "igualmente que para los seres entre los cuales no interviene el  razonamiento, en las muchedumbres la imaginación representativa es muy  poderosa, muy activa y susceptible de ser vivamente impresionada.  Las  imágenes evocadas en su espíritu por un personaje, un acontecimiento, un  accidente, tiene case la vivacidad de las cosas reales.  Las  muchedumbres están algo en el caso del soñador, cuya razón, suspendida  momentáneamente, deja surgir en su espíritu imágenes de una intensidad  extrema, pero que se disiparán rápidamente si pudiesen ser sometidas a   reflexión. "No siendo capaces las muchedumbres ni de reflexión ni de razonamiento , carecen de la noción de lo inverosímil, porque generalmente las cosas  más inverosímiles son las que hieren más profundamente su espíritu. "Lo maravilloso, lo legendario de los acontecimientos es siempre lo que  impresiona a las muchedumbres con mayor intensidad".
En otro pasaje, y en cierto modo como resumen de una serie de  razonamientos dice:   "Hemos demostrado que las muchedumbres no razonan; que admiten o rechazan las ideas en bloque; que no soportan discusión  ni contradicción, u que las sugestiones, actuando sobre ellas, invaden  completamente el campo de su entendimiento y tienden enseguida a transformarse en actos.  Hemos demostrado que las muchedumbres,  sugestionadas convenientemente, está prontas a sacrificarse por el ideal  que les fue sugerido.  Hemos visto también que sólo conocen los   sentimientos de violencia extremada; que en ellas la simpatía se   convierte pronto de adoración, y la simpatía, apenas nacida, se   convierte en odio.  Estas indicaciones generales permiten ya presentir  la naturaleza de sus convicciones".
Resumiendo Le Bon viene a afirmar que las masas como tales tienen la  personalidad distinta de los individuos que las forman.  Sus opiniones  constituyeron en su tiempo una novedad, sin embargo hoy han sido ya  estudiadas sistemáticamente todas las reacciones de las masas.  Todos  estos estudios, empero, partes de la obre de Le Bon y sobre ellos se  apoya el "arte" de la democracia, es decir, el arte de hacer creer a los dirigidos que son directores.
 Diversos autores han abundado en las opiniones del genial autor francés. Hitler, en "Mein Kampf" , comenta ampliamente el tema de las masa  resaltando que el hecho de "ser una masa convence de la razón", afirmación muy justa y tremendamente cierta.  El genial octor Robert   escribiría: "Por lo mismo que las masas no discurren , tampoco soportan    la contradicción.  Las masas piensan poco pero las masas sienten.  Las  masas no razonan, sino que solamente se mueven por el sentimiento", e  incluso en una gran película, "Un hombre para la eternidad" pudimos  anotar una frase muy elocuente al respecto: "las masas siguen a   cualquier cosa que se mueve".
Sin embargo como hemos apuntado,  y aunque no nos extenderemos al  respecto, los modernos estudios de formación de dirigentes, no olvidan esos principios fundamentales.  En la obra "Formación de dirigentes" de   Carlos Campoy, editada en 1971, podemos leer un espléndido resumen del libro de Le Bon, aunque no se indique así en el texto:
"A. La sociedad de masas es muy poco apta para el razonamiento, pero es  muy apta para la acción.
"B. La muchedumbre, actuando masivamente, posee un alma colectiva que  motiva pensamientos, sentimientos y acciones, distintas a aquellas de  las que serían capaces de hacer aisladamente, los individuos que las  integran.  "C. Muy pocas veces son guiadas por la razón, careciendo de poder sobre ellas las leyes de la lógica.  Por eso , sus dirigentes o líderes,  invocan sus sentimientos y nunca su razón"  continuando en otros puntos  diciendo que son susceptibles de una moralidad extrema, son intolerables  y autoritarias, simples y exageradas, sugestionables y crédulas." Sólo encontramos un gran error en Le Bon al afirmar que a través de los  periódicos es muy difícil crear un gran movimiento de opinión. Realmente hay que tener en cuenta la época en que vivió el autor , pero indudablemente hoy sabemos muy bien que es no sólo posible, sino  habitual.  Aspectos importantes que afectan a cada persona  individualmente como el impuesto de renta, no crea ni pintadas, ni manifestaciones, ni protestas, simplemente porque no es estimulado por la prensa.  La prensa crea pequeños líderes de corta duración para   evitar la pérdida de su control y procura que esos líderes no tengan realmente calidad de tales en cuyo caso podrían independizarse. En otros dos puntos hemos de mostrar una pequeña divergencia con Le  Bon.  Dicho autor viene a asegurar – como ya hemos dicho – que las masas  tienen una personalidad propia.
Realmente este aspecto es discutible, pues lo que les confiere esa "personalidad" es el anonimato y la  impunidad.  Muy probablemente las personas que forman esa masa, solas,  pero garantizando el anonimato y la impunidad, actuarían de igual forma.
Le Bon en cierto modo hace referencia a este hecho, pero no lo pone    debidamente de manifiesto y ello tiene su importancia pues habrá que pensar que cuando las personas individuales que forman las masa, sean  incapaces de actuar injustamente, – pese a la garantía de impunidad y    anonimato – , esas masas, formadas por esas personas, tampoco lo harán.
Otro punto de discrepancia con Le Bon – aunque más bien en orden  teórico – es que analizando sus comentarios se llega a la conclusión de que el buen "jefe", el  buen "orador" es el que sabe adaptarse a esas   características de las masas, es decir, el que sabe ser superficial, exagerado, intolerante, etc.  De haber conocido Le Bon a Hitler, muy posiblemente habría dicho que ere el prototipo ideal que él había defino en su libro.  Muchos camaradas incluso lo pensarán también, sin embargo Hitler supo arrastrar a las masas diciéndoles algo, sus discursos no son una sucesión de slogans más o menos convincentes.
Los discursos de Hitler son profundos, están llenos de ideas, de grandes ideas.  Hitler  en Nüremberg, en sus grandes discursos culturales, hablaba a las masas de arte, de moral, de ética.  Nada más falso que pretender que las masas  son y serán como son y los líderes ha de ser como son y serán las masas. El papel del líder – y eso ya lo trataremos luego en la oratoria – ha de  pretender elevar a esas masas, educarlas y lograr cambiarlas, otro  proceder sería tan absurdo como el misionero que para lograr feligreses, reparte entre los negros chocolate y abalorios.  Efectivamente tendrá sin duda muchos más seguidores, pero durante mucho menos tiempo que   aquel que se ha preocupado de convencerles.  Ser líder de una masa que  no va a ninguna parte tiene tanto interés como comprar uncoche sin motor.
Lo que sí es indudablemente cierto es que en una reunión donde no existe previamente un responsable, es imposible sacar conclusiones, independientemente de que esté formada por gente eminente o por  estúpidos.  Este es un fenómeno que no tiene su origen en la masa, o en lla gente reunida, sino en la organización, pero que no deja de ser interesante constatar.
En todo caso las masas pueden ser controladas por medio de la  disciplina. Hay masas más salvajes que otras.  Al término de la guerra mundial se puso de manifiesto este hecho y Francia e Italia se pusieron rápidamente en cabeza de la brutalidad de las masas, mientras que en  países anglosajones o germánicos se produjo una depuración igual pero en  forma más civilizada.
Creo que el motivo de este hecho habría que buscarlo en que esas   naciones son, por naturaleza, más disciplinadas, más obedientes. Conciben menos ese actuar individualista típico latino.  Esas masas esperarían más una orden de "vamos!" que un grito en igual sentido.  El  sentido de la disciplina, de la rectitud y, fundamentalmente, la  educación, puede lograr, estoy convencido, que en el futuro el espíritu  de las masas no se ajuste a lo escrito por Le Bon.
 
