Stendhal, comentado por Hermann Hesse

Como predijo el escritor francés Stendhal (Henry Beyle) hace casi cien años, sus obras han vivido en nuestro tiempo una resurrección. La resurrección de Stendhal del olvido está unida, al menos en el área de la lengua alemana, al nombre de Nietzsche que vio en Stendhal un precursor congenial. Nietzsche amaba y apreciaba en este escritor sobre todo la actitud románica, la concisa frialdad de la forma, la actitud dominante y orgullosa, su empeño en evitar el sentimentalismo. Tenía con Stendhal una relación parecida a la que éste tenía con el Renacimiento italiano, una relación de amor intenso muy sobrev al orador, nutrido de un profundo rechazo de todas las manifestaciones del propio país y del propio tiempo. Del mismo modo que en su susceptibilidad y soledad Nietzsche se convirtió en anticristiano y antialemán, Stendhal, el hipersensible, se convirtió por antipatía a la Francia de su tiempo, especialmente lapostnapoleónica, en un detractor de los franceses. Ambos tienen en común sobre todo la nostalgia ardiente de lo heroico, nacida en parte del resentimiento.

Stendhal escribió mucho sobre sí mismo; existen voluminosas confesiones suyas; como Nietzsche, sintió que su distinta manera de ser era tanto una distinción como una tragedia y se esforzó en dejar en cien formas una justificación de su manera de ser y de pensar a la posteridad.

Con razón sus dos grandes novelas «El rojo y el negro» y «La Cartuja de Parma» son sus dos obras más conocidas y queridas. Únicamente uno solo de sus otros libros, «Sobre el amor» ha encontrado en el más estrecho círculo de los stendhalianos lectores que lo prefieren incluso a aquellas obras. Estas se pueden colocar bajo un término genérico, son los tres libros en los que Stendhal define un ideal del amor. Y el relato del amor de Sorel por Mme. de Renal en «El rojo y el negro» y el de Fabricio y Clelia en la «Cartuja» son, de hecho, dos de las historias de amor más bellas, entrañables y conmovedoras de la historia universal, Stendhal el romántico secreto, el sensible desconfiado, al que le gustaba ocultarse detrás de la ironía y la fría razón, no tiene en su vida otra fe que la fe en el amor, en la posibilidad de una pasión heroica, sin límites entre el hombre y la mujer. Del mismo modo que buscaba ardientemente esta pasión en su vida, la buscaba en las obras literarias de todos los tiempos, sobre todo en los documentos del Renacimiento italiano, y esta pasión ideal, este amor que devoraba todo lo demás, capaz de cualquier sacrificio, feliz en cualquier sacrificio, lo representó dos veces en aquellas dos grandes novelas con fuego y con una pureza maravillosa. Estas dos historias de amor constituyen la cumbre de su arte y su sentimiento. Una tercera historia semejante estaba preparada e iniciada maravillosamente en «Lucien Leuwen», pero se quedó en fragmento.

En cambio «Lucien Leuwen» se convirtió en una novela políticia de la Francia de después de la revolución de julio, a cuyos numerosos paralelismos con la situación actual de Alemania alude uno de los editores, y con razón. Sin embargo, al poeta Stendhal le falta frente a la política lo que hace tan ardientes, a pesar de su lenguaje frío, sus narraciones puramente sicológicas: la fe. En la Francia política y social de su tiempo Stendhal sólo veía decadencia y descomposición, el pensamiento de la revolución, la soberanía del pueblo nunca cobraron vida para él. Por eso «Leuwen» se estanca en una descripción del tiempo, pesimista aunque muy ingeniosa.

Característica de Stendhal, este solitario desconfiado y desdeñoso, es también su relación con Napoleón al que dedicó un libro maravilloso. Descubrió su entusiasmo por Napoleón después de su caída y no lo reconoció públicamente hasta mucho después de su desaparición. Veía en él, en cuanto se retiró del escenario mundial, una encarnación de su ideal secreto, ardiente, veía en él lo que le faltaba tan dolorosamente a su tiempo y al mundo que le rodeaba: la posibilidad del heroísmo.

Por encima de los valores permanentes, clásicos de aquellas dos novelas, la obra de Stendhal contiene para el lector sicológicamente despierto una infinita cantidad de elementos sorprendentes y deliciosos. Estas obras escritas bajo numerosos seudónimos están llenas de confesiones secretas, de auto justificaciones; son un microcosmo sumamente orgánico, rigurosamente equilibrado, en cuyo centro se encuentra el alma de Stendhal, alma sumamente sensible, sumamente voluble, temerosa, desconfiada, secretamente orgullosa de un incomprendido y neurótico que constantemente tenía que defenderse del mundo y de sí mismo, para que su distinta manera de ser, su singularidad no fuesen tomadas simplemente como enfermedad y extravagancia. Quizá nunca un solitario genial haya tejido el mito de su alma con tantos hilos y tantas claves como Stendhal, en esto recuerda a menudo a Nietzsche y también a otro solitario que por lo demás es su antípoda: Kierkegaard.

