Cartas sobre la Filosofía Kantiana, Karl Leonhard Reinhold

[Briefe über die kantische Philosophie]. Obra del filósofo Karl Leonhard Reinhold (1758-1823), publicada en Leipzig en 1786-87, en el «Mercurio alemán». En esta obra, a la que debió su primera notoriedad, el autor expone libremente la filo­sofía de Kant, sobre todo desde el punto de vista del problema religioso. Ninguna forma de filosofía dogmática ha consegui­do dar fundamentos indudables a la reli­gión; sólo Kant lo consigue con una filosofía original, que supera todas las antinomias precedentes (como la de empirismo y racio­nalismo, escepticismo y dogmatismo, etc.), las refuta en su unilateralidad y reconoce su validez relativa. Kant ha resuelto el proble­ma de la existencia de Dios, tratándolo no como problema teorético (objeto del saber) ni tampoco como tema de pura fe, sino como objeto de fe moral, que hunde sus raíces en la Razón práctica (voluntad racional); y del mismo modo ha resuelto los problemas de la inmortalidad del alma y de la vida futura, consiguiendo así colocar sobre ba­ses sólidas, no sólo los principios de la re­ligión. sino también los de la moral y del derecho.

G. Preti

Cartas sobre la Historia de Francia, Augustin Thierry

[Lettres sur l’hístoire de France]. Publicadas en un volumen por Augustin Thierry (1795-1856) en 1827, y completamen­te retocadas en la segunda edición del 1828, fueron escritas «para servir de introducción a esta historia». Son 25 cartas y dos apén­dices: diez de ellas ya habían sido publica­das en el «Courrier français» del 1820; las demás eran inéditas. Thierry, impulsado por Saint-Simon hacia una concepción anti individualista y anti heroica de la historia, se plantea la cuestión de los orígenes de la na­ción francesa y, después de haber descu­bierto, a través de pacientes estudios lin­güísticos y etnológicos, el nudo de la cues­tión en un hecho general e incontrovertible, la conquista medieval de las estirpes germánicas, examina de nuevo con ardorosa atención los documentos y las crónicas, en donde aún se transparentan los signos de aquella vasta crisis social que fue sofocada por el arbitrio y la fuerza de los invasores, constituidos en estado monárquico a es­paldas de los antiguos habitantes galo-roma­nos, de los pobres «Jacques Bonhommes». Con todo, las vicisitudes de estos últimos también tienen una historia, subterránea con respecto a la de la monarquía de Fran­cia : Thierry intenta restablecer su tácita continuidad hasta la revolución del 1789: De este modo se precisan dos momentos de capital importancia para esta nueva visión social de la historia: el de la conversión de la historia de los reyes francos invasores en la historia de Francia, y el de la revolu­ción comunal, a la que pertenecen los caracteres del mayor movimiento social desde el Cristianismo a la Revolución francesa. Estos estudios, llevados a cabo con la in­tención de presentar la historia como un cuadro lleno de vida, no se proponen dra­matizar las diferencias entre el despotismo y el tercer estado acudiendo al recuerdo de las primitivas diferencias entre Francos y Galo-romanos, entre vencedores y venci­dos: sino que, remontándose a las aspira­ciones del pasado, quisieron dar un apoyo a las opiniones políticas constitucionales que se consolidaron en la revolución del 1830. Al igual que los Ensayos sobre la historia de Francia (v.) y los Cursos de historia mo­derna (v.) de Guizot, estas Cartas, fruto de ciencia y de pasión, constituyen los fun­damentos de la historiografía romántica neo­latina.

