LLARA, La maldición de las águilas. La fe contra la técnica de Roma

Llara. La maldición de las águilas

Llara. La maldición de las águilas

Cuando aúllan los lobos, una fibra más antigua que la razón se estremece en cada ser humano. Muchos, la mayoría, sienten un escalofrío y buscan el abrigo de la roca, de la manta conocida, de las llamas de la hoguera que  obliga a la oscuridad a retirarse unos pasos. Para estos es la hora del silencio, de esperar la madrugada rogando porque la fiera pase también hoy de largo.

             Pero hay otros, unos pocos, que cuando aúllan los lobos se levantan y responden. Y sin volverse velludos, sin que les crezcan los dientes como afirma la leyenda, pertenecen a la estirpe de los que huelen la sangre.

            Nadie sabe cómo se llega a ser de una clase o de la otra. No hay herencias, ni enseñanzas, ni madres que transmitan a sus hijas el secreto, ni padres que lo enseñen a sus primogénitos en el claro de un bosque.

            Nadie sabe qué bisagra los divide, y sólo hay un modo de distinguirlos: cuando aúllan los lobos, unos tiemblan y otros ríen.

Una novela que empieza así, no puede dejar indiferente a nadie.

Decía Plinio,  hablando de Las Médulas, que “es menos temerario buscar perlas y púrpura en el fondo del mar que sacar oro en estas tierras.

Las minas de las Médulas, al oeste de León, fueron la mayor explotación aurífera romana a cielo abierto.  A día de hoy, quien contempla los restos de aquella explotación sin saber lo que ocurrió, aún se pregunta qué extraña maldición pudo caer sobre aquella tierra, o que gigantes la bombardearon.

Porque hubo una maldición, la del oro, y hubo también algo similar a un bombardeo, aunque no fuese como los que hoy invoca esa palabra en nuestras mentes.

Miles, decenas de miles de trabajadores se esforzaban en el terrible proceso de horadar los montes y de remover las tierras tras el portentoso proceso del ruina montium. Los túneles, excavados en diversos niveles y con las dimensiones y forma apropiadas, eran rellenados violentamente por enormes cantidades de agua para que el aire, comprimido por la presión hidráulica, se convirtiese en un explosivo de efectos devastadores.

Montes enteros reventaban desde dentro en pocos minutos: ese era el explosivo de los romanos y esas fueron las armas que dejaron las espectaculares huellas que aún se pueden contemplar en el paraje de las Médulas, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1997.

Pero el mayor desafío de la ingeniería no era la voladura de los montes, sino el modo de obtener las ingentes cantidades de agua necesarias para ello: centenares de kilómetros de canales para recoger el deshielo de los montes. De montes cercanos y de otros a más de cien kilómetros de distancia.  Incluso hoy sería un desafío para la técnica construir un canal que salvase noventa y dos kilómetros de distancia con un desnivel de seiscientos metros. Poco más de cinco milésimas de desnivel, y en medio de una orografía que aún hoy encarece hasta el extremo cualquier infraestructura. Sin rutas para las materias primas. Sin animales de tiro suficientes. Pero los romanos comenzaron desde cero y lo hicieron.

Y lo hicieron a costa de los habitantes de la región, los viejos astures, que se vieron obligados a trabajar hasta la extenuación en aquellas minas, pagando en fuerza humana los tributos que les impuso el Imperio. Lo hicieron a costa de acabar con la cultura, las costumbres y las formas de vida de los astures, obligados a abandonar sus bien defendidos castros en las alturas para residir en los valles, donde les sería mucho más difícil rebelarse. Lo hicieron pasando por encima de todo y de todos, sin dudar un instante ni preguntarse por un momento siquiera si les asistía algún derecho. Para los romanos, el derecho era algo que se conquistaba por las mentes y las armas. ¿Quién podía poner en duda el suyo, capaces por igual de vencer en la batalla y de vencer en la ingeniería?

