Violín negro en orquesta Roja: el miedo es un tigre suelto

portadaviolin

Violín negro en orquesta roja

Las sociedades que se basan en el miedo no pueden funcionar. Cuando la población vive asustada, por el temor a que pasen a buscarlo por su casa o por el temor de quedarse mañana sin trabajo, deja de pensar con claridad y desaparecen los lazos que unen a los vecinos.

Mientras tanto, el poder, que desata ese miedo, se erosiona también aunque no lo crea, porque a medida que el terror aumenta se vuelve cada día más difícil conocer la realidad, porque todo el mundo le dice al poder sólo que quiere oír.

Desatar el miedo es, por tanto, como desatar un tigre: aterrorizas a tus vecinos, pero quien lo desata nunca puede estar seguro de que conseguirá atarlo de nuevo o de si mantiene o no su control sobre la fiera.

Esa es la idea que recorre permanentemente las páginas de Violín negro en Orquesta Roja, una novela de espías al viejo estilo en la que se trata de desentrañar qué sucedió durante la Gran Purga de Stalin y si de veras, en algún momento, alguien preparó un Golpe de Estado contra Stalin.

Pero eso no sólo es un asunto interno ruso, sino que tiene consecuencias para todo el mundo: para los checos, que deben descuidar de qué lado se ponen, para la izquierda francesa, que ha llegado al poder aupada por la gran ola obrera, para la Alemania nazi, que podría estar detrás del asunto, para los viejos zaristas derrotados, que buscan en París su redención o su regreso a la patria, y sobre todo para los españoles, que en medio de su guerra civil  esperan que Europa decida a quién apoya.

Pero Europa sólo decide que la guerra española debe ser larga, muy larga. Los alemanes quieren ganar tiempo, los rusos quieren ganar tiempo, y mientras los españoles se matan, todo el mundo está contento, o al menos, sigue con sus verdaderos problemas sin miedo a que todo salte repentinamente por los aires.

Aunque la novela aborde hecho políticos de primera magnitud, la trama de la novela es profundamente humana, un poco al estilo de Graham Greene.

Y ahí tenemos que volver al tigre: Cuando surgen las primeras sospechas de que algo raro se mueve en las filas del ejército ruso y del NKVD (el servicio secreto) , los dirigentes soviéticos involucrados dejan de confiar en loa órganos del partido y se buscan, cada cual, un modo de averiguar qué está sucediendo.

A uno de ellos, Molotov, se le ocurre sacar de Siberia a un viejo comisario del zar, un hombre cansado y roto, y devolverle sus poderes de comisario para que averigüe qué diablos está sucediendo.

Y ahí comienza la epopeya del viejo comisario, que por una parte no quiere regresar a Siberia y por otra conserva el rencor a quienes lo han tenido tanto años encerrado. Conserva a veces la agudeza, y otras se ve atrapado por el miedo que todo lo domina, pero a medida que profundiza en la nueva sociedad rusa se da cuenta de que ya nada es como él lo recordaba o que, quizás, todo sigue en el fondo igual que con los zares….

Es el momento de decidir si se trata de recuperar la vida perdida o de buscar algún tipo de revancha, el que sea…

Insisto: una grandiosa novela de espías llenas de datos de una época poco conocida. Me encantó.

 

Julia Manso.

Diccionario moderno, Alfredo Panzini

[Dizionario moderno]. Obra publicada en primera edición en 1905. Concebida originariamente como «mu­seo de curiosidades», es decir, como co­lección ingeniosamente comentada de los neologismos y barbarismos adoptados en la lengua italiana moderna, escrita o habla­da, literaria y de uso corriente, por razones prácticas y utilitarias, tomó después el as­pecto y el volumen de un diccionario, a modo de «suplemento» de los diccionarios corrientes, reduciendo el comentario y aco­giendo también palabras técnicas, voces dia­lectales y de jerga, términos latinos y grie­gos, locuciones extranjeras, frases célebres y formas de expresión corrientes, hasta rayar, a veces, en la enciclopedia.

Ello no impidió, sin embargo, que su fondo inge­nioso, polémico y de tendencia purista (de un purismo anti toscano) se reflejase en la nueva forma y en las abreviadas explica­ciones de cada una de las voces; especial­mente en aquellas (sobre el amor, la mujer, la moda, la costumbre, etc.) que más di­rectamente reclamaban la experiencia, el humor y el gusto de Panzini, en cuanto artista, manteniendo el equilibrio entre lo antiguo y lo nuevo. Aspiración que en las sucesivas ediciones (la última, cuidada por el autor, es la 7a y data del 1935) se enri­quecía con anotaciones y motivos, al propio tiempo que la parte propiamente didáctica y científica se fue ampliando y poniendo al día simultáneamente, de tal suerte que el Diccionario, si, por un lado, ha logrado alcanzar un valor «histórico», documental, acerca de los estratos, los sedimentos y los desarrollos de la lengua italiana en un plano europeo, por otro lado, fue configurándose cada vez mejor, al igual que los libros de arte panzinianos, como un «viaje sentimental» entre la antigua noble­za y la moderna barbarie.

