Sartor Resartus: Vida y opiniones de Herr Teufelsdrockh, Thomas Carlyle

[Sartor Resartus: The Life and Opinions of Herr Teufelsdróckh]. Obra del pensador inglés Thomas Carlyle (1795-1881), escrita en forma de novela y publicada en 1833-34 en el «Fraser’s Magazine». Junto con los Héroes, el culto de los héroes, etc. (v.), contiene la idea filosófica y moral de Carlyle.

En una primera parte se desarrolla, atribuyéndola a un imaginario profesor alemán, Diógenes Teufelsdrockh (v.), la que Carlyle llama «filosofía del vestido», fundada en la idea de que las instituciones, los prejuicios y las costumbres, en general, son simples ropajes del espíritu humano y tienen, por lo tan­to, un mero valor contingente. El título significa, exactamente, El sastre remendado, es decir, el sastre que vuelve sobre sí para vestirse o revestirse. En la segunda parte se cuenta la biografía del protagonista. Dió­genes Teufelsdrockh es un niño abandonado que pasa sus primeros años en un pequeño pueblo de Alemania, Entepfuhl, en la casa del jardinero Andreas Futteral, quien lo había recogido y educado con afectuoso cuidado. El muchacho, reflexivo y taciturno, oyendo hablar del mundo en donde millo­nes de seres viven y sufren, en países y ciudades, comprende que su existencia se desenvuelve en un ámbito excesivamente pequeño y siente la atormentadora ambi­ción de vivir intensamente, de conocer y comprender el origen y la primera causa de las cosas. Al morir su padre adoptivo, se encuentra falto de todo afecto y espera encontrar la felicidad en los largos viajes y en los estudios.

Parte entonces para lar­gas peregrinaciones, conoce hombres y paí­ses, admira las bellezas de la Naturaleza, visita lugares históricos, evoca el pasado, pero no es feliz. La lectura y el estudio de los grandes pensadores no consiguen sino suscitar la duda y el escepticismo en su es­píritu; el amor y la amistad le procuran numerosas desilusiones y, finalmente, su ánimo se debate entre la amarga sonrisa de un árido escepticismo y un doloroso senti­mentalismo. La verdadera felicidad consis­tía, tal vez, en la fe ingenua de la infan­cia, en la vida restringida y tranquila de su aldea, en la sumisión absoluta- a su pa­dre adoptivo. Con un esfuerzo de voluntad, vuelve a sumirse en la evocación de su in­fancia y así consigue salvar a su espíritu del naufragio que le amenaza. Los súbitos sufrimientos constituyen para él una rica experiencia; comprende que a través de las formas caducas de la vida y del mundo, el espíritu debe conseguir la idea de un principio absoluto divino, que está en to­dos los seres. Si la reflexión y la especula­ción pueden destruir la ingenua fe infantil, el espíritu debe saber volver a una fe más firme, porque está basada en la razón. Des­pués de tantas peregrinaciones, tanto pen­sar, después de haber sufrido las penas del amor, Teufelsdróckh vuelve a encontrar un equilibrio en el amor hacia todos los seres, en los que se reconoce a sí mismo, en una febril e incesante actividad a favor de sus semejantes, en una fe que consiste en obrar activamente y no es inerte contemplación. Sartor Resartus refleja toda la atormentada evolución espiritual de Carlyle: Diógenes Teufelsdróckh es él mismo; la aldea de Entepfuhl no es sino su infancia; el gran amor del protagonista hacia Blumina no es sino el amor de Carlyle por Margherita Gordon.

El extravío de Teufelsdróckh es la tragedia íntima del hombre moderno, en el que toda fe vacila, sediento de placeres, pronto a poetizar su dolor y a desatarse en un egoísmo hedonista, que se rinde culto a sí mismo («Self-Worship»). De esta «eter­na negación» («Everlasting no») encontró Carlyle el modo de salir y salvarse, gracias a los pensadores alemanes Goethe y Schil­ler. Wilhelm Meister (v.), el joven héroe goethiano, que tras largas peregrinaciones halla la íntima alegría en el trabajo humil­de y cotidiano que realizan los demás hom­bres sin buscar recompensas y honores, aplica un decisivo golpe al Manfredo (v.) de Byron, el héroe del pensamiento que solamente vive de su yo en la soledad de un Olimpo ficticio. Al «eterno no» se opo­ne el «eterno sí» que ve todo cuanto existe como obra de Dios. La parte filosófica del Sartor Resartus deriva de Ficht y de Goe­the; su forma exterior y la narración de­rivan de Jean Paul, por el que Carlyle sentía una viva admiración. Muchos mo­mentos de la obra recuerdan la Vida de Quintus Fixlein (v.) y Titán (v.). Sobre todo, place a Carlyle la firme filosofía de Jean Paul que, con su ruda y sencilla visión de la vida, fustiga al clasicismo filohelénico y estetizante que dominaba en Europa y especialmente en Francia. Sartor Resartus fue en Inglaterra una gran voz aislada en medio de una general desorientación de las conciencias, mientras, las diversas doctrinas filosóficas minaban las bases de la fe, des­truyendo sin intentar construir, y el ma­terialismo económico engendraba un in­dividualismo desenfrenado, frecuentemente envuelto por una morbosa disposición ar­tística y poética.

