2007 July | Crítica de Libros - Part 2
Critica de libros, comentarios, personajes, escritores, estudios y resumenes de libros. Literatura actual y clasica. Literatura espanola, literatura hispanoamericana, literatura norteamericana, literatura europea. Libros recomendados, best-sellers y obras selectas

Archive for July, 2007

Literatura rusa

En la literatura rusa de comienzos del siglo XX destacan poetas como Blok, Briúsov, Balmont, Bugaíev y Gippius. Blok, el más destacado, construyó un universo poético personal e intenso, producto de un vocabulario poético radicado en lo cósmico, lo angélico y lo demoniaco, lleno de  términos pasionales, de anhelos y miedos completamente humanos. A pesar esto, no perdió el contacto con la realidad. Poco después de la Revolución Rusa produjo uno de sus mejores poemas, \’Los doce\’ (1918), una viva y poderosa descripción de las aventuras de un batallón del Ejército Rojo encabezado, como se descubre en sus últimos versos, por el mismísimo Jesucristo.

Los simbolistas trabajaron tanto la prosa como en verso, e insistieron de modo particular en alterar las propiedades tradicionales de la novela. Así, Fiódor Sologub (seudónimo de Fiódor Kuzmich Tetérnikov, 1863-1927) describió la actividad sobrenatural que tiene lugar paralelamente a los acontecimientos de la existencia ordinaria en la novela El pequeño demonio (1907) y en sus numerosos relatos breves.

Otros muchos escritores trabajaron de modo completamente independiente de cualquier escuela o movimiento.

El novelista, dramaturgo y ensayista Maksim Gorki ldestaca por sus obras de corte político (La madre, 1907) y es reconocido como fundador del movimiento denominado realismo socialista.
Durante los años de calma que sucedieron a la fundación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, muchos escritores y críticos defendieron que su misión era crear nuevas formas de arte apropiadas para la nueva época que estaban viviendo. Unos proclaman que una nueva cultura proletaria reemplazaría a las formas heredadas del pasado, para lo cual se debería utilizar la literatura como elemento de concienciación y cambio. Los futuristas (Maiakovski) propusieron un drástico cambio en las formas, imágenes literarias y en la textura del lenguaje. Otros más conservadores prefirieron mantenerse más fieles a las tradiciones clásicas rusas, defendiendo la literatura como actividad autónoma.

"Maiakovski llevó el espíritu de experimentación a niveles muy altos. Maestro de la declamación hiperbólica y de un nuevo lenguaje vivaz y basado en el habla vulgar, se constituyó en el mejor guía de las inmensas energías que se habían liberado tras la revolución. Un humor ardiente, una mordacidad satírica y un torrente de declaraciones comprometidas, aunque no serviles, de lealtad al régimen soviético, caracterizan lo mejor de sus poemas y obras teatrales públicas. Su voz privada, en cambio, que es la de una persona sensible y hasta vulnerable se ha dejado entrever en muchos de su primeros poemas, incluso entre la bravuconería del famoso \’La nube en pantalones\’ (1915). Maiakovski se suicidó en 1930. La nota que dejó tras su suicidio transmite la sensación de que la tensión entre sus vidas pública y privada terminó por dañar su talento poético y hacerle imposible la existencia."

No obstante, pronto se hizo patente que el refinado intelectualismo del arte prerrevolucionario ya no encajaba en la nueva atmósfera proletaria. Sólo unos pocos poetas, herederos de la cultura literaria anterior, continuaron escribiendo sus obras: Pasternak, Anna Ajmátova, Mandelstam. Pese a que algunos de estos alcanzaron un cierto prestigio, muchos terminaron siendo expulsados de la Unión de Escritores o deportados a Siberia.

La narrativa soviética de esta época tuvo que luchar contra las dificultades que encontraron los escritores para describir la revolución y la guerra civil. Estos hechos estaban señalados por el caos dentro de las vidas pública y privada, el colapso de las instituciones y por la hostilidad entre los dos bandos en que se dividió la nación. La tónica dominante de la narrativa terminó siendo una combinación de realismo literario y didacticismo político, que se convertiría en la doctrina artística oficial de la Unión Soviética a partir de 1934. Autores como Babel, Fedin, Leónov o Fadéiev trataron de buscar una cierta originalidad, al margen de la corriente dominante.

