La Ciudad del Vicio, osé Valentim Fialho de Almeida

[A Cidade do vicio]. Narraciones del escritor portugués José Valentim Fialho de Almeida (1857-1911), publicadas en 1882. La obra se inicia con una «Sinfonía da abertura», escrita en prosa bien rimada, de colorido rico, y con­tinúa con «Los jovencitos» [«Os Novilhos»!, «Noche en el río» [«Noite no Rio»], «Aban­dono del Palomar» [«Abandono do Pombal»], «El hurto» [«O Roubo»], «Mater Dolorosa», «Mefistófeles y Margarita», «La camisa» [«A Camisa»], «El Mayorazgo» [«O Morgato»] y «La Virgen del Camposanto». Este último es el más bello cuento del libro y uno de los más característicos escritos por el autor. En él revela sus procedimientos técnicos, su temperamento emotivo y su exquisita sensi­bilidad. Arturo, un escultor, ama a Judit, una joven tísica; pero su amor es tan pura­mente contemplativo que ni siquiera llega a despertar sus sentidos. Judit tiene una sen­sibilidad aguda y enfermiza, fruto de taras hereditarias; Arturo, absorto en sus sueños artísticos, piensa cuán hermosa será aquella gracia esculpida en mármol, y escoge a Ju­dit como modelo; pero aún no ha terminado la estatua cuando la muchacha muere. Ar­turo está tan apesadumbrado que rompe la estatua, en la que había expresado genial­mente toda la frágil y cándida inocencia de la niña querida, es decir, todo lo estética­mente único y espiritualmente raro que ella expresaba con su pobre cuerpo. Todos estos cuentos, en los que los motivos más mórbi­dos y apasionados del Romanticismo tardío se reviven con simpatía, nos dan la medida de un escritor que sabe transferirse esti­lísticamente a un mundo soñador y vago, pero de contornos firmes y decididos; y por tanto alejado de las complicaciones de una psicología sombría e intrincada.

L. Panarese

La Ciudad del Sol o Diálogo de República en el cual se Demuestra la Idea de Reforma de la República Cristiana Conforme a la Promesa Hecha por Dios a las Santas Catalina y Brígida, Tommaso Campanella

[La cittá del Solé cioé Dialogo di Repubblica nel quale si dimostra l’idea di riforma delia Repubblica cristiana conforme alia promessa da Dio fatta alie Sante Caterina et Brígida]. Obra del filósofo italiano fray Tommaso Campanella (1568- 1639), de la Orden de Santo Domingo, es­crita en italiano en dos redacciones (1602 y 1611) y en latín por lo menos en dos re­dacciones (1613 y 1631); publicada en latín en Francfort en 1623 como Appendix políti­ca a la Realis philosophia epilogistica, con el título: Civitas Solis idea reipublicae philosophica, y en italiano en 1904.

Campanella presenta en este diálogo su teoría acerca de la mejor forma de gobierno. Introduce, pues, para que hable de los ordenamientos per­fectos vigentes en la fabulosa Ciudad del Sol (situada en la isla Trapobana, la moder­na Ceylán) un almirante genovés que acaba de dar la vuelta a la tierra; su interlocutor es un gran Maestre de la Orden de los Hospitalarios. Obligado a tomar tierra en Tra­pobana, el almirante es conducido a la Ciu­dad del Sol, erigida sobre una empinada co­lina y ceñida por siete círculos de murallas que van disminuyendo de altura, extrema­damente fortificados y casi inexpugnables, cada uno consagrado a uno de los siete pla­netas. Un admirable templo consagrado al Sol se alza en la cúspide del monte. El su­premo rector de la ciudad es un sacerdote a quien los habitantes llaman Hoh, y en nuestra lengua se llamaría Metafísico. Es asistido por otros jefes. Pon, Sin, Mor, a quienes nosotros llamaríamos Potencia, Sa­biduría y Amor. De estos tres, el primero tiene el mando de todo el cuerpo militar; el segundo la dirección de los estudios; éste, por orden admirable, ha mandado decorar las paredes con pinturas que representan to­das las ciencias para que cada cual pueda tener, prontamente, una imagen práctica de ellas, y desde niño, guiado por los maestros, comience a aprenderlas en forma de agra­dable pasatiempo; en fin, el tercer magistra­do, Mor, preside la generación y la pueri­cultura. Los habitantes solares viven una vi­da conforme a la filosofía, únicamente some­tida a los dictados de la razón, en conformi­dad con los cuales han acordado adoptar la comunidad de todos los bienes; en efecto, la propiedad, al originar el amor propio, es ruinosa para la comunidad. Aquí, en cambio, cada cual acepta alegremente sus propias misiones; no existen amos ni criados, sino que todos trabajan por la común prospe­ridad. Los dormitorios y las mesas son co­munes y todos visten de la misma manera, cambiando, según las estaciones del año, cuatro diferentes vestidos cuyas hechuras son minuciosamente descritas. Todos siguen las prescripciones de un médico a propósi­to.

