El Alegato de un Loco, August Strindberg

[Le plaidoyer d’un fou]. Documento autobiográfico (1887-1888) del sueco August Strindberg (1849-1912). Alrededor de 1875 Strindberg conoció a la baronesa finlandesa Siri Wrangel, de soltera von Essen, que más tarde, luego de haberse divorciado de su marido, oficial de la Guardia, para debutar como actriz, casó con él en 1877. Tras algunos años felices, la vida conyugal se hizo cada vez más borrascosa; los temperamentos eran muy diversos y Strindberg oscilaba entre el odio y el amor, en medio de furiosos acce­sos de celos y manía persecutoria, causados por la esquizofrenia de tipo paranoico que sufría. Durante un período particularmente activo de la enfermedad, cuando temía ser internado en un manicomio, escribió en francés esta defensa, no destinada al prin­cipio a ser publicada y que vio la luz en 1893, dos años más tarde de su divorcio con Siri, en una traducción italiana. En las dos primeras partes Strindberg narra cómo conoció a Siri y las vicisitudes de su amis­tad y su amor; la tercera parte es el des­ahogo de un enfermo, obsesionado por el odio y por la manía persecutoria (interpre­ta el Pato Silvestre (v.), de Ibsen, como un drama de clave: el fotógrafo Hjalmar Ekdal y su mujer Gina serían la propia pareja Strindberg), que se afana en acumular un aplastante material de acusación contra su mujer, a la que acusa de toda perversidad. Como desahogo de un enfermo el libro es comprensible; menos perdonable es, en cambio, que pasados algunos años el autor haya divulgado con la imprenta un docu­mento tan lamentable de su desvarío que se ceba calumniando y maldiciendo a una pobre mujer que había sido durante muchos años esposa afectuosa y madre de sus hijos. Esta absoluta carencia de dignidad, de re­serva y de delicadeza consigo y con otros, convierte el libro en un documento tris­tísimo.

V. Santoli

Los Aldeanos, Honoré de Balzac

[Les paysans]. Nove­la de Honoré de Balzac (1799-1850), escrita y publicada en 1844. Debe considerarse como una de sus obras más felices, representando la plena madurez de su genio de escritor. A diferencia de la mayoría de los relatos de Balzac, la intriga es sencilla. El general de Montcornet, antaño brillante oficial del Im­perio (v. la Paz doméstica), bajo la Restau­ración y precisamente en los años de 1823 a 1826, quiere asegurar bases más sólidas a su fortuna convirtiéndose en gran propie­tario rural. Para ello compra en Borgoña una propiedad extensísima y de gran va­lor, «Les Aigues»; pero su carácter altanero y sus modales típicamente ciudadanos reve­lan muy pronto al elemento local, sospecho­so e irritado, que no es hombre del campo. Por obra del intrigante Rigou (v.) que se alia con dos alcaldes de los pueblos vecinos, Gaubertin y Soudry, se forma contra él una verdadera conjura. Cualquier tentativa del nuevo propietario está destinada a desarrollarse en un ambiente de hostilidad y encuentra en sus mismos aldeanos una tes­taruda y secreta resistencia que se revela en episodios cada vez más amenazadores e irritantes: así que Montcornet acaba desanimándose y abandonando la empresa, ven­diendo sus tierras que sus enemigos se re­parten con grandes provechos.

El asunto central se enriquece con gran cantidad de detalles, estudiados y reproducidos con obs­tinada energía, de modo que sugieren una idea de la sociedad campesina, particular­mente tenebrosa y opresiva. Como si el autor hubiese abandonado deliberadamente toda imagen idílica tradicional, los aldeanos de Balzac son hombres ambiciosos, pacien­tes y obstinados, sólo preocupados en hacerse cada vez más dueños de la tierra en la que han nacido. También aquí Balzac ha querido elevarse a historiador de un gran fenómeno social, desencadenado como tan­tos otros por la Revolución; en la oscura formación de una nueva sociedad rústica que surge silenciosa y brutalmente, en per­juicio de una sociedad civilizada pero fatal­mente desvitalizada, le parece ver la ex­presión quizá más significativa del drama característico de su época. En Los Aldeanos estas nuevas fuerzas surgen directamente de la tierra y tiene la misma lenta, ciega y sagaz violencia de una fuerza natural. La obra señala así una fecha en la historia de la novela francesa, anunciando el agudo e impasible realismo de un Flaubert, tanto como el naturalismo de un Zola.