A finales de los años 20 se produjo un cierto resurgir del comercio privado, que desembocó en  una atmósfera particularmente vulnerable a la sátira. Así, se detecta en algunas obras del momento una combinación entre ardor revolucionario y afanes comerciales, en relatos ácidos, satíricos, etc. (Katáiev, Zoshchenko, Ilf y Pétrov)

Con los años 30 y el primer plan quinquenal, concluyó la tolerancia oficial hacia la literatura "disidente" y hacia la iniciativa privada en la edición literaria. A partir de entonces se estableció un férreo control político de toda actividad literaria, el cual sería administrado por un único aparato administrativo, la Asociación Rusa de Escritores Proletarios (RAPP). Ésta aseguraría la conformidad de las obras con la doctrina comunista; severos juicios políticos fueron sustituyendo a las críticas estrictamente literarias, y los escritores fueron sometidos a grandes presiones para que se adaptaran al nuevo régimen imperante. El resultado es un tipo de melodrama didáctico de carácter político (Leónov, Shólojov).

En 1932 la es sustituida por la Unión de Escritores Soviéticos, que responde al deseo estatal del imponer la doctrina del realismo socialista mediante un sutil y omnicomprensivo sistema de controles ajustables que sustituyera a la cruda coacción de la RAPP. Esto vino a significar que el aparato del partido y sus doctrinas controlarían la imaginación literaria rusa.

Sólo dos novelas escapan a la mediocridad generalizada de la producción literaria entre 1934 y 1939: Hacia el océano (Leonov, 1935) y El Don apacible (Shólojov , 1928-1940), considerada como la obra maestra en prosa de la época soviética, que viola algunas de las prescripciones oficiales básicas.
En los años de la II Guerra Mundial la literatura se vuelca en el propagandismo.
Tras la muerte de Stalin (1953) parece producirse una cierta apertura, que lleva a  la publicación de algunas novelas poco convencionales, como El deshielo (1954) de Ehrenburg. Muchos autores eliminaron o redujeron significativamente los contenidos políticos de sus obras. Destacan poetas como Yevtushenko y Voznesenski. No obstante, prosiguen los conflictos entre los escritores y el aparato político-literario. De hecho, hasta la llegada de la glasnost (\’apertura\’) a finales de la década de 1980, las obras más interesantes de la literatura rusa no se publicaron en la URSS, sino que circularon por otros países, bien editadas en ellos o bien en forma de manuscrito.

Doctor Zhivago (1957) de Boris Pasternak, no pudo leerse en ruso hasta 1987. En 1958, a Pasternak se le concedió el Premio Nobel de Literatura pero, sometido a poderosas presiones oficiales, no lo aceptó.

Alexandr Solzhenitsin estuvo siempre en la línea que separaba lo permitido de lo prohibido. En 1963 pudo publicar Un día en la vida de Iván Denisóvich, que trata de la vida en los campos de concentración. Sus novelas más importantes no pudieron ser publicadas más que en el extranjero. Sus protestas contra la censura, contra su propia expulsión de la Unión de Escritores y contra la práctica de confinar a los intelectuales disidentes en sanatorios mentales, constituyeron algunos de los compromisos morales de toda su obra narrativa. Solzhenitsin recibió el Premio Nobel y hubo de exiliarse definitivamente de su país.

"El término literatura ilegal (samizdat) durante el periodo postestalinista se aplicó repetidamente a las obras de Mijaíl Bulgákov. En 1928 comenzó a escribir su más importante novela El maestro y Margarita, en la que llevaba a cabo una sátira del gobierno, pero no pudo publicarla en la URSS hasta 1967, aunque en una versión muy recortada. También ilegal fue la conmovedora obra del poeta Joseph Brodsky y de muchos otros escritores y pensadores. Brodski, que fue expulsado de la Unión Soviética, viajó a los Estados Unidos en 1972. Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1987 y recibió el nombramiento de poeta laureado de los Estados Unidos en 1991. Entre sus obras se encuentran Parada en el desierto (1970) y Elegías romanas (1983). Otro escritor disidente, Valerii Tarsis, al que se le permitió dejar el país y marcharse a Suiza en 1966, plasmó sus satíricos ataques al régimen soviético en novelas como La botella azul (1963). Escribió, además, Sala 7 (1965), una obra de carácter autobiográfico basada en sus propias experiencias en un hospital mental, y La fábrica de placer (1967), una ingeniosa historia sobre las gentes de la región del mar Negro. Estas obras ilegales contribuyeron a preservar las mejores tradiciones de la literatura rusa hasta que el colapso del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) y la disolución del Estado soviético en 1991 abrieron una nueva época para los escritores rusos."