La vida tiene siempre razón. La historia deja aparentemente desaparecer sin pena ni gloria miles de valores, pero también arrebata siempre lo valioso al olvido. Así el olvidado Stendhal es hoy uno de los grandes autores europeos y conoce gran cantidad de reediciones, traducciones y biografías. Una parte de su obra será inmortal.

POESÍA DESDE LA ENTRAÑA

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Cysko Muñoz
El tiempo ya no importa
La Garúa, Santa Coloma de Gramanet, 2014, 90 pp.

por Anna Rossell

Dividido en tres partes, Cronología de un comienzo, Historias del miedo y otras causas y Cronología de una despedida, este poemario de Cysko Muñoz (Barcelona, 1976) es la crónica de la lucha contra el tiempo, un pulso entre la voz poética y la vida.

La dedicatoria que abre el libro, A mi padre//por hacer tanto/con tan poco, nos orienta en cuanto al referente: la figura del padre que despierta en su hijo admiración y respeto inmensos por su perseverancia y valentía ante los embates de la existencia. Como él, la voz poética se enfrenta a su propio combate en su trayectoria vital. De este combate, de las victorias y las derrotas, y de la pelea constante –sobre todo de ésta última- nos habla el poemario.

El sujeto poético se presenta a sí mismo como inconformista con el mundo que conoce y, a modo de declaración programática, manifiesta su firme intención de cambiarlo. Ya en el primer poema, que encabeza el título Cronología de un comienzo, como si de su propio nacimiento se tratara, afirma: Hace tiempo ya que escribo/para desordenarles el nombre/a las cosas (El desorden). La primera parte se inicia con lo que parece ser un estudio topográfico de los obstáculos con que la voz poética intuye que pueda tropezarse el ser humano en su periplo, la localización de las trabas que pudieran impedirle vivir con dignidad. Así, en una exhortación universal, se rebela contra la apatía y el conformismo: No deberíamos permitir/que lo único que nos pase//sea el tiempo.// […] Deberíamos gritar.// Y reventar a patadas/los sillones (Refugios). Pero inmediatamente el poemario toma un giro personal que en cada verso deja entrever el desencanto, el malestar, el dolor y la angustia del sujeto poético, el desengaño ante la constatación de que lo más precioso es efímero y sucumbe a las embestidas del tiempo: […]/porque ya no sé en qué/esquina está el frigorífico/ni dónde olvidé los recuerdos/ni cómo sonaba el eco/de los abrazos (A cuestas), o bien: Hoy he nacido el día/pensando que todo se rompe./Todo lo que dejamos en un estante,/encajonado.//El tiempo lo quiebra//[…]//[…] las promesas,//los cuidados.//, sin embargo intuye una posibilidad de salvación, pues prosigue: Si no se mueve, se rompe (Pedazos). Con todo, el dolor del alma atormentada que se desnuda en los poemas -Mi dolor, como/ropa tendida/en una calle […] para que todos lo vean/para que entiendan/que hace frío […] (Tendiendo cometas)- manifiesta una tenue esperanza, la llama que con insistencia se nos exhorta a mantener viva, la advertencia de que el mayor enemigo de la armonía, de lo más entrañable, es el inmovilismo, el abandono, la desidia: Deberá llegar la paz/un día,/desabrochar los botones/y respirar hondo […]//detener/la prisa y la angustia,/asfaltar de calma las calles/inundar los pulmones de aire//y para que no se quede/varada el alma//andar (Deberá llegar). Hay en los poemas de Cysko Muñoz una incitación a vivir con determinación, la advertencia de que poner cortapisas a los influjos externos por temor, para autopreservarse, es no vivir, de que la vida es riesgo y está reñida con Mi plan para ordenar/el mundo (Mi absurdo plan): […]/juégate al 7 negro/las tiritas de una vida/pierde el miedo a perder/y con la carne en carne viva//dobla la apuesta//rompe el tablero//o siéntate a mirar/como/te pasan los días por delante// y como llegas tarde/a tu propia vida (Al 7 negro). O bien: […]//Que a la ilusión/le gusta andar descalza/y bailar desnuda/hasta convencernos/de que nos tenemos que volver a enarbolar.//Que es en nuestro pecho/ donde se ocultan las raíces/del arco iris/y que el sol brilla más fuerte/para quien deja sus puertas//de par en par (Ojos de ballena). El miedo a la muerte espiritual por mano propia es recurrente: […]//He gritado sobre una silla/y no me ha escuchado nadie que/yo también me dejé morir.//He gritado que necesito//hoy//saciar esta sed de mí/que tengo. […] (En los espejos). O bien: […]//me repite que no se puede aprender/a ser original/que deje de inventarme escondites/si quiero ser de verdad/[…]//Me persigue el muerto (El muerto)