EL JEFE.
Un orador tiene que ser un Jefe.  Puede no ser el Jefe Principal, incluso ese Jefe Principal puede no ser orador, pero indiscutiblemente   el orador será un jefe tanto si se lo propone como si quiere evitarlo. Ello hace que sea conveniente analizar, aunque someramente, las virtudes que debe poseer un jefe.
Si observamos con detenimiento toda la sociedad que nos rodea veremos  que está organizada jerarquicamente, desde el deporte, donde hay un "capitán" en cada equipo, un entrenador, etc., hasta las empresas donde  todo son jefes y jefecillos.  La sociedad actual, como cualquier otra  del pasado , se articula en un sistema jerárquico.
A Joaquín Bochaca le preguntaron en el curso de un extenso examen psicotécnico, si él creía que los hombre eran iguales.  Bochaca se  limitó a decir que si fuesen iguales no le estarían haciendo a él un  examen psicotécnico.  La evidencia dejó sin respuesta al examinador  pero, indudablemente, no le convenció, pues todo el mundo "sabe" que no puede ser convencido de según que cosas. En la sociedad capitalista todo está organizado alrededor de los  "líderes", aunque se les llame "ídolos", "estrellas", etc., son  realmente líderes falsos.  Son encumbrados a placer y hundidos al gusto, pero fundamentalmente con ellos mueven a las masas o las distraen.
En el libro mencionado antes sobre "Formación de Dirigentes" -  básicamente relativo a directivos de empresa _ se contienen algunos puntos plenamente válidos y que quizás no es necesario transcribir por conocidos, sin embargo es curioso constatar como en la formación de  mandos de empresas se reconoce el papel de líder, del Jefe, si bien constatando a su vez que en la sociedad actual hay multitud de  organizamos creados para dificultar la labor a ese líder – Parlamentos, Consejos de Administración…- elaborándose también los sistemas para conseguir la aquiescencia de dichos organismos. Una gran diferencia entre el concepto capitalista del "Jefe" y nuestro "Führerprincip" (principio de caudillaje), la tenemos en que para la  mentalidad democrática el líder puede ser formado en una escuela de dirigentes, mientras que nosotros reconocemos que es precisa una  cualidad interna básica e innata.
Realmente el capitalismo crea sus líderes, líderes a la medida de sus  necesidades y efectivamente son prácticamente elegidos al azar, pero justamente eso es así porque les interesa que ese supuesto "líder" tenga   sólo la apariencia de tal, diferente de nuestro "Líder" que debe serlo  plenamente, debe dirigir y no ser dirigido.
Contrariamente es también común el error de pensar que el jefe "no se  hace, nace".  Esta afirmación tiene tanto de cierta como la anterior.  El jefe realmente nace, pero precisa de una educación.  En ejemplo muy  ilustrativo de Clausewitz, diremos que el jefe es el río y los conocimientos técnicos los afluentes. Uno y otros se complementas.Es posible que un jefe que nace, también por instinto se forme él mismo autodidácticamente, pero realmente un conocimiento adquirido y unas técnicas adecuadas pueden descubrir más fácilmente la personalidad de un  jefe. Las virtudes que deben tener los jefes son, en líneas generales, las   siguientes: Inteligencia y fuerza intelectual; voluntad fuerte y tenaz; actividad, dinamismo y trabajo; energía y, en caso necesario, audacia; sentimiento de responsabilidad; sentimiento del deber; preocupación por  el bien común; gran cultura general; capacidad organizativa, mando; capacidad administrativa, previsión; conocimientos generales de cosas muy diferentes del mismo ámbito; competencia en la especialidad propia; capacida física y mental; capacidad de relación social con hombres  diversos; altruismo; sinceridad; lealtad; rectitud; confianza en sí  mismo; optimismo; presencia física; seguridad ; valentía; independencia  de intereses o personas; comprensión; intransigencia; sugestión (simpatía, atracción ); serenidad ( flema ); alegría; ser reservado; espíritu de cooperación; ambición. Contrariamente los defectos de los que debe carecer, además de los que por se contrarios a las virtudes mencionadas ya se presuponga, son :Exigir mucho de los demás; tomarlo todo al pie de la letra; estar inclinado a generalizar; reaccionar ante todo; reaccionar coléricamente; intenso apasionamiento; capacidad de odio intenso; incapaz de olvidar  una injusticia; incapaz de mantener una actitud; ser socialmente indiferente; ser intratable; despertar malos sentimientos; ser  pesimista; dar demasiada importancia a problemas pequeños; no tener una  escala de valores definidos para ordenar cada cosa en su importancia;  ser desagradable en el trato.
De hecho de estar virtudes y defectos podría decirse en justicia que ni  son todas las que estás ni están todas las que son.  Se trata más bien  de una recopilación de lo que diversos autores han opinado sobre el  tema.  Con gusto añadiría o suprimiría de la lista, aquellas que se me  puedan indicar erróneas. Por ejemplo la presencia física me había pasado totalmente por alto,  pese a ser de importancia decisiva.  Fue Enrique Aynat quien con ocasión  de un conferencia en Valencia me hizo dar cuenta de la omisión.  León  Degrelle, por ejemplo, lleva en una maleta una americana sólo para el  momento de hablar.  Una vez acabado un acto se cambia de vestido.  Político como Adolfo Suarez han debido buena parte de su éxito a su  presencia física, pero incluso aquellos que poseen un mal aspecto, son  "arreglado" por maquilladores y sastres.  La presencia física tiene  ciertamente mucha importancia.
Personalmente pedí a varios camaradas que me conocían desde hacía  bastante años, que hiciesen una valoración mía según esas "virtudes" y  "defectos" del Jefe.  Yo mismo me punté también y otro camarada, recién  entrado en CEDADE, hizo igualmente su valoración.  El camarada nuevo,  -que indudablemente me conocía muy poco- , bien por ignorancia o por  respeto fue muy generoso en su puntuación, con un 7 en las virtudes y un  3 en los defectos.  Sin embargo los otros, incluido yo mismo,  coincidimos bastante en la puntuación, siendo más o menos de 7 en las  virtudes y 7 en los defectos.
Con un ligero saldo a favor tenía  indudablemente que reconocer que mis defectos anulaban mis virtudes. Creo que es interesante que cada cual se haga a sí mismo y a sus  mandos, una valoración privada según esas virtudes y defectos.  Ayuda  mucho a corregirse o a formarse, el tener una clara visión de la  situación personal.
Esto es tanto más interesante cuanto que hay determinadas virtudes, al  igual que determinados defectos, que si se hallan incorporados a la  manera de ser, al "estilo", de CEDADE.
