Franz Grillparzer

Nació en Viena el 15 de enero de 1791, murió en la misma capital el 21 de enero de 1872. Es quizá el más notable poeta austríaco. Su padre, abogado, de origen campesino, fanático de la verdad, receloso de la poesía, murió arruinado a consecuencia de los desastres producidos por las guerras napoleónicas cuando su primo­génito no había terminado aún los estudios jurídicos; su madre, fanática por la música como todos los Sonnleithner, de salud mal­trecha y de temperamento muy excitable, acabó suicidándose: herencia depresiva que gravó el espíritu del hijo.

Una inestabilidad tormentosa, una profunda falta de armonía han quedado atestiguadas en innumerables notas de los diarios en que G. se obser­vaba y se estudiaba con implacable since­ridad: su único refugio era la poesía. Pero no podía cultivarla serenamente; la nece­sidad le obligó a buscar un empleo buro­crático, en el Ministerio de Hacienda pri­mero. Así entró en una carrera que fue mo­desta y en la que llegó al grado de director de archivo y que fue fuente de amarguras y de humillaciones que exacerbaron su hi­pocondría. La censura y el régimen policíaco constituyeron también causas de repetidos obstáculos. A medida que una crítica poco inteligente se le iba mostrando cada vez más adversa, iba él retrayéndose del teatro, de modo que cuando un clamoroso fracaso le hizo volver las espaldas a la escena frisaba los cincuenta años y vivía en Viena casi olvidado. Poeta dramático esencialmente, había comenzado con una tragedia, Blanca de Castilla [Blanka von Kastilien], inspirada en el Don Carlos (v.).

Sin embargo, G. no fue un imitador de Schiller o de Goethe: en sus tragedias no vence la libertad sobre la necesidad, sino ésta sobre aquélla, clara señal ya de la dirección realista de su arte. Su primer drama representado, La abuela (v.), de 1817, pertenece, sin embargo, a otro género, él fatalista, entonces muy popular pero desacreditado en los medios literarios. Por ello quiso G. darse a conocer inmediata­mente, en 1818, con un tema y un estilo clásicos (v. Safo), que tuvo un franco éxito. La trilogía El vellocino de oro (v.), de 1820, fue desafortunada; con Medea (v.), en cam­bio, dio la medida de su capacidad para la tragedia. Con el drama siguiente, Vida y muerte del rey Ottokar (v.), evocaba, a la luz de la reciente experiencia napoleónica, el destino del rey de Bohemia, el egoísta conquistador derrotado por el campeón de la justicia Rodolfo de Habsburgo.

Y de un episodio de la historia húngara trataba Un fiel servidor de su señor (v.), de 1828, en tanto que Las olas del mar y del amor (v.), de 1831, extraían de la leyenda de Hero y Leandro un bello canto de amor y de muerte. Todo el teatro de G. ofrece no pocas analogías con la escena popular vienesa de tradición barroca: particularmente evidente aparece esto en El sueño es vida (v.), que vuelve del revés la fórmula calderoniana con el fin de llevar a un maniático de gloria a una prudente resignación, máximo tema del Biedermeier austríaco. La única comedia de G., ¡Ay del mentiroso!, de 1838 (v.), una de las pocas realmente originales del teatro alemán, chocó con la incomprensión del público y de la crítica y provocó el retiro del autor del palenque dramático.

En su silencio, sin embargo, preparó otros tres dramas, uno de historia de España, La judía de Toledo (v.), en el que sigue las huellas de su dilecto Lope de Vega, incansablemente estudiado; el segundo, de historia austríaca, Una discordia fraterna en la casa de Habs­burgo (v.), en el que el débil Matías logra la victoria sobre la prudencia de Rodolfo II con el resultado de desencadenar la guerra de los Treinta Años; y, en fin, Libussa (v.), la mítica reina de Bohemia fundadora de Praga, que desarrolla el credo histórico – político de G., ya asentado en Una discordia.