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La tía Tula (Miguel de Unamuno)

Poco me ha faltado para clasificar esta novela en la sección de terror. Y es que don Miguel nos abruma aquí con una novela corta en la que, a pesar de la aparente bondad y candidez de la protagonista, a pesar de su abnegación y de los sacrificios que se impone para sacar adelante a la familia de su difunta hermana, da en todo momento la impresión de que detrás de lo que se ve hay algo horriblemente siniestro.

El tema, muy moral y filosófico, al gusto de Unamuno, es el de los santos que hacen pecadores. Si en San Manuel Bueno, mártir, Unamuno hablaba de la necesidad de la fe y de cómo un sacerdote que la pierde comprende que sigue siendo necesaria para los demás, aquí se nos cuenta como el bien puede ser utilizado como arma criminal. Y no es un bien aparente. No es una persona con doblez que simula hacer el bien mientras prepara el mal: es alguien que efectivamente ayuda, y se sacrifica, y dedica su vida a los demás. La tía Tula es terrible, pero por su modo de hacer el bien.

No hay que perdérsela. Ni Bram Stoker hubiese escrito algo tan inquietante.

Si tuviera que elegir a quien preferiría encontrarme en una noche oscura, preferiría darme de bruces con la tía Tula mejor que con Drácula. Pero si me preguntan a quién preferiría tener en casa, les aseguro que mejor a Drácula.

La Cruz de barro (Miguel Ángel Mala)

Johnny escribió "Miguel Ángel Mala (Madrid-1976) es un valor en alza. Lo viene demostrando en los últimos años en los numerosos premios literarios que se ha metido en el morral (baste señalar que quedó finalista en el Premio de Narrativa Caja Madrid 2007 con la novela Lady Mermelada). Mala, o Miguel Ángel López Alba, que así se llama nuestro escritor, ha publicado hace pocos meses un libro fresco pero cargado de una profundidad propia de los autores de casta.  La cruz de barro se aleja de esa tendencia que marcan los libros llamados ahora de “recuperación de la memoria histórica”, porque aunque describa sucesos de la guerra civil, la posguerra y la democracia, en realidad nos las vemos con un fresco escalofriante de la España más profunda, de esa España que hemos olvidado y que somos en realidad: la de la idiosincrasia montaraz, austera, cainita. La cruz de barro transcurre en Garmaz, un pueblo ficticio pero que puede ser más real que cualquier otro, porque lo que se narra son historias verídicas que Mala ha atrapado en su telaraña. Y es una telaraña lo que encontraremos en La cruz de barro, ya que, si bien la obra queda fragmentada por 12 relatos, éstos obedecen a una estructura calidoscópica, con personajes que repiten o vuelven a aparecer, dándonos la sensación de que algo muy vivo late entre las páginas: Garmaz. Si hacemos paralelismo nos viene a la cabeza otros paisajes también ficticios de la guerra civil, ya sea Región de Benet, o Gambo de Rafael García Serrano. Lugares que no existieron pero que, como decía, despuntan por su realismo. Diciéndolo de otro modo, o repitiendo lo que dijo Voltaire sobre Dios: si estos lugares no existieran, habría que inventarlos.
            Como ya he señalado arriba, el libro de Mala se compone de 12 relatos, así y todo, una vez terminado, el lector tiene la impresión de haber transitado por una novela de fragmentos, como de contrapunto, ya que los vacíos temporales, los espacios entre cuento y cuento, los silencios de muchos personajes, se va solapando en un todo que sorprende al lector en una nueva relectura o reinterpretación de lo ya leído.
            También apreciará el lector un punto fuerte en La cruz de barro, y es el lenguaje, dado que, a medida que pasan las generaciones por Garmaz, la voz empleada en las distintas narraciones van sufriendo cambios formales, en consonancia con el tiempo que les toca vivir. Baste señalar los cuentos de El pelapollos, El espartano, Padre Amor o El hombre que murió del euro.
Mala ha apuntado muy alto con esta obra, pero también supone un punto de inflexión para toda su narrativa futura. Volver los pasos sobre La cruz de barro no haría sino enterrarse en vida, del mismo modo que un escritor cualquiera jamás podría imitar a Borges o a Auster, porque son caminos que solamente se transitan una vez, en los que los propios autores dieron las pautas de esa creación orquestada, se expandieron en ella y le dieron sepultura. Cuando vemos que alguien imita estos estilos, rápidamente sabemos que, o bien es un escritor en prácticas o es un mal escritor. Lo mismo sucede con La cruz de barro. Miguel Ángel Mala, desde el principio hasta el final, ha creado un camino y ha llegado a su vía muerta. Por eso no puede seguir por la misma senda. Por eso, cuando leemos La cruz de barro, tenemos la sensación de que todo ha quedado dicho y que, si Garmaz vuelve a hacer acto de presencia, esta vez será con otra voz, con otro espíritu, con otras historias que nada tendrán que ver con esta cruz de desheredados, de almas sin patria, porque la suya es la de lo universal.
Cuando volvamos a encontrarnos a Mala en las librerías, será otro escritor, porque La cruz de barro pertenece a ese grupo de obras irrepetibles, que existen como hijos únicos.

