2006 December | Crítica de Libros - Part 5
Critica de libros, comentarios, personajes, escritores, estudios y resumenes de libros. Literatura actual y clasica. Literatura espanola, literatura hispanoamericana, literatura norteamericana, literatura europea. Libros recomendados, best-sellers y obras selectas

Archive for December, 2006

DIABULUS IN MUSICA (Espido Freire)

Diabulus in musica es el título escogido por la bilbaína Espido Freire para su última novela. Una novela donde posiblemente resalta, más que la propia historia, el hecho de la incorporación de elementos fantásticos dentro de un marco cotidiano. Destaca, por tanto, más por sus implicaciones que por su contenido.

Se trata, a priori, de una historia de amor entre una joven y un maduro actor divorciado donde el pasado juega un papel fundamental. La protagonista es el personaje central y absoluto del relato. Narrado de forma retrospectiva autobiográfica, ella es una figura muy trabajada, con una gran complejidad y profundización psicológicas. Aunque capaz de tomar decisiones contundentes (como emigrar a Inglaterra para vivir allí), es una mujer que necesita una protección total y demostraciones continuas de afecto; una mujer que en muchos momentos se ve desbordada y absorbida por los pocos personajes que la rodean. Esta debilidad se manifiesta en su mundo cerrado y hermético (muy bien plasmado por Freire mediante el tratamiento subjetivo de la realidad, sumamente interesante) y en sus obsesiones y miedos, que la acercan más a una adolescente que a una mujer adulta (aunque se mueva en esos círculos).

Las conexiones entre esta chica y la propia autora son muchas, hecho relevante desde el punto de vista de la construcción del personaje, que sin duda habrá sido más fácil así. Además, la visión femenina (un personaje femenino dibujado por otra mujer) aporta mayor verosimilitud y capacidad de introspección. Además, la novela cuenta con todos los rasgos que le son ya propios a Espido Freire. Es un libro que se nota que es suyo.

El estilo es estilo ágil y ligero pero pulido, no exento de elementos retóricos, más cercano a Melocotones helados que a La última batalla de Vincavec el Bandido. La estructura circular está muy trabajada: repeticiones presentes del pasado, paralelismos, acontecimientos circulares, personajes reflejo de otros personajes… El desorden temporal de la narración (que es, repito, retrospectiva pero sin seguir ninguna línea temporal) nos da una imagen más fiel de la interiorización de la protagonista (pues todos recordamos caóticamente).

La atmósfera onírica tan característica de la bilbaína también está presente aquí, desde el arranque (espléndido, por otra parte) hasta el final (que es el mismo punto), recorriendo toda la novela con momentos de mayor y menor lirismo. Pero, en definitiva, siempre palpable.

Y ahí reside uno de los mayores aciertos de la obra; en la introducción de elementos fantásticos con absoluta naturalidad. Dije más arriba que se trataba, a priori, de una historia de amor entre una joven y un actor. Bien, pues si indagamos un poco más en el libro nos damos cuenta de que estamos en realidad ante un relato de terror de fantasmas y posesiones. Lo que ocurre es que Freire ha presentado estos rasgos con plena aceptación, dejando de ser así su función la de asustar y/o sorprender para pasar a configurarse como un instrumento más a cargo de una historia que se superpone sobre ellos. No los cubre, pues son fundamentales, pero tampoco aparecen como lo principal, aunque en realidad sean el móvil de todo.

Si seguimos el criterio de Todorov, esto sería una marca definitiva de narración puramente fantástica: lo fantástico no es explicado ni está encuadrado en una ambientación donde es algo usual. No. La novela está situada a finales del siglo pasado. Los fantasmas no son algo aceptado. Pero ella los muestra con total normalidad (que nadie se crea que le estoy chafando el libro, la gracia reside en que esto se dice abiertamente desde la primera página), como si no hubiera nada especial en ellos. Por tanto, la "vacilación" fantástica está muy disimulada. No dudamos de la existencia real de esos fantasmas porque en ningún momento se nos plantea esa posibilidad, pero nos choca que estén ahí.

