Rimas de Bonagiunta

[Rime]. El nom­bre de Bonagiunta Urbicciani (12209-1290) está ligado con el episodio del canto XXIV del «Purgatorio» dantesco, en que Dante tropieza con este poeta, le revela el secreto poético de la nueva escuela, y Bonagiunta habla del «nudo» que retiene a él, al no­tario da Lentino y Guittone a este lado del «dolce stil novo». Fue poeta de vasta fama, como puede deducirse de la Divina Comedia (v.), y típico representante de la antigua poesía, a la que Cavalcanti y el joven Alighieri miraban con jacobino des­dén de innovadores.

Seguidor de Guittone, Bonagiunta se muestra muy diestro en el lenguaje provenzal, lenguaje, por otra par­te, que tiende a renovar en ciertas can­ciones suyas de elevado estilo y de atre­vidos pero duros experimentos métricos, al modo de Guittone. Pero hay evidente desproporción entre el esfuerzo y sus re­sultados poéticos (esto precisamente fue lo que quiso hacer notar Dante), y sus can­ciones son poco más que trabajados reper­torios del lenguaje relativo a la caballe­resca «servidumbre» de amor. Quedan aquí y allí la abstracta frescura de algunos mo­tivos primaverales sacados también de los provenzales: «quando vegio la rivera / e le pratora fiorire»; «quando apar l’aulente flore / lo tempo dolze e serino», etc.; y alguna no infeliz variación sobre el tema del fresco, perfumado y luminoso rostro de la Virgen.

D. Mattalía

Rimas de Bonichi

[Rime]. Las de Bindo Bonichi, sienés (12609-1338), comprenden unas veinte canciones y un corto número de sonetos.

En las canciones de tono y carácter sostenidamente gnómicos, Bonichi discute algunas graves cuestiones, por ejem­plo : si el hombre es libre por naturaleza y esclavo por accidente; cómo debe con­servar en sí el hombre su libertad; de dón­de procede la verdadera nobleza; por qué los antiguos fueron mejores filósofos que los modernos, etc. Y no es desagradable este poeta-mercader, ennoblecido por la cultura y la poesía, que si a menudo ambiciona poe­tizar y disertar «por filosofía», más a me­nudo aún se mantiene firmemente agarrado a los dictados del más sólido buen sentido «burgués» y a un sentimiento instintivo y fuerte de la libertad, de la igualdad y de la nobleza interior del hombre. De aquí el profundo espíritu «burgués» (en el mejor e histórico sentido de la palabra) de la poe­sía de Bindo Bonichi, moralista, pero tam­bién observador agudo de las costumbres de la sociedad de su tiempo.

Mejor que en sus canciones, Bonichi acierta en los so­netos, en los cuales no faltan versos efi­caces y mordaces («io fui giá capra, ben ch’or otre sia» [«yo fui antes cabra / aun­que ahora no lo sea»], «danza nel bestial bailo asinaria» [«danza en el baile bestial de los asnos»], «un modo c’é a viver fra la gente: / cessa dai magri ed accostati ai grassi» [ «éste es un modo de’ vivir entre la gente: / lejos de los flacos y al lado de los gordos»]). Un verso justamente famo­so: «guai chi si fida in antichi guerrieri» [«¡guay, de quien confía en los antiguos guerreros!»], expresa y compendia eficaz­mente la aversión del poeta-mercader, que sigue siendo sanamente popular, contra la gente nueva ensoberbecida por las súbitas ganancias, contra los nobles viejos, y aún más contra los recientes.

D. Mattalía

De los sonetos de Bonichi brota una vena de poesía; poesía retórica que anuncia a Berni, no todavía reducida a género, pero ya vivísima en el siglo XIII. (Carducci)

Bindo Bonichi se halla entre los princi­pales rimadores de esta materia [gnómica], con sus canciones morales sobre lo que es virtud y gentileza, sobre la injusticia y los estados culpables, sobre el no desear grandes riquezas, sobre cómo el que go­bierna debe comportarse consigo mismo y con sus súbditos, sobre el deber de con­servar la libertad, etc.; y con sus sonetos, satíricos y, en sus visiones y considera­ciones, algo pesimistas.  (B. Croce)

Rimas de Burchiello

Las poesías de Domenico di Giovanni llamado Burchiello (1404-1449), compiladas con otras muchas apócrifas en Sonetti del Burchiello, del Bellinciani, e d’altri poeti fiorentini alia burchiellesca (Londres, pero en realidad Lucca, 1757), no son únicamente un objeto de curiosidad erudita ni una agradable lec­tura para quien sea aficionado a las bro­mas, sino que ofrecen interés más vasto, ya como documento de un gusto literario que no se extinguió con la época del autor; ya por lo que hay en ellas de verdaderamente poético.