Incompleto quedó un drama bíblico, Esther (v.), y apenas si se conserva una escena de un Aníbal y Scipión. Un libreto, Melusina, que debía haber sido musicado por Beethoven, lo fue en cambio por K. Kreutzer. A la altura de sus dramas están sus dos relatos El convento de Sendomir (v.) y El pobre músico (v.), este último exquisitamente re­presentativo del mundo y del arte de G. Su producción lírica es interesante, sobre todo, por el conocimiento del hombre que revela; por último, en los numerosos epigramas expresa los sarcasmos y el ansia con que seguía la decadencia de su amada patria.

L. Vincenti

Dimitri Vasilevich Grigorovich

Nació el 19 de marzo de 1822 en Simbirsk, murió el 22 de diciembre de 1899 en Petersburgo. Ocupa un puesto entre los escritores rusos de me­diados del siglo XIX que prepararon con sus obras la liberación de los siervos de la gleba: en efecto, los dos relatos de G., La aldea (v.) y Antón Goremyka (v.) contri­buyeron a crear aquella simpatía por el mújik que fue expresada más tarde en su más elevado sentido artístico en las Memo­rias de un cazador (v.) de Turguenev.

Sin este significado, las dos narraciones no ocu­parían quizá en la historia de la literatura rusa el puesto que en ella conquistaron gra­cias a la gran impresión que produjeron en un público, ávido entonces de obras «huma­nitarias», llamémoslas así. Pero aun des­contando las circunstancias sociales que fa­vorecieron su éxito, G. es un buen narrador costumbrista con sus relatos de la vida cam­pesina Las cuatro estaciones, La madre y la hija y las dos novelas Los pescadores y los emigrantes. G. descubrió antes que na­die a Dostoievski, dado a conocer por él a Nekrasov y a Belinski, los cuales recono­cieron en Pobre gente (v.) al gran escritor, y más tarde estimuló a Chejov en el ca­mino de la literatura.

E. Lo Gatto

Nicéforo Grigoras

Humanista bizanti­no. Nació en Heraclea (Ponto) en 1295, murió en 1360- Protegido por Andrónico II, fue maestro en Constantinopla. Sostuvo con suerte varia la lucha contra los hesicastas, hasta que bajo Juan Cantacuceno fue con­denado por el sínodo de 1351; a partir de entonces vivió en su monasterio de Chora. Escribió una Historia bizantina (v.) que comprende desde la conquista latina (1204) hasta el año 1359, en 37 libros; un Episto­lario (v.) integrado por unas 160 cartas, opúsculos gramaticales, diálogos filosóficos, tratados polémicos, vidas de santos, poesías, comentarios científicos, etc.

Edward Hagerup Grieg

Nació el 15 de ju­nio de 1843 en Bergen, Noruega; murió en la misma ciudad el 4 de septiembre de 1907. Aprendió de su madre las primeras nocio­nes musicales. Desde 1858 a 1862 estudió en el Conservatorio de Leipzig bajo la direc­ción de los insignes maestros Richter, Reinecke y Moscheles. Pero la cultura musical alemana no ejerció sobre su formación la influencia importante y ciertamente decisiva que le reportó la amistad con el compositor danés Niels Wilhelm Gade, a quien conoció en Copenhague en 1863, y con R. Nordraak, que fue el primero en darle a conocer la música popular nórdica.

Grieg solía decir que su vida se desenvolvía entre tres círculos concéntricos: la ciudad natal, Noruega y el mundo. Pero, en verdad, su mundo es No­ruega, o quizá algo aún más limitado que Noruega. El amor a las tradiciones étnicas y a las modalidades del canto popular se avienen de tal modo a su delicada sensibili­dad, que a menudo se contenta con desflorar o matizar nostálgicamente un estado lírico sin detenerse a profundizarlo. Sus Danzas noruegas (v.) y las Piezas líricas (v.) para piano, al mismo tiempo que sugieren cua­dros de vida, no revelan en el artista la pre­sencia de un auténtico motivo espiritual. No obstante, la música de G., pese a su sutileza, posee una brillante intensidad de acento, una atractiva delicadeza, que la hizo rápi­damente popular en todo el mundo.