Esta táctica tan bien maquinada responde, a mi modo de ver, a una manera de tratar de fusionar realidad, ficción y fantasía para crear un universo nuevo donde los tres conviven al mismo nivel. Supone, por tanto, una forma de enfocar la ficción en general desde una perspectiva más rica y abierta, puesto que la imaginación del autor, y no sólo el mundo empírico, constituye el campo de referencias en el que se basa. Evidentemente, esto no es novedoso (desde el realismo mágico es una tendencia habitual en la literatura hispanoamericana), pero sí es muy destacable pues supone seguir abriendo huecos para que la literatura fantástica deje de verse como un subgénero deleznable y poco literario por una gran parte de la crítica académica. Pero en absoluto afirmo que sea el único método; es más, el aumento de la calidad de las producciones fantásticas sería el camino ideal.

Antes de terminar, un último apunte. Una importante cadena comercial ha distribuido el libro junto a una edición no venal exclusiva: Cuentos malvados, una serie de cuentos ultracortos en una línea muy similar (quizá demasiado), en cuanto a lirismo, intención y formas, a los poemas en prosa del gran Rafael Pérez Estrada, donde resalta cierto toque perverso y malvado sobre un atmósfera muy poética en numerosas ocasiones. Resulta bastante interesante y sería una lástima que no se reeditase algún día en una versión más accesible.

En definitiva, Diabulus in musica es una buena obra, muy trabajada y estudiada, con personajes de una gran profundidad psicológica y con el aliciente especial de esa presentación cotidiana de lo sobrenatural, aunque la historia en sí no sea ni muy llamativa ni particularmente absorbente.

Alberto García Teresa en www.bibliopolis.org

DAFNE DESVANECIDA (José Carlos Somoza)

En estos tiempos en los que el paisaje literario de nuestro país muestra una ostentosa monotonía debido a que los escritores consagrados no hacen sino repetirse y no parece publicarse otra cosa que memoriales sobre la guerra civil y novelas pseudonegras protagonizadas por perdedores acartonados o cuarentonas en pleno inventario vital, la concesión de un galardón tan señero como el Nadal a un escritor como José Carlos Somoza (La Habana, 1959), que con cuatro novelas ya en su haber y una quinta por publicar se ha convertido en uno de los autores más radicales e imaginativos del momento, merece un aplauso, pero también una reflexión. Cualquiera que haya podido leerle, convendrá en que las novelas de Somoza no son perfectas, y el hecho de que tres de ellas hayan obtenido galardones dice más de la carencia de buenos argumentos en nuestra novelística que de su posible talento, que lo tiene, indudablemente. Somoza, lúdico y moderno, construye tramas de una originalidad poco frecuente por estos pagos y suele desarrollarlas sin complejos, apostando duro por los retruécanos de la intriga y las vueltas de tuerca, por los guiños más o menos cultos, por la experimentación metaliteraria, por el divertimento con fondo. Independientemente de lo que consiga obtener de sus arriesgadas propuestas, eso le convierte en un escritor de atractivas y estimulantes solapas, que es lo que vende hoy en día, pues tal y como está el patio, con la intención parece bastar.

De todas formas, con Dafne desvanecida, Somoza casi roza la perfección, entendiendo por ello que una novela resulta perfecta cuando sus objetivos y sus resultados coinciden. Con la coartada de un argumento de misterio muy sencillo -la búsqueda por parte del protagonista, un afamado escritor amnésico, de una desconocida de la que sospecha estar enamorado- Somoza construye una alegoría donde todos los tópicos relacionados con la creación literaria son encarnados en personajes y situaciones, una especie de ensayo ficcionado, podría decirse. Aunque la peripecia que el desmemoriado escritor lleva a cabo en esta obra resulta más atractiva y ágil que la que compone el cinéfilo taciturno de La ventana pintada, novela que obtuvo el Café Gijón, también es cierto que se echa a faltar la tragedia contrapuesta de su vida cotidiana, que en la novela mencionada ejercía de oportuna plomada, evitando el escoramiento de la trama hacia un absurdo sin asideros reales, como ocurre en la novela que nos ocupa. El predecible y algo inverosímil final sujeto al “nada es lo que parece” de Dafne desvanecida, con el protagonista recorriendo de madrugada el edificio de su editorial y sorprendiendo las bambalinas de la odisea que acaba de protagonizar -escena que remite al descubrimiento final de Michael Douglas en The Game, obra con la que esta novela guarda sospechosos parentescos- no empaña sin embargo el buen rato causado por la lectura de una novela lúdica e imaginativa, tramada por un autor ingenioso cuyo siguiente paso resulta imposible de adivinar.