M. Bofantini

La Aldea Abandonada, Oliver Goldsmith

[The Deserted Village]. Poema de Oliver Goldsmith (1728-1774), publicado en 1770 y con­siderado como la obra maestra del escritor, por la pureza neoclásica de su construcción. Comienza con una descripción idealizada de la vida rústica en la aldea de Auburn, con sus diversos tipos (el predicador, el maes­tro de escuela) y con su taberna. Pero tan­ta paz y tanta felicidad son arruinadas por la riqueza monopolizadora que ha obligado a los habitantes a emigrar. El poeta lamen­ta la condición de una sociedad en que «la riqueza se acumula y los hombres decaen». Entre los versos famosos del poema recor­damos; «y los locos que venían para burlarse, se quedaron para rezar» [«And fools, who carne to scoff, remain’d to pray»]. Este poema es célebre por sus descripcio­nes, que presentaron la vida rústica bajo una luz tan rosada que obligó a George Crabbe (1754-1832) a contraponerle su poe­ma realista La Aldea (v.).

M. Praz

El Aldeano y su Trabajo, Gleb Ivanovic Uspenskij

[Krest’janin i Krest’janskij trud]. Ensayo de lite­ratura social del escritor ruso Gleb Ivanovic Uspenskij (1840-1902), publicado en 1882. Este ensayo es la conclusión de cuan­to Uspenskij, célebre ilustrador de la vida rural rusa, escribió en torno a dicho tema. Aun no dejando de señalar los terribles efectos de la ignorancia, de la miseria y del vodka, las tres grandes plagas de la cam­paña rusa en el siglo XIX, el escritor mues­tra el lado poético de la vida del aldeano y de su carácter. En torno a la figura prin­cipal del libro, el pequeño propietario Ivan Ermolaevic, el escritor consigue crear un hálito de poesía triste y grandiosa. Después de haber mostrado lo cerrado y limitado que es el mundo de Ivan Ermolaevic en la sucesión de las estaciones, en la alterna­ción de los trabajos, por el grano y por el heno, por la siembra y la recolección, Uspenskij ve la vida de Ivan Ermoalevic como un ciclo monótono de fatigas y cansancios para llevar adelante a sí mismo y a los hi­jos hasta el puerto de la muerte. Ivan Er­molaevic no podría ciertamente soportar una vida tal, si no le procurase especiales satisfacciones advertidas por él solo y celo­samente custodiadas con el temor de que cualquier acontecimiento se las quite.

Con un episodio en el que se ve pasar a Ivan malos días, por el sencillo hecho que uno de sus terneros no come lo que comen los demás, Uspenskij cree comprender el alma del aldeano y le parece que en el fondo es un artista celosamente ligado a su mundo, hecho de tierra, de raíces, de primaveras y de otoños, de nacimientos y muertes. Es esta natural sujeción a la tierra, y a sus in­mediatas y múltiples manifestaciones, la que llena la vida del aldeano y le ha permitido soportar siglos de ignorancia y de injusti­cia, sin rebelarse casi nunca, es esta misma sujeción la que le lleva a rechazar cual­quier forma de intrusión por parte del Es­tado en su vida. Pero es imposible detener el curso de la civilización; Uspenskij lo comprende y sugiere que el cambio inevi­table se produzca pronto poniendo fin al período de confusión que reinó en la orga­nización agrícola rusa de los últimos dece­nios del siglo pasado. La intensidad del sen­timiento y la profunda convicción confieren a la obra una especie de brusca elocuen­cia, una poderosa eficacia, que explican su amplia fama y la difusión que tuvo en los ambiente literarios de su tiempo.