No ha de extrañar que esto ocurra, pues personas que en un mundo  absolutamente hostil, confluyen desde diversos puntos a un mismo lugar,  han de tener necesariamente unas características comunes.  Ejemplo  plenamente manifiesto al respecto lo constituye un examen psicotécnico  realizado por tres destacados miembros de CEDADE en una misma empresa.  El resultado de los tres exámenes, realizados con considerable  diferencia de tiempo -años-, es sorprendentemente similar.  Junto a  algunos rasgos típicos de cada cual, se mencionaron en dicho informe  -que dicho sea de paso costó- 120.00 pesetas- diversas características  comunes a los tres y raras en otros compañeros de trabajo: tendencia a sentirse bien entre pequeño grupo (no espíritu de masa); serios e introvertidos; seguridad en sí mismos; ambición; capacidad al razonamiento abstracto; reflejos mentales; rigidez de espíritu    acentuada honradez; tenacidad; dotes de mando (tendencia al liderazgo autocrático, uno de ellos); facilidad numérica; sensibilidad muy acusada; capaces de prescindir del afecto de los demás. Es verdaderamente curioso observar que estas tres personas, de sexo y  edad diferentes, posean las tres "facilidad numérica" o "capacidad al razonamiento abstracto", lo cual puede tratarse de una casualidad o del  resultado de las otras características. Algunos problemas relacionados con la "Jefatura", tiene una especial  característica en CEDADE. Una de esas peculiaridades es la de que no se  posee ningún medio coactivo que pueda obligar a cumplir las órdenes. En las empresas la obediencia se basa en el sueldo y, eventualmente, en  el afán de ascenso.  En el Ejercito la obediencia se halla enmarcada por  sanciones a troche y moche.  Contrariamente en CEDADE la obediencia ha  de ser voluntaria, espontánea y sincera.  Esto hace que, unido a una  época anárquica como la actual y a la naturaleza de los españoles, la  disciplina brille más bien por su ausencia.  Las cualidades del Jefe en  CEDADE tienen que tener una gran parte de sicología.  Como muy bien me  decía hace poco nuestro Presidente Pedro Varela, sólo se puede ordenar a  la gente aquello que sabes de antemano que va a cumplir.  Se precisa  pues un sexto sentido o una gran sigología, para lograr la apariencia  externa de disciplina.
El problema que atraviesa CEDADE -como todos los partidos sin  excepción-, es la falta de mandos.  Poseemos muchos soldados, peor muy  pocos oficiales y jefes.  Es por ello que esa sicología de los mandos de  CEDADE, deban emplearse en saber elegir bien a los futuros militantes. Ante todo nuevo militante se presentan los tres grados clásicos para su  incorporación a la lucha: integración, actuación y participación.  Es  necesario cuidar con más interés a aquellos futuros miembros de los que  podamos sospechar que en el futuro puedan ser mando.  Ello lo hemos de  hacer incluso cuando esos futuros mandos, nos desplacen a nosotros.  En  la actualidad el militante se integra más que lo integramos.  Igualmente su actuación es casi siempre por iniciativa propia e,  indudablemente, la participación parte de él en la mayoría de ocasiones. Evidentemente el sistema capitalista, o las estructuras empresariales,  cuentan con dos factores de los que carecemos: el dinero y el halago.  Dos armas muy importantes para controlar a los subalternos o impresionar  a los superiores.  No pudiendo utilizar ninguna de ambas, es realmente  difícil lograr una cohesión y cuando se logra ello es indudablemente una  virtud del jefe.
En CEDADE nos encontramos ahora en un momento de transición que trae  consigo graves problemas organizativos.  Hasta ahora éramos demasiado  pocos para tener que integrarnos en un esquema organizativo  perfectamente estructurado.  Ahora, sin embargo no somos todavía los  suficientes, pero somos demasiados como para continuar como hasta ahora,  con un sistema simple de responsabilidad y funciones otorgados oralmente  sobre la marcha y cambiadas en poco tiempo.
A este constante cambio de mando y funciones, contribuye en buen manera  el hecho de que una parte de la militancia es "flotante".  Viene a  CEDADE a cumplir una especie de servicio militar y se marcha al cabo de  unos pocos meses o años.  Sin embargo, constatando este hecho, se  precisa la estructura adecuada para minimizar su aspecto negativo y  convertirlo en positivo.  Todo ello lleva a carecer de una estrategia definida.  Ello resulta  imposible ya que todo plan estratégico requiere una proyección a varios  años vista y ello es prácticamente imposible cuando las piezas claves de  esas estrategias cambian o abandonas CEDADE. sean determinantes dentro de un plan general.  El hecho de contar con un  buen diseñador gráfico ha influenciado en buena manera el aspecto  exterior de CEDADE.  Si en lugar de un diseñador hubiésemos dispuesto de  un diseñador de carteles, ello se habría notado igualmente.  En una  empresa una persona que cesa es sustituida por otra, pero aquí se está  al arbitrio de lo que "venga", que debe ser aprovechado una vez viene y  sobre la marcha.
Igualmente constituye una dificultad importante para todo mando,  delegado etc. el conciliar la convivencia de personas de la tercera  edad, junto a hombres maduros y jóvenes de 15 años.  Todo ello requiere  unas virtudes my difíciles de alcanzar, por lo que, habitualmente, el  círculo de personas que rodea a un determinado mando, es similar a su  propia edad, lo cual es indudablemente un fracaso.
El Jefe debe tener, como he dicho, una profunda sicología.  12 puntos  básicos son enumerados en el libro de Campoy y conviene relacionarlos  con todo detalle:
"1. El hombre es una unidad psicológica.
"2. Existen grandes diferencias entre las personas.  todo individuodebe ser tratado con arreglo a sus personalidad.
"3. La conducta del hombre no es lógica, sino psicológica.
"4. Toda persona tiende a conservar su integridad física y su vida.
"5. Toda persona tiende a conservar su integridad moral y su estimación.
"6. Toda persona tiende a la agrupación.
"7. Toda persona tiende a repetir aquello que ha tenido éxito.
"8. Existe una gran resistencia a los cambios.
"9. Existe una repulsión por las situaciones que no permiten un cierta libertad de acción al individuo y por las que la permiten en exceso.
"10. Todo los juicios de las personas tienen carácter comparativo.
"11. hay una tendencia a terminar las tareas comenzadas.
"12. Existe una necesidad de conocer los resultados de la propia situación. "
Quizás habría que discrepar el punto 6 pues realmente, en los últimos  años, la tendencia a la asociación se ha perdido en un cada vez más  creciente individualismo en todos los órdenes.  Esa tendencia abstracta  a la asociación sigue existiendo es situaciones especiales, cuando el  hombre solo siente miedo y precisa de estar integrado en una unidad  mayor, pero los medios modernos de propaganda y especialmente la  televisión, han logrado plenamente matar ese instinto.