En 1895, la Universidad de Cambridge le confirió el doctorado en música «honoris causa», y en 1897 la Academia de Berlín le nombraba miembro ordinario. Para el Peer Gynt de Ibsen, G. compuso dos suites sinfónicas (v. Peer Gynt); escribió, además, un Cuar­teto para arco, una Balada para piano, tres Sonatas para violín y piano, el Concierto en la menor op. 16 (v.) para piano y orquesta, una Sonata para piano y otra para violon­celo y piano y más de ciento cuarenta lieder.

V. Terenzio

Aleksandr Sergeevich Griboedov

Nació el 4 de enero de 1795 en Moscú, murió asesinado el 30 de enero de 1829 en Teherán. Fue una de las personalidades más originales de su tiempo. Después de haber terminado los es­tudios universitarios en las facultades de Filología y de Derecho, prestó servicio mili­tar entre 1812 y 1816, intentando al mismo tiempo iniciarse en el periodismo y en el teatro (de 1815 es su primera comedia Los jóvenes cónyuges, a la que siguió La hipó­crita infidelidad, en 1818, cuando habiendo entrado al servicio del Ministerio de Asun­tos Exteriores estaba a punto de partir como secretario de Embajada hacia Persia).

Pasó los años de 1818 a 1825 parte en Tiflis, en Georgia, y parte en Rusia. En Georgia trabó amistad con el famoso general Ermolov, comandante de la región caucasiana, quien lo retuvo junto a sí durante algún tiempo en calidad de secretario. De 1822-23 es la redacción de la comedia ¡Qué desgracia el ingenio! (v.), la única de él que posee real­mente valor artístico, ya comenzada en años anteriores y reformada en los sucesivos hasta la publicación de algunos fragmentos en 1825, tras la negativa de la censura a que fuera puesta en escena. La presencia del autor, bien en Moscú, bien en San Petersburgo, determinó que la comedia circu­lara manuscrita y conquistara a un gran público; con ella se abre el repertorio ruso moderno. Le correspondió a él, como diplo­mático, tratar con Persia la paz que fue fir­mada el 10 de febrero de 1828 en Turkmenchaj y llevar el tratado a San Petersburgo; fue acogido allí con grandes honores y nom­brado ministro ruso en Teherán.

En el viaje para llegar a esta ciudad se detuvo en Tiflis, donde se casó con una joven georgiana, la princesa Nina Chavchavadze; con ella mar­chó a Tabriz, para discutir algunas cláusulas del tratado, gravosas para Persia a causa de principios religiosos; pero, no habiendo lo­grado obtener su aprobación, dejó a su esposa en Tabriz y prosiguió hasta Teherán, para discutir allí la cuestión con el sha, aun estando persuadido de que las exigen­cias rusas eran excesivas. Odiado por los persas, caía víctima de un inesperado ataque de manifestantes ante la legación rusa poco después de haber llegado a la capital.

A dar a su muerte un carácter simbólico contri­buyó la circunstancia de que mientras sus restos volvían a la patria sobre un carro arrastrado por bueyes, el poeta Pushkin fue a su encuentro en el camino montañoso y saludó en él al gran diplomático y al no menos gran poeta que había puesto tanto de sí y de su agudo sufrimiento espiritual en el héroe de su única comedia, en aquel Tchatski que había de ser precisamente un símbolo para las generaciones posteriores. También por lo mismo, un crítico agudo, Gerchenzon (v.), ha llamado muy justa­mente a la Rusia del primer cuarto del si­glo XIX la Rusia griboedoviana.

E. Lo Gatto