Y precisamente esta índole y este tono hacen del Dicciona­rio una obra única en su género, que ocupa un puesto excepcional en la historia de las letras italianas, no menos que en la mo­derna lexicografía. La 8a edición póstuma, aparecida en 1942, fue dirigida por Alfre­do Schiaffini y Bruno Migliorini; en ella, aparte de un apéndice conteniendo 5.000 voces nuevas, se presenta una rigurosa re­ordenación de la parte etimológica que apa­recía bastante imprecisa en las ediciones de Panzini.

A. Bocelli

DICCIONARIO HISTÓRICO Y CRÍTICO, Pierre Bayle

[Dictionnaire historique et critique ]. En 1692 el autor se propuso escri­bir un diccionario que contuviera todos los errores que se encuentran en los demás diccionarios, especialmente en el de Moreri; después, «persuadido de que el des­cubrimiento de los errores no es importante ni útil a la prosperidad del Estado ni a la de los particulares», renunció a su idea y publicó, de 1695 a 1697, en Rotterdam, los dos volúmenes del Diccionario histórico y crítico, aumentado de continuo en edicio­nes posteriores y en el que cada voz está dividida en dos partes, una puramente his­tórica, la otra crítica; la primera, es una sucinta narración de los hechos; la segun­da, un extenso comentario en el que se reúnen pruebas, discusiones, amplias citas, de ordinario en la lengua original, censu­ras de muchos errores, reflexiones filosóficas, «de manera que toda clase de lectores hallen en él de un modo u otro, algo que pueda satisfacerles».

Esta obra debía, según Bay­le, ser una especie de biblioteca, y ello justifica la riqueza y amplitud de la ma­nera de tratar cada artículo. Pero como el autor se propuso no hablar de Papas, de reyes, de Padres de la Iglesia, de empera­dores, de personajes de la Biblia, resulta que faltan muchos nombres, mientras que aparecen otros de poca importancia. Si no la obra más importante del siglo XVII, según ha sido juzgada por algunos, este Diccionario es notable por su gran eru­dición, por el estudio directo de los auto­res citados, por el espíritu y por la inten­ción, que le hacen un precursor de la Enciclopedia (v.) y por la concepción ilustracionista de la religión. Bayle, en efecto, educado en el calvinismo, pasó al catoli­cismo para volver de nuevo al calvinismo sin hallar satisfacción ni en una confesión ni en otra, y así considera todas las reli­giones erradas y causas de discordia en cuanto que la oposición entre revelación y conocimiento es irreconciliable: ciencia y fe se contraponen, según él, por completo.

Sin embargo, no rechaza los sistemas dog­máticos, sino que, dada la incapacidad de la razón humana para llegar a la certeza absoluta, halla argumentos para reconocerle mérito a la fe, que por sí sola, dando por cierto lo que es contrario a la razón, crea la autodisciplina que es el fundamento de la religiosidad. Eso no impide que deba considerarse a la moral independientemen­te de la fe y fundada sólo en la religión natural, al modo que la física se limita a la experiencia y a las hipótesis probables. La preocupación fundamental de Bayle es por tanto la tolerancia, en la que se inspira toda su obra: tolerancia para todas las sec­tas, todas las religiones y filosofías, porque la razón aclara el valor de los argumentos que ellas presentan y además la razón da también algunas indicaciones sobre la exis­tencia de Dios y del alma. Estas son las doctrinas que se deducen de la lectura de la obra, cuyos artículos están precisamente elegidos por el autor de modo que respon­dan a sus puntos de vista. Júzguese como se quiera bajo el aspecto filosófico y religio­so, el Diccionario sigue siendo la primera tentativa de presentar a las personas cul­tas las más variadas y arduas cuestiones en forma a todos asequible y de un modo vivo y preciso a un tiempo.