Felix J. Palma en www.bibliopolis.org

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EL HAMBRE COMO ARMA POLÍTICA (Jonathan Wilde)

Entre los numerosos crímenes cometidos por Stalin se cuenta el de la hambruna forzosa de Ucrania durante los años 1932-1933. Como es común en los países en los que reina el socialismo, las hambrunas intencionadas se han usado como arma política utilizada para alcanzar los deseados objetivos contra varias clases. Las víctimas señaladas en esta ocasión fueron los kulaks, los agricultores campesinos que tenían propiedad y contrataban a trabajadores.
Cuando Stalin alcanzó el poder en 1924, vio el nacionalismo ucraniano como una amenaza al poder soviético, creyendo que cualquier insurrección futura podría provenir probablemente de los kulaks. Así que decidió aplastarles utilizando los métodos que tan exitosos habían sido en la URSS durante la política de “liquidación como clase”. En 1929, arrestó a miles de intelectuales ucranianos bajo falsos cargos y o bien los fusiló o bien los envió a campos de trabajo en Siberia. Llevó a cabo la colectivización de las explotaciones ucranianas requisando todas las tierras y el ganado privados, lo que afectó aproximadamente al 80% de la población de Ucrania, anteriormente conocida como el granero de Europa. Declaró a los kulaks enemigos del pueblo.
Se han estimado en diez millones de personas las que fueron desposeídas de sus hogares y pertenencias y enviadas a Siberia en trenes de mercancías sin calefacción, condiciones en las cuales pereció al menos un tercio de ellos. Los que se quedaron en Ucrania lo pasaron igual de mal, si no peor. Enfrentándose a la propaganda de guerra y a una ardua batalla, muchos kulaks se rebelaron, volviendo a sus propiedades, e incluso matando a las autoridades soviéticas locales.
Tan pronto como llegó a Stalin la palabra rebelión el pequeño éxito de los kulaks se tornó breve. Los soldados del Ejército Rojo fueron enviados para ahogar la rebelión y la policía secreta inició una campaña de terror con el objetivo de romper el ánimo de los kulaks. En 1932, con la mayoría de las explotaciones ucranianas colectivizadas a la fuerza, Stalin ordenó un aumento en las cuotas de producción de comida. Lo hizo en múltiples ocasiones hasta que no quedó comida para los ucranianos. La cosecha de trigo de 1933 se vendió en el mercado mundial a precios por debajo del mercado. Los historiadores han calculado que dicha cosecha podría haber alimentado a los ucranianos por dos años.
Cuando el partido comunista ucraniano solicitó a Stalin una reducción en las cuotas, éste respondió enviando al Ejército Rojo para exterminar el PC ucraniano e impedir que los ciudadanos fueran a más con la creación de un inmenso campo de concentración dentro de sus fronteras. La policía secreta aterrorizó a la población haciendo inspecciones aleatorias de las pertenencias personales y requisando toda la comida que encontraran, ahora considerada sagrada propiedad del Estado. Cualquier ladrón de comida del Estado o bien era ajusticiado inmediatamente o era enviado por lo menos por diez años a los Gulag.
El efecto fue la hambruna, masiva y prolongada. Murieron millones de personas, simplemente porque no tenían con qué comer. El aspecto característico de los niños era esquelético y con el abdomen hinchado. Se cuenta que las madres abandonaban a sus hijos en los vagones de los trenes que iban a las grandes ciudades con la esperanza de que alguien pudiera cuidar de ellos mejor. Desafortunadamente, las ciudades estaban inundadas de miseria y hambre. Los ucranianos pasaron a comer hojas, perros, gatos, ratas, pájaros y ranas. Cuando esto no era suficiente, incluso pasaron al canibalismo. Se ha escrito que “el canibalismo era tan común, que el gobierno imprimió carteles que decían: comer a tus propios hijos es un acto de barbarismo”[1]
En los momentos más crudos de la hambruna, morían unas 25.000 personas cada día en Ucrania. El recuento final se sitúa entre los cinco y los ocho millones de personas. Cuando los familiares extranjeros de los ucranianos, en Occidente, respondieron enviando cargamentos de comida, los oficiales soviéticos reaccionaron requisando esa ayuda. Los gobiernos occidentales ignoraron durante mucho tiempo los informes sobre las hambrunas que periódicamente se escapaban al Estado de terror soviético. Franklin Delano Roosevelt reconoció formalmente al gobierno de Stalin en 1933, y la Unión Soviética fue reconocida en la Sociedad de Naciones en 1934.
Los kulaks no tienen un museo, mucho menos un memorial. Hoy, nosotros les recordamos.

