Dainas Letonas

[Latvju Dainas]. Co­mo los cantos populares de todos los pue­blos también las «dainas» letonas son de espíritu y formas diversas y pertenecen a épocas diferentes. Son característicos en al­gunas de ellas ciertos trozos netamente ar­caicos, supervivencias evidentes de un mun­do más antiguo. Se puede con ellas recons­truir una mitología báltica en la que domi­na un Dios Padre; y Perkons retumba con sus truenos sobre los altares erigidos al pie de las encinas seculares, y con mucha fre­cuencia aparece Laima, determinadora de los destinos humanos. Creencias primitivas sobre la vida y la muerte, se revelan en los antiguos cantos bautismales y fúnebres; las formas arcaicas del rapto y del rescate de la novia se reconocen en las canciones nupciales; el culto a la fecundidad, es evi­dente en el ciclo de las canciones de San Juan — fiesta del «Ligo» — en la que no sólo se exalta al dios Jánis vagando por los cam­pos en la noche que la naturaleza entra en la fase de fructificación, sino que todo tro­zo de tierra sembrada, y todo animal en el establo, es objeto de votos especiales.

Ricas de espíritu y fantasía son las poesías narra­tivas sobre motivos de animales y fábulas en las que no faltan elementos dramáticos y formas dialogadas. Pero la mayor parte de las «dainas» ha sido compuesta por muje­res y son de carácter predominantemente lírico: lírica privada de pasiones ardientes, pero empapada de un ideal ético y de una sensibilidad que se funde con la naturaleza y que a todo pequeño ser de la creación, lo envuelve en una cálida simpatía huma­na. «¡Oh, Dios, abedul de los pantanos, qué dura vida es la tuya! Eres el último en bro­tar, eres el primero en amarillear», dice una «daina». Esta compasión por los sufrimien­tos ajenos, se extiende desde los huérfanos y los débiles maltratados por la suerte, has­ta los animales que no saben defenderse y por fin hasta la minúscula brizna de hierba que las vacas pisotean en el prado. La importancia de las «dainas» para la civilización letona es muy grande y sus formas y modos han sido utilizados por los poetas modernos. La mayor colección de «dainas» comprende 218.000 textos, reuni­dos por Kriyjanis Barons (1835-1923) y publicada en seis volúmenes entre 1894 y 1915, reeditada en ocho volúmenes en 1922. Una edición científica, con el título Dainas del pueblo letón [Latvju tantas Dainas], bajo la dirección de R. Klaustin, apareció en 12 volúmenes, entre 1928 y 1932. El ar­chivo nacional de las tradiciones popula­res, fundado en 1924, posee 387.000 textos de «dainas».

M. Rasupe

Dainos, Kazys Binkis

[Cantos populares lituanos]. Existe una colección de 1930, debida al poeta Kazys Binkis y al pintor Simonis; antes de ésta se publicaron dos gruesos tomos de Dainos en Filadelfia por Juskeviciuc. Otra colección con ilustraciones mu­sicales, es la de Antansa Sabaliauskas; pero la publicación más completa, porque está integrada con otras múltiples manifestacio­nes de la literatura popular lituana, es la hecha por el escritor Vincas Krévé Mickevicius, y de la que hasta 1940 se han publi­cado seis volúmenes. Los Dainos constitu­yen la más rica floración de la poesía popular lituana; a estos cantos les es in­dispensable el acompañamiento musical. La métrica es variada. Los Dainos se cantan o bien solos, o bien en un coro llamado «kuopas», que es doble, alternado o parale­lo, con características variaciones de pala­bras, según que sea cantado por hombres o por mujeres. En la técnica estilística de estos cantos, es digno de notar el uso de epítetos exornativos constantes, por los que, como en la poesía homérica, las manos son siempre blancas, los cabellos de la niña siempre rubios, los del joven negros, los vestidos verdes, etc., etc. En los Dainos se celebran los humildes acontecimientos con­suetudinarios de la vida campesina (no hay vestigios de cantos épicos o caballerescos, y son raros los de carácter guerrero).

