La Curación de las Enfermedades, Albert Henschel

[De aegritudinum curatione]. Es uno de los más importantes tratados anónimos sobre las enfermedades, de la escuela de Salerno (siglo XII), descubierto por Albert Henschel (1798-1852) en la biblioteca de Breslau en 1846 y publicado por Salvatore de Renzi (1800-1872) en la «Collectio Salernitana», en Nápoles en 1852-1859.

Junto a la Flor de medicina o Régimen salernitano de la salud (v.), está este texto, que en su tiempo tuvo una gran fama y en el cual ya se manifiesta la influencia del ara­bismo; es una síntesis de diversos autores y se compone de 163 capítulos, reagrupados en dos partes. La primera trata de la doc­trina de las fiebres; la segunda, más impor­tante, expone la terapia sistemática de to­das las enfermedades «a capite ad calcem»: se dan a conocer las enseñanzas y las opi­niones de ilustres médicos de esta escuela, como Giovanni Plateario, Afflacio, Cofone, Bartolomeo Petronio, Ferrario y Trotula. Hasta cierto punto puede decirse que en el criterio clínico se basa la teoría de las fie­bres, subdividiendo las enfermedades en efímeras, éticas y pútridas, mientras la terapia consiste esencialmente en la dieta y en medios emolientes. En cambio, bastante va­ga resulta la concepción de la patología, especialmente la del sistema nervioso: así que la causa principal de las afecciones ce­rebrales es atribuida a un absceso del ven­trículo cerebral anterior. Pero también en este caso se aconseja sobre todo la cura dietética, la sangría, y no faltan conside­raciones sobre la cura psíquica y sus bené­ficos efectos.

Entre las enfermedades del aparato respiratorio, la tuberculosis ocupa un lugar preeminente, con interesantes y preciosos preceptos sobre la diagnosis y te­rapia, la cual, ya entonces consistía en la alimentación sustanciosa y en el reposo. La parte dedicada a la patología quirúrgica no presenta particular relieve, mientras que la que se refiere a las afecciones de los órga­nos genitales están tratadas de una manera más extensa y minuciosa, con la indicación de numerosos medicamentos afrodisíacos y anticoncepcionales. Preceptos de higiene adornan todo el texto que presenta un ca­rácter netamente didáctico y ofrece un cua­dro muy vivo de la patología y terapia de la escuela de Salerno, la primera escuela propiamente dicha de medicina que hubo en Europa.

G. Rignani

La Curación del Error, Avicena

[Kitáb Ash Shifa’]. Tratado de ciencias filosóficas, naturales y matemáticas del filósofo y mé­dico musulmán Avicena (Ibn Síná, 980- 1037). Por lo que afirma el propio autor, el gran tratado se desarrolla a la luz de las doctrinas peripatéticas; sin embargo, ade­más de contener muchos elementos neoplatónicos, la obra resulta personal y nueva, hasta el punto de haber ejercido una gran influencia sobre toda la Edad Media latina. Resumida y traducida al latín en distintos países, fue sobre todo conocida y difun­dida a través del tratado De Anima, im­preso en Venecia en 1495 y 1508 y en una nueva traducción del original, con las ex­plicaciones y los comentarios de exposito­res árabes, por Andrés Pélago que unió a esta obra otros escritos afines de Avicena: El regreso [Almahad] (del alma, después de su separación del cuerpo, al ser simple que tenía antes de su unión con aquél), los Aforismos del alma y otros.

Para Avicena la primera emanación de Dios es, como quería Platón, el mundo de las ideas, hecho de puras formas. Sigue el mundo de las almas, compuesto por formas inteligibles, pero no enteramente separadas de la materia. És­tas son las que animan y ponen en acción las esferas celestes. Luego viene el mundo de las fuerzas físicas, que están sometidas al poder de la inteligencia, dotado de fa­cultades mágicas. Por último está el mundo corpóreo. El universo existe «ab aeterno», causado por la inmutable divinidad, que da origen únicamente a la «primera inte­ligencia» o alma del mundo, de la que ema­na una interminable cadena creativa de causas intermedias, a través de las esferas celestes, hasta la tierra. La causa que pro­duce debe también conservar, porque causa y efecto son idénticos: de aquí la eternidad del mundo. El alma es definida, con Aristó­teles, «perfección o acto primero del cuer­po humano natural orgánico». Principio fa­vorito de Avicena, citado por Averroes y los escolásticos, especialmente San Alberto Magno, es el concepto de la universalidad de nuestras ideas como obra de la activi­dad del espíritu: «Intellectus in formis agit universalitatem»: esto es, la constitución de las cosas en las categorías es obra de la mente.