L. Rodelli

Cartas sobre la Literatura Contemporánea, Moses Mendelssohn y Friedrich Nicolai

[Briefe, die neueste Litteratur betreffend]. Revista literaria recopi­lada por Gotthold Ephraim Lessing (1729-1781), por Moses Mendelssohn (1729-1786) y por el célebre librero y literato Friedrich Nicolai (1732-1811), que fue también el edi­tor. La revista apareció en Berlín de 1759 a 1765 y fue recogida en 24 volúmenes. Los autores fingen escribir a un oficial amigo, herido durante la guerra, para informarle de todas las novedades literarias aparecidas durante aquellos años. La parte más nota­ble, aunque cuantitativamente menor, es la debida a Lessing, que fue casi el único re­dactor hasta septiembre de 1760. Lessing parte de la producción literaria más recien­te para desarrollar, en inteligentes ensayos críticos y a menudo con tono polémico, sus nuevas ideas que preludiaron el Romanti­cismo. Las cartas más notables son el grupo de la VII a la XIV, incluyendo la LXIII y la LXIV, dedicado a Wieland; la celebérrima carta XVII, dedicada a la polémica contra Gottsched («Sobre los méritos de Gottsched respecto al teatro alemán»), y el grupo de las últimas cartas (XLVIII y sig., XCI y sig.) relativas al «superintendente del Norte» (Cramer y Basedow).

Contra Wieland y los suizos que le sostenían (en particular Bodmer), mantiene el principio de que el arte debe inspirarse en la franqueza, la verdad, la sencillez, y que sólo de ese modo, educándose a sí mismo con riguroso control, puede convertirse en educador. A la regularización técnica y a la estética intelectualista de la que Bodmer se había hecho sustentador, di­fundiendo las traducciones y animando la imitación de los clásicos franceses, Lessing opone el culto por el teatro inglés y en par­ticular Shakespeare, considerado como mo­delo primero e insuperable en el que todo el teatro moderno alemán debería inspirarse; culto que tanta intervención tuvo más tarde en la formación del gusto teatral ale­mán, sobre todo en la época del Romanti­cismo. Finalmente, a la exaltación de Klopstock, hecha por la estética del quietismo religioso de Cramer y Basedow, opone la concepción de una religiosidad activa y problemática. Las Cartas fueron la primera re­vista alemana que, iniciando una crítica li­teraria seria, clara y libre, planteó sobre bases sólidas el problema de una literatura y de un teatro nacionales alemanes.

G. Preti

Cartas Sobre Italia, Charles de Brosses

[Les Lettres]. Escritas por el presidente Charles de Brosses (1709-1777) en 1739-40, estas cartas — que forman dos gruesos volúmenes de 800 pági­nas — pueden considerarse, pasados dos si­glos; como el más delicioso relato de viaje a Italia que nunca haya dado un literato francés. Crecido en Dijon, ciudad que se jactaba de rivalizar con París en arte y cul­tura, De Brosses, cumplidos los treinta años, al marcharse a Italia, por Marsella y Génova, con el pretexto de investigar sobre Salustio en las bibliotecas romanas, se encon­traba en las mejores condiciones para hacer un viaje provechoso. Borgoñón, es decir, animoso, irónico, epicúreo, de lengua des­envuelta» que no se asustaba de vocablos sa­laces ni mordaces, añadía a una amplísima cultura el don de observar sin prejuicios que hace tan divertidas sus cartas, nutridas por una maravillosa precisión de juicios so­bre hombres, hechos, política, arte y música. Las bellezas de la naturaleza escapan casi por completo a su sensibilidad, aún no edu­cada en Rousseau y discípulos de final de siglo. En la observación de las costumbres, de los modales y de los acontecimientos de la época, es donde sobresale la bulliciosa ge­nialidad del magistrado de Dijon. Milán, Verona, Vicenza, Padua, Venecia, Bolonia, no hay ciudad de la que no extraiga, con pron­ta intuición, la fisonomía y el carácter y a la que no pinte, no ya como escenario está­tico, sino animada por la multitud y por episodios sabrosos.