Hay cantos para acompañar la siega, la molturación del grano, la elaboración del lino, el ordeño de las vacas, etc., etc., y sobre todo, cantos que preceden, acompañan y si­guen al rito nupcial. Otros cantos intere­santes son los fúnebres, llamados «raudos», con abundantes ecos de la concepción reli­giosa animista de los antiguos lituanos. El ambiente exterior de los Dainos, es el pai­saje lituano, vasto, melancólico, llano, um­broso, recorrido por ríos e interrumpido por lagos; las ciudades son casi desconocidas y figuran en ellos como lugares de perdición. El joven campesino lituano debe preferir siempre las muchachas de su tierra a las mujeres de la ciudad, porque «las manos adornadas de anillos, no son manos para ordeñar vacas» y las muchachas de los cantos populares lituanos, al señor prefe­rirán el campesino que «tiene manos ne­gras y callosas que dan pan blanco». Los eruditos han revelado que en esta poesía la antigua religión pagana infundió ele­mentos de superstición, gracias a los cua­les las viejas divinidades están transfor­madas en fantasmas inferiores, demonios y espíritus, unas veces malignos, otras bené­ficos, relegados a los límites del mundo real. Una amplia selección de estos Cantos populares lituanos ha sido traducida al ita­liano por Giuseppe Morici (Roma, 1925).

G. Salvatori

Dai Nihon’shi, Tokugawa Mitsukuni

[Historia del Gran Ja­pón]. Monumental obra histórica japonesa de Tokugawa Mitsukuni (1628-1700), señor de Mito, cultivador apasionado de los es­tudios históricos, jefe y fundador de una escuela famosa por sus investigaciones so­bre la antigüedad y la historia del Japón. En 1657 emprendió este trabajo que com­prende 397 volúmenes y que fue publica­do en 1715, después de su muerte. Com­prende todo el período que va desde Jimmu Tennó (esto es, según la cronología oficial, desde el siglo VII a. de C.) a Go Komatsu Tennó (1413), en monografías sueltas, cada una con su título. La parte fundamental, es decir, la narración de los hechos histó­ricos, ocupa los primeros 73 volúmenes. El resto constituye un suplemento del que 170 volúmenes son biografías, 126 descrip­ciones y 28 tablas o índices.

Las biografías están subdivididas por temas: emperadores, emperatrices, ministros, shógun, literatos, ejemplos ilustres de piedad filial, ejemplos ilustres de heroísmo, etc. Entre las des­cripciones están: burocracia, provincias y distritos, alimentos y monedas, budismo, ce­remonias y música, justicia, etc. El fin de la obra es establecer la legitimidad del po­der de la estirpe imperial e ilustrar la obli­gación moral de la lealtad por parte de los súbditos. Sostenidas por un estilo sobrio y eficaz, estas ideas prendieron en los áni­mos fuertemente, preparándolos para los profundos movimientos que en 1868 debían llevar a la restauración del poder imperial, hasta entonces detentado «de facto» por los «shógun» Tokugawa, esto es, por la propia familia a que pertenecía el autor.

M. Muccioli

Dafne, Alfred de Vigny

[Daphné]. Novela póstuma de Alfred de Vigny (1797-1863), publicada por Fernand Gregh en 1912 en París. Escrita probablemente hacia 1835, viene a ser en la obra de Vigny la continuación de Stello (v.) y contiene la segunda entrevista del doctor Negro y Stello, representando el pri­mero a la razón y el otro al sentimiento. Una tarde de fiesta, frente al espectáculo de la multitud que camina tristemente «como si cada uno buscara y se preguntase qué de­seo le guía», Stello pregunta al doctor si la felicidad es posible para los hombres. El diálogo queda interrumpido por la lle­gada de una monja, que trae a un estu­diante enfermo, Trivulcio. Por el camino, asisten al saqueo del Arzobispado (estamos en 1831). El estudiante tiene cuatro cartas manuscritas de un comerciante hebreo del siglo IV después de Cristo. En la primera, la más larga, narra el comerciante su lle­gada a Antioquía y el encuentro en el templo consagrado a Dafne con el viejo filósofo pagano Libanio.