G. Fornelli

Loca paradoja; mezcla de barroco y de misticismo, de feroces ironías, de tiernas pastorales, de historias de amor, de explo­siones de ira, de cuadros carnavalescos. Crea una metafísica, una política y una psicología alrededor de un conjunto de cal­zoncillos y delantales. (Taine)

Carlyle, además de todas las dotes que poseía, era un artista; tenía, en realidad, un gusto sobresaliente por la palabra: un sentido del estilo que gradual y constante­mente fue desenvolviéndose en modos in­teresantes y originales. (Strachey)

Gran escritor se le llama precisamente a Carlyle, como se dice de Ruskin, de Browning, como se dice de Balzac y de Michelet; lo cual significa: acaloramiento, fusión de un gran contenido «en cierne», gestación de un caos, incendio. Un incendio, consuma un Palacio Pitti o consuma una humilde casa, es siempre hermoso. Las molduras más triviales se convierten en fantásticos soportes de arquitectura cósmica. La paja del asiento de las sillas reverbera como un rubí. La desgracia está en que todo ello dura relativamente poco. (E. Cecchi)

Sarashina Nikki

[El diario de Sarashina]. Obra de la literatura japonesa an­tigua, escrita por una hija de Sugawara-no-Takasue, sobrina de la autora del Kageró Nikki (v.), de la que nada se sabe, aparte el año de su nacimiento (1009) y de cuan­to ella dice de sí misma en su diario.

El Sarashina Nikki es una especie de autobio­grafía que comienza con la descripción del viaje que la autora hizo en 1023, a los trece años de edad, con su padre, el cual había sido gobernador de la provincia de Kazusa y se dirigía a Kyoto, la capital; sigue na­rrando sus experiencias personales aconte­cidas durante el largo período de 36 años que termina con la muerte de su marido Tachibana-no-Toshimichi, sucedida en la décima lunación de 1058. La autora nos da a conocer una serie de observaciones hechas en momentos diversos, recuerdos, sueños, presagios, soliloquios sobre la vida y la muerte, castillos en el aire construidos por su fantasía, descripciones de libros leídos (muestra su predilección por el Genji Monogatari, v.), descripciones de lugares visi­tados, de peregrinaciones hechas a tem­plos y mil otras, grandes y pequeñas a un tiempo, que encierran a veces valor para el estudio de la psicología de la autora. El Sarashina Nikki deriva su nombre de* la localidad de Sarashina, que muchos han creído poder situar en la provincia de Shi- nano, si bien no ha podido comprobarse de modo convincente, donde la autora residió largamente con su marido, gobernador de la susodicha provincia.

La prosa del diario es menos apreciada por muchos críticos in­dígenas que muchas de sus poesías en la antología oficial (v. Choku-sen-shu). Trad. inglesa de Annie Shepley O nori e Kóchi Dói, con el título Diaries of Court Ladies of Japan (Londres, 1936) y en italiano, con el título Diari di Dame di corte nell’antico Giappone (Turín, 1946).

M. Muccioli

Sarcófagos Cristianos Antiguos, Joseph Wilpert

[I sarcofaghi cristiani antichi]. Re­producción e ilustración de las escultu­ras de todos los sarcófagos cristianos, pu­blicada en italiano por Joseph Wilpert (1857-1944), entre los años 1929-1932. Con esta obra se completa el ciclo de la pro­digiosa creación de Wilpert al servicio de la arqueología cristiana, comenzada en 1903 con . las Pinturas de las catacumbas romanas (v.) continuada en 1916 con los Mosaicos y pinturas romanas de edificios eclesiásticos, del siglo IV al XIII (v.).