Como punto suplementario añadiría una que dijese que "toda persona es  sensible al halago".  Es verdaderamente difícil encontrar una persona  que pueda opinar sobre otra, sin que influyan en esta opinión la actitud  y pensamiento de esa persona en cuestión con relación a él.  Se tiende a  simpatizar con el que nos halaga y a sentir poco entusiasmo hacia quien  nos critica.
Esos 12 (con el último, 13) puntos de sicología aplicada, hay que  conocerlos, tanto para poder tratar a los demás, como para corregir  aquellos que pueden
ser defectos en un mando.
Para terminar con este apartado, y dentro de las necesidades de CEDADE,  hay que mencionar una vez más, que el espíritu jerárquico no significa  autocrático.  La jerarquía distribuye responsabilidades no órdenes.  Da  a cada cual un ámbito de actuación.  Todo control obsesivo sobre los  subalternos acaba por hacerles perder el interés por el trabajo.  En las  empresas puede constatarse plenamente que personas de una gran eficacia  la pierden al recortarles sus responsabilidades y al tener ingerencias  de sus superiores en asuntos de su competencia.
En las empresas esas personas dejen de rendir al haber matado su  interés, pero continúan pues están sujetas por un sueldo y quizás, con  un cambio de jefes, puede despertarse de nuevo su entusiasmo.  En CEDADE  esas personas marchan y muchas veces los mandos no llegan a enterarse de  los motivos que las llevaron a irse y que, de haberlos conocido, podrían  hacerse subsanado.
En cierto modo el sistema democrático tiene un interés y un aplicación.  En pequeño grupo puede ser útil, especialmente cuando se trata de tomar  resoluciones que afectan directamente a las personas.  Así por ejemplo  antes de imponer un mando sobre unos militantes, debe conocerse la  opinión de éstos. El mejor líder del mundo sería ineficaz entre personas  que de buen principio le rechazan.
Al igual que marchando un grupo por un camino es lógico que se consulte  la opinión de todos antes de tomar una u otra dirección, así aquellos  problemas que afectan a todos, tienen que resolverse conociendo la  opinión de la mayoría.  La mayoría no debe decidir, pero debe respetarse  su opinión. Es
importante discutir algunos problemas con personas cuya opinión puede ser estimable.  Escuchar las diversas opiniones y, sin intervenir, observar las actitudes de cada cual.  Al término de la discusión podrá  tomarse una postura mucho mejor nacida del conjunto de ideas de todos. Lo que no debe hacer el Jefe es participar de la discusión, pero si  escucharla para poder actuar con el mejor provecho.
Igualmente hay que hacer caso de la mayoría cuando, sin excepción, se  queja de una actitud o de una situación.  Cuando todos o una gran parte, repiten exactamente lo mismo, habrá que pensar que tienen razón.  Sin  embargo en esos casos hay que tener mucho cuidado de que realmente sea  la opinión de la mayoría y no la de unos pocos que gritan más que los  otros y que procuran dar la sensación de número.
ORATORIA
A lo largo de la historia -de la más reciente- ha habido diversas  personas que han cobrado fama por su facilidad como oradores.  De 1900  hasta 1940, fueron los oradores la base y fundamento de toda acción  política.   Hitler en "Mein Kampf", deja claro que los oradores son los  que arrastran a la masas y no los escritores.  Todas las observaciones  de Hitler al respecto son tremendamente ciertas, sin embargo, casual o  premeditadamente, los tiempos cambian.  Hombres como Lerroux, Hitler o Degrele, podrían llegar a tener un poder  enorme por medio de su simple palabra, de al tremendamente barato y que  no podía prohibirse -aunque a Hitler se le llegó a prohibir-.  Cualquier  persona podía convertirse en un peligro y ello tenía que se remediado. La televisión iba a sustituir con ventaja a la oratoria.  Es importante  es constatación porque muchos camaradas que están tentados a pensar que  el "Mi Lucha" es un libro plenamente actual, han de tener en cuenta que  trasladar a nuestra época las consideraciones de Hitler sería erróneo.
No voy a pretender tampoco tener yo la clave de la "oratoria hoy",  puedo, cuando menos, afirmar que he procurado estudiar el problema con  detenimiento.Se ha dicho de mí en ocasiones, que soy un buen orador.  El camarada  Otto Skorzeny llegó a decir después de un mitin en el que intervine que puedo ser buen orador dentro de CEDADE, pero disto mucho  de ser lo que realmente puede calificarse de "buen orador".  Ello no  no es  falsa modestia, sino el resultado de mis estudios sobre el tema, sobre ello volveremos luego.  Lo que es importante constatar es la diferencia existente entre los años
30 y la actualidad.  En aquella época, tanto en Alemania como en spaña, no existía la televisión, y la radio era un lujo.  Millones de parados, verdaderamente arruinados, no podían hacer otra cosa que quedarse en la  mísera habitación que poseían o salir a la calle.  Los parados de los   años treinta estaban en la calle y no como ahora en sus casa, cuando no  eran en los bares.
Esos millones de parados, preocupado por su existencia física, por la  comida del día siguiente, eran el público que llenaba los grandes  locales.  Hitler, como Degrelle, cobraban entrada en sus mítines.  Eso era realmente insólito y tanto más en su tiempo, pero lo normal era   poder estar 4 ó 5 horas gratis, escuchando un mitin.  Si esto ocurría en  España, imaginemos a Alemania o Inglaterra en pleno invierno.
Los oradores, esos grandes oradores, muy pocos, hablaban tres, cuatro y  hasta cinco horas seguidas, pero ahora la situación ha cambiado.
Realmente cinco horas seguidas es imposible encontrarlas libres en un  mundo tiranizado por la falta de tiempo. La gente que llena los mítines hoy no son obreros parados preocupados por su comida,  De hecho los parados de hoy no tienen en general  problemas de comida, pero además no son los que llenan los mítines.  La  gente que llena los mítines son los aficionados a la política, gente en  cierto modo culta o por lo menos entendida en el tema del que se  diserta.  La gente que asiste a los mítines va a divertirse, a pasar un  rato divertido, a gritar un poco y a aplaudir frenéticamente las mejores  frases.  Por ello realmente hay que proporcionarles esa diversión.  No  podemos ser graves y taciturnos, el público de los mítines va a estos  actos un poco como "esparcimiento" y no volverá a menudo si le sembramos  el porvenir de negros presagios.
Como he dicho, la primera vez que me escuchó Skorzeny dijo que era un  doctor Goebbels, mientas que la siguiente, afirmó que era un orador  malísimo.  Por qué? Le escribí preguntándole el motivo de este cambio de  opinión, pero lamentablemente falleció antes de que pudiésemos hablar  extensamente sobre el tema, sin embargo, pude analizar personalmente  ambos actos y con lo que me había dicho Skorzeny, encontré la  explicación.
El primer acto había sido la fundación de CEDADE en Madrid.  Tuve la  suerte de que en la sala de hallaban presentes los recién "expulsados"  diplomáticos de la china nacionalista.  Una alusión a ellos levantó una  ovación y "caldeo" un acto que discurría hacia la monotonía y el  aburrimiento.