El sujeto poético expresa un anhelo vehemente de autenticidad, una búsqueda del yo, que se encuentra como conclusión a partir de la autocrítica. En un diálogo de la voz poética consigo misma se descubre el aprendizaje de que la clave de la seguridad está en la propia persona: Andas a la deriva/buscando una pupila/ que acierte en ti.//Y aprenderás/más tarde de lo que quisieras//que sólo tú//eres tierra firme (Sólo en ti). La misma idea se manifiesta en el plano literario, claramente extrapolable: Me paso el día buscando versos/y las palabras se ríen de mí/[…]//y me descubro/espiando a otros poetas,[…]//Y entonces me doy cuenta de/que yo no puedo escribir/como ellos.//Que yo no puedo escribir/como nadie./Que yo sólo sé escribir/si soy yo/quien se asoma y se incendia/en el/borde/del poema (Poética etílica). El poemario es testimonio de la escritura como herramienta para la autoobservación, la autocensura y el autoconocimiento: […]//Los días como hoy//tan raros//me quitan el hambre//debo masticar muy bien/para no atragantarme//con mi parte de culpa (Mirándome).

Si bien el sujeto poético dirige la mirada en primera línea hacia sí mismo, en algunos momentos también observa el mundo para reprobarlo. Así cuando se lamenta por las deshumanizadoras consecuencias de la aceleración en lo cotidiano o por la desespiritualización a la que aboca el consumismo: Dónde queda el alma/si esta vorágine no/tiene ya costas. […]//Dónde queda el verbo,[…]/si mutilamos un te quiero/en teléfonos frenéticos […]//Dónde queda el latido,/si se busca en las bolsas/de los centros comerciales/o en las prisas de los/pasos de peatones […] (Tiempos extraños). O como cuando caracteriza la escuela como el lugar donde le programan a uno para la muerte en vida: Vivir en esta jaula de peces vestidos con traje gris […]/Entregar el aliento de tu vida, cuarenta horas a la semana (La escuela) y se subleva con distancia irónica contra los lemas que supuestamente han de garantizarnos el éxito: Protege bien/tus intereses/todos los que te rodean/se quieren aprovechar de ti […]//-no te muestres, no te exhibas-//[…] (Divide y vencerás)

A modo de homenaje a quien es su referente en la vida, Muñoz cierra el libro con una serie de poemas en recuerdo de su padre que no se rindió nunca (Profecía) y al que ve desvencijado por la vejez y la enfermedad: […] Los dientes sin tenaza//desarmados.//Los ojos derramándose/en el vértice del sueño[…] (Sala de espera); Conozco la sombra/negra y espesa/que han dejado en sus ojos/los narcóticos (Los grillos), pero ni en los peores momentos vencido, jamás vencido: […]/Derrame cerebral/Ni el cáncer de huesos/ni su puta madre//le iban/a decir a él/lo que tenía que hacer (Ni una derrota). Y concluye, en agradecimiento a su legado: […]//Las manos de mi padre/nacieron ya viejas/cultivadas entre/fanegas de injusticia/y de miseria/pero siempre supieron/plantarle cara a las lágrimas/con un golpe en la mesa//[…]//Las manos de mi padre están en mí (Las manos de mi padre).

Cysko Muñoz es una de las voces emergentes en los últimos años en el Slam Poetry de Barcelona (España). Dirige el Slam poético Periferic Slam Poetry Sant Boi y actualmente conduce, además, junto con Marc García, el Slam Poetry de El Prat del Llobregat, “una competición poética, un combate de boxeo a golpe de versos”, que se organiza periódicamente en el Baix Llobregat, en la que los/las participantes se miden ante un público-jurado, que selecciona a los/las mejores. Este tipo de poesía, larga (tres minutos) y rebelde, que se recita de memoria y tiene un elevado componente teatral, forma parte ya de los escenarios poéticos urbanos en todo el mundo y gana cada vez más adeptos entre un público de todas las edades.