LOS TEJEDORES DE CABELLOS (Andreas Eschbach)

Cuenta el alemán Andreas Eschbach que escribió Los tejedores de cabellos –su debut literario– mientras se derrumbaba el Muro de Berlín, si bien no fue publicada hasta 1995. Así se explica que sea una novela de denuncia del totalitarismo. Dispone de todos los ingredientes del space opera clásico: las aventuras, el gran imperio galáctico que dura cientos de miles de años, los héroes que luchan contra él y una tecnología futura más al estilo de como la imaginaban los clásicos del género, léase Clarke o Asimov, con sus pistolas de rayos y naves estelares, que como nos la describen los autores actuales, con las redes de ordenadores y los añadidos cibernéticos al cuerpo humano.

Cada capítulo es una historia distinta, cada una con su personaje principal, aunque éste pueda luego aparecer como secundario en alguna otra historia. Muchos de estos relatos parecen no tener nada que ver con el hilo que vamos siguiendo a través de la obra, aunque al final todo acaba encajando.

Comienza con un intrigante relato sobre un tejedor que emplea el cabello de su esposa, sus hijas y sus concubinas para crear a lo largo de su vida una única alfombra, que adornará el palacio del emperador. A partir de ahí, a través de las historias de otros, podremos ir percibiendo el papel que juegan los tejedores dentro de su pueblo y de la sociedad del planeta. Progresivamente iremos alejándonos de éste para contemplar el destino de otros planetas y galaxias; hasta llegar al gran emperador, dueño de todo y de todos. Sólo al finalizar el libro comprenderemos la razón por la que millones de personas dedican su vida a tejer alfombras, y el trasfondo antitotalitario de la novela se revela en todo su esplendor.
Debido a esta estructura narrativa, el resultado es irregular. Las primeras historias, las que transcurren en el planeta de los tejedores, están perfectamente entrelazadas, como corresponde por otro lado al título del libro. Sin embargo, según nos vamos adentrando en las entrañas del Imperio, la cercanía de los personajes con el lector se pierde y la relación entre éstos se debilita. Resulta mucho más conmovedor e interesante el personaje de un viejo e insignificante profesor de flauta que todo un emperador y los rebeldes que desean destronarle juntos. A pesar de ello, es al final cuando llegan algunas de las más impresionantes historias dibujadas por Eschbach, como ese relato de horror eterno titulado \’El palacio de las lágrimas\’ o el extraño \’Cuando veamos de nuevo las estrellas\’, en el que se narra la lucha milenaria por la supervivencia de una tribu frente a unos enemigos que parecen atacarles sin razón.
Por otro lado, ante la necesidad de ofrecer una explicación de lo que al comienzo no era más que un rumor que transcurría de fondo a la narración, el supuesto derrocamiento del emperador a manos de los rebeldes, muchos capítulos y personajes resultan meras excusas para contarnos intrigas palaciegas y asistencia, Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

VIVIR (Ayn Rand)

En 1926, dos semanas después de cumplir los veintiún años, la joven Alisa Zinovievna Rosenbaum llegó a los Estados Unidos escapando de la URSS con poco dinero y un dominio más bien modesto del idioma inglés. Diez años después, publicó su primera novela, Los que vivimos, usando su nuevo nombre: Ayn Rand. Y dos años más tarde, en 1938, la primera edición de ¡Vivir!, su segunda novela, apareció en Inglaterra como Anthem (himno). En 1946, la obra llegó a España y Estados Unidos, donde ella vivía.