Sin embargo en este acto yo hablé de ideología, de  socialismo, dije realmente algo, y aunque el público se limitó a  aplaudir los aspectos menos profundos, se sintió unido al conjunto del  Poco a poco la mayoría de los asistentes a nuestro actos dejaban de ser  gente mayor para estar llena la sala de jóvenes.  Las frases que  aplaudía la gente no eran ya la alusión despectiva al vaticano, o alguna  referencia al 18 de julio, sino temas como la banca, el sionismo, etc.
Habíamos seguido el buen camino, gracias en parte a las recomendaciones de Skorzeny.  No basto con arrastrar a las masas, sino que hay que  arrastrarlas hacia alguna parte.  La fácil demagogia oratoria, puede  llevar a que sean las masas las que re arrastren a ti, como nos había  ocurrido los primeros tiempos.  Mirando el público, sabía de lo que  tenías que hablar. ocurrido los primeros tiempos.
De toda esta experiencia de años, y de haber hablado con los mejores  oradores que he podido y haber escuchado al resto, creo que en la  actualidad la oratoria tiene un carácter diferente de la de los años 30.  Lo importante no es lo que se dice, quien lo dice, a quién, por qué y  cuando lo dice, sino que lo determinante es "como lo dice".  es decisiva  la forma de decir las cosas y para ello cre que debe servir de magnífica  norma el más depurado humor inglés.  Jerome K. Jerome y Wodehause, son dos autores para leer todo aquellos  que quieran ser oradores.  Este tipo de humor siempre se ha  caracterizado por basarse en la forma de decir las cosas.  Las mismas  cosas dichas de otra forma, carecerían de interés.
Al empezar un mitin, creo que n Valencia, dije de buen principio más o  menos: "A mi me toca hablar de la democracia, es decir, la mía no es una  conferencia seria".  Ello despertó risas y los aplauso, por dos motivos:  Por inesperado (lo inesperado produce hilaridad) y por la forma de  decirlo.  Si hubiese dicho que la democracia no era seria, ello no  habría sorprendido a nadie.
A diferencia de lo que dice Hitler, creo que los mítines actuales tienen  que tener una duración máxima de tres cuartos de hora por orador y dos  horas máximo el conjunto.  Puede extenderse un solo orador durante una  hora o máximo hora y media, pero basto mirar al público para darse  cuente de que, pro interesado que esté en el asunto, empieza a estar  cansado.  Un portentoso orador, al igual que un genial director de cine,  quizá pueda extenderse más tiempo, pero constituirá la excepción a la  regla general.
El orador actual, además ha de ser muy versátil. Debe saber hablar en  forma diferente a públicos diferentes o en lugares diferentes.  De los  grandes oradores del pasado, muy poco lo lograban.  En general el orador  es considerado como el que habla a las masa y basta.
En la actualidad la técnica de la oratoria tiene en la gran sala de  mítines, sólo un parte, y pequeña, de lo que la oratoria debe ser.  Se  ha de saber hablar en la radio, en una universidad, en una fábrica, en  la televisión, en la calle, en el trabajo… A este respecto la lectura  de los primeros discursos de Hitler en 1933 es prácticamente  obligatoria.  Hitler habla de las SA, a la masa del pueblo en el Palacio  de Deportes, al Parlamento en el Reichstag y a un círculo restringido de  autoridades, y en las cuatro ocasiones expone las mismas cosas pero en  forma absolutamente distinta.  Esos cuatro discursos constituyen un  ejemplo de lo indicado.
 COMO PREPARAR UN DISCURSO.
Antes de empezar a hablar en público procure hablar con algunos oradores  famosos.  Pude hablar del tema especialmente con Jesús Suevos, un hombre  sorprendente que hablaba y escribía muy bien, fenómeno poco usual.  No  puede hablar sobre el tema con Blas Piñar, pero asistí a diversos actos  de este genial orador.  También asistí a algunos de Jiménez de Parga que  en esa tiempo era el hombre de "izquierdas" que tenía mayor poder de  convocatoria .  También hablé con León Degrelle sobre como preparar un  discurso.
Para mí Jesús Suevos era el orador más inteligente de la política  española, sabía ser claro y sobre todo profundo.  Blas Piñar es muy  "italianizante" es sus mítines.  Más que un orador es un actor, pero  realmente es el orador adecuado al público que asiste a sus actos.  Su  forma de hablar, si papel ni notas, es sorprendente.  Construye las  frases con absoluta corrección y da la impresión de estar leyendo.  Jiménez de Praga, era un orador gris, pero que en una sala llena de  policías y falangistas esperando el momento oportuno, hacía unas  críticas durísimas logrando que las autoridades no se percatasen de  ellas, aunque lamentablemente sus seguidores, como puede comprobar,  tampoco, limitándose a aplaudirle en algunos momento de escaso interés. Jesús Suevos me dijo que para se orador había que hablar,  constantemente, no para, permanentemente y a todas horas y que luego era  cuestión de subir al estrado y zás.  Lo mismo me dijo León Degrelle.  Según él basto con empezar a hablar y seguir durante el rato que  convenga.  Indudablemente parece este el mismo procedimiento de Blas  Piñar, mientras que Hitler, por lo que he leído, dictaba a sus  secretarias los discurso el día anterior a la fecha en cuestión, y tal  como se lo escribían directamente a máquina, los leía en las sesiones  del Reichstag.  Sus colaboradores decían que esos discurso estaban  llenos de alusiones a temas había tratado con ellos durante la semana  anterior, es decir, lo que me había indicado Jesús Suevos.  Además el 80  por ciento de los discursos de Adolf Hitler eran improvisados.  Dictaba  lo que había de dar en el Reichstag y que podían tener trascendencia  política internacional, una vez ya en el poder.
El análisis de todo esto me ha llevado a la afirmación de que yo no soy  en absoluto buen orador.  Yo tengo que preparar mis discursos y además  tengo ciertas limitaciones.  Como máximo podría dar uno cada tres mese, toda vez que me resulta muy molesto repetirme.  Especialmente cuando se  trata de ironías o salidas graciosas, la repetición me daría la  sensación de ser un actor y no un orador.
Estos grandes oradores, por lo que se ve, no precisan preparación  alguna.  Ocasionalmente Hitler llevaba durante sus campañas electorales, un papel en la mano con algunas anotaciones, pero en todo caso creo que  para aquellos que no somos superdotados, es precisa una preparación.
Lo primero es elegir el tema general.  Se puede elegir un máximo de  cuatro o cinco temas bastante diferentes entre sí.  Un discurso de una  hora no da para más.  Imaginemos que el tema elegido para el mitin es  "LA DEMOCRACIA".  Lo dividimos en cuatro temas, que podrían se IGUALDAD, LIBERTAD, FRATERNIDAD, PAZ.  Esos temas lo podemos subdividir en otro subtemas, IGUALDAD: de sexos, de razas, de creencias, etc.  LIBERTAD, de