G. Kraisky

Salomón Maimón

Nació en 1754 en Nieszwicz (Lituania) y murió en Nieder-Siegersdorf (Silesia) el 22 de noviembre de 1800. Aun cuando su verdadero nombre fuera el de Salomón ben Yehoschua, recibió el de Mai­món por su profundo conocimiento de la obra de Maimónides. Hijo de un humilde rabino, frecuentó la escuela hebraica de Jwenez (prov. de Minsk); distinguióse en ella por su excepcional capacidad de estu­dio, y pronto alcanzó fama de excelente tal­mudista en la localidad de Moghilnia (tam­bién prov. de Minsk), a donde el padre se había trasladado. Las precoces cualidades intelectuales del muchacho indujeron a su progenitor a buscarle una esposa con una buena dote; y así, Maimón contrajo matrimonio, antes de los doce años, con la hija de un posadero de Nieszwicz, y a los catorce ya era padre. Como no pudiera tolerar las con­tinuas vejaciones a que le sometían la mu­jer y la suegra, emprendió la huida, e ini­ció con ello la serie de viajes y peripecias que había de prolongarse durante casi toda su vida y le reduciría con frecuencia a la más triste miseria.

Una vez familiarizado con los caracteres góticos y latinos el joven pudo ampliar sus conocimientos, singular­mente los de Matemáticas y Física; sin em­bargo, pronto empeoró su situación, por cuanto un comentario a la obra de Maimónides le indispuso con los medios hebreos ortodoxos, circunstancia que le obligó a trasladarse a Alemania. Con el auxilio de personas caritativas consiguió llegar a Kö­nigsberg, Stettin y Berlín; tampoco allí, empero, supo granjearse las simpatías de los círculos hebreos, y así, mendigando siem­pre, marchó a Posen, donde el rabino prin­cipal encontróle una ocupación en una rica familia de la ciudad. En 1773 volvió a Ber­lín, donde la lectura casual de algunos tex­tos de Wolff suscitó en su mente observa­ciones y reflexiones que reunió y envió a Mendelssohn; éste se mostró pródigo en ala­banzas y apoyos para su joven correligio­nario, quien, gracias a su recomendación, viose acogido por hebreos nobles y ricos, y nudo, así, proseguir sus estudios de Filo­sofía, en el curso de los cuales leyó ávida­mente las obras de Locke, Spinoza, Helvetius, Hume y Leibniz. En 1775 ingresó como aprendiz en una farmacia; sin embargo, a causa de su vida irregular el mismo Men­delssohn aconsejóle abandonar Berlín.

En 1778 dirigióse a Hamburgo; luego marchó a Amsterdam, donde permaneció durante un año. Más tarde estuvo en Hannover, y finalmente volvió a Hamburgo; allí intentó en vano, entre otros proyectos, su conver­sión al cristianismo. Con el auxilio de algunos hebreos ricos pudo matricularse en el Instituto de Altona y asistir, singularmente, a las lecciones de latín, con brillantes re­sultados. La serie de aventuras, empero, no había terminado aún. Tras un nuevo viaje a Berlín marchó a Breslau con la intención de estudiar allí Medicina, propósito del que, sin embargo, desistió pronto. Gracias al in­terés de Garve, ingresó como preceptor en el hogar del banquero Meier; perturbada la relativa tranquilidad de esta nueva situa­ción por la inesperada presencia de su es­posa y el hijo, Maimón sólo consiguió librarse de ambos entregándoles hasta el último cén­timo. A causa de ello, regresó en 1876 a Berlín en la más completa indigencia. Has­ta 1788 no conoció Maimón la Crítica de la razón pura de Kant, texto acerca del cual escri­bió un comentario, Ensayo sobre la filosofía trascendental [Versuch über die Transzendentalphilosophie], juzgado muy favorable­mente por el mismo Kant y publicado, por esta razón, en 1790.

Al final, Maimón halló la tranquilidad necesaria para sus estudios en casa del conde Kalkreuth, en Nieder-Siegersdorf, donde permaneció hasta su muer­te. Además del mencionado comentario y de la Autobiografía (1793, v.) publicó En­sayo de una nueva lógica o teoría del pen­samiento (1794, v.), Las categorías aristo­télicas [Die Kathegorien des Aristóteles, 1794] e Investigaciones críticas sobre el es­píritu humano [Kritische Untersuchungen über den menschlichen Geist, 17971.

V. Verra