Pero los astures no estaban dispuestos a dejarse dominar, fuesen cuales fueran las dificultades. De revuelta en revuelta y de derrota en derrota, siguieron resistiendo durante siglos el poder romano. Cuando los desterraron a las Galias como esclavos, se rebelaron en las Galias contra sus amos y volvieron  hasta su tierra con las armas en la mano para enfrentarse de nuevo a los romanos, que entendieron que con aquella gente podrían tener oro, pero nunca paz.

De una de esas revueltas, y de la eterna maldición de los que siguen luchando en las guerras perdidas es de lo que habla LLARA, LA MALDICIÓN DE LAS ÁGUILAS.

Una mujer, poco más que una niña, entregada por su familia al prefecto romano como concubina, se revuelve un día contra su amo, huye al monte y busca a los hombres libres, a los que han tenido que regresar a la caza como actividad de supervivencia para no tener que  morir en las minas. Hay algo en ella que la distingue del resto: quizás el deseo de libertad o quizás el rencor de la que esperaba amor y recibió una burla. Hay algo implacable duro, tal vez siniestro, en su determinación de cobrarse venganza contra el hombre que la despreció y contra el Imperio entero. Quizás el conocimiento de que ya no pertenece a ningún mundo, ni al de los astures, que abandonó demasiado niña, ni al de los romanos, que se niega a asimilar. Y así Llara se convierte en una especie de reina cazadora. ¿A dónde van los desesperados? Van a ti, le dicen.  Y aprende la lección. Y se hace fuerte en ella. Y reúne a su alrededor a todos los que entienden que no importa si la causa es justa o no, si se gana o si se pierde: importa sólo luchar.

Y ahí se divide su mundo, entre los que creen, entre las visiones que producen los brebajes de los druidas y esas otras visiones, las de los ingenieros romanos, que veían el mundo dominado por la inteligencia humana.

Llara no pretende vencer: los astures nunca estuvieron tan locos como para aspirar a derrotar al Imperio. No quiere imponer condiciones, no lucha por mejorar las vidas de los que se extenúan removiendo tierra. Sólo quiere enseñar a los romanos que nada es gratis, que no hay ofensa sin castigo, que no se puede amara a una mujer por ser salvaje y pretender al mismo tiempo convertirla en sumisa y que no se puede hacer esclavo al pueblo que sabe morir.

Pero la lucha es algo más que el enfrentamiento entre la máquina militar de Roma y las guerrillas locales, conocedoras del terreno: es un enfrentamiento entre dos modos de ver el mundo, entre la técnica y el conocimiento de la naturaleza, entre la ingeniería y la confianza en los elementos. Cada cual tiene su fe: unos creen en el poder de la inteligencia y otros en el del corazón, unos en dominar la tierra y otros en vivir como parte de ella.

Oro, sangre, amor, guerra y una auténtica maldición que todos conocemos, se reúnen en la magia de esta novela. Una de las mejores sobre la época romana que he leído.

No se la pierdan.

Julia Manso

 

PARA LEER EL PRIMER CAPÍTULO

 

Violín negro en orquesta Roja: el miedo es un tigre suelto

portadaviolin

Violín negro en orquesta roja

Las sociedades que se basan en el miedo no pueden funcionar. Cuando la población vive asustada, por el temor a que pasen a buscarlo por su casa o por el temor de quedarse mañana sin trabajo, deja de pensar con claridad y desaparecen los lazos que unen a los vecinos.

Mientras tanto, el poder, que desata ese miedo, se erosiona también aunque no lo crea, porque a medida que el terror aumenta se vuelve cada día más difícil conocer la realidad, porque todo el mundo le dice al poder sólo que quiere oír.

Desatar el miedo es, por tanto, como desatar un tigre: aterrorizas a tus vecinos, pero quien lo desata nunca puede estar seguro de que conseguirá atarlo de nuevo o de si mantiene o no su control sobre la fiera.