El arte de escribir mal

El arte de escribir mal

Quien supiera redactar correctamente podría, en alguna ocasión, proponerse escribir mal; improvisando y violando algunas reglas. Tal vez lo hiciese creyendo que escribir mal es justamente eso: olvidar las reglas y actuar inconscientemente.

 

Nada más alejado de la realidad. La mala redacción está basada en un gran respeto a sus principios esenciales, los cuales son:

Ignorar al Lector

Obsesionarse con la forma

No repasar

"Escribir es recordar, pero leer también es recordar."

- Francois Mauriac -

Ignorar al Lector

Por lo general, una persona que desea escribir algo divide su mundo en tres grandes áreas: ella misma (como autor/a); el tema que quiere tratar; y los otros (el público). El autor, el tema y el lector forman un triángulo cuyas puntas deberían conectarse.

Una técnica frecuente, que utilizan los malos escritores, es mantener todos los hechos e ideas en el mismo nivel, dándoles el mismo énfasis, sin indicaciones sobre la importancia relativa y sin intentar una secuencia lógica. El uso de frases largas, que contengan muchas ideas débilmente relacionadas entre sí, también es un artilugio frecuentemente utilizado por estos autores. No indicar causa o efecto, ni distinguir entre las ideas principales y las subordinadas es uno de sus recursos preferidos.

 

Paralelamente, se encuentra el conjunto de las "reglas de desorientación" que evitan el uso de conectores como "además", "por otra parte" y "sin embargo". Así, los malos redactores dejan que la oración comience con un pronombre que se refiera a un sujeto muy lejano, o a uno francamente subordinado en la sintaxis.

Un mal redactor no tiene necesidad de citar ejemplos, ni casos concretos que orienten la imaginación del lector para comprender las afirmaciones generales y abstractas. Cuanto más complicado, inesperado e inconsecuente, mejor "suena". Escribir: "A está relacionado con B", "Entre E y P existe una relación" siempre es una tentación para los malos escritores. Cuanto mayor sea la dificultad del lector y más complejas sean las "operaciones mentales" necesarias para la lectura, más sentirá el autor que es "brillante": difícil y "no para cualquiera".