Durante la cena, en la que también toman parte dos discí­pulos del maestro, Juan y Basilio, paganos como él, y que más tarde serán San Ba­silio y San Juan Crisóstomo, la conversa­ción recae sobre el emperador Juliano, el que tras grandes manifestaciones de fe cristiana, ha vuelto al paganismo. El em­perador llega de improviso y explica las razones de su profundo cambio. Le interesa salvar a la humanidad; el mal está en la ignorancia; lejos de los dogmas, los hom­bres serán mejores. En la respuesta, parte esencial del libro, Libanio sostiene que la opinión imperial es un sueño, porque el pueblo tiene necesidad de una metafísica para conservar la moral, y los nuevos sím­bolos cristianos, tienen mucha más fuerza que la antigua mitología. En las otras car­tas, el hebreo cuenta la revuelta de Antio­quía, la llegada de los bárbaros y, por fin, la muerte del emperador. El templo de Dafne es destruido por los cristianos. Ter­minada la lectura, Stello y el doctor ob­servan de nuevo al pueblo que canta, ríe y continúa su obra de destrucción sacrilega. El saqueo del Arzobispado y la ruina del templo pagano son dos momentos simi­lares en la historia de las almas; entonces moría el paganismo y ahora se extingue la fe cristiana. ¿Qué otra religión surgirá para salvar a la moral? La aventura del joven emperador, amorosamente reconocido en su aspecto noble y triste, es un símbolo que vela el problema capital de la filosofía, el de la moral.

En lo más íntimo del pensa­miento de Vigny, ésta debería de asumir valor absoluto, sin el socorro de los dog­mas: la conciencia divinizada, la moral de los estoicos, que no pide nada a la reli­gión. En Dafne, de Vigny no llega a tanto, porque por boca de Libanio, acepta melan­cólicamente que la fe salve todavía a la conciencia. Rica en ideas, nueva en su for­ma de novela filosófica, la obra posee in­discutibles méritos artísticos; el vagar de la muchedumbre está tomado de modo rea­lista, en tanto que la digresión sobre los amores de Abelardo y Eloísa llega a tener acentos de pasión. Las descripciones bos­quejan con rápidos toques el color local; el estilo es grandioso y severo.

A. Bruzzi

Dafnis y Cloe, o Las Pastorales, Longo

Novela griega de Longo llamado Sofista (al­rededor del siglo III d. de C.). Su escena es la isla de Lesbos, cerca de Mitilene.

Dos pobres familias de campesinos, la de Lamon y la de Drías, recogen con pocos años de diferencia a un niño y una niña aban­donados, y los educan en la vida de los pastores, llamándolos Dafnis y Cloe. Creciendo en edad y en belleza con el paso de las estaciones y las serenas vicisitudes de los trabajos del campo, el pastorcillo y la pastorcilla se enamoran casi sin advertirlo. El escritor cuenta precisamente la his­toria de su ingenuo amor. Sustancialmente el esquema es igual al de las demás novelas griegas que conocemos: dos jóvenes que se quieren con amor puro y fiel encuentran una serie de obstáculos antes de alcanzar la meta del matrimonio. Peripecias de todo género, raptos, insidias de otros enamora­dos, reconocimientos por sus padres legíti­mos y reunión final, son los ingredientes fijos de la trama. Pero la singularidad de la obra de Longo, en comparación con las demás de su género, está en haber dejado en segundo término la peripecia, y haber dado relieve a las vicisitudes sentimentales de los protagonistas.