Cuando Rand escribió ¡Vivir!, los coqueteos de los políticos e intelectuales americanos con el comunismo eran tales que los años treinta fueron conocidos en Estados Unidos como la Década Roja. Y lo que siguió fue la alianza con la Unión Soviética de Stalin durante la Guerra Mundial. No es de extrañar que, horrorizada ante el avance de los colectivistas en occidente, Rand les dedicara estas palabras en el prefacio de la edición de 1946:

"Ellos han de afrontar el pleno significado de aquello que defienden o condonan; el específico, exacto y pleno significado del colectivismo, de sus lógicas implicaciones, de los principios sobre los que se asienta, y de las ultimas consecuencias a las que estos principios llevarán. Deben afrontarlo, después decidir si esto es lo que quieren o no."

¡Vivir! entra claramente en el género popularmente conocido como "distopia", pues nos muestra "las ultimas consecuencias" a las que llevan los principios del colectivismo. Narra la vida cotidiana en una sociedad futura que ha abrazado esta ideología hasta el extremo de haber erradicado totalmente no ya el respeto al individuo sino el propio concepto de individualidad.

O casi.

Porque el hilo conductor de la novela es precisamente la individualidad del protagonista que lucha por abrirse camino entre la jungla de leyes de su comunidad. Una individualidad que le hace sentir nauseas ante el sistema colectivizado de reproducción sexual que controlan los planificadores sociales. Una individualidad que se atreverá a transgredir cuantas normas le impidan ser feliz y llevar una vida llena. Pero también una individualidad ingenua y bonachona que cree que la colectividad le sabrá recompensar los beneficios que él les ofrece aunque él los haya obtenido saltándose a la torera las leyes más fundamentales.

Como por ejemplo, escribir.

Llegado a este punto, el lector de ésta pequeña novela de ésta -en España- poco conocida autora bien puede pensar: ¿qué necesidad tenía Rand de plagiar tan descaradamente la mítica 1984 de Orwell? Pero si el lector presta atención verá que la edición británica de ¡Vivir! es de 1938. Y 1984 no fue publicada hasta 1949.

Hay otra curiosidad sobre la escritura del protagonista que llamará la atención del lector desde la primera página: aún cuando él escribe sobre sus pensamientos más íntimos o sobre sus acciones más personales y secretas, no deja nunca de usar la primera persona del plural. En esa sociedad, cada hombre se sabe insignificante; tanto, que sólo la colectividad es reconocida.

Pero el protagonista, como digo, no sólo escribe. Es sus indagaciones solitarias descubre sorprendentes inventos que los hombres había olvidado mucho tiempo atrás. Pero la colectividad prefiere seguir rigiéndose por sus leyes y alumbrarse con velas antes que aceptar la luz eléctrica que el protagonista ha redescubierto investigando a solas. Porque aquí, la luz eléctrica, como el sol en la célebre sátira de Bastiat, es entendida como una monstruosa amenaza: "acarrearía la ruina del Departamento de las Velas. La Vela es un gran don para la Humanidad y está aprobada por todos. No debe ser destruida por la voluntad de uno solo".

Entonces, huye. Se aleja de la sociedad que le ha condenado sin haberle comprendido. Se adentra en el bosque prohibido con la esperanza de dar con aquello cuyo anhelo le ha hecho sentirse diferente y cuya búsqueda le ha convertido en un proscrito. Aquello sin lo cual la vida es una mazmorra y todo esfuerzo una tortura.

Y lo encuentra.

Las últimas páginas son un estallido genuinamente Randiano de felicidad, satisfacción y confianza. Un verdadero himno a aquel concepto, aquella palabra, aquella verdad sobre la que edificará su futuro y podrá… ¡Vivir!

Vivir como un hombre. No como un eslabón más en una cadena. "Yo soy. Yo pienso. Yo quiero. [...] Yo soy un hombre. [...]

"He destruido el monstruo que gravitaba como una negra nube sobre la tierra y ocultaba el sol a los hombres. El monstruo que estaba sentado en un trono, con cadenas en las manos, los pies sobre el pecho de un hombre, y se alimentaba con la sangre del libre espíritu humano. El monstruo de la palabra ‘Nosotros’.