Omitir unos cuantos detalles (sobre todo esos que la mayor parte de los lectores necesitan saber) también suele dar esa sensación de "inútil poder" del que gustan los malos escritores. Piensan: "Si yo, como autor, tuve que descubrir estas cosas por el camino difícil, ¿por qué debería hacerlas fáciles para el lector? Si yo creé este símbolo desde una compleja asociación alfabético-pictórica, ¿por qué definirlo?". Sería como regalarlo, como darle todo servido al lector. Y si yo, autor, fui tan inteligente como

para escribir esto, lo menos que merezco es un lector a mi altura."

Obsesionarse con la Forma

"Si tu intención es describir la verdad, hazlo con sencillez y la elegancia déjasela al sastre."

- Albert Einstein -

Pecados capitales de la mala redacción son la sencillez y la precisión. Quien escribe olvidándose de su público evita ser específico y despliega toda la verborrea de la que es capaz, incluyendo muchas palabras y oraciones superfluas. La mala redacción utiliza las palabras para glorificarse en la idea y "sobre-escribirla". Una nube de palabras sirve para ocultar los defectos de la observación o el análisis. Bien por la oscuridad que provoca, o porque distrae la atención del lector.

Un autor obsesionado con la forma procurará incluir todos los gerundios, los adverbios terminados en "mente" y la mayor cadena de adjetivos posibles. ¡Qué mejor manera de aturdir al lector, que a través de un discurso ostentoso e hiperbólico! Lo florido y pomposo ciega al mal escritor tras una inexacta idea de "bello": una elegancia mal entendida.

Veamos algunos ejemplos:

1- Oración original: "La hora exacta del crimen es dudosa."

Aplicando las reglas de la redacción inefectiva daría: "Cabe mencionar que, en el caso de este preciso homicidio, hay lugar para una duda considerable respecto a la exactitud de la hora en que fue perpetrado tan cruento acto criminal.

2- Oración original: "Si salimos ahora mismo, llegaremos en una hora."

Aplicando las reglas de la redacción inefectiva daría: "Podemos afirmar, con una alta probabilidad de certeza, que si nos disponemos a salir en este preciso momento, arribaremos a destino en aproximadamente sesenta minutos."

No Repasar

Escribir apresuradamente, sin plan, volcando impulsivamente las ideas conforme aparezcan u ocurran, es la primera técnica de la escritura inefectiva. Sin planificación no es posible armar un discurso coherente. Re-escribir, o redactar más de una vez el mismo texto, es una experiencia desconocida para el mal escritor. Tal vez él piense que la estructuración mata su espontaneidad u -olvidando nuevamente al lector- ¿para qué ordenar o jerarquizar mis pensamientos si yo me entiendo perfectamente? Escribo lo que pienso… ¿pienso lo que escribo?

Regla de Oro para una Mala Redacción: no leer. Si el autor no se ubica en el lugar de su lector, difícilmente podrá comprender qué siente éste ante su relato. Quien no lee, difícilmente pueda llegar a escribir… para alguien más que para él mismo.

 

Fuente: http://cursos.itam.mx/jincera/SemTit-1/

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diez mandamientos para escribir con estilo (Friedrich Nietzsche)

1. Lo que importa más es la vida: el estilo debe vivir.

2. El estilo debe ser apropiado a tu persona, en función de una persona determinada a la que quieres comunicar tu pensamiento.

3. Antes de tomar la pluma, hay que saber exactamente cómo se expresaría de viva voz lo que se tiene que decir. Escribir debe ser sólo una imitación.

4. El escritor está lejos de poseer todos los medios del orador. Debe, pues, inspirarse en una forma de discurso muy expresiva. Su reflejo escrito parecerá de todos modos mucho más apagado que su modelo.

5. La riqueza de la vida se traduce por la riqueza de los gestos. Hay que aprender a considerar todo como un gesto: la longitud y la cesura de las frases, la puntuación, las respiraciones; También la elección de las palabras, y la sucesión de los argumentos.

6. Cuidado con el período. Sólo tienen derecho a él aquellos que tienen la respiración muy larga hablando. Para la mayor parte, el período es tan sólo una afectación.

7. El estilo debe mostrar que uno cree en sus pensamientos, no sólo que los piensa, sino que los siente.

8. Cuanto más abstracta es la verdad que se quiere enseñar, más importante es hacer converger hacia ella todos los sentidos del lector.

9. El tacto del buen prosista en la elección de sus medios consiste en aproximarse a la poesía hasta rozarla, pero sin franquear jamás el límite que la separa.

10. No es sensato ni hábil privar al lector de sus refutaciones más fáciles; es muy sensato y muy hábil, por el contrario, dejarle el cuidado de formular él mismo la última palabra de nuestra sabiduría.

www.cumbresborrascosas.net

Reglas de la novela policiaca (S. S. Van Dine)

En septiembre de 1928, S. S. Van Dine, el creador del detective Philo Vance, publicó en la "American Magazine" estas 20 reglas que creía ineludibles y estimulantes a la hora de escribir un relato policial. Aunque me parece que este ventiálogo está más caducado que un yogur de Pompeya, no deja de tener su encanto. Ahí va eso:

"El relato policiaco es una especie de juego intelectual Es más, llega a ser un acontecimiento deportivo. Y para escribir historias policíacas hay unas leyes muy definidas, quizá no escritas, pero obligatorias; y cualquier maquinador de misterios literarios que se precie trabaja sobre esta base. Lo que aquí sigue es una especie de credo, basado en parte en la práctica de todos los grandes escritores de historias policíacas, y en parte en los impulsos de la honrada conciencia del autor. A saber:

1. El lector ha de tener iguales oportunidades que el detective para resolver el misterio. Todas las pistas deben ser completamente mostradas y descritas.

2. No se debe hacer caer al lector en ninguna trampa o despiste que no sean los legítimamente puestos por el criminal al propio detective.

3. No debe haber intriga amorosa. El asunto es llevar al criminal a manos de la justicia, no llevar a una enamorada pareja al altar del himeneo.

4. Ni el detective, ni ninguno de los investigadores oficiales, podrá nunca revelarse como culpable. Es una truculencia de mal gusto, como ofrecerle a alguien un penique brillante a cambio de una moneda de oro de cinco dólares. Es una pretenciosidad falsa.