Una vena de auténtica poesía exis­tía, en efecto, en aquel barbero florentino que conoció sinsabores, vicios y miserias, y cuya tienda fue un círculo de literatos, semiliteratos, despreocupados y una forja de burlas y críticas mordaces. No siempre bromeaba, sino que además sabía amar y acariciar sus imágenes, aquel hombre que bosquejaba la escena de la «questione» en­tre la poesía y la navaja de afeitar, las cuales se disputan el favor del barbero poeta, alabándose la segunda, no sin ele­gancia de elocución, de procurarle el sus­tento, o narraba la pequeña fábula de la hormiga que descubre una calavera de ca­ballo muy lisa y pulida y la tiene por «un palacio real con bellas paredes», y la re­corre admirada; pero después se ve obli­gada a abandonar aquella mansión porque no halla en ella nada que comer; o des­cribía, imitando su habla dialectal, un gru­po de campesinos reunidos para comer ha­bas y sorprendidos por la presencia del forastero; o habla de sí mismo, de las re­primendas que se gaña por parte de sus familiares cuando quiere velar junto a la lumbre componiendo versos; del estado las­timoso a que lo ha reducido la enfermedad; de las maledicencias aienas y de la máscara de indiferencia que él les opone, y no ce­sando a pesar de aquellas habladurías de «fabricar», mientras sigue su camino, «so­netti per gli amici».

Burchiello posee el vivo sentido del pormenor pintoresco y sin­gular y el arte de embellecerlo y encerrarlo en versos cincelados; y estas dotes suyas se encuentran también en muchos de aquellos ciento y pico de sonetos que cons­tituyen su «manera oscura», manera, si no inventada por él, por él cultivada con par­ticular cuidado y predilección y después de él designada con su nombre. Se ha supuesto que aquellos versos a los cuales es difícil, o mejor dicho, imposible, hallar un signi­ficado, fueron escritos en jerigonza para velar alusiones a hechos y hombres de la vida pública y privada; por el contrario, pa­rece ser cierto que, si en ellos hay alusiones y frases en jerga, en su conjunto no se pro­ponen tener un sentido determinado. Bur­chiello, enamorado de las rimas, de los rit­mos y de las palabras que le suenan en los oídos y se mezclan y recomponen en nuevos modos, renuncia a buscar un conte­nido ficticio que ofrezca un sostén o un pretexto a su complacencia en imágenes y sonidos, y ofrece a sus lectores sonidos e imágenes, solemnes nombres históricos, mi­tológicos, científicos y sabrosos vocablos plebeyos, bellas rimas y bellos ritmos sin preocuparse por su significado, pero no sin sonreír ante lo que parece trabajo y es juego. «Il freddo Scorpio con la tosca co­da / Sotto il notturno Solé umido e infermo / Rompe a Natura ogni fatato schermo / Cerchiando d’influenza ogni sua proda…» [«El frío escorpión con la ruda cola / Bajo el nocturno sol húmedo y enfermo / Rompe toda defensa por la naturaleza / Rodeando con su influencia su contorno»]: así comienza uno de estos sonetos, y el lector puede gustar esta refundición burchiellesca de los temas tradicionales dantescos y trecentistas, tan solemnemente entonada, como si el autor anunciase alguna importante verdad.