En la cuestión del intelecto activo y pasivo, Avicena enseña que éste es la mente individual en el estado de potencia en relación con el conocimiento, y el pri­mero es la mente impersonal en el estado de pensamiento real y perenne. El inte­lecto pasivo debe ponerse en contacto con el activo para adquirir las ideas; pero el primero es sustancialmente independiente y no está ya inmerso en el activo. Mientras Averroes hace del alma la forma sustancial del hombre, pero en cuanto salida de la materia, mortal con el cuerpo, Avicena ve el principio de inteligencia del hombre en el alma intelectiva, sustancia no emanada de la potencialidad de la materia, sino cau­sa del entendimiento mediante la presencia de la inteligencia universal. Por lo tanto, «el alma después de la muerte permanece inmortal, dependiente de aquella sustancia noble llamada inteligencia universal… o ciencia divina. Pero las otras virtudes, como la animal y vegetativa… que no llevan a cabo ninguna acción sin el cuerpo, no se separan totalmente de éste, sino que mue­ren con él. En efecto, todo lo que exista por sí, si no cumple su operación, existe en vano: y la naturaleza no hace nada en vano». Los atributos del alma son divididos por Avicena en cuatro clases: facultades externas o cinco sentidos, internas, motri­ces e intelectuales.

El primero después de Galeno, Avicena indica las tres cavidades del cerebro como sede de las funciones del alma. En el Almahad se exponen y discuten las innumerables y diversas opiniones acer­ca de la preexistencia, o no, del alma al cuerpo; sobre la resurrección, o no, del cuerpo; sobre el premio y castigo en el cuerpo y en el alma; sobre el paraíso y sus condiciones; y sobre el purgatorio, «desde donde las almas purificadas suben a la ver­dadera felicidad», etc. Entre los Aforismos se encuentra también la discusión sobre el valor de la plegaria y sobre las razones de que a veces no sea escuchada. El neoplatonismo condujo a Avicena a una extraña semejanza, en los puntos de vista y en el espíritu, con la escolástica cristiana, im­pregnada de un misticismo mezcla de sen­sualismo y de ascetismo, por lo que a la doctrina de la «doble verdad» — adoptada luego por Averroes y la escolástica de la decadencia, «lo que según la fe es verdad puede ser falso según la razón» — corres­pondió también, en la persona del autor, una doble vida. Su principio fundamental fue: «adquiere el conocimiento de ti mismo y conocerás a tu Hacedor».

G. Pioli

La Curación de las Enfermedades, Charles-Ferdinand Ramuz

[La guérison des maladies]. Novela del escritor suizo Charles-Ferdinand Ramuz (1878-1947), escrita en 1917. Es indudable­mente una de las obras que más admira­blemente registra la orientación espiritua­lista del arte de Ramuz, que sigue a una primera fase realista. En efecto, el autor quiere registrar aquí un orden de fuerzas, latentes en el hombre, que no forman parte de los fenómenos naturales. La cura de las enfermedades es esencialmente un hecho espiritual y la cura del corazón es la que precede y provoca la otra: la física. Tesis absolutamente evangélica, puesto que a la esfera en que se realizan estos prodigios del corazón se llega únicamente con el absoluto sacrificio de uno mismo. Es la historia de una común y humilde criatura, que acaba de salir de la infancia, y que se entrega a la vida por una noche sólo, renunciando a ella en seguida.

El «Parisién» — corazón que ella ha tocado y que busca su cura­ción— la espera a la salida del taller, al claro de luna y, confesándole toda una vida de perdición y de abyección, le confía su amor. Ella escucha, calla y no rehúsa. Todo es posible en aquella noche de primavera, en que todo nace de nuevo, y la luz de la luna armoniza, como en un acorde musical, las cosas del cielo con las de la tierra. «On sent que tout devient possible». «Il y a un ordre nouveau». Sin embargo, cuando regresa a su casa y encuentra a su padre, un borrachín, herido, que también se con­fía a ella (es el segundo corazón tocado que se encamina hacia la curación), la joven renuncia a su sueño de amor, aceptando el sacrificio. El desarrollo es rápido: el «Pari­sién», despojado de la mano amiga capaz de sostenerle, cae de nuevo en su culpa y se ahoga, mientras la pobre María, que le ha sacrificado pero se ha sacrificado a sí misma, se pone enferma para no levantarse. Sin embargo, sobreponiéndose a su crisis sentimental, se cura para siempre de las cosas de la tierra y adquiere el arcano po­der de sanar las enfermedades. El libro, que concluye con la escena del alboroto cuando se llevan su cuerpo, y con la sensación de irradiación serena que se desparrama por el aire en el momento de su muerte, regis­tra con profunda verdad psicológica el juego de estas fuerzas del espíritu y podríamos decir que el tipo que aquí se nos presenta es el de la santa cristiana.

V. Lupo

Un Cura Casado, Jules Barbey d’Aurevilly

[Un prétre marié]. Publicada en 1881, es la novela más ori­ginal de Jules Barbey d’Aurevilly (1808- 1889). Historia atroz, para mayor contraste narrada en un salón parisiense por un ca­ballero normando que muchos años atrás la oyó de su nodriza.