5. El culpable debe ser determinado por deducción lógica, no por accidente, coincidencia, o confesión sin motivos. Resolver un problema criminal de esta manera es como llevar al lector de caza y, después de una fatigosa marcha, decirle que tenías la pieza que buscaba todo el rato en tu manga. Un autor así no es mejor que un prestidigitador aficionado.

6. La novela policíaca debe tener un detective, y un detective no es un detective hasta que detecta algo. Su función es reunir pistas que deben conducir hasta la persona que hizo el trabajo sucio en el primer capítulo; y si el detective no llega a su conclusión a través de un análisis de estas pistas, no habrá resuelto su problema mejor que el escolar que saca su respuesta sin demostrar el desarrollo aritmético.

7. En una novela policíaca tiene que haber un cadáver, y cuanto más muerto esté el cadáver, mejor. Ningún delito menor que el asesinato será suficiente. Trescientas páginas son demasiadas para cualquier otro delito que no sea un asesinato. Después de todo, el tiempo del lector y el gasto de energía deben ser recompensados.

8. El problema del crimen debe ser resuelto con medios estrictamente racionales. Métodos para conocer la verdad como cábalas, lectura del pensamiento, sesiones espiritistas, bolas de cristal y cosas por el estilo, están prohibidos. El lector tiene una oportunidad cuando confronta su ingenio con el de un detective racionalista, pero si debe competir con el mundo de los espíritus y hacer persecuciones por la cuarta dimensión o las metafísicas, está derrotado ab initio.

9. No debe haber más que un detective, esto es, un protagonista de la deducción, un deus ex machina. Juntar las mentes de tres o cuatro, o a veces una banda de detectives, para resolver un problema» no es sólo dispersar el interés y romper el rastro directo de la lógica, sino adquirir una ventaja nada limpia sobre el lector. Si hay más de un detective, el lector no sabe quién es su conductor. Es como hacer al lector correr una carrera contra un
equipo de relevos.

10. El culpable debe ser una persona que ha formado parte más o menos importante de la historia, esto es, una persona con la que el lector está familiarizado y en la que encuentra un interés.

11. Un sirviente no debe ser escogido por el autor como culpable. Es una solución demasiado fácil. El culpable debe ser decididamente una persona de importancia, alguien que normalmente no caería bajo sospecha.

12. Debe haber un solo culpable, sin importar el número de crímenes que se cometan. El culpable puede, por supuesto, tener un cómplice o ayudante secundario, pero el peso importante debe reposar sobre un solo par de hombros: la indignación del lector debe ser concentrada sobre una única naturaleza negra.

13. Las sociedades secretas, mafias, et al, no tienen sitio en una historia policíaca. Un asesinato fascinante y realmente hermoso es arruinado irremediablemente por cualquier culpabilidad compartida. En una novela policíaca, al asesino se le debe tratar con deportividad; pero es ir demasiado lejos proporcionarle una sociedad secreta en la que se pueda refugiar. Ningún criminal con clase que se respete aceptaría tales ventajas.

14. El método del asesinato, y los medios para detectarlo, deben ser racionales y científicos. Esto es, la seudociencia y los instrumentos puramente imaginativos y especulativos no han de ser tolerados en el román policier. En el momento en que un autor incurre en los terrenos de la fantasía a la manera de Julio Verne, se aparta de los caminos de la acción policíaca, adentrándose en los vastos dominios de la aventura.

15. La verdad debe estar continuamente a la vista, para que la astucia del lector pueda llegar a detectarla. Con esto quiero decir que si el lector, después de conocer la explicación del crimen, vuelve a leer el libro, verá que la solución estaba, en cierto sentido, delante de sus ojos, que todas las pistas señalaban realmente al culpable, y que, si hubiera sido tan listo como el detective, podría haber resuelto el misterio por sí solo sin tener que llegar al último capítulo. No hace falta decir que el lector inteligente resuelve a menudo el problema.

16. Una novela policíaca no debe contener largos pasajes descriptivos, ni profusión de adornos literarios, ni trabajados análisis de caracteres, ni preocupaciones «atmosféricas». Estas cosas no tienen lugar en un relato de crimen y deducción. Entorpecen la acción e introducen aspectos irrelevantes
para el propósito principal, que es presentar un problema, analizarlo y ¡levarlo con éxito a una conclusión. Para estar seguros, debe haber las descripciones y dibujo de personajes justos para darle a la novela una verosimilitud.

17. Un delincuente profesional nunca debe cargar con la culpa en una novela policíaca. Los crímenes cometidos por ladrones y bandidos son asunto de los departamentos de policía, no de los autores y brillantes detectives aficionados. Un crimen realmente fascinante es el cometido por un sacerdote o un caballero famoso por sus actos de caridad.

18. En una novela policíaca, el crimen no debe resultar nunca un accidente o un suicidio. Finalizar la odisea de una investigación con tal anticlímax es burlarse de la confianza del lector.

19. Los móviles de todos los crímenes en las novelas policíacas deben ser personales. Los complots internacionales y las políticas de guerra pertenecen a una categoría diferente de ficción -a las historias de espionaje, por ejemplo-. Pero una historia criminal debe mantenerse en la esfera de lo cotidiano, debe reflejar las experiencias habituales del lector, y darle una cierta salida a sus propios deseos y emociones reprimidos.

20. Y (para darle a mi credo unas puntualizaciones finales) incluyo una lista de algunos trucos en los que ningún escritor de historias policíacas que se precie se permitirá caer. Han sido empleados y resultan familiares a todos los verdaderos amantes de la literatura criminal. Usarlos es una confesión de ineptitud y falta de originalidad por parte del autor: a) Determinar la identidad del culpable comparando la colilla dejada en el lugar del crimen con la marca fumada por un sospechoso. b) La falsa sesión espiritista para asustar al culpable y forzar su confesión, c) Falsas huellas dactilares, d) La coartada de la figura simulada, e) El perro que no
ladra y con ello revela el hecho de que el asesino es familiar, f) La
acusación final contra un gemelo o un pariente que se parece exactamente a la persona sospechosa, pero inocente, g) La jeringa hipodérmica con droga somnífera, h) El crimen en una habitación cerrada por dentro, i) El test de asociación de palabras para descubrir al culpable, j) La carta en clave que es desentrañada por el detective.

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