Esa es la idea que recorre permanentemente las páginas de Violín negro en Orquesta Roja, una novela de espías al viejo estilo en la que se trata de desentrañar qué sucedió durante la Gran Purga de Stalin y si de veras, en algún momento, alguien preparó un Golpe de Estado contra Stalin.

Pero eso no sólo es un asunto interno ruso, sino que tiene consecuencias para todo el mundo: para los checos, que deben descuidar de qué lado se ponen, para la izquierda francesa, que ha llegado al poder aupada por la gran ola obrera, para la Alemania nazi, que podría estar detrás del asunto, para los viejos zaristas derrotados, que buscan en París su redención o su regreso a la patria, y sobre todo para los españoles, que en medio de su guerra civil  esperan que Europa decida a quién apoya.

Pero Europa sólo decide que la guerra española debe ser larga, muy larga. Los alemanes quieren ganar tiempo, los rusos quieren ganar tiempo, y mientras los españoles se matan, todo el mundo está contento, o al menos, sigue con sus verdaderos problemas sin miedo a que todo salte repentinamente por los aires.

Aunque la novela aborde hecho políticos de primera magnitud, la trama de la novela es profundamente humana, un poco al estilo de Graham Greene.

Y ahí tenemos que volver al tigre: Cuando surgen las primeras sospechas de que algo raro se mueve en las filas del ejército ruso y del NKVD (el servicio secreto) , los dirigentes soviéticos involucrados dejan de confiar en loa órganos del partido y se buscan, cada cual, un modo de averiguar qué está sucediendo.

A uno de ellos, Molotov, se le ocurre sacar de Siberia a un viejo comisario del zar, un hombre cansado y roto, y devolverle sus poderes de comisario para que averigüe qué diablos está sucediendo.

Y ahí comienza la epopeya del viejo comisario, que por una parte no quiere regresar a Siberia y por otra conserva el rencor a quienes lo han tenido tanto años encerrado. Conserva a veces la agudeza, y otras se ve atrapado por el miedo que todo lo domina, pero a medida que profundiza en la nueva sociedad rusa se da cuenta de que ya nada es como él lo recordaba o que, quizás, todo sigue en el fondo igual que con los zares….

Es el momento de decidir si se trata de recuperar la vida perdida o de buscar algún tipo de revancha, el que sea…

Insisto: una grandiosa novela de espías llenas de datos de una época poco conocida. Me encantó.

 

Julia Manso.

Escritos de Galois

Aparecen en estos escritos, reunidos en 1846 por A. Chevalier en el «Journal des Mathématiques», des­pués de la trágica muerte, a los veinte años, del matemático Evaristo Galois (1811-1832), sus grandes innovaciones en la teoría de las ecuaciones. Especialmente se plasma aquí la teoría de las sustituciones que re­presenta la más sólida base de las teorías de las ecuaciones algebraicas. En efecto, se demuestra la relación que existe entre una ecuación y un grupo de sustituciones realizadas sobre las raíces de la misma ecuación («grupo de Galois»).

A los gru­pos de sustituciones se transmiten todas las propiedades relativas a las raíces de las ecuaciones. Estos conceptos de grupo y subgrupo, con sus respectivas propiedades, permiten resolver, según las demostracio­nes de Galois, las cuestiones relativas a la reducción de las ecuaciones, o de sus reso­luciones en las de grado inferior. Además está expresada la combinación necesaria y suficiente para que una ecuación pueda resolverse mediante radicales. En estos es­critos aparecen también nuevos números imaginarios, que toman el nombre de «nú­meros de Galois», y nuevas consideraciones sobre las teorías de las funciones algebrai­cas y sus integrales.