Jean Sombreval, había sido cura antes de la Revolución Francesa; luego, en París, había colgado los hábitos, entregándose por completo a la ciencia y casándose con la hija de un célebre quími­co maestro suyo. Ahora regresa a su pue­blo natal y allí compra un antiguo castillo para transcurrir en él los últimos años de su vida junto a su hija. Pero levanta un gran escándalo entre aquellas humildes gen­tes, muy religiosas y supersticiosas; para ellos, seguía siendo «el abate Sombreval», un renegado; y al horror de su apostasía se añade la historia de su matrimonio: su mujer había ignorado siempre que él había sido cura y al enterarse durante el período de su preñez había recibido una impresión tan fuerte, que había muerto después de dar a luz a una niña, Caliste; ésta heredó de las angustias de su madre una neurosis incurable y un raro signo en la frente, la huella de una pequeña cruz, que ella oculta hábilmente debajo de una venda escarlata. Desde entonces Sombreval vive únicamente para su hija, a la cual adora, confiando en que llegará a curarla con su ciencia; y la hija, muy religiosa, dedica su vida a la es­peranza de conducirle nuevamente hacia la fe.

En el pueblo, la superstición ha des­pertado el odio del vecindario y solamente el respeto a la gigantesca figura de Sombreval y la angelical caridad del párroco, con­fesor de la hija de aquél, pueden evitar las peores violencias. El escándalo aumenta cuando se llega a conocer que un joven noble, Néel de Néhou, conquistado por la celestial belleza de «la hija del cura», ha concebido una violenta pasión por ella, des­preciando a la hija de un antiguo amigo de su padre, prometida suya desde hacía mu­chos años. Néel, de alma noble y caballe­resca, consigue alcanzar el corazón de Ca­liste, pero ésta a escondidas se hizo monja y podrá amarle únicamente como a «un her­mano». El joven, que no quiere renunciar, encuentra un aliado en Sombreval, que no sabe nada de los votos de su hija y que confía en que el matrimonio podría curar su enfermedad. Estos tres seres, vinculados entre ellos por el más profundo amor, se debaten en vano en una inextricable situa­ción. Por fin Sombreval, desesperando de poder curar a su hija por otro medio, cum­ple para ella el mayor sacrificio; simula haber sido alcanzado por la gracia y se hace nuevamente cura. Pero su generosa mentira pronto se revela a Caliste, y la pobre en­ferma, no soportando el grave golpe, muere. Sombreval, que llega demasiado tarde para salvarla, en un rapto de locura, se ahoga con su cadáver en el estanque de Quesnay.

Néel, para obedecer la voluntad de la muer­ta, se casa con su prometida, pero en se­guida se incorpora al ejército y se deja matar a los tres meses en una batalla. En esta extravagante y sombría historia, Bar- bey, católico y reaccionario, volcó todo el violento romanticismo y el exasperado sen­timiento religioso de su alma, obsesionada por la idea del mal y enamorada de las lúgubres y pintorescas tradiciones de su tie­rra. Su estilo brillante y preciso, y al mis­mo tiempo encendido y minucioso, conquis­ta la fantasía del lector con la violencia de una alucinación. Y la obra entera, in­cluso en el arbitrario rigor de la tragedia, encierra tanta fuerza de arte, que se im­pone como una de las más notables produc­ciones del siglo XIX francés.

M. Bonfantini

Era un Walter Scott normando y bretón. (Thibaudet)

El Cura Ameis, Der Stricker

[Der Pfaffe Améis]. Es una de las más célebres narraciones bur­lescas («Schwank») en alemán medieval, compuesta entre 1230 y 1235 por el goliardo Der Stricker. El cura Améis es la figura central de la narración y a él se le atri­buyen numerosas burlas de todo género in­ventadas por la fantasía popular y agrupa­das por el autor en una obra orgánica. Estas burlas son, en parte, de origen anti­guo, tales como el contestar a las pregun­tas de a qué altura está el cielo, cuántas gotas de agua hay en el mar, cuántos días han pasado desde la muerte de Adán, etc.; otras reflejan claramente las condiciones de la época de la obra, como el decir que sólo los hijos legítimos pueden ver la pintura de una parte donde no se ha pintado nada, o bien recibir muchos dones de las mujeres que se precipitan a llevárselos porque únicamente pueden hacerlo las que son fieles a sus maridos, etc. Toda la vida del cura Améis es una sucesión de burlas hechas al prójimo que le cae entre manos y, por fin, cuando la vejez se acerca, también Améis se arrepiente de sus tretas, pide perdón a Dios y se retira a un convento en el que vive el resto de sus días con tanta contri­ción que llega también a merecer la feli­cidad eterna del paraíso.

M. Pensa