Como advertencia a futuros lectores, señalar que La cruz de barro es literatura con mayúsculas, y solamente un lector con los posos de nuestra mejor literatura va a poder gozar con sus páginas. Abstenerse aquéllos que no hayan disfrutado con Aldecoa, Cela, Marsé o Benet.

Jorge de Barnola

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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El corto verano de la anarquía (Magnus Enzersberger)

 

"El corto verano de la anarquía" es un libro de Hans Magnus Enzersberger que trata sobre al vida y muerte de Buenaventura Durruti, el famoso anarquista español muerto en el frente de la Ciudad Universitaria de Madrid, hace ya un buen montón de años (nótese el preciso léxico propio de la ciencia histórica).
Los señores de Anagrama, y el propio Enzersberger, quieren presentar este libro como una novela. Vaya usted a saber por qué. O bueno, sí: el ensayo, el ensayo serio, se ve que no vende. Venden los libros escritos por negros bajo el nombre de determinados famosos, venden los poco rigurosos ensayos escritos por determinados periodistas, y poco más, salvo contadas excepciones. No sé si será esta la razón que llevó a Enzersberger, allá por los 70, a vender como novela este raro librito. Digo raro porque está formado por multitud de fragmentos, entrevistas, artículos, capítulos de libros, etc., que tratan de la vida de Durruti y de su circunstancia histórica. El trabajo del erudito, más que autor, se reduce a la selección, reelaboración (algunos textos están retocados para uniformizar el estilo), traducción y ordenación del puzzle en cuestión. Y lo cierto es que logra Enzersberger, por medio de este frankenstein libresco, contar una historia de manera ejemplar, divertida, entretenida y completa.
No será del gusto de los eruditos de la historia ni de los que buscan ficción, pero es un libro que a mí me gustó. Y me gustó, aparte de lo dicho, por su modo de cuestionar la Historia como disciplina, o mejor, cierta visión de la misma. Porque Enzersberger narra no la historia del Durruti real, sino la del Durruti mítico, la del Durruti visto por el pueblo y por sus contemporáneos, con sus mentiras y leyendas, que acaso resulte más real que aquella persona que se llamó Durruti. Porque quizá cuente más la imagen que nos ha llegado, y la que llegó a sus contemporáneos del anarquista, que lo que fue su existencia real. Y aquí uno se plantea qué es lo que busca la historia: revelar la verdad de los hechos, la realidad del pasado, resolver las contradicciones de las fuentes, los enigmas…, o bien explicar el presente en función del pasado. En este caso, por ejemplo, se puede creer en la verdad histórica de Jesús, por ejemplo, porque aquella marcó la historia de la humanidad durante siglos. Podemos, no obstante, tratar de descubrir la verdad de lo sucedido, las deformaciones que sufrió esta verdad posteriormente, hasta llegar a ser lo que conocemos.
Digo esto porque la imagen que revela el libro de Enzersberger sobre Durruti es la de un mito, más que la de un hombre, y es seguro que mucho de lo que se sabe de él es falso. Porque está el problema de la poca fiabilidad de las fuentes: se contradicen, mienten, yerran… Por ejemplo, cuenta Enzersberger las siete versiones de la muerte de Durruti, las siete diferentes. ¿Quién mató a Durruti? ¿Los comunistas, los fascistas, sus compañeros…? Hay nada menos que siete versiones, las siete cuestionables y cuestionadas, pese a la verdad histórica, la verdad oficial, la presunta verdad documental que da por buena una versión con la esperanza de que sea la que figure en los libros de historia.
Estas son sólo algunas reflexiones sobre esta vida de Durruti tan entretenida y sugerente, tan interesante, y tan cuestionable como literatura.
Hablaría también de JFK, aquel libro escrito por Jim Garrison sobre la muerte de Kennedy, pero temo que Robertokles reniegue de mí para siempre. Hablemos, mejor, de Durruti y Enzersberger.