En el primer volumen del texto trata de los sarcófagos que contienen escenas de la en­señanza de la doctrina cristiana, del si­glo III en adelante; son comparadas las re­presentaciones clásicas pastorales con la tí­picamente cristiana del Buen Pastor, en sus varias formas y diversas asociaciones; se trata también de todo el ciclo de represen­taciones de Pedro, vicario del Buen Pas­tor y príncipe de los Apóstoles, la figura que con más frecuencia se reproduce en la escultura antigua. Tiene especial importan­cia en Roma la escena de la designación de San Pedro hecha por Jesús, y la de su en­señanza en la Silla. En el segundo volumen del texto aparece una amplia «Introducción general» sobre los talleres de los escultores cristianos, su técnica, nomenclatura, mate­riales, capacidad y colocación de los sarcó­fagos. En el libro tercero sigue el estudio de las representaciones bíblicas más fre­cuentes en los sarcófagos a causa de sus alegorías de la esperanza, la salvación y la bendición.

El riquísimo ciclo de Jonás, el más viejo del Antiguo Testamento y el pre­dilecto en el arte romano; después el de «Noé salvado en el arca»; así también el ciclo «Adán y Eva – Caín y Abel»; el «Sa­crificio de Abraham»; el ciclo de Moisés y el de Daniel; «Los tres jóvenes en el hor­no»; Job, Elias, Tobías, etc. El lugar pre­ferido para tales escenas eran las cubiertas de los sarcófagos. Corona este libro la descripción de un sarcófago descubierto por el autor en el cementerio de San Calixto, en el cual cree reconocer el de la mártir Santa Sotera, pariente de San Ambrosio. El quinto libro contiene el ciclo completo del nacimiento, vida pública, pasión y resurrec­ción de Cristo; va seguido por unos capí­tulos: «Cómo fueron representados en efi­gie los difuntos», la «Santa Cena» (eucarística y celestial) y «Representaciones ex­traordinarias» (inspiradas en los apócrifos, mitología, escenas gnósticas, etc.). En la conclusión, «Origen y desarrollo de la an­tigua escultura sepulcral cristiana, de Ro­ma» declara el autor su presunción de que el antiguo arte cristiano nació en Roma bajo la influencia de los doctores de la Iglesia, y que por tal motivo es original en el concepto e independiente en su desarro­llo.

Ello explica la importancia que suce­sivamente asume en los sarcófagos la re­presentación de escenas de la doctrina cris­tiana, del bautismo, la figura del Príncipe de los Apóstoles, enseñanza de los catecúmenos en el siglo III, que desaparece en el tiempo de la paz, etc. La trilogía wilpertiana, ba­sada en el profundo conocimiento de la iconografía, aseguró, contra la conjura del tiempo y de los hombres, que se transmi­tiera a través de los siglos el sentido y la experiencia religiosa del Cristianismo pri­mitivo. Los sucesivos descubrimientos — lo­grados, y muy importantes, después de los trabajos fundamentales de Wilpert — han modificado tan sólo en leves detalles el sis­tema de su obra y de sus interpretaciones.

G. Pioli

Sardanápalo, una tragedia, George Gordon Byron

[Sardanapalus, A Tragedy]. Tragedia en cinco actos y en verso de George Gordon Byron (1788- 1824), publicada en 1821, dedicada a Goethe. Fue . escrita en Rávena, y el asunto adapta­do de la Biblioteca histórica (v.) de Diodoro Siculo. Sardanápalo es representado como un monarca entregado a los placeres, pero esforzado, cínico y amable como un caballero de la Ilustración (v.). Beleses, profeta caldeo, y Arbacio (Arbaces), go­bernador de la Media, evitan una revuelta contra el rey y éste, incitado por su es­clava griega favorita, Mirrah, abandona su molicie y combate a la cabeza de sus tro­pas. Derrotado, procura la salvación de su esposa Zarina y de sus secuaces, luego pre­para una pira alrededor de su trono y allí muere con Mirrah. El drama sugirió el cuadro de Eugéne Delacroix (1798-1863) donde se representa una carnicería de es­clavos sobre la pira del déspota. [Trad. es­pañola en verso por José Alcalá Galiano (Madrid, 1886)].

M. Praz

Todo lo que pudo producir lo consigue bien, y se puede decir efectivamente que en él la inspiración sustituye a la reflexión. Él tenía que poetizar siempre, ya que todo lo que brota del hombre, y especialmente de su corazón, era excelente. Produce sus obras del mismo modo que las madres dan a luz sus pequeñuelos: no piensan en ello ni saben cómo ocurre. (Goethe)

Toda la obra de Byron me parece un suicidio por «spleen» en toda la expresión de la frase. El noble lord se rasca conti­nuamente el gaznate; pero con el dorso del cuchillo en vez de hacerlo por el lado del filo. (Hebbel)

Si en el fondo de su alma no hubiera sido un «dandy», nada quedaría que nos lo re­cordase. (Beerbohm)