Para impedir cualquier discordia están los magistrados, que, en número y nombre, corresponde a las virtudes, y son elegidos por los triunviros Pon, Sin y Mor, según su idoneidad para los diversos oficios. A la dignidad de Hoh nadie puede aspirar si no posee conocimientos vastísimos de todas las ciencias, en especial de las metafísicas y teo­lógicas; en Hoh, efectivamente, debe estar incorporada una inmensa pero orgánica sa­biduría; para esto es menester que posea mucho talento, el cual, en su múltiple capa­cidad, resulte apto también para el dominio político. Para obtener el mejoramiento, no sólo moral sino también físico de la raza, los habitantes solares cuidan la generación; las mujeres no pueden engendrar antes de los diecinueve años, ni los hombres antes de los veinte. Los funcionarios tienen el encargo de combinar las parejas de manera que den el mejor resultado. El acto de la generación adquiere el carácter de un ver­dadero rito religioso al cual los escogidos se preparan con oraciones y abstinencias. La mujer que resulta estéril se convierte en absolutamente común y está privada de to­dos los honores reservados a las matronas. Los niños, terminada la lactancia, pasan a la custodia de los maestros, que comienzan su instrucción, sin distinción de sexo; en efecto, hombres y mujeres son igualmente adiestrados en las armas e instruidos en to­das las artes, aunque a las mujeres se re­serva su parte menos fatigosa. Gracias al comienzo precoz de la instrucción y a su gran habilidad estratégica los habitantes solares salen siempre vencedores de sus gue­rras, que emprenden a favor de los pueblos oprimidos o contra tiranos agresores; y los triunfos que celebran la victoria obtenida superan en magnificencia a los de los an­tiguos romanos. Junto con el de la guerra, son considerados artes nobilísimos la agri­cultura y el pastoreo; en cambio, el trá­fico mercantil y las escasas operaciones co­merciales se cumplen en forma de trueque; el dinero es empleado solamente por los le­gados para procurarse la subsistencia en los viajes que hacen a países extranjeros para estudiar sus usos y costumbres.

Es preciado también el arte náutico; es más, los habi­tantes solares poseen naves que viajan sin velas y sin remos mediante una admirable combinación de rodajes. Tienen también máquinas para volar. Dado su higiénico te­nor de vida, los ciudadanos de Trapobana son casi todos de larga edad. En cuanto al régimen político, todos los mayores de vein­te años toman parte en las asambleas en las que cada cual puede exponer sus objeciones a ciertos ordenamientos. Las leyes son bre­ves y claras. Para castigar los delitos se toma en cuenta la ley del Talión. No se ins­truyen largos procesos, ni existen cárceles, como no sean para prisioneros de guerra. No hay verdugos, sino que es el pueblo el que ajusticia a los condenados a muerte. Los magistrados, «investidos de autoridad sacerdotal, asumen también el ministerio de la religión; reciben las confesiones de los ciudadanos, viniendo de este modo a cono­cer los vicios más frecuentes, los cuales pro­curan evitar. El ministerio de los poetas es aceptado, con tal de que en sus creaciones no mezclen la mentira. La religión de los habitantes solares es una especie de cristia­nismo natural; honran al universo en cuanto lo consideran imagen viviente de Dios. Creen en la inmortalidad del alma, pero no tienen absoluta certeza en cuanto a los lugares de premio o de condena, ni de si la dura­ción de la pena será o no eterna. Reputan principios metafísicos el Ente, que es Dios, y la Nada, que es la negatividad, de la que son sacadas físicamente las cosas; y piensan que de la tendencia al no ser nacen el pe­cado y el desorden del mundo.