Ivan Klíma y Philip Roth hablan sobre Kafka

 

ROTH: Kafka. En noviembre, mientras un marginado y ex presidiario, Václav Havel, hablaba a los manifestantes que en aquel momento ocupaban Praga y cuya acción daría lugar al nacimiento de la nueva Checoslovaquia, yo estaba dando un cursillo sobre Kafka en un college de Nueva York. Los alumnos leyeron El castillo, la tediosa e infructífera lucha de K. para conseguir que le sea reconocida la condición de topógrafo por el poderoso e inaccesible dormilón a cuyo cargo esta la burocracia del castillo, el tal señor Klamm. Cuando apareció en el New York Times una foto en que se veía a Havel tendiéndole la mano, de lado a lado de una mesa de conferencias, al antiguo primer ministro del régimen, se la enseñe a mis alumnos. “Bueno”, les dije: “K. por fin consigue reunirse con Klamm.” A los estudiantes les encantó que Havel tomara la decisión de presentarse a las elecciones: así entraba K. en el castillo nada menos que como sucesor del jefe de Klamm.
La clarividencia irónica quizá no sea el mas notable atributo de la obra de Kafka, pero nunca deja de sor prendernos cuando pensamos en ella. Kafka es todo menos una mente fantasiosa creando un sueño o pesadilla, en cuanto pudiera ser lo contrario de una mente realista. Su narrativa insiste, una y otra vez, en un punto: que aquello que se nos antoja una alucinación inimaginable, una paradoja imposible de superar, es precisamente lo que constituye la realidad de cada cual. En obras como La metamorfosis, El proceso y El castillo, nos traza la crónica de como alguien es educado para aceptar—más bien demasiado tarde, en el caso del acusado Joseph K.—que lo que parece fuera de lugar y ridículo e increíble, muy por debajo de la dignidad y de los intereses de una persona, es de hecho lo que esta sucediéndole a uno: esto que se sitúa por debajo de mi dignidad resulta ser mi destino.
“No era un sueño”, escribe Kafka, poco después de que Gregor Samsa despierte al descubrimiento de que ya no es un buen hijo que ayuda a su familia, sino una asquerosa alimaña. El sueño, según Kafka, es un mundo de probabilidad, de proporción, de estabilidad y orden, de causa y efecto: lo que a él le parece absurdamente fantástico es un mundo fiable, hecho de dignidad y de justicia. Cuanto le habría divertido a Kafka la indignación de esos soñadores que nos dicen a diario: “¡No he venido a este mundo a que me insulten!” En el mundo de Kafka, y no únicamente en el mundo de Kafka, la vida solo empieza a tener sentido cuando nos damos cuenta de que para eso precisamente es para lo que estamos aquí.
Me gustaría saber que papel puede haber desempeñado Kafka en tu imaginación durante los años en que estuviste en el mundo para que te insultaran. Los comunistas vetaron los libros de Kafka en las librerías, las bibliotecas, las universidades, incluida la de su propia ciudad natal, y en toda Checoslovaquia. ¿Por qué? ¿Qué los asustaba en Kafka? ¿Qué los irritaba? ¿Qué significaba para vosotros, que teníais un conocimiento íntimo de su obra y que incluso podíais sentiros muy identificados por sus orígenes?
KLIMA: Yo también, como tu, he estudiado la obra de Kafka. No hace mucho escribí un largo ensayo sobre él y sobre una obra de teatro que trataba de su relación amorosa con Felice Bauer. Y yo formularía mi opinión sobre el conflicto entre el mundo onírico y el real en términos ligeramente distintos. Tu dices: “El sueño, según Kafka, es un mundo de probabilidad, de proporción, de estabilidad y orden, de causa y efecto: lo que a él le parece absurdamente fantástico es un mundo fiable, hecho de dignidad y de justicia.” Yo quitaría fantástico y pondría inalcanzable. Lo que tu llamas el mundo del sueño, para Kafka era mas bien el mundo real, el mundo en que impera el orden, en que los seres humanos, al menos a su modo de ver, eran capaces de tenerse afecto, hacer el amor, tener hijos, cumplir ordenadamente con sus obligaciones; pero ese mundo era, para el, inalcanzable en su casi patológica fiabilidad. Lo que hace sufrir a sus personajes no es que no puedan alcanzar sus sueños, sino el hecho de no ser lo suficientemente fuertes como para adentrarse de veras en el mundo real, para cumplir de veras con su obligación.