© Anna Rossell

No soy Stiller, de Max Frisch, comentado por Hermann Hesse

No soy Stiller, de Max Frisch

No soy Stiller, de Max Frisch

Diré de entrada que mis palabras sobre este libro no pueden ni quieren ser un análisis, una crítica. Eso deben hacerlo otros, lo han hecho ya quizás, pues no se puede pasar de largo ante una obra como ésta. Obtendrá crítica elogiosa y negativa, amistosa y hostil.

Yo, que vengo de otra generación y de otro mundo, me siento un poco extraño ante los problemas de esta notable novela. Muchas de las cosas que son importantes para Stiller que nos cuenta su vida, no lo son para mí, tengo incluso que decir que me parece un error de esta historia prolija el que se presente como una especie de novela del problema matrimonial moderno. Los dos matrimonios de los que trata la historia, uno fracasado y uno curado felizmente después de una larga enfermedad, me parecen lo menos interesante de ella.

El libro trata de cuatro personas, dos matrimonios, pero sólo una de las cuatro, el personaje de Stiller, me ha interesado real y seriamente. Las otras tres son personajes de novela bien dibujados que olvidaremos probablemente pronto con cien otros. A Stiller, en cambio, la figura principal, no lo olvidaremos, no es una figura de novela, sino un individuo, un carácter vivido y convincente en cada rasgo: escultor poco importante, pero plena y puramente sensible a todo lo artístico, esposo incapaz, pero casado con una mujer frígida, repatriado, amargado después de largos años en el extranjero y afortunadamente un narrador y fabulador de gran talento. Pero no sólo su arte descriptivo y narrativo ingenioso y lúdico es lo que hace que el extraño y solitario Stiller nos resulte importante, sino que sentimos sus apuros y su problemática casi mortal como algo supraindividual, típico, representativo para muchos. El hecho de que no exponga su profundo malestar según un esquema existencialista sino de una manera completamente individual, le da ese mayor valor por encima de lo literario. Este Stiller que de vez en cuando resulta irritante es, detrás de sus máscaras y artes de fabulador, un hombre muy entrañable al que deseamos que encuentre comprensión y amor también en su propia generación y su propio entorno.

El sobre Negro (Norman Manea). Una bofetada invisible

El sobre negro, de Norman Manea

El sobre negro, de Norman Manea

A veces se pone uno a leer cosas raras, y de entre todas las cosas raras que han caído en mis manos en los últimos meses, probablemente nada lo asea tanto como este sobre negro, del rumano Norman Manea.

Pero qué le vamos a hacer: si te aficionas a la literatura centroeuropea hay que visitar a los rumanos, que tan buenos ratos me han hecho pasar, así que me puse manos a la obra por segunda vez, después de abandonar el libro la primera porque no entendía de qué demonios estaba hablando.

¿Culpa del autor? Un poco, pero sobre todo culpa mía.

El sobre negro es una historia delirante escrita a modo de delirio precisamente para transmitir la clase de vida que llevaban los ciudadanos bajo Ceaucescu, sin saber con quién podían hablar, quién era un informador del Gobierno, quién les había denunciado en el pasado, cual sería su futuro inmediato y quién les denunciaría en el futuro.

El protagonista, el profesor Tolea, ha sido apartado de la enseñanza y convertido en recepcionista de hotel después de una denuncia política y la posterior intervención a su favor de un psiquiatra, que acaba convenciendo a las autoridades de que Tolea no es un disidente, sino que está un poco loco.

Tolea trata de aprovechar este nuevo trabajo para reordenar su vida y saber qué ocurrió en su familia, cuando su padre, tras la guerra, dejó su cátedra de filosofía para convertirse en tratante de vinos y qué3 sucedió finalmente para que su padre aparteciese muerto una noche en extrañas circunstancias.

Es una historia familiar, un recorrido por lo que un niño no entendió y tampoco es capaz de entender ahora. Es un periplo por los miedos, los secretos familiares que aún guarda el hermano que emigró a Argentina, los vecinos que quizás lo sepan todo o quizás sean los denunciantes del padre o los suyos propios.

Es ante todo, una descripción de eso que los ciudadanos de los países comunistas llaman todavía la bofetada invisible, ese bofetón que todo el mundo llevaba en la cara humillándoles día a día, paso a paso, renovando el temor a que llegase de cualquier parte una nueva bofetada, sin motivo, sin razón, y sin posibilidad de pedir explicaciones.

Muchas partes de la novela tienen ambiente de manicomio o patio carcelario. ¿Pero qué otra cosa es un país donde nadie sabe si su vecino le denunciará o no y nadie puede escapar más allá de las fronteras?

Una novela realmente inquietante…