Las aventuras de Daf­nis y Cloe son, en efecto, muy poca cosa; una correría de piratas, en seguida descubierta; una expedición de señores de Miti­lene, que roban a Cloe, pero pronto la suel­tan por intervención del dios Pan; y las fracasadas violencias de algún tosco preten­diente. Más que los casos de aventuras, llegan a turbar a los ingenuos amantes el invierno, que con sus hielos los mantiene encerrados en casas lejanas y, sobre todo, la ignorancia de las cosas del amor, por la cual no logran satisfacer sus deseos. Hasta que una maliciosa vecina, Licenia, advir­tiendo lo que pasa, se ocupa de instruir al ignorante Dafnis. Con todo, el amor de los protagonistas no alcanza cumplimiento antes que se descubran los padres de am­bos, y que los dos pastorcillos se vean con­vertidos en grandes señores; entonces se pueden celebrar las bodas. La novela de Longo es la única de las griegas que ha conservado hasta hoy fama y difusión.

A. Brambilla

*   A la celebridad de la novela contribu­yeron algunas bellas traducciones en todas las lenguas. Recordemos ante todo la ita­liana de Annibal Caro (1507-1566), obra ju­venil, no comparable a la gran traducción de la Eneida (v.). Caro tradujo libremente el texto ornándolo de detalles licenciosos y conservando la gracia un tanto remilga­da. pero no desagradable, del original, hija de la sencillez de la fábula y del escenario idílico de una naturaleza rica en colores, sonidos y perfumes. El amor de Dafnis y Cloe, si bien carece de profundidad y no consigue crear caracteres, con todo, en su forma elemental y en su desarrollo lineal es seguido por el poeta con una compla­cencia que alcanza notas agudas y delica­das, si bien el tono general de la obrita es ciertamente retórico, y su mundo pastoril un puro artificio; no es auténtica natu­raleza, sino, podríamos decir, Arcadia. Esto no impide que, dentro de tales límites, el escritor haya sabido crear una obra de gusto refinado, tan acertadamente entona­da que presta a la malicia del literato la apariencia de la ingenuidad.

A. Brambilla

*   Traducciones importantes de la misma obra son también la francesa de Paul-Louis Courier (1772-1825), que reveló algunas pá­ginas inéditas de Longo; la inglesa recien­te de George Moore (1852-1923), publicada en 1924, y sobre todo la excelente traduc­ción española de Juan Valera (1827-1905), publicada en Madrid en 1880, en la que se revela el pulcro y atildado estilo del fino y elegante escritor.

*   Directamente inspirada en la novela de Longo está uno de los Idilios (v.) de Salo­món Gessner (1730-1788), Dafnis, publica­do en 1754; con esta obra se inició la cele­bridad del autor, aunque la primera edi­ción fuera anónima. Reprobada primero por la licenciosidad de algunos pasajes, la de­liciosa obrita fue después admirada por su refinamiento y la encantadora gracia del conjunto; se trata de una Arcadia caracte­rística en su legítimo y consabido amane­ramiento.

*   La música cuenta con algunas obras compuestas sobre la fábula griega; en el si­glo XVIII se recuerdan la ópera pastoril Dafne de Manuel de Astorga (1680-1757), Génova, 1709, la ópera-ballet Dafni e Cloe de Joseph Bodin Boismortier (1691-1765), estrenada en 1747, y los fragmentos de una ópera homónima compuesta por Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) y publicados des­pués de su muerte. En el siglo XIX Jacques Offenbach (1819-1880), escribió una opere­ta de tono de parodia, Daphnis et Chloé, estrenada en París en 1860. También com­pusieron obras con el mismo título Fernand Le Borne (1862-1929), Bruselas, 1885; Henri Paul Busser (n. 1872), estrenada en 1897; Henri Maréchal (1842-1924) estrenada en 1899. Asimismo Fernando Liuzzi (n. 1884) compuso música para la obra teatral Dafní e Cloe de Ercole Luigi Morselli (1882- 1923).