En cuanto a por que prohibieron a Kafka los regímenes comunistas, podemos encontrar la respuesta en una frase que dice el protagonista de mi novela Love and Garbage “Lo que más importa de la personalidad de Kafka es su honradez.” Un régimen edificado sobre el engaño, que obliga a la gente a fingir, que exige aprobación de boca para afuera, sin preocuparse para nada de cuales puedan ser las convicciones internas de aquellos cuyo consentimiento requiere, un régimen a quien le da miedo cualquiera que se pregunte por el sentido de sus propios actos, no puede tolerar que alguien cuya veracidad alcanza un carácter tan fascinantemente completo, tan terrorífico incluso, pueda dirigirse a los demás.
Si me preguntas que significo Kafka para mí, habrá que volver a la cuestión a cuyo alrededor estamos dando vueltas. En conjunto, Kafka es un escritor no político. A este respecto, me gusta citar lo que anoto en su diario el 2 de agosto de 1914. Es muy corto: “Alemania declara la guerra a Rusia. Por la tarde, escuela de natación.” Aquí, el plano histórico, un hecho que conmociona el mundo, y el personal se sitúan exactamente en el mismo nivel. Estoy seguro de que Kafka escribe por un único motivo, la necesidad de confesar sus crisis personales, resolviendo así lo que de insoluble había en su vida personal: sobre todo, sus relaciones con su padre y su incapacidad para ir mas allá de cierto limite en sus relaciones con las mujeres. Una de las cosas que hago ver en mi ensayo es que la maquina letal de su relato “En la colonia penitenciaria” es una imagen desesperada, apasionada y maravillosa del hecho de estar casado o comprometido. Hacia varios años que había escrito este relato cuando le confió a Milena Jesenska sus sentimientos ante la idea de irse a vivir juntos:
Sabes, cuando intento escribir algo [sobre nuestro compromiso] las espadas cuyas puntas me rodean en circulo empiezan a acercárseme lentamente al cuerpo. Es un completo suplicio. Cuando ya están tan cerca que me arañan, la situación se hace tan terrible que allí mismo, inmediatamente, en el primer grito, me traiciono a mí mismo, te traiciono a ti, lo traiciono todo.
Las metáforas de Kafka eran tan fuertes que iban muchísimo mas allá de su intención original. Me consta que tanto El proceso como “En la colonia penitenciaria” se han entendido como sendas profecías del destino terrible que aguardaba a la nación judía en la segunda guerra mundial, que estalló quince años después de la muerte de Kafka. Pero no eran ninguna profecía genial. Lo único que demuestran ambas obras es que un creador que sabe cómo reflejar sus experiencias mas intimas de un modo profundo y autentico también alcanza la esfera suprapersonal o social. Estoy contestando de nuevo la pregunta relativa al contenido político de la literatura. La literatura no tiene por que ponerse a escarbar en busca de realidades políticas, ni tiene por que preocuparse de los sistemas políticos que van sucediéndose. La literatura puede ir mas allá sin dejar por ello de resolver las cuestiones que el sistema vigente plantee al ser humano. Esta es la con secuencia más importante que yo extraje, para aplicármela, de Kafka.
Extríado del libro El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras, De Philip Roth.
Seix Barral, 2003. Traducción de Ramón Buenaventura.