"Y ahora contemplo el sagrado rostro de un dios y a este dios lo levanto sobre la tierra, más arriba que el cielo, más resplandeciente que el sol, este dios que los hombres han deseado desde que existen, este dios que les dará la dicha, la paz y el orgullo.

"Este dios, esta sola palabra: ‘Yo’."

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CISNES SALVAJES (Jung Chan)

Cisnes salvajes es una novela extraordinaria, no sólo por la profusión de vivencias a través de las cuales la autora relata con inusitada amenidad la historia china durante el siglo precedente, sino por las sobrecogedoras conclusiones que analizándolas pueden inferirse.

La estructura narrativa es bastante sencilla, Jung Chan abre las puertas de su historia familiar para hacerla converger con la Historia de su país. La vida de su abuela, de su madre y la suya propia, eje fundamental del texto, se transforman en la caída del Imperio, la República de los Señores de la Guerra, la dominación japonesa, el gobierno del Kuomintang, la guerra civil, la dictadura comunista, el Gran Salto Adelante y la espeluznante Revolución Cultural. Es también, en cierta medida, una biografía de Mao Zedong, de su carácter, de su pensamiento, de sus temores, de sus ambiciones pero sobre todo de sus métodos de control.

A diferencia de la Unión Soviética, donde la Cheka era el principal instrumento de represión y control, en su patria Mao supo valerse del vulgo para perpetuarse en el poder. ¡Sus servicios secretos estaban compuestos por 600 millones de chinos! Además, este mecanismo totalizador respondía, de la misma manera, a una de las eternas y dementes obsesiones del déspota asesino, el conflicto continuado entre la población, como extensión de la revolución permanente y de una interminable lucha de clases. Pero para ello, el régimen tuvo que articular una estrategia, no plagada de profundos errores tácticos, destinada a anular al individuo y someterlo de manera absoluta a los designios del "Gran Timonel". Está destrucción de la conciencia individual se articuló en cinco grandes pilares: destrucción de la economía de mercado, idiotización de la sociedad, deificación de Mao, depuración de los opositores y transformación de la familia en una simple organización administrativa.

Mao se dispuso controlar toda la economía china para, por una parte, eliminar cualquier posibilidad de iniciativa y genialidad ciudadana y, por otra, subordinar la supervivencia de su pueblo a una producción suministrada por la maquinaria estatal. A principios de la década de los 50, se inicia con tal propósito la campaña "de los Tres Anti", esto es, la lucha contra la corrupción, el derroche y la burocracia, seguida poco tiempo después por la campaña "de los Cinco Anti", contra el soborno, la evasión de impuestos, el fraude, el robo de propiedad estatal y la obtención de información privilegiada. Estas medidas, cuyos objetivos en cualquier sociedad democrática hubieran sido impecables, en las manos de Mao se tradujeron en durísimas persecuciones contra funcionarios del partido (condenados en la mayoría de los casos por animadversiones personales) y sobre todo contra todos los capitalistas y burgueses del país. ¿Resultado? La gente rehuyó todo contacto con el dinero, dejando la producción en manos del Estado. Empero, sin duda, lo que más desgastó la economía China y más hizo depender a la población del escaso alimento proveído en las comunas fue el Gran Salto Adelante de finales de los 50. No se trata de analizar aquí las numerosas causas que provocaron la crisis (básicamente el empecinamiento de Mao por superar la producción de acero norteamericana desatendiendo la producción de alimentos), basta mencionar el resultado: estimaciones a la baja hablan de 40 millones de muertos por inanición, la mayor hambruna de la historia de la humanidad.

Mucho se ha comentado cuánto contribuyó el la dictadura roja por extender la educación a todas las clases populares, lo cual no es menos falaz que el tópico de que Mao dio una tacita de arroz a todos los chinos durante el Gran Salto Adelante. La Revolución Cultural supuso un brutal retroceso instructivo en la medida en que la mayoría de los profesores fueron considerados "enemigos de clase", el estudio "una costumbre burguesa", el éxito escolar "el principio de la metamorfosis aristocrática" y los libros "los mamporreros del imperalcapitalismo". Me atrevo a decir que nunca nadie será capaz de ponderar con fiabilidad el costo humano, económico y sobre todo cultural que conllevó para China. La consigna habitual de "romper con la tradición" arrastró a los enajenados "guardias rojos", generalmente chiquillos menores de 15 años, a destruir todas las obras de arte ancestrales, incluida la quema de libros al estilo nazi – como manuscritos únicos que se perdieron para siempre. La mera lectura autorizada era, como no, "El libro rojo de Mao", un compendio de frases horteras y yermas, que se recitaba a modo de letanía incuestionable durante todas las clases.