M. Venturini

Bayle está en él, con su ironía, con su duda universal. Del mismo modo que Locke puso de relieve el «cogito», él es vivo ejemplo del «de ómnibus dubitandum». (De Sanctis)

Diccionario histórico-biográfico del Perú, Manuel de Mendiburu

(8 vols. Lima, 1874-1890). Es una obra fundamental de la cultura peruana. Inclu­ye más de dos mil biografías referentes a personajes de la época colonial, amén de artículos en los cuales aparecen referencias complementarias, apéndices documentales, e índices de sucesos y asuntos. La apari­ción de cada tomo suscitó pequeñas obser­vaciones al erudito José Toribio Polo, quien las recopiló en un folleto (Lima, 1891) cuya contribución más importante se halla en una relación de las personas omitidas. En cam­bio, José de la Riva Agüero le consagró un prolijo y extenso capítulo de su estudio sobre La Historia en el Perú (v.), desta­cando «el incomparable mérito» del Dic­cionario y «la maravillosa riqueza de su contenido» y analizando cómo expone la historia política y cultural del país.

Su estilo es claro y directo, aunque a veces denso; y no obstante ofrecer un «catálogo» de las fuentes que el investigador debe consultar, su mayor defecto consiste en la omisión de indicaciones sobre las que ha utilizado en cada caso. Una segunda edición, con adiciones y notas bibliográ­ficas, ha sido presentada por Evaristo San Cristóbal (11 vols. Lima, 1931-1935), quien ha agregado un apéndice (4 vols. Lima, 1935-1938) que contiene muchas de las bio­grafías cuya falta advirtiera José Toribio Polo.

A. Tauro del Pino

Diccionario filosófico, François-Marie Arouet

[Dictionnaire philosophique]. Obra publicada en 1764. La lucha contra toda forma de oscurantismo está llevada con un vigor po­lémico y una despreocupación, de acuerdo con los nuevos tiempos, bien distintos de aquellos en que las obras de Voltaire (v. Cartas filosóficas) eran quemadas por mano del verdugo.

La obra está ordenada en se­tenta y tres voces: Abraham, Alma, Amis­tad, Amor, Amor llamado socrático, Amor propio, Angel, Antropófago, Apis, Apocalip­sis, Ateo y ateísmo, Bautismo, Bello y be­lleza, Bestias, Bien supremo. Bien (todo es), Carácter, Catecismo chino, Catecismo de la parroquia, Catecismo japonés, Cierto y certidumbre, Cadena de las criaturas, Cadena de los acontecimientos, China, Cris­tianismo, Cielo de los ángeles. Circunci­sión, Convulsiones, Cuerpos, Crítica, Desti­no, Dios, Estados y gobiernos, Ezequiel, Fá­bulas, Fanatismo, Falsedad de la virtud hu­mana, Fin y causas finales, Fraude, Gloria, Gracia, Guerra, Historia de los reyes he­breos y paralipómenos, ídolo e idolatría. Igualdad, Infierno, Inundación, Jefté, José, Libertad, Leyes, Leyes civiles y eclesiásti­cas, Límites del espíritu humano, Locura, Lujo, Materia, Malvado, Mesías, Metamorfosis y metempsícosis, Milagros, Moisés, Patria, Pedro, Prejuicios, Religión, Resurrección, Salomón, Sensación, Sueños, Superstición, Tolerancia, Tiranía y Virtud.

El número de las voces aumentó en ediciones sucesivas. A través del desarrollo de estos temas, el autor revela su concepción de la realidad, que puede definirse como un teísmo gené­rico, de líneas en verdad no muy precisas, que admite la existencia de un Ser infinito y supremo creador y — hasta cierto pun­to— ordenador del universo; pero excluye la posibilidad de toda determinación ulte­rior teológico dogmática.

Pero es superior al interés teórico el fin moral o más ge­néricamente el fin práctico social. Voltaire encuentra absurdo que Dios deba ocuparse por sí mismo de este pequeño mundo entre todos los mundos que ha creado, y que deba cuidarse particularmente de estos áto­mos que son los hombres hasta ocuparse continuamente, por ejemplo, de crear almas para todas las criaturas que nacen, o de contrariar sus leyes para probar su simpatía con milagros para unos centenares de per­sonas privilegiadas. Por eso es contrario a toda religión que exija fe ciega en sus dogmas y fustiga ferozmente la hipocresía de los sacerdotes que mantienen al pueblo en la ignorancia. Su ideal es un mundo regido por la justicia, en el que los hom­bres tengan un poco de caridad fraterna (ésta es únicamente para él la virtud) y sirvan a Dios llevando vida honrada, sin meterse en cuestiones metafísicas que, en el fondo, no revelan sino la locura y la presunción de los llamados sabios.