Adoran en Dios la trinidad de Potencia, Sabiduría y Amor. Admiten la influencia de los astros como de fuerzas nefastas capaces de obrar en los sentidos, turbando la razón. Con una larga exposición astrológica, el almirante termina su relato. Campanella hace seguir inmediatamente al diálogo las Cuestiones sobre la mejor república, en las que resume y debate todas las posibles objeciones a su doctrina política. Hay en esta obra algo que la diferencia de las abstractas utopías es­trictamente intelectuales: es la realización ideal de un anhelo y de una pasión ardientísimas; no se puede olvidar que Campane­lla, antes que en la Ciudad del Sol, había querido implantar, en su tierra de Calabria, su propia idea, por medio de una revolución, rebelándose contra el dominio de España. Fracasada su empresa, el heroico religioso había sido encarcelado y, en las dilaciones de la sentencia, su fe y* su pasión le dicta­ron esta obra imaginativa y llena^ de vida, pues justamente el contrastar el trágico pre­sente y la realidad opresora le sugirió el resalte y el deslumbramiento de una alu­cinación. El mismo Campanella cita, entre los ejemplos de su Ciudad, la Utopía (v.), de Moro, y la República (v.), de Platón; y es singular la coincidencia del carácter heroico entre los tres autores; porque Moro murió en el patíbulo por su fe y Platón fue vendido como esclavo. Por otra parte, todo paralelo entre las tres obras debe ser muy circunspecto. En 1605, con la Monarchia Messiae, Campanella, renunciando a su ideal, pero tal vez con dudosa sinceri­dad, creerá identificar su teocracia solar con la positiva teocracia papal. La mejor edi­ción es la de los textos italiano y latino al cuidado de Norberto Bobbio (Turín, 1941).

G. Alliney

Campanella no advierte que es más Maquiavelo que Maquiavelo. De Sanctis)

Ciudad del Rey de Amor, Jacme March

[Ciutat del Rey d’Amor]. Obra del poeta catalán Jacme March (1335-1410), escrita en noves rimades hexasilábicas (al modo provenzal), falta de principio. Se componía en 31 de agosto del año 1370, fecha de una carta que forma parte del poema (vv. 231-274). Nos ha lle­gado en la copia del pequeño cancionero de la biblioteca de Estanislau Aguiló, en Palma de Mallorca (siglo XV), y ha sido publicada entera por primera vez por A. Pagés en la revista francesa «Romanía», nú­mero 54, 1928. Lo conservado de esta obrita consta de 366 versos. Su argumento es muy sencillo. Una embajada al rey del Amor le pide una disposición que proteja a los finos amantes y castigue a los otros. El rey se aconseja con Secret, Lealtat y Conexenca, y acuerda edificar una nueva ciudad, en don­de sólo podrán residir los leales amadores. El rey hereda en esta ciudad al poeta y le entrega una carta fechada en la Joyosa Guarda, invitando a los leales amantes a ir a poblar la nueva ciudad. La alegoría de la Ciutat del Rey d’Amor es del mismo género que la de la primera parte del Román de la Rose (v.) de Guillaume de Lorris. Aquí el Dios de Amor reina en un bello vergel so­bre los fieles amantes, quienes viven así se­parados de los vulgares amadores. La obrita de Jacme March se inspira por completo en los principios del amor cortés y se debe totalmente a ellos. Otras influencias son más superficiales o más episódicas. La más vi­sible es el nombre de la Joyosa Guarda, don­de el rey firma sus cartas. Idéntico nombre llevó el castillo de la Dolorosa Guarda, des­pués que fue conquistado por Lanzarote, en el que éste vivió felizmente con la reina Gi­nebra, hasta que el rey Artús le sitió en él.