En los incómodos carrua­jes de la época, conducidos por postillones rapaces y nunca hartos, que alguna vez las volcaban a las cunetas de las carreteras mal cuidadas, el presidente y sus amigos atra­vesarán paulatinamente la península italia­na, sin perder el buen humor por los acci­dentes del camino. También Florencia, Livorno, Siena, Módena, Parma y Turín tu­vieron la suerte de ser descritas por este incomparable turista — a quien Stendhal adoraba —, así como Roma, que le atrae más que nada y a la que dedicará diecisiete de las cincuenta y cinco Cartas. Se comprende que de Roma no nos dé las sublimes visiones de grandeza desolada de Chateaubriand, pero sí captará sus rasgos con asombrosa clari­dad, describiéndonos su sociedad, los es­plendores papales y cardenalicios, las fiestas populares y los muchos episodios de los que fue testimonio. Estas Cartas, no destinadas a la imprenta y que los pacíficos dijoneses se arrancaban de las manos cuando su con­ciudadano las expedía desde la mesa de una posada o una taberna, han llegado hasta nosotros por casualidad: el manuscrito apa­reció durante el Terror, en un registro de los revolucionarios y, por fortuna, fue a pa­rar a manos del «ciudadano» Sérieys, que comprendió su importancia y dio, en 1799, la primera edición.

L. Fiumi

Cartas Sobre Italia, Charles-Marguerite Mercier Dupaty

[Lettres sur l’Italie]. Obra del escritor francés Charles-Marguerite Mercier Dupaty (1744-1788), animador del movimiento reformador de la le­gislación penal, abogado general y más tar­de presidente del parlamento de Burdeos. Estas 116 cartas, escritas en 1785 con ocasión de un viaje a Italia, se diferencian de los acostumbrados libros de viajes por su estilo vivo y nervioso, por la rapidez de la expresión y por el interés con que son observados hombres y cosas. Después de algunas impre­siones sobre Avignon, Vaucluse, Toulon, Ni­za y Monaco, el autor traza, en una serie de cartas, un cuadro de la Génova de la épo­ca: ciudad mercantil donde el dinero es el árbitro supremo, donde la opulencia se aúna con la miseria; hormigueante de sa­cerdotes y de frailes, oficiantes de la supers­tición más que de la fe; donde la justicia está administrada con ligereza, mientras el «chichisbeísmo» pone en ridículo a uno y otro sexo. Pero el autor no olvida las obras de arte, sensible como es a la belleza que los artistas italianos han difundido por do­quier. En Lucca y en Pisa le sorprende la indiferencia de los nobles y del pueblo por los asuntos públicos.

En cambio Florencia suscita toda su admiración, no sólo por sus bellezas naturales y artísticas, sino por la sabia administración del Gran Duque Leo­poldo, que supo conquistarse el título de «padre de los pobres». Roma, naturalmente, agita el ánimo del visitante con la magni­ficencia de sus ruinas y la multitud de re­cuerdos que evoca en el observador medita­tivo, pero se ve obligado a reconocer que lo que tiene delante es sólo el cadáver de la antigua ciudad, y quienes la habitan, los gusanos que la devoran. Las páginas mejo­res, por más meditadas, son las que giran en torno al gobierno eclesiástico que, aun sien­do absoluto, funda su autoridad no sobre la fuerza, sino sobre el prestigio y la fe, y en torno a los habitantes, entre los cuales admira especialmente a las mujeres y su belleza plástica, pero carente de luz interna. En Nápoles, última etapa, encuentra los re­cuerdos de Tiberio, tirano execrable, y de Virgilio, suave poeta. El autor visita la ciu­dad y los alrededores: el Vesubio, Salerno, Herculano, Pompeya, Pesto. En todas partes la impresión está integrada por considera­ciones sobre las costumbres, las institucio­nes políticas y, sobre todo, la administra­ción de la justicia en la que el autor estaba especialmente interesado. El conjunto del epistolario revela al hombre del XVIII fran­cés, empapado de la filosofía de Rousseau, generoso y humanitario, defensor de la li­bertad y de la dignidad del hombre contra toda opresión y superstición.

D. Zerború