Un gran fervor propio de la Ilustración empapa todo el Diccionario, que trata de someterlo todo al examen de la razón y cree me­jor reservar escépticamente el juicio que ceder a los prejuicios. Por eso Voltaire abomina de la exaltación fanática que oscu­rece la claridad moderadora de la razón. Según él, el universo está ordenado por leyes inmutables, así es que todos los acon­tecimientos son necesarios y nada ocurre al acaso: el milagro es contrario a la ló­gica y por ello lo niega. No existe la liber­tad del querer, sino sólo la voluntad de obrar; por ello es justo reconocer los lími­tes del espíritu humano; es preferible tener clara conciencia de ellos que querer sobrepasarlos para imponer al universo sis­temas que de científicos no tienen sino las pretensiones. De ahí que Voltaire critique el concepto teológico de un cielo sobre nosotros, porque el llamado cielo tanto está encima como bajo nuestro globo. Algu­nas voces del Diccionario son simples «boutades», como algunas que se refieren al An­tiguo testamento, por ejemplo las voces «Abraham» y «José», en las que el autor ironiza con desenfadada agudeza sobre el Libro Sagrado.

En otras, la ironía se re­fiere a las leyes positivas que, muy dis­tintas de las inspiradas en el «derecho na­tural», a menudo son dictadas por el arbi­trio y la violencia de los jefes y son susceptibles de ambiguas interpretaciones. En otras voces, por el contrario, el autor presenta una especie de programa de re­formas, en las que se inspiran luego en gran parte los «cahiers» del Tercer Es­tado en 1789 (véase por ejemplo la voz «Leyes civiles y eclesiásticas»). Toda la obra está animada por una sed inextinguible de clarividencia lógica; reprueba todas las intemperancias metafísicas y dogmáticas, y ataca severamente a todo sospechoso de querer explotar en beneficio propio la igno­rancia, manteniendo a tal fin el oscuran­tismo. El Diccionario pasa con admirable agilidad de estilo de la agudeza benévola al sarcasmo, y la limpidez del razonamiento y la frescura siempre renovada de la iro­nía constituyen su mayor mérito, haciendo de él una obra de arte, si bien, en lo referente al contenido ideológico, a veces el autor aparece encerrado en esa angos­tura de horizontes característica de cier­tos aspectos de la Ilustración.

G. Alliney

Este gran señor de la inteligencia ejer­ce, sobre los que no la tienen, la fascina­ción que los revolucionarios sienten por los grandes señores que por la revolución trai­cionan a su propia causa. Voltaire es, sobre todo, el seductor de los imbéciles, el en­venenador de la gente malsana, el Espíritu Santo de la chusma. (Barbey d’Aurevilly)

Diccionario de sinónimos, Niccoló Tommaseo

[Dizionario dei sinonimi]. Obra filológica publicada en 1830 y reimpresa después muchas veces, con algunas correcciones y ampliaciones. Parte del principio de que en el estudio de una lengua viva, los sinónimos (o por lo menos los vocablos que sin ser estrictamente tales se pueden denominar así por motivos prác­ticos) son de sumo interés para compren­der los matices y las diversas acepciones y proporcionar la plena posesión de una elo­cución verdaderamente esencial en la vida cotidiana y en la expresión artística. Un intenso trabajo filológico realizado durante varios años en Toscana, y la lectura de textos de lengua y cotejo con autores clá­sicos y extranjeros, le valieron para reco­ger un material verdaderamente grandioso; en torno a unos tres mil quinientos voca­blos se examinan las semejanzas de signi­ficado, incluso para los diminutivos, peyo­rativos y similares.

Un vasto índice con parágrafos y relaciones ayuda al lector en­tre el cúmulo de las citas y confrontaciones. Se advierte que su interés estriba precisa­mente en captar y definir los matices psi­cológicos que diferencian un vocablo de otro y lo convierten en sí v por sí verda­deramente, en un sinónimo. Aparte del valor científico que encierra un trabajo semejan­te, se comprende que Tommaseo sienta complacencia por esta obra, a causa de la cantera de observaciones psicológicas que le obligaba a aclarar el «orden de las ideas»; por la riqueza de las noticias captadas ori­ginariamente de la realidad social e incluso por la colaboración de humildes criaturas del pueblo, particularmente de Giuseppa Maria Papi, que fue su compañera en el do­lor y en su azarosa vida. oda considera­ción sobre los caracteres de la sociedad, sobre los actos humanos, sobre el interés espiritual de esta o de aquella acción, ins­pira a Tommaseo una reflexión certera y perspicaz, que seguidamente plasma en una investigación de moralista o descriptor. Temperamento apenas atenuado por la crea­ción artística, se encierra en estos diag­nósticos psicológicos, mostrando toda la de­licadeza y la diversidad de su formación, y ofreciendo con frecuencia el ansioso tes­timonio de un espíritu inquieto. La obra, si en conjunto presenta millares de ideas lin­güísticas y puede ser considerada como un documento de primer orden para el estudio de la lengua italiana moderna, encierra un valor propio por el inconfundible acento de confesión que aparece cincelado en un término o una definición.

C. Cordié