O. Bertoli

Escritos de Física Matemática de Benedetti

Incluimos bajo este título el con­junto de opúsculos y tratados del matemático Giambattista Benedetti (1530-1590), redactados en diversas épocas: 1) Resolutio omnium Euclidis problematum (1553); 2) De gnomonum umbrarumque solarium usu (1574); 3) De temporum emendatione opi­mo (1578); 4) Considerazioni… intomo al discorso della grandezza della térra, etc. (1579); 5) Diversarum speculationum mathematicarum et physicarum liber, etc. (1580), de 426 páginas. Pero la reimpresión de Barezzi (1599) contiene también los si­guientes tratados: Theoremata arithmetica (118 págs.); De rationibus operationum perspectivae (21 págs.); De mechanicis (27 págs.); Disputatio de quibusdam placitis Aristotelis (30 págs.); ln quintum Euclidis librum (6 págs.); Physica et mathematica responsa per epístolas (222 págs.).

Entre los primeros citados es particular­mente importante el opúsculo n. 1, en el cual la resolución de los problemas euclidianos está vinculada a la condición de utilizar una sola obertura de compás, con­dición que quizá sugirió a Mascheroni (1750-1800) la primera idea para su Geo­metría del compás (v.); que anteriormente había sido en parte tomada en cuenta por Cardano (1501-1576) y Ferrari (1522-1565). Las soluciones de Benedetti revelan gran pericia, como lo demuestran los problemas: «Desde un punto de una recta dada de com­pás levantar una perpendicular a la recta»; «Prolongar un segmento dado en una par­te igual, mediante una abertura dada de compás (aunque el segmento [línea] sea mayor que la abertura), etcétera».

En los Theoremata Benedetti construyó y resolvió geométricamente la mayor parte de los teoremas de la aritmética y del álgebra elemental, dando pie así a las primeras tentativas de geometría analítica; en De mechanicis explica la acción de diversas máquinas; conoce la fuerza centrífuga en virtud de la cual los cuerpos dejados en libertad se deslizan siguiendo la tangente; determina el equilibrio de la palanca curva, reduce el movimiento de los cuerpos al de su centro de gravedad, dando la razón por la que las esferas v los cilindros ofrecen menor obstáculo al movimiento que los demás cuerpos. En la Disputatio, re­futando a Aristóteles, afirma que en el vacío los cuerpos de masa diferente caen to­dos con igual velocidad, y muestra cómo el mayor peso de un odre henchido es de­bido al aire que en él se ha condensado. En la Physica et mathematica, combate la aserción de Aristóteles, el cual atribuye el calor solar al movimiento de aquel astro; explica la variación anual de la tempera­tura por la inclinación de los rayos solares y la absorción del espesor variable de la atmósfera; el centelleo de las estrellas, por el movimiento de los astros interpues­tos; rechaza la incorruptibilidad de los cielos; sostiene la pluralidad de los mun­dos; trata de la corrección del calendario, del arte náutica, de la geometría, de la astronomía, de la hidrostática, de la músi­ca; corrige el Nonio, combate a Tartaglia, su maestro, al cual no deja nunca de pro­fesar gran veneración.

Indudablemente Giambattista Benedetti prestó grandes ser­vicios a la física y, a pesar de las defi­ciencias justificables por razones históri­cas, su obra se puede colocar en primer lugar junto a la de los más ilustres precur­sores de la escuela de Galileo. De sí mismo dice; «Por lo demás, puesto que a cada cual debe dársele lo suyo, y esto es justo y piadoso, Nicoló Tartaglia me leyó sola­mente los cuatro libros de Euclides; todo lo demás lo investigué yo personalmente y con esfuerzo y aplicación, porque para el que tiene voluntad de saber nada es di­fícil».

P. Pagnini

Escritos Científicos de Huggins

[The scientific Papers of Sir William Huggins edited by Sir William and Lady Huggins], En este volumen, publicado en 1907, están reunidas en once secciones las principales memorias y observaciones hechas por el astrónomo inglés William Huggins (1824-1910), con la colaboración de Lady Huggins, desde el año 1856.