*   La obra musical más importante es Daph­nis et Chloé ballet de Maurice Ravel (1875- 1937) estrenado el 8 de jimio de 1912. A la propuesta de Serge de Diaghilev (1872- 1929), director de los Ballets Rusos que en 1909 obtuvieron en París sus primeros gran­des éxitos, de escribir un ballet para su compañía, Ravel consintió, pero no sin reservarse una completa autonomía musical. Así nació la partitura de Daphnis et Chloé, cuya ágil música, lejos de ser esclava de la danza, conserva intacta su supremacía; el subtítulo de «Sinfonía coreográfica» da testimonio de la precisa voluntad del au­tor. El libreto, debido a Folkin, y refun­dido por el compositor, está dividido en tres partes. El primer cuadro se desarrolla en el bosque de las Ninfas, donde encuentra a Cloe, después del desfile de un cortejo de jóvenes que llevan ofrendas al altar de las Ninfas. Un grupo de muchachas trae al pastor Dafnis, invitándole a la danza; mientras tanto Dorcón corteja a Cloe.

Com­petencia de danza entre Dafnis y Dorcón; victoria de Dafnis. La muchedumbre se ale­ja, y Cloe con ella. Llega Lycenion, que intenta seducir a Dafnis. Cuando él está ya turbado se oye un lejano tumulto; llegan corriendo mujeres perseguidas por los pi­ratas. Dafnis comprende el peligro de Cloe y corre en su socorro. Mientras está au­sente, llega Cloe de improviso, medio des­mayada; los piratas la raptan. Vuelve Daf­nis; una sandalia extraviada de Cloe le revela la desgracia. Maldice a las Ninfas y cae desmayado. Sueño de Dafnis, las es­tatuas de las Ninfas se animan; danza len­ta y misteriosa, coro de voces lejanas. En el segundo cuadro nos encontramos trans­portados al campamento de los piratas. Se ordena a Cloe que dance, con las manos atadas, delante de Bryáxis. Ella intenta huir, pero Bryáxis la agarra para llevársela. Descienden nubes al escenario, la som­bra de Pan se perfila sobre los montes. Terror y fuga en la oscuridad. El tercer cuadro nos vuelve al bosque sagrado; Dafnis que no había salido de su sopor, es desper­tado por unos pastores. Llega Cloe, salvada por el dios Pan. Los amantes se abrazan; un viejo pastor explica que Pan ha salva­do a Cloe en memoria de una ninfa a quien él amó. Termina la acción con una bacanal. Esta «Sinfonía coreográfica» es una de las más ambiciosas composiciones de Ravel. Si bien ha sido observado que en cuanto a equilibrio y unidad, esta obra no alcanza el nivel de perfección de otras obras de Ravel, hay en ella páginas totalmente sin­gulares en la producción del compositor, que se revela aquí bajo aspectos inusitados.

En efecto, en Daphnis et Chloé más que los detalles y el refinamiento de su realiza­ción, sorprenden y seducen el trazo franco y decidido, una cálida efusión lírica, una robusta arquitectura de líneas grandiosa y magistralmente diseñadas. Ravel, en esta partitura para gran orquesta, aumentada con instrumentos de uso muy poco común: flauta baja o en sol, clarinete en mi bemol, celesta, renuncia al preciosismo y a las delicadezas, y se muestra coherente con su intención de crear «un vasto fresco musical» que evoque «la Grecia de sus ensueños, pró­xima a aquella que imaginaron y pintaron los artistas franceses de finales del siglo XVIII». La primera representación de Daph­nis et Chloé se efectuó en París, bajo la dirección de Pierre Monteux. Los decora­dos eran del pintor Léon Bakst; fueron sus intérpretes principales Nijinski y Thamar Karsavina. Con mayor frecuencia que el ballet íntegro, se ejecuta la «Suite» sinfó­nica, que lleva el mismo título y com­prende las partes más importantes de la obra: «Amanecer», «Pantomima» y «Danza final».

Ravel… es el maestro de un paraíso ar­tificial, lleno de mozas, de hadas, de ani­males jóvenes, de relojeros sin alma y de relojes inmóviles.     (Roland-Monvel)