Por este camino se puede llegar a la parodia; pero, más que parodia, la suya es una actitud desenvuelta y despreocupada frente a la literatura docta, la de los gran­des trecentistas y la que repetía los temas de éstos, fatigosamente, acumulando una falsa erudición. Su mero jugueteo puede, sin embargo, elevarse hasta la poesía y, en­tremezclado con la fantasmagoría de ob­jetos y nombres inconexos, hacer saltar al­guna imagen grotesca, pero graciosa, como ésta con que el poeta contempla el velo de humedad que se extiende por un recipiente de agua fría: «Ma che rigoglio é quel d’una guastada, / Ch’avendo pieno il corpo d’acqua fresca / Vuole una sopravesta di rugiada?» [«¿Qué orgullo aquel de una ga­rrafa / que teniendo el cuerpo lleno de agua / Quiere un poco de rocío?»]. «Burchius est nihil et cantu tamen allicit omnes» [«Burchiello es nada y sin embargo a to­dos deleita»], decía un cuatrocentista, y pronto el genial barbero tuvo, en Toscana y fuera de ella, imitadores, y se fue for­mando una tradición burchiellesca, a la que no desdeñó ofrecer homenaje el propio Miguel Ángel.

Todavía Carlo Gozzi, a me­diados del siglo XVIII, desahogaba su mal­humor y su aversión por Goldoni en el almanaque burchiellesco El barco de los influjos (v.). Pero el verdadero seguidor de Burchiello es el autor del Morgante (v.), Luigi Pulci, cuyo poema se puede compren­der mejor si se atiende al gusto burchie­llesco, elemento no despreciable de la edu­cación artística del autor: baste pensar en las singulares citas dantescas y escritúrales diseminadas en su poema, el derroche de nombres propios, mitológicos e históricos, en las intencionadas deformaciones de pa­labras y en el franco juego verbal que contiene su obra. En el Morgante la tradi­ción burchiellesca se renovaba por obra de un poeta genial y se convertía en ma­teria de nueva poesía. M. Fubini

Desquiciado y sin remos. (L. B. Alberti)

Afín a la poesía popular es la burlesca, que en aquel tiempo se contiene sobre todo en Burchiello y en los burchiellescos, cuyas rimas, aunque sean por lo común meros scherzos, tal vez inteligibles para sus con­temporáneos conciudadanos y convecinos, y para nosotros ininteligibles o casi ininte­ligibles, adquieren a veces forma de có­micas pinturas. (B. Croce)

Podríamos tenerlo por un «surrealista» que se complace en analogías lejanísimas y puesto que aquel placer, si fuese manifes­tado en serio, parecería locura, no sé qué pudor le sugiere un revestimiento de co­micidad. (F. Flora)

Rimas de Boccaccio

[Rime]. Bajo este nombre genérico se comprende toda la producción poética dispersa de Giovanni Boccaccio (1313-1375).

Predominan en ella los sonetos, con unas pocas baladas, y un sirventés; además un pequeño grupo de sonetos probablemente de Boccaccio, pero acerca de cuya atribución la crítica filo­lógica no se ha pronunciado con certidum­bre absoluta. Escritas en épocas diversas, a partir, aproximadamente, de 1336, la ma­yor parte son poesías de tema amoroso re­lacionadas con hechos o recuerdos de su alegre residencia en Nápoles; después, poe­sías de ocasión, otras morales, y el galante sirventés en alabanza de las bellas muje­res italianas, que procede probablemente de un análogo sirventés dantesco, que se per­dió, y al cual se alude en la Vida nueva (v.), y del «El caross» (v. Poesías) del trovador Raimbaut de Vaqueiras. De toda la producción artística en lengua vulgar de Boccaccio, las rimas son, en conjunto, la parte artísticamente menos feliz: manifes­tación de un eclecticismo literario que re­laciona con literaria complacencia triste­zas petrarquianas, idealismos stilnovistas y galanterías trovadorescas, ajenas, las dos primeras, a las más genuinas tendencias de su temperamento.

Raramente llega Boccac­cio a una fusión armónica de estos diversos motivos, y los rasgos mejores de esta colec­ción hay que buscarlos en los sonetos en que apuntan ciertas delicadas elegancias idílicas o rasgos más festivamente galantes y sensuales, como en los dos sonetos más conocidos: «Su la poppa sedea d’una barchetta» e «Intorno ad una fonte, in un pratello», en el último de los cuales la fres­ca elegancia del idilio termina en una ex­presión francamente galante. Frente a este grupo juvenil de sonetos que se pueden llamar «napolitanos», está el de los sonetos de época más tardía, de entonación más sombría y más grave, entre los cuales ofre­cen cierto interés histórico y literario los tres sonetos violentamente polémicos diri­gidos, hacia fines de 1373 o primeros de 1374, contra un desconocido detractor que lo había acusado de prostituir la poesía revelando al vulgo los arcanos significados del poema dantesco. Es sabido que entre 1373 y 1374 Boccaccio fue público expositor de la Divina Comedia (v.) en Florencia.