Lle­van los títulos siguientes: I, «Observatorio e instrumentos»; II, «Espectros de las es­trellas fijas»; III, «Espectros de las nebu­losas»; IV, «Movimientos a lo largo de la visual»; V, «Estrellas nuevas o tempora­les»; VI, «Espectros de los cometas»; VII, «Sol y corona»; VIII, «Lima, planetas y aurora»; IX, «Espectros químicos»; X, «Miscelánea»; XI, «Conferencias y dis­cursos». Los capítulos acerca de la aplica­ción de la espectroscopia a las nebulosas, a las estrellas fijas, al Sol, y el referente al movimiento a lo largo de la visual, com­prenden los más significativos descubri­mientos de Huggins. El gran desarrollo dado por él a la aplicación de la fotografía al estudio de los espectros estelares, fue causa de grandes adelantos en nuestros co­nocimientos sobre la constitución física de las estrellas.

Ya en 1863, Huggins, compa­rando los espectros estelares con los te­rrestres, comprendió la posibilidad de me­dir el efecto Doppler y deducir de él la velocidad de los cuerpos celestes a lo largo de la visual; así pudo unir los experimen­tos de laboratorio con los celestes para in­terpretar los espectros estelares. Un gran electroimán construido por el mismo Hug­gins le hubiera permitido descubrir el efec­to Zeeman, con muchos años de anti­cipación, si hubiese podido obtener sufi­ciente dispersión en el espectroscopio que usaba. Huggins figuró entre los primeros que descubrieron los espectros de las man­chas solares y hallaron en ellos las fran­jas de Fraunhofer y que observaron las protuberancias solares por medio de la hendidura, ensanchada, del espectroscopio. En la Sociedad Real de Londres, pronun­ció, como presidente, varios discursos, en­tre ellos uno sobre la «Suma importancia de la ciencia para las industrias del país; que pueden florecer solamente haciendo de la ciencia una parte esencial de toda la educación».

A consecuencia de tales dis­cursos la Academia adoptó una resolución para conseguir que el estudio de las cien­cias fuese establecido en las escuelas y en otros centros, como una parte esencial de la educación general. En otro discurso, Hug­gins muestra la influencia de la ciencia en la vida y el pensamiento del mundo, dis­cutiendo de modo especial el problema de la evolución estelar, con el que pudo apor­tar las más ricas contribuciones a la as­tronomía, especialmente a la astrofísica. En esta rama del saber fue, como demuestra la colección de sus escritos, un verdadero precursor.

G. Abetti

Escritos Astronómicos de Herschel

Están contenidos en las comunicacio­nes que el gran astrónomo Frederick William Herschel (1738-1822) presentó a la Real Sociedad de Londres, y tienen impor­tancia fundamental en la historia de la ciencia de los cielos.

Aunque las prime­ras de estas comunicaciones corresponden a mayo de 1780, hacía muchos años que Herschel se deleitaba en la astronomía du­rante las pocas horas que le quedaban li­bres tras su trabajo profesional como di­rector de una modesta orquesta en la ciudad termal de Bath, y se dedicaba pacien­temente a componer y aun a fabricar te­lescopios, ocupándose él mismo en prepa­rar y pulir los espejos. Cuando en 1774 pudo obtener instrumentos de observación suficientes se consagró al mayor anhelo de su vida: la sistemática observación de los cielos. Las dos primeras memorias que en 1780 presentó a la Royal Society se re­ferían a la estrella variable Mira, de la constelación de Hércules, y a las monta­ñas de la Luna. El fenómeno de la «varia­bilidad» de las estrellas lo relacionaba con el estudio del Sol.