P. Bohigas

La Ciudad de las Aguas, Henri de Régnier

[La Cité des Eaux]. Recopilación de poesías de Henri de Régnier (1864-1936), publicada en París en 1907. La parte más original, que da el título al volumen, está dedicada a la mag­nificencia de Versalles y a los recuerdos his­tóricos del Palacio. El poeta, con la nos­talgia de un mundo para siempre en el ocaso, se dirige a las fuentes, a las estatuas, a los árboles del parque, para revivir la dulzura del aura del siglo XVIII, que todavía se refleja en ellos. Versalles ya no tiene sobre la corona de los reyes los lises que la ador­naban antaño, y la ninfa que hablaba por boca suya ha callado definitivamente. Pero en la admiración de los descendientes, an­gustiados por una triste realidad contempo­ránea después de la ruina del antiguo régi­men y la aurora sangrienta del nuevo, la espléndida ciudad de las fiestas, de los bai­les y de los paseos solitarios vuelve a soñar el momento de su inolvidable felicidad («Salut á Versailles»). Así, en varios sonetos dedicados a partes del palacio — la fachada, la escalera — o a las fuentes y a las esta­tuas, el poeta cincela con refinada finura los esplendores de aquel mundo, y el deli­cado suspiro de una edad lejana se refleja en la contemplación de lo moderno que quiere hacer suya una lección de belleza: único retazo de una cruel Historia. Otros ciclos de poemas («Le sang de Marsyas» y «Ode et poésies», en particular) acentúan la habilidad estilística de De Régnier, poeta finísimo en los particulares momentos des­criptivos, tanto como carente de verdadera armonía de creador. Son especialmente no­tables aquellos por los que desfilan ninfas y sátiros mostrando el ferviente y mesurado clasicismo al que ha llegado el poeta ya simbolista. Bastante interesante, incluso en comparación con otros poetas y, en par­ticular, con el d’Annunzio de Alción (v.), es «Le centaure blessé», que pertenece a otro grupo de poesías, las «Inscriptions lúes au soir tombant». Testimonian un tenaz amor a un país a menudo visitado, por sus bellezas de arte y sus recuerdos históricos (v. también El pasado vivo), los «Quatre poémes d’Italie», en los que se cantan en especial los esplendores de Roma, Verona y Venecia.

C. Cordié

La Ciudad de la Noche Terrible, James Thomson

[The City of Dreadful Night]. Poemita de James Thomson (1834-1882), publicado entre marzo y mayo de 1874 en el «National Reformer» y en 1880 en un volumen con otras poesías. Thomson describe en él una sim­bólica ciudad de las tinieblas, que no cono­ce la luz porque al aparecer el sol se disuel­ve como los sueños, si bien continúa pre­sente en el pensamiento y en el corazón de los que no conocen la luz de la esperanza. La ciudad tiene un templo, en el que se predica la religión de la nada; está atra­vesada por el río del suicidio. Por sus ca­lles oscuras circulan como fantasmas sus habitantes, la mayor parte hombres madu­ros, raramente jóvenes, pocas mujeres y sólo algunos niños; antes de penetrar en ella, han abandonado toda esperanza en la vida y el único alivio, para su desesperación, consiste en la seguridad de morir. Son pa­tentes en Thomson las influencias de la lite­ratura italiana (conoció y tradujo al in­glés obras de Leopardi); pero también lo son las reminiscencias dantescas, que pue­den reconocerse en la ciudad terrible y en la desesperación de sus habitantes, reminis­cencias reabsorbidas por la sensibilidad mo­derna del poeta, para el que la escena vie­ne a ser una especie de imagen de la con­ciencia y del mundo interno de los hombres, configurado como una ciudad, con su curso de agua, símbolo de la muerte y la eterni­dad, y con sus turbios laberintos.

Es ésta, sin duda, la mejor obra de Thomson. El do­lor de vivir, la romántica fascinación de la desesperación, que puede decirse que son el tema central de casi toda su obra poéti­ca, se acentúan y profundizan en tono más decisivo en La ciudad de la noche terrible, en la que la desesperación se acepta como la constatación del fin de aquellos valores espirituales y religiosos que han hecho posi­ble la vida de los hombres. En el poemita debe verse indudablemente el resultado de una insatisfacción que hacía germinar en la conciencia colectiva el optimismo dema­siado fácil y superficial de la época victoriana, época que había sustituido los valores trascendentales del espíritu por la moral utilitaria; pero también debe reconocerse en la aparición prematura del poemita res­pecto a la reacción antivictoriana, y en su carácter particularmente intenso, el signo de la situación personal del poeta, que fue conducido a su desconsolada concepción de la vida, por causas individuales que hirie­ron y amargaron su juventud. Es posible ver también en Thomson, producida por la acción de teorías anárquicas absorbidas en Londres, una posición extrema del indivi­dualismo, que, abolido todo otro valor, termina por devorarse a sí mismo. La oscura atmósfera y el profundo pesimismo hicieron que el público no acogiera la obra favora­blemente; pero por la intensidad del senti­miento, por la concentrada fantasía y por la musicalidad del verso, que, casi por con­traste, acrece la desolación del tono, queda la obra como una de las manifestaciones más intensas de la poesía inglesa del si­glo XIX. El mismo título lleva también un cuento de Rudyard Kipling.

S. Rosati