D. Mattalía

En algunos de sus libros de versos y ri­mas se muestra a menudo poeta en la in­vención, pero nunca en el estilo. (Foscolo)

Fue llamado también «hombre de vidrio» por su total inconstancia de impresiones y resoluciones de que son ejemplo las Rimas, donde en vano buscamos la unidad orgánica del Canzoniere, o un plan cualquiera, en­vuelto como está el poeta por las oleadas de las impresiones de la vida real y de sus estudios y reminiscencias clásicas. Con todo, entre muchas vulgaridades hallamos un elevado sentimiento o, como él dice, «el amor de las musas que lo saca del infierno». (De Sanctis)

Puesto que en los versos de amor era im­posible hacerlo mejor que Petrarca y Dan­te, trajo de las fuentes clásicas la elegía y el idilio a las rimas toscanas. Y si des­pués esta infusión fue mejor atemperada en la corte de los Médicis… esto no debe quitar a Boccaccio el mérito de la inven­ción o de la primacía ni en una cosa ni en otra. (Carducci)

Rimas de Bécquer

Libro de poesías del poeta romántico español Gustavo Adolfo Domínguez Bastida (1836-1870), que firma­ba con el nombre de sus antepasados, los Bécquer de Flandes.

El volumen contiene 76 poesías breves, a las que se añaden unas pocas más recogidas después de su muerte, y fue publicado en 1860. Desde el punto de vista estético, Bécquer puede ser considerado como el representante del ro­manticismo español que propugnaba una poesía profunda y sincera, exenta de re­tórica y de musicalidades verbales, contra la poesía epicodescriptiva y gesticulante de Espronceda y, en cierto modo, de Zorrilla. Ante la producción del primero y del se­gundo, la obra de Bécquer resulta de pe­queño volumen y carece de grandes sono­ridades, pero está llena de perfume poético. Sus Rimas no tratan de dar una visión del mundo externo ni ofrecernos una gran ca­balgata histórica; por el contrario, estas breves composiciones están completamente orientadas hacia la interioridad del poeta, de modo que aunque sólo poseyésemos este pequeño volumen, podríamos reconstruir en gran parte la personalidad de su autor.

Su sentido de la poesía, «natural, breve, seca, que surge del alma como una chispa eléc­trica que toca al sentimiento con una pa­labra y huye», encuentra en el mundo una fuente inagotable de tesoros poéticos, a condición de transformarlos idealizando las cosas y el amor, hasta el punto de que la mujer amada, en último análisis, acaba identificándose con la poesía: «poesía eres tú». Sin embargo, esta idealización de las cosas encuentra el primer obstáculo en la misma realidad; y cuando la distancia en­tre poesía y realidad se refiere a la amada, ofrece motivo a una serie de composicio­nes en las que el amor se convierte en amargura, ya por orgullo de la amada in­capaz de comprender al poeta («Asomaba a sus ojos una lágrima», XXX; «Es cues­tión de palabras, y no obstante», XXXIII; «Tú eres el huracán y yo la alta», XLI), ya por su falta de sinceridad o por su insensibilidad («¡No me admiró tu olvido! Aunque de un día», XXXV; «¿A qué me lo dices? Lo sé: es mudable», XXXIX). En­tonces el poeta se evade por el camino del sarcasmo («Voy contra mi interés al confesarlo», XXVI) o de la desesperación («Co­mo se arranca el hierro de una herida», XLVIII).