Sin embargo, si bien la eliminación del discernimiento ciudadano era uno de los propósitos de la Revolución Cultural, lo que se escondía en el trasfondo era una atroz purga del partido y la idolatría hacia el líder supremo. La represión contra los militantes fue extensa y profunda. La práctica totalidad de los altos funcionarios fueron anatematizados y sometidos a la autocrítica pública, consistente en continuos apaleamientos y vejaciones. Incluso Liu Shaoqui, presidente de la República Popular, y Deng Xiaoping, considerados ambos representantes de un cierto revisionismo a lo Jruchev, fueron destituidos de sus cargos, puestos bajo arresto domiciliario, sin menosprecio de ciertas torturas "imprevistas".

Siguiendo la siniestra lógica del terror maoísta, cuando vemos con qué crueldad, dureza, indiferencia y brutalidad socavó la fiel plataforma roja de sus acólitos en el partido no cuesta demasiado imaginar qué debió ser de la vaga disidencia contra el Régimen tiránico. La primera gran purga se llevó a cabo en 1951, dos años después de la proclamación del marxismo en China. Su objetivo era eliminar a los "contrarrevolucionarios" (todos los ciudadanos que habían integrado, años atrás, las filas del ejército del Kuomintang, liderados por Chiang Kai-shek, y que no se habían exiliado a Taiwán). Quienes no fueron suprimidos físicamente, padecieron una hiperbólica marginación social, al estilo de los parias indios. No contento con esta primera "purificación" Mao emprendió varias persecuciones más. En 1955 si inició una nueva "catarsis" destinada a descubrir a los "contrarrevolucionarios ocultos" (espías del Kuomintang y de la CIA); un año más tarde bajo el grito "que florezcan las cien flores" se exhortó a los intelectuales comunistas a que expresaran sus tibios desacuerdos con el gobierno, después de lo cual fueron encarcelados o ejecutados. Así, las cien flores dieron paso a la "Campaña Antiderechista", dejando al arbitrario rencor personal de los altos funcionarios el pleno derecho de discriminar a los enemigos de clase. La última caza importante, antes de la Revolución Cultural, se produjo en 1959, una vez el mariscal Peng Dehuai, ministro de Defensa y futurible sucesor de Mao, criticó en un congreso del partido ciertos aspectos nimios del "Gran Salto Adelante". Inmediatamente, el déspota rojo olvidó todo el afecto que sentía por Peng y lo tildó como un "oportunista de derechas", ordenando la captura urbi et orbi de sus seguidores.

Aunque todas estas medidas puedan parecer suficientes y válidas por sí mismas para robustecer la burocracia dominadora de Mao Zedong, hay un aspecto, sobre el que no suele hablarse generalmente, pero que constituye el motivo esencial de todos los males que aquejaron al país. El comunismo chino, al igual que en su día el soviético, consiguió descafeinar y debilitar hasta tal punto la familia que pasó a convertirse tan sólo en un instrumento con el que dar respuesta a los sueños de explosión demográfica del régimen. Los hijos pasaron a maltratar y denunciar a sus padres, los funcionarios antepusieron los intereses del partido al afecto familiar y el amor se convirtió en un vicio burgués. Este proceso de deshumanización personal a partir de la degradación familiar, convirtió a los chinos en pobres autómatas que seguían los designios de su Gran Timonel. Se vivía por una inercia servil y se moría por el capricho ajeno. Los valores perdieron todo su sentido y el individuo desapareció de facto para insertarse en una marea roja manejada por los vientos maoístas.

Cisnes Salvajes es el reflejo de esa época, de ese suicidio colectivo asumido con orgullo. Una novela imprescindible para comprender cómo pudieron los chinos elegir el camino de la inmolación y revivir la que fue, sin duda, la dictadura más sangrienta de la historia, pero al momento también una de las más admiradas por nuestros "inigualables" intelectuales orgánicos.

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