El Sol está dotado de un movimiento de rotación en torno a su eje, que se efectúa en un mes aproxima­damente, y en su fotoesfera presenta man­chas cuyo número y extensión varían pe­riódicamente, pasando por valores máxi­mos y mínimos en un período de tiempo que tiene unos once años de duración. Esto — observa Herschel— podría, en realidad, hacer suponer que el Sol es una «estrella variable». En realidad, nosotros, por el contrario, sabemos hoy que los fenómenos de que depende la variabilidad de las es­trellas son diferentes de las meras varia­ciones de maculación presentadas por el Sol. Con todo, Herschel fijó su atención en las manchas solares, descubiertas por Galileo, y publicó el resultado de estas ob­servaciones en seis extensas memorias apa­recidas entre 1780 y 1801. Al estudiar la influencia de las variaciones periódicas de las manchas en la vida terrestre, siguiendo un camino ya señalado por Riccioli (si­glo XVII), relacionaba tal periodicidad con las causas de los años de carestía o de abundancia registradas en nuestro planeta, que se reflejaban en las variaciones del precio del trigo.

Pero no obtuvo conclu­siones satisfactorias. De 1781 a 1797 Hers­chel presentó a la Academia siete memorias destinadas especialmente al estudio de la duración de la rotación de los planetas y de sus satélites, buscando, por analogía, la manera de establecer si la duración del día (terrestre) experimentaba variaciones; pero tampoco en esto consiguió los concluyentes resultados que fueron después obtenidos por G. H. Darwin por medio del examen de los fenómenos de las mareas, que tien­den a prolongar, aunque en mínima pro­porción, el período de tiempo que nos­otros llamamos día. En cambio, observó incidentalmente las manchas blancas en la proximidad de los polos de Marte, lo que explicó en forma que la ciencia moderna ha confirmado plenamente. Desde 1781 a 1815 Herschel presentó otras siete memo­rias relativas a su importantísimo descu­brimiento del planeta Urano, al que quiso designar con el nombre del rey Jorge de Inglaterra. A Urano le atribuía seis saté­lites, cuando, en realidad, tiene cuatro.

Con su incesante búsqueda de novedades celestes, Herschel consiguió en los últimos años de su vida un descubrimiento de la mayor trascendencia: el de las estrellas dobles, que catalogó en 1782 y en 1785, y emitió las hipótesis de que tales estrellas girasen una alrededor de otra, según las leyes co­munes de la gravitación. Once años des­pués se logró fijar la posición recíproca de tales estrellas, lo que confirmó de manera definitiva la suposición de Herschel. En 1783 publicó su célebre memoria Sobre el movimiento del sistema solar en el espacio, con observaciones de admirable sencillez y precisión, de las que deducía que todo nuestro sistema solar tiende a dirigirse ha­cia la constelación de Hércules. Investiga­ciones posteriores establecieron que la ve­locidad de ese movimiento es veinte veces superior a la de un proyectil de artillería, pues alcanza los 20 kilómetros por segun­do. De 1784 a 1818 desarrolló su «teoría de la rueda de molino», demostrando que el Sol es una estrella situada no lejos de una bifurcación de la Vía Láctea, y que todas las estrellas visibles para nosotros están situadas en un espacio vasto, pero relati­vamente aplanado en una especie de masa que constituye, por decirlo así, nuestro Universo. Pero, además de esta gigantesca nebulosa de estrellas a la que pertenecen el Sol y la Tierra y todo planeta-estrella que nosotros conozcamos individualmente, Herschel descubrió la existencia de otras nebulosas, que son otros tantos universos.

Y así se originó su teoría de los universos-islas. Otra memoria suya importante es la que se refiere a la construcción de su cé­lebre telescopio (refractor) de longitud fo­cal de 40 pies y de 4 pies de obertura. Esta descripción se encuentra en las actas de la Sociedad Real, volumen 85. Con este telescopio apenas terminado, confirmó (agosto de 1789) el descubrimiento que había hecho del sexto satélite de Saturno (los cinco primeros habían sido descubier­tos sucesivamente por C. Huyghens y G. D. Cassini) e inmediatamente después des­cubrió un séptimo satélite (septiembre de 1789). En cambio se le escapó el último: Hiperión.

U. Forti

Escritos Ascéticos de Teodoro Studita

Son las obras en prosa del abad del famoso convento bizantino de Studion, Teodoro (759-826), desde el punto de vista religioso y social, uno de los más grandes hombres de acción del tempestuoso perío­do de la iconoclastia.