www.cumbresborrascosas.net

LA MORAL DE LA PROFESION DE LAS LETRAS (Robert Louis Stevenson)

 

 La profesión de las letras ha sido recientemente objeto de debate en la prensa, y debatida, por ponerlo en términos suaves, desde una postura calculada para sorprender a hombres cultos y provocar el menosprecio general hacia los libros y la lectura. Concretamente, hace algún tiempo un escritor popular [Mr. James Payn], vitalista y ameno, dedicó un ensayo, vitalista y ameno como él, a ofrecer una alentadora panorámica de su profesión. Nos alegra que la experiencia fuese tan grata y cabe esperar que los demás, todos cuantos lo merezcan, sean tan generosamente recompensados; pero no creo que en modo alguno deba alegrarnos que un asunto de tanta importancia para nosotros como para el público sea debatido por razones puramente crematísticas. En cualquier quehacer bajo el cielo no es la remuneración la única ni, a decir verdad, tampoco la primera cuestión. Que uno siga existiendo es asunto de su sola incumbencia; pero que su trabajo haya de ser honesto, y en segundo lugar útil, es algo que toca ya al honor y a la moral. Si el escritor a que me refiero consigue persuadir a un determinado número de jóvenes para que adopten su modo de vida con la vista puesta únicamente en el pan, cabe inducir que sus obras sólo busquen un beneficio y esperar, en consecuencia, si aquél me perdona tantos epítetos, una literatura falsa, vacía, vulgar y desaliñada. No hablo de este escritor como tal; es diligente, correcto y afable; todos le debemos momentos de entretenimiento, y se ha ganado merecidamente su atractiva popularidad. Pero lo cierto es que no mira su profesión, tampoco cuando la abrazó por primera vez, con una óptica puramente mercenaria. Puedo aventurar que se sumergió en ella, si no con un noble designio, al menos con el entusiasmo del primer amor; y su ejecución fue motivo de placer mucho antes de pararse a calcular el salario. Días atrás, un autor admirado por su obra, de calidad indudable y, a sus ojos, excepcional, respondió en términos propios de un viajante de comercio que, dado que su libro no se vendía con rapidez, él no le concedía el valor de un real. No se piense que la persona a quien la respuesta iba dirigida la recibió como una profesión de fe; en todo caso sabía que se trataba de una irritación pasajera; de la misma forma que cuando un escritor respetable habla de literatura como de un modo de vida, semejante al del zapatero, aunque no de tanta utilidad, sabemos que sólo está planteando un aspecto de la cuestión, mientras es claramente consciente de una docena de ellos más importantes y que atañen más directamente al asunto que le ocupa. Pero aunque los que comercian con la literatura con este espíritu cicatero en lo pequeño y pródigo en virtud posean también mejores luces, no se sigue que su comercio sea decente o instructivo para su prójimo o para ellos mismos. La primera obligación del escritor es abordar cualquier tema con un espíritu, el más elevado, noble y valeroso, fiel a los hechos. Si está bien retribuido, como me agrada saber que lo está, esta obligación se hace más ineludible, su incumplimiento aún más deshonroso. Y tal vez no exista ningún capítulo del que el hombre deba hablar tan seriamente como la actividad, sea cual fuere, que constituye la ocupación y el placer de su vida; la herramienta con que obtiene ganancias o rinde servicios; y que, de ser indigna, se hace sentir cual íncubo de mudas y avarientas entrañas sobre los hombros de la humanidad laboriosa. Forzar siquiera la nota sobre este punto podría inclinar la balanza a favor de la virtud. Es de esperar que una numerosa y emprendedora generación de escritores suceda y supere a la actual, pero mejor sería frenar la corriente y que la nómina de nuestros asistencia, Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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