*    El teatro lírico ha tenido predilección por la figura de Sardanápalo. Entre las varias óperas compuestas sobre el tema de su vida y tituladas Sardanápalo, recorda­mos la de Gian Domenico Freschi (1640- 1690), Venecia, 1678; Christian Ludwig Boxberg (1670-1729), Onolzbach, 1696; Jules Alary (1815-1891), San Petersburgo, 1852; Félix Jonciéres (1839-1903), París, 1867: el libreto de esta ópera está sacado directa­mente de la tragedia byroniana. También Giulio Litta (1822-1891), Otto Bach (1833- 1893), Alexander Famintzin (1841-1896) y Alphonse Duvernoy (1842-1907) compusieron sendas óperas con igual título. Es notable la cantata Sardanápalo de Héctor Berlioz (1803-1869), y la obertura homónima de Wilhelm Mayer (1831-1898).

Sara Sampson, Gotthold Ephraim Lessing

[Miss Sarah Sampson]. Tragedia en cinco actos del alemán Gotthold Ephraim Lessing (1729-1781), estrena­da en Francfort del Main en 1755 y segui­damente traducida al francés, con extraor­dinario éxito. Un joven francés, el liber­tino Mellefont, huye con miss Sara Sampson (v.) sin hacerle perder su virtud.

Sara es la típica gran amante pura, que no cesa dé verter amargas lágrimas llorando la debilidad que la ha inducido a abandonar a su anciano padre. Mientras Mellefont se ocupa de un negocio con cierta prima suya, con la que habría debido casarse para en­trar en posesión de una herencia, los dos amantes viven en un hotel provinciano, donde son hallados por Marwood, antigua amante del joven, y por Arabella, su hija, así como también por el padre de Sara. Obligado a elegir entre la vida sensual de tiempos pasados y la morigerada que se le ofrece, titubea un poco Mellefont, pero la virtud y Sara triunfan. La amante, con la amenaza de matarle primero a él y luego a la hija, logra ser presentada por Melle­font a su prometida, simulando que es una pariente, y aprovechando una ausencia de él le revela todo.

El nudo trágico se aprie­ta: Sara se desmaya y la pérfida Marwood se venga administrándole un veneno. El padre, ya dispuesto al perdón y a dar su consentimiento al matrimonio, asiste des­trozado a la muerte de la hija, la cual le recomienda al prometido y Arabella, que desea librarse de la madre infame. Melle­font se mata de una puñalada ante el cadáver de Sara, y al viejo Sampson no le queda otro consuelo que ir a buscar a la pequeña Arabella después de haber sepul­tado juntos a los dos desgraciados amantes. Esta tragedia, de carácter puramente sen­timental, que se relaciona en cierto modo con la Clarissa (v.) de Richardson, repre­sentó un nuevo esfuerzo realizado por Les­sing para obstaculizar la fiel imitación de la tragedia francesa impuesta por Gottsched. No más tiradas retóricas ni perso­najes heroicos: anquilosados éstos entre la excesiva perfidia y la excesiva virtud, vi­ven también en el mundo de los humanos; toda la tragedia suscita ese sentido de «com­pasión» que Lessing considera que es «el primero y más eficaz paso hacia la virtud y la vida moral», a la vez que su momento esencial, ya que también «el terror y el es­panto, suscitados por el nudo trágico, no son sino el imprevisto desatarse de la com­pasión». Con Miss Sara Sampson se intro­duce en Alemania la tragedia burguesa, ya en auge en Inglaterra; su éxito es debido a este íntimo contacto humano con el pú­blico, que ofrecía también a los actores un óptimo campo para mostrar su habilidad. Las imitaciones se sucedieron profusamente y su influencia es evidente en Stella (v.) y Clavijo (v.) de Goethe y en Cabalas y amor (v.) de Schiller.

G. F. Ajroldi

El Prometeo de la prosa alemana. (F. Schlegel)

Con Miss Sara Sampson se trasplantó a Alemania el drama moderno de Diderot, país en el que de Lenz a Hebbel, y a Ludwig e incluso a los más modernos realis­tas, debía tener la más amplia difusión… Los personajes de Lessing poseen un sólido núcleo central y un sello realista. El es­píritu alemán habla a través de ellos con mayor vigor que en cualquiera de nuestros más eminentes poetas. Los héroes de Les­sing proclaman su conmoción, en la que se expresan todos los aspectos de la natura­leza superior del hombre. (Dilthey)

Es el gran clásico del intelecto poético, el santo padre de toda poesía despierta y sabia. Él nos da, del modo más intenso e individual, un esquema del creador pro­ductivo, una forma de vida espiritual que según ciertas opiniones es de mala fama, y que se esfuerza en apartarse con despre­cio, como mera literatura, de la sagrada esfera de la genialidad poética. (T. Mann)