La actividad literaria de Teodoro no es más que el comple­mento de su actividad religiosa, político- eclesiástica, y social en general. Como «igúmeno» de la orden cenobita, reformó la vida de los conventos, defendió la li­bertad de la Iglesia contra las injerencias imperiales en los dogmas; fue el adversa­rio más encarnizado de la iconoclastia y de los moequianos (adúltero, como se llamaron los partidarios de la rehabili­tación del sacerdote José, que había sido excomulgado por bendecir la segunda boda que Constantino IV, después de encerrar en un convento a su legítima mujer María de Amnia, celebró con Teodota [795]).

Su obra principal es la colección de las homi­lías distribuidas en la Pequeña y en la Gran Catequesis. La Pe­queña Catequesis [com­prende una selección de los discursos que Teodoro dirigía a sus monjes. En ellos tra­ta especialmente de los deberes de la vida conventual, e intenta inculcar en el alma de sus cofrades un altísimo ideal de perfec­ción cristiana. No son monótonos, aunque puedan parecerlo al principio; son varios y rebosantes de interés, ya que Teodoro sabe enriquecer su tema extrayendo elemen­tos de su propia experiencia, de los suce­sos de todos los días, que, debido al estado de desorden políticorreligioso del ambiente de Constantinopla, ofrecían mucha materia a su celo, inspirándose también en los he­chos más frecuentes, como la muerte de los monjes o el cambio de las estaciones. Tam­bién su estilo es vario: ora exquisitamente poético, ora sencillo y modesto, ora fuerte y severo.

La Gran Catequesis es, asimismo, una colección de homilías, que por su con­tenido no se distinguen sustancialmente de las de la Pequeña, aunque tienen una ex­tensión mayor y una mayor tendencia sis­temática. A estas homilías están vincula­dos los Discursos, que al principio debía formar parte de un Libro panegírico que no ha llegado hasta nosotros. Entre ellos, son notables, desde el punto de vista histó­rico y de la biografía del autor, la oración fúnebre pronunciada con ocasión de la muerte de su madre Teoctista, en la que Teodoro, además de dar una imagen de la grandeza espiritual de la mujer que también supo «sufrir por la justicia y la verdad», describe su primera educación, que fue tan sólo obra de su madre; y la dedicada a su tío Platón, abad del convento de Sakkudion, donde Teodoro ingresó de joven para completar en él su educación.

Otros escri­tos menores de Teodoro ofrecen también un notable interés para el conocimiento de la vida monástica bizantina. Los escritos citados hasta aquí se refieren todos a la actividad monástica del abad. En cambio reflejan su actividad polémica contra los iconoclastas, los Discursos antirréticos en tres libros, de los que los dos primeros es­tán en forma dialogada. En ellos sostenía la tesis iconódula, declarando herejes cristológicos a los iconoclastas, que, al negar la facultad de representar a Cristo, le res­taban uno de los más importantes requisi­tos de su naturaleza humana, y por lo tan­to eran comparables a los monofisitas. Otros escritos contra los iconoclastas se perdieron, al igual que los escritos contra los moequianos. Toda su actividad aparece reflejada en su amplio epistolario, que consta de 550 cartas, la mayor parte de las cuales están vinculadas a la lucha por las imágenes y a la cuestión moequiana. Ponen claramente de manifiesto la índole enér­gica y combativa de un hombre que, ha­ciendo caso omiso de exilios y sufrimien­tos, por la justa causa de la fe, encabezó al lado de sus monjes un partido de oposición cuyo principal enemigo era el em­perador. Las demás son cartas pastorales, y todas revelan una gran discreción psico­lógica y un celo dominado por un fervien­te amor de Dios, gran humanidad y un apasionado interés por la libertad de la Iglesia y su unidad. Son indudablemente el mejor modelo de epistolografía bizantina.

S. Impellizzeri