Este dolor ante la vida sentimental es el eje de la poesía de Gustavo Adolfo Bécquer. Pero en torno a este dramático monólogo con que el poeta trata ansiosa­mente de buscar un alma gemela con la que pueda alcanzar una comprensión ab­soluta, la naturaleza sólo ofrece el espec­táculo de su melancolía. Las «olas gigan­tes», las «ruinas silenciosas», las «noches interminables» son el escenario obsesionan­te del dolor del poeta. La forma a que recurre hace aún más obsesionante su ex­presión — poesías breves, generalmente de una a diez estrofas, compuestas de versos asonantes o libres —; diríase que ha que­rido ser redactada con la mayor desnudez, para dejar intacto y visible el fondo pa­tético del alma dolida del autor. La crítica discute apasionadamente en torno a las fuentes de la poesía de Bécquer: para unos, la lírica becqueriana es derivación directa de Heine; para otros es preferentemente byroniana; se advierten también influen­cias de Musset, Larra, etc. Pero todo ello no puede disminuir la indiscutible perso­nalidad del poeta, uno de los poquísimos artistas que en España disfrutan del respe­to y la atención de los cenáculos más res­tringidos y al mismo tiempo el favor de la popularidad más amplia. E. Díaz Plaja

Y la musa de Bécquer del ensueño es es­clava / bajo un celeste palio de luz escan­dinava. (Rubén Darío)

Reconozco en Bécquer, en estado al me­nos potencial, a uno de aquellos verdade­ros poetas natos, que a cada paso sienten la inspiración que pasa rápida, invisible, con el rumor de una golondrina que surca el aire a poca distancia; pero sólo rara vez la aprovechan, ya por un sentimiento casi de pudor hacia su propia alma, cuyas inti­midades más recónditas, si cediesen a la inspiración, tendrían que revelar; ya por­que una voz secreta, que parte de un fondo más remoto que la misma inspiración, ad­vierte que ésta, al ir al encuentro de la forma sensible que la represente adecuada­mente, corre al encuentro de una decepción. (De Lollis)

Toda su poesía es luz de luna. (Hermanos Quintero)

La poesía de Bécquer parece un acordeón tocado por un ángel. (E. D’Ors)

Las Rimas de Bécquer están concebidas y escritas según normas auténticamente ro­mánticas. Bécquer y Rosalía de Castro son quizá los únicos románticos que adivinaron la esencia de la lírica moderna y tienen entre ellos cierta afinidad de temperamento. Como la poetisa gallega, Bécquer huye de todo énfasis grandilocuente y escribe en un estilo llano, aunque nunca prosaico y vul­gar. Su tono es siempre de una íntima melancolía. Su emoción es la de un alma que lleva hondamente arraigado un sueño de amor y de dicha ideal, que la hace chocar trágicamente con el mundo y la deja sangrienta y desgarrada. (M. de Montoliu)

Bécquer renueva la esencia romántica, por influjo de un lado de Heine, por otro de su propia personalidad, y crea una be­lleza más íntima, más tenue y alada que la de la lírica del romanticismo anterior, más sencilla también; perfume más que música vibrante, por donde se anuncia un mundo diverso, que más que a Darío lle­vará a Juan Ramón Jiménez y por él a la más nueva poesía en uno de sus aspec­tos… Un sentido inefablemente musical, un aroma, una niebla poética llena y envuelve los temas de las Rimas, con el encanto de la brisa, de la onda, de un florecer de rosas blancas. Alma más que palabras, poseída de un sentimiento y un anhelo, sin dominar la forma; la palabra querría poseer un medio expresivo, hecho de «suspiros y ri­sas, colores y notas». (A. Valbuena Prat) No sé si admirar más el espontáneo pro­rrumpir de la emoción que comunican o el arte extremo y la inimitable gracia con que dicha perfección pudo ser alcanzada. Nun­ca la guitarra andaluza ha cantado mejor y con más breve y sonora cuerda las penas y los sueños de amor, la amargura de los recuerdos, la soledad donde moran los muertos. Motivos sencillísimos y populares — golondrinas, flores, lágrimas — adornan estos cantos, pero unidos con tal sinceridad, delicadeza y naturalidad, que es imposible encontrar en ellos la menor vulgaridad. El genio ha marcado cada elemento de su poe­sía con un carácter de absoluta necesidad… Bécquer es uno de los poetas más auténti­cos que han existido nunca; esta certidum­bre nos deja la lectura de su obra breve y milagrosa.  (J. Cassou)